Versión para imprimir Versión para imprimir

Capítulo Quince: Doble traición

Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba las cifras en un papel, lo volvía a contar, hacía un montón para pagar a un asociado, deshacía el montón, lo volvía a hacer, lo hacía con billetes más pequeños o más grandes. Era una ceremonia íntima y casi erótica. Ni siquiera el tacto de terciopelo ajado y rosa de sus tristes putas habituales lograba hacerle sentir tanta sensualidad en los dedos como el dinero.

Habían pasado tres días desde que hiciera el acuerdo con las dos mujeres, y no conseguía quitar de su cabeza a María de las Angustias. Abrió su caja fuerte y extrajo los cien mil pesos moneda nacional en efectivo, y comenzó a jugar con ellos, dividiéndolos en montones, mientras pensaba el destino del dinero. Tenía en mente varias operaciones diferentes, de acuerdo a las exigencias de la gaditana, y no acababa de decidirse. Quería impresionarla, quería hacerle ganar dinero, beneficiarla en el sentido más amplio de la palabra. Como perro viejo que era, dotado de un olfato agudo y especial para distinguir su propia excrecencia de la ajena, había algo en aquélla sociedad que le hacía ruido. Esas dos mujeres se parecían tanto como la mierda de perro y la miel. No era una sociedad natural. Divide y vencerás, alcanzó a pensar, antes de que Alberto Ramírez Matalobos llamase a su puerta.

-      Estoy ocupado ahora. – Dijo en voz alta, sin levantarse de su asiento. – ¿Qué pasa?

-      Es mi madre… Doña María de las Angustias Matalobos, quiere verlo, señor. – Respondió Alberto.

El hombre de negocios paseó la vista rápidamente por su escritorio. Más de trescientos mil pesos estaban apilados en diferentes montones de colores vivos, con variados grados de desorden y erotismo.

-      Dígale por favor que me espere unos minutos, en seguida la atiendo.

Apuntó unos últimos guarismos en sus papeles, y luego trasladó los montones, en el mismo orden que tenían sobre su mesa, al interior de la caja fuerte, con gestos cuidadosos, como si estuviese operando nitroglicerina. Cerró la puerta metálica de la caja, cerrando imperceptiblemente los ojos para escuchar con todos sus afinados sentidos el chasquido final que protegía el dinero, y no pudo evitar deslizar suavemente los dedos de la mano derecha sobre la fría superficie de hierro macizo. Volvió a colgar el cuadro que la tapaba – una reproducción de mala calidad de un Molina Campos, que Gilberto Montes atesoraba como si fuese auténtico, sin saber muy bien por qué. Cuando terminó, verificó rápidamente con la vista que no quedasen rastros de su trabajo sobre la mesa, se acomodó el chaleco, las mangas de la camisa y los gemelos de oro, y mientras repasaba el nudo de su corbata con un gesto instintivo del que no era del todo consciente, abrió la puerta de su despacho, para ver a la bella mujer de pie, a solo tres metros de la puerta.

-      Que agradable sorpresa – dijo, zalamero. – Pase, por favor, señora Matalobos.

-      Gracias, señor Montes.

-      Alberto, por favor tráenos café. ¿O tal vez la señora prefiera té?

-      Mejor, té para mi, por favor.

-      Ya lo has oído.

Cerró la puerta tras el paso de María de las Angustias, al tiempo que la invitaba a sentarse. Recorrió el perímetro de su mesa para tomar asiento frente a su invitada. Se sentía curioso, y al mismo tiempo divertido. Sabía que la inesperada visita de aquélla mujer traería algo jugoso.

-      Aún no tenemos réditos del dinero – bromeó -. Pasaron solamente tres días. – agregó, ensayando un absurdo gesto de disculpa con los hombros.

-      No esperaba que los hubiese, don Gilberto – parecía nerviosa.

-      Entonces usted dirá. ¿A qué debo el honor? Pensaba que nuestro “pequeño negocio” estaba claro.

-      Clarísimo, sin lugar a dudas. Por eso vengo. Espero que podamos… oscurecerlo un poco.

Gilberto Montes hizo un silencio, durante el que, parsimoniosamente, vació su cenicero de algarrobo en la papelera, se levantó para buscar el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta, que estaba colgada del perchero, volvió a su asiento, extrajo un cigarrillo, y mientras le daba ligeros golpecitos sobre la uña del pulgar, volvió a levantar la vista.

-      Los negocios, señora Matalobos – y usted lo sabe mejor que nadie – son la guerra. Todo vale. Todo se puede, siempre y cuando lleguemos a un acuerdo, pero me parece que no la estoy siguiendo. ¿Por qué no hablamos con franqueza? Al fin y al cabo somos socios.

-      De acuerdo. Verá… es que no es fácil para mí.

Los golpes en la puerta interrumpieron el diálogo. El señor Montes dijo “adelante” en voz alta, y Alberto entró con una bandeja en la que había una tetera, dos tazas y un azucarero de peltre. Dejó todo sobre la mesa en medio de un silencio artificial y casi palpable, que gobernaba la habitación con fragilidad de hielo. Intentó buscar los ojos de su madre, para saber lo que ocurría, pero no los encontró.

-      Si necesitan algo, llamen – dijo al salir, sin esperar respuesta.

-      Volvamos por favor a lo que me decía, Angustias…

-      Sí, claro. Nadie nos escucha, ¿verdad?

-      Tranquila, este despacho es un santo sepulcro.

-      Bien. Como le decía, no es fácil para mí. Soy una mujer que ha sufrido mucho, señor Montes. He sido extremadamente pobre, y he sido enormemente rica. La vida me ha dado muchos golpes.

-      Comprendo… – replicó Montes, sin comprender.

-      ¿Recuerda usted la quiebra del Banco de Crédito Argentino?

-      Perfectamente.

-      Esteban Giménez del Río era mi marido. – Gilberto Montes arqueó las cejas, sorprendido, pero no dijo nada. – Me quedé prácticamente en la calle, sin nada aparte de un techo donde vivir. Me volví a casar con un comerciante – Angustias, recordando el episodio entre Severino Garmendia y Gilberto Montes, se cuidó de no decir el nombre de su último marido – que era a su vez primo de la mujer con la que vine el otro día. ¿La recuerda?

-      Imposible olvidarla, amiga mía.

-      Pues mi marido me dejó unos pocos pesos, y esa mujer, mediante chantaje, se quedó con una parte importante de mi herencia…

-      Creo que empiezo a entender…

-      Quiero recuperar lo que es mío, Gilberto. Eso no puede ser malo, ¿verdad? – Angustias dejó caer todo el poder de su mirada Violeta, plena de matices y sobreentendidos, sobre los ojos atónitos del usurero.

Gilberto Montes hizo una nueva pausa. Encendió por fin el cigarrillo que tenía en la mano desde hacía diez minutos, con su Zippo de oro, ganando tiempo para pensar. Echó un terrón de azúcar en su taza de té, y mientras movía distraídamente la cuchara, levantó la vista nuevamente, buscando los ojos de su interlocutora.

-      Nosotros somos una empresa seria, doña Angustias. Tenemos por norma no intervenir en los negocios de nuestros asociados. Sin embargo, por alguna razón, usted me cae bien. ¿Por qué no me dice claramente lo que tiene en mente?

-      El dinero que le dimos para el negocio… La mitad es mío, y la otra mitad es el que esa mujer me quitó con chantaje. Pensaba que si las inversiones que vamos a hacer saliesen mal, y la totalidad del dinero se perdiese… No sé, podríamos repartir los otros cincuenta mil, digamos… Quince para usted y treinta y cinco para mí. ¿Qué le parece?

El hombre se puso de pie, acercándose a la ventana, como hacía siempre que quería pensar sin que un gesto lo delatase a traición. Parecía fácil. Seguramente la gorda inverosímil socia de la gaditana no sabría qué hacer ni a quién recurrir, y no parecía de las que iban a la policía, sino más bien de las que prefieren tenerla lejos. Lanzó la colilla del cigarro por la ventana, impulsándola con fuerza con el dedo mayor y el pulgar, y volvió lentamente a sentarse en su silla.

-      No sé… – dijo – Me juego nuestra impecable reputación haciendo algo así. Comprenderá usted que una vida de conducta intachable puede irse por el desagüe en unos minutos si esto se supiese…

-      Piénselo, don Gilberto. Es mucho dinero, y muy fácil.

-      No es tan fácil. Hay que falsificar documentación, esto debe hacerse bien para que no se note. Los documentos que prueben el desastre tienen que ser sólidos, y probablemente sea necesario involucrar un tercero para que haga el papel de moroso, lo que significa un pequeño desembolso a título de soborno…

-      Me parece que ahora le toca hablar claro a usted.

-      No lo haré por menos de veinticinco.

-      Veinte – dijo la gaditana – y los gastos los paga usted.

-      De acuerdo – dijo Montes.

*                             *                             *

-      Las he convocado de urgencia porque tengo un asunto algo… particular entre manos, y me pareció que podría interesarles.

Gilberto Montes Agüero dio dos pasos, acercándose a la ventana de su despacho de la calle Tacuarí, como hacía con frecuencia cuando hablaba ante sus clientes, intentando convencerlos. Alrededor de la mesa, como la primera vez, estaban María de las Angustias, con un elegante vestido de color rosa pálido y tocada por un sombrero pequeño del mismo color, y Teresa Guevara, con el pelo recogido y uno de sus vestidos floreados, que la hacía parecer una pelota playera envuelta para regalo. Sobre la mesa, una bandeja de masitas y una tetera humeante invitaban a la merienda.

-      Como saben, solamente ha pasado una semana y media desde que me trajeron el dinero, y aún no he tenido tiempo de colocarlo. Comenzaba a tener claro cómo y dónde hacerlo, pero ocurrió algo que me hizo pensar en cambiar de planes. Hace dos días, una persona de la que solamente les revelaré que es alguien con quien habitualmente hago negocios, y por lo tanto una persona en la que confío razonablemente, vino a proponerme algo. Es un negocio de riesgo bastante más alto que las operaciones de las que habíamos hablado, pero también considerablemente más rentable.

-      ¿Qué clase de negocio? – preguntó Angustias.

-      Antes de decirles nada acerca del negocio, necesito saber si están interesadas, porque si no lo están, mejor que no sepan nada. Digamos que la legalidad es, como mínimo, dudosa en este tipo de operaciones. Son cosas en las que se fuerza el límite de la ley.

-      Entiendo… – dijo Angustias.

-      No estoy interesada – replicó Teresa.

-      ¿Cómo lo sabes? Aún no has escuchado de qué se trata.

-      No quiero correr riesgos innecesarios.

-      Pues resulta que somos socias, y yo sí estoy interesada.

Un silencio tenso sobrevoló la habitación como un fantasma. La antigua hostilidad de Teresa Guevara había hecho acto de presencia, cosa con la que María de las Angustias no contaba. Gilberto Montes las miró, divertido, e inmediatamente después de encender un cigarrillo, dijo, conciliador:

-      Señoras, por favor. No hace falta que discutan. Vamos a ver… Todos los negocios posibles para su dinero tienen riesgo. El asunto, desde mi punto de vista, es evaluar correctamente si el posible beneficio vale la pena el riesgo. Me parece que antes de conocer ese dato no se puede tomar ninguna decisión.

-      ¿Y cuál es el beneficio? – preguntó Teresa Guevara.

-      Un treinta por ciento en sesenta días.

-      De acuerdo, estoy interesada. Siga contando. – respondió la gorda luego de quince segundos de silencio. Angustias soltó la respiración contenida con disimulo: había mordido el anzuelo.

-      Bien. Comprenderán que todo lo que diga a partir de ahora es estrictamente confidencial, y que ni a mí ni a mi socio nos haría ninguna gracia saber que se comentó fuera de estas paredes. A partir de aquí entramos en un terreno que en lugar de papeles se basa en la confianza personal, por lo que es imprescindible su compromiso de silencio.

-      Por mi parte, ningún problema – dijo Angustias.

-      Por la mía tampoco.

-      De acuerdo. Mi cliente es… importador-exportador. Suele traer cosas de valor: oro del Perú, esmeraldas de Colombia o de África y cosas así. El tiempo medio de la operación completa, desde que se le entregan los fondos hasta que transforma el cargamento en dinero líquido, es de dos meses en este caso – cuando va a África son cinco -, y suele duplicar el dinero invertido. La operación actual es un cargamento de esmeraldas colombianas por valor de quinientos mil pesos, que reportarán más de un millón en el mercado local. Mi cliente cuenta con doscientos cincuenta mil, y acudió a mí para pedirme el resto. Normalmente este tipo de operaciones las financio con dinero personal. Para qué compartir un negocio tan bueno, ¿verdad?

Gilberto Montes hizo un silencio prolongado, dejando que su última afirmación tomase cuerpo entre las dos mujeres, mientras apagaba su cigarrillo y, con absoluta parsimonia, sin dejar de observar a sus invitadas, llenaba tres tazas de té.

-      Debido a particularidades de mis negocios, ahora mismo cuento solamente con ciento cincuenta mil pesos en efectivo, por lo que necesito que alguien participe del negocio con cien mil. Mi cliente paga un treinta por ciento al terminar la operación.

-      ¿Y qué probabilidades de éxito hay? – preguntó Teresa Guevara.

-      Como saben, es un tipo de negocio arriesgado. Sin embargo, esta persona suele llevarlos a buen puerto. No puedo revelar mucho, pero les diré que es alguien bien contactado en el gobierno, y un hombre de temperamento y carácter. Será la sexta vez que participo en un negocio con él, y hasta ahora, nunca hubo ningún problema.

-      ¿Qué contactos? – volvió a preguntar.

-      No más preguntas sobre eso. Como decía antes, es una cuestión de confianza. Están dentro o fuera, ustedes deciden.

-      Estamos dentro – dijo Angustias.

-      Yo estoy fuera – dijo Teresa.

El ambiente se tensó nuevamente. Gilberto Montes miró alternativamente a las dos mujeres, antes de encender un nuevo cigarrillo. Con la mano izquierda se acomodó la sisa del chaleco, y echando su torso hacia atrás al tiempo que sonreía, se dirigió, por primera vez desde que la conociera, directamente a Teresa Guevara.

-      Teresa, usted es libre de hacer con su dinero lo que quiera, por supuesto. Yo necesito cien mil pesos, y por lo tanto no puedo aceptar solamente la parte de María de las Angustias. Pero piénselo bien, porque oportunidades así no se dan todos los días. Le estoy ofreciendo en dos meses lo que a tasas bancarias tardaría dieciocho en ganar. Las dejo unos minutos a solas.

Dicho esto, abandonó la sala de reuniones, cerrando la puerta al salir, para dejar a las dos mujeres ponerse de acuerdo.

-      No me gusta. – dijo Teresa.

-      No seas tonta. Es una oportunidad de oro.

-      ¿Y si sale mal?

-      ¿Y si sale bien? Teresa, este mundo es así. O te lo juegas o no te lo juegas. Estoy empezando a pensar que no ha sido buena idea asociarme contigo. Te diré lo que haremos: le pediré a Gilberto que te devuelva tus cincuenta mil, y yo misma pondré los otros cincuenta. Forzando algunas cosas puedo tenerlos en dos días, pero a partir de ahora te las arreglarás sin mí para gestionar tu dinero.

-      Dame dos minutos para pensar.

-      Dos minutos.

Teresa Guevara se levantó para reflexionar mejor. Dio algunos pasos erráticos alrededor de la mesa de reuniones. Sabía que no era muy lista. Sabía que era fea y vieja, y que eso no favorecía a que los hombres la guiaran y la ayudaran en un mundo de negocios que ella no comprendía. Definitivamente, necesitaba a María de las Angustias.

-      De acuerdo,  – dijo – pero si sale mal…

-      Si sale mal estamos jodidas las dos y punto, Teresa.

-      Está bien.

*                             *                             *

Gilberto Montes volvió a entrar a la sala de reunión llevando los tres juegos del contrato que tenía preparado desde antes de la reunión.

-      Necesito que firmen estos contratos.

-      ¿Qué es? – preguntó María de las Angustias.

-      Es un documento que anula nuestro acuerdo anterior. Este negocio se hace sin papeles, y el contrato que firmamos me obliga a pagar unas utilidades sobre parte del dinero que, por supuesto, no voy a pagarles, porque el destino del dinero no es el que acordamos en un principio.

-      De acuerdo – dijo Angustias, y se dispuso a firmar.

-      Esperá un momento. – dijo Teresa – Ya sabés que la herencia de Severino es todo el dinero que tengo.

Gilberto Montes, como buen jugador, pudo controlar su reacción corporal ante la aparición del nombre de su antiguo cliente, a excepción de un ligero arqueo de la ceja izquierda. Consiguió fingir que no había advertido nada. Así que el pirata de Garmendia se había casado con la gallega… Hijo de puta, pensó. Se ocuparía de eso más tarde. María de las Angustias no pudo evitar un ligero rubor en sus mejillas, que no pasó desapercibido al usurero.

-      No te preocupes, Teresa. Tú firma, y no hagas más preguntas.

*                             *                             *

Gilberto Montes Agüero hizo girar la rueda de combinación de la caja fuerte, donde había guardado su copia del contrato firmada por las dos mujeres y por él mismo. Su cabeza no paraba de trabajar. Nada más y nada menos que la viuda de Severino Garmendia. ¿Era posible? Abrió la puerta de su despacho y asomó la cabeza por el quicio de la puerta.

-      ¡Alberto! Vení a mi oficina, por favor.

-      Sí, señor Montes.

Cuando Alberto Ramírez entró al despacho, Gilberto Montes ya estaba sentado en su silla.

-      Cerrá la puerta, por favor. Gracias.

-      Dígame, Señor Montes.

-      Sentate, Albertito, sentate – hizo un gesto con la palma de la mano derecha, señalando una de las dos sillas frente a él.

-      Gracias, señor Montes.

-      Tenemos entre manos una operación delicada. – le dijo – Vas a tener que mover doscientas cincuenta lucas en efeté. ¿Te animás?

-      Claro, señor, no hay problema.

-      Perfecto. Supongo que será los primeros días de la semana que viene.

-      Entiendo. No se preocupe. Lo voy a hacer bien.

-      Estoy seguro de eso, Albertito. – encendió un cigarrillo y, mientras servía dos vasos de whisky, le ofreció uno al muchacho, que lo aceptó, aún sabiendo que el tabaco negro le resultaba demasiado fuerte y le irritaba la garganta. – Decime una cosa, Alberto, ¿hace mucho que tu madre se quedó viuda? Es una mujer especial.

-      Sí que lo es. No, no hace mucho. Hace unos cuantos meses.

Alberto sabía que el whisky le sentaba mal, sin embargo, no podía resistirse a una invitación de un hombre al que admiraba tanto, así que vació el vaso de un solo trago, con los ojos enrojecidos por el humo del cigarro, la garganta irritada y la voz rasposa. Montes volvió a llenarle el vaso.

-      Lo habrá pasado mal, me imagino, pobre mujer.

-      Es una mujer fuerte, pero sí, sí que lo pasó mal.

-      ¿Y vos? Me imagino que también habrá sido un golpe fuerte para vos – dijo, mientras llenaba el vaso del joven por tercera vez en cinco minutos.

-      No, no se crea, don Gilberto. El marido de mi madre no era buena persona, y aunque no esté bien decirlo, me alegré un poco. No de que se muriera, porque no está bien alegrarse de que la gente se muera, Dios me libre y me guarde. Me alegré porque ya no está con mi madre.

-      No sería tan malo, supongo.

-      A mí nunca me gustó el señor Garmendia. No sé decirle porqué, pero la verdad es que no me gustaba nada.

-      Entiendo, Albertito – dijo, palmeándole cariñosamente la mano sobre la mesa. – No chupés más que te me vas a emborrachar en la oficina.

-      Me parece que ya estoy borracho, señor Montes. – dijo Alberto.

Bookmark and Share
 Me gusta: 6

Dejar un comentario