Matalobos

Lo prometido es deuda

Posted in Matalobos on Junio 8th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 1 Comment

Al comenzar esta aventura de la publicación de Matalobos, asumí públicamente el compromiso de ofrecer al final una versión completa en formato PDF, para que quienes quieran, puedan bajarla e imprimirla entera, leerla en papel o guardarla en una biblioteca.

Pues bien, ese momento ha llegado, pero antes de publicarla, quisiera pedirles a todos los que me siguieron que me soporten solamente un poco más, y que lean estas pocas palabras a modo de resumen.

Algunos números

Para los amantes de la estadística, y teniendo en cuenta lo difícil que es en el mundo web hacer números realistas, puedo aventurar algunos guarismos sobre las veintidós semanas que duró la publicación.

  • El seguimiento medio de la novela fue de entre 350 y 450 personas
  • Cada capítulo fue visto en pantalla una media de 550 veces
  • 45 personas se suscribieron para recibir los capítulos por email
  • Más de 200 comentarios fueron escritos en la web
  • Recibí otros tantos por email
  • Y finalmente, durante la publicación, http://www.matalobos.net totalizó la impresionante cifra de 17.500 páginas vistas

Final feliz

La experiencia entera fue increíble. Ni siquiera en las más optimistas fantasías previas pensé que iba a ser tan gratificante. Los lectores no solamente la han seguido con puntualidad, sino que han sido generosos en sus opiniones, leales en sus críticas y entusiastas a la hora de darle publicidad a la iniciativa.

Personalmente, solo puedo estar agradecido ante la respuesta tan maravillosa que me han dado. Como además de ser de letras, soy hombre de palabra, pongo a disposición de todos la novela completa para descargar. Pero esto sigue. Seguiré escribiendo en Reflexiones de un Aprendiz de Brujo, y seguiré intentando producir material literario para compartir con todos ustedes.

Me despido por ahora, eternamente agradecido y muy satisfecho. Gracias a todos, de verdad.

Matalobos estuvo disponible para descarga gratuita desde el 8 de junio de 2010 hasta el 9 de Septiembre, totalizando más de 200 descargas.

Muchas gracias a todos!

Federico Firpo Bodner

Barcelona, junio de 2010.


Capitulo Veintidós: Vuelta a casa

Posted in Matalobos on Junio 3rd, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente de las olas en la base del Castillo de San Sebastián, que dominaba la salida al mundo, escoltado por un faro impasible, testigo y guía silencioso de tantas partidas y tantos regresos.

Ricardo se acomodó las solapas de la chaqueta, en un intento de rescatar a su cuello de las ráfagas de viento frío que patrullaban silenciosamente la bahía, con un susurro secreto y apagado, inaudible pero palpable. Se acercaban las cinco de la tarde, y el sol comenzaba a bajar. No se veía un alma. Era como si las personas se hubiesen puesto de acuerdo para dejarles intimidad. El tiempo parecía detenido, expectante, caprichoso.

María del Rocío se sonó ruidosamente la nariz enrojecida. Era la primera vez que pisaba Cádiz desde que partiese rumbo al Río de la Plata, a la edad de tres años, allá por 1919. Se sentía tocada por una emoción profunda, un sentimiento esquivo y dulce a la vez. Sentía nostalgia de lo que no había vivido. Sentía nostalgia de su madre muerta, de tantos años de incomunicación, de sus cuatro hijos vivos, de su propia carne, de su adolescencia de niña regordeta y el hambre inconfesable de sus tripas, de su miedo secreto, de su pasión reprimida, de su único hombre de dormitorio. Sentía dolor por lo que no había sido, y culpa por haber culpado a su madre de ese dolor. A su lado, Renata, su hija mayor, y Luna, la menor, la acompañaban en silencio. Luna la tomaba del brazo, mientras chupaba un cigarrillo a sotavento, sintiendo como la mezcla de aire helado y humo le hería lentamente los pulmones. Renata buscaba a Ricardo con la mirada, intentando recuperar de entre los sollozos de su madre el guión no escrito para un acto que tenía más de grotesco que de ceremonia.

María del Rocío, con la vista perdida en la rabia del mar, dijo para nadie:

-       Era católica. No tendríamos que haberla quemado.

-       Ya lo hablamos, mamá – respondió Ricardo. – No había otra forma. No podíamos traer el cuerpo, y ella quería descansar en Cádiz.

-       No teníamos que haberla quemado. Es más importante la voluntad de Dios que la de las personas.

-       Mamá, Dios, si es que existe, sabrá disculpar. Yo creo que es más importante la voluntad de la abuela.

-       No sé…

El sonido del llanto contenido de María del Rocío volvió a competir con el susurro suave del viento y con la llamada estrepitosa de las olas.

-       Tengo frío – dijo Renata, cortante.- Hacelo ya, Ricardo, y vámonos.

-       Esperá un poco – respondió Luna. – No seas irrespetuosa.

Renata bajó los ojos, ofuscada, mientras intentaba protegerse del viento con un abrigo a todas luces insuficiente. Luna pisó su cigarrillo, y los cuatro se quedaron inmóviles, dejando que el viento los despeinase, mientras el atardecer avanzaba sin pausa, lento, anaranjado. El castillo era un perfil gris oscuro, ciego, secreto. Ninguno sabía bien qué hacer. Tirar las cenizas de un muerto al mar debía ser algo, sino solemne, al menos recatado, y el viento amenazaba con transformarlo en un caos esperpéntico e incontrolable.

Ricardo quitó la tapa de la caja de madera que contenía todo lo que quedaba de su abuela. Las cenizas tampoco eran como había esperado. No eran como los restos de un fuego, ni como las del tabaco. Parecían cáscaras de huevo de avestruz quemadas. Eran escamas calcáreas y grandes, que despedían un olor acre que más que a la muerte recordaba a la lejía.

-       No sé cómo hacerlo. ¿Las tiro por este lado?

Estaban sobre el camino fortificado que une el islote de San Sebastián con la península, y por lo tanto podían arrojar las cenizas a cualquiera de ambos lados.

-       Mejor por el otro lado, con el viento a favor, ¿no? – sugirió Luna.

-       Sí, mejor.

Los cuatro giraron en redondo y se acercaron al otro borde. Desde allí, a su izquierda, el sol de poniente besaba la superficie del mar, asomándose lentamente a la noche, mientras alargaba las sombras proyectadas hacia la derecha, hasta el fin del mundo.

-       ¿Querés tirarlas vos, mamá?

-       No. Hacelo vos. Te lo pidió a vos. Te quería más que a mí.

-       No digas eso, mamá.

-       Es verdad.

-       No seas tonta. Te quería mucho.

-       Ya lo sé…

Ricardo se sentía incómodo. Dejó correr un par de minutos más, para que los ecos de las últimas palabras se perdiesen en la arena de la playa, y se asomó sobre el borde de piedra.

-       Va – dijo.

Inclinó suavemente la caja hacia afuera, dejando resbalar con cuidado las cenizas. En ese instante, el sol detuvo por un momento su caída, y el viento cesó sin aviso, de golpe, mientras el mar callaba su susurro permanente. Las cenizas quedaron suspendidas en el aire, formando una nube gris, pesada, corpórea y palpable, que descendió de manera uniforme, hasta sumergirse lentamente en el agua en medio de un silencio sobrenatural. Cuando la última escama de hueso calcinado hubo desaparecido bajo la superficie del agua, la Bahía de Cádiz se desperezó de su sueño involuntario. El atardecer reanudó su actividad, mientras el mar volvía a mecerse con fuerza y el viento recuperaba su soplido invernal y helado.

Renata miró hacia la Bahía.

Luna buscó los ojos de su madre.

María del Rocío volvió a sonarse la nariz.

Ricardo perdió su vista más alla del castillo.

El sol se hundió en el agua.

María de las Angustias Matalobos, por fin, había vuelto a casa.

Capítulo Veintiuno: Atardecer

Posted in Matalobos on Mayo 27th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

María de las Angustias Matalobos esperaba pacientemente en el vestíbulo de la residencia, sentada en un banco de madera barnizada, mientras contemplaba distraídamente el suelo ajedrezado en diagonal, entre dos las blancas estatuas de ángeles que dormían su pesado sueño de mármol blanco cada pocos metros. Rumiaba silenciosamente un trozo de pan, empapando cuidadosamente de saliva cada bocado, para no pincharse las encías en las zonas en que las tenía desdentadas. Su mirada violeta, ya oscura y acuosa, ahogada bajo espesas cataratas, recorría los contraluces de primera hora de la tarde en el vestíbulo fresco y amplio.

Esperaba a Ricardo. Como cada navidad en los últimos años, Ricardo la llevaría a pasar la fiesta a su casa, con su esposa Melissa y sus cuatro niños.

Esperaba a Dios, también. Se encontraba cansada. Se acercaba el fin del año 1992, y había cumplido ya los noventa y seis. Esperaba encontrar pronto la paz definitiva de Dios, una absolución completa, una calma eterna que la redimiese de una vida difícil, egoísta, pero también placentera y dulce, y que sin lugar a dudas, comenzaba a resultar excesivamente larga. Lo esperaba en silencio y con un rencor oscuro y una rabia secreta, alimentada pacientemente con las palabras de las monjas y su propia obstinación. Después de veinte años en la residencia, después de más de siete mil días y siete mil noches de repetir cinco veces diarias una letanía interminable de palabras vacías, rimadas, rezadas una y otra vez para un Dios sordo y distraído, comenzaba a resquebrajarse su fe. Comenzaba a sentir que estaba sola frente a su conciencia, que de nada había servido tanto amor, tanto dinero y tanta entrega a cambio de la redención de sus pecados. Los pecados continuaban vivos en su pecho, su dolor intacto, y la confesión final y total estaba sin decidir en su interior. Comenzaba a intuir que, cuando llegase la hora, se enfrentaría sola a las rayas blancas y negras de su tigre particular, que el silencio indestructible de su culpa moriría con ella, sosteniendo el pecado mortal mas allá de la tumba, arrastrándola a un purgatorio con el que, habida cuenta de los últimos veinte años de su vida sometida a la ley de Dios, consideraba haber cumplido convenientemente y por adelantado. Veinte años levantándose a la hora que decía Dios, veinte años comiendo a la hora que decidía Dios, veinte años durmiendo, cagando y duchándose cuando a Dios le venía bien, veinte años rezando sin parar, veinte años y el dolor como al principio, como antes de empezar.

La puerta se abrió, crujiendo sobre las bisagras de bronce, y aunque no fue capaz de distinguirlo claramente entre los contraluces, María de las Angustias Matalobos supo que la sombra oscura que se acercaba escondía en sus matices el rostro sonriente de Ricardo Cavalieri.

*                             *                             *

Los restos de la cena de nochebuena transpiraban sobre la mesa un sudor grasiento y pegajoso. Esparcidos por el suelo, restos de papeles de colores rasgados con urgencia delataban que los niños habían recibido regalos. La puerta corredera del balcón, abierta, implorando una brisa que, por pequeña que fuese, aliviase el sopor de los comensales, dejaba entrar, en cambio, un sonido apagado de pólvora y un tufo espeso, de azufre quemado, que se colaba sin invitación. Hacía un rato que los niños habían sido enviados a la cama, y alrededor de la mesa del comedor, Ricardo Cavalieri fumaba tranquilamente un cigarrillo rubio, mientras Melissa, perezosamente, descansaba un rato entre viaje y viaje a la cocina. Ya limpiaría al día siguiente.

María de las Angustias, entretanto, intentaba ahuyentar la pesadez de su cuello ayudándose de un abanico negro, y resoplaba constantemente, ahogada por su propia sensación de agobio. Ricardo la estudió durante unos instantes. Sabía que la anciana sufría privaciones en el hogar de monjas. Como cada vez que la iba a buscar al hogar, la Madre Superiora le había dado un sinfín de instrucciones y consejos de salud: “Nada de alcohol, y por favor que no coma demasiado. Cuidado con los lácteos, que le gustan mucho, y los dulces, prohibidos” – había dicho la monja. No se le permitía comer, ni fumar, ni trasnochar; tres cosas que, dado el espíritu de la gaditana, se le hacían muy cuesta arriba. “Tiene noventa y seis años”, pensó Ricardo. “No tiene sentido andar privándola de algunos placeres”.

-       ¿Quiere un whyskycito, abuela? – la anciana levantó la vista, y sus ojos parecieron encenderse con el resplandor de antaño.

-       ¡Uy! ¡Lo tengo prohibido, Ricardito, ni hablar! Bueno, supongo que no pasará nada si me bebo un dedito… Pero un dedito solo, ¿eh, Ricardito?

-       No se preocupe, Abuela, un dedito.

Ricardo, intentando esquivar la mirada cargada de censura de Melissa, llenó dos vasos de boca ancha, cargados de hielo, con una abundante ración de El elegido de los criadores, que, muy a su pesar, era el mejor que podía permitirse. Le tendió a la anciana el vaso transpirado.

-       ¡Ricardito! ¡Es mucho! – objetó María de las Angustias, llevándose el vaso a los labios, y bebiendo con evidente placer, sin poder esconder una sonrisa de dientes castigados, limados por el paso del tiempo.

-       ¿Un cigarrito? – le ofreció un paquete de Jockey Suaves. – Son suaves, Abuela.

-       No, no, esto sí que no puedo… Bueno, uno solo. ¡Ay si se entera la Madre Superiora!

*                             *                             *

Ricardo vació la botella al llenar su vaso y el de la anciana andaluza por cuarta vez, ante el reproche silencioso y sostenido de Melissa. Ayudó a su abuela a encender el tercer cigarrillo de la noche, entre humo y risas sinceras.

-       Abuela, hoy que está de buen humor y un poco borrachina, me podría contar de una vez qué pasó con su primer marido.

-       ¡Ay, Ricardito! Hace tantos años de eso… Casi ni lo recuerdo. ¿Qué quieres saber?

-       Quiero saber la verdad. En la familia se cuentan cosas…

-       ¿Qué cosas?

-       Cosas. Dicen que no fue un accidente.

-       ¿Eso dicen? Es raro… jamás escuché nada semejante.

-       Vamos, Abuela. – Ricardo sonreía. Sabía que no tendría muchas más oportunidades de sonsacarle la verdad. – Confíe en mí. ¿No soy su nieto preferido?

La anciana guardó silencio unos instantes, mientras chupaba su cigarrillo con placer, y se deleitaba contemplando las formas caprichosas del humo que flotaba en el aire estanco de la noche.

-       Claro que eres mi nieto preferido. Cuando tú naciste, en el mismo hospital, reencontré al hombre de mi vida.

-       ¿Fue su tercer marido?

-       Fue el quinto. El que más quise.

-       Pero abuela, cuénteme del primero. ¿Qué le pasó al militar?

-       Justo era un hombre bueno, pero muy celoso, Ricardito. Y fue el segundo. No te olvides del padre de tu madre.

-       ¿Pero es verdad que no murió por accidente?

El silencio se instaló entre ambos como una cortina pesada y opaca. María de las Angustias apuró su whisky, aplastó la colilla húmeda de saliva, lentamente, y cuando habló, lo hizo con la voz quebrada y los ojos inundados de lágrimas.

-       Ricardito… ¿De verdad piensas que tu abuela puede ser una asesina?

-       No, no, para nada – Ricardo veía como la verdad se le escurría entre los dedos. No quería perder el tono festivo de la conversación. – Es solamente curiosidad, abuela.

-       Justo murió como mueren los militares. Jugando con sus escopetas. Y a pesar de lo que digan, yo no lo maté. No lo maté pero aún así pequé de alegrarme de su muerte.

-       ¿Por qué se alegró?

-       Porque no lo quería. Yo quería a otro hombre. No vayas a pensar que tuve un amante, no, no. Jamás en la vida fui infiel, Dios me libre y me guarde… – la anciana sacudió la cabeza de izquierda a derecha, sostieniendo la mirada de su nieto con un gesto auténtico y sincero – Pero estaba enamorada en secreto de un Sargento de la compañía de Justo. Él lo adivinó, y ese hombre murió por su culpa. Por mi culpa, en realidad. Murió dejando una esposa y una niña pequeña. Me iré a la tumba con esa culpa…

Ricardo guardó silencio, respetuoso, mientras la anciana se sonaba sonoramente en un pañuelo bordado.

-       Después de eso, no supe perdonarlo, Ricardito. No supe poner la otra mejilla. La tarde en que el Capitán Ayala murió, no me preguntes cómo, supe que iba a morir. Lo supe unos minutos antes, y no hice nada para evitarlo. Lo dejé morir, y por eso soy tan culpable ante los ojos de Dios como si lo hubiese matado con mis propias manos.

-       No diga eso, abuela… No fue su culpa.

-       No lo sé, Ricardito. No lo sé.

Nuevamente, la anciana comenzó a restañarse las lágrimas con el pañuelo que, entre llanto y llanto, ocultaba en su manga. Ricardo se sentía incómodo, la situación se le había ido de las manos.

-       Dime una cosa, Ricardito…

-       ¿Qué, abuela?

-       ¿Perdonarías a una vieja que ha dejado morir a un hombre, solamente por vanidad? ¿A alguien que ha sido tan egoísta como para pensar siempre primero en sí misma? ¿La perdonarías, Ricardito?

-       Pero abuela, yo no creo que usted haya sido así. Claro que la perdonaría.

-       Gracias, Ricardito… – la anciana le acarició la mejilla con su mano izquierda, suave, lentamente. – Necesitaba oír eso para morirme en paz.

-       No exagere, abuela, que usted nos va a enterrar a todos.

-       Ya enterré a un hijo. Dios no quiera hacerme pasar de nuevo por eso, querido. Dios no quiera…

*                             *                             *

Ricardo volvió al salón y apagó las luces. María de las Angustias se había ido a la cama después de vomitar, negándose a recibir ayuda de su nieto. Finalmente, había permitido que él la asistiese al acostarse, una vez puesto el camisón y peinada para dormir, completamente recuperada la compostura. “No hagas caso de mis tonterías de vieja, Ricardito”, le había dicho. “No se preocupe, abuela. Que duerma bien.” Le había acariciado la frente, con suavidad, y la había notado perlada de sudor frío. Estaba preocupado, aunque sabía que la andaluza era fuerte y, para su edad, sana. Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Eran más de las tres de la madrugada y, cada tanto, un petardo esporádico quebraba el silencio nocturno. Contempló la dársena de entrada al puerto, y las luces amarillas difusas que se reflejaban en la superficie quieta de un río de aguas marrones, maltratado por la avaricia de los hombres, y por más de doscientos años de uso portuario. Intentó imaginar a su abuela, joven y bella, según contaba su madre, llegando a ese mismo puerto, más de setenta años atrás. Indudablemente, tenía que haber sido difícil.

Lanzó la colilla sobre la baranda del balcón, y mientras exhalaba el humo, decidió que, definitivamente, todo el conjunto de historias familiares acerca de su abuela debía ser una completa barbaridad. Era una mujer de carácter, pero no creía que fuese capaz de matar a un hombre. Ni de eso ni de la mitad de las barbaridades que narraban tantas historias que ya formaban parte del imaginario familiar. Seguramente la fantasía y el boca a boca, sin piedad, habían agigantado los hechos, pervertido las verdades y exagerado las mentiras. Sacudió la cabeza, antes de dirigirse a la cama, pensando en su abuela. Ojalá al día siguiente no recordase nada de lo que había dicho, pobre vieja.

Capítulo Veinte: Un día Peronista

Posted in Matalobos on Mayo 20th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 5 Comments

El diecisiete de octubre de 1945, Buenos Aires amaneció con un cielo plomizo, teñido de furia. Fue un día clave en la historia contemporánea de la República Argentina. También lo fue, de manera trágica e inesperada, en la vida de María de las Angustias Matalobos. El gobierno militar del presidente Edelmiro Farrell había encerrado al Coronel Perón en la isla Martín García. Hordas de trabajadores se movilizaban espontáneamente desde todas partes de Capital Federal y el gran Buenos Aires, marchando como un ejército silencioso hacia la Plaza de Mayo, para exigir la libertad inmediata de su líder. Fueron muchas horas de tensión, que propiciaron en el fin del gobierno de facto del General Farrell, y el inicio de la carrera política civil de Juan Domingo Perón. María de las Angustias despertó con sobresalto a las siete menos diez, asustada por las voces aguerridas que llegaban desde la calle, amortiguadas por una atmósfera espesa, irrespirable, cargada de humedad y malos presagios.

-       Príamo. ¡Príamo! – dijo, sacudiendo a su hombre para que despertara.

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Capitulo Diecinueve: Último paso por la Vicaría

Posted in Matalobos on Mayo 13th, 2010 by Federico Firpo Bodner – Be the first to comment

María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas de la vda, el concubinato era una solución perfecta para ellos, que seguramente no molestaría ni a Dios ni al Estado, y que él ya estaba viejo para esas vainas. María de las Angustias había respirado profundamente, antes de alzar los puños al cielo, invocar a sus ancestros y a una tormenta privada, y acto seguido, lanzando chispas violetas a través de sus ojos de amatista, se había negado tajantemente, aludiendo su profunda convicción religiosa, a vivir en mancebía. “No no viviré como los salvajes”, había dicho, finalizando la conversación. Luciano había reído con ganas, con una risa profunda de ecos cavernarios, una risa que por sí sola declaraba que únicamente podía pertenecer a un hombre impío. “Pero si llevamos diez meses revolcándonos como conejos”. María de las Angustias no acompañó la risa. Por el contrario, lo apuñaló con la mirada, de forma, glacial, directa al centro geométrico de los ojos negros del explorador, y sentenció:

-       Los asuntos de mi cuerpo los gestiono como me parece. Los del alma, se los dejo al cura, que para eso está. Además, no te vendrá mal, que bastante falta te hace confesarte y comulgar.

*                             *                             *

Se casaron el ocho de agosto de 1944, en una pequeña parroquia del barrio de Barracas, sin más invitados que Alberto Ramírez Matalobos, María del Rocío y Juan José Cavalieri e hijos. Príamo Luciano había accedido a pasar por la vicaría con esa única condición: ni gala ni fasto innecesario, ni invitados ni convite ni baile, que ya no estaban para pendejadas. Lo hacía por ella y no por Dios. La ceremonia, al compás de los llantos ininterrumpidos del pequeño Ricardo, fue opaca y triste, oficiada por un cura anciano y cansado, aburrido de su propia letanía, y sobrevolada por un fantasma de escepticismo. Cada uno de los presentes pensaba, sin decirlo, que ninguno de ellos se tomaba en serio aquél acto sacramental. El cura miraba a los novios con desconfianza. Los novios evitaban mirarse. Los invitados invocaban un mal disimulo de la incomodidad general.

Únicamente María de las Angustias sostuvo su altivez, la mirada orgullosa, la frente alta, su casta impávida, su derecho bíblico a ser bendecida en la que sabía sería su última aventura de dormitorio. Fue casi una mala representación teatral de una compañía venida a menos, sin más público que los parientes cercanos. María de las Angustias soportó con estoicismo, sin embargo, la mofa silenciosa de su prometido y sus hijos, el frío azul que habitaba la parroquia y el aliento de ajos tiernos del cura adormecido. Quería estar limpia a los ojos de Dios, porque cercana al medio siglo de vida, comenzaba a pensar en la muerte como algo posible.

Después de la ceremonia religiosa, Príamo Abraham Luciano los recibió a todos en una amplia casa de dos plantas que poseía en el barrio de Palermo. Era una construcción funcional y tosca, de color gris y paredes exteriores sucias, fea por fuera, pero amplia y confortable por dentro. El salón recordaba al imaginario popular de la vivienda de un cazador. Las cabezas disecadas de un ciervo, un alce y un puma presidían la boca, ennegrecida por muchas horas de humo, de una enorme chimenea que dividía en dos la pared del contrafrente del comedor, y custodiadas por un olor dulzón a madera noble que emanaba del mobiliario. A su izquierda, un pesado armario de anaqueles de algarrobo con puertas de cristal atesoraba más de tres mil libros, dispuestos en un orden alfabético casi demente, que una mano diligente mantenía siempre limpios. A la derecha, una mesa de roble oscuro, para doce comensales, era custodiada por media docena de reproducciones de cuadros impresionistas.

Una mujer de mediana edad, que vestía un uniforme negro de camarera, tocado por una blanca cofia de puntillas, los recibió y acomodó alrededor de la mesa, procediendo en seguida a servir entrantes fríos. En ese momento el cielo agonizó, sufrió públicamente en un estruendo de truenos iracundos, y se rompió en pedazos. Una lluvia furiosa arremetió contra las ventanas cerradas, acercando a los cristales un repiqueteo insistente, que denunciaba la farsa indiscutible de aquélla reunión familiar. Comieron en silencio, con la vista fija en los platos, bajo el murmullo enemigo del repicar rítmico de las gotas de agua, intimidado por los sonidos puros de la cubertería de plata al intentar herir la porcelana de los platos. María de las Angustias se sentía incómoda por el silencio. Sin embargo, Príamo Luciano lo disfrutaba. No le gustaban los hijos de su esposa, y no tenía ningún reparo en refrendar ese disgusto con silencio y un gesto mordaz al acomodarse el espeso mostacho con dos dedos, mientras chupaba con fuerza un habano Cohiba, y vigilaba la distribución del café a los presentes, con el chaleco desabotonado y el nudo de la pajarita a medio deshacer.

Acabados los cafés, se trasladaron a los sofás, frente a la chimenea, que Príamo Luciano encendió con rapidez y efectividad, para luego sentarse a su lado, en un sillón confortable, a mirar el fuego y humedecer con los labios la punta de su habano, mientras la camarera distribuía tarta de frutillas en platos de postre a sus invitados. El temporal disminuyó su intensidad, hasta transformarse en una suave lluvia sucia que caía por puro sortilegio de la ley de gravedad, sin siquiera hacer demasiado ruido. El silencio recuperó el comando de la reunión, apostillado por el suave crepitar de las llamas en los gruesos troncos de la chimenea.

-       Es tarde. Nos tenemos que ir – dijo María del Rocío, incapaz de soportar durante más tiempo la tensión del ambiente. – Ricardito tiene que mamar.

-       ¡Camila! – gritó Príamo Luciano – Dígale por favor a Bernardo y a Fernández que preparen los dos coches, y que lleven a estos señores a donde les pidan. Luego acompáñelos a la puerta.

-       Sí, señor.

Luciano no se levantó de su sillón. Despidió a sus invitados con un gesto de cabeza, y dejó que su esposa se ocupase de traerles los abrigos y acompañarlos a la salida, sin apartar los ojos del fuego ni la atención de su cigarro. María de las Angustias regresó al salón con los ojos violetas centelleando de furia, levantando los bajos del vestido de novia que aún llevaba puesto con ambas manos, y conteniendo el deseo de desmelenarse en una sarta de insultos de verdulera contra su flamante marido. En cambio, se plantó frente a él, que continuaba cómodamente instalado en el sillón, y le arrojó su vergüenza a la cara.

-       ¡Eres un maleducado y un groser! ¡Son mis hijos!

El levantó la vista lentamente. Dio una chupada final a su Cohiba y lo arrojó a la chimenea con aire distraído y desenvuelto. Entonces permitió a su bigote espectacular que dibujase una sonrisa arañada de pelo, y adelantando el torso y los brazos, puso ambas manos sobre las nalgas de su mujer.

-       Me encanta cuando estás enojada.

Ella le apartó las manos. “Te estoy hablando”, protestó. “Y yo te estoy escuchando, pero no me puedo concentrar cuando te ponés tan linda”. Príamo se puso de pie, frente a ella. “No me cambies de tema. Te portaste como un perfecto grosero.” Sin decir nada, él la rodeó con sus brazos, buscando en su espalda el cierre del vestido. Al no encontrarlo, puso ambas manos detrás de la nuca de Angustias, e introdujo los dedos entre su piel y el borde del cuello del vestido, y sin esfuerzo aparente, lo rasgó longitudinalmente, desgarrando la tela con un sonido de satén violentado por sus fuertes manos. Después, tiró hacia sí de las dos mitades, quitándole el vestido en un solo movimiento, y lo arrojó sobre el sofá. María de las Angustias se sintió desconcertada, invadida por una rabia infinita, y al mismo tiempo, al sentir las manos de su hombre sobre su cintura, percibió el hambre ancestral de su entrepierna, el reclamo silencioso de su piel, la sangre iniciando su carrera loca, desbordando su sistema cardiovascular. Instantáneamente, el destello de la pasión le iluminó los ojos violetas, el vello de sus brazos se erizó como un puercoespín en pie de guerra, mientras el aliento helado de su propia fiera incontrolable le soplaba en la nuca como un viento redentor, y alcanzó a reprimir el insulto que iba a proferir en el mismo momento en el que Príamo Abraham Luciano hundía su nariz entre sus pechos.

Capítulo Dieciocho: Maravilla, viajes y amor

Posted in Matalobos on Mayo 6th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 2 Comments

El fuselaje metálico, de color plomizo, del Junkers Ju 52/3m – primer modelo trimotor de la compañía – crujió como un juguete infantil al sentársele un niño encima, justo en el momento en el que su tren de amerizaje tocó la superficie azul del agua, levantando una nube de salpicaduras blancas y un estrépito confuso de espuma infinita, en medio del rugido ensordecedor de los motores y el ruido líquido del mar, herido por los patines flotantes del aparato. María de las Angustias pensó que allí se terminaba el viaje, pero no había alcanzado a asustarse plenamente, cuando el avión ya pareció recomponerse, y los rostros aliviados de los otros dieciséis pasajeros, más experimentados, se relajaron al tiempo que un aplauso espontáneo premiaba la pericia del piloto durante el amerizaje.

Descendieron a un muelle de madera relativamente nuevo, bañado por el oleaje suave de una fría pero soleada mañana de invierno. Vista desde allí, la ciudad de Montevideo le pareció a María de las Angustias un pueblo grande y pobre, sin más atractivo que el ritmo cansino de una ciudad de provincias. No tuvieron dificultades para atravesar el control fronterizo, aunque a medida que avanzaban, una sensación creciente de estar embarcada en la aventura equivocada crecía en el corazón de la gaditana. Tuvo que invocar repetidas veces el recuerdo de los cincuenta mil pesos en efectivo que había guardado en la caja de seguridad de su banco tres días antes de la partida para convencerse a sí misma de seguir adelante.

Sin embargo, el recorrido por el moderno paseo marítimo y la llegada al lujoso vestíbulo del Hotel Casino Carrasco, donde se dirigieron directamente al bajar del hidroavión, disiparon sus dudas y la hicieron sentirse plenamente reconfortada. El hotel era una construcción colosal, de más de doce mil metros cuadrados de área y tres plantas de habitaciones exquisitamente decoradas. Príamo Abraham Luciano se movía como un conocedor, y al mismo tiempo con una actitud mundana y falta de sorpresa que hacía parecer que era su costumbre habitual viajar de esa forma. La soltura con que trató a los porteros, y la manera directa en la que se dirigió al mostrador principal, sin siquiera tener que mirar a ambos lados del inmenso vestíbulo, hicieron sospechar a María de las Angustias que era un cliente habitual del hotel. Extrañamente, el empleado del mostrador no dio muestras de conocerlo, ni expresó ningún inconveniente cuando se registraron como don Abraham Liwenzky y esposa. Rellenaron los formularios de rigor, y un botones uniformado los acompañó a una suite en la segunda planta.

La suite se componía de un amplio salón de estar, con una elegante alfombra y butacones clásicos alrededor de una mesa baja, con patas de madera esculpida, en la que una superficie de cristal permitía la contemplación de la alfombra, y una habitación contigua a la que se accedía por una anchísima puerta de madera de doble hoja deslizable sobre rieles, ambas con amplísimos ventanales y balcones que daban al mar, enmarcándolo con pesados cortinajes de brocados. Príamo Luciano dio una propina al botones, y por primera vez desde que comenzara el viaje, ambos estuvieron solos en la habitación del hotel. María de las Angustias se acercó a la ventana, y, durante algunos minutos, contempló en silencio el oleaje perezoso y los destellos solares que el mar rebotaba caprichosamente contra la costa.

-      Espero que no se sienta usted incómoda, amiga mía. – María de las Angustias no había advertido que, sobre un aparador, había una botella de whisky previamente encargada por Príamo Luciano, y que éste había llenado dos vasos con abundante hielo. Ahora le tendía uno, mientras la miraba profundamente a los ojos, escrutándola.

-      ¿No cree usted que va siendo hora de que, como buenos esposos, tengamos un trato un poco más familiar? – ensayó una sonrisa de medio lado, atrevida y desenfadada – Por el bien de la empresa que nos ocupa, sobre todo.

-      Tiene usted razón – dijo él, riendo con ganas. – Me perdonará que me cueste un poco acostumbrarme.

-      Acércate – dijo ella.

Príamo Luciano apoyó su vaso perlado de transpiración sobre la mesita baja que presidía la salita y se acercó a ella con pasos firmes, mirándola a los ojos, pero sin transparentar en esa mirada sus pensamientos, aunque debajo del bigote, María de las Angustias pudo adivinar una sonrisa que le estiraba ligeramente las cicatrices del rostro.

-      ¿Qué vamos a hacer?

-      Nada. – dijo ella, mientras le echaba los brazos al cuello. – Solamente vamos a ensayar cómo parecer marido y mujer.

*                             *                             *

-      Tengo que salir – dijo él, poniéndose el sombrero que un instante antes descansaba en un perchero de caoba barnizada. – Sobre el aparador hay un sobre con dinero uruguayo. Puedes pedir al hotel que te proporcione un coche, y puedes ir de compras, pero por favor mantén constantemente el cinturón con el bebé contigo. No te lo quites ni siquiera para probarte ropa.

-      No te preocupes. Vete tranquilo. ¿Volverás a cenar?

-      Tenemos mesa en el restaurante del hotel a las nueve y media.

María de las Angustias descansaba aún sobre la anchísima cama cuando Príamo Luciano cerró la puerta. Se había puesto una bata color ciruela, con el anagrama del hotel bordado en hilo dorado, directamente sobre el cuerpo desnudo. Estaba sorprendida. A pesar de su aspecto recio, Príamo Luciano había resultado ser un amante atento y cuidadoso, a la vez que fuerte e imaginativo. Habían retozado por más de tres horas, y, a juzgar por la luz que entraba por la ventana, aún quedaba mucho día por disfrutar. Se dio una ducha rápida, evocando el cuerpo marcado por cicatrices, de músculos elásticos y trabajados del explorador, y sintiéndose resurgir por primera vez desde la muerte de Severino Garmendia, se vistió, se empolvó la nariz, y no pudo contener un gritito de entusiasmo al comprobar el grueso fajo de billetes que había dentro del sobre. Pidió un coche. Compraría algo divertido para sorprender a Príamo Luciano.

*                             *                             *

María de las Angustias se debatía entre la sorpresa y el desconcierto, el desencanto y una sensación de maravilla que alternaban en su estado de ánimo con una frecuencia y una voracidad emocional sorprendentes. En Asunción sintió miedo en estado puro. Caracas le pareció un paraíso hecho de sueños verdaderos, habitado por gente encantadora y abierta, mientras que en Quito no se animó a abandonar el hotel sin la compañía de Príamo Luciano, quien regresó de varias de sus muchas excursiones con ostentosas señales de forcejeos y escaramuzas en sus ropas y rostro.

El hombre era en extremo atento, y un amante incansable y poderoso, pero en muchas ocasiones se mostraba taciturno y casi hosco, y nunca revelaba a María de las Angustias los pormenores de sus salidas, ni la causa de sus evidentes refriegas, ni el origen de las prodigiosas sumas de dinero que iba agregando al cinturón alforja que la gaditana cargaba a todas horas, y que comenzaba a pesarle demasiado, amén de impedirle el uso de algunos de sus mejores vestidos. En La Paz tuvo que renovar su vestuario con prendas hasta dos tallas más amplias, para evitar que el cinturón fuese detectado a simple vista.

Para ir hacia Bogotá tomaron un tren cansado y fantasmal, que enganchaba a los ocho vagones de pasajeros más de cuarenta y cinco de carga, que transportaban hacia la capital colombiana la producción inagotable de las plantaciones de banano. El sol era criminal, absoluto, y sobre la tierra seca y agrietada casi podía oírse la acción lenta y resquebrajante del calor mortífero de las tres de la tarde. María de las Angustias estaba cómodamente sentada junto a una ventanilla en el vagón de primera clase, mientras Príamo Luciano había ido al coche comedor a beber un trago. El vagón iba vacío, a excepción de dos viajeros que dormían. Repentinamente, María de las Angustias sintió la opresiva sensación de haber entrado en un túnel de silencio. El martilleo sincopado de las ruedas metálicas contra las vías desapareció sin rastro, y el vagón pareció dejar de sufrir el movimiento, silenciando su quejoso maderamen. Era un silencio extraño, antinatural y mágico. Por alguna razón, en lugar de asustarse, la gaditana se sintió invadida por una completa paz interior. El tren atravesaba un pueblo polvoriento y vacío a la hora de la siesta. A la izquierda de las vías, se veían casas pintadas de cal junto a aceras sembradas de almendros polvorientos, y ni un alma en las calles. A la derecha, un moderno campamento rodeado por una verja electrificada, de casas bajas con techos de zinc, muchas de ellas junto a auténticas piscinas olímpicas, mostraba un contraste extraño y brutal. Fuera de las lindes del pueblo, se divisaban plantaciones de banano hasta donde alcanzaba la vista.

El tren se detuvo lentamente en una estación avejentada y sin nombre. Sobre los bancos de madera, un gallinazo picoteaba sin esperanza las migas inexistentes derramadas por un pasajero imaginario. El silencio era tan absoluto que María de las Angustias, intrigada, abrió su ventanilla para asomar la cabeza y mirar a ambos lados del andén, que parecía abandonado. Entonces sucedió algo aún más extraño. Sosteniendo con ambas manos un sextante, un hombre anciano recorría el andén, acercándose a ella. Tenía aspecto de haber vivido mucho, y a pesar de que sus incontables años eran evidentes, su aspecto era fuerte y decidido. Llevaba un chaleco anacrónico y un sombrero con alas de cuervo, y se dirigió, sin dudarlo, directamente a la ventanilla por la que asomaba la andaluza. Se detuvo frente a ella, y la miró a los ojos por espacio de un par de minutos, como subyugado por la mirada violeta que lo interrogaba silenciosamente. Al fin, habló con voz grave y cavernosa. “Dentro de poco, usted sentirá que él no la quiere.” “¿Quién?”, preguntó la gaditana, sorprendida. “Él”, respondió el anciano, mirando por primera vez hacia el suelo. Hizo una corta pausa, y volvió a mirarla. “Usted sufrirá por eso, pero en seguida tendrá ocasión de darle una segunda oportunidad. No lo dude. Ni siquiera él sabe cuánto la quiere”. “¿A qué se refiere?”. La pregunta de la gaditana flotó en un aire sin eco, justo cuando el tren comenzó a moverse en absoluto silencio. El anciano permaneció de pie en el andén, viéndola alejarse, sin hacer un gesto de despedida ni moverse, hasta que la estación desapareció tras una curva. María de las Angustias cerró la ventana, y solamente entonces volvió a percibir el quejido suave de las maderas, el traqueteo rítmico de la marcha y los ronquidos sibilantes de los otros viajeros. Tras algunos minutos, la puerta del vagón se abrió para dar paso al revisor, que iba de camino hacia la locomotora.

-      Perdone – llamó la gaditana.

-      ¿Sí señora?

-      Acabamos de parar en una estación. ¿Cómo se llamaba?

-      Hace más de dos horas que nos detuvimos por última vez, en la estación de Cúcuta.

-      No, acabamos de pasar por un pueblo, hará cosa de quince minutos.

-      ¡Ah! Ese pueblo está abandonado, señora. El tren no para allí desde hace al menos veinticinco años. Se llamaba Macondo.

-      Gracias.

Se sentía sorprendida. Estaba convencida de no haberse dormido, y la experiencia había sido tan vívida que descartaba por completo la posibilidad de un sueño. Decidió no contarle nada a Príamo Luciano. Al fin y al cabo, los hombres no entienden nada de mujeres ni de misterios, y mucho menos de misterios femeninos, pensó.

*                             *                             *

Al fin, después de un periplo demencial de casi tres meses, habiendo viajado en aviones, coches, carros tirados por caballos, trenes, tranvía de mulas y hasta una moto con sidecar, regresaron a Buenos Aires una mañana plácida de mediados de primavera, precedidos por un escándalo estrepitoso de gaviotas espantadas por el amerizaje. María de las Angustias había temido ese momento durante los últimos veinte días. Príamo Abraham Luciano era un hombre parco, y ni una sola vez durante los ochenta y cuatro días en que viajaron, comieron, durmieron y fornicaron juntos había hablado de sentimientos ni de nada que pudiese parecérsele.

A esa altura de su vida, y después de tantas peripecias vividas, María de las Angustias se sentía a salvo de las trampas del amor y los sentimientos, pero no así de las de la pasión y la piel. Príamo Luciano le gustaba mucho, y el cinturón repleto de metálico le sugería que podía ser un excelente seguro de retiro.

María de las Angustias se sorprendió al descubrir que los esperaban dos coches al salir de la dársena norte, donde había atracado el hidroavión de regreso a Buenos Aires. Evidentemente Príamo Luciano disponía de recursos desconocidos para la gaditana. En uno de los coches cargaron los cuatro baúles de ropa de María de las Angustias, sus tres cajas de sombreros, y los dos baúles del hombre. En el otro subieron los pasajeros. Príamo Luciano dio la dirección de María de las Angustias, y ambos permanecieron en silencio, con la intimidad drásticamente rota por la presencia indiscreta del chófer, hasta la llegada al departamento del barrio del once. Luciano encargó a sus hombres subir el equipaje – tarea que la gaditana supervisó con esmero – y esperar abajo por su regreso.

-      Matilda, por favor prepáranos un té – ordenó Angustias al tiempo que le franqueaba el paso al hombre.

-      No, gracias, no hará falta. – dijo él, y adoptando un tono más íntimo, agregó – Por favor, Angustias, ve a tu habitación y tráeme el cinturón. Pídele a tu criada que no nos moleste.

María de las Angustias, consternada, hizo lo que se le pedía. En su habitación, retiró el voluminoso cinturón empapado de su propio sudor, se quitó la ropa y se puso un cómodo vestido de algodón. Volvió a aparecer en el salón, descalza, y cargando el preciado paquete.

-      Toma. Aquí está – fue lo único que su acentuada incomodidad le permitió decir.

Luciano apoyó el paquete sobre la mesa, y del bolsillo interior de su chaqueta extrajo un sobre gordo de papel marrón.

-      Los cincuenta mil que faltaban. Hiciste un trabajo extraordinario.

María de las Angustias lo miró con vergüenza y en silencio, sin extender la mano para recibir el sobre. Pasados unos segundos, él dejó el sobre encima de la mesa, y recogió el cinturón.

-      Supongo que esto es la despedida – dijo.

-      ¿Y ya está? ¿Así, sin más?

La gaditana se sintió turbada, sabía perfectamente que sus mejillas ardían bajo una mancha roja que superaba la fina capa de polvo blanco que cubría su rostro. Estaba encendida, se sentía sucia, prostituida y estafada. Bajó la mirada, y sin ninguna dificultad pudo observar que la pintura roja de las uñas de sus pies comenzaba a descascararse.

-      Creía que teníamos un acuerdo… – empezó él. – Cincuenta antes y cincuenta después. Ambos lo cumplimos, ¿cierto?

-      ¿Y lo que pasó entre nosotros no cambia nada? – hizo una pausa, y el tiempo pareció detenerse entre los dos. El eco de su enojo flotaba sobre el silencio, sostenido por el puente invisible de las miradas de ambos – En mi vida me había sentido tan utilizada, tan humillada y  sucia.

Él tardó unos segundos en reponerse de su sorpresa. Luego, lentamente, con parsimonia y reflexionando previamente cada movimiento, volvió a dejar su paquete sobre la mesa, se acercó a María de las Angustias, sosteniendo su mirada furiosa, puso sus manos sobre la cintura de la gaditana e intentó besarla. Ella giró su rostro, negándose al contacto. Él retiró las manos.

-      Te pido perdón. – casi susurró – Me temo que malentendí las cosas. Quizás debamos empezar de nuevo.

Ella sostuvo el silencio, con la mirada perdida aún en las baldosas del suelo, esperando por la rendición definitiva de su hombre.

-      ¿Te recojo esta noche para salir a cenar?

-      A las nueve – respondió al tiempo que giraba en redondo, dirigiéndose a su habitación sin mirar atrás, mientras evocaba extrañada el recuerdo del anciano con sombrero de alas de cuervo.

Capítulo Diecisiete: Reencuentro

Posted in Matalobos on Abril 29th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas de alcohol puro a marineros de aspecto hosco, modales recios y poca vocación comunicativa. Ella sabía que, al estar prohibido beber en los buques, los marineros aderezaban el alcohol con esencia de vainilla y se destrozaban el hígado a base de una bebida infame, que superaba los noventa grados de concentración alcohólica. A pesar de eso, les despachaba los packs moviendo calladamente la cabeza en un gesto negativo y resignado.

María de las Angustias, para entonces, llevaba varios años gestionando diestramente una situación que limitaba seriamente con lo que ella consideraba pobreza. Había conseguido conservar el departamento heredado de Severino Garmendia, y la renta que cobraba por él le permitía pagar el alquiler de su pequeño departamento del once, y malvivir ella y Matilda con lo que sobraba, sumándole el consumo lento de sus cada vez más exiguos ahorros. El mal habido asunto de las esmeraldas la había desmoralizado. Sin embargo, con el remanente de dinero que aún había conservado, ella y Alberto intentaron reproducir de manera rudimentaria el negocio del señor Montes en propio beneficio. Este intento no solamente fracasó estrepitosamente, sino que acabó con los huesos de Alberto en la cárcel, acusado de estafa y condenado a unas vacaciones de cuatro años en el penal de Caseros.

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Capítulo Dieciséis: Metralla y amenazas

Posted in Matalobos on Abril 22nd, 2010 by Federico Firpo Bodner – 2 Comments

La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada su pobre vivienda. Habían pasado cuatro días desde la reunión con el hijo de puta de Montes, y Teresa estaba mucho más que preocupada. No le gustaba ese hombre, ni el negocio de las esmeraldas, y no le gustaba que María de las Angustias confiase tanto en él. No habían firmado nada, con la excusa de que el negocio era ilegal, y que se trataba de un “pacto entre caballeros”. Colocó en la cesta de las verduras el medio kilo de papas envueltas en papel de periódico, tal cual se las había dado el verdulero, intentando que la tierra que se desprendía de los tubérculos ennegrecidos no se derramase sobre el suelo de la cocina, aunque sin conseguirlo ni molestarse en limpiarlo. Ya barrería más tarde. Luego levantó la garrafa. Tres kilogramos de gas butano licuado, más el peso del envase. Seis kilos tranquilamente. Un dolor en la cintura provocado por el esfuerzo le hizo pensar que ya no era joven. Por un instante se arrepintió de haberse dejado convencer. Incluso pensó en telefonear a Angustias para decirle que quería salirse del negocio, pero luego cambió de parecer. Si salía bien, tampoco quería quedarse fuera de los futuros acuerdos.

Abrió la puerta metálica del hornillo de gas, para cambiar la garrafa. Estaba desvencijada, y siempre temía cortarse un dedo con las esquinas, donde un óxido ocre amenazaba desde el borde filoso y carcomido. Comenzó a tirar del tubo que unía la garrafa con el hornillo, sin percibir que la goma reseca se agrietaba en dos sitios diferentes bajo la presión de sus dedos rechonchos, ni el suave silbido que hacía el gas al continuar saliendo suavemente de la garrafa que quitó, que aún tenía medio litro en su interior. Dejó la garrafa en el suelo, mientras rompía el precinto de seguridad de la nueva y la colocaba en su lugar, ajustando el tapón de goma. Pensó que de todas formas debía hablar con Angustias, porque algo en toda aquélla operación continuaba haciéndole ruido. Llenó una olla pequeña de agua y la colocó sobre el hornillo, mientras hacía girar la llave de paso y abría la caja de fósforos.

Le gustaba el sonido áspero que hacía la cabeza roja del fósforo al encenderse, y absorta en sus pensamientos, no advirtió como el aire a su alrededor se encendía hasta que el estallido sordo de la nube de fuego al absorber el oxígeno la asustó, ni tampoco advirtió entonces que su pelo se incendiaba rápidamente, desde las puntas a la raíz. Se adelantó para cerrar la llave de paso, al mismo tiempo que las dos garrafas hacían explosión con un estruendo seco de metralla metálica. Tampoco advirtió los ciento catorce impactos de metal y trozos del hornillo que perforaron su vestido de flores y su carne rechoncha, justo antes de perder el conocimiento.

*                             *                             *

-      Supe lo de Teresa… – dijo Gilberto Montes después de encender un cigarrillo, haciendo una larga y teatral pausa, exhalando suavemente un delgado hilo de humo azul – Una muerte… oportuna, ¿cierto?

-      Por favor, señor Montes. Jamás me alegro por la muerte de nadie. Eso no está bien – replicó María de las Angustias.

-      No, claro. No está bien.

Gilberto Montes pensaba a toda velocidad, mientras su invitada echaba dos terrones de azúcar en su taza de té. No se imaginaba a María de las Angustias asesinando a la gorda. Tenía que haber sido un accidente. La mismísima viuda del hijo de puta de Severino Garmendia, y, por lo que sabía, era igual de hija de puta que él. Rodeó la mesa de reuniones para sentarse frente a ella.

-      Y bien, usted dirá, doña Angustias.

-      En primer lugar quiero recordarle que no deseaba la muerte de Teresa. Y menos una muerte tan fea como esa. Es algo que no merece nadie.

-      No es asunto mío – dijo él. – Ustedes eran socias. En lo que respecta a mí, no cambia nada.

-      Sí que cambia – se sorprendió Angustias. – Ya no es necesario continuar con la farsa de las esmeraldas. Creo que deberíamos renegociar todo y empezar, de una vez por todas, a colocar el dinero.

Gilberto Montes dibujó una sonrisa torcida y pálida, de labios finos, antes de bajar la vista para regodearse íntimamente en un chispazo áureo de su anillo de oro, mientras lentamente, con parsimonia, aplastaba el cigarrillo.

-      Me parece que no la entiendo, Angustias.

-      ¿No me entiende? Teresa ha muerto, ya no es necesario estafarla, así que entiendo que deberíamos renegociar su parte. Veinte mil para usted, en estas condiciones, me parece demasiado. Y debemos decidir qué hacemos con el resto del dinero. No hace falta continuar la farsa.

-      ¿Qué farsa? – dijo Gilberto Montes. – Mi cliente ya está en camino para comprar las esmeraldas, y la totalidad del dinero está con él.

*                             *                             *

Los días pasaban con la lentitud tensa que solamente la ansiedad extrema provoca. María de las Angustias no dejaba de pensar en la última entrevista con Gilberto Montes Agüero. El usurero sostenía que el negocio de las esmeraldas no era ninguna farsa, y que solamente al final, a la hora de repartir los beneficios, pensaba mentir a Teresa Guevara, diciéndole que la operación había fracasado. “Pensaba que estaba claro desde un principio”, había terminado diciendo. “Y ahora, si me disculpa…”. Angustias no sabía qué pensar al respecto.

Matilda entró en el salón, interrumpiendo sus cavilaciones. “El señorito Alberto está aquí, señora”. “Hazlo pasar”, respondió Angustias, sin levantarse del sillón, y sin siquiera girar la cabeza para mirar a la india. Su hijo entró en la habitación. Llevaba, como siempre, un traje de tres piezas oscuro, y la cadena de reloj uniendo los bolsillos del chaleco, envuelto en el humo espeso de un cigarro apestoso que generaba una ceniza densa y apelmazada.

-      Hola, mamá – dijo Alberto, al tiempo que besaba a su madre en ambas mejillas.

-      ¿Té? Está recién hecho, te esperaba.

-      No, gracias. Acabo de tomar café. No tengo mucho tiempo, mamá. ¿Qué pasa?

-      Está bien, iré directa al grano. ¿Sabes algo de mis negocios con el señor Montes?

-      No. Él siempre dice que mejor no mezclar la familia y los negocios, y creo que tiene razón. Por eso no me cuenta nada sobre este asunto.

-      ¿Sabes si en el pasado ha hecho operaciones de contrabando?

-      No que yo sepa. Normalmente sus negocios se limitan a colocar en préstamos el dinero que le dan sus clientes.

-      ¿Has hecho alguna entrega importante de efectivo últimamente? ¿Hará cosa de un mes?

-      Mamá, muevo sobres que no sé lo que contienen todos los días. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Qué te preocupa?

-      Temo que tu jefe esté pensando en estafarme, Albertito.

-      Me niego a creerlo. – había hecho una pausa, reflexionando – El Señor Montes gana dinero a costa de los demás, pero nunca lo vi estafar a nadie. No creo que sea capaz de algo así.

-      Yo sí, y créeme que tengo mis razones para pensarlo. Quiero que me hagas dos favores.

-      Si está en mi mano, veré que puedo hacer…

-      En primer lugar quiero que estés atento a sus movimientos. Supuestamente invirtió nuestro dinero para traer un cargamento de esmeraldas de contrabando. Presta atención por si escuchas algo. En segundo lugar, si hablas con él, intenta averiguar si sabe que estuve casada con Severino. Temo que lo sepa y quiera vengarse.

-      Mamá, ya te lo dije, el señor Montes es honrado. Duro, pero honrado.

-      Por favor haz lo que te pido.

-      Lo voy a intentar, pero no te prometo nada.

*                             *                             *

Príamo Abraham Luciano sudaba copiosamente. María de las Angustias pensó que, a pesar de todo, era un hombre extremadamente atractivo. Llevaba un sombrero de fieltro raído, de un color marrón de tonalidad indefinida, que aparentaba haber sufrido muchos soles y muchas lluvias como para continuar siendo considerado una prenda de vestir. Una cicatriz clara comenzaba a un centímetro y medio de su ceja izquierda, enmarcando su rostro hasta pasar a cuatro centímetros de la comisura de sus labios, mientras que otra, más oscura y fina cruzaba la mejilla derecha en forma transversal. La primera, de ancho variado y formas caprichosas, hacía pensar en una herida con desgarro. La segunda, uniforme y fina, parecía de navaja. Tenía manos nudosas y recias, de uñas grandes, cuadradas y planas: manos de hombre bruto y fuerte. Manos de las que le gustaban a María de las Angustias. Manos ásperas. Todo su atuendo, salvo el sombrero, era de diferentes tonos de negro, incluyendo unos gastados borceguíes de monte, descoloridos en las puntas y en los que se podía adivinar el cuero ajado y gastado. Su respiración serena y potente invadía el aire de la habitación de una fragancia viril y equívoca. Angustias tuvo la extraña sensación de que el hombre podría haber estado cubierto de raíces, barro y mariposas muertas sin desentonar un pelo. A pesar de su apariencia fuerte y segura, se lo veía preocupado, intranquilo. Eran más de las seis de la tarde, y las persianas bajas del despacho de la calle Tacuarí no conseguían impedir que el sol del atardecer filtrase sus últimos rayos tibios dentro de la habitación, impregnada del blanco humo de los puros, que hacía el aire denso, palpable, un invitado más.

Gilberto Montes acabó de servir tres vasos de whisky sin hielo, y rompió el silencio con maneras malhumoradas y un tono amargo y cascado.

-      ¿Y bien, don Príamo? Ya estamos todos los socios. – Rodeando la mesa estaban María de las Angustias, el propio Príamo a su derecha, Gilberto Montes Agüero y Alcíbar Espinosa, socio minoritario de Montes. – Tenga a bien relatarnos los hechos, por favor.

-      Está bien, pero les advierto que no va a gustarles lo que van a oír. – Príamo Luciano sorbió lentamente su whisky y comenzó a hablar, sin ceremonias, con la voz firme, grave y cavernosa. – Como todos ustedes saben, hace tres meses y medio partí en un hidroavión, al mando de un grupo de trece hombres y con medio millón de pesos en efectivo. En la ciudad de Medellín negociamos la compra e intercambio de una buena cantidad de esmeraldas de altísima calidad, que a mi buen entender valdrían más de un millón cien mil pesos una vez puestas aquí. El cargamento era demasiado grande e incómodo, y evidentemente no podíamos tomar el riesgo de volver en barco, ni por ninguna de las grandes rutas comerciales, como por otra parte es costumbre en este tipo de expediciones, así que las mismas personas a las que compramos las esmeraldas nos pertrecharon de armas, munición, caballos y provisiones y decidimos tomar una ruta típica del contrabando, que atraviesa parte de Perú, Brasil, Bolivia y Paraguay, para finalmente entrar a la argentina por la selva misionera, donde podríamos tomar otro tipo de transporte terrestre hasta Buenos Aires. Después de cincuenta y seis días de penurias por diferentes selvas y paisajes de lo más escarpados, llegamos a la frontera de Bolivia y Paraguay. Allí nos interceptó una banda de contrabandistas, más numerosos y mejor armados que nosotros. Once de mis hombres y ocho de los suyos murieron durante la primera refriega. Los tres restantes fuimos hechos prisioneros y conducidos ante el jefe del otro grupo, que resultó ser un ex marinero con quien compartí algunos viajes de contrabando por mar hace más de veinte años. Solamente este último hecho logró que salvara mi vida, no así las de mis otros dos hombres, que fueron ejecutados sin piedad en plena selva. Me devolvieron mi caballo, un fusil y una caja de munición, y me permitieron seguir viaje. El hecho es que sabían que llevábamos las esmeraldas, y nos esperaban desde hacía al menos veinte días.

El silencio descendió sobre los presentes, mientras las volutas de humo danzaban tibiamente, dibujando formas caprichosas, y los últimos rayos de sol se filtraban por las persianas. Fue Gilberto Montes quien rompió el silencio.

-      ¿Y qué vamos a hacer ahora, Príamo?

-      ¿A qué te referís?

-      Me refiero a que arriesgué ciento cincuenta mil pesos personalmente, y por intermedio mío, la dama aquí presente otros cien mil. De alguna manera hemos de recuperarlos, o al menos obtener una satisfacción de alguna clase.

-      El negocio no era así, Gilberto. Yo perdí doscientos cincuenta mil en efectivo, más los gastos del viaje, y otros quince mil en adelantos a mis hombres. No había garantías. No puedo hacer nada.

-      Comprenderás que no me guste la idea.

-      Lo único que puedo hacer para compensarlos, es ofrecerles entrada en otros negocios, con condiciones más ventajosas de lo normal. Digamos cinco puntos más, pero van a tener que volver a arriesgar dinero.

-      ¿Señora Matalobos? – preguntó Montes, después de medio minuto de silencio.

-      Ni hablar. – dijo la gaditana – No vuelvo a arriesgar el dinero que me queda en una locura de éstas ni borracha. De hecho, si hubiese sabido lo que estaba haciendo – lanzó una mirada de reproche a Gilberto Montes – ni siquiera lo hubiese arriesgado la primera vez.

Un silencio denso congeló la habitación, sumida ahora en penumbra, mientras miradas de inteligencia y secreto se cruzaban entre los hombres. Finalmente, después de más de dos minutos, fue el explorador el que habló.

-      La señora comprenderá, me imagino, – dijo Príamo Luciano, mirando profundamente a Montes y hablando con voz susurrante y amenazadora – que ha visto y oído muchas cosas, que sabe nuestros nombres, que conoce nuestras caras, y que no se puede apartar así nomás de esto, ¿verdad Gilberto?

Otro silencio dominó la situación repentinamente. Fuera ya estaba oscuro, y no se escuchaban más sonidos que los de algún que otro vehículo rodado transitando el anochecer. María de las Angustias, por primera vez desde el comienzo de toda aquélla locura, sintió verdadero miedo. Los ojos de Luciano eran puro fuego. No sentía dudas de estar frente a un hombre capaz de todo. Al mismo tiempo, se sintió subyugada y fuertemente atraída por el contrabandista. Como siempre que se había visto en situaciones difíciles, un torbellino interior y feroz respondió al llamado cuando apeló a su sangre y su temple. Serena, levantó su mirada violeta y profunda. Miró al aventurero directamente a los ojos, y sin que le temblase la voz ni el gesto, con tono calmo y pausado, pero firme, dijo:

-      En primer lugar, señor Luciano, a pesar de ser mujer, y por mucho que a usted no le guste, estoy aquí por mérito propio, y aunque no le parezca de hombres, cuando se dirija a mí tenga a bien hacerlo de manera directa, sobre todo si es para amenazarme. En segundo lugar, no creerá usted que yo pensaba que estaba haciendo negocios limpios. Puedo estar enfadada, incluso indignada, pero conozco las reglas del juego, señor, y le aseguro que no será de mis labios de donde salga una palabra sobre esto. Puede usted vivir tranquilo, con su conciencia, sus negocios y sus contrabandos, que está hablando con una mujer de palabra.

-      Está bien. – intervino Montes, después de unos instantes – Yo respondo por ella. No va a hablar con nadie. Creo que es de caballeros permitirle abandonar el negocio ahora. Aunque, por supuesto, – clavó sus ojos en los de la andaluza – queda usted debidamente advertida, señora Matalobos.

-      Será de caballeros permitirlo, pero no así su tono, señor Montes. Pero pierda usted cuidado. Me doy por advertida.

Sin más palabras, María de las Angustias se levantó con parsimonia, recogió su abrigo y su bolso del perchero, junto a la puerta, y murmurando “Buenas tardes” cruzó la puerta rumbo a la salida, sin mirar atrás.

*                             *                             *

-      Pasá, Albertito, pasá.

Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba nervioso. Habían pasado dos semanas desde la última visita de su madre al despacho de Montes, y desde entonces su jefe no le hablaba ni le hacía encargos. Se aburría, durante todo el día sentado en su escritorio, sin hacer nada, esperando. Luego de todos esos días tenía los nervios destrozados, la autoestima baja y ninguna seguridad en sí mismo.

-      Dígame, señor Montes.

-      Habrás visto que hay poco trabajo… ¿no es así?

-      Así es, señor Montes.

-      Lamentablemente pasamos por una mala racha. La empresa no se puede permitir ciertos lujos, Albertito. ¿Me seguís?

-      Sí, señor Montes.

-      Entonces comprenderás lo que quiero decirte, ¿verdad?

-      No, señor Montes.

-      Me veo obligado a despedirte, Albertito. El mes que viene ya no te podría pagar.

-      No haga eso, señor Montes. Puedo esperar. Puedo trabajar sin cobrar algunos meses, hasta que la cosa mejore.

-      No puedo hacer eso, Albertito. Si las cosas mejoran te llamo y te vuelvo a contratar. Mientras tanto, dale recuerdos de mi parte a tu madre.

Capítulo Quince: Doble traición

Posted in Matalobos on Abril 15th, 2010 by Federico Firpo Bodner – Be the first to comment

Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba las cifras en un papel, lo volvía a contar, hacía un montón para pagar a un asociado, deshacía el montón, lo volvía a hacer, lo hacía con billetes más pequeños o más grandes. Era una ceremonia íntima y casi erótica. Ni siquiera el tacto de terciopelo ajado y rosa de sus tristes putas habituales lograba hacerle sentir tanta sensualidad en los dedos como el dinero.

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Capítulo Catorce: Viejos negocios, nuevos negocios

Posted in Matalobos on Abril 8th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía que levantar ligeramente, para secarse con un pañuelo de algodón la cicatriz oscura y quemada que bordeaba la cuenca del ojo. El escribano Gaitán había redactado para ellas un acuerdo previo, que ambas habían firmado, y que establecía que Teresa Guevara retiraba su demanda a cambio de recibir los setenta mil pesos moneda nacional acordados al momento en que María de las Angustias pudiese disponer de la herencia. A principios de febrero, cuando terminaron los trámites de sucesión, Teresa Guevara y María de las Angustias se encontraron en cruce de la Avenida Corrientes y Esmeralda, donde estaba la casa central del Banco de Crédito Argentino. La gaditana ayudó a su casi prima política, que era poco dada a los laberintos del mundo financiero, a abrir una cuenta de ahorros para hacer efectiva la transferencia de los setenta mil pesos.

Acabado el trámite, se dirigieron juntas al despacho de Gaitán, en Diagonal Norte, caminando tomadas del brazo, al ritmo de los tacones bajos de Teresa y su andar paquidérmico y jadeante, adornado por una ligera cojera que le producía un enorme juanete en el pie izquierdo, para formalizar la culminación del acuerdo y fumar la pipa de la paz.

-      Pensaba que me ibas a traicionar, gallega, pero otra vez me dejaste sorprendida.

-      Siempre cumplo mi palabra, Teresa. ¿Qué vas a hacer con el dinero?

-      No sé. Supongo que tenerlo en el banco para ir viviendo.

-      Mal hecho.

-      ¿Por qué? ¿Qué tendría que hacer?

-      El dinero sirve para muchas cosas, – respondió la andaluza – pero la mejor de todas ellas es hacer más dinero. Si te lo gastas, volverás a ser pobre pronto. Si lo utilizas con inteligencia, nunca más pasarás necesidades.

-      No sé, no sé… Ya no me caés tan mal, pero no confío en vos.

La gaditana rió la confidencia. Por alguna razón, aquélla mujer desagradable, que tenía incluso un bigote incipiente sobre los labios agrietados, le resultaba simpática. Pensó que tenía el mismo corazón oscuro que Severino, aunque le faltaba su refinamiento francés, sus modales de hombre de mundo y su excelente conversación.

-      Como quieras – respondió – piénsatelo, y si quieres, podemos hacer algún negocio juntas.

-      ¿Qué clase de negocio?

-      No lo sé, habría que pensarlo. Inmobiliario, o caballos de carrera, o poner dinero donde trabaja mi hijo… Hay muchas opciones.

Llegaron a la escribanía Gaitán, donde el propio escribano las hizo pasar a un despacho con una enorme mesa oval de madera de cedro. “La bella y la bestia”, pensó para sus adentros el leguleyo al ver a las dos mujeres de pie sobre la moqueta deslucida.

-      Bienvenidas, señoras… Si están de acuerdo, efectuaré una lectura completa del documento antes de proceder a la firma.

-      No hace falta. – dijo Teresa Guevara – Todo está en orden, y esos documentos soy muy aburridos.

-      Como quieran. Básicamente el documento expone que se ha llegado a un acuerdo y que los términos del mismo se han cumplido en su totalidad. Si no desean más información pueden firmar. Hay que firmar por triplicado.

-      ¿Tengo que firmar tres veces? – preguntó Teresa Guevara. Gaitán sonrió, intentando contener la risa.

-      No. Es decir, sí. Son tres copias. Una firma en cada copia.

-      Ah.

Gaitán les alcanzó el fajo de papeles, y durante algunos minutos solamente se escuchó el rasgueo de las plumas con que las dos mujeres firmaban al unísono diferentes copias del mismo documento. El escribano recogió los papeles y las acompañó a la puerta.

-      A sus pies, señora Matalobos, como siempre – se despidió.

*                             *                             *

Las dos mujeres se detuvieron en el pórtico del edificio, como respetando un acuerdo tácito.

-      ¿Sabés? – empezó Teresa – Pensaba que después de hoy no iba a querer verte nunca más, pero sé perfectamente que no tengo ni idea de qué hacer con la guita, y aunque sigo sin confiar en vos, sos la única persona que conozco que puede darme una mano…

-      Yo tampoco confío en ti. – respondió Angustias, divertida – La desconfianza mutua de los socios es la primera base para poder hacer buenos negocios. – afirmó, tendiéndole la mano. La mujer se la estrechó con ganas, volviendo a sonreír, gesto aquél que dejaba aparecer por un instante a Severino.

-      Lo voy a pensar seriamente y te llamo. ¿Sin rencores?

-      Sin rencores – certificó la gaditana.

*                             *                             *

Gilberto Montes Agüero pensaba – y pensaba que hacía bien al pensarlo – que en los negocios la piedad, la amistad y la simpatía eran cosa de mariquitas, viejas putas y tarados mentales. Era un hombre delgado, de aspecto varonil, aunque su metro sesenta y ocho a pesar de llevar zapatos con más de tres centímetros de alza lo acomplejaba enormemente. Sin embargo, el complejo no le impedía vestir impecablemente su escasa altura con trajes negros a rayas blancas, de tres piezas, camisas blancas con gemelos de oro en los puños, y una variada colección de finas corbatas. Lucía un bigote fino y bajo, pegado a la línea de su labio superior y extrañamente distante de la nariz, rechoncha como un buñuelo, que desentonaba con su mirada profunda y sus ojos negros, rodeados siempre de una sombra oscura. Consideraba la elegancia como un elemento imprescindible para los negocios – los de dinero, los del bajo vientre y los del corazón –, y se negaba a hacerlos con quien no la demostrase. Por esa razón dudó tanto cuando su ayudante Alberto Ramírez Matalobos trajo a su madre y a una amiga que querían hacer negocios. Indiscutiblemente, la madre del rapaz era cosa fina. Un vestido gris oscuro, sobrio, sombrero a juego y zapatos de gamuza gris, un prendedor con una mariposa de oro, alas verdes y dos graciosas antenitas coronadas cada una por un pequeño ópalo. Elegancia natural. La caída del vestido hacía justicia a la línea curva de sus pantorrillas, y los guantes blancos, impecables, que solamente se quitó para permitirle besar el dorso de su mano, hacían un conjunto realmente encantador. Sin embargo, se hacía difícil imaginar qué clase de relación podía unir a una criatura tan maravillosa con el esperpento que la acompañaba. Teresa Guevara llevaba ese día un vestido color verde oliva, que en su cuerpo enorme y rechoncho más parecía una bolsa de basura que una manera correcta de presentarse en un despacho, si no decente, al menos pujante. Gilberto Montes no pudo dejar de observar las uñas rotas y percudidas por años de trabajo duro. Era obvio que no estaban sucias, sino que debido al continuo maltrato habían acabado por adquirir un halo repugnante y verdoso que no se quitaba con agua y jabón. El pelo le caía a ambos lados de la cara, y en lugar de formar una cortina, como debe ser un buen pelo femenino, eran como pequeños tentáculos de un animal viscoso. Se veía engrasado y sucio, y aunque probablemente fuese por el calor, no podía dejar de imaginar que hacía al menos cuatro o cinco días que no veía ni peine ni lavado. Para completar el cuadro, el parche de pirata sobre el ojo izquierdo y las venas rojas y violetas a los costados de la nariz le producían una completa repulsión. Ni siquiera fue capaz de sonreír cuando Alberto los presentó, ni cuando él las invitó a sentarse. En cambio, María de las Angustias irradiaba confianza y elegancia. Era una Señora, con mayúsculas.

Una vez que ambas mujeres se sentaron, una al lado de la otra, a la amplia mesa que llenaba por completo la sala de reuniones de su despacho, y que Alberto, a su pesar, hubiese salido en silencio, obedeciendo un gesto casi imperceptible de su jefe, Gilberto Montes caminó despacio hasta la otra punta de la habitación, para abrir las ventanas, y se detuvo un minuto a encender un cigarrillo con un Zippo de oro. Le gustaba el olor de la bencina y el sabor dulce que conseguía rastrear durante las dos primeras caladas, inmediatamente después de disfrutar por enésima vez el seco chasquido metálico al cerrar el ingenio. Intentaba decidir si podía hacer negocios con aquéllas dos mujeres. Todo su instinto de usurero experimentado le decía que sacara a patadas de su despacho a la gorda ridícula cuya respiración pesada bastaba para llenar la estancia de una fragancia de flores muertas, pero al mismo tiempo la elegancia y belleza de la madre de su discípulo lo habían cautivado al primer instante. Finalmente, decidió que la sola presencia de la gaditana hacía que valiese la pena, al menos, escuchar lo que las dos mujeres venían a proponerle. Giró sobre sus pasos y rodeó la mesa, para sentarse enfrentado a las dos mujeres, acomodando un cenicero de madera de Algarrobo con algo más de cuidado del necesario, gesto aquél que permitiría a las damas apreciar los tres anillos de oro que llevaba en la mano derecha, especialmente el del dedo anular, macizo y grande, con las letras G y M enormes en relieve.

-      Señoras, soy todo suyo. Ustedes dirán. – hizo un gesto circular con la mano, invitando a conversar. – ¿Un café, antes de empezar?

-      Por mí no – dijo Teresa Guevara.

-      Para mí tampoco, gracias. Verá usted, don Gilberto… No sé muy bien cómo abordar el tema por el que hemos venido a verlo.

-      Haga un intento, señora Matalobos, que para eso estamos – respondió el hombre, ensayando una sonrisa torcida que, suponía, despertaba simpatía entre las mujeres.

-      Es que no quisiera… Verá usted, mi hijo y yo estamos muy unidos, y él, por supuesto, confía a su madre la naturaleza de las actividades de su despacho, pero claro está, guardando siempre la confidencialidad imprescindible sobre sus clientes…

-      Sin problemas. – interrumpió Montes – A buen entendedor, pocas palabras.

-      Queremos invertir en préstamos a interés elevado. Sabemos que supera las tasas del mercado y que es un buen negocio, y como tenemos unos ahorrillos, pues hemos pensado que no sería mala idea.

-      Entiendo… ¿Sabe usted que es este un negocio duro? Quiero decir… No siempre uno presta y le pagan puntualmente. A veces hay que actuar… digamos al límite de la legislación vigente, para proteger el capital que gestiona este despacho. A veces hay que tomar decisiones duras. Por otra parte, mis socios y yo no aceptamos inversores por menos de sesenta mil pesos…

-      No se preocupe, señor Montes. Somos mujeres, pero sabemos de qué va el asunto.

-      En ese caso, les explicaré como funciona. Hay dos maneras de trabajar. La primera consiste en que ustedes ponen el dinero, el despacho lleva los negocios sin necesidad de informar y ustedes obtienen una renta mensual del uno y medio por ciento, pase lo que pase. Si las personas a las que prestamos no pagan, no es su problema, ustedes cobran igual. La segunda es más arriesgada, pero se gana más. Nosotros elegimos una operación, se las presentamos a ustedes, y si les parece bien se firma un contrato entre las partes, donde mi despacho solamente actúa como intermediario, cobrando una comisión al beneficiario del préstamo. El préstamo paga un seis por ciento mensual, uno y medio para el despacho y cuatro y medio para ustedes. Si el cliente no paga es problema de ustedes, aunque nosotros podemos ayudar en términos que tendríamos que discutir en cada caso. Es más arriesgado, pero se gana mucho más. Para los dos casos se firma primero un contrato entre el despacho y ustedes, que establece las normas básicas para operar.

-      ¿Y hay personas dispuestas a pagar tanto por un préstamo?

-      En general son préstamos a corto plazo. Se trata de gente desesperada que no puede recurrir a los bancos. Y sí, lo pagan, créame… Y si no pagaran…

-      No quiero saberlo. Al menos de momento.

Teresa Guevara no confiaba en ese tipo. Habían hablado de invertir cincuenta mil pesos cada una, pero lo estaba dudando. No le gustaba su aire de matón de clase alta, ni su bigote pulcro, ni su mandíbula perfectamente rasurada, en la que se adivinaba piel áspera y crueldad controlada y dosificada de acuerdo a la necesidad.

-      Angustias, creo que deberíamos…

-      No te preocupes – interrumpió la gaditana. – Está todo bajo control. Gilberto, ¿sería usted tan amable de dejarnos a solas un momento? Cinco minutos, nada más.

-      Faltaba más. Estaré aquí fuera para lo que necesite.

-      ¿Qué te pasa ahora? – Angustias se volvió hacia Teresa Guevara, ofuscada.

-      Que no me gusta este tipo. Mejor nos buscamos alguien más confiable.

-      ¿Y qué creías que iba a ser? Los tipos que hacen estos negocios no son agradables, y mucho menos confiables. No te preocupes, confía en mí, sé lo que hago.

-      No estoy segura…

-      Verás cuando empieces a cobrar como estarás segura. – dicho esto, se levantó y abriendo la puerta llamó a Gilberto Montes. Cuando hubo entrado y recuperado su sitio en la mesa, utilizó un tono expeditivo y duro para hablarle, el mismo con el que había acordado la división de la herencia con Teresa Guevara – Señor Montes, esta es nuestra propuesta. Pondremos cien mil pesos. Sesenta mil en modalidad del cuatro y medio por ciento y cuarenta mil en la del uno y medio. Para los sesenta mil queremos el cuatro setenta y cinco en lugar del cuatro y medio, y durante los primeros seis meses queremos que los intereses se incorporen al capital, y por lo tanto que los intereses del mes siguiente se computen sobre el nuevo capital. Queremos tener una opción cada tres meses de retirar los cuarenta mil más sus intereses generados, y la opción de cancelar el acuerdo sobre los sesenta mil a medida que se vayan devolviendo. El capital e intereses que se cobren mensualmente de los sesenta mil se incorporarán a la otra modalidad automáticamente, hasta que finalice el ciclo del préstamo, momento en el que decidiremos si volvemos a prestar o retiramos el dinero. ¿Qué le parece?

Gilberto Montes Agüero entornó los ojos, mientras encendía otro cigarrillo. No esperaba esa precisión por parte de la gaditana, y estaba sorprendido. Pensó que no sería fácil tratar con aquéllas mujeres, pero al mismo tiempo le fascinaba el carácter de la andaluza.

-      Tenemos un acuerdo – dijo -. Voy a pedir que me preparen los contratos.