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	<title>Matalobos &#187; Matalobos</title>
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	<description>una Novela de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Matalobos: Un nuevo recorrido</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Dec 2010 20:11:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy finaliza una etapa y comienza una nueva. La que finaliza tiene que ver con cómo se vive una novela mientras se la escribe. Escribir Matalobos, publicarla por entregas en la web, presentarla a un concurso y perderlo, fue un viaje apasionante y gratificante. Disfruté enormemente con la escritura, con las correcciones sucesivas, con los comentarios [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/matalobos/14000883"><img class="alignright size-medium wp-image-535" title="Matalobos" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/Tapa-sola-214x300.jpg" alt="Matalobos" width="214" height="300" /></a>Hoy finaliza una etapa y comienza una nueva. La que finaliza tiene que ver con cómo se vive una novela mientras se la escribe. Escribir Matalobos, publicarla por entregas en la web, presentarla a un concurso y perderlo, fue un viaje apasionante y gratificante. Disfruté enormemente con la escritura, con las correcciones sucesivas, con los comentarios en el blog de quienes la siguieron. Seguí con ansiedad cada visita, cada lectura de cada capítulo que hacía un internauta desde Buenos Aires o Sri Lanka. Conté las visitas con los dedos de la mano, y tuve que pedir prestadas muchas manos porque, afortunadamente, el seguimiento fue altísimo.</p>
<p>Pero como todo en esta vida, esa etapa necesitaba un cierre, y para mí, el mejor cierre posible era la publicación deMatalobos en formato libro. Por supuesto es una autopublicación, lo que significa que no hay editorial de por medio, pero no por eso me siento menos orgulloso de ella.</p>
<p>El camino que se abre es ese en el que lo que hemos escrito ya no nos pertenece: Matalobos pertenece a quienes la leyeron y a quienes la van a leer, y esa propiedad es indiscutible. Por esa razón, <a href="http://www.matalobos.net">la novela permanecerá disponible, de forma gratuita, para su lectura en el blog</a>. Ahora bien, también es importante y gratificante, para quienes escribimos, recibir una compensación económica, por pequeña que sea. No es por el dinero, sino porque esa compensación certifica que a alguien le ha gustado lo suficiente como para pagar por ella. Los invito a comprar Matalobos como un acto de soporte a los escritores independientes en general, y a mí en particular.</p>
<p>Independientemente del volumen de ventas que tenga, aprovecho la ocasión para agradecer, una vez más, a todos los lectores de <a href="http://aprendizdebrujo.net" target="_blank">Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</a>, y para renovar mi compromiso con cada uno de ustedes. Mientras tenga fuerza seguiré escribiendo, y seguiré luchando porque la escritura pueda transformarse, alguna vez, en un medio de vida digno para mí, que me permita dedicarme pura y exclusivamente a repartir mis palabras entre quienes quieran leerlas.</p>
<p>Quienes quieran comprar Matalobos, solamente tienen que pinchar <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_self">aquí</a> y seguir las instrucciones en pantalla.</p>
<p>Muchas gracias a todos, una vez más.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, 2 de diciembre de 2010</em></p>
<p><img class="alignright" title="pilux" src="http://aprendizdebrujo.net/wp-content/uploads/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></p>
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		<title>Lo prometido es deuda</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Jun 2010 15:05:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>

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		<description><![CDATA[Al comenzar esta aventura de la publicación de Matalobos, asumí públicamente el compromiso de ofrecer al final una versión completa en formato PDF, para que quienes quieran, puedan bajarla e imprimirla entera, leerla en papel o guardarla en una biblioteca. Pues bien, ese momento ha llegado, pero antes de publicarla, quisiera pedirles a todos los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/lobo_luna.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-524" title="lobo_luna" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/lobo_luna-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" /></a>Al comenzar esta aventura de la publicación de <em>Matalobos</em>, asumí públicamente el compromiso de ofrecer al final una versión completa en formato PDF, para que quienes quieran, puedan bajarla e imprimirla entera, leerla en papel o guardarla en una biblioteca.</p>
<p>Pues bien, ese momento ha llegado, pero antes de publicarla, quisiera pedirles a todos los que me siguieron que me soporten solamente un poco más, y que lean estas pocas palabras a modo de resumen.</p>
<h3>Algunos números</h3>
<p>Para los amantes de la estadística, y teniendo en cuenta lo difícil que es en el mundo web hacer números realistas, puedo aventurar algunos guarismos sobre las veintidós semanas que duró la publicación.</p>
<ul>
<li>El seguimiento medio de la novela fue de entre 350 y 450 personas</li>
<li>Cada capítulo fue visto en pantalla una media de 550 veces</li>
<li>45 personas se suscribieron para recibir los capítulos por email</li>
<li>Más de 200 comentarios fueron escritos en la web</li>
<li>Recibí otros tantos por email</li>
<li>Y finalmente, durante la publicación, <a href="http://www.matalobos.net">http://www.matalobos.net</a> totalizó la impresionante cifra de 17.500 páginas vistas</li>
</ul>
<h3>Final feliz</h3>
<p>La experiencia entera fue increíble. Ni siquiera en las más optimistas fantasías previas pensé que iba a ser tan gratificante. Los lectores no solamente la han seguido con puntualidad, sino que han sido generosos en sus opiniones, leales en sus críticas y entusiastas a la hora de darle publicidad a la iniciativa.</p>
<p>Personalmente, solo puedo estar agradecido ante la respuesta tan maravillosa que me han dado. Como además de ser de letras, soy hombre de palabra, pongo a disposición de todos la novela completa para descargar. Pero esto sigue. Seguiré escribiendo en <em><a href="http://aprendizdebrujo.net" target="_blank">Reflexiones de un Aprendiz de Brujo</a></em>, y seguiré intentando producir material literario para compartir con todos ustedes.</p>
<p>Me despido por ahora, eternamente agradecido y muy satisfecho. Gracias a todos, de verdad.</p>
<p><em>Matalobos </em>estuvo disponible para descarga gratuita desde el 8 de junio de 2010 hasta el 9 de Septiembre, totalizando más de 200 descargas.</p>
<p>Si quieres tu copia en papel de <em>Matalobos</em>, lo puedes comprar <a href="http://aprendizdebrujo.net/mis-libros/comprar-matalobos/" target="_blank">aquí.</a></p>
<p>Muchas gracias a todos!</p>
<p style="text-align: right;"><em>Federico Firpo Bodner</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Barcelona, junio de 2010.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2009/12/pilux.gif"><img class="alignright size-full wp-image-5" title="pilux" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2009/12/pilux.gif" alt="" width="132" height="37" /></a><br />
</em></p>
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		<title>Capitulo Veintidós: Vuelta a casa</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/06/capitulo-veintidos-vuelta-a-casa/</link>
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		<pubDate>Thu, 03 Jun 2010 18:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Cavalieri]]></category>

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		<description><![CDATA[El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-512" title="Castillo de San Sebastian" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/Castillo-de-San-Sebastian-01-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" />El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente de las olas en la base del Castillo de San Sebastián, que dominaba la salida al mundo, escoltado por un faro impasible, testigo y guía silencioso de tantas partidas y tantos regresos.</p>
<p>Ricardo se acomodó las solapas de la chaqueta, en un intento de rescatar a su cuello de las ráfagas de viento frío que patrullaban silenciosamente la bahía, con un susurro secreto y apagado, inaudible pero palpable. Se acercaban las cinco de la tarde, y el sol comenzaba a bajar. No se veía un alma. Era como si las personas se hubiesen puesto de acuerdo para dejarles intimidad. El tiempo parecía detenido, expectante, caprichoso.</p>
<p>María del Rocío se sonó ruidosamente la nariz enrojecida. Era la primera vez que pisaba Cádiz desde que partiese rumbo al Río de la Plata, a la edad de tres años, allá por 1919. Se sentía tocada por una emoción profunda, un sentimiento esquivo y dulce a la vez. Sentía nostalgia de lo que no había vivido. Sentía nostalgia de su madre muerta, de tantos años de incomunicación, de sus cuatro hijos vivos, de su propia carne, de su adolescencia de niña regordeta y el hambre inconfesable de sus tripas, de su miedo secreto, de su pasión reprimida, de su único hombre de dormitorio. Sentía dolor por lo que no había sido, y culpa por haber culpado a su madre de ese dolor. A su lado, Renata, su hija mayor, y Luna, la menor, la acompañaban en silencio. Luna la tomaba del brazo, mientras chupaba un cigarrillo a sotavento, sintiendo como la mezcla de aire helado y humo le hería lentamente los pulmones. Renata buscaba a Ricardo con la mirada, intentando recuperar de entre los sollozos de su madre el guión no escrito para un acto que tenía más de grotesco que de ceremonia.</p>
<p>María del Rocío, con la vista perdida en la rabia del mar, dijo para nadie:</p>
<p>-       Era católica. No tendríamos que haberla quemado.</p>
<p>-       Ya lo hablamos, mamá – respondió Ricardo. – No había otra forma. No podíamos traer el cuerpo, y ella quería descansar en Cádiz.</p>
<p>-       No teníamos que haberla quemado. Es más importante la voluntad de Dios que la de las personas.</p>
<p>-       Mamá, Dios, si es que existe, sabrá disculpar. Yo creo que es más importante la voluntad de la abuela.</p>
<p>-       No sé…</p>
<p>El sonido del llanto contenido de María del Rocío volvió a competir con el susurro suave del viento y con la llamada estrepitosa de las olas.</p>
<p>-       Tengo frío – dijo Renata, cortante.- Hacelo ya, Ricardo, y vámonos.</p>
<p>-       Esperá un poco – respondió Luna. – No seas irrespetuosa.</p>
<p>Renata bajó los ojos, ofuscada, mientras intentaba protegerse del viento con un abrigo a todas luces insuficiente. Luna pisó su cigarrillo, y los cuatro se quedaron inmóviles, dejando que el viento los despeinase, mientras el atardecer avanzaba sin pausa, lento, anaranjado. El castillo era un perfil gris oscuro, ciego, secreto. Ninguno sabía bien qué hacer. Tirar las cenizas de un muerto al mar debía ser algo, sino solemne, al menos recatado, y el viento amenazaba con transformarlo en un caos esperpéntico e incontrolable.</p>
<p>Ricardo quitó la tapa de la caja de madera que contenía todo lo que quedaba de su abuela. Las cenizas tampoco eran como había esperado. No eran como los restos de un fuego, ni como las del tabaco. Parecían cáscaras de huevo de avestruz quemadas. Eran escamas calcáreas y grandes, que despedían un olor acre que más que a la muerte recordaba a la lejía.</p>
<p>-       No sé cómo hacerlo. ¿Las tiro por este lado?</p>
<p>Estaban sobre el camino fortificado que une el islote de San Sebastián con la península, y por lo tanto podían arrojar las cenizas a cualquiera de ambos lados.</p>
<p>-       Mejor por el otro lado, con el viento a favor, ¿no? – sugirió Luna.</p>
<p>-       Sí, mejor.</p>
<p>Los cuatro giraron en redondo y se acercaron al otro borde. Desde allí, a su izquierda, el sol de poniente besaba la superficie del mar, asomándose lentamente a la noche, mientras alargaba las sombras proyectadas hacia la derecha, hasta el fin del mundo.</p>
<p>-       ¿Querés tirarlas vos, mamá?</p>
<p>-       No. Hacelo vos. Te lo pidió a vos. Te quería más que a mí.</p>
<p>-       No digas eso, mamá.</p>
<p>-       Es verdad.</p>
<p>-       No seas tonta. Te quería mucho.</p>
<p>-       Ya lo sé…</p>
<p>Ricardo se sentía incómodo. Dejó correr un par de minutos más, para que los ecos de las últimas palabras se perdiesen en la arena de la playa, y se asomó sobre el borde de piedra.</p>
<p>-       Va – dijo.</p>
<p>Inclinó suavemente la caja hacia afuera, dejando resbalar con cuidado las cenizas. En ese instante, el sol detuvo por un momento su caída, y el viento cesó sin aviso, de golpe, mientras el mar callaba su susurro permanente. Las cenizas quedaron suspendidas en el aire, formando una nube gris, pesada, corpórea y palpable, que descendió de manera uniforme, hasta sumergirse lentamente en el agua en medio de un silencio sobrenatural. Cuando la última escama de hueso calcinado hubo desaparecido bajo la superficie del agua, la Bahía de Cádiz se desperezó de su sueño involuntario. El atardecer reanudó su actividad, mientras el mar volvía a mecerse con fuerza y el viento recuperaba su soplido invernal y helado.</p>
<p>Renata miró hacia la Bahía.</p>
<p>Luna buscó los ojos de su madre.</p>
<p>María del Rocío volvió a sonarse la nariz.</p>
<p>Ricardo perdió su vista más alla del castillo.</p>
<p>El sol se hundió en el agua.</p>
<p>María de las Angustias Matalobos, por fin, había vuelto a casa.</p>
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		<title>Capítulo Veintiuno: Atardecer</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 18:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Cavalieri]]></category>

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		<description><![CDATA[María de las Angustias Matalobos esperaba pacientemente en el vestíbulo de la residencia, sentada en un banco de madera barnizada, mientras contemplaba distraídamente el suelo ajedrezado en diagonal, entre dos las blancas estatuas de ángeles que dormían su pesado sueño de mármol blanco cada pocos metros. Rumiaba silenciosamente un trozo de pan, empapando cuidadosamente de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-492" title="precioso_atardecer" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/precioso_atardecer2-300x187.jpg" alt="" width="300" height="187" />María de las Angustias Matalobos esperaba pacientemente en el vestíbulo de la residencia, sentada en un banco de madera barnizada, mientras contemplaba distraídamente el suelo ajedrezado en diagonal, entre dos las blancas estatuas de ángeles que dormían su pesado sueño de mármol blanco cada pocos metros. Rumiaba silenciosamente un trozo de pan, empapando cuidadosamente de saliva cada bocado, para no pincharse las encías en las zonas en que las tenía desdentadas. Su mirada violeta, ya oscura y acuosa, ahogada bajo espesas cataratas, recorría los contraluces de primera hora de la tarde en el vestíbulo fresco y amplio.</p>
<p>Esperaba a Ricardo. Como cada navidad en los últimos años, Ricardo la llevaría a pasar la fiesta a su casa, con su esposa Melissa y sus cuatro niños.</p>
<p>Esperaba a Dios, también. Se encontraba cansada. Se acercaba el fin del año 1992, y había cumplido ya los noventa y seis. Esperaba encontrar pronto la paz definitiva de Dios, una absolución completa, una calma eterna que la redimiese de una vida difícil, egoísta, pero también placentera y dulce, y que sin lugar a dudas, comenzaba a resultar excesivamente larga. Lo esperaba en silencio y con un rencor oscuro y una rabia secreta, alimentada pacientemente con las palabras de las monjas y su propia obstinación. Después de veinte años en la residencia, después de más de siete mil días y siete mil noches de repetir cinco veces diarias una letanía interminable de palabras vacías, rimadas, rezadas una y otra vez para un Dios sordo y distraído, comenzaba a resquebrajarse su fe. Comenzaba a sentir que estaba sola frente a su conciencia, que de nada había servido tanto amor, tanto dinero y tanta entrega a cambio de la redención de sus pecados. Los pecados continuaban vivos en su pecho, su dolor intacto, y la confesión final y total estaba sin decidir en su interior. Comenzaba a intuir que, cuando llegase la hora, se enfrentaría sola a las rayas blancas y negras de su tigre particular, que el silencio indestructible de su culpa moriría con ella, sosteniendo el pecado mortal mas allá de la tumba, arrastrándola a un purgatorio con el que, habida cuenta de los últimos veinte años de su vida sometida a la ley de Dios, consideraba haber cumplido convenientemente y por adelantado. Veinte años levantándose a la hora que decía Dios, veinte años comiendo a la hora que decidía Dios, veinte años durmiendo, cagando y duchándose cuando a Dios le venía bien, veinte años rezando sin parar, veinte años y el dolor como al principio, como antes de empezar.</p>
<p>La puerta se abrió, crujiendo sobre las bisagras de bronce, y aunque no fue capaz de distinguirlo claramente entre los contraluces, María de las Angustias Matalobos supo que la sombra oscura que se acercaba escondía en sus matices el rostro sonriente de Ricardo Cavalieri.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Los restos de la cena de nochebuena transpiraban sobre la mesa un sudor grasiento y pegajoso. Esparcidos por el suelo, restos de papeles de colores rasgados con urgencia delataban que los niños habían recibido regalos. La puerta corredera del balcón, abierta, implorando una brisa que, por pequeña que fuese, aliviase el sopor de los comensales, dejaba entrar, en cambio, un sonido apagado de pólvora y un tufo espeso, de azufre quemado, que se colaba sin invitación. Hacía un rato que los niños habían sido enviados a la cama, y alrededor de la mesa del comedor, Ricardo Cavalieri fumaba tranquilamente un cigarrillo rubio, mientras Melissa, perezosamente, descansaba un rato entre viaje y viaje a la cocina. Ya limpiaría al día siguiente.</p>
<p>María de las Angustias, entretanto, intentaba ahuyentar la pesadez de su cuello ayudándose de un abanico negro, y resoplaba constantemente, ahogada por su propia sensación de agobio. Ricardo la estudió durante unos instantes. Sabía que la anciana sufría privaciones en el hogar de monjas. Como cada vez que la iba a buscar al hogar, la Madre Superiora le había dado un sinfín de instrucciones y consejos de salud: <em>“Nada de alcohol, y por favor que no coma demasiado. Cuidado con los lácteos, que le gustan mucho, y los dulces, prohibidos”</em> – había dicho la monja. No se le permitía comer, ni fumar, ni trasnochar; tres cosas que, dado el espíritu de la gaditana, se le hacían muy cuesta arriba. <em>“Tiene noventa y seis años”</em>, pensó Ricardo. <em>“No tiene sentido andar privándola de algunos placeres”</em>.</p>
<p>-       ¿Quiere un <em>whyskycito</em>, abuela? – la anciana levantó la vista, y sus ojos parecieron encenderse con el resplandor de antaño.</p>
<p>-       ¡Uy! ¡Lo tengo prohibido, Ricardito, ni hablar! Bueno, supongo que no pasará nada si me bebo un dedito&#8230; Pero un dedito solo, ¿eh, Ricardito?</p>
<p>-       No se preocupe, Abuela, un dedito.</p>
<p>Ricardo, intentando esquivar la mirada cargada de censura de Melissa, llenó dos vasos de boca ancha, cargados de hielo, con una abundante ración de <em>El elegido de los criadores</em>, que, muy a su pesar, era el mejor que podía permitirse. Le tendió a la anciana el vaso transpirado.</p>
<p>-       ¡Ricardito! ¡Es mucho! – objetó María de las Angustias, llevándose el vaso a los labios, y bebiendo con evidente placer, sin poder esconder una sonrisa de dientes castigados, limados por el paso del tiempo.</p>
<p>-       ¿Un cigarrito? – le ofreció un paquete de <em>Jockey Suaves</em>. – Son suaves, Abuela.</p>
<p>-       No, no, esto sí que no puedo&#8230; Bueno, uno solo. ¡Ay si se entera la Madre Superiora!</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Ricardo vació la botella al llenar su vaso y el de la anciana andaluza por cuarta vez, ante el reproche silencioso y sostenido de Melissa. Ayudó a su abuela a encender el tercer cigarrillo de la noche, entre humo y risas sinceras.</p>
<p>-       Abuela, hoy que está de buen humor y un poco borrachina, me podría contar de una vez qué pasó con su primer marido.</p>
<p>-       ¡Ay, Ricardito! Hace tantos años de eso&#8230; Casi ni lo recuerdo. ¿Qué quieres saber?</p>
<p>-       Quiero saber la verdad. En la familia se cuentan cosas&#8230;</p>
<p>-       ¿Qué cosas?</p>
<p>-       Cosas. Dicen que no fue un accidente.</p>
<p>-       ¿Eso dicen? Es raro&#8230; jamás escuché nada semejante.</p>
<p>-       Vamos, Abuela. – Ricardo sonreía. Sabía que no tendría muchas más oportunidades de sonsacarle la verdad. – Confíe en mí. ¿No soy su nieto preferido?</p>
<p>La anciana guardó silencio unos instantes, mientras chupaba su cigarrillo con placer, y se deleitaba contemplando las formas caprichosas del humo que flotaba en el aire estanco de la noche.</p>
<p>-       Claro que eres mi nieto preferido. Cuando tú naciste, en el mismo hospital, reencontré al hombre de mi vida.</p>
<p>-       ¿Fue su tercer marido?</p>
<p>-       Fue el quinto. El que más quise.</p>
<p>-       Pero abuela, cuénteme del primero. ¿Qué le pasó al militar?</p>
<p>-       Justo era un hombre bueno, pero muy celoso, Ricardito. Y fue el segundo. No te olvides del padre de tu madre.</p>
<p>-       ¿Pero es verdad que no murió por accidente?</p>
<p>El silencio se instaló entre ambos como una cortina pesada y opaca. María de las Angustias apuró su whisky, aplastó la colilla húmeda de saliva, lentamente, y cuando habló, lo hizo con la voz quebrada y los ojos inundados de lágrimas.</p>
<p>-       Ricardito&#8230; ¿De verdad piensas que tu abuela puede ser una asesina?</p>
<p>-       No, no, para nada – Ricardo veía como la verdad se le escurría entre los dedos. No quería perder el tono festivo de la conversación. – Es solamente curiosidad, abuela.</p>
<p>-       Justo murió como mueren los militares. Jugando con sus escopetas. Y a pesar de lo que digan, yo no lo maté. No lo maté pero aún así pequé de alegrarme de su muerte.</p>
<p>-       ¿Por qué se alegró?</p>
<p>-       Porque no lo quería. Yo quería a otro hombre. No vayas a pensar que tuve un amante, no, no. Jamás en la vida fui infiel, Dios me libre y me guarde&#8230; &#8211; la anciana sacudió la cabeza de izquierda a derecha, sostieniendo la mirada de su nieto con un gesto auténtico y sincero &#8211; Pero estaba enamorada en secreto de un Sargento de la compañía de Justo. Él lo adivinó, y ese hombre murió por su culpa. Por mi culpa, en realidad. Murió dejando una esposa y una niña pequeña. Me iré a la tumba con esa culpa…</p>
<p>Ricardo guardó silencio, respetuoso, mientras la anciana se sonaba sonoramente en un pañuelo bordado.</p>
<p>-       Después de eso, no supe perdonarlo, Ricardito. No supe poner la otra mejilla. La tarde en que el Capitán Ayala murió, no me preguntes cómo, supe que iba a morir. Lo supe unos minutos antes, y no hice nada para evitarlo. Lo dejé morir, y por eso soy tan culpable ante los ojos de Dios como si lo hubiese matado con mis propias manos.</p>
<p>-       No diga eso, abuela&#8230; No fue su culpa.</p>
<p>-       No lo sé, Ricardito. No lo sé.</p>
<p>Nuevamente, la anciana comenzó a restañarse las lágrimas con el pañuelo que, entre llanto y llanto, ocultaba en su manga. Ricardo se sentía incómodo, la situación se le había ido de las manos.</p>
<p>-       Dime una cosa, Ricardito&#8230;</p>
<p>-       ¿Qué, abuela?</p>
<p>-       ¿Perdonarías a una vieja que ha dejado morir a un hombre, solamente por vanidad? ¿A alguien que ha sido tan egoísta como para pensar siempre primero en sí misma? ¿La perdonarías, Ricardito?</p>
<p>-       Pero abuela, yo no creo que usted haya sido así. Claro que la perdonaría.</p>
<p>-       Gracias, Ricardito&#8230; – la anciana le acarició la mejilla con su mano izquierda, suave, lentamente. – Necesitaba oír eso para morirme en paz.</p>
<p>-       No exagere, abuela, que usted nos va a enterrar a todos.</p>
<p>-       Ya enterré a un hijo. Dios no quiera hacerme pasar de nuevo por eso, querido. Dios no quiera&#8230;</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Ricardo volvió al salón y apagó las luces. María de las Angustias se había ido a la cama después de vomitar, negándose a recibir ayuda de su nieto. Finalmente, había permitido que él la asistiese al acostarse, una vez puesto el camisón y peinada para dormir, completamente recuperada la compostura. <em>“No hagas caso de mis tonterías de vieja, Ricardito”</em>, le había dicho. <em>“No se preocupe, abuela. Que duerma bien.”</em> Le había acariciado la frente, con suavidad, y la había notado perlada de sudor frío. Estaba preocupado, aunque sabía que la andaluza era fuerte y, para su edad, sana. Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Eran más de las tres de la madrugada y, cada tanto, un petardo esporádico quebraba el silencio nocturno. Contempló la dársena de entrada al puerto, y las luces amarillas difusas que se reflejaban en la superficie quieta de un río de aguas marrones, maltratado por la avaricia de los hombres, y por más de doscientos años de uso portuario. Intentó imaginar a su abuela, joven y bella, según contaba su madre, llegando a ese mismo puerto, más de setenta años atrás. Indudablemente, tenía que haber sido difícil.</p>
<p>Lanzó la colilla sobre la baranda del balcón, y mientras exhalaba el humo, decidió que, definitivamente, todo el conjunto de historias familiares acerca de su abuela debía ser una completa barbaridad. Era una mujer de carácter, pero no creía que fuese capaz de matar a un hombre. Ni de eso ni de la mitad de las barbaridades que narraban tantas historias que ya formaban parte del imaginario familiar. Seguramente la fantasía y el boca a boca, sin piedad, habían agigantado los hechos, pervertido las verdades y exagerado las mentiras. Sacudió la cabeza, antes de dirigirse a la cama, pensando en su abuela. Ojalá al día siguiente no recordase nada de lo que había dicho, pobre vieja.</p>
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		<title>Capítulo Veinte: Un día Peronista</title>
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		<pubDate>Thu, 20 May 2010 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>

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		<description><![CDATA[El diecisiete de octubre de 1945, Buenos Aires amaneció con un cielo plomizo, teñido de furia. Fue un día clave en la historia contemporánea de la República Argentina. También lo fue, de manera trágica e inesperada, en la vida de María de las Angustias Matalobos. El gobierno militar del presidente Edelmiro Farrell había encerrado al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-479" title="bandera230" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/bandera230.jpg" alt="" width="230" height="230" />El diecisiete de octubre de 1945, Buenos Aires amaneció con un cielo plomizo, teñido de furia. Fue un día clave en la historia contemporánea de la República Argentina. También lo fue, de manera trágica e inesperada, en la vida de María de las Angustias Matalobos. El gobierno militar del presidente Edelmiro Farrell había encerrado al Coronel Perón en la isla Martín García. Hordas de trabajadores se movilizaban espontáneamente desde todas partes de Capital Federal y el gran Buenos Aires, marchando como un ejército silencioso hacia la Plaza de Mayo, para exigir la libertad inmediata de su líder. Fueron muchas horas de tensión, que propiciaron en el fin del gobierno de facto del General Farrell, y el inicio de la carrera política civil de Juan Domingo Perón. María de las Angustias despertó con sobresalto a las siete menos diez, asustada por las voces aguerridas que llegaban desde la calle, amortiguadas por una atmósfera espesa, irrespirable, cargada de humedad y malos presagios.</p>
<p>-       Príamo. ¡Príamo! – dijo, sacudiendo a su hombre para que despertara.</p>
<p><span id="more-476"></span>Príamo Abraham Luciano abandonó la cama a las siete y cuatro minutos, semidormido, con los músculos tirantes y entumecidos. Hasta las siete y treinta y ocho se sumergió en una ducha cálida y reconfortante. A las siete y cuarenta y dos removía pensativamente su café, al que había echado media cucharada de azúcar blanco, mientras una voz varonil y entusiasta radiaba los pormenores de la incipiente revuelta popular: la gente no entraba a trabajar en las fábricas, los negocios bajaban espontáneamente sus persianas, las oficinas estaban desiertas. Los que ya estaban en la calle pasaban por otras centros de trabajo y sacaban de sus puestos a los que sí habían entrado a trabajar, al grito unísono de <em>“Sin galera y sin bastón, los muchachos de Perón”</em>. Columnas interminables de personas marchaban hacia el centro de la ciudad, envuelta en un auténtico caos circulatorio, bajo un cielo de acero líquido.</p>
<p>A las ocho y diecisiete minutos, Príamo Abraham Luciano se anudó la corbata frente al espejo del baño. Alzó la vista y se vio a sí mismo, viril, marcado, anciano, pero lleno de vida. Doce minutos más tarde, salía a la calle, luego de mirar intensamente los ojos violetas de su esposa, mientras le decía: <em>“Tengo que ir, tienen preso al Coronel Perón. Vos quedate acá, chinita, y no salgas hasta que yo vuelva, que la cosa se puede poner bien jodida.”</em> La besó en los labios, suavemente, sosteniendo sus mejillas con ambas manos y reflejando su entusiasmo en las pupilas de ella, memorizándola para el resto del día. A su manera, Príamo Abraham Luciano sabía que iba a extrañarla.</p>
<p>María de las Angustias mató la jornada dando vueltas de mastín por la casa, encendiendo y apagando la radio, acomodando y volviendo a acomodar los cojines, repasando los adornos, y preparándose hasta nueve tazas de té en diversos momentos del día. Se sentía inquieta. No le gustaban las revueltas populares. Los gobiernos le parecían cosa de tipos diferentes, no de la gente común. Cuando la gente común y los tipos diferentes chocaban, solamente podían pasar cosas malas.</p>
<p>El caos dominó la ciudad durante todo el día. La gente no se movía de la Plaza de Mayo, hasta que, finalmente, a las veintitrés y doce minutos, el Coronel Perón habló a la multitud desde los balcones de la Casa Rosada. María de las Angustias escuchó el discurso por la radio, envuelta en una bata de andar por casa y calzada con zapatillas de felpa. <em>“Al fin</em> – pensó – <em>Príamo volverá en cualquier momento.”</em></p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Príamo Abraham Luciano llegaba caminando a su casa del barrio de Palermo a las cero horas y cincuenta y cuatro minutos del dieciocho de Octubre. Caminaba tranquilo, cavilando sobre los sucesos recientes. Había sido un día emocionante y deseaba acostarse y descansar. Al acercarse al portal, advirtió la presencia de un hombre, de espaldas a él, junto a un <em>Chevrolet Special de Luxe</em> modelo 1940. Vestía un abrigo largo y un sombrero de ala que, a pesar de que el hombre lo miraba por encima del hombro, le tapaba el rostro. Luciano se tensó inmediatamente, sintiéndose alerta. Su historial de negocios lo obligaba a andar con cuidado. Rápidamente sopesó sus posibilidades, y advirtió que no tenía alternativa. Si el hombre lo estaba esperando, no había manera de esquivarlo. Apretó el paso y bajó la vista, manteniendo el ángulo de visión periférica en el límite en el que podía controlar los movimientos del otro. Quedaban cinco metros hasta su portal. Cuatro. Tres.</p>
<p>-       ¡Luciano! – gritó el ensombrerado. Príamo giró sobre sus pies, dispuesto a saltarle encima.</p>
<p>El otro retrocedió un paso, dejando ver en su mano derecha una pistola semiautomática, que Luciano identificó en seguida como una <em>Máuser</em> de 1934, de fabricación alemana. El reflejo tenue de una farola tímida en el metal bruñido del arma detuvo su salto.</p>
<p>No le dio tiempo a nada. Al grito de <em>“Mo-ri-te-hi-jo-de-pu-ta!”</em>, le impactaron cuatro balas de 7,62 milímetros en el abdomen, destrozándole un pulmón, el hígado y el bazo. El hombre subió con tranquilidad al asiento del acompañante del <em>Chevrolet</em>, que partió en seguida, con un suave sonido de fricción de caucho contra el empedrado de adoquines de la calzada.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las  Angustias escuchó, una tras otra, las cuatro detonaciones, que irrumpieron en el silencio de la noche como un mensaje cifrado y terrible, de significado único y brutal. Se calzó las zapatillas de felpa y saltó de la cama, con el corazón desbocado marcando un compás frenético que le daba ritmo a su camino. Descuidando toda prudencia, salió a la calle rápida y bruscamente, para encontrar a su hombre tendido boca arriba, boqueando burbujas de sangre y saliva, con la mirada perdida en un cielo sin estrellas, y rodeado por una mancha oscura que lentamente llenaba las ranuras acanaladas de las baldosas del suelo. Se arrodilló sobre la sangre, repitiendo su nombre con el aliento ahogado por un llanto que no terminaba de romper. Príamo Abraham Luciano alcanzó a mirarla a los ojos, y aún tuvo fuerzas para inundar de lágrimas su propia mirada. Despegó los labios con intención de hablar, pero su pulmón fallado no le permitió llenar de aire su garganta para decirle cuánto la quería. Apenas un instante después, un colapso cardiovascular los separó definitivamente.</p>
<p>María de las Angustias supo que el juego había terminado. No tendría fuerzas para levantarse una vez más. Allí mismo, sobre los despojos tibios de su marido muerto, lloró todas sus lágrimas juntas, hasta que la policía, el personal de la ambulancia y Matilda la separaron del cuerpo en un estado insomne y febril, con la mirada vacía y el corazón anestesiado para siempre. No volvería siquiera a dejar caer una lágrima hasta muchos años después, cuando su hija María del Rocío cerrara por primera vez la puerta, y la dejase sola en su nueva habitación del hogar de ancianos de Ramos Mejía.</p>
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		<title>Capitulo Diecinueve: Último paso por la Vicaría</title>
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		<pubDate>Thu, 13 May 2010 18:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-467" title="Corpiño_vestido_de_novia" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/Corpiño_vestido_de_novia-300x209.jpg" alt="" width="300" height="209" />María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas de la vda, el concubinato era una solución perfecta para ellos, que seguramente no molestaría ni a Dios ni al Estado, y que él ya estaba viejo para esas vainas. María de las Angustias había respirado profundamente, antes de alzar los puños al cielo, invocar a sus ancestros y a una tormenta privada, y acto seguido, lanzando chispas violetas a través de sus ojos de amatista, se había negado tajantemente, aludiendo su profunda convicción religiosa, a vivir en mancebía. “No no viviré como los salvajes”, había dicho, finalizando la conversación. Luciano había reído con ganas, con una risa profunda de ecos cavernarios, una risa que por sí sola declaraba que únicamente podía pertenecer a un hombre impío. “Pero si llevamos diez meses revolcándonos como conejos”. María de las Angustias no acompañó la risa. Por el contrario, lo apuñaló con la mirada, de forma, glacial, directa al centro geométrico de los ojos negros del explorador, y sentenció:</p>
<p>-       Los asuntos de mi cuerpo los gestiono como me parece. Los del alma, se los dejo al cura, que para eso está. Además, no te vendrá mal, que bastante falta te hace confesarte y comulgar.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Se casaron el ocho de agosto de 1944, en una pequeña parroquia del barrio de Barracas, sin más invitados que Alberto Ramírez Matalobos, María del Rocío y Juan José Cavalieri e hijos. Príamo Luciano había accedido a pasar por la vicaría con esa única condición: ni gala ni fasto innecesario, ni invitados ni convite ni baile, que ya no estaban para pendejadas. Lo hacía por ella y no por Dios. La ceremonia, al compás de los llantos ininterrumpidos del pequeño Ricardo, fue opaca y triste, oficiada por un cura anciano y cansado, aburrido de su propia letanía, y sobrevolada por un fantasma de escepticismo. Cada uno de los presentes pensaba, sin decirlo, que ninguno de ellos se tomaba en serio aquél acto sacramental. El cura miraba a los novios con desconfianza. Los novios evitaban mirarse. Los invitados invocaban un mal disimulo de la incomodidad general.</p>
<p>Únicamente María de las Angustias sostuvo su altivez, la mirada orgullosa, la frente alta, su casta impávida, su derecho bíblico a ser bendecida en la que sabía sería su última aventura de dormitorio. Fue casi una mala representación teatral de una compañía venida a menos, sin más público que los parientes cercanos. María de las Angustias soportó con estoicismo, sin embargo, la mofa silenciosa de su prometido y sus hijos, el frío azul que habitaba la parroquia y el aliento de ajos tiernos del cura adormecido. Quería estar limpia a los ojos de Dios, porque cercana al medio siglo de vida, comenzaba a pensar en la muerte como algo posible.</p>
<p>Después de la ceremonia religiosa, Príamo Abraham Luciano los recibió a todos en una amplia casa de dos plantas que poseía en el barrio de Palermo. Era una construcción funcional y tosca, de color gris y paredes exteriores sucias, fea por fuera, pero amplia y confortable por dentro. El salón recordaba al imaginario popular de la vivienda de un cazador. Las cabezas disecadas de un ciervo, un alce y un puma presidían la boca, ennegrecida por muchas horas de humo, de una enorme chimenea que dividía en dos la pared del contrafrente del comedor, y custodiadas por un olor dulzón a madera noble que emanaba del mobiliario. A su izquierda, un pesado armario de anaqueles de algarrobo con puertas de cristal atesoraba más de tres mil libros, dispuestos en un orden alfabético casi demente, que una mano diligente mantenía siempre limpios. A la derecha, una mesa de roble oscuro, para doce comensales, era custodiada por media docena de reproducciones de cuadros impresionistas.</p>
<p>Una mujer de mediana edad, que vestía un uniforme negro de camarera, tocado por una blanca cofia de puntillas, los recibió y acomodó alrededor de la mesa, procediendo en seguida a servir entrantes fríos. En ese momento el cielo agonizó, sufrió públicamente en un estruendo de truenos iracundos, y se rompió en pedazos. Una lluvia furiosa arremetió contra las ventanas cerradas, acercando a los cristales un repiqueteo insistente, que denunciaba la farsa indiscutible de aquélla reunión familiar. Comieron en silencio, con la vista fija en los platos, bajo el murmullo enemigo del repicar rítmico de las gotas de agua, intimidado por los sonidos puros de la cubertería de plata al intentar herir la porcelana de los platos. María de las Angustias se sentía incómoda por el silencio. Sin embargo, Príamo Luciano lo disfrutaba. No le gustaban los hijos de su esposa, y no tenía ningún reparo en refrendar ese disgusto con silencio y un gesto mordaz al acomodarse el espeso mostacho con dos dedos, mientras chupaba con fuerza un habano <em>Cohiba</em>, y vigilaba la distribución del café a los presentes, con el chaleco desabotonado y el nudo de la pajarita a medio deshacer.</p>
<p>Acabados los cafés, se trasladaron a los sofás, frente a la chimenea, que Príamo Luciano encendió con rapidez y efectividad, para luego sentarse a su lado, en un sillón confortable, a mirar el fuego y humedecer con los labios la punta de su habano, mientras la camarera distribuía tarta de frutillas en platos de postre a sus invitados. El temporal disminuyó su intensidad, hasta transformarse en una suave lluvia sucia que caía por puro sortilegio de la ley de gravedad, sin siquiera hacer demasiado ruido. El silencio recuperó el comando de la reunión, apostillado por el suave crepitar de las llamas en los gruesos troncos de la chimenea.</p>
<p>-       Es tarde. Nos tenemos que ir – dijo María del Rocío, incapaz de soportar durante más tiempo la tensión del ambiente. – Ricardito tiene que mamar.</p>
<p>-       ¡Camila! – gritó Príamo Luciano – Dígale por favor a Bernardo y a Fernández que preparen los dos coches, y que lleven a estos señores a donde les pidan. Luego acompáñelos a la puerta.</p>
<p>-       Sí, señor.</p>
<p>Luciano no se levantó de su sillón. Despidió a sus invitados con un gesto de cabeza, y dejó que su esposa se ocupase de traerles los abrigos y acompañarlos a la salida, sin apartar los ojos del fuego ni la atención de su cigarro. María de las Angustias regresó al salón con los ojos violetas centelleando de furia, levantando los bajos del vestido de novia que aún llevaba puesto con ambas manos, y conteniendo el deseo de desmelenarse en una sarta de insultos de verdulera contra su flamante marido. En cambio, se plantó frente a él, que continuaba cómodamente instalado en el sillón, y le arrojó su vergüenza a la cara.</p>
<p>-       ¡Eres un maleducado y un groser! ¡Son mis hijos!</p>
<p>El levantó la vista lentamente. Dio una chupada final a su <em>Cohiba</em> y lo arrojó a la chimenea con aire distraído y desenvuelto. Entonces permitió a su bigote espectacular que dibujase una sonrisa arañada de pelo, y adelantando el torso y los brazos, puso ambas manos sobre las nalgas de su mujer.</p>
<p>-       Me encanta cuando estás enojada.</p>
<p>Ella le apartó las manos. “Te estoy hablando”, protestó. “Y yo te estoy escuchando, pero no me puedo concentrar cuando te ponés tan linda”. Príamo se puso de pie, frente a ella. “No me cambies de tema. Te portaste como un perfecto grosero.” Sin decir nada, él la rodeó con sus brazos, buscando en su espalda el cierre del vestido. Al no encontrarlo, puso ambas manos detrás de la nuca de Angustias, e introdujo los dedos entre su piel y el borde del cuello del vestido, y sin esfuerzo aparente, lo rasgó longitudinalmente, desgarrando la tela con un sonido de satén violentado por sus fuertes manos. Después, tiró hacia sí de las dos mitades, quitándole el vestido en un solo movimiento, y lo arrojó sobre el sofá. María de las Angustias se sintió desconcertada, invadida por una rabia infinita, y al mismo tiempo, al sentir las manos de su hombre sobre su cintura, percibió el hambre ancestral de su entrepierna, el reclamo silencioso de su piel, la sangre iniciando su carrera loca, desbordando su sistema cardiovascular. Instantáneamente, el destello de la pasión le iluminó los ojos violetas, el vello de sus brazos se erizó como un puercoespín en pie de guerra, mientras el aliento helado de su propia fiera incontrolable le soplaba en la nuca como un viento redentor, y alcanzó a reprimir el insulto que iba a proferir en el mismo momento en el que Príamo Abraham Luciano hundía su nariz entre sus pechos.</p>
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		<title>Capítulo Dieciocho: Maravilla, viajes y amor</title>
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		<pubDate>Thu, 06 May 2010 18:00:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>

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		<description><![CDATA[El fuselaje metálico, de color plomizo, del Junkers Ju 52/3m – primer modelo trimotor de la compañía &#8211; crujió como un juguete infantil al sentársele un niño encima, justo en el momento en el que su tren de amerizaje tocó la superficie azul del agua, levantando una nube de salpicaduras blancas y un estrépito confuso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-457" title="hidroavion" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/hidroavion-300x243.jpg" alt="" width="300" height="243" />El fuselaje metálico, de color plomizo, del <em>Junkers Ju 52</em><em>/3m</em> – primer modelo trimotor de la compañía &#8211; crujió como un juguete infantil al sentársele un niño encima, justo en el momento en el que su tren de amerizaje tocó la superficie azul del agua, levantando una nube de salpicaduras blancas y un estrépito confuso de espuma infinita, en medio del rugido ensordecedor de los motores y el ruido líquido del mar, herido por los patines flotantes del aparato. María de las Angustias pensó que allí se terminaba el viaje, pero no había alcanzado a asustarse plenamente, cuando el avión ya pareció recomponerse, y los rostros aliviados de los otros dieciséis pasajeros, más experimentados, se relajaron al tiempo que un aplauso espontáneo premiaba la pericia del piloto durante el amerizaje.</p>
<p>Descendieron a un muelle de madera relativamente nuevo, bañado por el oleaje suave de una fría pero soleada mañana de invierno. Vista desde allí, la ciudad de Montevideo le pareció a María de las Angustias un pueblo grande y pobre, sin más atractivo que el ritmo cansino de una ciudad de provincias. No tuvieron dificultades para atravesar el control fronterizo, aunque a medida que avanzaban, una sensación creciente de estar embarcada en la aventura equivocada crecía en el corazón de la gaditana. Tuvo que invocar repetidas veces el recuerdo de los cincuenta mil pesos en efectivo que había guardado en la caja de seguridad de su banco tres días antes de la partida para convencerse a sí misma de seguir adelante.</p>
<p>Sin embargo, el recorrido por el moderno paseo marítimo y la llegada al lujoso vestíbulo del <em>Hotel Casino Carrasco</em>, donde se dirigieron directamente al bajar del hidroavión, disiparon sus dudas y la hicieron sentirse plenamente reconfortada. El hotel era una construcción colosal, de más de doce mil metros cuadrados de área y tres plantas de habitaciones exquisitamente decoradas. Príamo Abraham Luciano se movía como un conocedor, y al mismo tiempo con una actitud mundana y falta de sorpresa que hacía parecer que era su costumbre habitual viajar de esa forma. La soltura con que trató a los porteros, y la manera directa en la que se dirigió al mostrador principal, sin siquiera tener que mirar a ambos lados del inmenso vestíbulo, hicieron sospechar a María de las Angustias que era un cliente habitual del hotel. Extrañamente, el empleado del mostrador no dio muestras de conocerlo, ni expresó ningún inconveniente cuando se registraron como don Abraham Liwenzky y esposa. Rellenaron los formularios de rigor, y un botones uniformado los acompañó a una <em>suite</em> en la segunda planta.</p>
<p>La <em>suite</em> se componía de un amplio salón de estar, con una elegante alfombra y butacones clásicos alrededor de una mesa baja, con patas de madera esculpida, en la que una superficie de cristal permitía la contemplación de la alfombra, y una habitación contigua a la que se accedía por una anchísima puerta de madera de doble hoja deslizable sobre rieles, ambas con amplísimos ventanales y balcones que daban al mar, enmarcándolo con pesados cortinajes de brocados. Príamo Luciano dio una propina al botones, y por primera vez desde que comenzara el viaje, ambos estuvieron solos en la habitación del hotel. María de las Angustias se acercó a la ventana, y, durante algunos minutos, contempló en silencio el oleaje perezoso y los destellos solares que el mar rebotaba caprichosamente contra la costa.</p>
<p>-      Espero que no se sienta usted incómoda, amiga mía. – María de las Angustias no había advertido que, sobre un aparador, había una botella de whisky previamente encargada por Príamo Luciano, y que éste había llenado dos vasos con abundante hielo. Ahora le tendía uno, mientras la miraba profundamente a los ojos, escrutándola.</p>
<p>-      ¿No cree usted que va siendo hora de que, como buenos esposos, tengamos un trato un poco más familiar? – ensayó una sonrisa de medio lado, atrevida y desenfadada – Por el bien de la empresa que nos ocupa, sobre todo.</p>
<p>-      Tiene usted razón – dijo él, riendo con ganas. – Me perdonará que me cueste un poco acostumbrarme.</p>
<p>-      Acércate – dijo ella.</p>
<p>Príamo Luciano apoyó su vaso perlado de transpiración sobre la mesita baja que presidía la salita y se acercó a ella con pasos firmes, mirándola a los ojos, pero sin transparentar en esa mirada sus pensamientos, aunque debajo del bigote, María de las Angustias pudo adivinar una sonrisa que le estiraba ligeramente las cicatrices del rostro.</p>
<p>-      ¿Qué vamos a hacer?</p>
<p>-      Nada. – dijo ella, mientras le echaba los brazos al cuello. – Solamente vamos a ensayar cómo parecer marido y mujer.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Tengo que salir – dijo él, poniéndose el sombrero que un instante antes descansaba en un perchero de caoba barnizada. – Sobre el aparador hay un sobre con dinero uruguayo. Puedes pedir al hotel que te proporcione un coche, y puedes ir de compras, pero por favor mantén constantemente el cinturón con el <em>bebé</em> contigo. No te lo quites ni siquiera para probarte ropa.</p>
<p>-      No te preocupes. Vete tranquilo. ¿Volverás a cenar?</p>
<p>-      Tenemos mesa en el restaurante del hotel a las nueve y media.</p>
<p>María de las Angustias descansaba aún sobre la anchísima cama cuando Príamo Luciano cerró la puerta. Se había puesto una bata color ciruela, con el anagrama del hotel bordado en hilo dorado, directamente sobre el cuerpo desnudo. Estaba sorprendida. A pesar de su aspecto recio, Príamo Luciano había resultado ser un amante atento y cuidadoso, a la vez que fuerte e imaginativo. Habían retozado por más de tres horas, y, a juzgar por la luz que entraba por la ventana, aún quedaba mucho día por disfrutar. Se dio una ducha rápida, evocando el cuerpo marcado por cicatrices, de músculos elásticos y trabajados del explorador, y sintiéndose resurgir por primera vez desde la muerte de Severino Garmendia, se vistió, se empolvó la nariz, y no pudo contener un gritito de entusiasmo al comprobar el grueso fajo de billetes que había dentro del sobre. Pidió un coche. Compraría algo divertido para sorprender a Príamo Luciano.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-458" title="desde_eltren" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/desde_eltren-300x237.jpg" alt="" width="300" height="237" />María de las Angustias se debatía entre la sorpresa y el desconcierto, el desencanto y una sensación de maravilla que alternaban en su estado de ánimo con una frecuencia y una voracidad emocional sorprendentes. En Asunción sintió miedo en estado puro. Caracas le pareció un paraíso hecho de sueños verdaderos, habitado por gente encantadora y abierta, mientras que en Quito no se animó a abandonar el hotel sin la compañía de Príamo Luciano, quien regresó de varias de sus muchas excursiones con ostentosas señales de forcejeos y escaramuzas en sus ropas y rostro.</p>
<p>El hombre era en extremo atento, y un amante incansable y poderoso, pero en muchas ocasiones se mostraba taciturno y casi hosco, y nunca revelaba a María de las Angustias los pormenores de sus salidas, ni la causa de sus evidentes refriegas, ni el origen de las prodigiosas sumas de dinero que iba agregando al cinturón alforja que la gaditana cargaba a todas horas, y que comenzaba a pesarle demasiado, amén de impedirle el uso de algunos de sus mejores vestidos. En La Paz tuvo que renovar su vestuario con prendas hasta dos tallas más amplias, para evitar que el cinturón fuese detectado a simple vista.</p>
<p>Para ir hacia Bogotá tomaron un tren cansado y fantasmal, que enganchaba a los ocho vagones de pasajeros más de cuarenta y cinco de carga, que transportaban hacia la capital colombiana la producción inagotable de las plantaciones de banano. El sol era criminal, absoluto, y sobre la tierra seca y agrietada casi podía oírse la acción lenta y resquebrajante del calor mortífero de las tres de la tarde. María de las Angustias estaba cómodamente sentada junto a una ventanilla en el vagón de primera clase, mientras Príamo Luciano había ido al coche comedor a beber un trago. El vagón iba vacío, a excepción de dos viajeros que dormían. Repentinamente, María de las Angustias sintió la opresiva sensación de haber entrado en un túnel de silencio. El martilleo sincopado de las ruedas metálicas contra las vías desapareció sin rastro, y el vagón pareció dejar de sufrir el movimiento, silenciando su quejoso maderamen. Era un silencio extraño, antinatural y mágico. Por alguna razón, en lugar de asustarse, la gaditana se sintió invadida por una completa paz interior. El tren atravesaba un pueblo polvoriento y vacío a la hora de la siesta. A la izquierda de las vías, se veían casas pintadas de cal junto a aceras sembradas de almendros polvorientos, y ni un alma en las calles. A la derecha, un moderno campamento rodeado por una verja electrificada, de casas bajas con techos de zinc, muchas de ellas junto a auténticas piscinas olímpicas, mostraba un contraste extraño y brutal. Fuera de las lindes del pueblo, se divisaban plantaciones de banano hasta donde alcanzaba la vista.</p>
<p>El tren se detuvo lentamente en una estación avejentada y sin nombre. Sobre los bancos de madera, un gallinazo picoteaba sin esperanza las migas inexistentes derramadas por un pasajero imaginario. El silencio era tan absoluto que María de las Angustias, intrigada, abrió su ventanilla para asomar la cabeza y mirar a ambos lados del andén, que parecía abandonado. Entonces sucedió algo aún más extraño. Sosteniendo con ambas manos un sextante, un hombre anciano recorría el andén, acercándose a ella. Tenía aspecto de haber vivido mucho, y a pesar de que sus incontables años eran evidentes, su aspecto era fuerte y decidido. Llevaba un chaleco anacrónico y un sombrero con alas de cuervo, y se dirigió, sin dudarlo, directamente a la ventanilla por la que asomaba la andaluza. Se detuvo frente a ella, y la miró a los ojos por espacio de un par de minutos, como subyugado por la mirada violeta que lo interrogaba silenciosamente. Al fin, habló con voz grave y cavernosa. “Dentro de poco, usted sentirá que él no la quiere.” “¿Quién?”, preguntó la gaditana, sorprendida. “Él”, respondió el anciano, mirando por primera vez hacia el suelo. Hizo una corta pausa, y volvió a mirarla. “Usted sufrirá por eso, pero en seguida tendrá ocasión de darle una segunda oportunidad. No lo dude. Ni siquiera él sabe cuánto la quiere”. “¿A qué se refiere?”. La pregunta de la gaditana flotó en un aire sin eco, justo cuando el tren comenzó a moverse en absoluto silencio. El anciano permaneció de pie en el andén, viéndola alejarse, sin hacer un gesto de despedida ni moverse, hasta que la estación desapareció tras una curva. María de las Angustias cerró la ventana, y solamente entonces volvió a percibir el quejido suave de las maderas, el traqueteo rítmico de la marcha y los ronquidos sibilantes de los otros viajeros. Tras algunos minutos, la puerta del vagón se abrió para dar paso al revisor, que iba de camino hacia la locomotora.</p>
<p>-      Perdone – llamó la gaditana.</p>
<p>-      ¿Sí señora?</p>
<p>-      Acabamos de parar en una estación. ¿Cómo se llamaba?</p>
<p>-      Hace más de dos horas que nos detuvimos por última vez, en la estación de Cúcuta.</p>
<p>-      No, acabamos de pasar por un pueblo, hará cosa de quince minutos.</p>
<p>-      ¡Ah! Ese pueblo está abandonado, señora. El tren no para allí desde hace al menos veinticinco años. Se llamaba Macondo.</p>
<p>-      Gracias.</p>
<p>Se sentía sorprendida. Estaba convencida de no haberse dormido, y la experiencia había sido tan vívida que descartaba por completo la posibilidad de un sueño. Decidió no contarle nada a Príamo Luciano. Al fin y al cabo, los hombres no entienden nada de mujeres ni de misterios, y mucho menos de misterios femeninos, pensó.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Al fin, después de un periplo demencial de casi tres meses, habiendo viajado en aviones, coches, carros tirados por caballos, trenes, tranvía de mulas y hasta una moto con sidecar, regresaron a Buenos Aires una mañana plácida de mediados de primavera, precedidos por un escándalo estrepitoso de gaviotas espantadas por el amerizaje. María de las Angustias había temido ese momento durante los últimos veinte días. Príamo Abraham Luciano era un hombre parco, y ni una sola vez durante los ochenta y cuatro días en que viajaron, comieron, durmieron y fornicaron juntos había hablado de sentimientos ni de nada que pudiese parecérsele.</p>
<p>A esa altura de su vida, y después de tantas peripecias vividas, María de las Angustias se sentía a salvo de las trampas del amor y los sentimientos, pero no así de las de la pasión y la piel. Príamo Luciano le gustaba mucho, y el cinturón repleto de metálico le sugería que podía ser un excelente seguro de retiro.</p>
<p>María de las Angustias se sorprendió al descubrir que los esperaban dos coches al salir de la dársena norte, donde había atracado el hidroavión de regreso a Buenos Aires. Evidentemente Príamo Luciano disponía de recursos desconocidos para la gaditana. En uno de los coches cargaron los cuatro baúles de ropa de María de las Angustias, sus tres cajas de sombreros, y los dos baúles del hombre. En el otro subieron los pasajeros. Príamo Luciano dio la dirección de María de las Angustias, y ambos permanecieron en silencio, con la intimidad drásticamente rota por la presencia indiscreta del chófer, hasta la llegada al departamento del barrio del once. Luciano encargó a sus hombres subir el equipaje – tarea que la gaditana supervisó con esmero – y esperar abajo por su regreso.</p>
<p>-      Matilda, por favor prepáranos un té – ordenó Angustias al tiempo que le franqueaba el paso al hombre.</p>
<p>-      No, gracias, no hará falta. – dijo él, y adoptando un tono más íntimo, agregó – Por favor, Angustias, ve a tu habitación y tráeme el cinturón. Pídele a tu criada que no nos moleste.</p>
<p>María de las Angustias, consternada, hizo lo que se le pedía. En su habitación, retiró el voluminoso cinturón empapado de su propio sudor, se quitó la ropa y se puso un cómodo vestido de algodón. Volvió a aparecer en el salón, descalza, y cargando el preciado paquete.</p>
<p>-      Toma. Aquí está – fue lo único que su acentuada incomodidad le permitió decir.</p>
<p>Luciano apoyó el paquete sobre la mesa, y del bolsillo interior de su chaqueta extrajo un sobre gordo de papel marrón.</p>
<p>-      Los cincuenta mil que faltaban. Hiciste un trabajo extraordinario.</p>
<p>María de las Angustias lo miró con vergüenza y en silencio, sin extender la mano para recibir el sobre. Pasados unos segundos, él dejó el sobre encima de la mesa, y recogió el cinturón.</p>
<p>-      Supongo que esto es la despedida – dijo.</p>
<p>-      ¿Y ya está? ¿Así, sin más?</p>
<p>La gaditana se sintió turbada, sabía perfectamente que sus mejillas ardían bajo una mancha roja que superaba la fina capa de polvo blanco que cubría su rostro. Estaba encendida, se sentía sucia, prostituida y estafada. Bajó la mirada, y sin ninguna dificultad pudo observar que la pintura roja de las uñas de sus pies comenzaba a descascararse.</p>
<p>-      Creía que teníamos un acuerdo… &#8211; empezó él. – Cincuenta antes y cincuenta después. Ambos lo cumplimos, ¿cierto?</p>
<p>-      ¿Y lo que pasó entre nosotros no cambia nada? – hizo una pausa, y el tiempo pareció detenerse entre los dos. El eco de su enojo flotaba sobre el silencio, sostenido por el puente invisible de las miradas de ambos – En mi vida me había sentido tan utilizada, tan humillada y  sucia.</p>
<p>Él tardó unos segundos en reponerse de su sorpresa. Luego, lentamente, con parsimonia y reflexionando previamente cada movimiento, volvió a dejar su paquete sobre la mesa, se acercó a María de las Angustias, sosteniendo su mirada furiosa, puso sus manos sobre la cintura de la gaditana e intentó besarla. Ella giró su rostro, negándose al contacto. Él retiró las manos.</p>
<p>-      Te pido perdón. – casi susurró – Me temo que malentendí las cosas. Quizás debamos empezar de nuevo.</p>
<p>Ella sostuvo el silencio, con la mirada perdida aún en las baldosas del suelo, esperando por la rendición definitiva de su hombre.</p>
<p>-      ¿Te recojo esta noche para salir a cenar?</p>
<p>-      A las nueve – respondió al tiempo que giraba en redondo, dirigiéndose a su habitación sin mirar atrás, mientras evocaba extrañada el recuerdo del anciano con sombrero de alas de cuervo.</p>
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		<title>Capítulo Diecisiete: Reencuentro</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Apr 2010 18:00:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Cavalieri]]></category>

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		<description><![CDATA[El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-442 alignright" title="tranvia" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/tranvia-300x234.jpg" alt="" width="300" height="234" />El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas de alcohol puro a marineros de aspecto hosco, modales recios y poca vocación comunicativa. Ella sabía que, al estar prohibido beber en los buques, los marineros aderezaban el alcohol con esencia de vainilla y se destrozaban el hígado a base de una bebida infame, que superaba los noventa grados de concentración alcohólica. A pesar de eso, les despachaba los <em>packs</em> moviendo calladamente la cabeza en un gesto negativo y resignado.</p>
<p>María de las Angustias, para entonces, llevaba varios años gestionando diestramente una situación que limitaba seriamente con lo que ella consideraba pobreza. Había conseguido conservar el departamento heredado de Severino Garmendia, y la renta que cobraba por él le permitía pagar el alquiler de su pequeño departamento del once, y malvivir ella y Matilda con lo que sobraba, sumándole el consumo lento de sus cada vez más exiguos ahorros. El mal habido asunto de las esmeraldas la había desmoralizado. Sin embargo, con el remanente de dinero que aún había conservado, ella y Alberto intentaron reproducir de manera rudimentaria el negocio del señor Montes en propio beneficio. Este intento no solamente fracasó estrepitosamente, sino que acabó con los huesos de Alberto en la cárcel, acusado de estafa y condenado a unas vacaciones de cuatro años en el penal de Caseros.</p>
<p><span id="more-439"></span>Entre la decena escasa de amantes crónicos que había tenido durante el último lustro, María de las Angustias no había sido capaz de encontrar material matrimonial entre ellos, y a sus cuarenta y seis años, aunque los sabía extremadamente bien llevados, empezaba a perder lentamente las esperanzas y a temer por su futuro. A pesar del generoso surtido de emplastos y cremas que María del Rocío le facilitaba con descuento, la piel se le arrugaba más cada día, y era consciente de cómo poco a poco se vaciaban sus senos guerreros, se marchitaba su vientre hambriento, y se le derretían las nalgas, mientras que todo su cuerpo aumentaba de volumen, año a año, y de forma casi imperceptible.</p>
<p>Su profundo conocimiento de la naturaleza de los hombres y de la suya propia, sumado a sus temores oscuros, la había llevado a bajar sus puentes levadizos y perdonar definitivamente a su hija. Durante los últimos tres años habían estado mucho más cerca una de la otra, y María del Rocío creía verdaderamente en el cambio espectacular de su madre. La había apoyado durante el embarazo, y ahora que el niño había nacido, pasaba buena parte del día en el hospital, acompañándola sin ayudarla.</p>
<p>Fue durante la tarde del tercer día de internamiento de Rocío cuando la ruleta caprichosa de su vida volvió a girar, y entonces, al reconocer en los sonidos y los olores una nueva epifanía, un instante mágico seguido de un silencio, María de las Angustias supo que a pesar de la piel agrietada y los años, sus facultades de mantis religiosa seguían intactas. Cruzaba la puerta del nosocomio en dirección a las escaleras, para dirigirse a la tercera planta, la de maternidad, cuando una voz profunda la lanzó hacia el pasado sin piedad, subyugándola.</p>
<p>-      Es un verdadero placer volver a verla, y comprobar que continúa siendo usted tan bella como entonces, señora Matalobos.</p>
<p>Detuvo el pie derecho en el primer escalón, y después de una pausa breve, durante la que comprobó que no recordaba a quién pertenecía aquélla voz repleta de matices viriles, giró despacio sobre sí misma para descubrir, a escasos tres metros, a un hombre alto. Vestía un impecable traje de lino blanco, y tenía el brazo derecho en un cabestrillo, lo que hacía evidente la razón de su presencia en el hospital. María de las Angustias enfocó su mirada, y le costó solamente dos segundos reconocer, tras un poblado bigote entrecano, las facciones cortadas a cuchillo de don Príamo Abraham Luciano.</p>
<p>-      Qué sorpresa. – dijo, sintiéndose verdaderamente sorprendida. – Agradable sorpresa, por cierto – agregó, no sin cierta ironía. Él se acercó rápidamente, iluminando el espacio entre ambos con una sonrisa blanca y franca, al tiempo que le ofrecía la mano izquierda.</p>
<p>-      Pues déjeme decirle que mi alegría es auténtica y sincera. Nunca olvidé su fortaleza de carácter, amiga mía, y el tiempo me demostró que es usted de confianza, lo que en mi mundo significa mucho.</p>
<p>-      Me alegra que así sea. La última vez que nos vimos no parecía usted tan convencido.</p>
<p>-      Espero que las circunstancias en las que volvemos a vernos sean más felices que aquéllas en las que nos conocimos… ¿Qué la trae por el hospital?</p>
<p>-      Acaba de nacer mi nieto. – respondió la gaditana, omitiendo expresamente decir que era su segundo nieto.</p>
<p>-      ¡Felicidades! ¡Eso hay que celebrarlo! ¿Me permitirá usted que la invite a cenar? ¿Por los viejos tiempos?</p>
<p>-      No lo sé – dijo ella, jugueteando con su mirada violeta alrededor de los ojos de su interlocutor – ¿Quién me asegura que después de la cena no me llamará usted al silencio y la discreción, con modales poco amables? – lo dijo sonriendo, aparentando timidez.</p>
<p>-      ¿No es hora de dejar eso atrás? Le aseguro que no se arrepentirá. ¿Qué me dice?</p>
<p>-      De acuerdo – sentenció, después de una pausa larga – siempre que me prometa usted que no dirá durante la cena cosas que después tenga que invitarme a olvidar&#8230;</p>
<p>-      Prometido – dijo él.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las Angustias se reacomodó el corpiño en un ademán inconsciente pero placentero, tomándolo por el borde superior a través del vestido, con ambas manos, y moviéndolas rápida y precisamente de izquierda a derecha y viceversa. Le gustaba sentir balancearse su tetamenta contenida por el armazón rígido de la prenda, que le ceñía el talle dentro de un escote <em>palabra de honor</em>, aportando la rigidez que la pérdida de la juventud le negaba. Llevaba un vestido de noche negro, sencillo pero elegante. Completaban el atuendo un par de zapatos de diez centímetros de taco, que estilizaban sus tobillos, un bolso pequeño y negro, tocado por fantasía de mostacilla que brillaba con los guiños caprichosos de la luz, y una pamela también negra, de ala asimétrica, que le brindaba a su rostro un halo misterioso. Se miró al espejó y comprobó que el efecto era el deseado: una viuda extremadamente sensual.</p>
<p>-      El señor Luciano está aquí – informó Matilda, desde la puerta de la habitación.</p>
<p>-      Dile que ya salgo. Sólo me falta empolvarme la nariz.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Príamo Luciano le cedió el paso en un gesto natural, galante y al mismo tiempo altanero, mientras un portero enfundado en un elegante frac les abría la puerta del restaurante. Los condujeron a una mesa al fondo, algo apartada de las demás. El aventurero, atento al menor movimiento de angustias, le apartó suavemente la silla, acompañando luego con ella el acto de sentarse. Angustias agradeció en voz baja, mientras se decidía a conservar puesta la pamela durante la cena. Príamo Luciano se sentó frente a ella. De cerca, y a la luz vibrante y tramposa de un candelabro con cuatro velas blanquísimas, su rostro se veía duro, severamente marcado y maltratado por la intemperie y tres nuevas cicatrices pequeñas que se agregaban a las dos que María de las Angustias recordaba. El hombre mediaba la cincuentena, pero su aspecto era fuerte y sólido, y saltaba a la vista una excelente condición física y un estado de forma que cualquier hombre de su edad sin duda alguna envidiaría.</p>
<p>-      ¿Qué fue de su vida, amiga mía?</p>
<p>María de las Angustias sonrió sin disimulo, mientras manejaba una pausa intencionada, acomodando los cubiertos a ambos lados del plato y alisando la servilleta sobre su regazo.</p>
<p>-      No ha sido fácil. Aquél lance me dejó prácticamente en la ruina, pero aquí me ve, abuela por segunda vez, aunque joven aún, y saliendo adelante como puedo.</p>
<p>-      No se imagina usted cuánto lo lamento, y cuánto lo lamenté en su momento.</p>
<p>-      No se preocupe usted, que donde las dan las toman. Soy una mujer fuerte, y por suerte la vida me ha enseñado a perder casi con tanta frecuencia como a ganar.</p>
<p>-      Es usted sorprendente – replicó el hombre, riendo con ganas.</p>
<p>La conversación fue interrumpida por un camarero que enseñaba a Luciano una botella de vino blanco. Él asintió con un leve gesto de cabeza. El camarero abrió la botella y sirvió apenas un trago en una copa de talle alto. Don Príamo degustó un sorbo, balanceando ligeramente el grueso mostacho de un lado a otro y volvió a asentir.</p>
<p>-      Me tomé el atrevimiento de elegir el menú sin su consentimiento. – dijo, cuando el camarero se hubo marchado – Espero que no le moleste.</p>
<p>-      Me encantan las sorpresas, y a menos que haya ordenado usted coliflores hervidas y berenjenas, no creo que me moleste.</p>
<p>-      No se preocupe, estoy seguro de que será de su gusto. – los ojos del aventurero brillaban con auténtica chispa sobre el temblor de las velas, al tiempo que vertía vino en la copa de Angustias, que solamente llenó hasta la mitad.</p>
<p>-      Por los viejos tiempos, ¿no? – Angustias levantó su copa, dejando que él la viese a través del líquido ambarino y el cristal.</p>
<p>-      Por los viejos tiempos – refrendó él, mientras el camarero servía entrantes de paté de hígado de oca.</p>
<p>-      Y ahora, ¿me contará usted qué ha sido de su vida?</p>
<p>-      No mucho, lo de siempre, mover cosas de aquí y allá. Expediciones por la selva, usted ya sabe.</p>
<p>-      ¿Y cómo se ha hecho eso en el brazo?</p>
<p>-      Un encuentro desafortunado en la selva misionera. Traíamos oro y plata del Perú. Los capataces de las minas, a veces, recortan la producción a sus patrones y venden la merma a un precio muy ventajoso. La mercancía alcanza a cuadruplicar el valor puesta en Buenos Aires. Desgraciadamente no soy el único que lo hace, y esta vez, el haberme adelantado a mis rivales me valió un disparo en el bíceps derecho y la consiguiente fractura del húmero. Nada grave. Por fortuna, conseguimos salvar la mercancía.</p>
<p>-      Pues ha tenido usted más suerte que yo, por lo que parece.</p>
<p>-      Si yo le contara…</p>
<p>El camarero retiró los entrantes casi intactos, para dar paso a un pastel de riñones con panaché de verduras. Durante algunos minutos que se hicieron eternos, ambos comieron en silencio, sin darse cuenta de que los dos planeaban cuidadosamente el siguiente paso. Ella, para seducirlo. Él, para proponerle un negocio.</p>
<p>-      ¿Ha estado usted…?</p>
<p>-      ¿Quiere saber una cosa…?</p>
<p>Ambos rieron. Habían comenzado a hablar al mismo tiempo.</p>
<p>-      Usted primero – dijo él.</p>
<p>-      No, por favor, era una pregunta tonta. Usted primero.</p>
<p>-      Iba a contarle que nunca me quedé contento con la manera en la que se resolvió aquél asunto… El de las esmeraldas, me refiero. – Angustias abrió mucho los ojos, asintiendo – Me siento, en parte, responsable por las penurias que haya podido usted pasar.</p>
<p>-      No se preocupe, hace ya mucho tiempo de eso.</p>
<p>-      De todas maneras, me siento culpable. ¿Sabe? Acabo de cumplir cincuenta y seis años. Va siendo hora de retirarme, porque a mi edad hay actividades que ya no son fáciles de aguantar. Pero antes, hay algunos asuntos que debo resolver. Liquidar el negocio, si usted me entiende. Pensaba que podría usted ayudarme y, de paso, recuperar el dinero que perdió entonces.</p>
<p>María de las Angustias detuvo en seco el trayecto que en ese momento hacía el tenedor hacia su boca, devolviendo al plato un trozo de pastel de riñones. Estaba desconcertada. Se limpió los labios lentamente con la servilleta, intentando fabricar tiempo para que su máquina de calcular trabajase ordenadamente, y bebió un sorbo de vino blanco antes de responder.</p>
<p>-      No lo sé. Parece usted rodeado de peligros. No estoy segura de soportar con tanta valentía un disparo de arma de fuego…</p>
<p>-      No no no no, no me entienda mal. Jamás le pediría que pase por un peligro semejante. Déjeme exponerle el asunto, y entonces podrá decidir. ¿Qué le parece?</p>
<p>-      Por el momento, no me parece mal. Adelante.</p>
<p>-      Mire, no es un secreto para usted que mis negocios no son todo lo… “legales” que deberían ser, ni tampoco que no siempre han sido del todo honestos, pero soy un hombre de palabra, y puedo asegurarle que jamás he traicionado a un socio. Para mí, un trato vale más que mi vida. En este mundo, mi palabra de caballero y mi reputación son todo lo que tengo.</p>
<p>-      ¿Ni siquiera entonces, cuando lo de las esmeraldas?</p>
<p>-      Ni siquiera entonces. Permítame recordarle que, aunque no me siento orgulloso de aquél asunto, mi socio en él era Gilberto Montes, no usted. No podía hacer nada, había dado mi palabra.</p>
<p>-      Está bien. No hace falta entrar en detalles.</p>
<p>-      De acuerdo. El asunto es que ahora mismo, para poder retirarme, necesito hacer un viaje. Un viaje largo. Montevideo, Asunción, La Paz, Caracas, Bogotá y Quito. Necesito pasar por un caballero respetable que viaja con su esposa, y necesito que esa esposa lleve oculto en la ropa un cinturón con una cantidad muy importante de dinero, que irá aumentando a lo largo del viaje. Deberemos compartir habitación matrimonial en los hoteles, aunque tiene usted mi palabra de que solamente se trata de guardar las apariencias. Dormiré en el suelo si es preciso.</p>
<p>-      ¿Cuánto duraría el viaje?</p>
<p>-      No mucho. Dos meses. Tres, a lo sumo. Las condiciones son: viajes y los mejores hoteles pagados por mí, las compras que haga en las ciudades mientras me dedico a mis negocios, pagadas por mí, nada de preguntas, y cien mil pesos al regresar a Buenos Aires.</p>
<p>-      ¿Y cómo sé que puedo fiarme de usted? Le recuerdo que nuestra primera experiencia no fue satisfactoria para mí.</p>
<p>-      No puedo ofrecerle más garantía que mi palabra. Lo toma o lo deja.</p>
<p>María de las Angustias estudió el rostro del hombre detenidamente. Parecía sincero. Todo su instinto de superviviente le pedía a gritos que rechazase la oferta, pero algo en su interior despertaba con el ánimo brutal de las tardes de hotel Avenida con el Sargento Campagnuolo, o el remanso de la trastienda de Severino Garmendia. Príamo Luciano era un hombre de los que le gustaban, como hacía mucho tiempo que no veía. Se sentía subyugada y asustada. Dejó los cubiertos a ambos lados del plato y sus ojos encontraron los de Luciano, que la miraba profundamente, y en ese instante supo que no tenía elección.</p>
<p>-      Cincuenta mil antes de salir, el resto al volver a Buenos Aires, y nada de armas de fuego. – dijo.</p>
<p>Hecho – respondió el.</p>
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		<title>Capítulo Dieciséis: Metralla y amenazas</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Apr 2010 18:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Teresa Guevara]]></category>

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		<description><![CDATA[La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-428" title="20070823233954-cerilla1" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/20070823233954-cerilla1.jpg" alt="" width="280" height="190" />La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada su pobre vivienda. Habían pasado cuatro días desde la reunión con el hijo de puta de Montes, y Teresa estaba mucho más que preocupada. No le gustaba ese hombre, ni el negocio de las esmeraldas, y no le gustaba que María de las Angustias confiase tanto en él. No habían firmado nada, con la excusa de que el negocio era ilegal, y que se trataba de un “pacto entre caballeros”. Colocó en la cesta de las verduras el medio kilo de papas envueltas en papel de periódico, tal cual se las había dado el verdulero, intentando que la tierra que se desprendía de los tubérculos ennegrecidos no se derramase sobre el suelo de la cocina, aunque sin conseguirlo ni molestarse en limpiarlo. Ya barrería más tarde. Luego levantó la garrafa. Tres kilogramos de gas butano licuado, más el peso del envase. Seis kilos tranquilamente. Un dolor en la cintura provocado por el esfuerzo le hizo pensar que ya no era joven. Por un instante se arrepintió de haberse dejado convencer. Incluso pensó en telefonear a Angustias para decirle que quería salirse del negocio, pero luego cambió de parecer. Si salía bien, tampoco quería quedarse fuera de los futuros acuerdos.</p>
<p>Abrió la puerta metálica del hornillo de gas, para cambiar la garrafa. Estaba desvencijada, y siempre temía cortarse un dedo con las esquinas, donde un óxido ocre amenazaba desde el borde filoso y carcomido. Comenzó a tirar del tubo que unía la garrafa con el hornillo, sin percibir que la goma reseca se agrietaba en dos sitios diferentes bajo la presión de sus dedos rechonchos, ni el suave silbido que hacía el gas al continuar saliendo suavemente de la garrafa que quitó, que aún tenía medio litro en su interior. Dejó la garrafa en el suelo, mientras rompía el precinto de seguridad de la nueva y la colocaba en su lugar, ajustando el tapón de goma. Pensó que de todas formas debía hablar con Angustias, porque algo en toda aquélla operación continuaba haciéndole ruido. Llenó una olla pequeña de agua y la colocó sobre el hornillo, mientras hacía girar la llave de paso y abría la caja de fósforos.</p>
<p>Le gustaba el sonido áspero que hacía la cabeza roja del fósforo al encenderse, y absorta en sus pensamientos, no advirtió como el aire a su alrededor se encendía hasta que el estallido sordo de la nube de fuego al absorber el oxígeno la asustó, ni tampoco advirtió entonces que su pelo se incendiaba rápidamente, desde las puntas a la raíz. Se adelantó para cerrar la llave de paso, al mismo tiempo que las dos garrafas hacían explosión con un estruendo seco de metralla metálica. Tampoco advirtió los ciento catorce impactos de metal y trozos del hornillo que perforaron su vestido de flores y su carne rechoncha, justo antes de perder el conocimiento.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Supe lo de Teresa&#8230; – dijo Gilberto Montes después de encender un cigarrillo, haciendo una larga y teatral pausa, exhalando suavemente un delgado hilo de humo azul – Una muerte&#8230; oportuna, ¿cierto?</p>
<p>-      Por favor, señor Montes. Jamás me alegro por la muerte de nadie. Eso no está bien – replicó María de las Angustias.</p>
<p>-      No, claro. No está bien.</p>
<p>Gilberto Montes pensaba a toda velocidad, mientras su invitada echaba dos terrones de azúcar en su taza de té. No se imaginaba a María de las Angustias asesinando a la gorda. Tenía que haber sido un accidente. La mismísima viuda del hijo de puta de Severino Garmendia, y, por lo que sabía, era igual de hija de puta que él. Rodeó la mesa de reuniones para sentarse frente a ella.</p>
<p>-      Y bien, usted dirá, doña Angustias.</p>
<p>-      En primer lugar quiero recordarle que no deseaba la muerte de Teresa. Y menos una muerte tan fea como esa. Es algo que no merece nadie.</p>
<p>-      No es asunto mío – dijo él. – Ustedes eran socias. En lo que respecta a mí, no cambia nada.</p>
<p>-      Sí que cambia – se sorprendió Angustias. – Ya no es necesario continuar con la farsa de las esmeraldas. Creo que deberíamos renegociar todo y empezar, de una vez por todas, a colocar el dinero.</p>
<p>Gilberto Montes dibujó una sonrisa torcida y pálida, de labios finos, antes de bajar la vista para regodearse íntimamente en un chispazo áureo de su anillo de oro, mientras lentamente, con parsimonia, aplastaba el cigarrillo.</p>
<p>-      Me parece que no la entiendo, Angustias.</p>
<p>-      ¿No me entiende? Teresa ha muerto, ya no es necesario estafarla, así que entiendo que deberíamos renegociar su parte. Veinte mil para usted, en estas condiciones, me parece demasiado. Y debemos decidir qué hacemos con el resto del dinero. No hace falta continuar la farsa.</p>
<p>-      ¿Qué farsa? – dijo Gilberto Montes. – Mi cliente ya está en camino para comprar las esmeraldas, y la totalidad del dinero está con él.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Los días pasaban con la lentitud tensa que solamente la ansiedad extrema provoca. María de las Angustias no dejaba de pensar en la última entrevista con Gilberto Montes Agüero. El usurero sostenía que el negocio de las esmeraldas no era ninguna farsa, y que solamente al final, a la hora de repartir los beneficios, pensaba mentir a Teresa Guevara, diciéndole que la operación había fracasado. “Pensaba que estaba claro desde un principio”, había terminado diciendo. “Y ahora, si me disculpa…”. Angustias no sabía qué pensar al respecto.</p>
<p>Matilda entró en el salón, interrumpiendo sus cavilaciones. “El señorito Alberto está aquí, señora”. “Hazlo pasar”, respondió Angustias, sin levantarse del sillón, y sin siquiera girar la cabeza para mirar a la india. Su hijo entró en la habitación. Llevaba, como siempre, un traje de tres piezas oscuro, y la cadena de reloj uniendo los bolsillos del chaleco, envuelto en el humo espeso de un cigarro apestoso que generaba una ceniza densa y apelmazada.</p>
<p>-      Hola, mamá – dijo Alberto, al tiempo que besaba a su madre en ambas mejillas.</p>
<p>-      ¿Té? Está recién hecho, te esperaba.</p>
<p>-      No, gracias. Acabo de tomar café. No tengo mucho tiempo, mamá. ¿Qué pasa?</p>
<p>-      Está bien, iré directa al grano. ¿Sabes algo de mis negocios con el señor Montes?</p>
<p>-      No. Él siempre dice que mejor no mezclar la familia y los negocios, y creo que tiene razón. Por eso no me cuenta nada sobre este asunto.</p>
<p>-      ¿Sabes si en el pasado ha hecho operaciones de contrabando?</p>
<p>-      No que yo sepa. Normalmente sus negocios se limitan a colocar en préstamos el dinero que le dan sus clientes.</p>
<p>-      ¿Has hecho alguna entrega importante de efectivo últimamente? ¿Hará cosa de un mes?</p>
<p>-      Mamá, muevo sobres que no sé lo que contienen todos los días. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Qué te preocupa?</p>
<p>-      Temo que tu jefe esté pensando en estafarme, Albertito.</p>
<p>-      Me niego a creerlo. – había hecho una pausa, reflexionando – El Señor Montes gana dinero a costa de los demás, pero nunca lo vi estafar a nadie. No creo que sea capaz de algo así.</p>
<p>-      Yo sí, y créeme que tengo mis razones para pensarlo. Quiero que me hagas dos favores.</p>
<p>-      Si está en mi mano, veré que puedo hacer…</p>
<p>-      En primer lugar quiero que estés atento a sus movimientos. Supuestamente invirtió nuestro dinero para traer un cargamento de esmeraldas de contrabando. Presta atención por si escuchas algo. En segundo lugar, si hablas con él, intenta averiguar si sabe que estuve casada con Severino. Temo que lo sepa y quiera vengarse.</p>
<p>-      Mamá, ya te lo dije, el señor Montes es honrado. Duro, pero honrado.</p>
<p>-      Por favor haz lo que te pido.</p>
<p>-      Lo voy a intentar, pero no te prometo nada.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-429" title="finger-pointing-283x300" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/finger-pointing-283x300.jpg" alt="" width="283" height="300" />Príamo Abraham Luciano sudaba copiosamente. María de las Angustias pensó que, a pesar de todo, era un hombre extremadamente atractivo. Llevaba un sombrero de fieltro raído, de un color marrón de tonalidad indefinida, que aparentaba haber sufrido muchos soles y muchas lluvias como para continuar siendo considerado una prenda de vestir. Una cicatriz clara comenzaba a un centímetro y medio de su ceja izquierda, enmarcando su rostro hasta pasar a cuatro centímetros de la comisura de sus labios, mientras que otra, más oscura y fina cruzaba la mejilla derecha en forma transversal. La primera, de ancho variado y formas caprichosas, hacía pensar en una herida con desgarro. La segunda, uniforme y fina, parecía de navaja. Tenía manos nudosas y recias, de uñas grandes, cuadradas y planas: manos de hombre bruto y fuerte. Manos de las que le gustaban a María de las Angustias. Manos ásperas. Todo su atuendo, salvo el sombrero, era de diferentes tonos de negro, incluyendo unos gastados borceguíes de monte, descoloridos en las puntas y en los que se podía adivinar el cuero ajado y gastado. Su respiración serena y potente invadía el aire de la habitación de una fragancia viril y equívoca. Angustias tuvo la extraña sensación de que el hombre podría haber estado cubierto de raíces, barro y mariposas muertas sin desentonar un pelo. A pesar de su apariencia fuerte y segura, se lo veía preocupado, intranquilo. Eran más de las seis de la tarde, y las persianas bajas del despacho de la calle Tacuarí no conseguían impedir que el sol del atardecer filtrase sus últimos rayos tibios dentro de la habitación, impregnada del blanco humo de los puros, que hacía el aire denso, palpable, un invitado más.</p>
<p>Gilberto Montes acabó de servir tres vasos de whisky sin hielo, y rompió el silencio con maneras malhumoradas y un tono amargo y cascado.</p>
<p>-      ¿Y bien, don Príamo? Ya estamos todos los socios. – Rodeando la mesa estaban María de las Angustias, el propio Príamo a su derecha, Gilberto Montes Agüero y Alcíbar Espinosa, socio minoritario de Montes. – Tenga a bien relatarnos los hechos, por favor.</p>
<p>-      Está bien, pero les advierto que no va a gustarles lo que van a oír. – Príamo Luciano sorbió lentamente su whisky y comenzó a hablar, sin ceremonias, con la voz firme, grave y cavernosa. – Como todos ustedes saben, hace tres meses y medio partí en un hidroavión, al mando de un grupo de trece hombres y con medio millón de pesos en efectivo. En la ciudad de Medellín negociamos la compra e intercambio de una buena cantidad de esmeraldas de altísima calidad, que a mi buen entender valdrían más de un millón cien mil pesos una vez puestas aquí. El cargamento era demasiado grande e incómodo, y evidentemente no podíamos tomar el riesgo de volver en barco, ni por ninguna de las grandes rutas comerciales, como por otra parte es costumbre en este tipo de expediciones, así que las mismas personas a las que compramos las esmeraldas nos pertrecharon de armas, munición, caballos y provisiones y decidimos tomar una ruta típica del contrabando, que atraviesa parte de Perú, Brasil, Bolivia y Paraguay, para finalmente entrar a la argentina por la selva misionera, donde podríamos tomar otro tipo de transporte terrestre hasta Buenos Aires. Después de cincuenta y seis días de penurias por diferentes selvas y paisajes de lo más escarpados, llegamos a la frontera de Bolivia y Paraguay. Allí nos interceptó una banda de contrabandistas, más numerosos y mejor armados que nosotros. Once de mis hombres y ocho de los suyos murieron durante la primera refriega. Los tres restantes fuimos hechos prisioneros y conducidos ante el jefe del otro grupo, que resultó ser un ex marinero con quien compartí algunos viajes de contrabando por mar hace más de veinte años. Solamente este último hecho logró que salvara mi vida, no así las de mis otros dos hombres, que fueron ejecutados sin piedad en plena selva. Me devolvieron mi caballo, un fusil y una caja de munición, y me permitieron seguir viaje. El hecho es que sabían que llevábamos las esmeraldas, y nos esperaban desde hacía al menos veinte días.</p>
<p>El silencio descendió sobre los presentes, mientras las volutas de humo danzaban tibiamente, dibujando formas caprichosas, y los últimos rayos de sol se filtraban por las persianas. Fue Gilberto Montes quien rompió el silencio.</p>
<p>-      ¿Y qué vamos a hacer ahora, Príamo?</p>
<p>-      ¿A qué te referís?</p>
<p>-      Me refiero a que arriesgué ciento cincuenta mil pesos personalmente, y por intermedio mío, la dama aquí presente otros cien mil. De alguna manera hemos de recuperarlos, o al menos obtener una satisfacción de alguna clase.</p>
<p>-      El negocio no era así, Gilberto. Yo perdí doscientos cincuenta mil en efectivo, más los gastos del viaje, y otros quince mil en adelantos a mis hombres. No había garantías. No puedo hacer nada.</p>
<p>-      Comprenderás que no me guste la idea.</p>
<p>-      Lo único que puedo hacer para compensarlos, es ofrecerles entrada en otros negocios, con condiciones más ventajosas de lo normal. Digamos cinco puntos más, pero van a tener que volver a arriesgar dinero.</p>
<p>-      ¿Señora Matalobos? – preguntó Montes, después de medio minuto de silencio.</p>
<p>-      Ni hablar. – dijo la gaditana – No vuelvo a arriesgar el dinero que me queda en una locura de éstas ni borracha. De hecho, si hubiese sabido lo que estaba haciendo – lanzó una mirada de reproche a Gilberto Montes – ni siquiera lo hubiese arriesgado la primera vez.</p>
<p>Un silencio denso congeló la habitación, sumida ahora en penumbra, mientras miradas de inteligencia y secreto se cruzaban entre los hombres. Finalmente, después de más de dos minutos, fue el explorador el que habló.</p>
<p>-      La señora comprenderá, me imagino, – dijo Príamo Luciano, mirando profundamente a Montes y hablando con voz susurrante y amenazadora – que ha visto y oído muchas cosas, que sabe nuestros nombres, que conoce nuestras caras, y que no se puede apartar así nomás de esto, ¿verdad Gilberto?</p>
<p>Otro silencio dominó la situación repentinamente. Fuera ya estaba oscuro, y no se escuchaban más sonidos que los de algún que otro vehículo rodado transitando el anochecer. María de las Angustias, por primera vez desde el comienzo de toda aquélla locura, sintió verdadero miedo. Los ojos de Luciano eran puro fuego. No sentía dudas de estar frente a un hombre capaz de todo. Al mismo tiempo, se sintió subyugada y fuertemente atraída por el contrabandista. Como siempre que se había visto en situaciones difíciles, un torbellino interior y feroz respondió al llamado cuando apeló a su sangre y su temple. Serena, levantó su mirada violeta y profunda. Miró al aventurero directamente a los ojos, y sin que le temblase la voz ni el gesto, con tono calmo y pausado, pero firme, dijo:</p>
<p>-      En primer lugar, señor Luciano, a pesar de ser mujer, y por mucho que a usted no le guste, estoy aquí por mérito propio, y aunque no le parezca de hombres, cuando se dirija a mí tenga a bien hacerlo de manera directa, sobre todo si es para amenazarme. En segundo lugar, no creerá usted que yo pensaba que estaba haciendo negocios limpios. Puedo estar enfadada, incluso indignada, pero conozco las reglas del juego, señor, y le aseguro que no será de mis labios de donde salga una palabra sobre esto. Puede usted vivir tranquilo, con su conciencia, sus negocios y sus contrabandos, que está hablando con una mujer de palabra.</p>
<p>-      Está bien. – intervino Montes, después de unos instantes – Yo respondo por ella. No va a hablar con nadie. Creo que es de caballeros permitirle abandonar el negocio ahora. Aunque, por supuesto, &#8211; clavó sus ojos en los de la andaluza – queda usted debidamente advertida, señora Matalobos.</p>
<p>-      Será de caballeros permitirlo, pero no así su tono, señor Montes. Pero pierda usted cuidado. Me doy por advertida.</p>
<p>Sin más palabras, María de las Angustias se levantó con parsimonia, recogió su abrigo y su bolso del perchero, junto a la puerta, y murmurando “Buenas tardes” cruzó la puerta rumbo a la salida, sin mirar atrás.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Pasá, Albertito, pasá.</p>
<p>Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba nervioso. Habían pasado dos semanas desde la última visita de su madre al despacho de Montes, y desde entonces su jefe no le hablaba ni le hacía encargos. Se aburría, durante todo el día sentado en su escritorio, sin hacer nada, esperando. Luego de todos esos días tenía los nervios destrozados, la autoestima baja y ninguna seguridad en sí mismo.</p>
<p>-      Dígame, señor Montes.</p>
<p>-      Habrás visto que hay poco trabajo… ¿no es así?</p>
<p>-      Así es, señor Montes.</p>
<p>-      Lamentablemente pasamos por una mala racha. La empresa no se puede permitir ciertos lujos, Albertito. ¿Me seguís?</p>
<p>-      Sí, señor Montes.</p>
<p>-      Entonces comprenderás lo que quiero decirte, ¿verdad?</p>
<p>-      No, señor Montes.</p>
<p>-      Me veo obligado a despedirte, Albertito. El mes que viene ya no te podría pagar.</p>
<p>-      No haga eso, señor Montes. Puedo esperar. Puedo trabajar sin cobrar algunos meses, hasta que la cosa mejore.</p>
<p>-      No puedo hacer eso, Albertito. Si las cosas mejoran te llamo y te vuelvo a contratar. Mientras tanto, dale recuerdos de mi parte a tu madre.</p>
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		<title>Capítulo Quince: Doble traición</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Apr 2010 18:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
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		<description><![CDATA[Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-417" title="traicion" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/traicion-300x211.jpg" alt="" width="300" height="211" />Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba las cifras en un papel, lo volvía a contar, hacía un montón para pagar a un <em>asociado</em>, deshacía el montón, lo volvía a hacer, lo hacía con billetes más pequeños o más grandes. Era una ceremonia íntima y casi erótica. Ni siquiera el tacto de terciopelo ajado y rosa de sus tristes putas habituales lograba hacerle sentir tanta sensualidad en los dedos como el dinero.</p>
<p><span id="more-414"></span>Habían pasado tres días desde que hiciera el acuerdo con las dos mujeres, y no conseguía quitar de su cabeza a María de las Angustias. Abrió su caja fuerte y extrajo los cien mil pesos moneda nacional en efectivo, y comenzó a jugar con ellos, dividiéndolos en montones, mientras pensaba el destino del dinero. Tenía en mente varias operaciones diferentes, de acuerdo a las exigencias de la gaditana, y no acababa de decidirse. Quería impresionarla, quería hacerle ganar dinero, beneficiarla en el sentido más amplio de la palabra. Como perro viejo que era, dotado de un olfato agudo y especial para distinguir su propia excrecencia de la ajena, había algo en aquélla sociedad que le hacía ruido. Esas dos mujeres se parecían tanto como la mierda de perro y la miel. No era una sociedad natural. <em>Divide y vencerás</em>, alcanzó a pensar, antes de que Alberto Ramírez Matalobos llamase a su puerta.</p>
<p>-      Estoy ocupado ahora. – Dijo en voz alta, sin levantarse de su asiento. &#8211; ¿Qué pasa?</p>
<p>-      Es mi madre… Doña María de las Angustias Matalobos, quiere verlo, señor. – Respondió Alberto.</p>
<p>El hombre de negocios paseó la vista rápidamente por su escritorio. Más de trescientos mil pesos estaban apilados en diferentes montones de colores vivos, con variados grados de desorden y erotismo.</p>
<p>-      Dígale por favor que me espere unos minutos, en seguida la atiendo.</p>
<p>Apuntó unos últimos guarismos en sus papeles, y luego trasladó los montones, en el mismo orden que tenían sobre su mesa, al interior de la caja fuerte, con gestos cuidadosos, como si estuviese operando nitroglicerina. Cerró la puerta metálica de la caja, cerrando imperceptiblemente los ojos para escuchar con todos sus afinados sentidos el chasquido final que protegía el dinero, y no pudo evitar deslizar suavemente los dedos de la mano derecha sobre la fría superficie de hierro macizo. Volvió a colgar el cuadro que la tapaba – una reproducción de mala calidad de un <em>Molina Campos</em>, que Gilberto Montes atesoraba como si fuese auténtico, sin saber muy bien por qué. Cuando terminó, verificó rápidamente con la vista que no quedasen rastros de su trabajo sobre la mesa, se acomodó el chaleco, las mangas de la camisa y los gemelos de oro, y mientras repasaba el nudo de su corbata con un gesto instintivo del que no era del todo consciente, abrió la puerta de su despacho, para ver a la bella mujer de pie, a solo tres metros de la puerta.</p>
<p>-      Que agradable sorpresa – dijo, zalamero. – Pase, por favor, señora Matalobos.</p>
<p>-      Gracias, señor Montes.</p>
<p>-      Alberto, por favor tráenos café. ¿O tal vez la señora prefiera té?</p>
<p>-      Mejor, té para mi, por favor.</p>
<p>-      Ya lo has oído.</p>
<p>Cerró la puerta tras el paso de María de las Angustias, al tiempo que la invitaba a sentarse. Recorrió el perímetro de su mesa para tomar asiento frente a su invitada. Se sentía curioso, y al mismo tiempo divertido. Sabía que la inesperada visita de aquélla mujer traería algo jugoso.</p>
<p>-      Aún no tenemos réditos del dinero – bromeó -. Pasaron solamente tres días. – agregó, ensayando un absurdo gesto de disculpa con los hombros.</p>
<p>-      No esperaba que los hubiese, don Gilberto – parecía nerviosa.</p>
<p>-      Entonces usted dirá. ¿A qué debo el honor? Pensaba que nuestro “pequeño negocio” estaba claro.</p>
<p>-      Clarísimo, sin lugar a dudas. Por eso vengo. Espero que podamos… oscurecerlo un poco.</p>
<p>Gilberto Montes hizo un silencio, durante el que, parsimoniosamente, vació su cenicero de algarrobo en la papelera, se levantó para buscar el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta, que estaba colgada del perchero, volvió a su asiento, extrajo un cigarrillo, y mientras le daba ligeros golpecitos sobre la uña del pulgar, volvió a levantar la vista.</p>
<p>-      Los negocios, señora Matalobos – y usted lo sabe mejor que nadie – son la guerra. Todo vale. Todo se puede, siempre y cuando lleguemos a un acuerdo, pero me parece que no la estoy siguiendo. ¿Por qué no hablamos con franqueza? Al fin y al cabo somos socios.</p>
<p>-      De acuerdo. Verá… es que no es fácil para mí.</p>
<p>Los golpes en la puerta interrumpieron el diálogo. El señor Montes dijo “adelante” en voz alta, y Alberto entró con una bandeja en la que había una tetera, dos tazas y un azucarero de peltre. Dejó todo sobre la mesa en medio de un silencio artificial y casi palpable, que gobernaba la habitación con fragilidad de hielo. Intentó buscar los ojos de su madre, para saber lo que ocurría, pero no los encontró.</p>
<p>-      Si necesitan algo, llamen – dijo al salir, sin esperar respuesta.</p>
<p>-      Volvamos por favor a lo que me decía, Angustias…</p>
<p>-      Sí, claro. Nadie nos escucha, ¿verdad?</p>
<p>-      Tranquila, este despacho es un santo sepulcro.</p>
<p>-      Bien. Como le decía, no es fácil para mí. Soy una mujer que ha sufrido mucho, señor Montes. He sido extremadamente pobre, y he sido enormemente rica. La vida me ha dado muchos golpes.</p>
<p>-      Comprendo… &#8211; replicó Montes, sin comprender.</p>
<p>-      ¿Recuerda usted la quiebra del <em>Banco de Crédito Argentino</em>?</p>
<p>-      Perfectamente.</p>
<p>-      Esteban Giménez del Río era mi marido. – Gilberto Montes arqueó las cejas, sorprendido, pero no dijo nada. – Me quedé prácticamente en la calle, sin nada aparte de un techo donde vivir. Me volví a casar con un comerciante – Angustias, recordando el episodio entre Severino Garmendia y Gilberto Montes, se cuidó de no decir el nombre de su último marido – que era a su vez primo de la mujer con la que vine el otro día. ¿La recuerda?</p>
<p>-      Imposible olvidarla, amiga mía.</p>
<p>-      Pues mi marido me dejó unos pocos pesos, y esa mujer, mediante chantaje, se quedó con una parte importante de mi herencia…</p>
<p>-      Creo que empiezo a entender…</p>
<p>-      Quiero recuperar lo que es mío, Gilberto. Eso no puede ser malo, ¿verdad? – Angustias dejó caer todo el poder de su mirada Violeta, plena de matices y sobreentendidos, sobre los ojos atónitos del usurero.</p>
<p>Gilberto Montes hizo una nueva pausa. Encendió por fin el cigarrillo que tenía en la mano desde hacía diez minutos, con su <em>Zippo</em> de oro, ganando tiempo para pensar. Echó un terrón de azúcar en su taza de té, y mientras movía distraídamente la cuchara, levantó la vista nuevamente, buscando los ojos de su interlocutora.</p>
<p>-      Nosotros somos una empresa seria, doña Angustias. Tenemos por norma no intervenir en los negocios de nuestros asociados. Sin embargo, por alguna razón, usted me cae bien. ¿Por qué no me dice claramente lo que tiene en mente?</p>
<p>-      El dinero que le dimos para el negocio… La mitad es mío, y la otra mitad es el que esa mujer me quitó con chantaje. Pensaba que si las inversiones que vamos a hacer saliesen mal, y la totalidad del dinero se perdiese… No sé, podríamos repartir los otros cincuenta mil, digamos… Quince para usted y treinta y cinco para mí. ¿Qué le parece?</p>
<p>El hombre se puso de pie, acercándose a la ventana, como hacía siempre que quería pensar sin que un gesto lo delatase a traición. Parecía fácil. Seguramente la gorda inverosímil socia de la gaditana no sabría qué hacer ni a quién recurrir, y no parecía de las que iban a la policía, sino más bien de las que prefieren tenerla lejos. Lanzó la colilla del cigarro por la ventana, impulsándola con fuerza con el dedo mayor y el pulgar, y volvió lentamente a sentarse en su silla.</p>
<p>-      No sé… &#8211; dijo – Me juego nuestra impecable reputación haciendo algo así. Comprenderá usted que una vida de conducta intachable puede irse por el desagüe en unos minutos si esto se supiese&#8230;</p>
<p>-      Piénselo, don Gilberto. Es mucho dinero, y muy fácil.</p>
<p>-      No es tan fácil. Hay que falsificar documentación, esto debe hacerse bien para que no se note. Los documentos que prueben el desastre tienen que ser sólidos, y probablemente sea necesario involucrar un tercero para que haga el papel de moroso, lo que significa un pequeño desembolso a título de soborno&#8230;</p>
<p>-      Me parece que ahora le toca hablar claro a usted.</p>
<p>-      No lo haré por menos de veinticinco.</p>
<p>-      Veinte – dijo la gaditana – y los gastos los paga usted.</p>
<p>-      De acuerdo – dijo Montes.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Las he convocado de urgencia porque tengo un asunto algo… particular entre manos, y me pareció que podría interesarles.</p>
<p>Gilberto Montes Agüero dio dos pasos, acercándose a la ventana de su despacho de la calle Tacuarí, como hacía con frecuencia cuando hablaba ante sus clientes, intentando convencerlos. Alrededor de la mesa, como la primera vez, estaban María de las Angustias, con un elegante vestido de color rosa pálido y tocada por un sombrero pequeño del mismo color, y Teresa Guevara, con el pelo recogido y uno de sus vestidos floreados, que la hacía parecer una pelota playera envuelta para regalo. Sobre la mesa, una bandeja de masitas y una tetera humeante invitaban a la merienda.</p>
<p>-      Como saben, solamente ha pasado una semana y media desde que me trajeron el dinero, y aún no he tenido tiempo de colocarlo. Comenzaba a tener claro cómo y dónde hacerlo, pero ocurrió algo que me hizo pensar en cambiar de planes. Hace dos días, una persona de la que solamente les revelaré que es alguien con quien habitualmente hago negocios, y por lo tanto una persona en la que confío razonablemente, vino a proponerme algo. Es un negocio de riesgo bastante más alto que las operaciones de las que habíamos hablado, pero también considerablemente más rentable.</p>
<p>-      ¿Qué clase de negocio? – preguntó Angustias.</p>
<p>-      Antes de decirles nada acerca del negocio, necesito saber si están interesadas, porque si no lo están, mejor que no sepan nada. Digamos que la legalidad es, como mínimo, dudosa en este tipo de operaciones. Son cosas en las que se fuerza el límite de la ley.</p>
<p>-      Entiendo… &#8211; dijo Angustias.</p>
<p>-      No estoy interesada – replicó Teresa.</p>
<p>-      ¿Cómo lo sabes? Aún no has escuchado de qué se trata.</p>
<p>-      No quiero correr riesgos innecesarios.</p>
<p>-      Pues resulta que somos socias, y yo sí estoy interesada.</p>
<p>Un silencio tenso sobrevoló la habitación como un fantasma. La antigua hostilidad de Teresa Guevara había hecho acto de presencia, cosa con la que María de las Angustias no contaba. Gilberto Montes las miró, divertido, e inmediatamente después de encender un cigarrillo, dijo, conciliador:</p>
<p>-      Señoras, por favor. No hace falta que discutan. Vamos a ver… Todos los negocios posibles para su dinero tienen riesgo. El asunto, desde mi punto de vista, es evaluar correctamente si el posible beneficio vale la pena el riesgo. Me parece que antes de conocer ese dato no se puede tomar ninguna decisión.</p>
<p>-      ¿Y cuál es el beneficio? – preguntó Teresa Guevara.</p>
<p>-      Un treinta por ciento en sesenta días.</p>
<p>-      De acuerdo, estoy interesada. Siga contando. – respondió la gorda luego de quince segundos de silencio. Angustias soltó la respiración contenida con disimulo: había mordido el anzuelo.</p>
<p>-      Bien. Comprenderán que todo lo que diga a partir de ahora es estrictamente confidencial, y que ni a mí ni a mi socio nos haría ninguna gracia saber que se comentó fuera de estas paredes. A partir de aquí entramos en un terreno que en lugar de papeles se basa en la confianza personal, por lo que es imprescindible su compromiso de silencio.</p>
<p>-      Por mi parte, ningún problema – dijo Angustias.</p>
<p>-      Por la mía tampoco.</p>
<p>-      De acuerdo. Mi cliente es… importador-exportador. Suele traer cosas de valor: oro del Perú, esmeraldas de Colombia o de África y cosas así. El tiempo medio de la operación completa, desde que se le entregan los fondos hasta que transforma el cargamento en dinero líquido, es de dos meses en este caso – cuando va a África son cinco -, y suele duplicar el dinero invertido. La operación actual es un cargamento de esmeraldas colombianas por valor de quinientos mil pesos, que reportarán más de un millón en el mercado local. Mi cliente cuenta con doscientos cincuenta mil, y acudió a mí para pedirme el resto. Normalmente este tipo de operaciones las financio con dinero personal. Para qué compartir un negocio tan bueno, ¿verdad?</p>
<p>Gilberto Montes hizo un silencio prolongado, dejando que su última afirmación tomase cuerpo entre las dos mujeres, mientras apagaba su cigarrillo y, con absoluta parsimonia, sin dejar de observar a sus invitadas, llenaba tres tazas de té.</p>
<p>-      Debido a particularidades de mis negocios, ahora mismo cuento solamente con ciento cincuenta mil pesos en efectivo, por lo que necesito que alguien participe del negocio con cien mil. Mi cliente paga un treinta por ciento al terminar la operación.</p>
<p>-      ¿Y qué probabilidades de éxito hay? – preguntó Teresa Guevara.</p>
<p>-      Como saben, es un tipo de negocio arriesgado. Sin embargo, esta persona suele llevarlos a buen puerto. No puedo revelar mucho, pero les diré que es alguien bien contactado en el gobierno, y un hombre de temperamento y carácter. Será la sexta vez que participo en un negocio con él, y hasta ahora, nunca hubo ningún problema.</p>
<p>-      ¿Qué contactos? – volvió a preguntar.</p>
<p>-      No más preguntas sobre eso. Como decía antes, es una cuestión de confianza. Están dentro o fuera, ustedes deciden.</p>
<p>-      Estamos dentro – dijo Angustias.</p>
<p>-      Yo estoy fuera – dijo Teresa.</p>
<p>El ambiente se tensó nuevamente. Gilberto Montes miró alternativamente a las dos mujeres, antes de encender un nuevo cigarrillo. Con la mano izquierda se acomodó la sisa del chaleco, y echando su torso hacia atrás al tiempo que sonreía, se dirigió, por primera vez desde que la conociera, directamente a Teresa Guevara.</p>
<p>-      Teresa, usted es libre de hacer con su dinero lo que quiera, por supuesto. Yo necesito cien mil pesos, y por lo tanto no puedo aceptar solamente la parte de María de las Angustias. Pero piénselo bien, porque oportunidades así no se dan todos los días. Le estoy ofreciendo en dos meses lo que a tasas bancarias tardaría dieciocho en ganar. Las dejo unos minutos a solas.</p>
<p>Dicho esto, abandonó la sala de reuniones, cerrando la puerta al salir, para dejar a las dos mujeres ponerse de acuerdo.</p>
<p>-      No me gusta. – dijo Teresa.</p>
<p>-      No seas tonta. Es una oportunidad de oro.</p>
<p>-      ¿Y si sale mal?</p>
<p>-      ¿Y si sale bien? Teresa, este mundo es así. O te lo juegas o no te lo juegas. Estoy empezando a pensar que no ha sido buena idea asociarme contigo. Te diré lo que haremos: le pediré a Gilberto que te devuelva tus cincuenta mil, y yo misma pondré los otros cincuenta. Forzando algunas cosas puedo tenerlos en dos días, pero a partir de ahora te las arreglarás sin mí para gestionar tu dinero.</p>
<p>-      Dame dos minutos para pensar.</p>
<p>-      Dos minutos.</p>
<p>Teresa Guevara se levantó para reflexionar mejor. Dio algunos pasos erráticos alrededor de la mesa de reuniones. Sabía que no era muy lista. Sabía que era fea y vieja, y que eso no favorecía a que los hombres la guiaran y la ayudaran en un mundo de negocios que ella no comprendía. Definitivamente, necesitaba a María de las Angustias.</p>
<p>-      De acuerdo,  – dijo – pero si sale mal…</p>
<p>-      Si sale mal estamos jodidas las dos y punto, Teresa.</p>
<p>-      Está bien.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Gilberto Montes volvió a entrar a la sala de reunión llevando los tres juegos del contrato que tenía preparado desde antes de la reunión.</p>
<p>-      Necesito que firmen estos contratos.</p>
<p>-      ¿Qué es? – preguntó María de las Angustias.</p>
<p>-      Es un documento que anula nuestro acuerdo anterior. Este negocio se hace sin papeles, y el contrato que firmamos me obliga a pagar unas utilidades sobre parte del dinero que, por supuesto, no voy a pagarles, porque el destino del dinero no es el que acordamos en un principio.</p>
<p>-      De acuerdo – dijo Angustias, y se dispuso a firmar.</p>
<p>-      Esperá un momento. – dijo Teresa – Ya sabés que la herencia de Severino es todo el dinero que tengo.</p>
<p>Gilberto Montes, como buen jugador, pudo controlar su reacción corporal ante la aparición del nombre de su antiguo <em>cliente</em>, a excepción de un ligero arqueo de la ceja izquierda. Consiguió fingir que no había advertido nada. Así que el pirata de Garmendia se había casado con la gallega… Hijo de puta, pensó. Se ocuparía de eso más tarde. María de las Angustias no pudo evitar un ligero rubor en sus mejillas, que no pasó desapercibido al usurero.</p>
<p>-      No te preocupes, Teresa. Tú firma, y no hagas más preguntas.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-418" title="whisky" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/whisky-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" />Gilberto Montes Agüero hizo girar la rueda de combinación de la caja fuerte, donde había guardado su copia del contrato firmada por las dos mujeres y por él mismo. Su cabeza no paraba de trabajar. Nada más y nada menos que la viuda de Severino Garmendia. ¿Era posible? Abrió la puerta de su despacho y asomó la cabeza por el quicio de la puerta.</p>
<p>-      ¡Alberto! Vení a mi oficina, por favor.</p>
<p>-      Sí, señor Montes.</p>
<p>Cuando Alberto Ramírez entró al despacho, Gilberto Montes ya estaba sentado en su silla.</p>
<p>-      Cerrá la puerta, por favor. Gracias.</p>
<p>-      Dígame, Señor Montes.</p>
<p>-      Sentate, Albertito, sentate – hizo un gesto con la palma de la mano derecha, señalando una de las dos sillas frente a él.</p>
<p>-      Gracias, señor Montes.</p>
<p>-      Tenemos entre manos una operación delicada. – le dijo – Vas a tener que mover doscientas cincuenta lucas en <em>efeté</em>. ¿Te animás?</p>
<p>-      Claro, señor, no hay problema.</p>
<p>-      Perfecto. Supongo que será los primeros días de la semana que viene.</p>
<p>-      Entiendo. No se preocupe. Lo voy a hacer bien.</p>
<p>-      Estoy seguro de eso, Albertito. – encendió un cigarrillo y, mientras servía dos vasos de whisky, le ofreció uno al muchacho, que lo aceptó, aún sabiendo que el tabaco negro le resultaba demasiado fuerte y le irritaba la garganta. – Decime una cosa, Alberto, ¿hace mucho que tu madre se quedó viuda? Es una mujer especial.</p>
<p>-      Sí que lo es. No, no hace mucho. Hace unos cuantos meses.</p>
<p>Alberto sabía que el whisky le sentaba mal, sin embargo, no podía resistirse a una invitación de un hombre al que admiraba tanto, así que vació el vaso de un solo trago, con los ojos enrojecidos por el humo del cigarro, la garganta irritada y la voz rasposa. Montes volvió a llenarle el vaso.</p>
<p>-      Lo habrá pasado mal, me imagino, pobre mujer.</p>
<p>-      Es una mujer fuerte, pero sí, sí que lo pasó mal.</p>
<p>-      ¿Y vos? Me imagino que también habrá sido un golpe fuerte para vos – dijo, mientras llenaba el vaso del joven por tercera vez en cinco minutos.</p>
<p>-      No, no se crea, don Gilberto. El marido de mi madre no era buena persona, y aunque no esté bien decirlo, me alegré un poco. No de que se muriera, porque no está bien alegrarse de que la gente se muera, Dios me libre y me guarde. Me alegré porque ya no está con mi madre.</p>
<p>-      No sería tan malo, supongo.</p>
<p>-      A mí nunca me gustó el señor Garmendia. No sé decirle porqué, pero la verdad es que no me gustaba nada.</p>
<p>-      Entiendo, Albertito – dijo, palmeándole cariñosamente la mano sobre la mesa. – No chupés más que te me vas a emborrachar en la oficina.</p>
<p>-      Me parece que ya estoy borracho, señor Montes. – dijo Alberto.</p>
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