Capítulo Uno: Santa María del Buen Ayre
En 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable.
Dos horas antes de atracar, María de las Angustias Matalobos respiraba el aire mezclado de agua salada y dulce de la desembocadura del Río de la Plata. Con los brazos apoyados sobre la borda, alcanzó a adivinar en el horizonte un amanecer tímido que se disponía a romper la noche. Esbozando una sonrisa, se sorprendió evocando otro amanecer, once años atrás, en su Cádiz natal. Ramón Matalobos y Dueñas, su padre, herrador de caballos de oficio, era un hombre bruto y cariñoso, que expresaba con sus grandes manos, de uñas permanentemente sucias y nudillos quemados por el uso de la fragua, lo que le negaba su pobre dominio del lenguaje hablado. Ese amanecer María de las Angustias despertó con ansia de orinar. Se echó una manta sobre los hombros, con intención de conjurar la humedad del sereno rumbo a la letrina, fuera de la casa, y se calzó de cualquier manera las alpargatas de cáñamo, evitando pisar con los pies descalzos el suelo de bloques de barro cocido, siempre cubierto de gránulos y polvo que se desprendían del propio material. Se disponía a abandonar la habitación que compartía con sus cuatro hermanos varones, cuando advirtió sonidos en el pequeño salón de la vivienda. Se acercó a la puerta con sigilo, entreabriéndola apenas unos pocos centímetros. Por la ventana sin cortinas se adivinaba el inicio sutil del amanecer detrás de los cerros. Una lámpara de aceite ardía sobre la repisa. Su madre estaba semi tendida sobre la mesa, apoyando en su superficie todo el tronco, con los brazos extendidos, arañando la madera carcomida y con su generosa tetamenta asomando, blanca y pálida, por entre los pliegues de su blusón desabotonado. Su padre, sosteniendo como podía la falda levantada de cualquier modo, la embestía desde atrás, con los pantalones enrollados alrededor de los tobillos. La escena era casi ridícula y silenciosa. Apenas unos resoplidos de su padre, unos gemidos ahogados de su madre y el sonido rítmico de las carnes abundantes y blandas de ella al sufrir los golpes rítmicos producidos por los noventa y ocho kilogramos de hombre que tenía detrás. Sin embargo, ese erotismo mudo y grotesco la fascinó por completo. Permaneció inmóvil, llevándose instintivamente la mano a la entrepierna y observando, por espacio de unos cuantos minutos más, hasta que su padre se retiró violentamente, girándose hacia la puerta. Pudo ver el pene enrojecido y lubricado de su padre lanzando pequeños chorritos de líquido blancuzco sobre el polvo del suelo, al tiempo que liberaba el aire contenido en sus pulmones, bufando. Mientras se subía y abrochaba los pantalones, escupió sobre su simiente derramada e intentó cubrirla de polvo con movimientos cortos del pie derecho. Se echó el abrigo sobre los hombros, una boina negra de campo sobre la cabeza y, besando a su mujer en la mejilla, mientras ella se arreglaba el pelo con las manos, dijo:
- Me voy a trabajar, limpia eso.
Aún hoy, tantos años después, el recuerdo le erizaba la piel, la hacía sentirse agradablemente sucia. Angustias sonrió para sí misma, y se encaminó a su camarote de segunda clase, dispuesta a preparar a los pequeños para el desembarco inminente, mientras el enorme buque saludaba el amanecer del puerto con un estruendo grave y gutural de su sirena.
* * *
En una ciudad donde la mezcla cultural y étnica era furiosa y bulliciosa, un puñado de monedas bastaba para comprar pocas preguntas, documentos de identidad y presunción de inocencia. María de las Angustias se refugió en la confusión de las colonias para ocultar un amor frustrado y vergonzoso, su expulsión de España como madre soltera de dos pequeños, fruto de amoríos clandestinos con el hijo de su patrón, un terrateniente andaluz, su origen humilde y una entrepierna insaciable que a los veintitrés años la obligó a forjarse una personalidad de hierro.
Había sido duro y difícil. Alberto Ramírez Núñez, padre de su amante, la había presionado y amenazado, a ella y a su familia.
- ¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? – había gritado el hacendado. – Es suficiente con haber hecho la vista gorda durante más de cinco años. Lo he tolerado sin despedirte. Me debes respeto y agradecimiento. ¡Si hasta he permitido que tus bastardos lleven mi apellido! Ahora las cosas son diferentes. Alberto se casará pronto… Tú y los pequeños debéis abandonar España cuanto antes.
- No pienso ir a ninguna parte. Yo quiero a su hijo, y él me quiere. – La mirada color violeta intenso de María de las Angustias y sus mejillas enrojecidas por la furia realzaban su belleza en contraste con lo precario del establo donde se desarrollaba la discusión. Alberto Ramírez Núñez pensó que entendía perfectamente por qué su hijo se había encaprichado de esa criada terca y tonta.
- Escúchame bien. Si te quedas, tú y tu familia lo pasaréis muy mal. Llevas trabajando en mi casa desde los doce años, sabes bien que soy hombre de recursos. Te he comprado un camarote de segunda clase en un vapor que sale para América dentro de diez días. Te daré suficiente dinero para que puedas establecerte al llegar. Te daré más de lo que ganarías trabajando para mí toda tu vida.
María de las Angustias bajó los ojos. Sabía que Ramírez Núñez era un hombre poderoso. Pensó en sus padres. Pobres y humildes. Era una batalla perdida.
- Además del dinero quiero un ajuar completo y ropa para los niños.
- ¿Qué?
- El dinero no es suficiente. Necesito que piensen que soy la viuda de un hombre rico. Necesito ropa cara y trajes de viuda. De alguna manera, esa es la verdad.
Ramírez Núñez fijó sus ojos negros en la mirada luminosa de María de las Angustias, intentando dominar un deseo enorme de estrangularla allí mismo. Al ver que la moza le sostenía el gesto como a un igual, sonriendo y sin siquiera el menor rastro de miedo en su rostro, la reconoció como una de los suyos, se sintió aliviado y feliz, y se permitió una carcajada sonora y fuerte.
- Eres una sinvergüenza y una desfachatada. ¿Prometes no volver nunca, ni intentar contactar con Alberto por ningún medio?
- Lo prometo.
- De acuerdo. Ahora vete a casa, ya no trabajas para mí. Mañana preséntate aquí a las diez. Mi mujer te comprará todo lo que necesites.
* * *
Desembarcó ayudada por ocho mozos que recibieron a cambio una moneda. Llevaba en brazos al pequeño Alberto, de apenas dieciocho meses, y tomada de la mano a María del Rocío, de tres años y medio. Los mozos descargaron siete baúles con ropas y equipaje, y un cofre cerrado con tres cerrojos que contenía una exigua fortuna en oro y plata del extinguido imperio Español, precio final para comprar su partida a las Américas y un puñado de joyas, regalo de su ex amante. Habían tenido un encuentro fugaz sobre la paja del establo la tarde anterior a su partida. Él le había pedido perdón. Había llorado sobre el pecho desnudo de María de las Angustias. Ella lo llamó cobarde y lo cabalgó sin piedad ni sentimiento, por pura furia del cuerpo, con el cabello salpicado de hebras de paja. Se vistió rápidamente, lo miró a los ojos por última vez y, sin palabras, se giró para mostrarle su desprecio, marchándose sin regalarle siquiera una lágrima de despedida.
La ciudad le pareció sucia y caótica, pero llena de vida y fascinante, con sus calles coloniales empedradas de gris y románticos faroles negros de hierro forjado. Cerca del puerto se amontonaban los conventillos, casas mal construidas con tablones, sobre pilares de madera y, en el mejor de los casos, hormigón, en las que se hacinaban los inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos y de media Europa, venidos como ella en barcos que prometían tierra, riqueza y una vida mejor. Por las calles se escuchaba hablar el cocoliche1, que heredaba del italiano su tono de grito permanente y algunas palabras asimiladas a un castellano dulce, de zetas suavizadas y doble eles patinadas por la influencia de los Xeneizes.
Sin dudarlo, María de las Angustias se dirigió al Registro con intención de inscribir a sus hijos con los nombres de María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos, y a sí misma como viuda de Antonio Ramírez Nuñez, muerto en España al servicio de Su Majestad el Rey.
Un cabo ignorante y torpe se sumergió en el estudio de sus credenciales. Dado que en la fe de bautismo eclesiástica constaba que sus hijos eran naturales, María de las Angustias las declaró perdidas. El funcionario la miró tristemente con ojos aburridos, y dejando el montón de papeles sobre el mostrador, quiso dar por terminada la conversación.
- Consiga los documentos y regrese. Así no puedo inscribir a los niños. ¡Siguiente!
- ¡Espere un momento! ¿Cómo que consiga los papeles? No puedo regresar a España.
- No puedo hacer nada.Diríjase al cónsul, al obispo o a quien le parezca.
- ¡Tiene que solucionarlo! ¡Por favor! – tras un ligero esfuerzo, María de las Angustias logró convocar dos pesados lagrimones a sus irresistibles ojos violetas.
- Lo siento, señora. Tengo órdenes. Por favor despeje el mostrador.
- ¡No me iré de aquí sin los papeles!
- Señora, no me obligue a arrestarla. Haga el favor de circular.
- ¡Cabo! ¿Qué son esos gritos? – del despacho trasero había salido un militar de aspecto recio, alto y fuerte.
- Es esta señora, mi Capitán. No tiene los papeles en regla y se niega a abandonar el mostrador.
- Permitirá usted que le explique mi problema, Capitán. Un hombre como usted tiene el deber de socorrer a una dama en apuros.
El Capitán Justo Rafael Ayala levantó la vista por primera vez, y aunque a sus cuarenta y dos años se conservaba soltero y se creía a salvo de las trampas del corazón, por primera vez en su vida, al ser literalmente traspasado por la mirada amatista de María de las Angustias, supo sin lugar a dudas que todas sus armas no le servirían para oponer resistencia a esa mujer.
- Venga conmigo. – dijo – La llevaré al despacho del Director.
- Muchas gracias, Capitán.
Angustias recogió sus papeles, y lanzando una mirada de pícaro desprecio al cabo, se colgó del brazo de Justo Ayala.
- María de las Angustias Matalobos, encantada.
- Justo Ayala. A su servicio, señora. – aunque el Capitán lo ignoraba en ese momento, la frase que acababa de pronunciar se transformaría pronto en la verdad más absoluta que dijo en su vida.
- El “Cocoliche” era un dialecto, producto de la mezcla del italiano y el castellano ↩






Pilo: un placer enorme (y eso que estoy en medio del laburo!)
Con tu permiso imprimiré y armaré un libro de papel.
Un beso y otra vez: gracias por este regalo!
Valen.
Me alegra que te guste!
Imprimí, nomás, que es para eso
Un beso y gracias a vos por leer!
Pilux.
Cómo me gusta Pilo!!!!:no puedo dejar de pensar en lo que vendrá…
Gracias Vale! Te prometo que lo que vendrá vendrá bien
Beso, Pilux
Hola Pilo…
Acabo de leer el capítulo 1 porque recién le presté atención a la invitación y me gustó mucho.
…
Un abrazo
inti
Me alegro Inti! Estás invitado a seguirlo semana a semana!
Te mando un abrazo grande, y a ver si el próximo viaje a BA nos tomamos una rubia…
Pilux
Esto promete…..y yo prometo leerte.
Besos
Ma
Gracias!
Beso
Maravilloso primito, pena tener que esperar una semanita, pero así se saborea mejor!!
Una duda, era realmente tan guapa y fascinante “la bisa”?
Enhorabuena!!!!!
Hola Caro,
Gracias! En realidad, no tengo ni idea. María de las Angustias Matalobos está inspirada en “la bisa”, tiene algunas cosas de su carácter y tomé algunos datos de su vida, pero solamente para construir una ficción. El personaje resultante es, como debe ser todo personaje, mucho más exagerado en sus virtudes y en sus defectos. Lo será todavía más en los capítulos siguientes
Un beso,
Pilux
¡Ele tu bisabuela! Nació el mismo año que mi abuela, que también tenía un hermano que se fue a Córdoba (Argentina)…
¡Qué intenso! ¡Promete mucho la historia! ¡Enhorabuena!
Muchas gracias David!
Es que esto de cruzar el gran charco era muy común por esa época, y por la nuestra, que yo lo he cruzado de vuelta para este lado
Saludos,
Federico
¡Bienvenido a este lado del charco!
Sí que es verdad (lo común de cruzar el charco en ambas épocas). Es algo que dejaron de bueno los conquistadores: una lengua común que nos une y nos permite, con menos traumas, estar aquí o allá según nos interese. Así, nuestro mundo es un poco más amplio que el de otros
RECIEN AHORA QUE ME MANDASTE DECIR DEL 2DO. CAPITULO, ESPABILE Y LEI EL 1RO.
REALMENTE LO ENCONTRE INTERESANTE, Y ME TOCA BASTANTE……………LA
FICCION PARA MI NO ES TANTA…………..ESCRIBIS MUY BIEN, (HEREDADO DEL TOTO???)
ESPERO PODER SEGUIR DICIENDO LO MISMO!!! ARRIBA Y MUCHA MIERDA. UN BESOTE
Gracias Vida

Igual, aunque no parezca, si que hay mucha ficción. Habrá más, desde el segundo capítulo en adelante
Ojalá te gusten los próximos también.
Beso,
Pilux
Interesante despegue, me gusta el manejo que le das a la bisa, por cierto, he estado buscando alguien que me critique una novela que estoy escribiendo pero nadie me dice nada util ¿me podrias ayudar? si te interesa por favor mandame un mensaje
Gracias. Esta tarde va email por privado.
Abrazo.
Federico
FELICITACIONES. ME ENCANTA TU NOVELA……..TIRA PA,LANTE CHE…….
” TU SI QUE VALES”…………ME TOCO DEMASIADO PARA QUE LA
REALIDAD ESTE TAN LEJOS DE LA FICCION.
MUCHA MIERDA Y BESOS………….
Féderico buenissssimo. Mientras leia sentia los aromas, el puerto, los conventillos… La oficina.
Y el interesante caracter de la protagonista. Excelente. Me voy a leer rapido el segundo capitulo.
Re buena la idea de publicarlo en la red.
Hasta pronto
Patri
PD Cuando pienso que la ultima vez que te vi tenias 4 anios…
Hola Patri,
Muchas gracias por tus palabras. Me alegra que te guste “Matalobos”. No te pierdas hoy el capítulo 3!
) y me ha hablado muy bien, y me ha contado alguna que otra anécdota de cuando saliste para Francia. Una alegría saber que estás siguiendo “Matalobos”. ¡Quedamos en contacto!
Le he preguntado a mi Padre sobre tí (no recuerdo desde los 4 añitos hasta ahora
Saludos,
Federco
Hola, Fede. Me llego hoy el capitulo 3 y realmente pense, vamos x el principio.
Empece x el primero y no puedo dejar de mandarte mis felicitaciones. Tus des-
cripciones son tan vividas, tan nitdas, que parece que uno lo estuviera viviendo.
Te mando mucha merde y adelante!!!!! vas x muy buen camino.
Defende con unias y dientes esta vocacion que nunca estuvo dormida
del todo y ahora irrumpe con toda su fuerza.
Un abrazote de
Jane (desde Medio Oriente)
ta bueno Pilos.. una imaginacion convincente, y buenas letras. A mi se me encendió el aparato de la ensoñacion rapidamente. Algunos adjetivos me sorprendieron como que estaban “de colados”, viste, no es que la informacion sea mala, sino que no la necesitaba en el momento… Hace poco escucha en la tele a G.Marquez hablando de “vuestra” arte: el reflexionaba sobre meter al lector en ese campo de la fantasia… y despues, no despertarlo!! del ritmo hablaba… te felicito y me alegro por vos porque estas en tu salsa.. !!!!!
Gracias Ana!
Es verdad que a veces peco de “adjetivador”, y ni te imaginás la cantidad que le saco después de la primera escritura, pero aún así, algo queda… Gracias por la observación, ayudará a mejorar!
Beso,
Pilo
¡Hola! quería decirte que esta re buena la novela
te felicito.
Muchas gracias Belén!
Un abrazo,
F.