Capítulo Dieciséis: Metralla y amenazas
La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada su pobre vivienda. Habían pasado cuatro días desde la reunión con el hijo de puta de Montes, y Teresa estaba mucho más que preocupada. No le gustaba ese hombre, ni el negocio de las esmeraldas, y no le gustaba que María de las Angustias confiase tanto en él. No habían firmado nada, con la excusa de que el negocio era ilegal, y que se trataba de un “pacto entre caballeros”. Colocó en la cesta de las verduras el medio kilo de papas envueltas en papel de periódico, tal cual se las había dado el verdulero, intentando que la tierra que se desprendía de los tubérculos ennegrecidos no se derramase sobre el suelo de la cocina, aunque sin conseguirlo ni molestarse en limpiarlo. Ya barrería más tarde. Luego levantó la garrafa. Tres kilogramos de gas butano licuado, más el peso del envase. Seis kilos tranquilamente. Un dolor en la cintura provocado por el esfuerzo le hizo pensar que ya no era joven. Por un instante se arrepintió de haberse dejado convencer. Incluso pensó en telefonear a Angustias para decirle que quería salirse del negocio, pero luego cambió de parecer. Si salía bien, tampoco quería quedarse fuera de los futuros acuerdos.
Abrió la puerta metálica del hornillo de gas, para cambiar la garrafa. Estaba desvencijada, y siempre temía cortarse un dedo con las esquinas, donde un óxido ocre amenazaba desde el borde filoso y carcomido. Comenzó a tirar del tubo que unía la garrafa con el hornillo, sin percibir que la goma reseca se agrietaba en dos sitios diferentes bajo la presión de sus dedos rechonchos, ni el suave silbido que hacía el gas al continuar saliendo suavemente de la garrafa que quitó, que aún tenía medio litro en su interior. Dejó la garrafa en el suelo, mientras rompía el precinto de seguridad de la nueva y la colocaba en su lugar, ajustando el tapón de goma. Pensó que de todas formas debía hablar con Angustias, porque algo en toda aquélla operación continuaba haciéndole ruido. Llenó una olla pequeña de agua y la colocó sobre el hornillo, mientras hacía girar la llave de paso y abría la caja de fósforos.
Le gustaba el sonido áspero que hacía la cabeza roja del fósforo al encenderse, y absorta en sus pensamientos, no advirtió como el aire a su alrededor se encendía hasta que el estallido sordo de la nube de fuego al absorber el oxígeno la asustó, ni tampoco advirtió entonces que su pelo se incendiaba rápidamente, desde las puntas a la raíz. Se adelantó para cerrar la llave de paso, al mismo tiempo que las dos garrafas hacían explosión con un estruendo seco de metralla metálica. Tampoco advirtió los ciento catorce impactos de metal y trozos del hornillo que perforaron su vestido de flores y su carne rechoncha, justo antes de perder el conocimiento.
* * *
- Supe lo de Teresa… – dijo Gilberto Montes después de encender un cigarrillo, haciendo una larga y teatral pausa, exhalando suavemente un delgado hilo de humo azul – Una muerte… oportuna, ¿cierto?
- Por favor, señor Montes. Jamás me alegro por la muerte de nadie. Eso no está bien – replicó María de las Angustias.
- No, claro. No está bien.
Gilberto Montes pensaba a toda velocidad, mientras su invitada echaba dos terrones de azúcar en su taza de té. No se imaginaba a María de las Angustias asesinando a la gorda. Tenía que haber sido un accidente. La mismísima viuda del hijo de puta de Severino Garmendia, y, por lo que sabía, era igual de hija de puta que él. Rodeó la mesa de reuniones para sentarse frente a ella.
- Y bien, usted dirá, doña Angustias.
- En primer lugar quiero recordarle que no deseaba la muerte de Teresa. Y menos una muerte tan fea como esa. Es algo que no merece nadie.
- No es asunto mío – dijo él. – Ustedes eran socias. En lo que respecta a mí, no cambia nada.
- Sí que cambia – se sorprendió Angustias. – Ya no es necesario continuar con la farsa de las esmeraldas. Creo que deberíamos renegociar todo y empezar, de una vez por todas, a colocar el dinero.
Gilberto Montes dibujó una sonrisa torcida y pálida, de labios finos, antes de bajar la vista para regodearse íntimamente en un chispazo áureo de su anillo de oro, mientras lentamente, con parsimonia, aplastaba el cigarrillo.
- Me parece que no la entiendo, Angustias.
- ¿No me entiende? Teresa ha muerto, ya no es necesario estafarla, así que entiendo que deberíamos renegociar su parte. Veinte mil para usted, en estas condiciones, me parece demasiado. Y debemos decidir qué hacemos con el resto del dinero. No hace falta continuar la farsa.
- ¿Qué farsa? – dijo Gilberto Montes. – Mi cliente ya está en camino para comprar las esmeraldas, y la totalidad del dinero está con él.
* * *
Los días pasaban con la lentitud tensa que solamente la ansiedad extrema provoca. María de las Angustias no dejaba de pensar en la última entrevista con Gilberto Montes Agüero. El usurero sostenía que el negocio de las esmeraldas no era ninguna farsa, y que solamente al final, a la hora de repartir los beneficios, pensaba mentir a Teresa Guevara, diciéndole que la operación había fracasado. “Pensaba que estaba claro desde un principio”, había terminado diciendo. “Y ahora, si me disculpa…”. Angustias no sabía qué pensar al respecto.
Matilda entró en el salón, interrumpiendo sus cavilaciones. “El señorito Alberto está aquí, señora”. “Hazlo pasar”, respondió Angustias, sin levantarse del sillón, y sin siquiera girar la cabeza para mirar a la india. Su hijo entró en la habitación. Llevaba, como siempre, un traje de tres piezas oscuro, y la cadena de reloj uniendo los bolsillos del chaleco, envuelto en el humo espeso de un cigarro apestoso que generaba una ceniza densa y apelmazada.
- Hola, mamá – dijo Alberto, al tiempo que besaba a su madre en ambas mejillas.
- ¿Té? Está recién hecho, te esperaba.
- No, gracias. Acabo de tomar café. No tengo mucho tiempo, mamá. ¿Qué pasa?
- Está bien, iré directa al grano. ¿Sabes algo de mis negocios con el señor Montes?
- No. Él siempre dice que mejor no mezclar la familia y los negocios, y creo que tiene razón. Por eso no me cuenta nada sobre este asunto.
- ¿Sabes si en el pasado ha hecho operaciones de contrabando?
- No que yo sepa. Normalmente sus negocios se limitan a colocar en préstamos el dinero que le dan sus clientes.
- ¿Has hecho alguna entrega importante de efectivo últimamente? ¿Hará cosa de un mes?
- Mamá, muevo sobres que no sé lo que contienen todos los días. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Qué te preocupa?
- Temo que tu jefe esté pensando en estafarme, Albertito.
- Me niego a creerlo. – había hecho una pausa, reflexionando – El Señor Montes gana dinero a costa de los demás, pero nunca lo vi estafar a nadie. No creo que sea capaz de algo así.
- Yo sí, y créeme que tengo mis razones para pensarlo. Quiero que me hagas dos favores.
- Si está en mi mano, veré que puedo hacer…
- En primer lugar quiero que estés atento a sus movimientos. Supuestamente invirtió nuestro dinero para traer un cargamento de esmeraldas de contrabando. Presta atención por si escuchas algo. En segundo lugar, si hablas con él, intenta averiguar si sabe que estuve casada con Severino. Temo que lo sepa y quiera vengarse.
- Mamá, ya te lo dije, el señor Montes es honrado. Duro, pero honrado.
- Por favor haz lo que te pido.
- Lo voy a intentar, pero no te prometo nada.
* * *
Príamo Abraham Luciano sudaba copiosamente. María de las Angustias pensó que, a pesar de todo, era un hombre extremadamente atractivo. Llevaba un sombrero de fieltro raído, de un color marrón de tonalidad indefinida, que aparentaba haber sufrido muchos soles y muchas lluvias como para continuar siendo considerado una prenda de vestir. Una cicatriz clara comenzaba a un centímetro y medio de su ceja izquierda, enmarcando su rostro hasta pasar a cuatro centímetros de la comisura de sus labios, mientras que otra, más oscura y fina cruzaba la mejilla derecha en forma transversal. La primera, de ancho variado y formas caprichosas, hacía pensar en una herida con desgarro. La segunda, uniforme y fina, parecía de navaja. Tenía manos nudosas y recias, de uñas grandes, cuadradas y planas: manos de hombre bruto y fuerte. Manos de las que le gustaban a María de las Angustias. Manos ásperas. Todo su atuendo, salvo el sombrero, era de diferentes tonos de negro, incluyendo unos gastados borceguíes de monte, descoloridos en las puntas y en los que se podía adivinar el cuero ajado y gastado. Su respiración serena y potente invadía el aire de la habitación de una fragancia viril y equívoca. Angustias tuvo la extraña sensación de que el hombre podría haber estado cubierto de raíces, barro y mariposas muertas sin desentonar un pelo. A pesar de su apariencia fuerte y segura, se lo veía preocupado, intranquilo. Eran más de las seis de la tarde, y las persianas bajas del despacho de la calle Tacuarí no conseguían impedir que el sol del atardecer filtrase sus últimos rayos tibios dentro de la habitación, impregnada del blanco humo de los puros, que hacía el aire denso, palpable, un invitado más.
Gilberto Montes acabó de servir tres vasos de whisky sin hielo, y rompió el silencio con maneras malhumoradas y un tono amargo y cascado.
- ¿Y bien, don Príamo? Ya estamos todos los socios. – Rodeando la mesa estaban María de las Angustias, el propio Príamo a su derecha, Gilberto Montes Agüero y Alcíbar Espinosa, socio minoritario de Montes. – Tenga a bien relatarnos los hechos, por favor.
- Está bien, pero les advierto que no va a gustarles lo que van a oír. – Príamo Luciano sorbió lentamente su whisky y comenzó a hablar, sin ceremonias, con la voz firme, grave y cavernosa. – Como todos ustedes saben, hace tres meses y medio partí en un hidroavión, al mando de un grupo de trece hombres y con medio millón de pesos en efectivo. En la ciudad de Medellín negociamos la compra e intercambio de una buena cantidad de esmeraldas de altísima calidad, que a mi buen entender valdrían más de un millón cien mil pesos una vez puestas aquí. El cargamento era demasiado grande e incómodo, y evidentemente no podíamos tomar el riesgo de volver en barco, ni por ninguna de las grandes rutas comerciales, como por otra parte es costumbre en este tipo de expediciones, así que las mismas personas a las que compramos las esmeraldas nos pertrecharon de armas, munición, caballos y provisiones y decidimos tomar una ruta típica del contrabando, que atraviesa parte de Perú, Brasil, Bolivia y Paraguay, para finalmente entrar a la argentina por la selva misionera, donde podríamos tomar otro tipo de transporte terrestre hasta Buenos Aires. Después de cincuenta y seis días de penurias por diferentes selvas y paisajes de lo más escarpados, llegamos a la frontera de Bolivia y Paraguay. Allí nos interceptó una banda de contrabandistas, más numerosos y mejor armados que nosotros. Once de mis hombres y ocho de los suyos murieron durante la primera refriega. Los tres restantes fuimos hechos prisioneros y conducidos ante el jefe del otro grupo, que resultó ser un ex marinero con quien compartí algunos viajes de contrabando por mar hace más de veinte años. Solamente este último hecho logró que salvara mi vida, no así las de mis otros dos hombres, que fueron ejecutados sin piedad en plena selva. Me devolvieron mi caballo, un fusil y una caja de munición, y me permitieron seguir viaje. El hecho es que sabían que llevábamos las esmeraldas, y nos esperaban desde hacía al menos veinte días.
El silencio descendió sobre los presentes, mientras las volutas de humo danzaban tibiamente, dibujando formas caprichosas, y los últimos rayos de sol se filtraban por las persianas. Fue Gilberto Montes quien rompió el silencio.
- ¿Y qué vamos a hacer ahora, Príamo?
- ¿A qué te referís?
- Me refiero a que arriesgué ciento cincuenta mil pesos personalmente, y por intermedio mío, la dama aquí presente otros cien mil. De alguna manera hemos de recuperarlos, o al menos obtener una satisfacción de alguna clase.
- El negocio no era así, Gilberto. Yo perdí doscientos cincuenta mil en efectivo, más los gastos del viaje, y otros quince mil en adelantos a mis hombres. No había garantías. No puedo hacer nada.
- Comprenderás que no me guste la idea.
- Lo único que puedo hacer para compensarlos, es ofrecerles entrada en otros negocios, con condiciones más ventajosas de lo normal. Digamos cinco puntos más, pero van a tener que volver a arriesgar dinero.
- ¿Señora Matalobos? – preguntó Montes, después de medio minuto de silencio.
- Ni hablar. – dijo la gaditana – No vuelvo a arriesgar el dinero que me queda en una locura de éstas ni borracha. De hecho, si hubiese sabido lo que estaba haciendo – lanzó una mirada de reproche a Gilberto Montes – ni siquiera lo hubiese arriesgado la primera vez.
Un silencio denso congeló la habitación, sumida ahora en penumbra, mientras miradas de inteligencia y secreto se cruzaban entre los hombres. Finalmente, después de más de dos minutos, fue el explorador el que habló.
- La señora comprenderá, me imagino, – dijo Príamo Luciano, mirando profundamente a Montes y hablando con voz susurrante y amenazadora – que ha visto y oído muchas cosas, que sabe nuestros nombres, que conoce nuestras caras, y que no se puede apartar así nomás de esto, ¿verdad Gilberto?
Otro silencio dominó la situación repentinamente. Fuera ya estaba oscuro, y no se escuchaban más sonidos que los de algún que otro vehículo rodado transitando el anochecer. María de las Angustias, por primera vez desde el comienzo de toda aquélla locura, sintió verdadero miedo. Los ojos de Luciano eran puro fuego. No sentía dudas de estar frente a un hombre capaz de todo. Al mismo tiempo, se sintió subyugada y fuertemente atraída por el contrabandista. Como siempre que se había visto en situaciones difíciles, un torbellino interior y feroz respondió al llamado cuando apeló a su sangre y su temple. Serena, levantó su mirada violeta y profunda. Miró al aventurero directamente a los ojos, y sin que le temblase la voz ni el gesto, con tono calmo y pausado, pero firme, dijo:
- En primer lugar, señor Luciano, a pesar de ser mujer, y por mucho que a usted no le guste, estoy aquí por mérito propio, y aunque no le parezca de hombres, cuando se dirija a mí tenga a bien hacerlo de manera directa, sobre todo si es para amenazarme. En segundo lugar, no creerá usted que yo pensaba que estaba haciendo negocios limpios. Puedo estar enfadada, incluso indignada, pero conozco las reglas del juego, señor, y le aseguro que no será de mis labios de donde salga una palabra sobre esto. Puede usted vivir tranquilo, con su conciencia, sus negocios y sus contrabandos, que está hablando con una mujer de palabra.
- Está bien. – intervino Montes, después de unos instantes – Yo respondo por ella. No va a hablar con nadie. Creo que es de caballeros permitirle abandonar el negocio ahora. Aunque, por supuesto, – clavó sus ojos en los de la andaluza – queda usted debidamente advertida, señora Matalobos.
- Será de caballeros permitirlo, pero no así su tono, señor Montes. Pero pierda usted cuidado. Me doy por advertida.
Sin más palabras, María de las Angustias se levantó con parsimonia, recogió su abrigo y su bolso del perchero, junto a la puerta, y murmurando “Buenas tardes” cruzó la puerta rumbo a la salida, sin mirar atrás.
* * *
- Pasá, Albertito, pasá.
Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba nervioso. Habían pasado dos semanas desde la última visita de su madre al despacho de Montes, y desde entonces su jefe no le hablaba ni le hacía encargos. Se aburría, durante todo el día sentado en su escritorio, sin hacer nada, esperando. Luego de todos esos días tenía los nervios destrozados, la autoestima baja y ninguna seguridad en sí mismo.
- Dígame, señor Montes.
- Habrás visto que hay poco trabajo… ¿no es así?
- Así es, señor Montes.
- Lamentablemente pasamos por una mala racha. La empresa no se puede permitir ciertos lujos, Albertito. ¿Me seguís?
- Sí, señor Montes.
- Entonces comprenderás lo que quiero decirte, ¿verdad?
- No, señor Montes.
- Me veo obligado a despedirte, Albertito. El mes que viene ya no te podría pagar.
- No haga eso, señor Montes. Puedo esperar. Puedo trabajar sin cobrar algunos meses, hasta que la cosa mejore.
- No puedo hacer eso, Albertito. Si las cosas mejoran te llamo y te vuelvo a contratar. Mientras tanto, dale recuerdos de mi parte a tu madre.






Fede, se esta empezando a hacer predecible la novela, se esta complicando
con muertes, estafas, etc. etc.Este capitulo me parecio mas impersonal y el
que menos me gusto, pero no se xq.
Un abrazo
Jane
Hola Jane,
Te entiendo perfectamente
Este capítulo es un punto de inflexión hacia el tramo final de la novela, y ocurren cosas un poco fuera de lo habitual. Personalmente me gusta bastante, pero entiendo que no te llegue como los otros. Pongo mis esperanzas en el siguiente para recautivarte como lectora
Abrazo,
Federico