Matalobos

Capítulo Cuatro: Amarga venganza, pólvora y revancha

Posted in Matalobos on enero 28th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 10 Comments

El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. Don Severino regentaba un negocio de empeño de joyas en el barrio del Once, con la particularidad de que su servicio proporcionaba a los clientes una copia falsa, sin valor, de las joyas empeñadas, junto a una garantía sellada con silencio y miradas cómplices de discreción absoluta. Angustias era cliente habitual de la tienda desde antes de casarse con el Capitán, y muchas veces había empeñado y rescatado las mismas joyas en virtud de operaciones financieras que hacía con cierta regularidad, entre las que se contaban fuertes apuestas a las carreras de caballos, quinielas clandestinas y ocasionales compra y venta de bienes inmuebles. Se hicieron amantes durante el verano de 1922, en una época en la que Angustias perdió precisamente en el Hipódromo de Palermo, en una mala racha, buena parte de un dinero que el Capitán le había confiado con vistas a comprar una casa de fin de semana en los alrededores de la población de Campana. Cuando Angustias advirtió que ya no recuperaría el capital apostado, empeñó algunos de sus collares y gargantillas traídos de España y dos juegos de anillos y pendientes, regalo del Capitán, por una buena suma contante y sonante en pesos moneda nacional. Don Severino le proporcionó copias casi perfectas de todas las piezas. Dada la complejidad de la operación, se vieron con frecuencia durante algo más de un mes, y sin saber muy bien cómo, pasaron de los negocios a la amistad, y del consuelo a una mujer desesperada a revolcones frecuentes en los mediodías calurosos y polvorientos en la trastienda de don Severino.

Para entonces don Severino contaba cuarenta y nueve años muy bien vividos, y una elegancia mundana que encantaron a una Angustias espléndida en su juventud. Los unía la ambición sin límites, la falta de escrúpulos, el ejercicio de la doble moral cristiana y un gusto desmedido por los refinamientos sexuales. Angustias tenía en el Capitán un amante aburrido y poco imaginativo pero constante, mientras que con el Sargento Primero Lucio Campagnuolo disfrutaba de la potencia masculina de sus brazos y el ímpetu inagotable de sus caderas. Don Severino era de origen francés, y gustaba de tomar baños de sales en compañía y de vivir la desnudez como algo natural. Cuidaba su alimentación y una hora diaria de ejercicio le proporcionaba un cuerpo fibroso y entrenado. Era metódico y pausado para el amor, y si bien no solía tener más de un orgasmo durante sus encuentros, Angustias siempre alcanzaba el clímax repetidas veces. El era un hombre que gestionaba la excitación sexual, imponiendo ritmos que aceleraba y pausaba a su antojo para retrasar el final.

*                             *                             *

El Capitán regresó dos días antes de lo previsto. Angustias estaba en el salón repasando los informes del progreso escolar de María del Rocío, que las monjas enviaban rigurosamente cada mes, después de recibir el correspondiente emolumento, cuando lo escuchó cerrar la puerta de calle, desprender el sable del cinto para colgarlo en el perchero del recibidor y entrar el salón con paso cansado y una expresión de circunstancia en el rostro.

-      Llegas pronto. ¿Ha pasado algo? – preguntó Angustias, decodificando al instante el gesto amargo de su marido.

-      Hubo un accidente. Un accidente trágico.

El Capitán avanzó con parsimonia hacia el sofá, sin dejar de observar a María de las Angustias, que sintió una herida en el pecho, intuyendo la desgracia en un instante eterno, como sólo las mujeres saben hacerlo. Tuvo que apelar a lo mejor de sí misma para mantener el control, y con la voz sostenida a fuerza de voluntad, preguntó:

-      ¿Qué tan trágico, Justo? Tú estás bien, por lo que veo.

-      Sí, no es eso. Estábamos haciendo prácticas de infantería. Había dividido al regimiento en dos equipos, y el objetivo era tomar posesión del embarcadero de la laguna. Las maniobras se realizaron después del anochecer. Se suponía que las armas estaban descargadas, pero en el momento en el que los dos pelotones se dispersaban entre los árboles, hubo una situación confusa. Se oyó un disparo, y para cuando llegué allí el Sargento Campagnuolo ya estaba muerto.

Angustias no pudo contener un gesto breve, apenas una aspiración profunda de aire. Se llevó la mano derecha a la boca, y tuvo que apelar a toda su fortaleza.

-      ¡Qué horror! ¡Un hombre tan joven!

-      Eso no es todo. La bala le entró limpiamente en el centro de la nuca. Por las quemaduras de la herida creemos que el disparo se realizó a menos de dos metros de distancia, completamente a quemarropa.

-      ¿Se sabe quién ha sido?

-      No. Lo más raro de todo es que encontramos el subfusil que disparó a tres metros del cadáver. Era el del Sargento Campagnuolo.

Mientras hablaba, el Capitán Ayala no dejó de mirar fijamente a los ojos a Angustias, esperando encontrar un signo que revelase la verdad, un rastro de dolor o de arrepentimiento, una evidencia inequívoca de culpa. Cuando hubo terminado, Angustias, impasible, dijo:

-      Es una verdadera lástima, parecía un buen hombre, con una niña pequeña… ¡No hay derecho! ¿Qué quieres para cenar? Diré a Matilda que lo prepare.

*                             *                             *

Fue durante el invierno de 1923, inmediatamente después de la muerte del Sargento Campagnuolo, que Angustias adoptó la costumbre del encerrarse en el baño a fumar tabaco negro de enrollar. El Capitán lo sabía, pero jamás lo mencionó. Así como sabía perfectamente que no era propio de damas fumar, también entendía que no lo era de caballeros hablar del asunto. Angustias había controlado su rabia mientras el Capitán le relataba la muerte del Sargento. Sabía que él esperaba que ella se quebrase para saber si sus sospechas eran ciertas, pero ella le negó ese desquite. La primera vez que se encerró en el baño a fumar lo hizo con intención de llorar en paz. Había visto muchas veces al Capitán liando tabaco, y pensaba que sería más fácil. Al cabo de diez minutos consiguió armar un cigarro panzudo como un caramelo y que amenazaba despegarse. Mientras luchaba con el papel y las hebras de tabaco, pensaba en el Sargento, en su jovencísima esposa y su hijita. La pensión de los militares le alcanzaría para vivir.

Al momento de encender el cigarro, se dio cuenta de que no estaba llorando, como era la intención inicial. Buscó en su interior las lágrimas que no había podido derramar frente al Capitán y no las encontró. El humo le enrojecía los ojos y el pecho le dolía durante los espasmos de una tos seca que el fuerte tabaco del Capitán le produjo durante las primeras caladas, pero aún así fue incapaz de soltar una sola lágrima. Entonces supo que nunca había querido al Sargento, que no era más que un alimento para su vanidad. Aplastó la colilla a medio fumar y se sintió ridícula. A pesar de que el Capitán no estaba en casa fumaba sola en el baño. Se dijo a sí misma que era para que no la viese el servicio, pero íntimamente sabía que el servicio le era leal, que no haría preguntas, y que en cualquier caso le importaba muy poco lo que pensaran de ella. Sentía rabia. Una rabia profunda, más parecida a una rabieta de niño que al dolor de una mujer que ha perdido a su amante. Estaba segura de que el disparo lo había hecho el Capitán. Y sabía que para él, era la solución perfecta: Muerto el perro, muerta la rabia, solía decir. Los hombres tenían muy poco tacto para solucionar las cosas, especialmente los militares. El Capitán sabía poco de hablar y mucho de eliminar los problemas a tiros. En el fondo, sabía que la muerte del Sargento era culpa suya, pero junto con la capacidad de llorar, Angustias había perdido el camino de vuelta a los remordimientos. Era una mujer hecha a sí misma. A ella nadie la había ayudado. No importaba cuántas veces Dios la pusiese a prueba, ella era más fuerte. Siempre se levantaría una vez más.

Tras cerrar la puerta del baño, respiró profundo y con un gesto nervioso acomodó su vestido largo. Se limpió la nariz con un pañuelo que luego guardó en su manga y ordenó enviar una corona a la viuda del Sargento, a la que adjuntó una esquela escrita de su puño y letra, enviando las más sentidas condolencias de parte del Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala y esposa. Con un gesto de su mano izquierda sobre la frente, dio por cerrado el episodio del Sargento Primero Lucio Campagnuolo en su vida. No volvió a pensar en él como hombre de dormitorio, y reservó un lugar en el desván de su memoria para los buenos momentos vividos, pero no permitió que la rabia la abandonase. No tenía que ver con el Sargento, era algo entre ella y el Capitán.

*                             *                             *

Entraba el otoño de 1924. Era una época del año en la que la casa se trastornaba ligeramente. El servicio preparaba la ropa de verano en baúles con naftalina para guardarla en los altillos hasta la próxima primavera, y a su vez desempolvaba la ropa de otoño e invierno de la temporada anterior, sepultando la casa entera bajo una nube de partículas en suspenso. La ropa olía a encierro y a polvo, a pesar del celo con el que había sido guardada, y por eso Angustias era inflexible en cuanto a que todas las prendas, fueran a usarse o no, pasaran por el tinte.

Aprovechando que la casa se ponía patas arriba, se hacía una limpieza a fondo de la cocina, se movían los muebles del salón, se daban vuelta los pesados colchones de lana y muelles de hierro y se limpiaba a conciencia el estudio del Capitán. Angustias sabía que una vez finalizado el proceso, el Capitán tenía por costumbre limpiar y engrasar su colección de sables y carabinas. Mientras el servicio se ajetreaba entre el altillo y la alcoba principal, Angustias dirigía la operación recorriendo las habitaciones, escoltada por Matilda, desparramando instrucciones y agregando tareas a medida que se le ocurrían, ordenando y contraordenado a ritmo sincopado. Como cada año, entró al estudio del Capitán con la intención de hacer un inventario visual de los objetos pesados y muebles que habría que mover y limpiar. Mientras verificaba los trofeos de esgrima del Capitán, reparó en el armario de las armas de fuego. No le gustaban las armas, nunca lo había abierto. Esta vez lo hizo, e inmediatamente se sintió atacada por un olor de encierro metálico, grasa y madera barnizada. Lo recorrió con la mirada y contó hasta doce escopetas. Angustias no conocía la diferencia entre un subfusil reglamentario y una carabina de caza de corto alcance, pero por alguna razón escogió esta última. En el estante superior había varias cajas de balas apiladas en perfecto orden. Pasó algunos minutos estudiando el mecanismo para abrir y cerrar la cámara de munición y aprendiendo a montar y desmontar el percutor y el seguro. Aquél aparato no era sencillo. Quitar una vida no era sencillo, alcanzó a pensar.

Probó sin suerte munición de las dos primeras cajas, hasta que al abrir la tercera, la bala pareció encajar en la recámara. Deslizó la traba lateral hasta que escuchó el clic que indicaba que la munición estaba en su sitio, montó el percutor y destrabó el seguro. Repasó el arma con la vista, asegurándose de que estaba lista para disparar, y volvió a colgarla con las demás.

*                             *                             *

La bala le reventó el globo ocular derecho, astillando el borde de la cuenca ósea del ojo y produciendo un orificio de forma irregular de salida en la coronilla, de tres centímetros de diámetro. Antes de que los restos de su materia gris esparcida por el aire manchasen las paredes y la moqueta, el Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala, en un chispazo de lucidez que duró un milisegundo, alcanzó a saber que estaba muerto.

*                             *                             *

Era sábado, y Angustias sabía que muy probablemente ese fuera el día elegido por el Capitán para limpiar sus armas. Se aseguró de que el servicio estuviera presente, y en cuanto el Capitán se dirigió a su estudio le hizo llevar una taza de té cargado con un chorrito de leche. Matilda dejó la taza sobre el escritorio del estudio mientras el Capitán comenzaba a limpiar y afilar el sable de su uniforme de gala.

-      El Capitán no quiere ser molestado durante algunas horas, Señora.

Angustias hizo un gesto con la mano, para dar a entender a la india que había tomado nota mental de la solicitud del Capitán. El corazón le latía con fuerza, ensordeciéndola, y por un instante pensó en inventar una excusa para sacar al Capitán del estudio y rescatar la bala que lo esperaba en la carabina calibre 22. Entonces recordó la delicia de sus dedos recorriendo el vello del pecho del Sargento Campagnuolo, la excitación que le producía siempre el primer contacto de sus manos alrededor del pene del soldado y su sabor amargo. Recordó las tardes en el hotel Avenida, desnudos ambos, disfrutándose sin culpas ni complejos. Luego pensó en Severino Garmendia y en las piezas que ya no tenía esperanzas de rescatar porque no conseguía generar recursos genuinos para pagar al prestamista, que a pesar de ser amante y buen amigo suyo, mantenía una política de negocios estricta e inquebrantable.

-      Cuando jodemos, jodemos, y cuando laburamos, laburamos, – Le decía Severino cada vez que Angustias hablaba de las joyas. – pero no te preocupés, galleguita, que tus piedras están seguras conmigo.

Pensó en el patrimonio del Capitán, que le permitiría recuperar sus tesoros. Sabía que Justo Rafael Ayala más de una vez había salido beneficiado, a finales de la presidencia de Hipólito Yrigoyen, entre 1921 y 1922, de operaciones poco claras en las que Anarquistas de la Patagonia Rebelde1, inexplicablemente, vendían a última hora sus casas en Buenos Aires o su tierras en el sur a los oficiales a cargo de su propio pelotón de fusilamiento. Las operaciones se realizaban en los centros de detención, con el visto bueno de los escribanos del ejército, y aunque constaban en la documentación de la transacción los importes, avalados porque en ese mismo acto los escribanos daban fe, el dinero nunca llegaba a las viudas. Parece que los rebeldes tenían una extraña afición a dilapidar su dinero horas antes de morir.

Angustias se dirigió a la cocina, con intención de prepararse un té. Matilda estaba en ese momento colocando la vajilla de diario en su sitio, cuando en el silencio de la casa retumbó el sonido de un disparo.


  1. La Patagonia rebelde o la Patagonia trágica es un evento protagonizado por los trabajadores anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina y que fueron reprimidos por el Ejército Argentino en el año 1921. Ver La Patagonia Rebelde

Capítulo Tres: Celebraciones

Posted in Matalobos on enero 21st, 2010 by Federico Firpo Bodner – 14 Comments

La celebración de las navidades fue ese año la más fastuosa que los niños Ramírez Matalobos habían vivido hasta entonces. El Capitán Ayala, feliz por su matrimonio y satisfecho por tener por primera vez en su vida una sexualidad sino excitante, al menos regular y fluida, decidió que la ocasión bien merecía el gasto. Durante las dos semanas previas la casa fue presa de una actividad febril de preparación a contrarreloj. Matilda iba y venía, comprobaba la mantelería, repasaba la plata y los bronces, discutía precios y fechas con los distintos proveedores de comida y bebida, mientras María de las Angustias verificaba los encargos de flores, la disposición de las mesas en el patio, la lista de invitados y el envío de las tarjetas blancas y doradas que participaban a la fiesta. El Capitán pagaba y asistía con asombro y desconcierto a los preparativos, que excedían por completo el límite marcial de su imaginación.

Celebraron una fiesta que convocó a varias docenas de personas, entre ellas miembros del ejército con sus familias y algunos viejos amigos del Capitán, mientras Buenos Aires los asfixiaba con una noche de treinta y ocho grados centígrados dentro de unos uniformes de gala que la etiqueta exigía. Al mejor estilo tradicional europeo, se sirvieron entrantes compuestos de una gran variedad de frutos secos, patés de hígado de pato y oca acompañados de vino blanco y espumoso. Un plato principal de pavo relleno y ensalada de patatas protagonizó la cena. Los turrones de Alicante y Jijona y el pan dulce de frutas abrillantadas con azúcar a los postres se hacían imposibles de masticar, y no fue otra cosa que el carácter castrense de los invitados, habituados a soportar condiciones extremas de supervivencia, lo que consiguió que la noche fuese un éxito social.

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Capítulo Dos: Negocios

Posted in Matalobos on enero 14th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 12 Comments

Avenida de Mayo (1920)

El Capitán Justo Rafael Ayala la visitaba tres tardes por semana, precedido por su fragancia efímera de agua de colonia. Para el inicio de 1920, María de las Angustias había comprado una casa de dos plantas en el barrio de San Pedro Telmo. Desde su llegada a Buenos Aires, Angustias había contado con la inestimable ayuda del Capitán para instalarse y comenzar su nueva vida. Había sido él quien encaminara los trámites de la documentación de la gaditana y sus dos hijos, y se había encargado personalmente de premiar la desinteresada intervención de los funcionarios de inmigración con varios doblones de plata provenientes de las arcas del señor Ramírez. Había sido el Capitán, también, quien la introdujo en la vida pública de la alta sociedad bonaerense, y quien la asesoró y guió en la compra de la casa. María de las Angustias sabía que más tarde o más temprano sus recursos genuinos se agotarían. La aterraba la idea de no poder conservar la posición social con la que había llegado de España, sostenida únicamente por la solvencia de su mermado cofre. La única solución plausible era un matrimonio ventajoso, que consolidara su posición social y económica. Con ese objetivo permitía al Capitán, un hombre veinte años mayor que ella y extremadamente aburrido, cortejarla regularmente a golpe de flores, tés europeos de contrabando que su posición en el ejército de tierra le permitía conseguir con frecuencia y chocolates y caramelos de la confitería El Molino.

El Capitán llegaba al atardecer y ambos se sentaban en el patio interior de la casa de Angustias. El cortejo era especialmente lento y difícil, a causa del carácter marcial del Capitán, su timidez congénita, su falta de habilidad para la conversación y el bullicio permanente de los niños jugando en el patio y en las habitaciones de la planta baja. Matilda, una india de las provincias del norte que profesaba una devoción y fidelidad sin límites hacia su dueña, desde que ésta la rescatase de un penoso episodio de hurto en el mercado de frutas y verduras de San Pedro Telmo, les preparaba y servía el té, mientras el Capitán narraba pausadamente historias aburridas sobre la influencia del ejército en la vida política del país, maniobras de prácticas de guerra o anécdotas castrenses sin ninguna gracia. Angustias fingía interés con la misma precisión con la que luego fingiría pasión en el lecho conyugal, ensayando mohines con los labios fruncidos y risas tímidas acompañadas de caídas de sus ojos violetas enmarcados en pestañas infinitas. El Capitán estaba loco por ella, por su belleza fresca, su risa musical y franca, sus modales castizos, su talle esbelto, realzado con miriñaques traídos de España y vestidos de corte noble, su acento indiscutiblemente español y el carácter fuerte con el que pronunciaba las zetas y las ces. Le deslumbraba  el gesto adusto con el que empuñaba el abanico, y la alegría con la que, algunas tardes en las que una copa de vino dulce le alegraba el carácter, Angustias cantaba para él sevillanas, con el solo acompañamiento de sus castañuelas. Después de acostar a los niños, Matilda les servía una cena frugal en el salón, y antes de las nueve y media el Capitán marchaba a casa. Los meses pasaban, uno tras otro, y el Capitán no avanzaba en su torpe artificio de seducción. Continuaba tratándola de usted, y no aparecía en su conversación nada que invitase a intimar. Angustias pensaba que él no terminaba de convencerse de que ella fuese una mujer adecuada para el matrimonio, pero la verdad era que simplemente él no sabía cómo avanzar. Su instinto militar, agudo para la guerra y la vida entre hombres, no encontraba el camino para abrirse paso hacia el corazón de una mujer. Su experiencia anterior, casi enteramente adquirida en los burdeles del centro, no aportaba demasiada información sobre el arte de la seducción. Los temas de conversación eran tan poco personales que ni siquiera le daban a ella oportunidad de dejarse enamorar, de invitarlo, de entreabrir una puerta para que él pudiese descubrirla. Por otra parte, la presencia constante del Capitán impedía que otros hombres se atreviesen a cortejarla.

Finalmente, una tarde de Mayo de 1920, Angustias decidió tomar el toro por los cuernos, y por primera vez usó un tono íntimo para dirigirse al Capitán.

-      Dime una cosa, Justo.- Lo llamó adrede por su nombre de pila.- ¿Cómo es que no te has casado aún?

-      La vida militar es muy difícil, Angustias… – respondió él, tras un titubeo que le permitió reponerse de la sorpresa.- Y supongo que todavía no conocí a la dama apropiada… que no había conocido a la dama apropiada. – Ella rió del desconcierto del Capitán. Se volvió hacia él y lo miró profundamente a los ojos, bajando ligeramente el rostro, en un ángulo en el que sabía que su mirada resultaba penetrante y profunda.

-      ¿Y crees que cuando aparezca sabrás reconocerla? – poniendo sus manos sobre la mesa, invitando al Capitán al contacto. – ¿Acaso sabes cómo es una dama apropiada?

-      No quisiera ser atrevido, Angustias, – el bigote marcial temblaba sobre los labios del Capitán. – pero creo que ya apareció, creo que es usted.

-      ¿Lo crees o lo sabes, Justo? Porque si solamente lo crees, aún no es momento de hablar de ello. Si, por el contrario, lo sabes, te diré entonces qué es lo que dice mi corazón. – fue Angustias quien, al finalizar la frase, tomó entre las suyas la mano del Capitán, esforzándose por conseguir un sonrojo pálido y tímido que no sentía. El militar, tragando saliva, respondió sin embargo sin dudarlo, al tiempo que correspondía la caricia de la andaluza con su mano libre.

-      Lo sé, Angustias. Hace tiempo que lo sé.

-      Pues debías habérmelo dicho. El corazón de una mujer joven es impaciente y caprichoso.

María de las Angustias saboreó silenciosamente su victoria durante el resto de la tarde. Cuando el Capitán, también visiblemente aliviado, le tendió la mano para despedirse, como era su costumbre, ella le echó los brazos al cuello, poniéndose de puntillas para buscar sus labios. El militar reaccionó torpemente y con sorpresa, moviendo nerviosamente la cabeza, y el primer intento de beso falleció trágicamente contra su bigote.

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Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)

Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)

La boda se celebró a finales de septiembre de 1920, coincidiendo la llegada de la primavera, en un Buenos Aires repleto de jacarandás florecidos y agujeros en las calles, debido a la construcción de la segunda línea del tranvía subterráneo. El Capitán Ayala pasó los días previos al enlace presa de una ansiedad que ni siquiera las maniobras del ejército de tierra le producían. Era un malestar vago y desconocido, casi travieso, que se manifestaba claramente con una punzada en el hígado, o con migrañas poderosas directamente en el centro del cerebro. A veces un dolor agudo en el brazo izquierdo le hacía temer la posibilidad de un ataque al corazón. El Capitán era un hombre fuerte, adiestrado para enfrentar lo difícil, de carácter decidido y seguro de sí mismo, pero el mundo femenino le resultaba hostil, poco previsible. Era para él como atravesar un barrizal calzado con alpargatas. No funcionaban las estrategias ni los ataques francos, había que ser sutil, complicado y sofisticado.

Asiduo de los burdeles del centro, ni siquiera se quitaba las polainas para un polvo de compromiso que mantuviera a raya la tensión erótica de los últimos meses; y que la mayoría de las veces ejecutaba casi sentado, de forma precisa, con la señorita alquilada sobre él en una cama sin deshacer y los pantalones enrollados de cualquier manera sobre las rodillas. Angustias se había empleado a fondo para enloquecer al Capitán, y si bien no le había permitido compartir su cama antes de la boda, se entregaba con frecuencia a prolongadas sesiones de besos y manoseos en el salón, una vez que el servicio se hubiese retirado. El Capitán sudaba, atormentado por los vapores narcóticos de la calefacción de queroseno. Luchaba con torpeza durante treinta o cuarenta minutos con los pollerines de encaje y los miriñaques de alambre, mientras Angustias calculaba cómo urgirlo, cómo desquiciarlo, lentamente y sin piedad. Lo besaba en el cuello, con mordisquitos traviesos de besadora experta. Más de una vez inició una masturbación lenta, frotada sobre la tela de los pantalones del Capitán, y convenientemente interrumpida antes de que el militar alcanzase el clímax. En esas ocasiones Angustias se ponía de pie súbitamente, invocaba a Dios y los valores cristianos del matrimonio, mirando al cielo con auténtica vergüenza y pidiendo perdón por sufrir tanto las tentaciones de la carne. A continuación, rogaba al Capitán que marchase a casa, que no podía ser, que esto no era propio de una dama. Durante estos meses, consiguió que el Capitán adelantara en dos ocasiones la fecha de la boda, prevista inicialmente para agosto de 1921, porque el Capitán consideraba imprescindible un largo noviazgo, mientras que Angustias consideraba urgente una solución definitiva a sus finanzas.

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Los casó el capellán del Regimiento 1º de Patricios, en la capilla del cuartel. El Capitán estaba espléndido en su uniforme de gala, luciendo todas sus condecoraciones, las botas de montar lustradas para la ocasión y un bigote ancho y entrecano. Recibió en persona al Teniente General Menéndez, a su esposa y a más de cincuenta oficiales y suboficiales de los ejércitos de mar y tierra, que acompañados también de sus esposas asistieron a la gala. No era frecuente en el ejército la boda de un oficial de tan alto rango, ya que normalmente los militares solían casarse antes de los veintisiete o veintiocho años, mientras que Justo Rafael Ayala contaba cuarenta y cuatro el día de sus primeras y únicas nupcias.

Por la familia de la novia únicamente acudieron María del Rocío y Alberto, encargado este último de entregar los anillos, a pesar de que el sentido común hubiese aconsejado que fuese María del Rocío, con cinco años, y no  un niño de apenas tres y que no comprendía muy bien su papel. A falta de padre de la novia, hizo la entrega en el altar el Sargento Primero de Infantería Lucio Campagnuolo, hombre de confianza del Capitán, que al instante se quedó prendado de Angustias, y fue su principal –pero no único- amante durante los tres primeros años de matrimonio, hasta que murió en circunstancias poco claras durante unas maniobras de rutina en los alrededores de la laguna de Chascomús. Nunca llegó a esclarecerse quién había sido el autor del disparo que acabó con la vida del joven Sargento.

El fasto imponente de la boda fue tema principal de las páginas de sociedad de la prensa bonaerense durante más de una semana, y en todo Buenos Aires nadie parecía dudar de que el Capitán Justo Rafael Ayala y su distinguida esposa, doña María de las Angustias Matalobos de Ayala, tenían por delante muchísimos años de feliz matrimonio y un presagio de familia numerosa y bien avenida.

La noche de bodas fue en la suite nupcial del Hotel Plaza de Buenos Aires, antes de partir de viaje de novios en tren para pasar dos semanas en Mar del Plata, donde frecuentarían el Casino y a varias parejas de Tenientes, Coroneles y Generales del destacamento del ejército.

El Capitán Ayala esperaba un encuentro sexual prolongado, que durase buena parte de la noche, de acuerdo a los escarceos de los meses previos, y le aliviase de las urgencias acumuladas en su bajo vientre. Sin embargo, Angustias se quitó su vestido de novia con facilidad, desvistió al Capitán sin ninguna clase de ceremonias y lo sometió a un asalto rápido y decepcionante, durante el que lo cabalgó sin quitarse del todo las enaguas de recién casada. Preocupada porque era perfectamente consciente de que estaba ovulando, lo hizo terminar sobre las sábanas con una paja rápida, precisa, profesional y eficiente. Mientras el Capitán recuperaba el aliento, pensando en volver a intentarlo con más fortuna, ella lo besó tiernamente en los labios, y antes de apagar la luz para rezar, envuelta en un camisón de satén, le dijo suavemente al oído, rozándole apenas el lóbulo de la oreja con los labios:

-      Buenas noches tenga usted, mi Capitán.

Capítulo Uno: Santa María del Buen Ayre

Posted in Matalobos on enero 7th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 25 Comments

Puerto de Buenos AiresEn 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable.

Dos horas antes de atracar, María de las Angustias Matalobos respiraba el aire mezclado de agua salada y dulce de la desembocadura del Río de la Plata. Con los brazos apoyados sobre la borda, alcanzó a adivinar en el horizonte un amanecer tímido que se disponía a romper la noche. Esbozando una sonrisa, se sorprendió evocando otro amanecer, once años atrás, en su Cádiz natal. Ramón Matalobos y Dueñas, su padre, herrador de caballos de oficio, era un hombre bruto y cariñoso, que expresaba con sus grandes manos, de uñas permanentemente sucias y nudillos quemados por el uso de la fragua, lo que le negaba su pobre dominio del lenguaje hablado. Ese amanecer María de las Angustias despertó con ansia de orinar. Se echó una manta sobre los hombros, con intención de conjurar la humedad del sereno rumbo a la letrina, fuera de la casa, y se calzó de cualquier manera las alpargatas de cáñamo, evitando pisar con los pies descalzos el suelo de bloques de barro cocido, siempre cubierto de gránulos y polvo que se desprendían del propio material. Se disponía a abandonar la habitación que compartía con sus cuatro hermanos varones, cuando advirtió sonidos en el pequeño salón de la vivienda. Se acercó a la puerta con sigilo, entreabriéndola apenas unos pocos centímetros. Por la ventana sin cortinas se adivinaba el inicio sutil del amanecer detrás de los cerros. Una lámpara de aceite ardía sobre la repisa. Su madre estaba semi tendida sobre la mesa, apoyando en su superficie todo el tronco, con los brazos extendidos, arañando la madera carcomida y con su generosa tetamenta asomando, blanca y pálida, por entre los pliegues de su blusón desabotonado. Su padre, sosteniendo como podía la falda levantada de cualquier modo, la embestía desde atrás, con los pantalones enrollados alrededor de los tobillos. La escena era casi ridícula y silenciosa. Apenas unos resoplidos de su padre, unos gemidos ahogados de su madre y el sonido rítmico de las carnes abundantes y blandas de ella al sufrir los golpes rítmicos producidos por los noventa y ocho kilogramos de hombre que tenía detrás. Sin embargo, ese erotismo mudo y grotesco la fascinó por completo. Permaneció inmóvil, llevándose instintivamente la mano a la entrepierna y observando, por espacio de unos cuantos minutos más, hasta que su padre se retiró violentamente, girándose hacia la puerta. Pudo ver el pene enrojecido y lubricado de su padre lanzando pequeños chorritos de líquido blancuzco sobre el polvo del suelo, al tiempo que liberaba el aire contenido en sus pulmones, bufando. Mientras se subía y abrochaba los pantalones, escupió sobre su simiente derramada e intentó cubrirla de polvo con movimientos cortos del pie derecho. Se echó el abrigo sobre los hombros, una boina negra de campo sobre la cabeza y, besando a su mujer en la mejilla, mientras ella se arreglaba el pelo con las manos, dijo:

-      Me voy a trabajar, limpia eso.

Aún hoy, tantos años después, el recuerdo le erizaba la piel, la hacía sentirse agradablemente sucia. Angustias sonrió para sí misma, y se encaminó a su camarote de segunda clase, dispuesta a preparar a los pequeños para el desembarco inminente, mientras el enorme buque saludaba el amanecer del puerto con un estruendo grave y gutural de su sirena.

*                             *                             *

En una ciudad donde la mezcla cultural y étnica era furiosa y bulliciosa, un puñado de monedas bastaba para comprar pocas preguntas, documentos de identidad y presunción de inocencia. María de las Angustias se refugió en la confusión de las colonias para ocultar un amor frustrado y vergonzoso, su expulsión de España como madre soltera de dos pequeños, fruto de amoríos clandestinos con el hijo de su patrón, un terrateniente andaluz, su origen humilde y una entrepierna insaciable que a los veintitrés años la obligó a forjarse una personalidad de hierro.

Había sido duro y difícil. Alberto Ramírez Núñez, padre de su amante, la había presionado y amenazado, a ella y a su familia.

-      ¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? – había gritado el hacendado. – Es suficiente con haber hecho la vista gorda durante más de cinco años. Lo he tolerado sin despedirte. Me debes respeto y agradecimiento. ¡Si hasta he permitido que tus bastardos lleven mi apellido! Ahora las cosas son diferentes. Alberto se casará pronto… Tú y los pequeños debéis abandonar España cuanto antes.

-      No pienso ir a ninguna parte. Yo quiero a su hijo, y él me quiere. – La mirada color violeta intenso de María de las Angustias y sus mejillas enrojecidas por la furia realzaban su belleza en contraste con lo precario del establo donde se desarrollaba la discusión. Alberto Ramírez Núñez pensó que entendía perfectamente por qué su hijo se había encaprichado de esa criada terca y tonta.

-      Escúchame bien. Si te quedas, tú y tu familia lo pasaréis muy mal. Llevas trabajando en mi casa desde los doce años, sabes bien que soy hombre de recursos. Te he comprado un camarote de segunda clase en un vapor que sale para América dentro de diez días. Te daré suficiente dinero para que puedas establecerte al llegar. Te daré más de lo que ganarías trabajando para mí toda tu vida.

María de las Angustias bajó los ojos. Sabía que Ramírez Núñez era un hombre poderoso. Pensó en sus padres. Pobres y humildes. Era una batalla perdida.

-      Además del dinero quiero un ajuar completo y ropa para los niños.

-      ¿Qué?

-      El dinero no es suficiente. Necesito que piensen que soy la viuda de un hombre rico. Necesito ropa cara y trajes de viuda. De alguna manera, esa es la verdad.

Ramírez Núñez fijó sus ojos negros en la mirada luminosa de María de las Angustias, intentando dominar un deseo enorme de estrangularla allí mismo. Al ver que la moza le sostenía el gesto como a un igual, sonriendo y sin siquiera el menor rastro de miedo en su rostro, la reconoció como una de los suyos, se sintió aliviado y feliz, y se permitió una carcajada sonora y fuerte.

-      Eres una sinvergüenza y una desfachatada. ¿Prometes no volver nunca, ni intentar contactar con Alberto por ningún medio?

-      Lo prometo.

-      De acuerdo. Ahora vete a casa, ya no trabajas para mí. Mañana preséntate aquí a las diez. Mi mujer te comprará todo lo que necesites.

*                             *                             *

Puerto_de_Buenos_AiresDesembarcó ayudada por ocho mozos que recibieron a cambio una moneda. Llevaba en brazos al pequeño Alberto, de apenas dieciocho meses, y tomada de la mano a María del Rocío, de tres años y medio. Los mozos descargaron siete baúles con ropas y equipaje, y un cofre cerrado con tres cerrojos que contenía una exigua fortuna en oro y plata del extinguido imperio Español, precio final para comprar su partida a las Américas y un puñado de joyas, regalo de su ex amante. Habían tenido un encuentro fugaz sobre la paja del establo la tarde anterior a su partida. Él le había pedido perdón. Había llorado sobre el pecho desnudo de María de las Angustias. Ella lo llamó cobarde y lo cabalgó sin piedad ni sentimiento, por pura furia del cuerpo, con el cabello salpicado de hebras de paja. Se vistió rápidamente, lo miró a los ojos por última vez y, sin palabras, se giró para mostrarle su desprecio, marchándose sin regalarle siquiera una lágrima de despedida.

La ciudad le pareció sucia y caótica, pero llena de vida y fascinante, con sus calles coloniales empedradas de gris y románticos faroles negros de hierro forjado. Cerca del puerto se amontonaban los conventillos, casas mal construidas con tablones, sobre pilares de madera y, en el mejor de los casos, hormigón, en las que se hacinaban los inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos y de media Europa, venidos como ella en barcos que prometían tierra, riqueza y una vida mejor. Por las calles se escuchaba hablar el cocoliche1, que heredaba del italiano su tono de grito permanente y algunas palabras asimiladas a un castellano dulce, de zetas suavizadas y doble eles patinadas por la influencia de los Xeneizes.

Sin dudarlo, María de las Angustias se dirigió al Registro con intención de inscribir a sus hijos con los nombres de María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos, y a sí misma como viuda de Antonio Ramírez Nuñez, muerto en España al servicio de Su Majestad el Rey.

Un cabo ignorante y torpe se sumergió en el estudio de sus credenciales. Dado que en la fe de bautismo eclesiástica constaba que sus hijos eran naturales, María de las Angustias las declaró perdidas. El funcionario la miró tristemente con ojos aburridos, y dejando el montón de papeles sobre el mostrador, quiso dar por terminada la conversación.

-      Consiga los documentos y regrese. Así no puedo inscribir a los niños. ¡Siguiente!

-      ¡Espere un momento! ¿Cómo que consiga los papeles? No puedo regresar a España.

-      No puedo hacer nada.Diríjase al cónsul, al obispo o a quien le parezca.

-      ¡Tiene que solucionarlo! ¡Por favor! – tras un ligero esfuerzo, María de las Angustias logró convocar dos pesados lagrimones a sus irresistibles ojos violetas.

-      Lo siento, señora. Tengo órdenes. Por favor despeje el mostrador.

-      ¡No me iré de aquí sin los papeles!

-      Señora, no me obligue a arrestarla. Haga el favor de circular.

-      ¡Cabo! ¿Qué son esos gritos? – del despacho trasero había salido un militar de aspecto recio, alto y fuerte.

-      Es esta señora, mi Capitán. No tiene los papeles en regla y se niega a abandonar el mostrador.

-      Permitirá usted que le explique mi problema, Capitán. Un hombre como usted tiene el deber de socorrer a una dama en apuros.

El Capitán Justo Rafael Ayala levantó la vista por primera vez, y aunque a sus cuarenta y dos años se conservaba soltero y se creía a salvo de las trampas del corazón, por primera vez en su vida, al ser literalmente traspasado por la mirada amatista de María de las Angustias, supo sin lugar a dudas que todas sus armas no le servirían para oponer resistencia a esa mujer.

-      Venga conmigo. – dijo – La llevaré al despacho del Director.

-      Muchas gracias, Capitán.

Angustias recogió sus papeles, y lanzando una mirada de pícaro desprecio al cabo, se colgó del brazo de Justo Ayala.

-      María de las Angustias Matalobos, encantada.

-      Justo Ayala. A su servicio, señora. – aunque el Capitán lo ignoraba en ese momento, la frase que acababa de pronunciar se transformaría pronto en la verdad más absoluta que dijo en su vida.


  1. El “Cocoliche” era un dialecto, producto de la mezcla del italiano y el castellano