Capitulo Veintidós: Vuelta a casa
El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente de las olas en la base del Castillo de San Sebastián, que dominaba la salida al mundo, escoltado por un faro impasible, testigo y guía silencioso de tantas partidas y tantos regresos.
Ricardo se acomodó las solapas de la chaqueta, en un intento de rescatar a su cuello de las ráfagas de viento frío que patrullaban silenciosamente la bahía, con un susurro secreto y apagado, inaudible pero palpable. Se acercaban las cinco de la tarde, y el sol comenzaba a bajar. No se veía un alma. Era como si las personas se hubiesen puesto de acuerdo para dejarles intimidad. El tiempo parecía detenido, expectante, caprichoso.
María del Rocío se sonó ruidosamente la nariz enrojecida. Era la primera vez que pisaba Cádiz desde que partiese rumbo al Río de la Plata, a la edad de tres años, allá por 1919. Se sentía tocada por una emoción profunda, un sentimiento esquivo y dulce a la vez. Sentía nostalgia de lo que no había vivido. Sentía nostalgia de su madre muerta, de tantos años de incomunicación, de sus cuatro hijos vivos, de su propia carne, de su adolescencia de niña regordeta y el hambre inconfesable de sus tripas, de su miedo secreto, de su pasión reprimida, de su único hombre de dormitorio. Sentía dolor por lo que no había sido, y culpa por haber culpado a su madre de ese dolor. A su lado, Renata, su hija mayor, y Luna, la menor, la acompañaban en silencio. Luna la tomaba del brazo, mientras chupaba un cigarrillo a sotavento, sintiendo como la mezcla de aire helado y humo le hería lentamente los pulmones. Renata buscaba a Ricardo con la mirada, intentando recuperar de entre los sollozos de su madre el guión no escrito para un acto que tenía más de grotesco que de ceremonia.
María del Rocío, con la vista perdida en la rabia del mar, dijo para nadie:
- Era católica. No tendríamos que haberla quemado.
- Ya lo hablamos, mamá – respondió Ricardo. – No había otra forma. No podíamos traer el cuerpo, y ella quería descansar en Cádiz.
- No teníamos que haberla quemado. Es más importante la voluntad de Dios que la de las personas.
- Mamá, Dios, si es que existe, sabrá disculpar. Yo creo que es más importante la voluntad de la abuela.
- No sé…
El sonido del llanto contenido de María del Rocío volvió a competir con el susurro suave del viento y con la llamada estrepitosa de las olas.
- Tengo frío – dijo Renata, cortante.- Hacelo ya, Ricardo, y vámonos.
- Esperá un poco – respondió Luna. – No seas irrespetuosa.
Renata bajó los ojos, ofuscada, mientras intentaba protegerse del viento con un abrigo a todas luces insuficiente. Luna pisó su cigarrillo, y los cuatro se quedaron inmóviles, dejando que el viento los despeinase, mientras el atardecer avanzaba sin pausa, lento, anaranjado. El castillo era un perfil gris oscuro, ciego, secreto. Ninguno sabía bien qué hacer. Tirar las cenizas de un muerto al mar debía ser algo, sino solemne, al menos recatado, y el viento amenazaba con transformarlo en un caos esperpéntico e incontrolable.
Ricardo quitó la tapa de la caja de madera que contenía todo lo que quedaba de su abuela. Las cenizas tampoco eran como había esperado. No eran como los restos de un fuego, ni como las del tabaco. Parecían cáscaras de huevo de avestruz quemadas. Eran escamas calcáreas y grandes, que despedían un olor acre que más que a la muerte recordaba a la lejía.
- No sé cómo hacerlo. ¿Las tiro por este lado?
Estaban sobre el camino fortificado que une el islote de San Sebastián con la península, y por lo tanto podían arrojar las cenizas a cualquiera de ambos lados.
- Mejor por el otro lado, con el viento a favor, ¿no? – sugirió Luna.
- Sí, mejor.
Los cuatro giraron en redondo y se acercaron al otro borde. Desde allí, a su izquierda, el sol de poniente besaba la superficie del mar, asomándose lentamente a la noche, mientras alargaba las sombras proyectadas hacia la derecha, hasta el fin del mundo.
- ¿Querés tirarlas vos, mamá?
- No. Hacelo vos. Te lo pidió a vos. Te quería más que a mí.
- No digas eso, mamá.
- Es verdad.
- No seas tonta. Te quería mucho.
- Ya lo sé…
Ricardo se sentía incómodo. Dejó correr un par de minutos más, para que los ecos de las últimas palabras se perdiesen en la arena de la playa, y se asomó sobre el borde de piedra.
- Va – dijo.
Inclinó suavemente la caja hacia afuera, dejando resbalar con cuidado las cenizas. En ese instante, el sol detuvo por un momento su caída, y el viento cesó sin aviso, de golpe, mientras el mar callaba su susurro permanente. Las cenizas quedaron suspendidas en el aire, formando una nube gris, pesada, corpórea y palpable, que descendió de manera uniforme, hasta sumergirse lentamente en el agua en medio de un silencio sobrenatural. Cuando la última escama de hueso calcinado hubo desaparecido bajo la superficie del agua, la Bahía de Cádiz se desperezó de su sueño involuntario. El atardecer reanudó su actividad, mientras el mar volvía a mecerse con fuerza y el viento recuperaba su soplido invernal y helado.
Renata miró hacia la Bahía.
Luna buscó los ojos de su madre.
María del Rocío volvió a sonarse la nariz.
Ricardo perdió su vista más alla del castillo.
El sol se hundió en el agua.
María de las Angustias Matalobos, por fin, había vuelto a casa.






Federico, me ha gustado mucho tu novela.Aparte, tienes una prosa bella, ligera e inteligible.Espero que ésta no sea la ultima y enhorabuena.Te escribo de tu antigua y temporal tierra.Málaga.
Maria Victoria:
Te aseguro que no será la última. Muchas gracias por tus palabras. Que te haya gustado es el mejor premio para mí.
Abrazo enorme.
F.
Pilo querido, me gustó MUCHO. De paso quiero contarte los 2 sentimientos que movió en mí la lectura de Matalobos. Uno de ellos tiene que ver con la memoria afectiva ya que me llevó a muchísimos hechos y lugares tanto en el tiempo como en la geografía de nuestra Buenos Aires. El otro tiene que ver con algo que me está pasando a menudo últimamente: el hecho de hacer consciente lo pequeño de la dimensión de nuestro conocimiento de la vida de los otros (de sus verdaderas vidas, no de lo que construimos nosotros respecto de ellas). Cuando relatás que María del Rocio ya entrando en la vejez “sentía dolor por lo que no había sido, y culpa por haber culpado a su madre de ese dolor” vuelve a mi ese sentimiento que me acompañó en tu narrativa desde el primer capítulo. Cuánto la conocieron sus hijos a María de las Angustias Matalobos???? Cuánto conocemos e nuestros seres queridos?
Espero se repita Pilo !!!!! Siempre fue, es, y será, muy grato encontrarte.
Guillermo Mayer Dawson (Según se lee en mi cédula uruguaya, para felicidad de mi madre)
¿Qué te puedo decir, Mayer?
Primero, que sinceramente para mí es muy importante saber que le gustó a alguien como vos. Gracias por decírmelo!
Me encantan tus dos vivencias con la novela, porque son parte fundante de lo que me llevó a escribirla, y si las percibiste así, entonces sin lugar a dudas valió la pena.
También es muy grato para mí este encuentro virtual, aunque me encantaría tener la oportunidad de unas cervecitas en tierra charrúa, mano a mano.
Seguro que se repetirá.
Un abrazo enorme y otra vez muchas gracias por tus palabras!
Pilo
Gracias Pilo, aquí estará siempre esperando una Patricia (la Pilsen es de minas) bien fria para compartir!!!!!
me cuesta bastante decirte algo que se parezca un poco a lo que sentí leyéndote. Solo decirte que espero mas y mas y mas. mi período de abstinencia ha comenzado….. besos grandes