Capítulo Veinte: Un día Peronista
El diecisiete de octubre de 1945, Buenos Aires amaneció con un cielo plomizo, teñido de furia. Fue un día clave en la historia contemporánea de la República Argentina. También lo fue, de manera trágica e inesperada, en la vida de María de las Angustias Matalobos. El gobierno militar del presidente Edelmiro Farrell había encerrado al Coronel Perón en la isla Martín García. Hordas de trabajadores se movilizaban espontáneamente desde todas partes de Capital Federal y el gran Buenos Aires, marchando como un ejército silencioso hacia la Plaza de Mayo, para exigir la libertad inmediata de su líder. Fueron muchas horas de tensión, que propiciaron en el fin del gobierno de facto del General Farrell, y el inicio de la carrera política civil de Juan Domingo Perón. María de las Angustias despertó con sobresalto a las siete menos diez, asustada por las voces aguerridas que llegaban desde la calle, amortiguadas por una atmósfera espesa, irrespirable, cargada de humedad y malos presagios.
- Príamo. ¡Príamo! – dijo, sacudiendo a su hombre para que despertara.
Príamo Abraham Luciano abandonó la cama a las siete y cuatro minutos, semidormido, con los músculos tirantes y entumecidos. Hasta las siete y treinta y ocho se sumergió en una ducha cálida y reconfortante. A las siete y cuarenta y dos removía pensativamente su café, al que había echado media cucharada de azúcar blanco, mientras una voz varonil y entusiasta radiaba los pormenores de la incipiente revuelta popular: la gente no entraba a trabajar en las fábricas, los negocios bajaban espontáneamente sus persianas, las oficinas estaban desiertas. Los que ya estaban en la calle pasaban por otras centros de trabajo y sacaban de sus puestos a los que sí habían entrado a trabajar, al grito unísono de “Sin galera y sin bastón, los muchachos de Perón”. Columnas interminables de personas marchaban hacia el centro de la ciudad, envuelta en un auténtico caos circulatorio, bajo un cielo de acero líquido.
A las ocho y diecisiete minutos, Príamo Abraham Luciano se anudó la corbata frente al espejo del baño. Alzó la vista y se vio a sí mismo, viril, marcado, anciano, pero lleno de vida. Doce minutos más tarde, salía a la calle, luego de mirar intensamente los ojos violetas de su esposa, mientras le decía: “Tengo que ir, tienen preso al Coronel Perón. Vos quedate acá, chinita, y no salgas hasta que yo vuelva, que la cosa se puede poner bien jodida.” La besó en los labios, suavemente, sosteniendo sus mejillas con ambas manos y reflejando su entusiasmo en las pupilas de ella, memorizándola para el resto del día. A su manera, Príamo Abraham Luciano sabía que iba a extrañarla.
María de las Angustias mató la jornada dando vueltas de mastín por la casa, encendiendo y apagando la radio, acomodando y volviendo a acomodar los cojines, repasando los adornos, y preparándose hasta nueve tazas de té en diversos momentos del día. Se sentía inquieta. No le gustaban las revueltas populares. Los gobiernos le parecían cosa de tipos diferentes, no de la gente común. Cuando la gente común y los tipos diferentes chocaban, solamente podían pasar cosas malas.
El caos dominó la ciudad durante todo el día. La gente no se movía de la Plaza de Mayo, hasta que, finalmente, a las veintitrés y doce minutos, el Coronel Perón habló a la multitud desde los balcones de la Casa Rosada. María de las Angustias escuchó el discurso por la radio, envuelta en una bata de andar por casa y calzada con zapatillas de felpa. “Al fin – pensó – Príamo volverá en cualquier momento.”
* * *
Príamo Abraham Luciano llegaba caminando a su casa del barrio de Palermo a las cero horas y cincuenta y cuatro minutos del dieciocho de Octubre. Caminaba tranquilo, cavilando sobre los sucesos recientes. Había sido un día emocionante y deseaba acostarse y descansar. Al acercarse al portal, advirtió la presencia de un hombre, de espaldas a él, junto a un Chevrolet Special de Luxe modelo 1940. Vestía un abrigo largo y un sombrero de ala que, a pesar de que el hombre lo miraba por encima del hombro, le tapaba el rostro. Luciano se tensó inmediatamente, sintiéndose alerta. Su historial de negocios lo obligaba a andar con cuidado. Rápidamente sopesó sus posibilidades, y advirtió que no tenía alternativa. Si el hombre lo estaba esperando, no había manera de esquivarlo. Apretó el paso y bajó la vista, manteniendo el ángulo de visión periférica en el límite en el que podía controlar los movimientos del otro. Quedaban cinco metros hasta su portal. Cuatro. Tres.
- ¡Luciano! – gritó el ensombrerado. Príamo giró sobre sus pies, dispuesto a saltarle encima.
El otro retrocedió un paso, dejando ver en su mano derecha una pistola semiautomática, que Luciano identificó en seguida como una Máuser de 1934, de fabricación alemana. El reflejo tenue de una farola tímida en el metal bruñido del arma detuvo su salto.
No le dio tiempo a nada. Al grito de “Mo-ri-te-hi-jo-de-pu-ta!”, le impactaron cuatro balas de 7,62 milímetros en el abdomen, destrozándole un pulmón, el hígado y el bazo. El hombre subió con tranquilidad al asiento del acompañante del Chevrolet, que partió en seguida, con un suave sonido de fricción de caucho contra el empedrado de adoquines de la calzada.
* * *
María de las Angustias escuchó, una tras otra, las cuatro detonaciones, que irrumpieron en el silencio de la noche como un mensaje cifrado y terrible, de significado único y brutal. Se calzó las zapatillas de felpa y saltó de la cama, con el corazón desbocado marcando un compás frenético que le daba ritmo a su camino. Descuidando toda prudencia, salió a la calle rápida y bruscamente, para encontrar a su hombre tendido boca arriba, boqueando burbujas de sangre y saliva, con la mirada perdida en un cielo sin estrellas, y rodeado por una mancha oscura que lentamente llenaba las ranuras acanaladas de las baldosas del suelo. Se arrodilló sobre la sangre, repitiendo su nombre con el aliento ahogado por un llanto que no terminaba de romper. Príamo Abraham Luciano alcanzó a mirarla a los ojos, y aún tuvo fuerzas para inundar de lágrimas su propia mirada. Despegó los labios con intención de hablar, pero su pulmón fallado no le permitió llenar de aire su garganta para decirle cuánto la quería. Apenas un instante después, un colapso cardiovascular los separó definitivamente.
María de las Angustias supo que el juego había terminado. No tendría fuerzas para levantarse una vez más. Allí mismo, sobre los despojos tibios de su marido muerto, lloró todas sus lágrimas juntas, hasta que la policía, el personal de la ambulancia y Matilda la separaron del cuerpo en un estado insomne y febril, con la mirada vacía y el corazón anestesiado para siempre. No volvería siquiera a dejar caer una lágrima hasta muchos años después, cuando su hija María del Rocío cerrara por primera vez la puerta, y la dejase sola en su nueva habitación del hogar de ancianos de Ramos Mejía.






Hola, Fede. Hace mucho que no te escribia y lo estuve pensando b astante.. LLegue a la conclusion que es muy frustrante no tener toda la novela, todos los capitulos juntos y leerlos de una. Como te daras cuenta, soy muy ansiosa y devoro los libros que me gustan.
Tu novela no perdio el ritmo, los acontecimientos historicos que relatas, tienen otro colorido, la profundizacion de los caracteres y las descripciones que haces, es como si estuvieramos en esos lugares, viviendo junto con Maria de las Angustias todo lo que le pasa.
Falta mucho para que se termine ????????? No veo la hora de que la pongas en PDF para imprimirla y leerla nuevamente, pero esta vez , de un tiron.
Un abrazote
Jane
Hola Jane!
Gracias por el comentario! En realidad no falta nada. Son 22 capitulos. El último se publica el jueves 3 de junio, por lo que el pdf con toda la novela se publicará el jueves 10 de junio a las 20:00.
Abrazo,
F.
Fede,
acabo de leer de un tirón los últimos 4 capítulos. No se puede contra una vida de hábitos de lectura.
EXCELENTE!!!!!!!!!!!
Y especialmente te quiero felicitar por hacerle vivir a María de las Angustias un breve momento de realismo mágico, me pareció fantástico (en todas sus acepciones) y muy conmovedor.
Te felicito!!
Irene
Muchas gracias Irene!
El momento al que te referis era una deuda de honor, por tantos buenos ratos pasados entre las páginas de Cien Años de Soledad, y porque hay personajes que te marcan en la vida, como lector, com persona y como escriba aficionado!
Un beso,
F.
Macondo, Peròn y la tragedia…Es inquietante. Fantàstico!