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Capítulo Diez: Compás de espera

María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.

Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.

-      Ya sabés cómo son, hija mía. Mientras no pase algo que las distraiga no te van a dejar en paz. No te preocupes demasiado, es solamente cuestión de tiempo. ¿Cómo estás?

-      No aguanto más, Madre. No sé qué hacer. Todas me miran y hablan de mí. Yo no hice nada. Yo no tengo la culpa de nada. – Sor Beatriz miró largamente a la adolescente rellenita que tenía frente a ella, recordando su propia salida, por la puerta trasera, del colegio Nuestra Señora Madre de los Pobres, en Córdoba, debido a un rumor muy difundido y nunca probado acerca de que se acostaba con el Obispo de su congregación. No pudo evitar sentir una profunda simpatía por la niña.

-      Vamos a hacer una cosa. A partir de mañana vas a colaborar en horario extraescolar en las tareas de la biblioteca, lo que te exime de hacer deberes, y, por lo tanto, de pasar tiempo con tus compañeras fuera de clase. Durante los recreos también vas a ir a la biblioteca, donde Sor Felicia te va a asignar tareas cortas antes de volver a clase. Falta poco más de un mes para las vacaciones. Cuando vuelvas seguro que se olvidaron de todo.

-      Gracias, Sor Beatriz – respondió María del Rocío, sorbiendo los mocos y reprimiendo las lágrimas.

Las tardes entre anaqueles de libros y polvo se le hicieron eternas a María del Rocío al principio, mientas clasificaba fichas escritas a máquina en una Remington de 1923, grande y pesada, que era la joya de la biblioteca. Sor Felicia le enseñó con paciencia los secretos de la dactilografía, de la que afirmaba que sería la profesión del futuro, ideal para mujeres modernas. María del Rocío descubrió entonces un talento natural que la revelaba como una gran dactilógrafa, y solamente a las tres semanas de práctica era capaz de copiar monografías sin levantar la vista del original a la asombrosa velocidad media de ciento doce palabras por minuto.

Por esos días realizaba en la biblioteca tareas de reparación de los anaqueles y estanterías un contable recién llegado de Pergamino, que mientras buscaba trabajo en algún estudio del centro se ganaba la vida con sus habilidades manuales. Se llamaba Juan José Cavalieri, y se enamoró de María del Rocío de forma instantánea, a más de tres metros de distancia, la primera tarde en que la vio tropezar con una mesa, mientras transportaba un cajón repleto de fichas que se desparramó por el suelo. Le deslumbraron su aire de desamparo, su torpeza adolescente y sus curvas generosas y rellenas. El improvisado carpintero se apresuró a ayudarla. María del Rocío, turbada por su presencia, recogió las fichas con rapidez, y mientras verificaba de un rápido vistazo que Sor Felicia no se encontraba cerca, agradeció al hombre con una caída de ojos acompañada de su mejor sonrisa y un inoportuno rubor que le cubría las mejillas.

María del Rocío no regresaría al colegio después de las vacaciones, ni nunca más en lo que le quedaba de vida.

*                             *                             *

María del Rocío intuía que su madre sería, una vez más, inflexible. Sus manos temblaban perceptiblemente cuando llamó a la puerta del pequeño departamento en el barrio del Once que Angustias había comprado con el dinero en efectivo que le había dejado don Esteban, aunque había tenido que sumar parte del capital nuevamente empeñado a costas de Severino Garmendia, y que empezaba a perder las esperanzas de recuperar. Le abrió la puerta una Matilda, ajada y envejecida, pero con la pureza de su sangre y la lealtad indomable aún claramente identificables en sus ojos negros. La india no era demasiado mayor que Angustias, pero el paso del tiempo estaba afectándola mucho más que a su señora.

María del Rocío pensó que era ridículo que continuase habiendo servidumbre en un departamento tan pequeño que podía limpiarse en media mañana, pero ni entonces ni nunca supo que Matilda, única integrante del servicio, ya no cobraba salario, y a pesar de ello continuaba con Angustias porque no tenía dónde ir ni hubiese sabido qué hacer con su vida si no era cuidar de la Gaditana que tanto y durante tantos años la había protegido. Al ver a María del Rocío, de pie en la entrada y calzada en un recatado vestido blanco y negro, en el que apenas entraba ya, Matilda no pudo reprimir una expresión de asombro, y tuvo que apelar a toda su discreción para tragarse entero el consejo de abandonar el edificio antes de que Angustias se percatara de su presencia.

-      ¿Quién es, Matilda?

-      Es la señorita María del Rocío. – dijo la india, hablado por encima de su hombro izquierdo, hacia la sala, pero manteniendo la mirada fija en la adolescente. – ¿Cómo está usted, mi pequeña? – la india la abrazó con ternura sincera.

-      Hola, Matilda.

-      Pues dile que no quiero verla. Es una vergüenza para mi apellido.

María del Rocío pudo ver cómo la piel cuarteada del rostro de la india se dibujaba de grietas trazando un mapa directo al centro de su angustia, al tiempo que ensayaba un gesto de conmiseración, apelando a su comprensión e implorando silenciosamente, con la mirada, que se fuese. Hizo el amago de comenzar a cerrar la puerta, pero la joven adelantó un pie, y sintiéndose ahogada en su propia adrenalina, apartó suavemente a Matilda y entró directa a la sala, deteniéndose ante su madre con las mejillas encendidas y los ojos inundados, conteniendo el llanto.

-      Tengo que hablar con usted, Madre.

La gaditana la miró de arriba a abajo, estudiándola como si en lugar de su hija tuviese delante a una gitana que intentaba predecir su futuro. Cuando habló, lo hizo con desdén y desprecio:

-      Lo siento. La hija que yo tenía era una que sacaba excelentes notas y respetaba a los mayores. Y no esta fulana desconocida que se ha fugado del colegio con el primer muerto de hambre que le hizo una caída de ojos. – Se volvió hacia la ventana, a sabiendas de que su cabello rematado en un rígido rodete, recortado a contraluz, le proporcionaba una figura autoritaria. – Solamente hablaré contigo cuando hayas vuelto al colegio y suplicado el perdón de Sor Beatriz.

-      No voy a volver, Madre. – la voz le temblaba al mismo ritmo que las rodillas – Y por lo que veo usted ya no podría pagarlo.

-      ¡Pero cómo te atreves!

La gaditana giró sobre sí misma, alzando la mano derecha, dispuesta a abofetear a su hija. Al encararse con ella, una fracción de segundo antes de soltar la mano, percibió con una claridad violenta y desnuda cuánto había crecido María del Rocío en los meses que llevaba sin verla. Los pechos se le habían hecho redondos y pesados, y sus caderas amplias y generosas soportaban un talle ligeramente rechoncho pero aún así, esbelto y gracioso. Tenía el rostro congelado en una mueca de asombro y miedo. Los ojos le brillaban con una determinación andaluza en la que Angustias reconoció su propia casta. La joven, aunque asustada, había alzado la barbilla, dispuesta a no esquivar el golpe a pesar del reflejo que la había obligado dar un paso atrás. El labio inferior le temblaba ligeramente, pero Angustias adivinó que aguantaría lo que fuera sin llorar. Quedaron inmóviles las dos, en un instante eterno que Matilda aprovechó para escabullirse hacia la cocina para preparar té. Angustias controló su salida con el rabillo del ojo, sosteniendo aún la mano en alto. Volvió a centrar la atención en su hija, y mientras bajaba lentamente la mano derecha, se llevó la izquierda al pecho, intentando retener un llanto que la desbordaba a traición. Volvió a girarse hacia la ventana, deseando estar sola para llorar en paz.

-      Vete – dijo.

María del Rocío se acercó a su madre y le rodeó los hombros con un brazo, mientras con la otra mano le acariciaba el cabello, asustada y sorprendida porque era la primera vez que la veía llorar. Permanecieron inmóviles por espacio de un par de minutos, hasta que la gaditana, una vez apagado su llanto, susurró:

-      Sé a lo que vienes. Mi respuesta es no.

-      Madre, solo quiero su permiso para casarme.

-      Primero debes terminar tus estudios, y luego ya te buscaré yo un marido apropiado.

-      Si no me da el permiso, me iré igualmente con Juan José. Viviré en pecado mortal, y ya nunca más me verá, Madre.

Las sospechas de Angustias se confirmaron en el tono de voz resuelto de su hija. Pensó en la determinación inquebrantable con que había conseguido levantarse una y otra vez, y supo, como solamente lo saben los jugadores expertos, que en ese juego había perdido.

-      Si no puedo evitar esa boda no te daré ni un centavo. Lo sabes, ¿verdad?

-      No me importa, Madre. Quiero casarme, de verdad. – Angustias hizo una larga pausa, sopesando sus opciones, hasta que finalmente dio por zanjado el asunto.

-      De acuerdo, firmaré la autorización, pero no esperes verme entre los invitados – dijo.

*                             *                             *

María de las Angustias cumplió su palabra. No asistió a la boda de María del Rocío y Juan José Cavalieri, celebrada sin pompa ni fasto en una iglesia pequeña de un pueblo cercano a la sierra de Tandil, donde la joven pareja se instaló al aceptar Juan José un cargo de maestro rural de contabilidad en una escuela secundaria.

Durante más de tres años alimentó en silencio una rabia poderosa y necia, que no permitió ni siquiera por un momento que se anegase con un sentimiento de culpa que se negaba a admitir para sí misma. Jamás respondió a las postales de navidad que cada año la pareja le enviaba, ni concedió más que frases de cortesía cuando su hija la telefoneaba con motivo de su cumpleaños, ni aceptó ninguna de las muchas invitaciones a viajar a Tandil que recibió, y mucho menos invitó a su yerno a Buenos Aires. En agosto de 1934, Angustias continuaba viviendo en el pequeño departamento del barrio del Once sobre el que había intentado sin éxito reconstruir su pequeño imperio luego de la debacle del Banco de Crédito Argentino, y comenzaba a perder las esperanzas de recuperar su antigua posición social mediante un nuevo enlace. Continuó frecuentando a Severino Garmendia, más para mantener controladas las urgencias del bajo vientre que por amor al mercader, a quien a pesar de todo se sentía estrechamente unida. Ambos eran arañas predadoras merodeando sus telas, y consentían en bajar las armas para brindarse mutuamente lo más parecido al amor que saben experimentar esa clase de cazadores solitarios. Un domingo por la tarde, mientras tomaban el té en el salón de Angustias, – los encuentros amorosos solamente se daban en la trastienda de don Severino, ya que Angustias guardaba las apariencias y solamente lo recibía en su casa en raras ocasiones, más sociales que amorosas – luego de un prolongado silencio, Severino atrapó la mano descuidada de Angustias, que se retiraba tras dejar la cucharilla en el azucarero, y buscando su mirada, soltó todo el peso de su lastre.

-      Angustias, ¿no te sentís muy sola?

-      ¿Y a qué viene esa pregunta ahora? – respondió la gaditana.

-      Ya no soy joven, galleguita… – empezó el, exhalando el aire en un bufido lento y prolongado. – Llevo muchos años esperándote, y lo sabés.

Angustias no respondió, limitándose a sostener la mirada de su amante más antiguo y a abrir mucho los ojos, ensayando un gesto despierto y expectante.

-      Quiero cerrar el negocio, casarme y dedicarme a disfrutar de los cuatro pesos que tengo guardados, y no se me ocurre mejor compañera que vos. ¿Por qué no nos casamos?

La máquina de calcular del cerebro de Angustias se puso en marcha rápidamente, sopesando sus opciones. Se acercaba a los treinta y ocho años, y aunque conservaba intactas su belleza andaluza y el hambre de su vientre, sabía que dos maridos muertos en la Argentina y un tercero en ultramar – aunque no hubiese sido su marido, ni hubiese muerto en realidad – eran un estigma fuerte, que sumado a la situación de casi ruina de sus cuentas, la alejaban mucho de ser la jovencita casadera y apetitosa que había llegado a Buenos Aires quince años antes. Y no era menos cierto que Severino podía augurarle un porvenir más que razonable. Como muchas veces antes en su vida, Angustias tomó una decisión en una fracción de segundo, antes de hacer un esfuerzo por inundar su mirada, bajar los ojos y decirle al poso del té:

-      Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.

*                             *                             *

María del Rocío estaba amamantando a su hija Renata, que a pesar de haber cumplido ya los seis meses, se negaba en redondo a la ingesta de papillas y menjunjes de bebés, y solamente aceptaba el generoso pecho de su madre por consuelo y alimento. Un susurro profético y misterioso atrajo su atención hacia la puerta de entrada, y pudo ver como un sobre blanco con ribetes dorados se detenía a medio metro de la hendija por la que se colaba el frío todos los inviernos, y el calor todos los veranos, y que Juan José siempre decía que le pondría algo a modo de burlete, pero nunca lo hacía. La niña recién había comenzado a mamar, y Rocío no podía levantarse a buscar el sobre. La curiosidad la corroía por dentro, porque se notaba desde lejos que ese sobre traía algo importante dentro. Pensó en su madre, como cada vez que una carta pasaba bajo la hoja de madera de la puerta, y como en cada momento del día en que su quehacer doméstico le daba tregua. Todas las noticias de su madre durante los últimos años habían llegado a través de su hermano Alberto, que trabajaba de sol a sol como oficial contable en un dudoso despacho en que se gestionaban préstamos de dinero entre particulares. Rocío nunca alcanzaba a entender cómo funcionaba, no era como un banco. Alberto siempre decía: “La gracia está en prestar la guita de los demás. A uno le sobra, a otro le falta, nosotros los juntamos y nos ganamos una cometa, así de fácil”. Finalmente Renata regurgitó un eructo líquido oloroso a leche tibia y dulce, y María del Rocío la depositó suavemente dentro del moisés de segunda mano que había comprado Juan José, dentro de un arrullo blanco rematado en puntilla de encaje. Rápidamente se dirigió a la puerta, y solamente al leer su nombre y el de su marido en el frente del elegante sobre notó el temblor de sus manos. Cuidadosamente despegó la solapa. Dentro halló una tarjeta blanca enmarcada en ornamentos dorados, y supo lo que era antes de leerla:

Don Severino Garmendia y Guevara

Y

Doña María de las Angustias Matalobos

Tienen el agrado de participarles a su enlace matrimonial

que D.M. se celebrará el próximo domingo 7 de octubre

en la Parroquia de San Isidro Labrador

calle Lima 11

Ciudad de Buenos Aires

María del Rocío lo leyó varias veces, queriendo creer que era un error, que no era verdad, pero sabiendo que era cierto, y que hacía más de dos años que esperaba que se produjera el acontecimiento. No sabía quién era Severino Garmendia. Intentó telefonear a su hermano hasta tres veces en el transcurso de la tarde, pero fue imposible localizarlo. Finalmente, mientras volvía a amamantar a la pequeña, que había despertado y llorado hasta que nuevamente una teta generosa y blanca desbordó la voracidad de su pequeña boca, decidió que si eso servía para que su madre olvidara y perdonara, entonces estaba bien.

Iría a la boda, qué demonios.

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 Me gusta: 5
  1. Jane dice:

    Maravilloso, nos dejas con el alma en la boca en cada capitulo, esperando ansiosamente el siguiente. Faltan muchos? o falta mucho? como dirian los chicos, para terminar la novela?
    Me encanta la mezcla de lugares y tiempos, el viejo barrio de Once, los telefonos, que uno
    piensa que no son tan antiguos en fin, todo es contemporaneo y a la vez viejo y nuevo.
    Un abrazote
    Jane

    • Gracias Jane,

      En principio, quedan unos 12 o 13 capítulos. Digo en principio porque, si bien la novela ya está toda escrita, lo que yo voy haciendo es corregir, bastante más adelante de lo que tengo publicado (acabo de terminar de corregir el cap. 16). Debido a estas correcciones, y a algún cambio que tengo pensado, puede que aparezca algún capítulo más.
      Me alegra que te guste la ambientación histórica. Te aseguro que me resultó muy trabajosa y compleja. Algunas cosas son fáciles de investigar. Otras son complicadas, y otras simplemente hago un esfuerzo de imaginación a partir de los datos que tengo.

      Abrazo,
      F.

  2. Mata Alicia dice:

    QUE BARBARO,JUAN JOSE CAVALIERI DE PERGAMINO!!!!…YO SOY DE PERGAMINO!!!…ME DIO LA SENSACION DE FORMAR PARTE MAS INTIMAMENTE DE LA HISTORIA…SON ESOS PEQUEÑOS DETALLES QUE HACE QUE SE DISPARE LA IMAGINACION Y TE ENCUENTRES REBUSCANDO EN TU MEMORIA UN NOMBRE Y UN APELLIDO ENTRE LOS MILES QUE ALLI SE ALBERGAN…ME ENCANTA LA TRAMA…Y LA EPOCA EN LA QUE SE DESARROLLA.
    POR LO QUE HE LEIDO Y LO QUE PRESIENTO,EL REENCUENTRO CON TUS AMIGOS FUE MUY ENRRIQUECEDOR Y TE HA CARGADO LAS PILAS A FULL,ME ALEGRO UN MONTON,UN FUERTE ABRAZO

  3. Gin Hindew 1.1.0 dice:

    Crei que nunca se lo iba a pedir (a decir verdad esperaba que ella lo manipulara de alguna otra forma) y ya era hora de ver al resto de la familia, y como ya estuvo bueno de maridos muertos mi sentido aracnido me dice que se acerca un giro diferente a los anteriores

  4. Julieta dice:

    yo si vi venir que el amante le iba a pedir algún día a Angustias!!!!
    esperando el prox. capitulo :D

  5. Toni dice:

    Este también me gusto, María del Rocío me parece un personaje ejemplar.
    Muy “guay”

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