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Capítulo Veintiuno: Atardecer

María de las Angustias Matalobos esperaba pacientemente en el vestíbulo de la residencia, sentada en un banco de madera barnizada, mientras contemplaba distraídamente el suelo ajedrezado en diagonal, entre dos las blancas estatuas de ángeles que dormían su pesado sueño de mármol blanco cada pocos metros. Rumiaba silenciosamente un trozo de pan, empapando cuidadosamente de saliva cada bocado, para no pincharse las encías en las zonas en que las tenía desdentadas. Su mirada violeta, ya oscura y acuosa, ahogada bajo espesas cataratas, recorría los contraluces de primera hora de la tarde en el vestíbulo fresco y amplio.

Esperaba a Ricardo. Como cada navidad en los últimos años, Ricardo la llevaría a pasar la fiesta a su casa, con su esposa Melissa y sus cuatro niños.

Esperaba a Dios, también. Se encontraba cansada. Se acercaba el fin del año 1992, y había cumplido ya los noventa y seis. Esperaba encontrar pronto la paz definitiva de Dios, una absolución completa, una calma eterna que la redimiese de una vida difícil, egoísta, pero también placentera y dulce, y que sin lugar a dudas, comenzaba a resultar excesivamente larga. Lo esperaba en silencio y con un rencor oscuro y una rabia secreta, alimentada pacientemente con las palabras de las monjas y su propia obstinación. Después de veinte años en la residencia, después de más de siete mil días y siete mil noches de repetir cinco veces diarias una letanía interminable de palabras vacías, rimadas, rezadas una y otra vez para un Dios sordo y distraído, comenzaba a resquebrajarse su fe. Comenzaba a sentir que estaba sola frente a su conciencia, que de nada había servido tanto amor, tanto dinero y tanta entrega a cambio de la redención de sus pecados. Los pecados continuaban vivos en su pecho, su dolor intacto, y la confesión final y total estaba sin decidir en su interior. Comenzaba a intuir que, cuando llegase la hora, se enfrentaría sola a las rayas blancas y negras de su tigre particular, que el silencio indestructible de su culpa moriría con ella, sosteniendo el pecado mortal mas allá de la tumba, arrastrándola a un purgatorio con el que, habida cuenta de los últimos veinte años de su vida sometida a la ley de Dios, consideraba haber cumplido convenientemente y por adelantado. Veinte años levantándose a la hora que decía Dios, veinte años comiendo a la hora que decidía Dios, veinte años durmiendo, cagando y duchándose cuando a Dios le venía bien, veinte años rezando sin parar, veinte años y el dolor como al principio, como antes de empezar.

La puerta se abrió, crujiendo sobre las bisagras de bronce, y aunque no fue capaz de distinguirlo claramente entre los contraluces, María de las Angustias Matalobos supo que la sombra oscura que se acercaba escondía en sus matices el rostro sonriente de Ricardo Cavalieri.

*                             *                             *

Los restos de la cena de nochebuena transpiraban sobre la mesa un sudor grasiento y pegajoso. Esparcidos por el suelo, restos de papeles de colores rasgados con urgencia delataban que los niños habían recibido regalos. La puerta corredera del balcón, abierta, implorando una brisa que, por pequeña que fuese, aliviase el sopor de los comensales, dejaba entrar, en cambio, un sonido apagado de pólvora y un tufo espeso, de azufre quemado, que se colaba sin invitación. Hacía un rato que los niños habían sido enviados a la cama, y alrededor de la mesa del comedor, Ricardo Cavalieri fumaba tranquilamente un cigarrillo rubio, mientras Melissa, perezosamente, descansaba un rato entre viaje y viaje a la cocina. Ya limpiaría al día siguiente.

María de las Angustias, entretanto, intentaba ahuyentar la pesadez de su cuello ayudándose de un abanico negro, y resoplaba constantemente, ahogada por su propia sensación de agobio. Ricardo la estudió durante unos instantes. Sabía que la anciana sufría privaciones en el hogar de monjas. Como cada vez que la iba a buscar al hogar, la Madre Superiora le había dado un sinfín de instrucciones y consejos de salud: “Nada de alcohol, y por favor que no coma demasiado. Cuidado con los lácteos, que le gustan mucho, y los dulces, prohibidos” – había dicho la monja. No se le permitía comer, ni fumar, ni trasnochar; tres cosas que, dado el espíritu de la gaditana, se le hacían muy cuesta arriba. “Tiene noventa y seis años”, pensó Ricardo. “No tiene sentido andar privándola de algunos placeres”.

-       ¿Quiere un whyskycito, abuela? – la anciana levantó la vista, y sus ojos parecieron encenderse con el resplandor de antaño.

-       ¡Uy! ¡Lo tengo prohibido, Ricardito, ni hablar! Bueno, supongo que no pasará nada si me bebo un dedito… Pero un dedito solo, ¿eh, Ricardito?

-       No se preocupe, Abuela, un dedito.

Ricardo, intentando esquivar la mirada cargada de censura de Melissa, llenó dos vasos de boca ancha, cargados de hielo, con una abundante ración de El elegido de los criadores, que, muy a su pesar, era el mejor que podía permitirse. Le tendió a la anciana el vaso transpirado.

-       ¡Ricardito! ¡Es mucho! – objetó María de las Angustias, llevándose el vaso a los labios, y bebiendo con evidente placer, sin poder esconder una sonrisa de dientes castigados, limados por el paso del tiempo.

-       ¿Un cigarrito? – le ofreció un paquete de Jockey Suaves. – Son suaves, Abuela.

-       No, no, esto sí que no puedo… Bueno, uno solo. ¡Ay si se entera la Madre Superiora!

*                             *                             *

Ricardo vació la botella al llenar su vaso y el de la anciana andaluza por cuarta vez, ante el reproche silencioso y sostenido de Melissa. Ayudó a su abuela a encender el tercer cigarrillo de la noche, entre humo y risas sinceras.

-       Abuela, hoy que está de buen humor y un poco borrachina, me podría contar de una vez qué pasó con su primer marido.

-       ¡Ay, Ricardito! Hace tantos años de eso… Casi ni lo recuerdo. ¿Qué quieres saber?

-       Quiero saber la verdad. En la familia se cuentan cosas…

-       ¿Qué cosas?

-       Cosas. Dicen que no fue un accidente.

-       ¿Eso dicen? Es raro… jamás escuché nada semejante.

-       Vamos, Abuela. – Ricardo sonreía. Sabía que no tendría muchas más oportunidades de sonsacarle la verdad. – Confíe en mí. ¿No soy su nieto preferido?

La anciana guardó silencio unos instantes, mientras chupaba su cigarrillo con placer, y se deleitaba contemplando las formas caprichosas del humo que flotaba en el aire estanco de la noche.

-       Claro que eres mi nieto preferido. Cuando tú naciste, en el mismo hospital, reencontré al hombre de mi vida.

-       ¿Fue su tercer marido?

-       Fue el quinto. El que más quise.

-       Pero abuela, cuénteme del primero. ¿Qué le pasó al militar?

-       Justo era un hombre bueno, pero muy celoso, Ricardito. Y fue el segundo. No te olvides del padre de tu madre.

-       ¿Pero es verdad que no murió por accidente?

El silencio se instaló entre ambos como una cortina pesada y opaca. María de las Angustias apuró su whisky, aplastó la colilla húmeda de saliva, lentamente, y cuando habló, lo hizo con la voz quebrada y los ojos inundados de lágrimas.

-       Ricardito… ¿De verdad piensas que tu abuela puede ser una asesina?

-       No, no, para nada – Ricardo veía como la verdad se le escurría entre los dedos. No quería perder el tono festivo de la conversación. – Es solamente curiosidad, abuela.

-       Justo murió como mueren los militares. Jugando con sus escopetas. Y a pesar de lo que digan, yo no lo maté. No lo maté pero aún así pequé de alegrarme de su muerte.

-       ¿Por qué se alegró?

-       Porque no lo quería. Yo quería a otro hombre. No vayas a pensar que tuve un amante, no, no. Jamás en la vida fui infiel, Dios me libre y me guarde… – la anciana sacudió la cabeza de izquierda a derecha, sostieniendo la mirada de su nieto con un gesto auténtico y sincero – Pero estaba enamorada en secreto de un Sargento de la compañía de Justo. Él lo adivinó, y ese hombre murió por su culpa. Por mi culpa, en realidad. Murió dejando una esposa y una niña pequeña. Me iré a la tumba con esa culpa…

Ricardo guardó silencio, respetuoso, mientras la anciana se sonaba sonoramente en un pañuelo bordado.

-       Después de eso, no supe perdonarlo, Ricardito. No supe poner la otra mejilla. La tarde en que el Capitán Ayala murió, no me preguntes cómo, supe que iba a morir. Lo supe unos minutos antes, y no hice nada para evitarlo. Lo dejé morir, y por eso soy tan culpable ante los ojos de Dios como si lo hubiese matado con mis propias manos.

-       No diga eso, abuela… No fue su culpa.

-       No lo sé, Ricardito. No lo sé.

Nuevamente, la anciana comenzó a restañarse las lágrimas con el pañuelo que, entre llanto y llanto, ocultaba en su manga. Ricardo se sentía incómodo, la situación se le había ido de las manos.

-       Dime una cosa, Ricardito…

-       ¿Qué, abuela?

-       ¿Perdonarías a una vieja que ha dejado morir a un hombre, solamente por vanidad? ¿A alguien que ha sido tan egoísta como para pensar siempre primero en sí misma? ¿La perdonarías, Ricardito?

-       Pero abuela, yo no creo que usted haya sido así. Claro que la perdonaría.

-       Gracias, Ricardito… – la anciana le acarició la mejilla con su mano izquierda, suave, lentamente. – Necesitaba oír eso para morirme en paz.

-       No exagere, abuela, que usted nos va a enterrar a todos.

-       Ya enterré a un hijo. Dios no quiera hacerme pasar de nuevo por eso, querido. Dios no quiera…

*                             *                             *

Ricardo volvió al salón y apagó las luces. María de las Angustias se había ido a la cama después de vomitar, negándose a recibir ayuda de su nieto. Finalmente, había permitido que él la asistiese al acostarse, una vez puesto el camisón y peinada para dormir, completamente recuperada la compostura. “No hagas caso de mis tonterías de vieja, Ricardito”, le había dicho. “No se preocupe, abuela. Que duerma bien.” Le había acariciado la frente, con suavidad, y la había notado perlada de sudor frío. Estaba preocupado, aunque sabía que la andaluza era fuerte y, para su edad, sana. Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Eran más de las tres de la madrugada y, cada tanto, un petardo esporádico quebraba el silencio nocturno. Contempló la dársena de entrada al puerto, y las luces amarillas difusas que se reflejaban en la superficie quieta de un río de aguas marrones, maltratado por la avaricia de los hombres, y por más de doscientos años de uso portuario. Intentó imaginar a su abuela, joven y bella, según contaba su madre, llegando a ese mismo puerto, más de setenta años atrás. Indudablemente, tenía que haber sido difícil.

Lanzó la colilla sobre la baranda del balcón, y mientras exhalaba el humo, decidió que, definitivamente, todo el conjunto de historias familiares acerca de su abuela debía ser una completa barbaridad. Era una mujer de carácter, pero no creía que fuese capaz de matar a un hombre. Ni de eso ni de la mitad de las barbaridades que narraban tantas historias que ya formaban parte del imaginario familiar. Seguramente la fantasía y el boca a boca, sin piedad, habían agigantado los hechos, pervertido las verdades y exagerado las mentiras. Sacudió la cabeza, antes de dirigirse a la cama, pensando en su abuela. Ojalá al día siguiente no recordase nada de lo que había dicho, pobre vieja.

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  1. Eme dice:

    Ay!! He estado toda la semana esperando para leerlo, que tensión. ¿Cómo que tuvo que enterrar a un hijo? ¿¡Alberto está muerto!? Que pena que solo quede un capítulo ya se me hace corto. Gracias otra vez. Ánimo =)

    • Apreciada Eme:

      Pues si, Alberto murió, aunque no aparezca en la narración, porque entendí que no hace a la historia principal…
      Gracias por los ánimos y por tus comentarios :) A mí también me da pena que se termine la publicación, porque ha sido una experiencia fabulosa, y mucha gente me ha seguido y apoyado, haciéndome sentir muy bien, la verdad. Supongo que, de aquí a poco tiempo ya se me ocurrirá otra cosa, y mientras tanto, todos los lectores de Matalobos están invitados a seguir en contacto a través de Reflexiones de un Aprendiz de Brujo.
      Gracias otra vez!
      Saludos,
      F.

  2. Mata Alicia dice:

    ESTO ESTA LLEGANDO AL FINAL…QUE TRISTEZA…VOY A EXTRAÑAR MUCHO NUESTRA CITA DE LOS JUEVES…PERO ESTOY SEGURA Y ESPERO NO EQUIVOCARME,QUE YA TENDRAS OTRO PROYECTO PARA MANTENERNOS CON LA ILUSION Y LA EXPECTACION DE LA CITA SEMANAL…CON RESPECTO A LA NOVELA…DEBO DECIRTE QUE ME HA ENCANTADO Y ME ATRAPO DESDE EL PRINCOPIO…ANGUSTIAS,UNA MUJER DE BANDERA QUE SUPO SOBRELLEVAR UNA VIDA DIFICIL Y LEVANTARSE DESPUES DE CADA CAIDA RENOVADA EN SUS FUERZAS…SIN DEJAR DE LADO SU AMBICION…UN PERSONAJE CON MUCHA FUERZA…ME GUSTA TU NARRATIVA,AGIL,ENTRETENIDA Y CONVINCENTE…TE FELICITO DE CORAZON…Y NO NOS ABANDONES!!!!!!

    • Hola Alicia:

      A mí también me pone un poco triste que se acabe, porque ha sido una experiencia increíble, y la gente me ha acompañado y respaldado mucho más de lo que me atrevía a imaginar antes de empezar. Pero también me gusta que concluya, porque estoy seguro de que recogeré frutos.
      Con respecto al próximo proyecto, veremos… :) Estoy terminando una novela, pero le falta mucho de corrección y de trabajo, no está en condiciones de hacer algo así. Por supuesto, seguiré escribiendo regularmente en Reflexiones de un Aprendiz de Brujo, y no descarto para nada hacer otra historia de entregas semanales, aunque aún no tengo nada pensado ni decidido.
      Muchas gracias por la fidelidad, lealtad y sinceridad, de verdad.
      Un abrazo enorme,
      Federico

  3. GMayer dice:

    Querido Pilo, he disfrutado MUCHO esta experiencia de novela de entrega semanal en la red. Tengo mucha expectativa sobre el final ya que me ha enganchado mucho tu narrativa agil, entretenida y convincente como califica Alicia tu pluma. Debo ir pensando con qué suplantar la espera del capítulo durante la semana.
    Yo, agradecido Pilo, mi compañera (charrua y librera) en crisis.
    abrazo!!
    GMayer

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