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Capítulo Trece: Ahí te dejo la cuenta

Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se inició en un camión de transporte de cerdos, prosiguiendo durante más de treinta horas en el vagón de carga de un tren que se le antojó una burla, una negra comparsa necrófila que susurraba permanentemente, con el murmullo metálico de sus ruedas de acero, las palabras Yvette y muerte. Yvette-muerte-Yvette. Muerte-Yvette-muerte. Alberto la recogió en la estación de Retiro, acompañado por un coche fúnebre y cuatro mozos cabizbajos, que cargaron el cajón de madera barata hasta la funeraria. Se vieron obligados a suspender el velatorio porque el cadáver comenzaba a despedir un fuerte olor ácido y venenoso, y su piel a llenarse de pústulas verdes y burbujas acuosas que parecían querer reventar sobre los posibles deudos.

Traspasaron el cuerpo a un ataúd decente, cerrado herméticamente con dieciséis pernos de dos pulgadas para evitar que se propagase el perfume mortal que emanaba. Fue enterrado esa misma mañana, con la sola presencia de María de las Angustias y su hijo varón, que no recordaba haber visto llorar a su madre nunca antes. Lo lloró con dolor, con rabia y con una vergüenza íntima y desoladora, con el pecho invadido por un sentimiento de traición que sabía injusto y egoísta, pero que no podía evitar. Lo lloró con espasmos, como a ningún otro hombre antes. Por única vez en su vida había conocido el amor, y había sido puro, sin piel ni sexo, sin tiempo para hablar, solamente una mañana perfecta bajo el fragor de las cataratas y el chillido indecente de los micos, y luego un castigo en forma de desengaño que la acompañaría para siempre.

María del Rocío llegó en autobús desde Tandil esa misma noche, y encontró a su madre encerrada en un luto hermético, impermeable a las palabras y al consuelo, con los ojos secos y oscurecidos de tanto llorar y decidida a vivir lo que le quedara sola con Matilda, y a morirse lo más pronto posible.

-      Madre, no sé qué decir.

-      No hace falta que digas nada, hija mía. Dios tendrá sus razones.

-      Lo sé.

María del Rocío lo sabía. Sabía que Dios tenía sus razones para todo, y un sentido del humor que a veces sentaba como una patada en los dientes. Ni siquiera se atrevió a preguntarse si su madre merecía semejante castigo, ni si de verdad la frontera entre la vida y la muerte era tan delgada como para no dejar espacio ni siquiera para un adiós decente. Prefirió encomendarse a Dios y al destino, y acompañar a su madre lo mejor que pudo. Al abrazarla y adivinar que lloraba nuevamente bajo el velo negro del luto inquebrantable, tuvo la esperanza de recuperarla para sí misma. Pensó que tal vez ahora iría de visita a Tandil, que pasaría unos días con su nieta Renata y que por fin aceptaría a Juan José como yerno. Sin embargo, dos días después, mientras viajaba de regreso a Tandil, supo sin ninguna duda que la había perdido para siempre, que quizás no regresaría de la sepultura en vida que había decidido fabricar, y que el vínculo madre e hija estaba roto sin solución. Rezó en silencio durante más de la mitad del viaje, y sólo una vez en casa, sobre el hombro fuerte de Juan José, pudo llorar su propia pérdida.

*                             *                             *

María de las Angustias no estaba de humor para vainas legales. Cuando el escribano Gaitán le leyó el inventario de su herencia, calló las dudas y ocultó su enorme decepción. Una vez más, el recuento del saldo de su matrimonio era ridículamente menor a lo esperado. Ciento setenta y dos mil pesos moneda nacional y un departamento en el barrio de Almagro. La tienda de Severino era alquilada, y por más que buscaron y rebuscaron antes de devolverla a su dueño, las joyas empeñadas, tantas veces rescatadas y vueltas a empeñar, de los muchos clientes del mercader, no aparecieron por ninguna parte. Por supuesto, entre las piezas perdidas estaban las que María de las Angustias había utilizado para comprar su casa, y que perdió por completo y para siempre la esperanza de recuperar.

Firmó los papeles y el escribano Gaitán le dijo que la llamaría en algunas semanas para informarle sobre la sucesión. Mientras tanto, no podría disponer del efectivo en las cuentas bancarias ni del bien inmueble. Angustias aceptó las palabras del leguleyo sin objetar nada, confiándose por entero al buen hacer de sus maneras burocráticas. Pero la muerte de su marido le deparaba aún una sorpresa más, una nueva burla proveniente de ultratumba. Tres semanas después de la firma, el escribano telefoneó.

-      ¿Ya está todo? – preguntó Angustias.

-      Me temo que va a demorarse un poco. Surgió un imprevisto.

-      ¿Qué clase de imprevisto?

-      ¿Sabe usted quién es la señora Teresa Guevara?

-      No, no la conozco.

-      Dice que es prima segunda de don Severino, por parte de madre. El problema es que interpuso una demanda judicial reclamando la herencia, alegando que el matrimonio tenía solamente tres días de celebrado.

-      ¿Y eso se puede hacer?

-      Con la ley en la mano, no, pero tiene un buen abogado y van a dar pelea.

-      ¿Y qué hacemos?

-      Yo soy escribano, no puedo hacer nada, pero si no tiene abogado puedo recomendarle uno.

Angustias colgó el teléfono en un insomne estado de trance. Se sintió agotada y vencida, triste, decepcionada y débil. Duraría más el litigio que el matrimonio, y a solas consigo misma, sabía que necesitaba pasar página, que no tenía fuerzas para dos o tres años de juicio. Sostenía en su mano derecha un trozo de papel rasgado, en el que había apuntado apresuradamente y con guarismos temblorosos las seis cifras escuálidas del teléfono de la tal Teresa, según se lo había dictado el escribano. Soltó un suspiro largo y cansado y volvió a levantar el auricular.

*                             *                             *

María de las Angustias empujó la puerta giratoria de la confitería El Molino cuando pasaban seis minutos de las cinco de la tarde. Teresa Guevara había sido seca y casi cercana a la grosería durante la conversación telefónica, pero había aceptado, sin embargo, reunirse con ella en la tradicional confitería para discutir cara a cara los detalles del pleito que, sin conocerse, las enfrentaba. Le había dicho que podría reconocerla por un prendedor de topacio en la solapa de su chaqueta negra, y que fuese puntual.

Lo que no le había dicho, aunque hubiese permitido identificarla mejor, era que pesaba ciento treinta y siete kilogramos y era tuerta del ojo izquierdo, razón por la que llevaba un parche negro como el de un pirata. Fumaba sin parar cigarrillos rubios, sin importarle que no fuera propio de una dama. Contaba sesenta y tres años, la voz ronca por el tabaco y la amargura, y una soledad sin límites que se le transparentaba por todos los poros de la piel, por la sonrisa torcida y sarcástica y por un halo repugnante de amargura contenida.

-      ¿Teresa…? ¿Teresa Guevara? – preguntó María de las Angustias, deseando íntimamente que por una de esas casualidades de la vida, hubiese ese día y a esa hora dos mujeres con prendedores de topacio y chaqueta negra en la misma confitería.

-      Sí. – respondió la mujer, levantando la vista y repasando a la gaditana de arriba abajo con un gesto de marino mercante – Ahora entiendo por qué se casó Severino. – Interpretándolo como un cumplido, María de las Angustias tomó asiento a la pequeña mesa redonda, ocupada y desbordada por aquélla mujer mastodóntica e intimidante.

-      Me alegro de conocerla, aunque hubiese preferido que fuese en otras circunstancias.

-      Entiendo – convino la mujer. María de las Angustias pidió té con galletitas dulces, y esperó a que la otra tomase la iniciativa. Se estudiaron en silencio durante varios minutos, mientras el camarero, ceremoniosamente, servía el té y se retiraba, discreto. La hembra titánica que en nada se parecía a Severino, mientras tanto, acabó un cigarro y encendió otro, sin preocuparse por la vulgaridad con que aplastó una colilla, ni por el desparpajo con el que encendió el siguiente cigarro, ni por la grosería de sus gestos, ni porque el humo expulsado de sus pulmones cetáceos perturbase el té de la gaditana, ni por su incomodidad evidente.

-      Bueno… – empezó Angustias – Aquí estamos. ¿Eras prima segunda de Severino por parte de…?

-      No interesa mucho ahora, ¿no le parece? Soy de la línea del hermano de su madre.

-      Es que estoy sorprendida. Severino nunca me habló de usted.

-      Nunca le habló de mí. ¿Le habló de su pasado, de su familia?

-      Ahora que me lo dice, me doy cuenta de que no. Pensaba que no tenía familia, a pesar de que lo he tratado por más de quince años antes de casarnos.

-      No me sorprende. Su marido era un sinvergüenza y un canalla. – Se miraron, una desafiante, la otra, orgullosa, negándose a creer en sus palabras. – Hace más de treinta años, la madre de Severino y su hermano iban a abrir una empresa de importación de artículos franceses. Habían pasado por malos momentos económicos, y tuvieron que vender dos casas que habían sido de sus padres para iniciar el negocio. Juntaron todos los ahorros de las dos familias, y se los confiaron a Severino, que viajó a Francia supuestamente para comprar mercadería y negociar la representación de productos finos. Vinos y otras cosas, nunca lo supe bien. A los seis meses, él regresó con la mitad del dinero, sin haber comprado ni negociado nada, y con una puta francesa de mala vida con la que se fugó con el resto del dinero. La familia rompió con él, y la francesa lo dejó después de gastárselo todo en juergas, trapitos y vaya uno a saber qué. Por culpa de Severino lo pasamos muy mal. Ahora ya están todos muertos. Solamente quedo yo.

-      Comprendo…

-      No, no creo que lo comprenda. Nos arruinó la vida. Así como me ve, yo hace treinta años era delgada y bonita, estaba casada y tenía dos hijos y era feliz. La miseria arrastró a mi marido al juego y a la bebida, y lo mataron a puñaladas por una deuda de naipes. Mis dos hijos enfermaron de tuberculosis y murieron sin que pudiera costearles tratamiento médico, y yo me tuve que meter a mujer de la limpieza para sobrevivir. Perdí el ojo en un accidente con un chorro de queroseno encendido, limpiando las calderas de la calefacción de la casa en la que me empleaban, y me despidieron por torpe, porque casi incendio la casa. No creo que comprenda lo difícil que fue todo para mí.

La mujer hizo su relato con un estado de ánimo constante y calmo. No parecía especialmente afligida. Era como si ya hubiese sufrido todo lo que es posible sufrir para una sola persona, y solamente conservase la amargura y un reflejo del odio del pasado. Angustias se sintió culpable y a la vez furiosa, pero no se atrevía a enfrentarse abiertamente con aquélla mujer que no parecía tener nada que perder.

-      De verdad lo siento mucho, – dijo –  pero como comprenderá, yo no conocía nada de todo esto, y, de más está decirlo, no soy culpable de todo lo que le ha sucedido, por mucho que pueda lamentarlo.

-      No me importa. – respondió Teresa Guevara – No me importa nada. Creo que me merezco al menos una parte, y le juro que voy a pelear por eso.

El silencio se instaló entre las dos. Los ojos de amatista de María de las angustias fijos en el único de su oponente. Los labios contraídos en un silencio forzado, el sonido ausente de una batalla sorda.

-      Entiendo… Seré sincera. Usted no me gusta…

-      Usted a mí tampoco – interrumpió la mujer, acomodando su parche sobre el ojo izquierdo, y dejando entrever la piel quemada alrededor de la cuenca vacía.

-      Entonces estamos en paz. Le decía que a pesar de eso estoy dispuesta a llegar a un acuerdo. Entiendo que conoce usted el estado patrimonial de Severino al momento de su muerte.

-      Perfectamente.

-      ¿Y qué quiere?

-      Cien mil pesos y la mitad del departamento de Almagro. – Angustias asintió lentamente, volvió a dejar la taza que acababa de levantar sobre el plato, e incorporándose con parsimonia de su asiento, respondió:

-      Discúlpeme un momento. Debo ir al tocador.

Se dirigió a los servicios con altivez y sin mirar a su contrincante, haciendo funcionar a toda velocidad su máquina de calcular. Aquélla mujer era completamente insolvente, por lo tanto no podría recuperar las costas del juicio si iban a los tribunales, y además, necesitaba disponer de la herencia cuanto antes. Se miró al espejo del tocador de señoras, y se encontró avejentada y vencida, con un nuevo ramillete de arrugas apenas perceptibles alrededor de los labios contritos. No sentía fuerzas para luchar, pero no quería ceder a un chantaje que consideraba desproporcionado e injusto. Volvió a la mesa a paso firme, y con una grosería deliberada y calculada, tomó en sus manos el paquete de cigarrillos de la mujer, extrajo uno y lo encendió con la boca torcida y un gesto malevo que había visto hacer infinidad de veces al cantante de tangos de la taberna del Abasto donde la llevaba Esteban Florián Giménez del Río. Apoyó el codo del brazo derecho en la mesa, mientras sostenía el cigarro humeante con la misma mano, y dejando de lado sus modales refinados y recatados de toda la vida, adoptó una actitud rioplatense y arrabalera. Dirigió su mirada violeta y profunda al único ojo asombrado de la gigantesca mujer, y le habló con rudeza, tuteándola deliberadamente.

-      Mira, Teresa. Las dos sabemos que con la ley en la mano no tienes ninguna posibilidad. Pero también sabemos las dos que puedes tocar mucho los cojones con el abogaducho pelagatos y carroñero que te has buscado, y no tengo ni putas ganas de pasar por esto. Setenta mil pesos en efectivo y ni una moneda más. Es mi única oferta, y es indiscutible. – hizo una pausa corta y seca – Piénsatelo. Pero piénsatelo bien. Yo puedo aguantar perfectamente dos o tres años de juicio, pero cuando acabemos, tú tendrás que vender el ojo sano para pagar mi demanda por perjuicios.

La mujer echó hacia atrás su enorme corpulencia, con el rostro violentamente enrojecido, e iniciando un ademán de levantarse de la mesa, ofendida. Pero algo la detuvo a medio camino, y volvió a dejar caer sus ciento treinta y siete kilogramos de masa corporal sobre la silla, torció el gesto y por primera vez aquélla tarde, Angustias pudo identificar en su risa franca el gesto familiar de Severino Garmendia y Guevara. A pesar de que la risa que soltó la mujer era basta y grosera, la forma de sus labios sonrientes era inconfundiblemente igual a la de su marido muerto.

-      Me sorprendiste. – dijo – Yo tampoco tengo ganas de juicio. Tenemos un acuerdo.

Se estrecharon las manos por encima de las tazas sucias, y María de las Angustias no pudo evitar un estremecimiento, ligeramente cercano al asco, al sentir la palma rechoncha y sudorosa de la mano de su oponente. Era un empate justo. La gorda totémica se levantó en seguida, manoteando con torpeza el paquete de tabaco, el encendedor y su bolso grande, haciendo un gesto ampuloso que abarcó todo el salón de té. “Ahí te dejo la cuenta”, dijo, y se marchó sin despedirse ni mirar atrás.

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  1. Mata Alicia dice:

    SIN DUDAS QUE ES UNA MUJER CON RECURSOS Y MUCHA POLENTA…PARECE
    VENCIDA…PERO NO CREO QUE TIRE LA TOALLA.MUY BUENAS LAS FOTOS.UN ABRAZO

  2. Gin Hindew 1.1.0 dice:

    Que buen capitulo, con mejor ritmo que los anteriores

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