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Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo

Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.

Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.

*                             *                             *

No hubo más de cuarenta invitados. Ambos contrayentes carecían de ascendencia, y don Severino, además, no tenía hijos. Alberto Ramírez Matalobos, con dieciocho años cumplidos y sin alcanzar el metro sesenta y ocho de estatura, intentaba disimular una propensión al abultamiento de su vientre bajo un traje de tres piezas que, dada la presión que resistían los botones del chaleco, en rigor de verdad la realzaba. Cultivaba un ralo bigote incipiente bajo su nariz, aplicándose compresas con lociones crecepelo y diversos emplastos y potingues que compraba en cuanto negocio del ramo descubría, con auténtico amor de jardinero y en absoluto secreto. María de las Angustias se sintió orgullosa de él mientras la llevaba del brazo por el pasillo central de la parroquia, que a pesar de estar engalanada con flores y guirnaldas, se veía deslucida, oscura y sucia. En el altar, el Padre Amancio Aguilar controlaba los aspectos principales de la liturgia matrimonial con una actitud que, de no tratarse de un ministro del señor, podría haberse calificado de desidia. Mientras tanto, con el rabillo del ojo verificaba el equilibrio deficiente del novio, que esperaba de pie, esforzándose en mantener un ángulo cercano a los noventa grados con respecto al altar, sin saber si atribuirlo a la edad o a su aliento inconfundible de anís que un perfume de alcanfor no conseguía disimular. En cualquier caso –pensó mientras recordaba su reciente trago de vino de misa en la vicaría – quien estuviese libre de pecado que tirase la primera piedra.

María del Rocío y Juan José Cavalieri se habían ubicado en la segunda fila de bancos, dudando entre el derecho de familia y el pudor de saberse repudiados por María de las Angustias. Fue una precaución innecesaria, porque dada la ausencia de familiares de Don Severino, la primera fila quedó completamente vacía, transformando la segunda en primera, pero con el añadido evidente y vergonzoso de una elección errónea por parte de sus ocupantes. María del Rocío se ubicó junto al pasillo, con la esperanza de cruzar una mirada de redención al pasar su madre, pero Angustias, consciente de la presencia de su hija, le negó esa satisfacción, porque la altivez era el único remedio que conocía contra la culpa.

El oficio religioso fue una larga letanía de tópicos, frases hechas y latinajos mal pronunciados, con el ritmo entrecortado por la perjudicada lectura etílica del Sacerdote, que perdido en una nube de apatía y vino tinto, confundía los puntos y las comas, provocando que el sentido final del texto fuese completamente incomprensible. Finalmente, el padre consiguió casarlos sin más incidentes que los tres intentos fallidos de Severino por colocar el anillo en un dedo que se escapaba a su absoluto dominio de sí mismo y de su pájara de anís.

*                             *                             *

El convite posterior a la ceremonia se realizó en el salón principal del Hotel Savoy, donde los novios recibieron a sus pocos invitados en un clima festivo y jovial que sintonizaba con los primeros calores de la primavera. Habían dispuesto una mesa principal adornada con jazmines, en la que se acodaron, a su centro, María de las Angustias y Don Severino. Frente al novio, ocupó una silla Alberto Ramírez Matalobos, que por primera vez encendía un puro delante de su madre, sin sospechar que ella misma fumaba tabaco negro de liar. María del Rocío se acomodó frente a su madre, teniendo a su diestra a Juan José, nervioso e incómodo. A la diestra de Don Severino tomaron asiento Amílcar Vasconcelos y Raimundo de las Carreras, sus dos principales amigos, mientras que a la izquierda de la novia ocupó su lugar Elena Bellaterra, única amiga que conservaba Angustias de los buenos tiempos, y que había de morir de una peritonitis aguda dos años después de la boda. En dos largas mesas adicionales se acomodaron el resto de los invitados, la mayoría de ellos clientes habituales de Don Severino, muchos de los cuales esperaban tener ocasión durante el festejo de intercambiar con él unas palabras sobre el rescate de sus piezas, antes del cierre definitivo del negocio, y por parte de Angustias, amigas ocasionales con las que tomaba té y jugaba naipes, acompañadas de sus maridos, y la incombustible Matilda, que asistía a la tercera boda de su dueña sin dejarse ganar por el asombro ni la dicha.

Ya habían servido los postres cuando, advirtiendo que María del Rocío y su marido no parecía que fuesen a abrir la boca más que para comer, y que la conversación general decaía, Don Severino vació su tercer whisky y echó mano de fórmulas triviales para no dejar morir la velada.

-      Albertito, me contó tu madre que estás trabajando con un prestamista.

-      Si señor – respondió Alberto, orgulloso de sí mismo. – Soy hombre de confianza de Gilberto Montes, de la calle Tacuarí. ¿Lo conoce? – Severino, con los ojos enrojecidos por el humo de su Cohiba, estalló en una carcajada grosera y vulgar, mientras aplastaba la brasa sobre el liquidillo negro que un flan casero de huevo había derramado sobre su plato de postre.

-      ¡Qué si lo conozco! ¡Menudo ladrón! Hice tratos con él hasta mediados de la década de los veinte, durante más de quince años.

-      No diga eso, don Severino. Es un hombre honrado, y estoy aprendiendo mucho de él.

-      De él no vas a aprender otra cosa que a estafar al prójimo, a evadir impuestos y a evitar la cárcel. Aunque esto último puede serte de mucha ayuda si seguís con él – rió su propia gracia, mientras con la mano izquierda intentaba encontrar el camino bajo la falda de novia de Angustias, que se mantenía en silencio.

-      No se lo permito, Señor. Me ofende. – Severino volvió a reír.

-      No te ofendas, Albertito. Todavía sos muy pibe, pero algún día te vas a dar cuenta de la clase de bueyes con los que estás arando.

-      Quiero que retire lo dicho. Si insulta al señor Montes me insulta también a mí, y no estoy dispuesto a permitirlo, ni siquiera el día de la boda de mi madre.

-      Alberto… – empezó Angustias, que fue cortada en seco por un gesto con la misma mano que antes intentaba levantar su falda.

-      No lo pienso retirar. Ese usurero me mandó dos matones a romperme las piernas por diez mil pesos de mierda, que además no le debía. No le tengo el menor respeto, y ningún pendejo con corbatín nuevo me va a hacer retractarme en mi propia fiesta de casamiento.

Don Severino Garmendia había encontrado uno de los raros momentos en que perdía el control, y había elevado el tono de voz más de lo conveniente. Las conversaciones en las tres mesas se habían interrumpido repentinamente, y un silencio glacial resquebrajó el aire mientras todas las cabezas se volvían a ver el rostro encendido de rojo de Alberto, que en un intento épico por la salvaguarda de su orgullo de varón criollo, se puso lentamente de pie, y con una ligera inclinación de cabeza hacia Angustias acompañada de un “Madre” murmurado entre dientes, giró sobre sus talones y abandonó el hotel sin más palabras.

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 Me gusta: 3
  1. Gin Hindew 1.1.0 dice:

    Mi sentido aracnido no se equivocaba, ahora consultemos la bola de cristal… veo un rpoblema que crece, no, no, que disminuye… veo otro problema que afecta una relacion (notese que no he dicho como la afecta, asi al proximo suceso dire que he acertado)
    Me gusta como va moviendose esto

    • Hola, Gin =)

      Mmmmm… tu sentido arácnido elige bien. En realidad (y no debería anticipar, pero lo voy a hacer) en el próximo capítulo pensarás que tu sentido arácnido se equivocaba, pero el verdadero giro viene en el siguiente :)

      Saludos!
      Federico

  2. Jane dice:

    El capitulo de hoy me parecio recorto comparado con los demas. No se
    si es real o es mi ansiedad al leerlo.
    Cuando hablas de la amiga de Angustias y ya anticipas su muerte
    dos anios despues no me gusta demasiado el ponernos al tanto
    de lo que va a pasar. A lo mejor es xq’ ese personaje va a desapa-
    recer de la novela.
    De todos modos, sigo adicta a tu novela y a mi ceremonia de todos
    los jueves.
    Un abrazo
    Jane

    • Hola Jane!

      Tú lo has dicho! Ese personaje no volverá a aparecer. Es verdad que este capítulo resultó corto. El tema es que, como he explicado alguna vez, “Matalobos” surge de la división en dos novelas diferentes de la otra que estoy escribiendo, llamada “Álgebra Maldita”. En el contexto original, los capítulos son muy, pero muy cortos. Al reformular y corregir “Matalobos” para su formato de publicación semanal, he tenido que revisar esto, y unir varios capítulos en cada uno. He intentado que los capítulos resultantes oscilen entre las 1500 y 3000 palabras, pero a veces, los requerimientos del formato semanal hacen que tengas que cortar en un punto determinado, como en este caso.
      Los siguientes capítulos, creo que hasta el final, son bastante más largos :)

      Un beso,
      Federico

  3. VIDA dice:

    SI A MI TB. ME PARECIO MUY CORTO…………..ES PARA INTRIGARNOS MAS?
    Y QUE PASO CON MARIA DEL ROCIO, TENDRIAMOS QUE HABERNOS ENTERADO EN ESTE. YO ERA LO QUE MAS ESPERABA…………TOUCHE………………..

    • Hola Vida :)

      No, es por lo que le explicaba en el mensaje anterior a Jane. Con respecto a María del Rocío, entiendo perfectamente tu curiosidad. Lamentablemente, en el contexto de “Matalobos”, ella es un personaje secundario, y sus apariciones se producen en función de resaltar aspectos concretos del carácter de su madre, y no tanto por su historia en sí misma. Si algún día ve la luz “Álgebra Maldita”, se sabrá más sobre ella ;)

      Beso,
      Pilo

  4. GMayer dice:

    La verdad que cortito, pero me sigue enganchando. Tal vez por tener la cabeza en baires con sus lugares, los nombres que aparecen, etc, …me encanta. Coincido con las dudas sobre la vida de la “señora” de Cavalieri. No se por qué esa chica meda miedo.
    Te tengo que escribirte por una duda de carácter histórico del cap.6 respecto al teatro de revistas y el año 1913 cuando ya triunfaba la fallecida esposa de don Esteban Florián Giménez del Río.

    • Hola Guillermo!

      Me alegra que te siga enganchando, porque desde mi punto de vista, ahora comienza la mejor parte de la novela.

      Con respecto a tu duda, es verdad que el Teatro de Revistas como tal no se llamaba así en 1913. Es una licencia que me permití para situar al personaje, aunque ahora que lo pienso, podría haber puesto algo así como “triunfaba en el teatro Scala, precursor de lo que sería el teatro de revistas”. En fin, la idea esta tomada de la inauguración del teatro Scala en 1908, que en 1922 pasaría a ser el teatro Maipo, templo de la revista en las décadas del 30 al 50. Te paso un link:

      http://www.maipo.com.ar/historia_1908.htm

      Allí lo verás mejor.

      Un abrazo grande!

      Pilo

  5. Julieta dice:

    Hola Piluxin,

    clara y evidente la manera en que en ese entonces la mujer – hiija solo abrió la boca para comer y el varón – hijo….insulto!!

    uno pensaría que “así” se daban las cosas en el tiempo de antes!!!

    pero triste darse cuenta hoy en día que aun siguen estas divisiones entre la crianza de los hij@s: si 1a es la nena y el otro el nene!!!

    Aunque ud. no lo crea!

    Curioso que esta mujer fuerte tenga que recurrir al matrimonio para hacerse de 1 lugar en la sociedad!!!

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