Capítulo Tres: Celebraciones
La celebración de las navidades fue ese año la más fastuosa que los niños Ramírez Matalobos habían vivido hasta entonces. El Capitán Ayala, feliz por su matrimonio y satisfecho por tener por primera vez en su vida una sexualidad sino excitante, al menos regular y fluida, decidió que la ocasión bien merecía el gasto. Durante las dos semanas previas la casa fue presa de una actividad febril de preparación a contrarreloj. Matilda iba y venía, comprobaba la mantelería, repasaba la plata y los bronces, discutía precios y fechas con los distintos proveedores de comida y bebida, mientras María de las Angustias verificaba los encargos de flores, la disposición de las mesas en el patio, la lista de invitados y el envío de las tarjetas blancas y doradas que participaban a la fiesta. El Capitán pagaba y asistía con asombro y desconcierto a los preparativos, que excedían por completo el límite marcial de su imaginación.
Celebraron una fiesta que convocó a varias docenas de personas, entre ellas miembros del ejército con sus familias y algunos viejos amigos del Capitán, mientras Buenos Aires los asfixiaba con una noche de treinta y ocho grados centígrados dentro de unos uniformes de gala que la etiqueta exigía. Al mejor estilo tradicional europeo, se sirvieron entrantes compuestos de una gran variedad de frutos secos, patés de hígado de pato y oca acompañados de vino blanco y espumoso. Un plato principal de pavo relleno y ensalada de patatas protagonizó la cena. Los turrones de Alicante y Jijona y el pan dulce de frutas abrillantadas con azúcar a los postres se hacían imposibles de masticar, y no fue otra cosa que el carácter castrense de los invitados, habituados a soportar condiciones extremas de supervivencia, lo que consiguió que la noche fuese un éxito social.
Los últimos invitados en llegar fueron el Sargento Primero Lucio Campagnuolo y su joven prometida, Beatriz. Angustias, acompañada del Capitán, los recibió en la entrada. El Sargento traía un precioso bouquet compuesto de dos docenas de rosas, azaleas y una orquídea blanca y solitaria.
- Es usted demasiado galante, Sargento. – le dijo Angustias mientras apuntaba su mirada violeta al centro de los ojos del joven oficial. – ¡Justo! Haz el favor de acompañar y presentar a la señorita Beatriz, mientras el Sargento me ayuda a colocar las flores en un jarrón. Acompáñeme, por favor, Sargento.
El Sargento hizo lo que pudo para seguir a Angustias por el pasillo, espiándola detrás del enorme montón de flores, mientras el Capitán Ayala se prodigaba en atenciones con la prometida de su mejor hombre.
Ya en la cocina, Angustias pidió al Sargento que sostuviese en alto el jarrón, mientras con una jarra vertía agua en su interior. El Sargento, visiblemente incómodo por la cercanía de Angustias, se sentó junto a la mesa, apoyando sobre ella el jarrón y sosteniéndolo con ambas manos, mientras intentaba esquivar definitivamente los ojos intensos de la esposa de su Capitán. Quería evitar que se le cayese, era un jarrón precioso, de cerámica color verde lima con arabescos amarillos.
- ¡Pero qué torpe soy! ¡Lo siento muchísimo, Sargento! – exclamó Angustias, mientras el contenido casi completo de la jarra se derramaba sobre la camisa blanca del militar. – ¿Puedo llamarle Lucio? Mire como se ha puesto… No puede regresar así a la fiesta. Por favor, acompáñeme a las habitaciones del Capitán. Le prestaré una camisa.
- No se moleste, Angustias, no hace falta. Con este calor, en un rato se seca.
- De ninguna manera. No aceptaré un no por respuesta. Además, el accidente ha sido culpa mía.
Angustias lo tomó de la mano y tiró de él hacia las escaleras que daban acceso a la primera planta, en la que estaban la alcoba principal y los dormitorios de los niños.
* * *
- Esto no está bien, doña Angustias.- El Sargento hizo un gesto, sin demasiada convicción, de apartar las manos que desabotonaban su camisa mojada, intentando que no se le notase el sudor que perlaba su frente con profusión indecorosa.
- Claro que está bien, Lucio. – replicó ella, acaramelada e insistente – No me dirás que no te gusta…
- Sí, claro que me gusta, doña Angustias, pero… – Angustias cortó el intento del Sargento con un beso profundo en los labios, mientras con las manos lo buscaba donde esperaba encontrarlo. Y lo encontraba, listo para el combate, más soldado con el cuerpo que con el alma, más intrépido y valiente, más decidido y erguido en la sangre y las venas que en el carácter. Con un gesto gracioso desabrochó la bragueta del soldado, y sin más preámbulos ni palabras, lo miró profundamente a los ojos, lo besó tiernamente en el pecho y se arrodilló ante él para saborearlo con verdadera gula.
* * *
- ¡Ah! ¡Aquí está el hombre en cuestión! – Anunció el Capitán, haciendo un gesto abierto con los brazos, mientras el Sargento Campagnuolo colocaba el jarrón verde en una pequeña mesilla junto al sofá. – ¿Dónde estaba usted, Sargento?
- El Sargento tuvo un pequeño inconveniente con las flores. – intercedió Angustias. – Pero ya está felizmente solucionado. ¿Verdad Sargento? Le he tenido que prestar una de tus camisas, espero que no te importe.
- De ninguna manera. – dijo el Capitán – ¡Matilda! Ya puede traer el pavo. Usted Sargento, siéntese a mi lado. No hay nada como tener cerca a un hombre de confianza.
* * *
Se quitaban la ropa con rapidez, entre temblores de dedos rápidos y manos ansiosas. Se encontraban durante las tardes de permiso del Sargento, en un hotel de tercera categoría, en el que una propina convenientemente dispensada despejaba toda clase de dudas. Lucio tenía un cuerpo proporcionado, fibroso sin ser excesivamente musculoso, y una potencia física que le permitía hacer el amor y recuperarse para volver a hacerlo hasta tres veces en el par de horas que duraban los encuentros. A Angustias le gustaba quitarle los calzoncillos con los dientes, le gustaban las manos fuertes y el pene especialmente grueso del Sargento. A él le volvía loco el cuerpo elástico y la desfachatez amatoria de Angustias, cómo ella lo lamía desde el cuello a la punta de los pies sin ningún pudor, y sus pezones oscuros, de areolas grandes. Eran encuentros furiosos, explícitos, de pocas palabras, de puro contacto y piel.
Pero aquélla tarde de 1923 el Sargento no podía responder al hambre de Angustias. Ella lo había mordido, lo había acariciado, lo había besado entero y sin embargo, el soldadito, como le gustaba a ella llamarlo, no respondía. El Sargento estaba preocupado.
- ¿Qué le pasa hoy al soldadito? – preguntó ella, frotándose contra el Sargento, regalona, mientras acariciaba el pene completamente laxo del militar.
- Angustias, estoy seguro de que el Capitán lo sabe…
- No seas tonto, no sabe nada. Además, del Capitán me ocupo yo. Tú no tienes nada que temer.
- Hace unos días, cuando volví al cuartel después del permiso, me hizo algunas preguntas, que si dónde había estado, qué qué tal estaba Beatriz, que cómo iba mi vida social. Estoy casi seguro de que sospecha.
- No seas cobarde. Piensa que tu mujer parirá pronto. Entonces cogerás vacaciones y no nos veremos durante algunas semanas. Cuando te reincorpores estarás más tranquilo. Ven aquí.
Le depositó en los labios un beso húmedo. Le recostó la cabeza contra su pecho y comenzó a acariciarle la nuca. El Sargento no podía resistir la cercanía del pecho de Angustias. Comenzó a mordisquear sus pezones. Ella soltó un gemido y tiró la cabeza hacia atrás mientras arqueaba levemente la espalda, en un gesto que sabía que hacía resaltar la redondez pesada de sus pechos. Luego, suave pero firmemente, con las dos manos presionó hacia abajo la nuca del Sargento, dirigiendo sus besos, al tiempo que separaba las piernas.
* * *
El Capitán regresó a casa dando un portazo seco, que arrastró por las escaleras, junto a las ondas sonoras, el frío tibio de otoño bañado de rayos de sol. Un paseo dominical lento y largo no había conseguido disipar el nubarrón negro que amenazaba su estado de ánimo. Algo no iba bien en su matrimonio, y no conseguía identificar qué era. Estaba seguro de que el territorio de los afectos era mucho más árido para su percepción militarizada que un auténtico campo de batalla.
Matilda había preparado para el almuerzo la mesa del comedor. Dos jarrones pequeños con jazmines recién cortados aromatizaban la estancia, y la puerta de doble hoja que daba al patio, abierta de par en par, permitía que la brisa fresca del otoño limpiase las emanaciones de la estufa de queroseno. El Capitán se sentó a la mesa. Como había tardado en volver, María de las Angustias dispensó a Matilda por el resto del día, y se dispuso a servir la comida ella misma.
- Has llegado tarde para la hora de comer – le había reprochado suavemente a su esposo.
El Capitán, por toda respuesta, hundió lentamente su cuchara en la sopa, se la acercó al bigote y la sorbió ruidosamente, sabiendo que a ella le molestaba ese gesto.
- La sopa está fría.
- Si hubieses venido en hora estaría caliente.
- ¡No soporto la sopa fría!
Inmediatamente después de su grito, Justo Rafael Ayala soltó su cuchara sobre el mantel, salpicándolo de caldo de gallina, y con su mano derecha lanzó el plato sopero, servido como estaba, a través de la puerta de doble hoja. La porcelana, regalo de bodas del Teniente General Menéndez, hizo un estruendo de vidrio quebrado sobre el suelo ajedrezado del patio. María de las Angustias controló su sorpresa, dejando entrever apenas un ligero desconcierto en la mirada. Sin alterar la voz, con una calma en frío contraste con las llamaradas violetas que despedían sus ojos, mirando fijamente al Capitán, casi susurró:
- ¡Ah! ¿Quieres comer afuera? Solo tenías que pedírmelo.
El Capitán abrió la boca para disculparse, pero en seguida fue vencido por el asombro cuando su mujer, a quien nunca había visto alterarse ni hacer nada fuera de lugar, lanzó al patio su propio plato de sopa. Mientras continuaba murmurando en tono pausado y tranquilo: “No hay ningún problema. Si quieres comer afuera, comemos afuera”. Lanzó detrás del plato la sopera de porcelana, las copas de cristal veneciano, los jarrones con jazmines, las cucharas y tenedores de plata, la fuente de barro cocido con carne y verduras estofadas, la botella de vino tinto descorchada, la jarra de agua y todo lo que encontró a su alcance. Cuando hubo terminado, alisándose los pliegues del vestido con ambas manos, volvió a dirigirse a su marido, con absoluta calma.
- La mesa ya está servida afuera.
Y sin esperar respuesta abandonó el comedor, caminando tranquilamente, sin prisa, dejando a su marido sentado frente a una mesa vacía, con las manos apoyadas sobre el mantel y un profundo desconcierto en la mirada.






¡Me encanta! Justo me voy de vacaciones la semana que viene…¡No vale! ¡Quiero el libro entero! =) ¡Es justo lo que estaba buscando!
Te felicito. Mucho. Estamos todos de acuerdo en que queremos más =)
Éxitos(sin duda)
Vale
Muchas gracias Vale!
Espero que tengas buenas vacaciones (envidia del hemisferio norte), y cuando vuelvas ya te pondrás al día. Prometo más adelante estudiar lo de aumentar la frecuencia de publicación.
Beso,
Pilux
Fede, realmente no pude dejar de leer hasta terminar el tercer capitulo.
Necesitaria tener todo el libro, se lee de un tiron y es apasionante.
Ademas, me encantan las fotos, esos patios con baldosas blancas y
negras, los techos tan altos, que me remontan a otras epocas.
BRAVO!!!!!!!
Espero ansiosamente el proximo capitulo.
Un abrazote
Jane
Jane,
Muchas gracias! Me encanta que la lectura resulte amena. Espero que continúe gustándote en el futuro.
Hasta el próximo jueves!
Abrazo,
Federico
Qurido Aprendiz!!!…es un suplicio tener que esperar una semana para poder continuar leyendo tu novela…pero a la vez tiene un “punto se encanto”.Ya se perfila una fuerza impresionante en el personaje de Maria de ls Angustias…bueno,habrá que esperar a nuestra próxima cita…¡Felicidades!!!
Muchas gracias Alicia!
La verdad es que María de las Angustias es un personaje fuerte. De hecho, era un personaje secundario en mi otra novela (toda la historia de María de las Angustias era secundaria), y cobró tanta fuerza que al final decidí hacer una novela aparte, y estoy contento con el resultado.
Un beso,
Federico
No se que pasa, escribi en Facebook, pero no aparece….nada,decia que por los personajes, por la fuerza narrativa, me he enganchado y logre vencer mi resistencia a leer algo que no sea palpable: UN LIBRO.
Felicitaciones y adelante (tiene gusto a poco), parece un plato exquisito de esos restoranes que sirven exquisiteces en cantidades infimas para hacerte quedar con las ganas
Hola Mamá,
Mejor aquí en FB, que los mensajes se pierden en el tiempo. Me alegra que te guste. Algo hay que hacer para enganchar
Beso,
Fede
BUENO LA COSA SE CALIENTA DIA A DIA.
TA BUENO LO DE LA PUBLICACION SEMANAL
NOS TENES TODA LA SEMANA PENSANDO EN LOS
FUTUROS ACONTECIMIENTOS……….JA JA JA HASTA EL FINAL NO PARO
MUCHA MIERDA…………….
Gracias Vida!
Igualmente, es un poco así el principio, después aparecen otro tipo de vivencias, aunque está claro que María de las Angustias es un personaje de sangre caliente
Beso,
Pilux
Fede, es un placer leerte!
Coincido con tu mamá en que tiene gusto a poco (un capítulo resulta demasiado poco en un texto tan ágil y entretenido como éste).
Un beso,
Irene
Gracias Irene!
Tomo nota. Son varios los que protestan por esto. El tema es que estoy escribiendo varias cosas, y además corrigiendo “Matalobos”, que si bien está escrita, cada capítulo lo corrijo antes de publicar. Obviamente voy bastante por delante de la publicación (casi la mitad del texto). Cuando termine de corregir me plantearé publicar dos capítulos semanales, pero hasta ese momento necesito el colchón por si las moscas
Beso,
Fede
Pilo, me topé con tu novela de rebote por un amigo de Ale (el meu marit) que se la recomendó.
Es mi primera experiencia en lectura de novela sin papel mediante y estoy encantada. Ya me leí los tres primeros capítulos del tirón y por hoy paro para quedarme con el gusto de la escena de comer en el patio, jaja, magnífica.
Gracias Pau!
¡Qué alegría encontrarte aquí! Espero que Matalobos tenga el tirón suficiente para que la sigas, y estemos en contacto.
Yo también tengo especial cariño a esa escena. Me reí mucho escribiéndola
Beso,
Pilo