Capítulo Catorce: Viejos negocios, nuevos negocios
El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía que levantar ligeramente, para secarse con un pañuelo de algodón la cicatriz oscura y quemada que bordeaba la cuenca del ojo. El escribano Gaitán había redactado para ellas un acuerdo previo, que ambas habían firmado, y que establecía que Teresa Guevara retiraba su demanda a cambio de recibir los setenta mil pesos moneda nacional acordados al momento en que María de las Angustias pudiese disponer de la herencia. A principios de febrero, cuando terminaron los trámites de sucesión, Teresa Guevara y María de las Angustias se encontraron en cruce de la Avenida Corrientes y Esmeralda, donde estaba la casa central del Banco de Crédito Argentino. La gaditana ayudó a su casi prima política, que era poco dada a los laberintos del mundo financiero, a abrir una cuenta de ahorros para hacer efectiva la transferencia de los setenta mil pesos.
Acabado el trámite, se dirigieron juntas al despacho de Gaitán, en Diagonal Norte, caminando tomadas del brazo, al ritmo de los tacones bajos de Teresa y su andar paquidérmico y jadeante, adornado por una ligera cojera que le producía un enorme juanete en el pie izquierdo, para formalizar la culminación del acuerdo y fumar la pipa de la paz.
- Pensaba que me ibas a traicionar, gallega, pero otra vez me dejaste sorprendida.
- Siempre cumplo mi palabra, Teresa. ¿Qué vas a hacer con el dinero?
- No sé. Supongo que tenerlo en el banco para ir viviendo.
- Mal hecho.
- ¿Por qué? ¿Qué tendría que hacer?
- El dinero sirve para muchas cosas, – respondió la andaluza – pero la mejor de todas ellas es hacer más dinero. Si te lo gastas, volverás a ser pobre pronto. Si lo utilizas con inteligencia, nunca más pasarás necesidades.
- No sé, no sé… Ya no me caés tan mal, pero no confío en vos.
La gaditana rió la confidencia. Por alguna razón, aquélla mujer desagradable, que tenía incluso un bigote incipiente sobre los labios agrietados, le resultaba simpática. Pensó que tenía el mismo corazón oscuro que Severino, aunque le faltaba su refinamiento francés, sus modales de hombre de mundo y su excelente conversación.
- Como quieras – respondió – piénsatelo, y si quieres, podemos hacer algún negocio juntas.
- ¿Qué clase de negocio?
- No lo sé, habría que pensarlo. Inmobiliario, o caballos de carrera, o poner dinero donde trabaja mi hijo… Hay muchas opciones.
Llegaron a la escribanía Gaitán, donde el propio escribano las hizo pasar a un despacho con una enorme mesa oval de madera de cedro. “La bella y la bestia”, pensó para sus adentros el leguleyo al ver a las dos mujeres de pie sobre la moqueta deslucida.
- Bienvenidas, señoras… Si están de acuerdo, efectuaré una lectura completa del documento antes de proceder a la firma.
- No hace falta. – dijo Teresa Guevara – Todo está en orden, y esos documentos soy muy aburridos.
- Como quieran. Básicamente el documento expone que se ha llegado a un acuerdo y que los términos del mismo se han cumplido en su totalidad. Si no desean más información pueden firmar. Hay que firmar por triplicado.
- ¿Tengo que firmar tres veces? – preguntó Teresa Guevara. Gaitán sonrió, intentando contener la risa.
- No. Es decir, sí. Son tres copias. Una firma en cada copia.
- Ah.
Gaitán les alcanzó el fajo de papeles, y durante algunos minutos solamente se escuchó el rasgueo de las plumas con que las dos mujeres firmaban al unísono diferentes copias del mismo documento. El escribano recogió los papeles y las acompañó a la puerta.
- A sus pies, señora Matalobos, como siempre – se despidió.
* * *
Las dos mujeres se detuvieron en el pórtico del edificio, como respetando un acuerdo tácito.
- ¿Sabés? – empezó Teresa – Pensaba que después de hoy no iba a querer verte nunca más, pero sé perfectamente que no tengo ni idea de qué hacer con la guita, y aunque sigo sin confiar en vos, sos la única persona que conozco que puede darme una mano…
- Yo tampoco confío en ti. – respondió Angustias, divertida – La desconfianza mutua de los socios es la primera base para poder hacer buenos negocios. – afirmó, tendiéndole la mano. La mujer se la estrechó con ganas, volviendo a sonreír, gesto aquél que dejaba aparecer por un instante a Severino.
- Lo voy a pensar seriamente y te llamo. ¿Sin rencores?
- Sin rencores – certificó la gaditana.
* * *
Gilberto Montes Agüero pensaba – y pensaba que hacía bien al pensarlo – que en los negocios la piedad, la amistad y la simpatía eran cosa de mariquitas, viejas putas y tarados mentales. Era un hombre delgado, de aspecto varonil, aunque su metro sesenta y ocho a pesar de llevar zapatos con más de tres centímetros de alza lo acomplejaba enormemente. Sin embargo, el complejo no le impedía vestir impecablemente su escasa altura con trajes negros a rayas blancas, de tres piezas, camisas blancas con gemelos de oro en los puños, y una variada colección de finas corbatas. Lucía un bigote fino y bajo, pegado a la línea de su labio superior y extrañamente distante de la nariz, rechoncha como un buñuelo, que desentonaba con su mirada profunda y sus ojos negros, rodeados siempre de una sombra oscura. Consideraba la elegancia como un elemento imprescindible para los negocios – los de dinero, los del bajo vientre y los del corazón –, y se negaba a hacerlos con quien no la demostrase. Por esa razón dudó tanto cuando su ayudante Alberto Ramírez Matalobos trajo a su madre y a una amiga que querían hacer negocios. Indiscutiblemente, la madre del rapaz era cosa fina. Un vestido gris oscuro, sobrio, sombrero a juego y zapatos de gamuza gris, un prendedor con una mariposa de oro, alas verdes y dos graciosas antenitas coronadas cada una por un pequeño ópalo. Elegancia natural. La caída del vestido hacía justicia a la línea curva de sus pantorrillas, y los guantes blancos, impecables, que solamente se quitó para permitirle besar el dorso de su mano, hacían un conjunto realmente encantador. Sin embargo, se hacía difícil imaginar qué clase de relación podía unir a una criatura tan maravillosa con el esperpento que la acompañaba. Teresa Guevara llevaba ese día un vestido color verde oliva, que en su cuerpo enorme y rechoncho más parecía una bolsa de basura que una manera correcta de presentarse en un despacho, si no decente, al menos pujante. Gilberto Montes no pudo dejar de observar las uñas rotas y percudidas por años de trabajo duro. Era obvio que no estaban sucias, sino que debido al continuo maltrato habían acabado por adquirir un halo repugnante y verdoso que no se quitaba con agua y jabón. El pelo le caía a ambos lados de la cara, y en lugar de formar una cortina, como debe ser un buen pelo femenino, eran como pequeños tentáculos de un animal viscoso. Se veía engrasado y sucio, y aunque probablemente fuese por el calor, no podía dejar de imaginar que hacía al menos cuatro o cinco días que no veía ni peine ni lavado. Para completar el cuadro, el parche de pirata sobre el ojo izquierdo y las venas rojas y violetas a los costados de la nariz le producían una completa repulsión. Ni siquiera fue capaz de sonreír cuando Alberto los presentó, ni cuando él las invitó a sentarse. En cambio, María de las Angustias irradiaba confianza y elegancia. Era una Señora, con mayúsculas.
Una vez que ambas mujeres se sentaron, una al lado de la otra, a la amplia mesa que llenaba por completo la sala de reuniones de su despacho, y que Alberto, a su pesar, hubiese salido en silencio, obedeciendo un gesto casi imperceptible de su jefe, Gilberto Montes caminó despacio hasta la otra punta de la habitación, para abrir las ventanas, y se detuvo un minuto a encender un cigarrillo con un Zippo de oro. Le gustaba el olor de la bencina y el sabor dulce que conseguía rastrear durante las dos primeras caladas, inmediatamente después de disfrutar por enésima vez el seco chasquido metálico al cerrar el ingenio. Intentaba decidir si podía hacer negocios con aquéllas dos mujeres. Todo su instinto de usurero experimentado le decía que sacara a patadas de su despacho a la gorda ridícula cuya respiración pesada bastaba para llenar la estancia de una fragancia de flores muertas, pero al mismo tiempo la elegancia y belleza de la madre de su discípulo lo habían cautivado al primer instante. Finalmente, decidió que la sola presencia de la gaditana hacía que valiese la pena, al menos, escuchar lo que las dos mujeres venían a proponerle. Giró sobre sus pasos y rodeó la mesa, para sentarse enfrentado a las dos mujeres, acomodando un cenicero de madera de Algarrobo con algo más de cuidado del necesario, gesto aquél que permitiría a las damas apreciar los tres anillos de oro que llevaba en la mano derecha, especialmente el del dedo anular, macizo y grande, con las letras G y M enormes en relieve.
- Señoras, soy todo suyo. Ustedes dirán. – hizo un gesto circular con la mano, invitando a conversar. – ¿Un café, antes de empezar?
- Por mí no – dijo Teresa Guevara.
- Para mí tampoco, gracias. Verá usted, don Gilberto… No sé muy bien cómo abordar el tema por el que hemos venido a verlo.
- Haga un intento, señora Matalobos, que para eso estamos – respondió el hombre, ensayando una sonrisa torcida que, suponía, despertaba simpatía entre las mujeres.
- Es que no quisiera… Verá usted, mi hijo y yo estamos muy unidos, y él, por supuesto, confía a su madre la naturaleza de las actividades de su despacho, pero claro está, guardando siempre la confidencialidad imprescindible sobre sus clientes…
- Sin problemas. – interrumpió Montes – A buen entendedor, pocas palabras.
- Queremos invertir en préstamos a interés elevado. Sabemos que supera las tasas del mercado y que es un buen negocio, y como tenemos unos ahorrillos, pues hemos pensado que no sería mala idea.
- Entiendo… ¿Sabe usted que es este un negocio duro? Quiero decir… No siempre uno presta y le pagan puntualmente. A veces hay que actuar… digamos al límite de la legislación vigente, para proteger el capital que gestiona este despacho. A veces hay que tomar decisiones duras. Por otra parte, mis socios y yo no aceptamos inversores por menos de sesenta mil pesos…
- No se preocupe, señor Montes. Somos mujeres, pero sabemos de qué va el asunto.
- En ese caso, les explicaré como funciona. Hay dos maneras de trabajar. La primera consiste en que ustedes ponen el dinero, el despacho lleva los negocios sin necesidad de informar y ustedes obtienen una renta mensual del uno y medio por ciento, pase lo que pase. Si las personas a las que prestamos no pagan, no es su problema, ustedes cobran igual. La segunda es más arriesgada, pero se gana más. Nosotros elegimos una operación, se las presentamos a ustedes, y si les parece bien se firma un contrato entre las partes, donde mi despacho solamente actúa como intermediario, cobrando una comisión al beneficiario del préstamo. El préstamo paga un seis por ciento mensual, uno y medio para el despacho y cuatro y medio para ustedes. Si el cliente no paga es problema de ustedes, aunque nosotros podemos ayudar en términos que tendríamos que discutir en cada caso. Es más arriesgado, pero se gana mucho más. Para los dos casos se firma primero un contrato entre el despacho y ustedes, que establece las normas básicas para operar.
- ¿Y hay personas dispuestas a pagar tanto por un préstamo?
- En general son préstamos a corto plazo. Se trata de gente desesperada que no puede recurrir a los bancos. Y sí, lo pagan, créame… Y si no pagaran…
- No quiero saberlo. Al menos de momento.
Teresa Guevara no confiaba en ese tipo. Habían hablado de invertir cincuenta mil pesos cada una, pero lo estaba dudando. No le gustaba su aire de matón de clase alta, ni su bigote pulcro, ni su mandíbula perfectamente rasurada, en la que se adivinaba piel áspera y crueldad controlada y dosificada de acuerdo a la necesidad.
- Angustias, creo que deberíamos…
- No te preocupes – interrumpió la gaditana. – Está todo bajo control. Gilberto, ¿sería usted tan amable de dejarnos a solas un momento? Cinco minutos, nada más.
- Faltaba más. Estaré aquí fuera para lo que necesite.
- ¿Qué te pasa ahora? – Angustias se volvió hacia Teresa Guevara, ofuscada.
- Que no me gusta este tipo. Mejor nos buscamos alguien más confiable.
- ¿Y qué creías que iba a ser? Los tipos que hacen estos negocios no son agradables, y mucho menos confiables. No te preocupes, confía en mí, sé lo que hago.
- No estoy segura…
- Verás cuando empieces a cobrar como estarás segura. – dicho esto, se levantó y abriendo la puerta llamó a Gilberto Montes. Cuando hubo entrado y recuperado su sitio en la mesa, utilizó un tono expeditivo y duro para hablarle, el mismo con el que había acordado la división de la herencia con Teresa Guevara – Señor Montes, esta es nuestra propuesta. Pondremos cien mil pesos. Sesenta mil en modalidad del cuatro y medio por ciento y cuarenta mil en la del uno y medio. Para los sesenta mil queremos el cuatro setenta y cinco en lugar del cuatro y medio, y durante los primeros seis meses queremos que los intereses se incorporen al capital, y por lo tanto que los intereses del mes siguiente se computen sobre el nuevo capital. Queremos tener una opción cada tres meses de retirar los cuarenta mil más sus intereses generados, y la opción de cancelar el acuerdo sobre los sesenta mil a medida que se vayan devolviendo. El capital e intereses que se cobren mensualmente de los sesenta mil se incorporarán a la otra modalidad automáticamente, hasta que finalice el ciclo del préstamo, momento en el que decidiremos si volvemos a prestar o retiramos el dinero. ¿Qué le parece?
Gilberto Montes Agüero entornó los ojos, mientras encendía otro cigarrillo. No esperaba esa precisión por parte de la gaditana, y estaba sorprendido. Pensó que no sería fácil tratar con aquéllas mujeres, pero al mismo tiempo le fascinaba el carácter de la andaluza.
- Tenemos un acuerdo – dijo -. Voy a pedir que me preparen los contratos.






Hola, Fede. Tu novela se vuelve cada vez mas apasionante, aunque ya lo fuera desde un
principio. Brava desde el vamos Maria de las Angustias y me voy preguntando como
sera su final. En tu novela se nota que estas muy bien informado y tambien, dejas escapar
muchas verdades, que sin querer, nos tocan tanto como la novela en si.
Espero ansiosamente el proximo capitulo.
Un abrazote
Jane
Hola Jane,
Me ha gustado mucho tu mensaje. Sobre todo porque se ve en él que aprecias el esfuerzo. La verdad es que, para poder escribir “Matalobos” he tenido que leer e investigar, además de inventar e imaginar. Es gratificante que los lectores lo noten y lo digan.
Gracias, una vez más, por leer!
Abrazo,
F.
Hermanito,guauuu!!!
no deja de sorprenderme!!
Me devoré todos los capitulos en estos dias, no podía parar, me gusta mucho.!!
me hace pensar en la visa,claro,jeje
La personalidad y la fuerza de la vieja…bueno de ésta, que aún no es vieja…
todo el mundo se abre con mucha facilidad y atrapa,se ven las imagenes!!!
Me encanta!!
te felixito y te quiero mucho!!
Flo
Hola Mana!
¡Qué sorpresa verte por aquí! Me alegra un montonazo que la leas y más aún que te guste.
Ya hablaremos largo y tendido
Beso enorme, también te quiero,
P.
Increible. Una novela fascinante, son las 5 de la mañana, descubrí de casualidad este blog esta noche y no he parado de leer. El modo de narrar la historia me evoca a Camilo José Cela y Eduardo Mendoza. Muchas gracias por publicarlo.
Eme:
Sin lugar a dudas, dos comparaciones que resultan muy ventajosas y halagadoras para mí
Ambos son escritores que admiro y sigo.
Matalobos está a punto de terminar de publicarse (quedan dos semanas), y sin lugar a dudas ha sido una experiencia sumamente enriquecedora, sobre todo desde el punto de vista de intercambio con los lectores. Soy yo el que está agradecido, a todos los que lo han seguido, a los que se suman ahora, y muy especialmente a los que han dejado su opinión en forma de comentario.
Gracias!
Un abrazo,
F.