Capítulo Nueve: Caída en desgracia
El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana. Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.
El ocho de octubre, Angustias agradeció con su mejor sonrisa a Giovanni Rivoldi antes de descender del Ford T. Había comprado noventa y seis metros de tela de brocado color borravino, ornada con borlas doradas, para reemplazar las cortinas del salón principal, y regresaba a casa, feliz. Sin embargo, supo que algo no andaba bien al descubrir la silueta de su marido, de espaldas a ella, sentado a la enorme mesa de madera de quebracho que presidía el salón. Don Esteban estaba en una postura inconfundible de desesperación, la frente apoyada en ambas manos, los codos descansando sobre la mesa, a ambos lados de la edición matinal del periódico La Nación de ese mismo día. Angustias se acercó, ligeramente inquieta, y antes de besar a su marido, como planeaba hacer, pudo leer sobre el hombro del financiero el ingrato titular que encabezaba una nota a doble página: “El Banco Central ordena la intervención del Banco de Crédito Argentino”. En la línea siguiente, la entradilla del artículo revelaba: “Giménez del Río, acusado de malversación de fondos, fraude fiscal y ocho cargos menores”. Angustias sintió como toda su alegría se desvanecía, al tiempo que las rodillas amenazaban su estabilidad con una debilidad repentina y temblorosa. Ocupó la silla contigua a su marido y solo entonces lo buscó con la mirada. Advirtió en su rostro señales de llanto, y pudo descubrir, también, un ligero rastro de alivio.
- Se acabó, Angustias. Se acabó. – dijo, sacudiendo lentamente la cabeza de izquierda a derecha y viceversa.
- ¿Es verdad esto, Esteban? – un presagio silencioso navegó la estancia durante algunos minutos, hasta que el hombre, levantando la cabeza, se decidió a responder.
- ¿Qué es la verdad, Angustias? Desde cierto punto de vista, sí, es verdad. Pero todos los bancos lo hacen. Nosotros teníamos la protección del anterior gobierno. Había algunas irregularidades, nada demasiado fuera de la práctica habitual del negocio bancario. – Hizo una pausa para acomodarse el chaleco. – La junta de accionistas necesitaba un fusible, y los militares querían tomar el control del banco. No tuve suficientes reflejos y…
Angustias abrazó a su marido, y por primera vez desde que descendiera del barco en el puerto de Buenos Aires, once años atrás, sintió verdadero miedo. Intentó tranquilizarse y tranquilizar a Don Esteban.
- No te preocupes, Esteban. Seguro que todo se soluciona, ya verás.
- No lo entendés, ¿verdad? – el financiero sacudió la cabeza una vez más. – Estamos en la ruina, Angustias, en la ruina total. Esta casa, el coche… todo pertenece al banco. Mi cuenta corriente está bloqueada. Mi patrimonio personal será embargado en los próximos días. No nos queda nada. Pero nada de nada.
Angustias dejó que sus brazos y piernas se relajaran, liberando instintivamente la tensión del momento, y por primera vez fue brutalmente consciente de la magnitud del desastre. Estaba atada por lazos matrimoniales a un hombre derrotado, completamente vencido y en la más absoluta ruina. Para colmo de males, sabía perfectamente que su amor por Esteban estaba hecho de glamur y bienestar. No resistiría la pobreza. Se levantó y se dirigió a la cocina para preparar té. No era posible que todo hubiese acabado, se dijo. Inclinó la caldera con agua caliente sobre la tetera de porcelana fina, dentro de la que, en una esfera de acero inoxidable sujeta por una cadena, un puñado de hebras de exquisito té inglés soltaba en el agua un aroma profundo y dulzón mezclado en una nube oscura. Fue precisamente en ese instante cuando Angustias pudo sentir renacer en su pecho la fuerza imponente de su casta, la determinación de su sangre andaluza y el pulso de hierro con el que había hecho y rehecho su vida cuantas veces había sido necesario. Se sirvió el té, y mientras lo endulzaba con una cucharadita y media de azúcar, comenzó a trazar planes para el futuro inmediato. Esteban se las vería con la justicia, que era un enemigo opaco e implacable que Angustias desconocía cómo enfrentar, pero a ella le tocaba lidiar con la soledad y la pobreza, y se sabía una experta en derrotarlas a ambas.
* * *
- Severino, esta vez necesito tu ayuda de verdad. – el regente de la casa de empeños fumaba desnudo, en silencio, disfrutando mentalmente la tremenda felación de la que acababa de ser objeto. A pesar de la entrega de María de las Angustias, siempre se sentía un poco utilizado después del amor. Esta vez, percibiendo la desesperación de su amante, se regodeó secretamente, saboreando su firme convencimiento de que la vida siempre da revancha. Cuando habló, lo hizo de forma pausada y tranquila, luego de dejar escapar lentamente finas volutas de humo que, combinadas con los rayos de sol que se filtraban por la persiana baja, una vez más, atigraban de blanco azulado la piel caliente y de miel de María de las Angustias Matalobos.
- No te preocupés, galleguita, que entre bueyes no hay cornadas. Es mucha guita la que me pedís, y es cierto que tus pedregullos bien la valen, pero para darte toda esa tela en efeté tengo que mover algunos hilos. Voy a tardar un par de semanas. Un mes, como mucho, pero creo que podés contar con la guita. Ya hablaremos de intereses con más calma, cuando estés más tranquila.
Angustias calibró mentalmente sus opciones. Había reunido en tres días todas sus joyas. Las que había traído de España, las que le había regalado el Capitán Ayala, tantas veces empeñadas y vueltas a rescatar, y las últimas y más valiosas, atenciones de Don Esteban Florián Giménez del Río.
El tablero se ponía peligroso. Su marido estaba descontrolado, en un estado de pánico absoluto y permanente que ni sus abogados ni el optimismo inquebrantable de Angustias lograban abatir. Previendo un desenlace abrupto, María de las Angustias había contratado una caja de seguridad en un banco, donde podría guardar el dinero sin necesidad de incorporarlo a la quiebra personal de su marido. Debía moverse con precisión y habilidad. Esperaba que Don Esteban fuese declarado culpable e insolvente pronto, y que su inevitable ingreso en prisión le dejase el camino despejado para volver a comprar una casa y empezar de nuevo. Ya tenía casi treinta y cinco años, y no sería tan fácil, pero estaba segura de que volvería a levantarse.
* * *
Don Esteban Florían Giménez del Río paseó la mirada por los despojos de su vetusto imperio, y por fin encontró paz al reconocer frente a sí mismo que no habría tregua. Se sentía como Nerón repasando las cenizas de su antiguo poderío. Se sentó en su escritorio de nogal y acarició la madera noble con la yema de los dedos, disfrutando su tacto aristocrático y pulido, perfectamente consciente de que era la última vez. Tenía orden de desalojar el palacete de la Avenida Quintana al día siguiente, y aún no se lo había dicho a María de las Angustias. Debía también entregar el Ford T y comparecer ante la vista judicial previa al inicio del proceso por desfalco y fraude la semana entrante. Sabía que tenía cien probabilidades contra una de ingresar en prisión cautelar, y que luego no dispondría de fondos para una batalla legal en las que tenía todas las de perder. Sus abogados le aconsejaban declararse culpable y colaborar con el proceso, para obtener una reducción de la posible pena.
Tiró hacia atrás del émbolo de goma para recargar de tinta negra su pluma fuente de oro macizo, y en un distinguido papel que llevaba su membrete personal rematado en ribetes negros, escribió dos largas cartas. La primera la dirigió al juez instructor de la causa, y en ella explicaba exactamente las ilegalidades en las que había incurrido, detallaba una confesión completa y precisa, e incluía la combinación de la caja fuerte de su despacho en el banco, dentro de la que se podrían encontrar pruebas concluyentes contra la mitad de los miembros del directorio de la entidad bancaria. En la segunda, dirigida a María de las Angustias, expresaba con palabras pobres cuánto la había amado, le pedía perdón por su cobardía y le daba instrucciones sobre una gratificación que debía entregar a Giovanni Rivoldi. Además le daba las coordenadas de una consigna de equipaje en la estación de ferrocarriles de Retiro, en la que encontraría un maletín con noventa mil pesos moneda nacional en efectivo. Introdujo la llave en el sobre y lo lacró con su sello personal, al igual que el anterior, y se encaminó a la puerta del palacete, donde Giovanni esperaba a los mandos del coche. Si el chófer era consciente del descalabro inminente, no se le notaba. Tendiendo ambos sobres al italiano, trepó al asiento trasero mientras le decía:
- Giovanni, llevame hasta la Avenida de Mayo. Después andá a buscar a Angustias y dale estos dos sobres. Ella te va a decir que tenés que hacer.
- Presto, Signore.
El romano estaba habituado a cumplir órdenes y hacer pocas preguntas con una disciplina casi militar, así que no dijo más y puso en marcha el vehículo. Atravesaron el centro de la ciudad sorteando el tránsito de vehículos con fluidez. El banquero apoyaba la frente contra el vidrio de la ventana trasera, ausente, sin prestar atención a los paseantes ni al sol de primavera que una vez más doraba Buenos Aires con generosidad.
Descendió del Ford T y paseó distraídamente por la Avenida de Mayo por espacio de un par de horas, quizá tres, deteniéndose en librerías y cafés, respirando un perfume equívoco y primaveral de jazmines imaginarios. Lentamente, el paseo dio sus frutos, y Don Esteban Florián Giménez del Río recuperó el pulso y la sangre fría característicos de un hombre de su clase. Se sentía tranquilo, sereno y decidido mientras observaba a los viandantes y repasaba los titulares de la prensa expuesta en los quioscos que remataban las esquinas de la avenida, buscando con disimulo su nombre y su oprobio, ambos de dominio público.
Bajó las escaleras que daban acceso al tranvía subterráneo en la estación Lima. Compró un billete y accedió al andén, situándose en un rincón apartado y solitario. Soltó dos lágrimas gordas y generosas, que empaparon su bigote con un sabor salado y restos de moco, antes de saltar delante del tren que al entrar en la estación acabaría con su vida.






Cada vez esta mejor, es muy amena
Tante grazzie!
Beso,
F.
No ganamos para sustos!!!!!…nos mantenés en vilo todo el tiempo…la intriga no desciende…que bueno!!!…cada vez me cuesta más esperar una semana para seguir leyendo…los jueves son una cita ineludible!!!…te felicito de todo corazón…Un abrazo
Muchas gracias Alicia
Me alegra que lo vivas así, porque quiere decir que, habiendo como hay siempre, espacio para mejorar, de a poco el texto lo consigue.
Gracias por leer y comentar!
Abrazo,
F.
Fede, espero cada jueves ansiosamente y despues me siento a leer el ultimo
capitulo que publicas , Es toda una ceremonia, que nadie me moleste, que no
suene el telefono, que la tele este apagada, etc. etc.
Es interesantisma y cada semana estamos sobre ascuas para disfrutar
el proximo capitulo.
Felicitaciones!!!!
Un abrazote
Jane
Hola Jane,
Aunque estemos todos sometidos al anonimato de la red, es muy gratificante como hay nombres que empiezan a aparecer, y uno les pone rostros inventados y escenarios posibles. Me gusta mucho tu imagen ceremonial, y si eso le pasa a uno de los lectores de Matalobos, entonces me considero mucho más que premiado. Me hace feliz.
Gracias por comentarlo.
Abrazo,
F.
Mi habeme gustado muixo este ultimo capitulorio
Juli,
Mi contento de tu haberte disfrutado esto capítulorio. Gracias muchas.
Grande Abrazo,
F.
Me gustó.
Me alegro!
Ya estoy impaciente por ver cómo sale de esta Doña Angustias…
Verás que lo consigue. Es una mujer de muchísimos recursos
A veces me sorprende a mí
Otra cosa: “Angustias sintió como toda…” Siendo puristas, al no ser comparativo, ese “como” debería llevar una tilde ¿no?
Gracias.
mmm…me parece que al funcionar como un adverbio de modo (y no cumplir función interrogativa) no lleva tilde.
Pilo! Cada día más apasionante. ¡¿Para cuándo capitulo doble?!
Vale
Gracias Vale!
Lo de los capítulos dobles… No sé. De momento, los que vienen ahora son un poquito más largos. Esperemos que sirvan para saciar las ganas
Beso,
P.