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Capítulo Siete: Campanas de Boda

María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida Quintana, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.

-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.

-      Sí, madre.

-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?

-      Sí, madre.

-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.

-      ¿Qué es el inglés, madre?

-      No te preocupes por eso ahora.

-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en englés?

-      No, Rocío se quedará donde está.

Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.

*                             *                             *

Las franjas de luz solar que se colaban entre las rendijas de las persianas que, convenientemente bajas, proporcionaban intimidad a la trastienda de Severino Garmendia, daban a la piel desnuda de Angustias un aspecto atigrado y alegre. Angustias jugaba entre los dedos con el vello del pecho de don Severino, que hacía rato ya que había encanecido.

-      Tienes que tener preparadas mis cosas, Severino. Pronto las rescataré todas.

-      ¿En serio? – Él no intentó ocultar su sorpresa. – ¿Conseguiste liquidez?

-      Aún no, pero será pronto.

Él hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos. En la posición en la que descansaban no tenía buen ángulo para buscar su mirada. Había cumplido cincuenta y dos años recientemente, y cada vez pensaba más en su vejez. Durante los últimos meses, más de una vez se había sorprendido a sí mismo imaginando el cierre de su negocio, y una vida en la que comenzar a disfrutar sus ahorros al lado de María de las Angustias. Se preguntaba frecuentemente si ella lo consideraría como marido además de como amante. Angustias interrumpió sus reflexiones con una revelación dolorosa.

-      Voy a casarme en noviembre, Severino. – Él encajó el golpe con entereza, echando mano de su oficio de gladiador habituado a los reveses.

-      Esto sí que no me lo esperaba tan pronto… ¿Quién es el afortunado?

-      Esteban Florián Giménez del Río. No creo que le conozcas.

-      Claro que lo conozco. Sé perfectamente quién es. Apuntaste alto esta vez, galleguita. Tené cuidado, que una cosa son los milicos y otra los banqueros. – hizo una pausa, pensativo – ¿Eso significa que lo nuestro se termina?

-      No, claro que no. Nos veremos menos, quizás. No lo sé. Después de todo, una mujer casada también tiene sus secretos, ¿no crees?

Severino Garmendia no contestó a la pregunta. Pensaba que había perdido, que le habían ganado de mano. Pensaba también que no hay mal que por bien no venga, y que una alianza semejante sería también buena para sus negocios. A María de las Angustias le costaría un cinco por ciento adicional recuperar sus piezas, que los tiempos estaban difíciles.

*                             *                             *

Se ajustó la pajarita negra. Una, dos, tres veces. Sonrió satisfecho frente a su imagen reflejada en el espejo. Vestía un frac de corte elegante, negro, con un chaleco de seda gris con bordados heráldicos en gris oscuro, y una galera nueva iba perfectamente a juego con su bastón de madera de cerezo, oscuro, lustrado y encerado para la ocasión. Don Esteban Florián Giménez del Río ajustó la cadena de oro del reloj antes de guardarlo en el bolsillo del chaleco, y dio cuidadosamente dos pasos atrás para verse de cuerpo entero, en perspectiva, frente al espejo de su dormitorio. Ladeó la cabeza a izquierda y derecha, buscando diferentes ángulos de visión. Estaba orgulloso de sí mismo. Podía decirse que había triunfado. Pronto estaría casado con la mujer más bella que había conocido en su vida, y los negocios no podían ir mejor.

-      Signore, es la hora de marchare.

-      Sí, Giovanni. ¿Cómo estoy, si se me permite preguntar?

-      Espléndido, signore, espléndido. Ma, non queda tiempo. É molto tarde, signore. La ragazza me espera.

-      De acuerdo, de acuerdo. Me dejarás en la catedral e irás a buscar a Angustias, como estaba previsto.

-      Perfetto.

Salieron apresuradamente hacia el Ford T, que esperaba con el motor en marcha en la acera, junto a la puerta principal del palacete de Don Esteban. La boda sería espectacular. Había convenido con el Arzobispo de Buenos Aires, don José María Bottaro, que administrase personalmente el sacramento del matrimonio a la pareja en el altar mayor de la catedral de la ciudad, junto a la Plaza de Mayo. A cambio, Don Esteban se había comprometido a donar la construcción de una nueva iglesia, donde le pareciese mejor a Su Ilustrísima. La Santa Madre Iglesia aportaría el terreno. Don Esteban, los fondos.

La Catedral lucía imponente, adornada con flores frescas y con las antorchas del frontispicio encendidas en honor de los contrayentes. Más de cuatrocientas personas presenciaron la larga misa matrimonial, celebrada en latín y castellano, en la que no faltó ningún elemento de la liturgia correspondiente a las grandes ocasiones. El Arzobispo fue pródigo en palabras y gestos, y según algunos invitados de primera fila, en miradas furtivas a la novia.

Finalizada la ceremonia, los recién casados se dirigieron en el Ford T, comandado por un Giovanni Rivoldi engalanado como nunca, al hotel Plaza de Buenos Aires, en donde se celebró una recepción y una cena de gala para doscientas cincuenta personas. Francisco Canaro y su Orquesta Típica tocaron en vivo durante más de tres horas los tangos y milongas de moda, para deleite de la concurrencia y como demostración definitiva del poderío del financiero en la vida social de Buenos Aires.

María de las Angustias estaba radiante, y de buena gana bailó tangos y valses con la flor y la nata de los políticos y empresarios de la ciudad, recibiendo sin inmutarse un torrente de elogios y atenciones, y riendo de manera forzada el chiste de besar a la novia hasta en siete ocasiones a lo largo de la noche.

Los novios despidieron a los últimos invitados en el hall del hotel, entre abrazos beodos, palmadas en la espalda y exageradas muestras de cariño y buenos augurios. Solo al llegar a la suite nupcial advirtió Angustias que el estado etílico del banquero era absoluto y total. Tanto que la gaditana alcanzó a temer que fuese imposible consumar el matrimonio esa misma noche. Se sintió frustrada, porque deseaba intensamente conocer cómo se comportaría en la cama su nuevo marido.

-      ¿Cómo te encuentras, Esteban?

-      Mejor que nunca, Angustias. Enamorado de vos hasta los tuétanos, si se me permite decirlo.

-      Ahora que estamos casados se te permite todo, Esteban – invitó angustias, quitándose el velo de novia reciente con un gesto gracioso y seductor. – Y cuando digo todo, quiero decir todo.

La bella gaditana lo miró insinuante y profundamente a los ojos, pensando que quizás no estuviese todo perdido. El financiero, que como buen hombre de negocios sabía perfectamente reconocer una oportunidad, comenzó a tirar torpemente de la pajarita al ver que angustias, con un movimiento hábil se había quitado el vestido y lucía un conjunto de ropa interior entero y con portaligas, terriblemente sugerente.

-      Ven aquí, deja que te ayude con eso, cariño.

-      Lo que quieras, Angustias, lo que quieras.

Don Esteban se tumbó en la cama, luego de quitarse los zapatos. Angustias lo despojó hábilmente del frac y el chaleco, y después de depositarlos con cuidado sobre un canapé forrado en piel, desanudó la pajarita con un preciso movimiento de manos y comenzó a besar al banquero. Lentamente, primero en los labios, luego en el cuello y el pecho, al tiempo que desabotonaba con precisión su camisa blanca impecable, quitaba y dejaba en la mesa de luz los gemelos de oro, y desabrochaba a tirones los pantalones, que hacía rato habían perdido la geometría de su raya.

-      Angustias… – el banquero no acertaba a elegir palabras, mientras dos manos expertas lo recorrían de arriba abajo como nunca antes. – Esto es… excitante, si se me permite decirlo.

-      Shhhh… – la gaditana lo besó en los labios, regalona, frotándose de cuerpo entero sobre su banquero desarmado – relájate, Esteban – invitó, antes de volver a su labor.

Pudo adivinar la dureza del banquero al quitarle los pantalones, dejando al descubierto unos graciosos pantaloncillos blancos que el empresario utilizaba a modo de ropa interior. Su entrepierna estaba abultada y el hombre respiraba entrecortadamente, murmurando el nombre de su mujer entre vapores de alcohol y eructos contenidos con aroma de trufas de chocolate, sin terminar de advertir que las luces del techo le resultaban mareantes. Angustias continuó su recorrido preciso por el cuerpo cubierto de vello, que comenzaba a ser canoso, de su nuevo hombre, y cuando por fin su mano derecha se aferraba al animal nervioso y enrojecido del banquero, mientras ella se preparaba para intentar la primera felación matrimonial, don Esteban se sintió repentinamente invadido por un sudor frío, el vientre se le llenó de espuma, su corazón se aceleró, sus ojos se abrieron desbocados, mientras intentaba sin éxito incorporarse sin tirar a su mujer al suelo. Entonces volvió a caer, rendido, sobre la cama, y estalló en un vómito colosal, que como un géiser lanzó al aire un chorro tórrido y maloliente, en cuya composición pútrida se mezclaba una abundante cantidad de buen whisky, dos porciones de tarta de novios y trozos a medio digerir de perdiz estofada en salsa de ciruelas, esparciéndolo todo sobre el lecho nupcial.

Angustias retrocedió de un salto, maldiciendo la fiesta y su puta madre, y al mismísimo Dios y su jodido sentido del humor, mientras con la mirada buscaba una bata que ponerse antes de llamar al servicio del hotel.

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 Me gusta: 9
  1. Elizabeth Iñiguez dice:

    BRAVO!!! Pilux.. es buenísimo!

  2. VIDA dice:

    SE ME HACEN MUY CORTOS……………..NO PODRAS PUBLICAR 2 JUNTOS PARA ACALLAR MI ANSIEDAD? JAJAJAJA……………….

  3. Jane dice:

    Hay, Fede, pense que Don Esteban se me quedaba con un infarto.
    Se lee tan rapido y tan intensos los capitulos, que uno quisiera
    tener el libro completo en sus manos.
    Gracias x la emocion que nos haces vivir semana a semana.
    Un abrazo
    Jane

  4. Toni dice:

    Como te gusta jugar con el lector, nos das un relato erótico en crescendo y de repente aparece una repulsiva escena para mitigar nuestra curiosidad.
    Tu también creces relato tras relato, felicidades.

  5. Natalia dice:

    Quizás por casualidad, la semana pasada no pude leer el capítulo…. Se disfruta muchísimo leyendo de a dos capítulos! jajaja Y encima, está buenísimo leer el miércoles, ya que sólo hay que esperar un día para la siguiente entrega.

    Menuda tensión la de esta escena amorosa… me dio tiempo para imaginarme varios finales: a) se dormía; b) se “terminaba” demasiado rápido; c) no satisfacía las angustías de Angustias…. pero no… repuaj!

    Será mi condición de mujer ¿Sólo eso les cuenta a sus hijos?
    Por otra parte, entre tantos enrededos, pasiones y elucubraciones… cómo se siente? Me sabe a un poco a poco ese laberinto interior que seguro sabrías describir. O quizás sea yo impaciente….. No me digas…. “no se pierdan el próximo capítulo, a la misma hora y en el mismo canal!”

    Un beso

    • Hola Nati:

      No te digo eso de “a la misma hora y en el mismo canal”. En realidad en este capítulo tuve la tentación de describir más a fondo la vivencia interior de ella, pero después me pareció que la escena es lo suficientemente contundente para que cualquiera de nosotros pueda imaginar como se siente una mujer recién casada ante algo así.

      Beso,
      F.

  6. David dice:

    Dios! Qué final! Total!

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