Capítulo Dieciocho: Maravilla, viajes y amor
El fuselaje metálico, de color plomizo, del Junkers Ju 52/3m – primer modelo trimotor de la compañía – crujió como un juguete infantil al sentársele un niño encima, justo en el momento en el que su tren de amerizaje tocó la superficie azul del agua, levantando una nube de salpicaduras blancas y un estrépito confuso de espuma infinita, en medio del rugido ensordecedor de los motores y el ruido líquido del mar, herido por los patines flotantes del aparato. María de las Angustias pensó que allí se terminaba el viaje, pero no había alcanzado a asustarse plenamente, cuando el avión ya pareció recomponerse, y los rostros aliviados de los otros dieciséis pasajeros, más experimentados, se relajaron al tiempo que un aplauso espontáneo premiaba la pericia del piloto durante el amerizaje.
Descendieron a un muelle de madera relativamente nuevo, bañado por el oleaje suave de una fría pero soleada mañana de invierno. Vista desde allí, la ciudad de Montevideo le pareció a María de las Angustias un pueblo grande y pobre, sin más atractivo que el ritmo cansino de una ciudad de provincias. No tuvieron dificultades para atravesar el control fronterizo, aunque a medida que avanzaban, una sensación creciente de estar embarcada en la aventura equivocada crecía en el corazón de la gaditana. Tuvo que invocar repetidas veces el recuerdo de los cincuenta mil pesos en efectivo que había guardado en la caja de seguridad de su banco tres días antes de la partida para convencerse a sí misma de seguir adelante.
Sin embargo, el recorrido por el moderno paseo marítimo y la llegada al lujoso vestíbulo del Hotel Casino Carrasco, donde se dirigieron directamente al bajar del hidroavión, disiparon sus dudas y la hicieron sentirse plenamente reconfortada. El hotel era una construcción colosal, de más de doce mil metros cuadrados de área y tres plantas de habitaciones exquisitamente decoradas. Príamo Abraham Luciano se movía como un conocedor, y al mismo tiempo con una actitud mundana y falta de sorpresa que hacía parecer que era su costumbre habitual viajar de esa forma. La soltura con que trató a los porteros, y la manera directa en la que se dirigió al mostrador principal, sin siquiera tener que mirar a ambos lados del inmenso vestíbulo, hicieron sospechar a María de las Angustias que era un cliente habitual del hotel. Extrañamente, el empleado del mostrador no dio muestras de conocerlo, ni expresó ningún inconveniente cuando se registraron como don Abraham Liwenzky y esposa. Rellenaron los formularios de rigor, y un botones uniformado los acompañó a una suite en la segunda planta.
La suite se componía de un amplio salón de estar, con una elegante alfombra y butacones clásicos alrededor de una mesa baja, con patas de madera esculpida, en la que una superficie de cristal permitía la contemplación de la alfombra, y una habitación contigua a la que se accedía por una anchísima puerta de madera de doble hoja deslizable sobre rieles, ambas con amplísimos ventanales y balcones que daban al mar, enmarcándolo con pesados cortinajes de brocados. Príamo Luciano dio una propina al botones, y por primera vez desde que comenzara el viaje, ambos estuvieron solos en la habitación del hotel. María de las Angustias se acercó a la ventana, y, durante algunos minutos, contempló en silencio el oleaje perezoso y los destellos solares que el mar rebotaba caprichosamente contra la costa.
- Espero que no se sienta usted incómoda, amiga mía. – María de las Angustias no había advertido que, sobre un aparador, había una botella de whisky previamente encargada por Príamo Luciano, y que éste había llenado dos vasos con abundante hielo. Ahora le tendía uno, mientras la miraba profundamente a los ojos, escrutándola.
- ¿No cree usted que va siendo hora de que, como buenos esposos, tengamos un trato un poco más familiar? – ensayó una sonrisa de medio lado, atrevida y desenfadada – Por el bien de la empresa que nos ocupa, sobre todo.
- Tiene usted razón – dijo él, riendo con ganas. – Me perdonará que me cueste un poco acostumbrarme.
- Acércate – dijo ella.
Príamo Luciano apoyó su vaso perlado de transpiración sobre la mesita baja que presidía la salita y se acercó a ella con pasos firmes, mirándola a los ojos, pero sin transparentar en esa mirada sus pensamientos, aunque debajo del bigote, María de las Angustias pudo adivinar una sonrisa que le estiraba ligeramente las cicatrices del rostro.
- ¿Qué vamos a hacer?
- Nada. – dijo ella, mientras le echaba los brazos al cuello. – Solamente vamos a ensayar cómo parecer marido y mujer.
* * *
- Tengo que salir – dijo él, poniéndose el sombrero que un instante antes descansaba en un perchero de caoba barnizada. – Sobre el aparador hay un sobre con dinero uruguayo. Puedes pedir al hotel que te proporcione un coche, y puedes ir de compras, pero por favor mantén constantemente el cinturón con el bebé contigo. No te lo quites ni siquiera para probarte ropa.
- No te preocupes. Vete tranquilo. ¿Volverás a cenar?
- Tenemos mesa en el restaurante del hotel a las nueve y media.
María de las Angustias descansaba aún sobre la anchísima cama cuando Príamo Luciano cerró la puerta. Se había puesto una bata color ciruela, con el anagrama del hotel bordado en hilo dorado, directamente sobre el cuerpo desnudo. Estaba sorprendida. A pesar de su aspecto recio, Príamo Luciano había resultado ser un amante atento y cuidadoso, a la vez que fuerte e imaginativo. Habían retozado por más de tres horas, y, a juzgar por la luz que entraba por la ventana, aún quedaba mucho día por disfrutar. Se dio una ducha rápida, evocando el cuerpo marcado por cicatrices, de músculos elásticos y trabajados del explorador, y sintiéndose resurgir por primera vez desde la muerte de Severino Garmendia, se vistió, se empolvó la nariz, y no pudo contener un gritito de entusiasmo al comprobar el grueso fajo de billetes que había dentro del sobre. Pidió un coche. Compraría algo divertido para sorprender a Príamo Luciano.
* * *
María de las Angustias se debatía entre la sorpresa y el desconcierto, el desencanto y una sensación de maravilla que alternaban en su estado de ánimo con una frecuencia y una voracidad emocional sorprendentes. En Asunción sintió miedo en estado puro. Caracas le pareció un paraíso hecho de sueños verdaderos, habitado por gente encantadora y abierta, mientras que en Quito no se animó a abandonar el hotel sin la compañía de Príamo Luciano, quien regresó de varias de sus muchas excursiones con ostentosas señales de forcejeos y escaramuzas en sus ropas y rostro.
El hombre era en extremo atento, y un amante incansable y poderoso, pero en muchas ocasiones se mostraba taciturno y casi hosco, y nunca revelaba a María de las Angustias los pormenores de sus salidas, ni la causa de sus evidentes refriegas, ni el origen de las prodigiosas sumas de dinero que iba agregando al cinturón alforja que la gaditana cargaba a todas horas, y que comenzaba a pesarle demasiado, amén de impedirle el uso de algunos de sus mejores vestidos. En La Paz tuvo que renovar su vestuario con prendas hasta dos tallas más amplias, para evitar que el cinturón fuese detectado a simple vista.
Para ir hacia Bogotá tomaron un tren cansado y fantasmal, que enganchaba a los ocho vagones de pasajeros más de cuarenta y cinco de carga, que transportaban hacia la capital colombiana la producción inagotable de las plantaciones de banano. El sol era criminal, absoluto, y sobre la tierra seca y agrietada casi podía oírse la acción lenta y resquebrajante del calor mortífero de las tres de la tarde. María de las Angustias estaba cómodamente sentada junto a una ventanilla en el vagón de primera clase, mientras Príamo Luciano había ido al coche comedor a beber un trago. El vagón iba vacío, a excepción de dos viajeros que dormían. Repentinamente, María de las Angustias sintió la opresiva sensación de haber entrado en un túnel de silencio. El martilleo sincopado de las ruedas metálicas contra las vías desapareció sin rastro, y el vagón pareció dejar de sufrir el movimiento, silenciando su quejoso maderamen. Era un silencio extraño, antinatural y mágico. Por alguna razón, en lugar de asustarse, la gaditana se sintió invadida por una completa paz interior. El tren atravesaba un pueblo polvoriento y vacío a la hora de la siesta. A la izquierda de las vías, se veían casas pintadas de cal junto a aceras sembradas de almendros polvorientos, y ni un alma en las calles. A la derecha, un moderno campamento rodeado por una verja electrificada, de casas bajas con techos de zinc, muchas de ellas junto a auténticas piscinas olímpicas, mostraba un contraste extraño y brutal. Fuera de las lindes del pueblo, se divisaban plantaciones de banano hasta donde alcanzaba la vista.
El tren se detuvo lentamente en una estación avejentada y sin nombre. Sobre los bancos de madera, un gallinazo picoteaba sin esperanza las migas inexistentes derramadas por un pasajero imaginario. El silencio era tan absoluto que María de las Angustias, intrigada, abrió su ventanilla para asomar la cabeza y mirar a ambos lados del andén, que parecía abandonado. Entonces sucedió algo aún más extraño. Sosteniendo con ambas manos un sextante, un hombre anciano recorría el andén, acercándose a ella. Tenía aspecto de haber vivido mucho, y a pesar de que sus incontables años eran evidentes, su aspecto era fuerte y decidido. Llevaba un chaleco anacrónico y un sombrero con alas de cuervo, y se dirigió, sin dudarlo, directamente a la ventanilla por la que asomaba la andaluza. Se detuvo frente a ella, y la miró a los ojos por espacio de un par de minutos, como subyugado por la mirada violeta que lo interrogaba silenciosamente. Al fin, habló con voz grave y cavernosa. “Dentro de poco, usted sentirá que él no la quiere.” “¿Quién?”, preguntó la gaditana, sorprendida. “Él”, respondió el anciano, mirando por primera vez hacia el suelo. Hizo una corta pausa, y volvió a mirarla. “Usted sufrirá por eso, pero en seguida tendrá ocasión de darle una segunda oportunidad. No lo dude. Ni siquiera él sabe cuánto la quiere”. “¿A qué se refiere?”. La pregunta de la gaditana flotó en un aire sin eco, justo cuando el tren comenzó a moverse en absoluto silencio. El anciano permaneció de pie en el andén, viéndola alejarse, sin hacer un gesto de despedida ni moverse, hasta que la estación desapareció tras una curva. María de las Angustias cerró la ventana, y solamente entonces volvió a percibir el quejido suave de las maderas, el traqueteo rítmico de la marcha y los ronquidos sibilantes de los otros viajeros. Tras algunos minutos, la puerta del vagón se abrió para dar paso al revisor, que iba de camino hacia la locomotora.
- Perdone – llamó la gaditana.
- ¿Sí señora?
- Acabamos de parar en una estación. ¿Cómo se llamaba?
- Hace más de dos horas que nos detuvimos por última vez, en la estación de Cúcuta.
- No, acabamos de pasar por un pueblo, hará cosa de quince minutos.
- ¡Ah! Ese pueblo está abandonado, señora. El tren no para allí desde hace al menos veinticinco años. Se llamaba Macondo.
- Gracias.
Se sentía sorprendida. Estaba convencida de no haberse dormido, y la experiencia había sido tan vívida que descartaba por completo la posibilidad de un sueño. Decidió no contarle nada a Príamo Luciano. Al fin y al cabo, los hombres no entienden nada de mujeres ni de misterios, y mucho menos de misterios femeninos, pensó.
* * *
Al fin, después de un periplo demencial de casi tres meses, habiendo viajado en aviones, coches, carros tirados por caballos, trenes, tranvía de mulas y hasta una moto con sidecar, regresaron a Buenos Aires una mañana plácida de mediados de primavera, precedidos por un escándalo estrepitoso de gaviotas espantadas por el amerizaje. María de las Angustias había temido ese momento durante los últimos veinte días. Príamo Abraham Luciano era un hombre parco, y ni una sola vez durante los ochenta y cuatro días en que viajaron, comieron, durmieron y fornicaron juntos había hablado de sentimientos ni de nada que pudiese parecérsele.
A esa altura de su vida, y después de tantas peripecias vividas, María de las Angustias se sentía a salvo de las trampas del amor y los sentimientos, pero no así de las de la pasión y la piel. Príamo Luciano le gustaba mucho, y el cinturón repleto de metálico le sugería que podía ser un excelente seguro de retiro.
María de las Angustias se sorprendió al descubrir que los esperaban dos coches al salir de la dársena norte, donde había atracado el hidroavión de regreso a Buenos Aires. Evidentemente Príamo Luciano disponía de recursos desconocidos para la gaditana. En uno de los coches cargaron los cuatro baúles de ropa de María de las Angustias, sus tres cajas de sombreros, y los dos baúles del hombre. En el otro subieron los pasajeros. Príamo Luciano dio la dirección de María de las Angustias, y ambos permanecieron en silencio, con la intimidad drásticamente rota por la presencia indiscreta del chófer, hasta la llegada al departamento del barrio del once. Luciano encargó a sus hombres subir el equipaje – tarea que la gaditana supervisó con esmero – y esperar abajo por su regreso.
- Matilda, por favor prepáranos un té – ordenó Angustias al tiempo que le franqueaba el paso al hombre.
- No, gracias, no hará falta. – dijo él, y adoptando un tono más íntimo, agregó – Por favor, Angustias, ve a tu habitación y tráeme el cinturón. Pídele a tu criada que no nos moleste.
María de las Angustias, consternada, hizo lo que se le pedía. En su habitación, retiró el voluminoso cinturón empapado de su propio sudor, se quitó la ropa y se puso un cómodo vestido de algodón. Volvió a aparecer en el salón, descalza, y cargando el preciado paquete.
- Toma. Aquí está – fue lo único que su acentuada incomodidad le permitió decir.
Luciano apoyó el paquete sobre la mesa, y del bolsillo interior de su chaqueta extrajo un sobre gordo de papel marrón.
- Los cincuenta mil que faltaban. Hiciste un trabajo extraordinario.
María de las Angustias lo miró con vergüenza y en silencio, sin extender la mano para recibir el sobre. Pasados unos segundos, él dejó el sobre encima de la mesa, y recogió el cinturón.
- Supongo que esto es la despedida – dijo.
- ¿Y ya está? ¿Así, sin más?
La gaditana se sintió turbada, sabía perfectamente que sus mejillas ardían bajo una mancha roja que superaba la fina capa de polvo blanco que cubría su rostro. Estaba encendida, se sentía sucia, prostituida y estafada. Bajó la mirada, y sin ninguna dificultad pudo observar que la pintura roja de las uñas de sus pies comenzaba a descascararse.
- Creía que teníamos un acuerdo… – empezó él. – Cincuenta antes y cincuenta después. Ambos lo cumplimos, ¿cierto?
- ¿Y lo que pasó entre nosotros no cambia nada? – hizo una pausa, y el tiempo pareció detenerse entre los dos. El eco de su enojo flotaba sobre el silencio, sostenido por el puente invisible de las miradas de ambos – En mi vida me había sentido tan utilizada, tan humillada y sucia.
Él tardó unos segundos en reponerse de su sorpresa. Luego, lentamente, con parsimonia y reflexionando previamente cada movimiento, volvió a dejar su paquete sobre la mesa, se acercó a María de las Angustias, sosteniendo su mirada furiosa, puso sus manos sobre la cintura de la gaditana e intentó besarla. Ella giró su rostro, negándose al contacto. Él retiró las manos.
- Te pido perdón. – casi susurró – Me temo que malentendí las cosas. Quizás debamos empezar de nuevo.
Ella sostuvo el silencio, con la mirada perdida aún en las baldosas del suelo, esperando por la rendición definitiva de su hombre.
- ¿Te recojo esta noche para salir a cenar?
- A las nueve – respondió al tiempo que giraba en redondo, dirigiéndose a su habitación sin mirar atrás, mientras evocaba extrañada el recuerdo del anciano con sombrero de alas de cuervo.






ahora hay que esperar hasta el jueves? no hay un adelanto por la diferencia horaria? por la diferencia entre euro y peso?
bueniiiiiiiisimo
GENIAL!!!!, lo que menos imagine fue a aparicion de Melquiades!!!! me resultA BUENISIMO
Besos y adelante