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Capitulo Diecinueve: Último paso por la Vicaría

María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas de la vda, el concubinato era una solución perfecta para ellos, que seguramente no molestaría ni a Dios ni al Estado, y que él ya estaba viejo para esas vainas. María de las Angustias había respirado profundamente, antes de alzar los puños al cielo, invocar a sus ancestros y a una tormenta privada, y acto seguido, lanzando chispas violetas a través de sus ojos de amatista, se había negado tajantemente, aludiendo su profunda convicción religiosa, a vivir en mancebía. “No no viviré como los salvajes”, había dicho, finalizando la conversación. Luciano había reído con ganas, con una risa profunda de ecos cavernarios, una risa que por sí sola declaraba que únicamente podía pertenecer a un hombre impío. “Pero si llevamos diez meses revolcándonos como conejos”. María de las Angustias no acompañó la risa. Por el contrario, lo apuñaló con la mirada, de forma, glacial, directa al centro geométrico de los ojos negros del explorador, y sentenció:

-       Los asuntos de mi cuerpo los gestiono como me parece. Los del alma, se los dejo al cura, que para eso está. Además, no te vendrá mal, que bastante falta te hace confesarte y comulgar.

*                             *                             *

Se casaron el ocho de agosto de 1944, en una pequeña parroquia del barrio de Barracas, sin más invitados que Alberto Ramírez Matalobos, María del Rocío y Juan José Cavalieri e hijos. Príamo Luciano había accedido a pasar por la vicaría con esa única condición: ni gala ni fasto innecesario, ni invitados ni convite ni baile, que ya no estaban para pendejadas. Lo hacía por ella y no por Dios. La ceremonia, al compás de los llantos ininterrumpidos del pequeño Ricardo, fue opaca y triste, oficiada por un cura anciano y cansado, aburrido de su propia letanía, y sobrevolada por un fantasma de escepticismo. Cada uno de los presentes pensaba, sin decirlo, que ninguno de ellos se tomaba en serio aquél acto sacramental. El cura miraba a los novios con desconfianza. Los novios evitaban mirarse. Los invitados invocaban un mal disimulo de la incomodidad general.

Únicamente María de las Angustias sostuvo su altivez, la mirada orgullosa, la frente alta, su casta impávida, su derecho bíblico a ser bendecida en la que sabía sería su última aventura de dormitorio. Fue casi una mala representación teatral de una compañía venida a menos, sin más público que los parientes cercanos. María de las Angustias soportó con estoicismo, sin embargo, la mofa silenciosa de su prometido y sus hijos, el frío azul que habitaba la parroquia y el aliento de ajos tiernos del cura adormecido. Quería estar limpia a los ojos de Dios, porque cercana al medio siglo de vida, comenzaba a pensar en la muerte como algo posible.

Después de la ceremonia religiosa, Príamo Abraham Luciano los recibió a todos en una amplia casa de dos plantas que poseía en el barrio de Palermo. Era una construcción funcional y tosca, de color gris y paredes exteriores sucias, fea por fuera, pero amplia y confortable por dentro. El salón recordaba al imaginario popular de la vivienda de un cazador. Las cabezas disecadas de un ciervo, un alce y un puma presidían la boca, ennegrecida por muchas horas de humo, de una enorme chimenea que dividía en dos la pared del contrafrente del comedor, y custodiadas por un olor dulzón a madera noble que emanaba del mobiliario. A su izquierda, un pesado armario de anaqueles de algarrobo con puertas de cristal atesoraba más de tres mil libros, dispuestos en un orden alfabético casi demente, que una mano diligente mantenía siempre limpios. A la derecha, una mesa de roble oscuro, para doce comensales, era custodiada por media docena de reproducciones de cuadros impresionistas.

Una mujer de mediana edad, que vestía un uniforme negro de camarera, tocado por una blanca cofia de puntillas, los recibió y acomodó alrededor de la mesa, procediendo en seguida a servir entrantes fríos. En ese momento el cielo agonizó, sufrió públicamente en un estruendo de truenos iracundos, y se rompió en pedazos. Una lluvia furiosa arremetió contra las ventanas cerradas, acercando a los cristales un repiqueteo insistente, que denunciaba la farsa indiscutible de aquélla reunión familiar. Comieron en silencio, con la vista fija en los platos, bajo el murmullo enemigo del repicar rítmico de las gotas de agua, intimidado por los sonidos puros de la cubertería de plata al intentar herir la porcelana de los platos. María de las Angustias se sentía incómoda por el silencio. Sin embargo, Príamo Luciano lo disfrutaba. No le gustaban los hijos de su esposa, y no tenía ningún reparo en refrendar ese disgusto con silencio y un gesto mordaz al acomodarse el espeso mostacho con dos dedos, mientras chupaba con fuerza un habano Cohiba, y vigilaba la distribución del café a los presentes, con el chaleco desabotonado y el nudo de la pajarita a medio deshacer.

Acabados los cafés, se trasladaron a los sofás, frente a la chimenea, que Príamo Luciano encendió con rapidez y efectividad, para luego sentarse a su lado, en un sillón confortable, a mirar el fuego y humedecer con los labios la punta de su habano, mientras la camarera distribuía tarta de frutillas en platos de postre a sus invitados. El temporal disminuyó su intensidad, hasta transformarse en una suave lluvia sucia que caía por puro sortilegio de la ley de gravedad, sin siquiera hacer demasiado ruido. El silencio recuperó el comando de la reunión, apostillado por el suave crepitar de las llamas en los gruesos troncos de la chimenea.

-       Es tarde. Nos tenemos que ir – dijo María del Rocío, incapaz de soportar durante más tiempo la tensión del ambiente. – Ricardito tiene que mamar.

-       ¡Camila! – gritó Príamo Luciano – Dígale por favor a Bernardo y a Fernández que preparen los dos coches, y que lleven a estos señores a donde les pidan. Luego acompáñelos a la puerta.

-       Sí, señor.

Luciano no se levantó de su sillón. Despidió a sus invitados con un gesto de cabeza, y dejó que su esposa se ocupase de traerles los abrigos y acompañarlos a la salida, sin apartar los ojos del fuego ni la atención de su cigarro. María de las Angustias regresó al salón con los ojos violetas centelleando de furia, levantando los bajos del vestido de novia que aún llevaba puesto con ambas manos, y conteniendo el deseo de desmelenarse en una sarta de insultos de verdulera contra su flamante marido. En cambio, se plantó frente a él, que continuaba cómodamente instalado en el sillón, y le arrojó su vergüenza a la cara.

-       ¡Eres un maleducado y un groser! ¡Son mis hijos!

El levantó la vista lentamente. Dio una chupada final a su Cohiba y lo arrojó a la chimenea con aire distraído y desenvuelto. Entonces permitió a su bigote espectacular que dibujase una sonrisa arañada de pelo, y adelantando el torso y los brazos, puso ambas manos sobre las nalgas de su mujer.

-       Me encanta cuando estás enojada.

Ella le apartó las manos. “Te estoy hablando”, protestó. “Y yo te estoy escuchando, pero no me puedo concentrar cuando te ponés tan linda”. Príamo se puso de pie, frente a ella. “No me cambies de tema. Te portaste como un perfecto grosero.” Sin decir nada, él la rodeó con sus brazos, buscando en su espalda el cierre del vestido. Al no encontrarlo, puso ambas manos detrás de la nuca de Angustias, e introdujo los dedos entre su piel y el borde del cuello del vestido, y sin esfuerzo aparente, lo rasgó longitudinalmente, desgarrando la tela con un sonido de satén violentado por sus fuertes manos. Después, tiró hacia sí de las dos mitades, quitándole el vestido en un solo movimiento, y lo arrojó sobre el sofá. María de las Angustias se sintió desconcertada, invadida por una rabia infinita, y al mismo tiempo, al sentir las manos de su hombre sobre su cintura, percibió el hambre ancestral de su entrepierna, el reclamo silencioso de su piel, la sangre iniciando su carrera loca, desbordando su sistema cardiovascular. Instantáneamente, el destello de la pasión le iluminó los ojos violetas, el vello de sus brazos se erizó como un puercoespín en pie de guerra, mientras el aliento helado de su propia fiera incontrolable le soplaba en la nuca como un viento redentor, y alcanzó a reprimir el insulto que iba a proferir en el mismo momento en el que Príamo Abraham Luciano hundía su nariz entre sus pechos.

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