Matalobos

Capítulo Catorce: Viejos negocios, nuevos negocios

Posted in Matalobos on abril 8th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía que levantar ligeramente, para secarse con un pañuelo de algodón la cicatriz oscura y quemada que bordeaba la cuenca del ojo. El escribano Gaitán había redactado para ellas un acuerdo previo, que ambas habían firmado, y que establecía que Teresa Guevara retiraba su demanda a cambio de recibir los setenta mil pesos moneda nacional acordados al momento en que María de las Angustias pudiese disponer de la herencia. A principios de febrero, cuando terminaron los trámites de sucesión, Teresa Guevara y María de las Angustias se encontraron en cruce de la Avenida Corrientes y Esmeralda, donde estaba la casa central del Banco de Crédito Argentino. La gaditana ayudó a su casi prima política, que era poco dada a los laberintos del mundo financiero, a abrir una cuenta de ahorros para hacer efectiva la transferencia de los setenta mil pesos.

Acabado el trámite, se dirigieron juntas al despacho de Gaitán, en Diagonal Norte, caminando tomadas del brazo, al ritmo de los tacones bajos de Teresa y su andar paquidérmico y jadeante, adornado por una ligera cojera que le producía un enorme juanete en el pie izquierdo, para formalizar la culminación del acuerdo y fumar la pipa de la paz.

-      Pensaba que me ibas a traicionar, gallega, pero otra vez me dejaste sorprendida.

-      Siempre cumplo mi palabra, Teresa. ¿Qué vas a hacer con el dinero?

-      No sé. Supongo que tenerlo en el banco para ir viviendo.

-      Mal hecho.

-      ¿Por qué? ¿Qué tendría que hacer?

-      El dinero sirve para muchas cosas, – respondió la andaluza – pero la mejor de todas ellas es hacer más dinero. Si te lo gastas, volverás a ser pobre pronto. Si lo utilizas con inteligencia, nunca más pasarás necesidades.

-      No sé, no sé… Ya no me caés tan mal, pero no confío en vos.

La gaditana rió la confidencia. Por alguna razón, aquélla mujer desagradable, que tenía incluso un bigote incipiente sobre los labios agrietados, le resultaba simpática. Pensó que tenía el mismo corazón oscuro que Severino, aunque le faltaba su refinamiento francés, sus modales de hombre de mundo y su excelente conversación.

-      Como quieras – respondió – piénsatelo, y si quieres, podemos hacer algún negocio juntas.

-      ¿Qué clase de negocio?

-      No lo sé, habría que pensarlo. Inmobiliario, o caballos de carrera, o poner dinero donde trabaja mi hijo… Hay muchas opciones.

Llegaron a la escribanía Gaitán, donde el propio escribano las hizo pasar a un despacho con una enorme mesa oval de madera de cedro. “La bella y la bestia”, pensó para sus adentros el leguleyo al ver a las dos mujeres de pie sobre la moqueta deslucida.

-      Bienvenidas, señoras… Si están de acuerdo, efectuaré una lectura completa del documento antes de proceder a la firma.

-      No hace falta. – dijo Teresa Guevara – Todo está en orden, y esos documentos soy muy aburridos.

-      Como quieran. Básicamente el documento expone que se ha llegado a un acuerdo y que los términos del mismo se han cumplido en su totalidad. Si no desean más información pueden firmar. Hay que firmar por triplicado.

-      ¿Tengo que firmar tres veces? – preguntó Teresa Guevara. Gaitán sonrió, intentando contener la risa.

-      No. Es decir, sí. Son tres copias. Una firma en cada copia.

-      Ah.

Gaitán les alcanzó el fajo de papeles, y durante algunos minutos solamente se escuchó el rasgueo de las plumas con que las dos mujeres firmaban al unísono diferentes copias del mismo documento. El escribano recogió los papeles y las acompañó a la puerta.

-      A sus pies, señora Matalobos, como siempre – se despidió.

*                             *                             *

Las dos mujeres se detuvieron en el pórtico del edificio, como respetando un acuerdo tácito.

-      ¿Sabés? – empezó Teresa – Pensaba que después de hoy no iba a querer verte nunca más, pero sé perfectamente que no tengo ni idea de qué hacer con la guita, y aunque sigo sin confiar en vos, sos la única persona que conozco que puede darme una mano…

-      Yo tampoco confío en ti. – respondió Angustias, divertida – La desconfianza mutua de los socios es la primera base para poder hacer buenos negocios. – afirmó, tendiéndole la mano. La mujer se la estrechó con ganas, volviendo a sonreír, gesto aquél que dejaba aparecer por un instante a Severino.

-      Lo voy a pensar seriamente y te llamo. ¿Sin rencores?

-      Sin rencores – certificó la gaditana.

*                             *                             *

Gilberto Montes Agüero pensaba – y pensaba que hacía bien al pensarlo – que en los negocios la piedad, la amistad y la simpatía eran cosa de mariquitas, viejas putas y tarados mentales. Era un hombre delgado, de aspecto varonil, aunque su metro sesenta y ocho a pesar de llevar zapatos con más de tres centímetros de alza lo acomplejaba enormemente. Sin embargo, el complejo no le impedía vestir impecablemente su escasa altura con trajes negros a rayas blancas, de tres piezas, camisas blancas con gemelos de oro en los puños, y una variada colección de finas corbatas. Lucía un bigote fino y bajo, pegado a la línea de su labio superior y extrañamente distante de la nariz, rechoncha como un buñuelo, que desentonaba con su mirada profunda y sus ojos negros, rodeados siempre de una sombra oscura. Consideraba la elegancia como un elemento imprescindible para los negocios – los de dinero, los del bajo vientre y los del corazón –, y se negaba a hacerlos con quien no la demostrase. Por esa razón dudó tanto cuando su ayudante Alberto Ramírez Matalobos trajo a su madre y a una amiga que querían hacer negocios. Indiscutiblemente, la madre del rapaz era cosa fina. Un vestido gris oscuro, sobrio, sombrero a juego y zapatos de gamuza gris, un prendedor con una mariposa de oro, alas verdes y dos graciosas antenitas coronadas cada una por un pequeño ópalo. Elegancia natural. La caída del vestido hacía justicia a la línea curva de sus pantorrillas, y los guantes blancos, impecables, que solamente se quitó para permitirle besar el dorso de su mano, hacían un conjunto realmente encantador. Sin embargo, se hacía difícil imaginar qué clase de relación podía unir a una criatura tan maravillosa con el esperpento que la acompañaba. Teresa Guevara llevaba ese día un vestido color verde oliva, que en su cuerpo enorme y rechoncho más parecía una bolsa de basura que una manera correcta de presentarse en un despacho, si no decente, al menos pujante. Gilberto Montes no pudo dejar de observar las uñas rotas y percudidas por años de trabajo duro. Era obvio que no estaban sucias, sino que debido al continuo maltrato habían acabado por adquirir un halo repugnante y verdoso que no se quitaba con agua y jabón. El pelo le caía a ambos lados de la cara, y en lugar de formar una cortina, como debe ser un buen pelo femenino, eran como pequeños tentáculos de un animal viscoso. Se veía engrasado y sucio, y aunque probablemente fuese por el calor, no podía dejar de imaginar que hacía al menos cuatro o cinco días que no veía ni peine ni lavado. Para completar el cuadro, el parche de pirata sobre el ojo izquierdo y las venas rojas y violetas a los costados de la nariz le producían una completa repulsión. Ni siquiera fue capaz de sonreír cuando Alberto los presentó, ni cuando él las invitó a sentarse. En cambio, María de las Angustias irradiaba confianza y elegancia. Era una Señora, con mayúsculas.

Una vez que ambas mujeres se sentaron, una al lado de la otra, a la amplia mesa que llenaba por completo la sala de reuniones de su despacho, y que Alberto, a su pesar, hubiese salido en silencio, obedeciendo un gesto casi imperceptible de su jefe, Gilberto Montes caminó despacio hasta la otra punta de la habitación, para abrir las ventanas, y se detuvo un minuto a encender un cigarrillo con un Zippo de oro. Le gustaba el olor de la bencina y el sabor dulce que conseguía rastrear durante las dos primeras caladas, inmediatamente después de disfrutar por enésima vez el seco chasquido metálico al cerrar el ingenio. Intentaba decidir si podía hacer negocios con aquéllas dos mujeres. Todo su instinto de usurero experimentado le decía que sacara a patadas de su despacho a la gorda ridícula cuya respiración pesada bastaba para llenar la estancia de una fragancia de flores muertas, pero al mismo tiempo la elegancia y belleza de la madre de su discípulo lo habían cautivado al primer instante. Finalmente, decidió que la sola presencia de la gaditana hacía que valiese la pena, al menos, escuchar lo que las dos mujeres venían a proponerle. Giró sobre sus pasos y rodeó la mesa, para sentarse enfrentado a las dos mujeres, acomodando un cenicero de madera de Algarrobo con algo más de cuidado del necesario, gesto aquél que permitiría a las damas apreciar los tres anillos de oro que llevaba en la mano derecha, especialmente el del dedo anular, macizo y grande, con las letras G y M enormes en relieve.

-      Señoras, soy todo suyo. Ustedes dirán. – hizo un gesto circular con la mano, invitando a conversar. – ¿Un café, antes de empezar?

-      Por mí no – dijo Teresa Guevara.

-      Para mí tampoco, gracias. Verá usted, don Gilberto… No sé muy bien cómo abordar el tema por el que hemos venido a verlo.

-      Haga un intento, señora Matalobos, que para eso estamos – respondió el hombre, ensayando una sonrisa torcida que, suponía, despertaba simpatía entre las mujeres.

-      Es que no quisiera… Verá usted, mi hijo y yo estamos muy unidos, y él, por supuesto, confía a su madre la naturaleza de las actividades de su despacho, pero claro está, guardando siempre la confidencialidad imprescindible sobre sus clientes…

-      Sin problemas. – interrumpió Montes – A buen entendedor, pocas palabras.

-      Queremos invertir en préstamos a interés elevado. Sabemos que supera las tasas del mercado y que es un buen negocio, y como tenemos unos ahorrillos, pues hemos pensado que no sería mala idea.

-      Entiendo… ¿Sabe usted que es este un negocio duro? Quiero decir… No siempre uno presta y le pagan puntualmente. A veces hay que actuar… digamos al límite de la legislación vigente, para proteger el capital que gestiona este despacho. A veces hay que tomar decisiones duras. Por otra parte, mis socios y yo no aceptamos inversores por menos de sesenta mil pesos…

-      No se preocupe, señor Montes. Somos mujeres, pero sabemos de qué va el asunto.

-      En ese caso, les explicaré como funciona. Hay dos maneras de trabajar. La primera consiste en que ustedes ponen el dinero, el despacho lleva los negocios sin necesidad de informar y ustedes obtienen una renta mensual del uno y medio por ciento, pase lo que pase. Si las personas a las que prestamos no pagan, no es su problema, ustedes cobran igual. La segunda es más arriesgada, pero se gana más. Nosotros elegimos una operación, se las presentamos a ustedes, y si les parece bien se firma un contrato entre las partes, donde mi despacho solamente actúa como intermediario, cobrando una comisión al beneficiario del préstamo. El préstamo paga un seis por ciento mensual, uno y medio para el despacho y cuatro y medio para ustedes. Si el cliente no paga es problema de ustedes, aunque nosotros podemos ayudar en términos que tendríamos que discutir en cada caso. Es más arriesgado, pero se gana mucho más. Para los dos casos se firma primero un contrato entre el despacho y ustedes, que establece las normas básicas para operar.

-      ¿Y hay personas dispuestas a pagar tanto por un préstamo?

-      En general son préstamos a corto plazo. Se trata de gente desesperada que no puede recurrir a los bancos. Y sí, lo pagan, créame… Y si no pagaran…

-      No quiero saberlo. Al menos de momento.

Teresa Guevara no confiaba en ese tipo. Habían hablado de invertir cincuenta mil pesos cada una, pero lo estaba dudando. No le gustaba su aire de matón de clase alta, ni su bigote pulcro, ni su mandíbula perfectamente rasurada, en la que se adivinaba piel áspera y crueldad controlada y dosificada de acuerdo a la necesidad.

-      Angustias, creo que deberíamos…

-      No te preocupes – interrumpió la gaditana. – Está todo bajo control. Gilberto, ¿sería usted tan amable de dejarnos a solas un momento? Cinco minutos, nada más.

-      Faltaba más. Estaré aquí fuera para lo que necesite.

-      ¿Qué te pasa ahora? – Angustias se volvió hacia Teresa Guevara, ofuscada.

-      Que no me gusta este tipo. Mejor nos buscamos alguien más confiable.

-      ¿Y qué creías que iba a ser? Los tipos que hacen estos negocios no son agradables, y mucho menos confiables. No te preocupes, confía en mí, sé lo que hago.

-      No estoy segura…

-      Verás cuando empieces a cobrar como estarás segura. – dicho esto, se levantó y abriendo la puerta llamó a Gilberto Montes. Cuando hubo entrado y recuperado su sitio en la mesa, utilizó un tono expeditivo y duro para hablarle, el mismo con el que había acordado la división de la herencia con Teresa Guevara – Señor Montes, esta es nuestra propuesta. Pondremos cien mil pesos. Sesenta mil en modalidad del cuatro y medio por ciento y cuarenta mil en la del uno y medio. Para los sesenta mil queremos el cuatro setenta y cinco en lugar del cuatro y medio, y durante los primeros seis meses queremos que los intereses se incorporen al capital, y por lo tanto que los intereses del mes siguiente se computen sobre el nuevo capital. Queremos tener una opción cada tres meses de retirar los cuarenta mil más sus intereses generados, y la opción de cancelar el acuerdo sobre los sesenta mil a medida que se vayan devolviendo. El capital e intereses que se cobren mensualmente de los sesenta mil se incorporarán a la otra modalidad automáticamente, hasta que finalice el ciclo del préstamo, momento en el que decidiremos si volvemos a prestar o retiramos el dinero. ¿Qué le parece?

Gilberto Montes Agüero entornó los ojos, mientras encendía otro cigarrillo. No esperaba esa precisión por parte de la gaditana, y estaba sorprendido. Pensó que no sería fácil tratar con aquéllas mujeres, pero al mismo tiempo le fascinaba el carácter de la andaluza.

-      Tenemos un acuerdo – dijo -. Voy a pedir que me preparen los contratos.

Capítulo Trece: Ahí te dejo la cuenta

Posted in Matalobos on abril 1st, 2010 by Federico Firpo Bodner – 4 Comments

Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se inició en un camión de transporte de cerdos, prosiguiendo durante más de treinta horas en el vagón de carga de un tren que se le antojó una burla, una negra comparsa necrófila que susurraba permanentemente, con el murmullo metálico de sus ruedas de acero, las palabras Yvette y muerte. Yvette-muerte-Yvette. Muerte-Yvette-muerte. Alberto la recogió en la estación de Retiro, acompañado por un coche fúnebre y cuatro mozos cabizbajos, que cargaron el cajón de madera barata hasta la funeraria. Se vieron obligados a suspender el velatorio porque el cadáver comenzaba a despedir un fuerte olor ácido y venenoso, y su piel a llenarse de pústulas verdes y burbujas acuosas que parecían querer reventar sobre los posibles deudos.

Traspasaron el cuerpo a un ataúd decente, cerrado herméticamente con dieciséis pernos de dos pulgadas para evitar que se propagase el perfume mortal que emanaba. Fue enterrado esa misma mañana, con la sola presencia de María de las Angustias y su hijo varón, que no recordaba haber visto llorar a su madre nunca antes. Lo lloró con dolor, con rabia y con una vergüenza íntima y desoladora, con el pecho invadido por un sentimiento de traición que sabía injusto y egoísta, pero que no podía evitar. Lo lloró con espasmos, como a ningún otro hombre antes. Por única vez en su vida había conocido el amor, y había sido puro, sin piel ni sexo, sin tiempo para hablar, solamente una mañana perfecta bajo el fragor de las cataratas y el chillido indecente de los micos, y luego un castigo en forma de desengaño que la acompañaría para siempre.

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Capítulo Doce: Yarará

Posted in Matalobos on marzo 25th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

De todos los maridos que tuvo María de las Angustias Matalobos en su larga vida, Severino Garmendia y Guevara fue el que le duró menos. Fue por esa época en que sus hijos María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos comenzaron a creer en su destino incierto y cíclico de mantis religiosa, y nació en la familia la leyenda de viuda negra que acompañaría a María de las Angustias hasta el día de su muerte y más allá, oscureciendo su recuerdo.

A la mañana siguiente del desplante protagonizado en el convite de bodas por Alberto, María de las Angustias y Severino partieron en viaje de novios para visitar las Cataratas del Iguazú y la triple frontera, sin haber tenido oportunidad de consumar el matrimonio, ofuscados ambos por la primera riña familiar, y más ofuscado el uno cuanto más notaba la ofuscación del otro. La noche de bodas durmieron espalda contra espalda.

Angustias estaba profundamente disgustada por el enfrentamiento entre su hijo favorito y su nuevo marido, y masticando silenciosamente su disgusto inició un viaje demencial de dos días en tren y autobús, en el que tampoco encontraron intimidad ni remanso para reconciliarse como él deseaba y como ella exigía.

Por la mañana del tercer día de viaje, recalaron en un hotelito cercano a las cataratas. El buen tiempo y el calor disiparon el enfado de María de las Angustias con un rastro vaporoso de nubes blancas. Después de un desayuno tardío, se refrescó en el baño de la habitación y reapareció en el comedor del hotel con un fresco vestido estampado de gardenias y una capelina blanca, para protegerse del sol feroz con un velo delgado, casi transparente, que impedía el paso de los enormes y voraces mosquitos de la Mesopotamia Argentina. Abandonaron el hotel pasadas las once, mezclados en un variopinto grupo de turistas, guiados por un experto conocedor a sueldo, con intención de visitar las cataratas. Llegaron a la zona de paseo, donde un sendero protegido por una barandilla blanca permitía bordear la zona de jungla y admirar el espectáculo imponente de decenas de miles de metros cúbicos de agua precipitándose al vacío en un estruendo fragoroso de espuma fresca, que, siendo Angustias y Severino los que cerraban la comitiva, les impedía escuchar con claridad las explicaciones del guía.

Severino se colocó detrás de Angustias, dejando que sus cuerpos se rozasen, leve pero intencionadamente, y sintiéndose protegido por la caída ensordecedora de las aguas, y oculto por la distracción de los otros miembros de la comitiva, comenzó a tocarla, provocándola. Primero le deslizó suavemente un dedo sobre el nacimiento del cuello. Luego, más audaz, dejó deslizarse su mano sobre las nalgas de su mujer. Cuando los contactos dejaron de parecer cariñosos para ser indiscutiblemente sensuales, María de las Angustias giró sobre sí misma, riendo, y confrontó a su nuevo marido.

-      ¿Qué haces, Severino?

-      Es que no puedo más… Acordate, galleguita, que todavía no somos oficialmente marido y mujer. Lo somos ante Dios, pero no ante la Madre Naturaleza.

Riendo, María de las Angustias echó los brazos al cuello del mercader, que entre besos y caricias, lentamente, la fue separando del grupo, para internarse unos metros por un sendero escarpado en la selva colindante. “Nos vamos a perder”, protestó ella entre risas sofocadas por un intenso calor interno. “Es justo lo que quiero”, respondió él, levantándole el vestido hasta los muslos, acariciándola con paciencia dulce y delicadeza de orfebre. Llegaron a un pequeño claro entre los enormes árboles, y el extendió su chaqueta liviana sobre el pasto tierno húmedo de rocío, para recostar sobre ella a la gaditana, que reía y se entregaba al juego con espíritu festivo, feliz al darse cuenta de que no conservaba ni rastro de enfado. Se quitó la camisa y comenzó a besarla, recorriéndola con sus manos fuertes como sólo él sabía hacerlo. Después de tantos años de amores furtivos en la trastienda del barrio del once, la conocía mejor que ella misma. Angustias se supo entregada, desbordada por su propia humedad, que se mezclaba con el sudor fresco que el calor aplastante de la selva misionera les hizo aflorar rápidamente.

Severino, riendo de su propia ocurrencia, se puso ágilmente de pie, con intención de quitarse los pantalones blancos de hilo crudo que se había puesto para la excursión. Cuando los tenía por debajo de la rodilla, se percató de que conservaba los zapatos puestos, y haciendo un movimiento torpe para poder liberar el pie derecho, trastabilló y dio un mal paso hacia atrás, intentando conservar el equilibrio, con tan poca fortuna que pudo sentir la carne, del grosor de un brazo humano, de una hembra yarará de más de dos metros de longitud, antes de darse cuenta de que había tropezado. La enorme serpiente, sintiéndose asustada y agredida, giró sobre sí misma como una flecha, mientras Severino caía de rodillas, nuevamente sobre el cuerpo del reptil, que se levantó con fuerza. El mercader pudo adivinar su propia carne desgarrándose bajo los poderosos colmillos que el animal hundió en su muslo derecho tras un alzamiento inverosímil para un ser vivo que carece de piernas. Soltó un grito de dolor, y al intentar apartar a la serpiente de un manotazo, recibió una segunda mordedura en la mano, entre el pulgar y el índice. Severino rodó por el suelo con la serpiente aún aferrada a su mano, agitando el brazo con toda su fuerza, hasta que la carne cedió, rompiéndose tras el lastre de los más de catorce kilogramos de reptil, y el animal voló, despedido, un metro y medio, para huir en seguida, reptando entre los árboles, mientras el mercader, sin intentar contener las lágrimas que brotaban de sus ojos azules, se aferraba la mano, sangrando a borbotones, y Angustias gritaba y corría por el sendero en busca de auxilio.

*                             *                             *

En el hotel le pusieron paños fríos sobre la frente, y lo taparon con mantas para bajar la fiebre y sudar la calentura, que sumada al aire pesado de la selva se hacía insufrible. María de las Angustias, sin decirlo, se sintió internamente agradecida hacia el conserje del hotel, que tuvo el buen gusto de no preguntar cómo un hombre de sesenta años, sin camisa y con los pantalones por los tobillos, había sido mordido en dos oportunidades por una serpiente venenosa, y en cambio, al deducir de la descripción de la gaditana que se trataba de una yarará, dispuso todo lo necesario para atender al enfermo hasta la llegada del médico, que a pesar de ser llamado de urgencia no podría venir desde Resistencia hasta la mañana siguiente. Angustias se instaló junto a la cama de su marido, enjugando su frente sudorosa cada pocos minutos, mientras él se debatía entre vapores febriles y quejidos ahogados, semiinconsciente, con una respiración entrecortada que hacía temer un inminente fallo respiratorio.

Pasadas las seis de la tarde, el mercader estaba por completo hundido en un mundo privado y tenebroso, en el que se veía a sí mismo, joven y difuso, en un marco de tinieblas en las que solamente reconocía su propia voz, como un eco profundo en el vacío inconmensurable de su pecho. María de las Angustias sostenía entre sus manos la de él, y se esforzaba por no sucumbir al pánico animal que la acechaba desde el borde del cerco luminoso que su mirada violeta proyectaba, para intentar disipar las sombras en las que su hombre se hundía sin remedio. Le había improvisado un vendaje en la mano derecha, que constantemente se aflojaba, permitiendo que la pérdida de sangre continuase a un ritmo casi regular. La mordedura y el posterior forcejeo le habían destrozado los tendones, la carne y las arterias, y la sangría permanente, sumada al efecto del veneno lo hacía palidecer por momentos, dándole un aspecto de tísico terminal.

Angustias echó mano de todo su temple, y con un absoluto dominio de sí misma, se obligó a no dejar de hablarle. Por alguna razón intuía que debía impedir que se durmiese. Temía que sus esperanzas de vencer a la muerte solo tuviesen lugar durante la vigilia. Acariciándole distraídamente la mano sana, le habló en susurros de su Cádiz natal, de sol rojo y furioso de los atardeceres sobre el mar Mediterráneo, de la fragua incandescente de su padre, de los pies descalzos de sus hermanos, del pajar del establo del señor Ramírez Núñez, de su primer amor robado en una despensa oscura. Su propia voz la hizo sentir, por primera vez en muchos años, verdadera nostalgia de su tierra. Luego le contó cómo había sido expulsada, y cómo había masticado y derrotado a su propia vergüenza, para transformarla en orgullo con la fuerza imparable de su casta.

Cuando la tarde comenzó a caer, sabiéndose sola con el moribundo, María de las Angustias se sintió tocada por la reveladora certeza de estar viviendo un momento único, una oportunidad de redención a la que debía aferrarse. Inspirada por el amor que solamente entonces supo que sentía hacia aquél hombre de pelo cano y manos sabias, por única vez en su vida relató en voz alta cómo y por qué había asesinado al Capitán Ayala, y sabiendo que aunque sobreviviese, Severino Garmendia no recordaría nada, estando como estaba, chapoteando en sus propios sudores de fiebre y sopor, le relató con absoluto detalle los momentos de aquél sábado irreal en el que puso fin a su matrimonio y al a vida del militar, sorprendida por la precisión exacta de su propia memoria, por la riqueza de los detalles, por la presencia de los olores y los sonidos, por la mirada fantasma del Capitán, por el vapor de su último té y el vívido recuerdo del alarido de Matilda. El sol se escondía detrás de los edificios colindantes al hotel. María de las Angustias, aliviada por el bálsamo redentor de la confesión improvisada, se acercó a su marido agonizante y lo besó tierna y largamente en los labios. Luego, sin separarse de él, mientras le acariciaba suavemente el cabello, susurró: “Te cuento todo esto porque eres el único hombre al que de verdad he querido”.

Las lágrimas de la gaditana rozaron la piel cenicienta del rostro de Severino, que en ese instante, y durante un momento eterno y fugaz, recuperó el brillo de sus ojos, un chispazo de vida eléctrico y terminal. Alzó la cabeza, y mirándola con toda la ternura de la que era capaz, dijo con una voz tan dulce que no era de este mundo:

-      Yvette, francesita, sabía que ibas a volver.

Después, soltó a borbotones todo el aire que tenía en los pulmones, y vomitando una mezcla acuosa de bilis mezclada con sangre, entre estertores de tos y jadeos de asfixia, murió sin dar más explicaciones, en el mismo momento en que la noche invadía la habitación con una oscuridad sin tregua.

Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo

Posted in Matalobos on marzo 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 9 Comments

Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.

Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.

*                             *                             *

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Capítulo Diez: Compás de espera

Posted in Matalobos on marzo 11th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 10 Comments

María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.

Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.

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Capítulo Nueve: Caída en desgracia

Posted in Matalobos on marzo 4th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 15 Comments

El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.

El ocho de octubre, Angustias agradeció con su mejor sonrisa a Giovanni Rivoldi antes de descender del Ford T. Había comprado noventa y seis metros de tela de brocado color borravino, ornada con borlas doradas, para reemplazar las cortinas del salón principal, y regresaba a casa, feliz. Sin embargo, supo que algo no andaba bien al descubrir la silueta de su marido, de espaldas a ella, sentado a la enorme mesa de madera de quebracho que presidía el salón. Don Esteban estaba en una postura inconfundible de desesperación, la frente apoyada en ambas manos, los codos descansando sobre la mesa, a ambos lados de la edición matinal del periódico La Nación de ese mismo día. Angustias se acercó, ligeramente inquieta, y antes de besar a su marido, como planeaba hacer, pudo leer sobre el hombro del financiero el ingrato titular que encabezaba una nota a doble página: “El Banco Central ordena la intervención del Banco de Crédito Argentino”. En la línea siguiente, la entradilla del artículo revelaba: “Giménez del Río, acusado de malversación de fondos, fraude fiscal y ocho cargos menores”. Angustias sintió como toda su alegría se desvanecía, al tiempo que las rodillas amenazaban su estabilidad con una debilidad repentina y temblorosa. Ocupó la silla contigua a su marido y solo entonces lo buscó con la mirada. Advirtió en su rostro señales de llanto, y pudo descubrir, también, un ligero rastro de alivio.

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Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango

Posted in Matalobos on febrero 25th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.

En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.

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Capítulo Siete: Campanas de Boda

Posted in Matalobos on febrero 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 14 Comments

María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida Quintana, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.

-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.

-      Sí, madre.

-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?

-      Sí, madre.

-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.

-      ¿Qué es el inglés, madre?

-      No te preocupes por eso ahora.

-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en englés?

-      No, Rocío se quedará donde está.

Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.

*                             *                             *

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Capítulo Seis: Finanzas

Posted in Matalobos on febrero 11th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes inversores que formaban la masa de depósitos administrada por el Banco de Crédito Argentino.

-      La señora María de las Angustias Matalobos está aquí. Como no tiene cita, le pedí que esperara fuera.

-      Hágala pasar inmediatamente – dijo don Esteban, mientras se alisaba el chaleco y verificaba sus gemelos de oro con un gesto nervioso. – Y ofrézcale un té o un refresco, por el amor de Dios.

Don Esteban acababa de cumplir cuarenta y siete años y se sentía más joven que nunca. Una tuberculosis fulminante lo había dejado viudo diez años atrás, solamente tres años después de haberse casado con una vedette que por entonces triunfaba en Buenos Aires en el Teatro de Revistas. Por esa razón no había tenido hijos, pues aunque era un hombre al que no le faltaban ocasiones de frecuentar mujeres, estaba profundamente enamorado de su esposa cuando enviudó, y años más tarde se habituó a solucionar las urgencias del bajo vientre con encuentros ocasionales en los burdeles de la calle Corrientes abajo, cerca de su despacho, y las atenciones amorosas de dos amantes a las que mantenía en secreto en sendos apartamentos que poseía en Palermo Viejo. No pensaba en volver a enamorarse, y mucho menos en casarse, pero Angustias le había despertado un estado de ansiedad que ya no recordaba que pudiera sentir, y durante los escasos diez días transcurridos entre el aterrizaje del Plus Ultra y la prometida visita de la dama, había experimentado una novedosa crisis de insomnio, inapetencia e incómoda alternancia entre un estreñimiento doloroso y tenaz y una diarrea líquida e inoportuna que lo obligaba a permanecer a una distancia no superior a doce segundos a paso apresurado del retrete más cercano.

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Capítulo Cinco: Purgatorio y cenizas

Posted in Matalobos on febrero 4th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 4 Comments

Finalizaba la primavera de 1925. Pronto serían las navidades, y Angustias decidió que era momento de flexibilizar el luto riguroso que hasta entonces había mantenido por la muerte del Capitán. Ordenó a Matilda preparar el vestuario formal, en tonos oscuros que había encargado meses antes para el verano. Una vez levantado el luto, y aunque guardando las formas de viuda reciente, podría comenzar a recibir visitas masculinas sin necesidad de guardar apariencias. Era imperioso que así fuera.

Una vez enterrado al Capitán, el inventario de su herencia había sido francamente decepcionante. El chalet de Campana, dos pequeños departamentos desvencijados en el barrio de La Boca, frente al río y treinta y siete mil pesos moneda nacional en una cuenta de ahorros del Banco de la Nación Argentina. Angustias, con rapidez y discreción, había vendido las propiedades, pero la liquidez resultante tampoco sería suficiente para un largo período de tiempo.

Ya establecida su condición de viuda y finalizada la sucesión de los bienes del Capitán, Angustias comprendió que sería necesario un segundo matrimonio, esta vez lejos de las armas, que las cargaba el diablo. Decidió que debería ser un hombre mayor, sin hijos y con una buena posición económica y social. Con veintinueve años Angustias continuaba siendo una mujer extremadamente bella, y era considerada en sociedad como una persona de relativa alcurnia, finos modales y razonablemente acaudalada. Estaba segura de que no tardaría en encontrar nuevos pretendientes, y esta vez estaba decidida a elegir mejor. Al fin y al cabo, la juventud no sería eterna, y Angustias lo sabía muy bien.

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