Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango
1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.
En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.
Con la excusa de llevar al pequeño Alberto al colegio, María de las Angustias disponía diariamente del Ford T, con Giovanni Rivoldi a los mandos. Paulatina y deliberadamente fue apoderándose de la agenda del chófer, extendiendo lentamente el abanico de sus servicios y la complicidad entre ambos. Comenzó a llevarlo en largas rondas de compras, a veces acompañada por amigas, en las tiendas del centro. Allí María de las Angustias desplegaba su encanto de negocio en negocio, comprando sin mirar precios ni comparar, siguiendo su instinto infalible para la moda y el buen gusto. Un nuevo par de guantes de gamuza, una capelina de color rosa pálido adornada con plumas de color lavanda, a veces un par de zapatos con un bolso de mano a juego. Era decidida y jamás regateaba. No compraba: jugaba a comprar con dinero de verdad. Mientras, el romano, silencioso y taciturno, se mantenía un paso por detrás de la gaditana, y cargaba sin protestas ni juicios de valor con cuanto paquete se le ofrecía, sin importar forma, volumen ni peso. La andaluza navegaba sutilmente entre el gentío, desquiciando a su paso a los hombres con el simple perfume de animal sensual que emanaba su piel, mientras el chófer se afanaba torpemente por seguirla, intentando sin conseguirlo esquivar a los transeúntes obnubilados en la contemplación de su ama.
Más tarde, segura de sí misma, sabiendo interpretar en los gestos parcos y sutiles del joven italiano una naciente camaradería, construida poco a poco, paso a paso, entre miradas fugaces y gestos silenciosos, le pidió sin preámbulos que la llevase al Hipódromo de Palermo para asistir a las carreras de caballos.
- Es un pasatiempo inofensivo, personal, porque me gustan los animales. Pero me da un poco de vergüenza – le había confesado al romano, con las mejillas encendidas de rubor –, así que nadie tiene por qué saberlo. Será un secreto entre los dos. ¿Verdad Giovanni?
El joven permaneció en silencio durante un par de segundos, atenazado por su lealtad hacia su jefe e incómodo por la mano enguantada que, en un gesto casual, le había acariciado el antebrazo al rematar la pregunta. Luego fue dejándose invadir suavemente por las chispas violetas de los ojos de María de las Angustias, hasta que finalmente bajó la mirada, derrotado, claudicando secretamente al galope sordo de su propio corazón, e hizo con su cabeza un gesto afirmativo, casi imperceptible, sellando entre los dos una alianza silenciosa e inquebrantable.
* * *
Una tarde, a principios del otoño de 1928, Giovanni Rivoldi acudió al palacete de la Avenida Quintana a recoger a María de las Angustias. Detuvo el coche en la entrada, y sin detener el motor, hizo sonar el claxon, como era habitual. Una vez más, al ver salir a la andaluza, el italiano perdió el aliento. No se acostumbraría nunca a su belleza, ni a que su sola presencia le impidiese respirar con normalidad. Aquél día llevaba el pelo recogido en un rodete adusto, y sobre él un sombrero cloché color malva, con medio velo que le cubría el rostro hasta la nariz, dejando al descubierto solamente la punta, respingada y noble, aristocrática a pesar de su origen humilde, indiscutiblemente perfecta, y una sonrisa de labios tocados de rojo, amplia y generosa.
- Bien, ya estás aquí. ¡Tenemos que darnos prisa, que hoy Irineo Leguisamo 1 montará a Lunático! Siento una corazonada infalible para la trifecta de la segunda carrera.
* * *
Parecía que se le iba a salir el corazón por la boca, al ritmo sordo de los cascos de los caballos agrediendo la pista de arena apelmazada. Seguía el discurrir de la carrera con unos pequeños binoculares de nácar que guardaba en un estuche de piel de becerro. Habían pasado el poste de los mil ochocientos metros. María de las Angustias, casi sin darse cuenta, se aferraba con su mano izquierda al musculado brazo de Giovanni Rivoldi, mientras con la derecha sostenía las lentes de aumento, conteniendo la respiración para no mover la mano, para no perder detalle de las patas fuertes, rematadas en herraduras, que levantaban nubes de arena seca y ocre a su paso. Entraron en la recta final causando una polvareda estruendosa y caótica, Lunático medio cuerpo por detrás de Estrella, la yegua pinta que María de las Angustias había pronosticado en segundo lugar en su trifecta. Según lo previsto, Marciano ostentaba un cómodo tercer puesto, un cuerpo y medio por detrás de Lunático y casi dos por delante de Pirata. María de las Angustias había jugado fuerte. Su pulso se desbocaba al compás rítmico del galope de los caballos, casi podía sentir las herraduras horadando su carne. El romano sufría en silencio las uñas de la gaditana arañando su bíceps bien formado, mientras fingía seguir la carrera, aprovechando la cercanía de la andaluza para no perder detalle de su aroma ligero de agua de violetas, del ritmo alterado de su respiración, el vaivén sutil de su pecho encorsetado y el hoyito dulce que en su garganta dibujaban los imperceptibles gemidos escapados de la tensión enorme de sus músculos.
Angustias estalló en un grito contenido, presionando aún más al chófer, cuando Irineo Leguisamo, levantando ligeramente la cadera, se afianzó sobre los estribos. Demostrando su talento, espoleó a Lunático, que redobló su esfuerzo y su galope, y exigiendo al máximo su musculatura abrillantada bajo el sol inclemente por su sudor de caballo, protagonizó una remontada épica, cruzando el disco de meta dos cabezas por delante de Estrella, cuando todo parecía ya perdido.
- ¡Ganamos! – gritó María de las Angustias, girándose hacia el italiano y abrazándolo en un incómodo revoltijo de guantes, binoculares y sombrero.
El joven, sorprendido por el exabrupto de su ama, tensó instantáneamente los músculos de todo el cuerpo, manteniéndose inmóvil, asustado y presa de una dolorosa e incontrolable erección instantánea. María de las Angustias dejó extinguirse lentamente su entusiasmo en brazos del chófer, y luego, despacio, serena y hablando en susurros, lo enfocó directamente a los ojos con su mirada violeta y profunda, bajando ligeramente el mentón, como le gustaba hacer, y deshaciendo el abrazo un par de segundos más lentamente de lo aconsejable.
- Perdóname, Giovanni. En estos casos me cuesta controlar mi entusiasmo. ¿Me llevarás a cobrar el premio?
- Adesso, signora. – respondió el italiano, fijando la vista en el suelo, mientras pasaba por su flanco derecho, evitando el contacto, para intentar disimular su incomodidad.
* * *
La confitería París, ubicada dentro del recinto del hipódromo, era tradicionalmente un lugar de encuentro para quienes querían celebrar triunfos o llorar derrotas, en el que la distinción de sus asistentes y la exquisita atención del personal conformaban el sello de identidad del lugar. El ambiente estaba cargado de humo y saturado de conversaciones cruzadas cuando María de las Angustias, seguida un paso atrás por Giovanni Rivoldi, se detuvo nada más entrar, recorriendo el local con la mirada en busca de una mesa libre. En seguida identificó una al fondo de la sala, donde se encaminó con paso decidido.
- Ordena champaña, Giovanni. ¡El triunfo de Lunático hay que celebrarlo por todo lo alto!
- Pero signora…
- Nada, Giovanni. Nos tomamos una copa de festejo y nos vamos a casa. De todas formas, Esteban me dijo que hoy regresará tarde. No tienes que ir al banco por él hasta las nueve.
Un camarero se acercó, con una bandeja con dos copas de champaña, y depositándolas frente a la gaditana y su acompañante, informó, mientras señalaba una mesa cercana:
- Nuestra mejor champaña, señora. Invitación del señor Leguisamo.
María de las Angustias dirigió su mirada hacia donde señalaba el camarero. El jockey Irineo Leguisamo celebraba su triunfo, acompañado por el mismísimo Carlos Gardel, amigo y admirador suyo, que pocos años más tarde colaboraría en su inmortalización mediante una inolvidable interpretación del tango Leguizamo solo.2 El jockey levantó su copa, mientras el cantante sonreía, divertido, hacia María de las Angustias. La gaditana imitó el gesto, dejando caer sus ojos en actitud de fingida timidez, y luego de probar su copa, le dijo al camarero.
- Por favor, sírvanos una botella de esta misma, y envíe otra de mi parte a los caballeros.
* * *
El Ford T bufó un soplido vaporoso de agua hervida al apagar el italiano los veinte caballos de potencia de su motor. María de las Angustias había hecho el recorrido de vuelta en silencio, divertida por los celos evidentes de su chófer, y paladeando el recuerdo de su festejo y la voz gutural del Zorzal Criollo, piropeándola, invitándola a escucharlo: le regalaría dos entradas, para ir con quien quisiese. “Soy una mujer casada, y es difícil llevar a mi marido a determinados sitios”, había respondido. “Entonces venga sola. Le dedicaré una canción especialmente bonita”, replicó el cantante. “¡Uy! Las canciones especialmente bonitas me dan miedo. Me subyugan demasiado.”, fue la respuesta que zanjó la invitación.
Giovanni había permanecido en silencio durante la conversación con ambos hombres, que se prolongó por espacio de tres botellas de champaña, y en silencio condujo a su ama de regreso al palacete de la Avenida Quintana. En silencio le abrió la puerta, cediéndole el paso, y también en silencio asintió con la cabeza cuando María de las Angustias le ordenó que la acompañase al dormitorio para ayudarla a quitarse las botas. “Es que me encuentro un poco… mareada”, se justificó la gaditana.
El romano, abochornado y ofuscado, se arrodilló frente al sillón que flanqueaba la cama matrimonial, para tirar, una a una, de las botas de su ama.
- Una cosa más – interrumpió María de las Angustias al romano, que ya se marchaba de la habitación. –. Desabróchame el vestido, por favor, que ahora mismo no sé dónde está Matilda.
Giovanni Rivoldi, que en ese preciso instante se encontraba de espaldas a su ama, a punto de cruzar la puerta, se detuvo en seco, adivinando un sudor frío que rápidamente le pobló la espina dorsal, y una alteración del pulso notable a simple vista. Se giró despacio, para ver a María de las Angustias de pie, dándole la espalda y sujetándose el cabello en alto con ambas manos. Se adivinaba una nuca suave, una fragancia dulce, imposible de identificar para el romano, y el nacimiento de su cuello, piel tersa, el inicio de sus hombros, más piel, y una fila interminable de botones, que llegaba hasta la cruz de su cintura.
- Estoy esperando – insistió ella.
- Voy, signora.
El romano, resignado, se acercó lentamente, intentando controlar el temblor de sus dedos. Desabrochó el primer botón, sin poder evitar rozar la piel suave de su ama. Ella se dejó recorrer por la electricidad del contacto, estremeciéndose y soltando un imperceptible y agudo gemido. Desabrochó el segundo, esta vez acariciando una vértebra con la yema de su dedo índice, suavemente, y sincronizando con el tacto la expulsión controlada de aire por su nariz, erizando el vello de la nuca de la andaluza. Asustado por su propia audacia, el joven italiano se sintió morir cuando descubrió las dos manos de su ama sobre sus nalgas, tirando de él, acercándolo para quedar con los cuerpos en contacto. Cruzó los brazos sobre el vientre de María de las Angustias. Ella, despacio, puso sus manos sobre las de él, guiándolas con calma, suavemente, por el paisaje accidentado de su vientre, hasta su pecho, inclinando hacia atrás la cabeza, para permitirle a él mordisquear dulcemente su oreja.
* * *
Allí, en el dormitorio matrimonial, descubrió Angustias que el carácter tímido y discreto del romano se traducía en un estilo silencioso y vigoroso para hacer el amor. El Chófer era capaz de copular en posición tradicional, sobre ella, sostenido por sus fuertes brazos para no aplastarla, como haciendo flexiones, durante larguísimos ratos y varias veces al día. Durante esos encuentros, Giovanni nunca se desvestía por completo, y no emitía ningún sonido. Se limitaba a apretar los labios y regular su respiración, mientras sudaba copiosamente por la frente, las axilas y los tobillos ridículamente unidos por los pantalones arrugados a su alrededor. Era un hombre que hacía el amor absolutamente concentrado y sin mirar a los ojos a su hembra.
Después del primer encuentro, Angustias pensó que había sido un error, pero luego aprendió a disfrutar de la disciplina amatoria del italiano, de sus brazos fuertes, de sus manos de mecánico y su espalda ancha y musculosa, y encontró que el silencio del hombre le permitía abandonarse por completo a sus fantasías eróticas, teniendo mientras tanto entre las piernas a un auténtico caballo de tiro.
El joven italiano, mientras tanto, era absolutamente incapaz de expresar la pasión que lo devoraba por dentro de una forma distinta a los empujones sistemáticos y brutales que partían de sus caderas, y fue el único y silencioso testigo de la completa y total transferencia de la lealtad inquebrantable que sentía por el banquero hacia su bella esposa.
- Irineo Leguisamo fué uno de los más grandes jockeys de la hípica rioplatense. Ver Irineo Leguisamo. ↩
- Por alguna razón que desconozco, el jockey se apellidaba Leguisamo, con “S”, y el tango lleva el título Leguizamo solo, con “Z”. ↩






Buen capitulo, me estoy “enganchando” y ya espero el jueves con entusiasmo.
Angustias es una fiera!!!!!…sangre caliente!!!!…con esos ojos violetas,como los de Liz Taylor…es irresistible…y lo aprovecha…genial!!!…que personaje!!!!
se veia venir lo de Italia con Andalucia!
no me sorprendio :/
Bueno bueno espero el otro capitulo
Excelente!! y la edición automática.. exacta!
YA NO TENGO NI COMENTARIOS…….PARA MI, ESTE FUE MUY FUERTE……….ESTOY
VIENDO LA MIRADA ASUSTADA DE “MARIA DEL ROCIO” Y LA TENDRE PRESENTE TODA
LA SEMANA…….BESOSSSSSSSSSSS
Interesante avance de la historia, desde el cambio de esposo hasta la consecucion de un nuevo amante, me gusta el que mantengas la variedad en la historia