Versión para imprimir Versión para imprimir

Capítulo Diecisiete: Reencuentro

El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas de alcohol puro a marineros de aspecto hosco, modales recios y poca vocación comunicativa. Ella sabía que, al estar prohibido beber en los buques, los marineros aderezaban el alcohol con esencia de vainilla y se destrozaban el hígado a base de una bebida infame, que superaba los noventa grados de concentración alcohólica. A pesar de eso, les despachaba los packs moviendo calladamente la cabeza en un gesto negativo y resignado.

María de las Angustias, para entonces, llevaba varios años gestionando diestramente una situación que limitaba seriamente con lo que ella consideraba pobreza. Había conseguido conservar el departamento heredado de Severino Garmendia, y la renta que cobraba por él le permitía pagar el alquiler de su pequeño departamento del once, y malvivir ella y Matilda con lo que sobraba, sumándole el consumo lento de sus cada vez más exiguos ahorros. El mal habido asunto de las esmeraldas la había desmoralizado. Sin embargo, con el remanente de dinero que aún había conservado, ella y Alberto intentaron reproducir de manera rudimentaria el negocio del señor Montes en propio beneficio. Este intento no solamente fracasó estrepitosamente, sino que acabó con los huesos de Alberto en la cárcel, acusado de estafa y condenado a unas vacaciones de cuatro años en el penal de Caseros.

Entre la decena escasa de amantes crónicos que había tenido durante el último lustro, María de las Angustias no había sido capaz de encontrar material matrimonial entre ellos, y a sus cuarenta y seis años, aunque los sabía extremadamente bien llevados, empezaba a perder lentamente las esperanzas y a temer por su futuro. A pesar del generoso surtido de emplastos y cremas que María del Rocío le facilitaba con descuento, la piel se le arrugaba más cada día, y era consciente de cómo poco a poco se vaciaban sus senos guerreros, se marchitaba su vientre hambriento, y se le derretían las nalgas, mientras que todo su cuerpo aumentaba de volumen, año a año, y de forma casi imperceptible.

Su profundo conocimiento de la naturaleza de los hombres y de la suya propia, sumado a sus temores oscuros, la había llevado a bajar sus puentes levadizos y perdonar definitivamente a su hija. Durante los últimos tres años habían estado mucho más cerca una de la otra, y María del Rocío creía verdaderamente en el cambio espectacular de su madre. La había apoyado durante el embarazo, y ahora que el niño había nacido, pasaba buena parte del día en el hospital, acompañándola sin ayudarla.

Fue durante la tarde del tercer día de internamiento de Rocío cuando la ruleta caprichosa de su vida volvió a girar, y entonces, al reconocer en los sonidos y los olores una nueva epifanía, un instante mágico seguido de un silencio, María de las Angustias supo que a pesar de la piel agrietada y los años, sus facultades de mantis religiosa seguían intactas. Cruzaba la puerta del nosocomio en dirección a las escaleras, para dirigirse a la tercera planta, la de maternidad, cuando una voz profunda la lanzó hacia el pasado sin piedad, subyugándola.

-      Es un verdadero placer volver a verla, y comprobar que continúa siendo usted tan bella como entonces, señora Matalobos.

Detuvo el pie derecho en el primer escalón, y después de una pausa breve, durante la que comprobó que no recordaba a quién pertenecía aquélla voz repleta de matices viriles, giró despacio sobre sí misma para descubrir, a escasos tres metros, a un hombre alto. Vestía un impecable traje de lino blanco, y tenía el brazo derecho en un cabestrillo, lo que hacía evidente la razón de su presencia en el hospital. María de las Angustias enfocó su mirada, y le costó solamente dos segundos reconocer, tras un poblado bigote entrecano, las facciones cortadas a cuchillo de don Príamo Abraham Luciano.

-      Qué sorpresa. – dijo, sintiéndose verdaderamente sorprendida. – Agradable sorpresa, por cierto – agregó, no sin cierta ironía. Él se acercó rápidamente, iluminando el espacio entre ambos con una sonrisa blanca y franca, al tiempo que le ofrecía la mano izquierda.

-      Pues déjeme decirle que mi alegría es auténtica y sincera. Nunca olvidé su fortaleza de carácter, amiga mía, y el tiempo me demostró que es usted de confianza, lo que en mi mundo significa mucho.

-      Me alegra que así sea. La última vez que nos vimos no parecía usted tan convencido.

-      Espero que las circunstancias en las que volvemos a vernos sean más felices que aquéllas en las que nos conocimos… ¿Qué la trae por el hospital?

-      Acaba de nacer mi nieto. – respondió la gaditana, omitiendo expresamente decir que era su segundo nieto.

-      ¡Felicidades! ¡Eso hay que celebrarlo! ¿Me permitirá usted que la invite a cenar? ¿Por los viejos tiempos?

-      No lo sé – dijo ella, jugueteando con su mirada violeta alrededor de los ojos de su interlocutor – ¿Quién me asegura que después de la cena no me llamará usted al silencio y la discreción, con modales poco amables? – lo dijo sonriendo, aparentando timidez.

-      ¿No es hora de dejar eso atrás? Le aseguro que no se arrepentirá. ¿Qué me dice?

-      De acuerdo – sentenció, después de una pausa larga – siempre que me prometa usted que no dirá durante la cena cosas que después tenga que invitarme a olvidar…

-      Prometido – dijo él.

*                             *                             *

María de las Angustias se reacomodó el corpiño en un ademán inconsciente pero placentero, tomándolo por el borde superior a través del vestido, con ambas manos, y moviéndolas rápida y precisamente de izquierda a derecha y viceversa. Le gustaba sentir balancearse su tetamenta contenida por el armazón rígido de la prenda, que le ceñía el talle dentro de un escote palabra de honor, aportando la rigidez que la pérdida de la juventud le negaba. Llevaba un vestido de noche negro, sencillo pero elegante. Completaban el atuendo un par de zapatos de diez centímetros de taco, que estilizaban sus tobillos, un bolso pequeño y negro, tocado por fantasía de mostacilla que brillaba con los guiños caprichosos de la luz, y una pamela también negra, de ala asimétrica, que le brindaba a su rostro un halo misterioso. Se miró al espejó y comprobó que el efecto era el deseado: una viuda extremadamente sensual.

-      El señor Luciano está aquí – informó Matilda, desde la puerta de la habitación.

-      Dile que ya salgo. Sólo me falta empolvarme la nariz.

*                             *                             *

Príamo Luciano le cedió el paso en un gesto natural, galante y al mismo tiempo altanero, mientras un portero enfundado en un elegante frac les abría la puerta del restaurante. Los condujeron a una mesa al fondo, algo apartada de las demás. El aventurero, atento al menor movimiento de angustias, le apartó suavemente la silla, acompañando luego con ella el acto de sentarse. Angustias agradeció en voz baja, mientras se decidía a conservar puesta la pamela durante la cena. Príamo Luciano se sentó frente a ella. De cerca, y a la luz vibrante y tramposa de un candelabro con cuatro velas blanquísimas, su rostro se veía duro, severamente marcado y maltratado por la intemperie y tres nuevas cicatrices pequeñas que se agregaban a las dos que María de las Angustias recordaba. El hombre mediaba la cincuentena, pero su aspecto era fuerte y sólido, y saltaba a la vista una excelente condición física y un estado de forma que cualquier hombre de su edad sin duda alguna envidiaría.

-      ¿Qué fue de su vida, amiga mía?

María de las Angustias sonrió sin disimulo, mientras manejaba una pausa intencionada, acomodando los cubiertos a ambos lados del plato y alisando la servilleta sobre su regazo.

-      No ha sido fácil. Aquél lance me dejó prácticamente en la ruina, pero aquí me ve, abuela por segunda vez, aunque joven aún, y saliendo adelante como puedo.

-      No se imagina usted cuánto lo lamento, y cuánto lo lamenté en su momento.

-      No se preocupe usted, que donde las dan las toman. Soy una mujer fuerte, y por suerte la vida me ha enseñado a perder casi con tanta frecuencia como a ganar.

-      Es usted sorprendente – replicó el hombre, riendo con ganas.

La conversación fue interrumpida por un camarero que enseñaba a Luciano una botella de vino blanco. Él asintió con un leve gesto de cabeza. El camarero abrió la botella y sirvió apenas un trago en una copa de talle alto. Don Príamo degustó un sorbo, balanceando ligeramente el grueso mostacho de un lado a otro y volvió a asentir.

-      Me tomé el atrevimiento de elegir el menú sin su consentimiento. – dijo, cuando el camarero se hubo marchado – Espero que no le moleste.

-      Me encantan las sorpresas, y a menos que haya ordenado usted coliflores hervidas y berenjenas, no creo que me moleste.

-      No se preocupe, estoy seguro de que será de su gusto. – los ojos del aventurero brillaban con auténtica chispa sobre el temblor de las velas, al tiempo que vertía vino en la copa de Angustias, que solamente llenó hasta la mitad.

-      Por los viejos tiempos, ¿no? – Angustias levantó su copa, dejando que él la viese a través del líquido ambarino y el cristal.

-      Por los viejos tiempos – refrendó él, mientras el camarero servía entrantes de paté de hígado de oca.

-      Y ahora, ¿me contará usted qué ha sido de su vida?

-      No mucho, lo de siempre, mover cosas de aquí y allá. Expediciones por la selva, usted ya sabe.

-      ¿Y cómo se ha hecho eso en el brazo?

-      Un encuentro desafortunado en la selva misionera. Traíamos oro y plata del Perú. Los capataces de las minas, a veces, recortan la producción a sus patrones y venden la merma a un precio muy ventajoso. La mercancía alcanza a cuadruplicar el valor puesta en Buenos Aires. Desgraciadamente no soy el único que lo hace, y esta vez, el haberme adelantado a mis rivales me valió un disparo en el bíceps derecho y la consiguiente fractura del húmero. Nada grave. Por fortuna, conseguimos salvar la mercancía.

-      Pues ha tenido usted más suerte que yo, por lo que parece.

-      Si yo le contara…

El camarero retiró los entrantes casi intactos, para dar paso a un pastel de riñones con panaché de verduras. Durante algunos minutos que se hicieron eternos, ambos comieron en silencio, sin darse cuenta de que los dos planeaban cuidadosamente el siguiente paso. Ella, para seducirlo. Él, para proponerle un negocio.

-      ¿Ha estado usted…?

-      ¿Quiere saber una cosa…?

Ambos rieron. Habían comenzado a hablar al mismo tiempo.

-      Usted primero – dijo él.

-      No, por favor, era una pregunta tonta. Usted primero.

-      Iba a contarle que nunca me quedé contento con la manera en la que se resolvió aquél asunto… El de las esmeraldas, me refiero. – Angustias abrió mucho los ojos, asintiendo – Me siento, en parte, responsable por las penurias que haya podido usted pasar.

-      No se preocupe, hace ya mucho tiempo de eso.

-      De todas maneras, me siento culpable. ¿Sabe? Acabo de cumplir cincuenta y seis años. Va siendo hora de retirarme, porque a mi edad hay actividades que ya no son fáciles de aguantar. Pero antes, hay algunos asuntos que debo resolver. Liquidar el negocio, si usted me entiende. Pensaba que podría usted ayudarme y, de paso, recuperar el dinero que perdió entonces.

María de las Angustias detuvo en seco el trayecto que en ese momento hacía el tenedor hacia su boca, devolviendo al plato un trozo de pastel de riñones. Estaba desconcertada. Se limpió los labios lentamente con la servilleta, intentando fabricar tiempo para que su máquina de calcular trabajase ordenadamente, y bebió un sorbo de vino blanco antes de responder.

-      No lo sé. Parece usted rodeado de peligros. No estoy segura de soportar con tanta valentía un disparo de arma de fuego…

-      No no no no, no me entienda mal. Jamás le pediría que pase por un peligro semejante. Déjeme exponerle el asunto, y entonces podrá decidir. ¿Qué le parece?

-      Por el momento, no me parece mal. Adelante.

-      Mire, no es un secreto para usted que mis negocios no son todo lo… “legales” que deberían ser, ni tampoco que no siempre han sido del todo honestos, pero soy un hombre de palabra, y puedo asegurarle que jamás he traicionado a un socio. Para mí, un trato vale más que mi vida. En este mundo, mi palabra de caballero y mi reputación son todo lo que tengo.

-      ¿Ni siquiera entonces, cuando lo de las esmeraldas?

-      Ni siquiera entonces. Permítame recordarle que, aunque no me siento orgulloso de aquél asunto, mi socio en él era Gilberto Montes, no usted. No podía hacer nada, había dado mi palabra.

-      Está bien. No hace falta entrar en detalles.

-      De acuerdo. El asunto es que ahora mismo, para poder retirarme, necesito hacer un viaje. Un viaje largo. Montevideo, Asunción, La Paz, Caracas, Bogotá y Quito. Necesito pasar por un caballero respetable que viaja con su esposa, y necesito que esa esposa lleve oculto en la ropa un cinturón con una cantidad muy importante de dinero, que irá aumentando a lo largo del viaje. Deberemos compartir habitación matrimonial en los hoteles, aunque tiene usted mi palabra de que solamente se trata de guardar las apariencias. Dormiré en el suelo si es preciso.

-      ¿Cuánto duraría el viaje?

-      No mucho. Dos meses. Tres, a lo sumo. Las condiciones son: viajes y los mejores hoteles pagados por mí, las compras que haga en las ciudades mientras me dedico a mis negocios, pagadas por mí, nada de preguntas, y cien mil pesos al regresar a Buenos Aires.

-      ¿Y cómo sé que puedo fiarme de usted? Le recuerdo que nuestra primera experiencia no fue satisfactoria para mí.

-      No puedo ofrecerle más garantía que mi palabra. Lo toma o lo deja.

María de las Angustias estudió el rostro del hombre detenidamente. Parecía sincero. Todo su instinto de superviviente le pedía a gritos que rechazase la oferta, pero algo en su interior despertaba con el ánimo brutal de las tardes de hotel Avenida con el Sargento Campagnuolo, o el remanso de la trastienda de Severino Garmendia. Príamo Luciano era un hombre de los que le gustaban, como hacía mucho tiempo que no veía. Se sentía subyugada y asustada. Dejó los cubiertos a ambos lados del plato y sus ojos encontraron los de Luciano, que la miraba profundamente, y en ese instante supo que no tenía elección.

-      Cincuenta mil antes de salir, el resto al volver a Buenos Aires, y nada de armas de fuego. – dijo.

Hecho – respondió el.

Bookmark and Share
 Me gusta: 6
  1. Mata Alicia dice:

    BUENO,,,BUENO…BUENO!!!!,,,NO ESTA MUERTA QUIEN PELEA!!!!…ME ENCANTA EL ESPIRITU AVENTURERO Y CONQUISTADOR DE LA GADITANA…ESPERO QUE ESTA VEZ LE SALGA MEDIANAMENTE BIEN.PRIAMO LUCIANO ME ENCANTA…PARECEN CORTADOS POR LA MISMA TIJERA.ME GUSTA QUE EMPIECE OTRA VEZ EL RITMO DE LA AVENTURA.FELICIDADES Y UN ABRAZO

  2. Jane dice:

    ahora, si, empezo nuevamente el ritmo, el suspenso y el ver que pasa en esta nueva etapa de
    Maria de las Angustias.
    Me gusto muchisimo y espero ansiosamente el proximo capitulo.
    Un abrazo de una lectora reconquistada x este nuevo giro de la novela.
    Un abrazo
    Jane

  3. Julieta dice:

    si!
    este me gusto :D

  4. Vivi dice:

    apenas llego de mi viaje, y me tragué los capítulos que no habia podido leer, todavia emocionada por el encuentro, tanto que llevé mi cámara y no saqué fotos, que boluda!, me encanta como escribís, no me perderé ni uno solo mas, grande Fede!!!!!
    besos

  5. Marian dice:

    ¡de nuevo acción! esto se pone emocionante, me recuerda a “La Joya del Nilo”

  1. No hay trackbacks para este capítulo.

Dejar un comentario