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Capítulo Seis: Finanzas

Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes inversores que formaban la masa de depósitos administrada por el Banco de Crédito Argentino.

-      La señora María de las Angustias Matalobos está aquí. Como no tiene cita, le pedí que esperara fuera.

-      Hágala pasar inmediatamente – dijo don Esteban, mientras se alisaba el chaleco y verificaba sus gemelos de oro con un gesto nervioso. – Y ofrézcale un té o un refresco, por el amor de Dios.

Don Esteban acababa de cumplir cuarenta y siete años y se sentía más joven que nunca. Una tuberculosis fulminante lo había dejado viudo diez años atrás, solamente tres años después de haberse casado con una vedette que por entonces triunfaba en Buenos Aires en el Teatro de Revistas. Por esa razón no había tenido hijos, pues aunque era un hombre al que no le faltaban ocasiones de frecuentar mujeres, estaba profundamente enamorado de su esposa cuando enviudó, y años más tarde se habituó a solucionar las urgencias del bajo vientre con encuentros ocasionales en los burdeles de la calle Corrientes abajo, cerca de su despacho, y las atenciones amorosas de dos amantes a las que mantenía en secreto en sendos apartamentos que poseía en Palermo Viejo. No pensaba en volver a enamorarse, y mucho menos en casarse, pero Angustias le había despertado un estado de ansiedad que ya no recordaba que pudiera sentir, y durante los escasos diez días transcurridos entre el aterrizaje del Plus Ultra y la prometida visita de la dama, había experimentado una novedosa crisis de insomnio, inapetencia e incómoda alternancia entre un estreñimiento doloroso y tenaz y una diarrea líquida e inoportuna que lo obligaba a permanecer a una distancia no superior a doce segundos a paso apresurado del retrete más cercano.

Enderezó la espalda y acomodó instintivamente la placa de bronce que aclaraba su nombre y cargo con la expresa intención de intimidar a sus visitantes.

-      Pase, pase, señora Matalobos. – dijo, al tiempo que se ponía de pie, volviendo a eliminar pliegues imaginarios de su chaleco con ambas manos – Está usted aún más elegante y arrebatadora que la otra vez, si se me permite decirlo.

-      Es usted un halagador sin remedio – Angustias fingió un sonrojo que en verdad no sentía. Su marcado acento de Cádiz se había suavizado durante los últimos años, aunque aún era perfectamente identificable su origen español, no solamente por su manera de hablar, sino por sus modales, sus vestidos castellanos y el infaltable abanico negro con incrustaciones de nácar, imprescindible alivio para un verano tórrido que descargaba su falta de piedad sobre la ciudad por esos días.

-      Faltaba más, señora Matalobos. Cualquier cumplido es pobre para una mujer como usted, si se me permite decirlo.

El financiero estaba encantado con la visita, y su autoestima ganaba enteros rápidamente al descubrir que la sola presencia de la viuda bastaba para que su locuacidad se incrementase a toda velocidad. Les sirvieron té con masitas finas de una prestigiosa confitería que se encontraba en Chacabuco y Potosí, llamada Los dos Chinos, que don Esteban hacía traer cada dos o tres días para impresionar a sus posibles visitantes. Le explicó a María de las Angustias los fundamentos del negocio de la banca y los principios básicos del respaldo en metálico de los depósitos, y le detalló la solidez de los activos de la entidad, dándole a entender que él garantizaría personalmente la seguridad de sus ahorros si hacía el honor de confiarlos a su humilde banco.

-      ¡Ay! No sé, no sé… Acabamos de conocernos, don Esteban. ¿No le parece que debería ser prudente, y frecuentarlo un poco más antes de confiarle algo tan importante como mi patrimonio? – Angustias jugaba al límite, pero sabiendo que tenía ganada la partida. Solamente debía desparramar sus trampas, y el hombre de negocios se dejaría atrapar con gusto y sin luchar. Debía cuidar, no obstante, las formas de viuda y el recato imprescindible en una mujer de su posición social. Un hombre poderoso debía ser siempre quien llevase la iniciativa.

-      Tiene usted toda la razón, señora Matalobos. – don Esteban pretendió pensar, buscar una idea que había atrapado ni bien la hermosa Gaditana había entrado en su despacho. – ¡Pero si se acerca la hora de comer! Déjeme invitarla a almorzar, y así podremos conocernos mejor, y quien sabe, quizás consiga ganarme el favor de sus ahorros. Si se me permite intentarlo, claro.

-      Ay, don Esteban, es usted muy amable. Llámeme simplemente Angustias. No quiero molestar, usted debe ser un hombre muy ocupado y ya le estoy robando demasiado tiempo.

-      No solamente tiempo, Angustias, no solamente tiempo, si se me permite decirlo. No es ninguna molestia, se lo aseguro. Marta, mi secretaria, nos hará una reserva y nos pedirá un coche. La llevaré a un lugar en el que sirven una paella de arroz que le recordará a su tierra, ya verá.

Don Esteban ordenó cancelar sus compromisos de la tarde y ambos partieron en un flamante Ford T modelo 1925, de los primeros que se vieron en la Argentina, que con sus veinte caballos de potencia representaba todo un bólido para la época. Conducía un mecánico joven, que respondía al nombre de Giovanni Rivoldi y hablaba un castellano salpicado de italiano, con la cara marcada de pecas. Era a su vez mecánico, chófer, ayuda de cámara y hombre de confianza del financiero. Fueron directamente al barrio del Mercado de Abasto de Buenos Aires, y entraron en una cantina desordenada, sucia y ruidosa en la que, acompañado de un pianista, un joven cantante entonaba un tango. Usaba un sombrero ladeado y camisa blanca rematada al cuello por una pajarita de lunares blancos, en una clara imitación de Carlos Gardel, que por esos días acrecentaba su fama dentro y fuera del Río de la Plata. Interpretó para ellos un tango nuevo, llamado Viejociego, que ese verano hacía furor en el ambiente tanguero de Buenos Aires, catapultando a la fama a su autor, un hasta entonces desconocido Homero Manzi.

El arroz era excelente, y aunque no tenía ni siquiera un remoto parecido con una paella, Angustias se cuidó mucho de decirlo, porque no pretendía herir el orgullo del financiero, que se reveló como un excelente maestro de ceremonias, generoso anfitrión y gran conversador, combinando con soltura los momentos en los que escuchaban al cantante de tangos, el tiempo para comer y un dialogo fluido, divertido y a la vez respetuoso, picante y atrevido.

Para cuando finalizó el almuerzo, pasadas las cuatro de la tarde, mientras el banquero disfrutaba de una medida de anís acompañada de un cigarro, Angustias estaba satisfecha de sí misma y experimentaba un enorme júbilo interior. Sabía que había ganado la partida. El corazón del banquero estaba listo para ser servido a los postres.

-      Yo también tomaré una copita de anís. – rió a continuación – ¡Dios mío! ¡Qué atrevida soy en estos andurriales! – don Esteban rió también.

-      Para nada, Angustias, para nada. Es usted un verdadero ángel, si se me permite decirlo.

*                     *                             *

El otoño llegó, y para ese entonces los almuerzos de los jueves en la cantina del Abasto eran un ritual incorporado a una liturgia tácita, pactada sobre miradas, silencios y susurros gestuales, entre el banquero y la andaluza. Don Esteban enviaba a Giovanni Rivoldi en el Ford T a recoger a María de las Angustias poco después de las doce, mientras finiquitaba sus asuntos de la mañana con impaciencia y descuido, urgido por la necesidad física de verla.

A la una menos diez minutos exactamente, bajaba y encontraba el coche esperándolo en la puerta del banco, con la bella gaditana acomodada cuidadosamente en el asiento trasero, en un intento de no arrugarse el vestido. En seguida comenzaban las bromas y los juegos. Se habían hecho amigos y confidentes, y el banquero, nada más verla, desplegaba entero su plumaje y su verba fluida y ocurrente. Ella reía sus gracias con candor, se ruborizaba y se atrevía, parapetada detrás de su mirada violeta, obligando a sus ojos a destellar furiosamente una pasión ceremonial fabricada especialmente para cada encuentro.

Un jueves cualquiera de mayo, el financiero, al subir al coche, se encontró una Angustias más callada de lo normal, que reía sin demasiado entusiasmo sus bromas y sus comentarios de camino al restaurante.

-      ¿Qué te pasa hoy, Angustias? – a esas alturas el trato entre ambos era familiar, desprovisto de formalidades superfluas. – Te noto más callada de lo normal.

-      ¡Ay Esteban, querido Esteban! – declamó ella, fingiendo congoja – Son cosas de mujer. No lo entenderías. El martes que viene cumpliré treinta años. Soy viuda, pero también mujer, y joven todavía. Estoy preocupada. A estas alturas tengo miedo de quedarme a vestir santos.

-      ¡No digas tonterías, Angustias!

El banquero digirió esas palabras a conciencia durante el resto del trayecto, realizado en silencio mientras él cavilaba, y María de las Angustias observaba de reojo cómo el eco de la conversación reflejaba en el rostro del hombre un trabajo mental forzado y complejo. No sabía cómo interpretarlas, pero desde luego eran toda una declaración de intenciones. Nunca habían hablado del tema, pero ahora sabía que Angustias deseaba volver a casarse. Hasta el momento, ella no le había permitido más familiaridad que algunos juegos de manos robados debajo del mantel, roces entre dedos, piernas que se tocan como sin querer, miradas cruzadas llenas de intención y promesas, pero nada comprometido. El almuerzo transcurrió, como siempre, en un ambiente festivo y jovial, amenizado por esa voz melódica que los acompañaba con tangos entre plato y plato. Para cuando sirvieron el postre, don Esteban Florián Giménez del Río ya había velado sus armas, y su corazón estaba rejuvenecido y con una determinación dramática.

-      ¿Sabes que te digo, Angustias? Vamos a celebrar tu cumpleaños de treinta por todo lo alto. La semana que viene vamos a comer el martes en lugar del jueves, si se me permite invitarte en un día tan importante.

-      Por supuesto, Esteban. No se me ocurre una manera mejor de pasar mi cumpleaños.

*                             *                             *

El martes siguiente, contraviniendo la costumbre y el ritual, Giovanni Rivoldi se presentó en casa de María de las Angustias a los mandos de uno de los últimos coches de caballos que podían aún verse en la ciudad, un Landó impecable de herrajes de bronce, con un habitáculo cerrado para cuatro personas, en cuyo interior acolchado y forrado de terciopelo rojo, esperaba don Esteban Florián Giménez del Río, vestido con un traje inglés de tres piezas estrenado para la ocasión. Llevaba un sombrero nuevo y su habitual bastón de cerezo, encerado y lustrado, y en el asiento frente a él esperaban a la andaluza un ramo de tres docenas de rosas rojas y una caja de los más finos bombones de Los dos Chinos.

El romano, testigo silencioso de la escena, hizo restallar el látigo en el aire, produciendo un chasquido seco y sonoro. Los dos corceles negros, de largas crines y pelaje brillante bajo el sol tibio, tiraron del Landó iniciando un trote corto y sostenido por la calle Defensa, hacia la Plaza de Mayo, para bordearla luego y continuar camino hasta la calle Corrientes, en donde se detendría frente al tradicional restaurante Sorrento, uno de los más lujosos y prestigiosos de la ciudad. Don Esteban descendió en primer lugar del carruaje, para rodearlo y tender él mismo la mano a María de las Angustias, invitándola a bajar, ofreciéndole su brazo para entrar juntos al local. Había reservado una mesa para dos en una zona oculta por dos biombos claros que proporcionaban privacidad.

-      Estoy sorprendida, Esteban. Esto es mucho más de lo que merezco, sin duda alguna.

-      Y espera a abrir tu regalo de cumpleaños. Estás espléndida y encantadora. Completamente arrebatadora, si se me permite decirlo.

Se sentaron a una mesa íntima, cubierta con manteles primorosamente bordados y acompañados a distancia de un par de metros por un violinista que ejecutaba con dudosa destreza melodías suaves a un volumen estudiado para permitir la conversación. Don Esteban se encargó personalmente de llenar dos copas de un vino espumante, rosado y fresco, y después de brindar por la belleza y juventud de María de las Angustias, si se le permitía decirlo, depositó delicadamente, sobre la mesa, un paquete envuelto en un exquisito papel rojo con flores estampadas en relieve, cruzado por una cinta dorada que formaba un moño cuidadosamente ensortijado, y coronado por una ostentosa etiqueta de la casa Escasany.

-      No puedo esperar a los postres para que abras tu regalo.

Angustias cerró los puños sobre el pecho, demostrando ilusión e impaciencia. Deshizo con cuidado el moño, y descubrió una caja de madera primorosamente labrada, con el emblema del conocido joyero. El interior de la caja, revestido de terciopelo azul, atesoraba una preciosa gargantilla finamente trabajada en plata de ley, en forma de media luna y con una enorme y verde esmeralda engastada en el centro. Angustias no consiguió reprimir un gritito de auténtica emoción.

-      Esteban, es demasiado. – dijo, después de unos segundos – No lo puedo aceptar.

-      Claro que sí. – Él tomo con cuidado la joya, y acercándose a ella, se la colocó alrededor del cuello y accionó el mecanismo de traba, rozando suavemente su nuca con los dedos. – Elegí una esmeralda para que no compita con la belleza de tus ojos. Luce casi tan bella como vos, si se me permite decirlo.

-      Te estoy muy agradecida, no merezco tanto, de verdad.

Angustias sabía que tenía al banquero donde había querido tenerlo desde que lo conoció, al alcance de sus artificios infinitamente violetas. Faltaba la estocada final, pensó la gaditana, pero el desarrollo de la celebración le indicó más tarde que no sería necesaria. Una vez cortada una torta de cumpleaños, cubierta de merengue y con trozos de durazno entre tres capas de bizcocho borracho de un licor adamascado y fino, Esteban Florián Giménez del Río no pudo soportar ya la presión interna de su pecho, y junto a una flamante sortija de oro y rubíes, ofreció a María de las Angustias Matalobos su corazón, su fortuna y su vida. Ella no tuvo que pensarlo dos veces, porque lo había pensado ya cientos y cientos desde que había decidido que el banquero era adecuado para ser su próximo marido, y rubricaron, allí mismo, con un tímido y fugaz primer beso en los labios la mejor alianza que ambos eran capaces de conseguir. Don Esteban pensó que debía pensar en deshacerse de sus concubinas. María de las Angustias deseó íntimamente que el financiero fuese tan bueno para el amor como para los negocios, mientras acariciaba distraídamente la esmeralda que pendía de su cuello, con una mano que lucía la sortija de oro y rubíes. El violinista arrancó un vals de las entrañas de su madera de pino y arce, agrediéndola con su arco de crines de caballo.

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  1. Toni dice:

    Los he leído todos hoy, también los comentarios, por cierto, comparto la misma opinión que Natalia en el capitulo 4. Están muy interesante.

  2. LOLA dice:

    Hola Brujito. He estado muy atareada en los últimos dos meses, y la verdad extrañé mucho ese tiempo que me podía tomar cada semana para disfrutar de tus reflexiones. Hoy me valió madres tener tantos ensayos pendientes por entregar en la facultad. Entonces decidí cenar contigo. Me armé un taco de rajas con crema, me serví un tequila (bueno…finalmente tres) y de una sentada me leí los 6 capítulos de Matalobos. ¿Cómo te describo lo que sentí?…me antojaste cada platillo de esa cena navideña, me parece que mi casa huele ligeramente a pólvora, sexo, naftalina, paella, rosas, y también a perfume de banquero aparato y engominado (¡decime que ya existía la gomina en esa época! ¡Jua!) Muero por escuchar un tango en este instante, para luego salir a caminar por la Avenida de Mayo y entrar a tomar un cafecito al Tortoni. Te mando un gran abrazo!!! Gracias!!!

    • Hola Lola (perdón por la cacofonía) ;)

      Inmensa alegría leer un comentario tuyo. Siempre recuerdo que fuiste la primera en dejar un comentario en “Reflexiones de un Aprendiz de Brujo”, y te estoy muy agradecido por acompañarme desde la primera hora, siempre con generosidad y buen humor.
      Esta mañana leí tu comentario (particularidades de la diferencia horaria), y me hizo sentir, además de muy bien, enormemente afortunado. Escribir es un proceso solitario, y la magia del feedback instantáneo es brutal. Saber de primera mano lo que sienten los demás al leer es impagable, y cuando lo hacen con la sutileza y la precisión con que lo has hecho aquí, entonces desborda, enorgullece y satisface.
      Soy yo el que tiene que estar agradecido. Ojalá sea capaz en el futuro de seguir brindándote sensaciones.

      Te mando un beso grande, y gracias otra vez,
      Pilo, Brujo :)

  3. David dice:

    En dos palabras: ¡Im-presionante! :-)

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