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Capitulo Diecinueve: Último paso por la Vicaría

Posted in Matalobos on Mayo 13th, 2010 by Federico Firpo Bodner – Be the first to comment

María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas de la vda, el concubinato era una solución perfecta para ellos, que seguramente no molestaría ni a Dios ni al Estado, y que él ya estaba viejo para esas vainas. María de las Angustias había respirado profundamente, antes de alzar los puños al cielo, invocar a sus ancestros y a una tormenta privada, y acto seguido, lanzando chispas violetas a través de sus ojos de amatista, se había negado tajantemente, aludiendo su profunda convicción religiosa, a vivir en mancebía. “No no viviré como los salvajes”, había dicho, finalizando la conversación. Luciano había reído con ganas, con una risa profunda de ecos cavernarios, una risa que por sí sola declaraba que únicamente podía pertenecer a un hombre impío. “Pero si llevamos diez meses revolcándonos como conejos”. María de las Angustias no acompañó la risa. Por el contrario, lo apuñaló con la mirada, de forma, glacial, directa al centro geométrico de los ojos negros del explorador, y sentenció:

-       Los asuntos de mi cuerpo los gestiono como me parece. Los del alma, se los dejo al cura, que para eso está. Además, no te vendrá mal, que bastante falta te hace confesarte y comulgar.

*                             *                             *

Se casaron el ocho de agosto de 1944, en una pequeña parroquia del barrio de Barracas, sin más invitados que Alberto Ramírez Matalobos, María del Rocío y Juan José Cavalieri e hijos. Príamo Luciano había accedido a pasar por la vicaría con esa única condición: ni gala ni fasto innecesario, ni invitados ni convite ni baile, que ya no estaban para pendejadas. Lo hacía por ella y no por Dios. La ceremonia, al compás de los llantos ininterrumpidos del pequeño Ricardo, fue opaca y triste, oficiada por un cura anciano y cansado, aburrido de su propia letanía, y sobrevolada por un fantasma de escepticismo. Cada uno de los presentes pensaba, sin decirlo, que ninguno de ellos se tomaba en serio aquél acto sacramental. El cura miraba a los novios con desconfianza. Los novios evitaban mirarse. Los invitados invocaban un mal disimulo de la incomodidad general.

Únicamente María de las Angustias sostuvo su altivez, la mirada orgullosa, la frente alta, su casta impávida, su derecho bíblico a ser bendecida en la que sabía sería su última aventura de dormitorio. Fue casi una mala representación teatral de una compañía venida a menos, sin más público que los parientes cercanos. María de las Angustias soportó con estoicismo, sin embargo, la mofa silenciosa de su prometido y sus hijos, el frío azul que habitaba la parroquia y el aliento de ajos tiernos del cura adormecido. Quería estar limpia a los ojos de Dios, porque cercana al medio siglo de vida, comenzaba a pensar en la muerte como algo posible.

Después de la ceremonia religiosa, Príamo Abraham Luciano los recibió a todos en una amplia casa de dos plantas que poseía en el barrio de Palermo. Era una construcción funcional y tosca, de color gris y paredes exteriores sucias, fea por fuera, pero amplia y confortable por dentro. El salón recordaba al imaginario popular de la vivienda de un cazador. Las cabezas disecadas de un ciervo, un alce y un puma presidían la boca, ennegrecida por muchas horas de humo, de una enorme chimenea que dividía en dos la pared del contrafrente del comedor, y custodiadas por un olor dulzón a madera noble que emanaba del mobiliario. A su izquierda, un pesado armario de anaqueles de algarrobo con puertas de cristal atesoraba más de tres mil libros, dispuestos en un orden alfabético casi demente, que una mano diligente mantenía siempre limpios. A la derecha, una mesa de roble oscuro, para doce comensales, era custodiada por media docena de reproducciones de cuadros impresionistas.

Una mujer de mediana edad, que vestía un uniforme negro de camarera, tocado por una blanca cofia de puntillas, los recibió y acomodó alrededor de la mesa, procediendo en seguida a servir entrantes fríos. En ese momento el cielo agonizó, sufrió públicamente en un estruendo de truenos iracundos, y se rompió en pedazos. Una lluvia furiosa arremetió contra las ventanas cerradas, acercando a los cristales un repiqueteo insistente, que denunciaba la farsa indiscutible de aquélla reunión familiar. Comieron en silencio, con la vista fija en los platos, bajo el murmullo enemigo del repicar rítmico de las gotas de agua, intimidado por los sonidos puros de la cubertería de plata al intentar herir la porcelana de los platos. María de las Angustias se sentía incómoda por el silencio. Sin embargo, Príamo Luciano lo disfrutaba. No le gustaban los hijos de su esposa, y no tenía ningún reparo en refrendar ese disgusto con silencio y un gesto mordaz al acomodarse el espeso mostacho con dos dedos, mientras chupaba con fuerza un habano Cohiba, y vigilaba la distribución del café a los presentes, con el chaleco desabotonado y el nudo de la pajarita a medio deshacer.

Acabados los cafés, se trasladaron a los sofás, frente a la chimenea, que Príamo Luciano encendió con rapidez y efectividad, para luego sentarse a su lado, en un sillón confortable, a mirar el fuego y humedecer con los labios la punta de su habano, mientras la camarera distribuía tarta de frutillas en platos de postre a sus invitados. El temporal disminuyó su intensidad, hasta transformarse en una suave lluvia sucia que caía por puro sortilegio de la ley de gravedad, sin siquiera hacer demasiado ruido. El silencio recuperó el comando de la reunión, apostillado por el suave crepitar de las llamas en los gruesos troncos de la chimenea.

-       Es tarde. Nos tenemos que ir – dijo María del Rocío, incapaz de soportar durante más tiempo la tensión del ambiente. – Ricardito tiene que mamar.

-       ¡Camila! – gritó Príamo Luciano – Dígale por favor a Bernardo y a Fernández que preparen los dos coches, y que lleven a estos señores a donde les pidan. Luego acompáñelos a la puerta.

-       Sí, señor.

Luciano no se levantó de su sillón. Despidió a sus invitados con un gesto de cabeza, y dejó que su esposa se ocupase de traerles los abrigos y acompañarlos a la salida, sin apartar los ojos del fuego ni la atención de su cigarro. María de las Angustias regresó al salón con los ojos violetas centelleando de furia, levantando los bajos del vestido de novia que aún llevaba puesto con ambas manos, y conteniendo el deseo de desmelenarse en una sarta de insultos de verdulera contra su flamante marido. En cambio, se plantó frente a él, que continuaba cómodamente instalado en el sillón, y le arrojó su vergüenza a la cara.

-       ¡Eres un maleducado y un groser! ¡Son mis hijos!

El levantó la vista lentamente. Dio una chupada final a su Cohiba y lo arrojó a la chimenea con aire distraído y desenvuelto. Entonces permitió a su bigote espectacular que dibujase una sonrisa arañada de pelo, y adelantando el torso y los brazos, puso ambas manos sobre las nalgas de su mujer.

-       Me encanta cuando estás enojada.

Ella le apartó las manos. “Te estoy hablando”, protestó. “Y yo te estoy escuchando, pero no me puedo concentrar cuando te ponés tan linda”. Príamo se puso de pie, frente a ella. “No me cambies de tema. Te portaste como un perfecto grosero.” Sin decir nada, él la rodeó con sus brazos, buscando en su espalda el cierre del vestido. Al no encontrarlo, puso ambas manos detrás de la nuca de Angustias, e introdujo los dedos entre su piel y el borde del cuello del vestido, y sin esfuerzo aparente, lo rasgó longitudinalmente, desgarrando la tela con un sonido de satén violentado por sus fuertes manos. Después, tiró hacia sí de las dos mitades, quitándole el vestido en un solo movimiento, y lo arrojó sobre el sofá. María de las Angustias se sintió desconcertada, invadida por una rabia infinita, y al mismo tiempo, al sentir las manos de su hombre sobre su cintura, percibió el hambre ancestral de su entrepierna, el reclamo silencioso de su piel, la sangre iniciando su carrera loca, desbordando su sistema cardiovascular. Instantáneamente, el destello de la pasión le iluminó los ojos violetas, el vello de sus brazos se erizó como un puercoespín en pie de guerra, mientras el aliento helado de su propia fiera incontrolable le soplaba en la nuca como un viento redentor, y alcanzó a reprimir el insulto que iba a proferir en el mismo momento en el que Príamo Abraham Luciano hundía su nariz entre sus pechos.

Capítulo Dieciséis: Metralla y amenazas

Posted in Matalobos on Abril 22nd, 2010 by Federico Firpo Bodner – 2 Comments

La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada su pobre vivienda. Habían pasado cuatro días desde la reunión con el hijo de puta de Montes, y Teresa estaba mucho más que preocupada. No le gustaba ese hombre, ni el negocio de las esmeraldas, y no le gustaba que María de las Angustias confiase tanto en él. No habían firmado nada, con la excusa de que el negocio era ilegal, y que se trataba de un “pacto entre caballeros”. Colocó en la cesta de las verduras el medio kilo de papas envueltas en papel de periódico, tal cual se las había dado el verdulero, intentando que la tierra que se desprendía de los tubérculos ennegrecidos no se derramase sobre el suelo de la cocina, aunque sin conseguirlo ni molestarse en limpiarlo. Ya barrería más tarde. Luego levantó la garrafa. Tres kilogramos de gas butano licuado, más el peso del envase. Seis kilos tranquilamente. Un dolor en la cintura provocado por el esfuerzo le hizo pensar que ya no era joven. Por un instante se arrepintió de haberse dejado convencer. Incluso pensó en telefonear a Angustias para decirle que quería salirse del negocio, pero luego cambió de parecer. Si salía bien, tampoco quería quedarse fuera de los futuros acuerdos.

Abrió la puerta metálica del hornillo de gas, para cambiar la garrafa. Estaba desvencijada, y siempre temía cortarse un dedo con las esquinas, donde un óxido ocre amenazaba desde el borde filoso y carcomido. Comenzó a tirar del tubo que unía la garrafa con el hornillo, sin percibir que la goma reseca se agrietaba en dos sitios diferentes bajo la presión de sus dedos rechonchos, ni el suave silbido que hacía el gas al continuar saliendo suavemente de la garrafa que quitó, que aún tenía medio litro en su interior. Dejó la garrafa en el suelo, mientras rompía el precinto de seguridad de la nueva y la colocaba en su lugar, ajustando el tapón de goma. Pensó que de todas formas debía hablar con Angustias, porque algo en toda aquélla operación continuaba haciéndole ruido. Llenó una olla pequeña de agua y la colocó sobre el hornillo, mientras hacía girar la llave de paso y abría la caja de fósforos.

Le gustaba el sonido áspero que hacía la cabeza roja del fósforo al encenderse, y absorta en sus pensamientos, no advirtió como el aire a su alrededor se encendía hasta que el estallido sordo de la nube de fuego al absorber el oxígeno la asustó, ni tampoco advirtió entonces que su pelo se incendiaba rápidamente, desde las puntas a la raíz. Se adelantó para cerrar la llave de paso, al mismo tiempo que las dos garrafas hacían explosión con un estruendo seco de metralla metálica. Tampoco advirtió los ciento catorce impactos de metal y trozos del hornillo que perforaron su vestido de flores y su carne rechoncha, justo antes de perder el conocimiento.

*                             *                             *

-      Supe lo de Teresa… – dijo Gilberto Montes después de encender un cigarrillo, haciendo una larga y teatral pausa, exhalando suavemente un delgado hilo de humo azul – Una muerte… oportuna, ¿cierto?

-      Por favor, señor Montes. Jamás me alegro por la muerte de nadie. Eso no está bien – replicó María de las Angustias.

-      No, claro. No está bien.

Gilberto Montes pensaba a toda velocidad, mientras su invitada echaba dos terrones de azúcar en su taza de té. No se imaginaba a María de las Angustias asesinando a la gorda. Tenía que haber sido un accidente. La mismísima viuda del hijo de puta de Severino Garmendia, y, por lo que sabía, era igual de hija de puta que él. Rodeó la mesa de reuniones para sentarse frente a ella.

-      Y bien, usted dirá, doña Angustias.

-      En primer lugar quiero recordarle que no deseaba la muerte de Teresa. Y menos una muerte tan fea como esa. Es algo que no merece nadie.

-      No es asunto mío – dijo él. – Ustedes eran socias. En lo que respecta a mí, no cambia nada.

-      Sí que cambia – se sorprendió Angustias. – Ya no es necesario continuar con la farsa de las esmeraldas. Creo que deberíamos renegociar todo y empezar, de una vez por todas, a colocar el dinero.

Gilberto Montes dibujó una sonrisa torcida y pálida, de labios finos, antes de bajar la vista para regodearse íntimamente en un chispazo áureo de su anillo de oro, mientras lentamente, con parsimonia, aplastaba el cigarrillo.

-      Me parece que no la entiendo, Angustias.

-      ¿No me entiende? Teresa ha muerto, ya no es necesario estafarla, así que entiendo que deberíamos renegociar su parte. Veinte mil para usted, en estas condiciones, me parece demasiado. Y debemos decidir qué hacemos con el resto del dinero. No hace falta continuar la farsa.

-      ¿Qué farsa? – dijo Gilberto Montes. – Mi cliente ya está en camino para comprar las esmeraldas, y la totalidad del dinero está con él.

*                             *                             *

Los días pasaban con la lentitud tensa que solamente la ansiedad extrema provoca. María de las Angustias no dejaba de pensar en la última entrevista con Gilberto Montes Agüero. El usurero sostenía que el negocio de las esmeraldas no era ninguna farsa, y que solamente al final, a la hora de repartir los beneficios, pensaba mentir a Teresa Guevara, diciéndole que la operación había fracasado. “Pensaba que estaba claro desde un principio”, había terminado diciendo. “Y ahora, si me disculpa…”. Angustias no sabía qué pensar al respecto.

Matilda entró en el salón, interrumpiendo sus cavilaciones. “El señorito Alberto está aquí, señora”. “Hazlo pasar”, respondió Angustias, sin levantarse del sillón, y sin siquiera girar la cabeza para mirar a la india. Su hijo entró en la habitación. Llevaba, como siempre, un traje de tres piezas oscuro, y la cadena de reloj uniendo los bolsillos del chaleco, envuelto en el humo espeso de un cigarro apestoso que generaba una ceniza densa y apelmazada.

-      Hola, mamá – dijo Alberto, al tiempo que besaba a su madre en ambas mejillas.

-      ¿Té? Está recién hecho, te esperaba.

-      No, gracias. Acabo de tomar café. No tengo mucho tiempo, mamá. ¿Qué pasa?

-      Está bien, iré directa al grano. ¿Sabes algo de mis negocios con el señor Montes?

-      No. Él siempre dice que mejor no mezclar la familia y los negocios, y creo que tiene razón. Por eso no me cuenta nada sobre este asunto.

-      ¿Sabes si en el pasado ha hecho operaciones de contrabando?

-      No que yo sepa. Normalmente sus negocios se limitan a colocar en préstamos el dinero que le dan sus clientes.

-      ¿Has hecho alguna entrega importante de efectivo últimamente? ¿Hará cosa de un mes?

-      Mamá, muevo sobres que no sé lo que contienen todos los días. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Qué te preocupa?

-      Temo que tu jefe esté pensando en estafarme, Albertito.

-      Me niego a creerlo. – había hecho una pausa, reflexionando – El Señor Montes gana dinero a costa de los demás, pero nunca lo vi estafar a nadie. No creo que sea capaz de algo así.

-      Yo sí, y créeme que tengo mis razones para pensarlo. Quiero que me hagas dos favores.

-      Si está en mi mano, veré que puedo hacer…

-      En primer lugar quiero que estés atento a sus movimientos. Supuestamente invirtió nuestro dinero para traer un cargamento de esmeraldas de contrabando. Presta atención por si escuchas algo. En segundo lugar, si hablas con él, intenta averiguar si sabe que estuve casada con Severino. Temo que lo sepa y quiera vengarse.

-      Mamá, ya te lo dije, el señor Montes es honrado. Duro, pero honrado.

-      Por favor haz lo que te pido.

-      Lo voy a intentar, pero no te prometo nada.

*                             *                             *

Príamo Abraham Luciano sudaba copiosamente. María de las Angustias pensó que, a pesar de todo, era un hombre extremadamente atractivo. Llevaba un sombrero de fieltro raído, de un color marrón de tonalidad indefinida, que aparentaba haber sufrido muchos soles y muchas lluvias como para continuar siendo considerado una prenda de vestir. Una cicatriz clara comenzaba a un centímetro y medio de su ceja izquierda, enmarcando su rostro hasta pasar a cuatro centímetros de la comisura de sus labios, mientras que otra, más oscura y fina cruzaba la mejilla derecha en forma transversal. La primera, de ancho variado y formas caprichosas, hacía pensar en una herida con desgarro. La segunda, uniforme y fina, parecía de navaja. Tenía manos nudosas y recias, de uñas grandes, cuadradas y planas: manos de hombre bruto y fuerte. Manos de las que le gustaban a María de las Angustias. Manos ásperas. Todo su atuendo, salvo el sombrero, era de diferentes tonos de negro, incluyendo unos gastados borceguíes de monte, descoloridos en las puntas y en los que se podía adivinar el cuero ajado y gastado. Su respiración serena y potente invadía el aire de la habitación de una fragancia viril y equívoca. Angustias tuvo la extraña sensación de que el hombre podría haber estado cubierto de raíces, barro y mariposas muertas sin desentonar un pelo. A pesar de su apariencia fuerte y segura, se lo veía preocupado, intranquilo. Eran más de las seis de la tarde, y las persianas bajas del despacho de la calle Tacuarí no conseguían impedir que el sol del atardecer filtrase sus últimos rayos tibios dentro de la habitación, impregnada del blanco humo de los puros, que hacía el aire denso, palpable, un invitado más.

Gilberto Montes acabó de servir tres vasos de whisky sin hielo, y rompió el silencio con maneras malhumoradas y un tono amargo y cascado.

-      ¿Y bien, don Príamo? Ya estamos todos los socios. – Rodeando la mesa estaban María de las Angustias, el propio Príamo a su derecha, Gilberto Montes Agüero y Alcíbar Espinosa, socio minoritario de Montes. – Tenga a bien relatarnos los hechos, por favor.

-      Está bien, pero les advierto que no va a gustarles lo que van a oír. – Príamo Luciano sorbió lentamente su whisky y comenzó a hablar, sin ceremonias, con la voz firme, grave y cavernosa. – Como todos ustedes saben, hace tres meses y medio partí en un hidroavión, al mando de un grupo de trece hombres y con medio millón de pesos en efectivo. En la ciudad de Medellín negociamos la compra e intercambio de una buena cantidad de esmeraldas de altísima calidad, que a mi buen entender valdrían más de un millón cien mil pesos una vez puestas aquí. El cargamento era demasiado grande e incómodo, y evidentemente no podíamos tomar el riesgo de volver en barco, ni por ninguna de las grandes rutas comerciales, como por otra parte es costumbre en este tipo de expediciones, así que las mismas personas a las que compramos las esmeraldas nos pertrecharon de armas, munición, caballos y provisiones y decidimos tomar una ruta típica del contrabando, que atraviesa parte de Perú, Brasil, Bolivia y Paraguay, para finalmente entrar a la argentina por la selva misionera, donde podríamos tomar otro tipo de transporte terrestre hasta Buenos Aires. Después de cincuenta y seis días de penurias por diferentes selvas y paisajes de lo más escarpados, llegamos a la frontera de Bolivia y Paraguay. Allí nos interceptó una banda de contrabandistas, más numerosos y mejor armados que nosotros. Once de mis hombres y ocho de los suyos murieron durante la primera refriega. Los tres restantes fuimos hechos prisioneros y conducidos ante el jefe del otro grupo, que resultó ser un ex marinero con quien compartí algunos viajes de contrabando por mar hace más de veinte años. Solamente este último hecho logró que salvara mi vida, no así las de mis otros dos hombres, que fueron ejecutados sin piedad en plena selva. Me devolvieron mi caballo, un fusil y una caja de munición, y me permitieron seguir viaje. El hecho es que sabían que llevábamos las esmeraldas, y nos esperaban desde hacía al menos veinte días.

El silencio descendió sobre los presentes, mientras las volutas de humo danzaban tibiamente, dibujando formas caprichosas, y los últimos rayos de sol se filtraban por las persianas. Fue Gilberto Montes quien rompió el silencio.

-      ¿Y qué vamos a hacer ahora, Príamo?

-      ¿A qué te referís?

-      Me refiero a que arriesgué ciento cincuenta mil pesos personalmente, y por intermedio mío, la dama aquí presente otros cien mil. De alguna manera hemos de recuperarlos, o al menos obtener una satisfacción de alguna clase.

-      El negocio no era así, Gilberto. Yo perdí doscientos cincuenta mil en efectivo, más los gastos del viaje, y otros quince mil en adelantos a mis hombres. No había garantías. No puedo hacer nada.

-      Comprenderás que no me guste la idea.

-      Lo único que puedo hacer para compensarlos, es ofrecerles entrada en otros negocios, con condiciones más ventajosas de lo normal. Digamos cinco puntos más, pero van a tener que volver a arriesgar dinero.

-      ¿Señora Matalobos? – preguntó Montes, después de medio minuto de silencio.

-      Ni hablar. – dijo la gaditana – No vuelvo a arriesgar el dinero que me queda en una locura de éstas ni borracha. De hecho, si hubiese sabido lo que estaba haciendo – lanzó una mirada de reproche a Gilberto Montes – ni siquiera lo hubiese arriesgado la primera vez.

Un silencio denso congeló la habitación, sumida ahora en penumbra, mientras miradas de inteligencia y secreto se cruzaban entre los hombres. Finalmente, después de más de dos minutos, fue el explorador el que habló.

-      La señora comprenderá, me imagino, – dijo Príamo Luciano, mirando profundamente a Montes y hablando con voz susurrante y amenazadora – que ha visto y oído muchas cosas, que sabe nuestros nombres, que conoce nuestras caras, y que no se puede apartar así nomás de esto, ¿verdad Gilberto?

Otro silencio dominó la situación repentinamente. Fuera ya estaba oscuro, y no se escuchaban más sonidos que los de algún que otro vehículo rodado transitando el anochecer. María de las Angustias, por primera vez desde el comienzo de toda aquélla locura, sintió verdadero miedo. Los ojos de Luciano eran puro fuego. No sentía dudas de estar frente a un hombre capaz de todo. Al mismo tiempo, se sintió subyugada y fuertemente atraída por el contrabandista. Como siempre que se había visto en situaciones difíciles, un torbellino interior y feroz respondió al llamado cuando apeló a su sangre y su temple. Serena, levantó su mirada violeta y profunda. Miró al aventurero directamente a los ojos, y sin que le temblase la voz ni el gesto, con tono calmo y pausado, pero firme, dijo:

-      En primer lugar, señor Luciano, a pesar de ser mujer, y por mucho que a usted no le guste, estoy aquí por mérito propio, y aunque no le parezca de hombres, cuando se dirija a mí tenga a bien hacerlo de manera directa, sobre todo si es para amenazarme. En segundo lugar, no creerá usted que yo pensaba que estaba haciendo negocios limpios. Puedo estar enfadada, incluso indignada, pero conozco las reglas del juego, señor, y le aseguro que no será de mis labios de donde salga una palabra sobre esto. Puede usted vivir tranquilo, con su conciencia, sus negocios y sus contrabandos, que está hablando con una mujer de palabra.

-      Está bien. – intervino Montes, después de unos instantes – Yo respondo por ella. No va a hablar con nadie. Creo que es de caballeros permitirle abandonar el negocio ahora. Aunque, por supuesto, – clavó sus ojos en los de la andaluza – queda usted debidamente advertida, señora Matalobos.

-      Será de caballeros permitirlo, pero no así su tono, señor Montes. Pero pierda usted cuidado. Me doy por advertida.

Sin más palabras, María de las Angustias se levantó con parsimonia, recogió su abrigo y su bolso del perchero, junto a la puerta, y murmurando “Buenas tardes” cruzó la puerta rumbo a la salida, sin mirar atrás.

*                             *                             *

-      Pasá, Albertito, pasá.

Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba nervioso. Habían pasado dos semanas desde la última visita de su madre al despacho de Montes, y desde entonces su jefe no le hablaba ni le hacía encargos. Se aburría, durante todo el día sentado en su escritorio, sin hacer nada, esperando. Luego de todos esos días tenía los nervios destrozados, la autoestima baja y ninguna seguridad en sí mismo.

-      Dígame, señor Montes.

-      Habrás visto que hay poco trabajo… ¿no es así?

-      Así es, señor Montes.

-      Lamentablemente pasamos por una mala racha. La empresa no se puede permitir ciertos lujos, Albertito. ¿Me seguís?

-      Sí, señor Montes.

-      Entonces comprenderás lo que quiero decirte, ¿verdad?

-      No, señor Montes.

-      Me veo obligado a despedirte, Albertito. El mes que viene ya no te podría pagar.

-      No haga eso, señor Montes. Puedo esperar. Puedo trabajar sin cobrar algunos meses, hasta que la cosa mejore.

-      No puedo hacer eso, Albertito. Si las cosas mejoran te llamo y te vuelvo a contratar. Mientras tanto, dale recuerdos de mi parte a tu madre.

Capítulo Quince: Doble traición

Posted in Matalobos on Abril 15th, 2010 by Federico Firpo Bodner – Be the first to comment

Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba las cifras en un papel, lo volvía a contar, hacía un montón para pagar a un asociado, deshacía el montón, lo volvía a hacer, lo hacía con billetes más pequeños o más grandes. Era una ceremonia íntima y casi erótica. Ni siquiera el tacto de terciopelo ajado y rosa de sus tristes putas habituales lograba hacerle sentir tanta sensualidad en los dedos como el dinero.

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Capítulo Catorce: Viejos negocios, nuevos negocios

Posted in Matalobos on Abril 8th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía que levantar ligeramente, para secarse con un pañuelo de algodón la cicatriz oscura y quemada que bordeaba la cuenca del ojo. El escribano Gaitán había redactado para ellas un acuerdo previo, que ambas habían firmado, y que establecía que Teresa Guevara retiraba su demanda a cambio de recibir los setenta mil pesos moneda nacional acordados al momento en que María de las Angustias pudiese disponer de la herencia. A principios de febrero, cuando terminaron los trámites de sucesión, Teresa Guevara y María de las Angustias se encontraron en cruce de la Avenida Corrientes y Esmeralda, donde estaba la casa central del Banco de Crédito Argentino. La gaditana ayudó a su casi prima política, que era poco dada a los laberintos del mundo financiero, a abrir una cuenta de ahorros para hacer efectiva la transferencia de los setenta mil pesos.

Acabado el trámite, se dirigieron juntas al despacho de Gaitán, en Diagonal Norte, caminando tomadas del brazo, al ritmo de los tacones bajos de Teresa y su andar paquidérmico y jadeante, adornado por una ligera cojera que le producía un enorme juanete en el pie izquierdo, para formalizar la culminación del acuerdo y fumar la pipa de la paz.

-      Pensaba que me ibas a traicionar, gallega, pero otra vez me dejaste sorprendida.

-      Siempre cumplo mi palabra, Teresa. ¿Qué vas a hacer con el dinero?

-      No sé. Supongo que tenerlo en el banco para ir viviendo.

-      Mal hecho.

-      ¿Por qué? ¿Qué tendría que hacer?

-      El dinero sirve para muchas cosas, – respondió la andaluza – pero la mejor de todas ellas es hacer más dinero. Si te lo gastas, volverás a ser pobre pronto. Si lo utilizas con inteligencia, nunca más pasarás necesidades.

-      No sé, no sé… Ya no me caés tan mal, pero no confío en vos.

La gaditana rió la confidencia. Por alguna razón, aquélla mujer desagradable, que tenía incluso un bigote incipiente sobre los labios agrietados, le resultaba simpática. Pensó que tenía el mismo corazón oscuro que Severino, aunque le faltaba su refinamiento francés, sus modales de hombre de mundo y su excelente conversación.

-      Como quieras – respondió – piénsatelo, y si quieres, podemos hacer algún negocio juntas.

-      ¿Qué clase de negocio?

-      No lo sé, habría que pensarlo. Inmobiliario, o caballos de carrera, o poner dinero donde trabaja mi hijo… Hay muchas opciones.

Llegaron a la escribanía Gaitán, donde el propio escribano las hizo pasar a un despacho con una enorme mesa oval de madera de cedro. “La bella y la bestia”, pensó para sus adentros el leguleyo al ver a las dos mujeres de pie sobre la moqueta deslucida.

-      Bienvenidas, señoras… Si están de acuerdo, efectuaré una lectura completa del documento antes de proceder a la firma.

-      No hace falta. – dijo Teresa Guevara – Todo está en orden, y esos documentos soy muy aburridos.

-      Como quieran. Básicamente el documento expone que se ha llegado a un acuerdo y que los términos del mismo se han cumplido en su totalidad. Si no desean más información pueden firmar. Hay que firmar por triplicado.

-      ¿Tengo que firmar tres veces? – preguntó Teresa Guevara. Gaitán sonrió, intentando contener la risa.

-      No. Es decir, sí. Son tres copias. Una firma en cada copia.

-      Ah.

Gaitán les alcanzó el fajo de papeles, y durante algunos minutos solamente se escuchó el rasgueo de las plumas con que las dos mujeres firmaban al unísono diferentes copias del mismo documento. El escribano recogió los papeles y las acompañó a la puerta.

-      A sus pies, señora Matalobos, como siempre – se despidió.

*                             *                             *

Las dos mujeres se detuvieron en el pórtico del edificio, como respetando un acuerdo tácito.

-      ¿Sabés? – empezó Teresa – Pensaba que después de hoy no iba a querer verte nunca más, pero sé perfectamente que no tengo ni idea de qué hacer con la guita, y aunque sigo sin confiar en vos, sos la única persona que conozco que puede darme una mano…

-      Yo tampoco confío en ti. – respondió Angustias, divertida – La desconfianza mutua de los socios es la primera base para poder hacer buenos negocios. – afirmó, tendiéndole la mano. La mujer se la estrechó con ganas, volviendo a sonreír, gesto aquél que dejaba aparecer por un instante a Severino.

-      Lo voy a pensar seriamente y te llamo. ¿Sin rencores?

-      Sin rencores – certificó la gaditana.

*                             *                             *

Gilberto Montes Agüero pensaba – y pensaba que hacía bien al pensarlo – que en los negocios la piedad, la amistad y la simpatía eran cosa de mariquitas, viejas putas y tarados mentales. Era un hombre delgado, de aspecto varonil, aunque su metro sesenta y ocho a pesar de llevar zapatos con más de tres centímetros de alza lo acomplejaba enormemente. Sin embargo, el complejo no le impedía vestir impecablemente su escasa altura con trajes negros a rayas blancas, de tres piezas, camisas blancas con gemelos de oro en los puños, y una variada colección de finas corbatas. Lucía un bigote fino y bajo, pegado a la línea de su labio superior y extrañamente distante de la nariz, rechoncha como un buñuelo, que desentonaba con su mirada profunda y sus ojos negros, rodeados siempre de una sombra oscura. Consideraba la elegancia como un elemento imprescindible para los negocios – los de dinero, los del bajo vientre y los del corazón –, y se negaba a hacerlos con quien no la demostrase. Por esa razón dudó tanto cuando su ayudante Alberto Ramírez Matalobos trajo a su madre y a una amiga que querían hacer negocios. Indiscutiblemente, la madre del rapaz era cosa fina. Un vestido gris oscuro, sobrio, sombrero a juego y zapatos de gamuza gris, un prendedor con una mariposa de oro, alas verdes y dos graciosas antenitas coronadas cada una por un pequeño ópalo. Elegancia natural. La caída del vestido hacía justicia a la línea curva de sus pantorrillas, y los guantes blancos, impecables, que solamente se quitó para permitirle besar el dorso de su mano, hacían un conjunto realmente encantador. Sin embargo, se hacía difícil imaginar qué clase de relación podía unir a una criatura tan maravillosa con el esperpento que la acompañaba. Teresa Guevara llevaba ese día un vestido color verde oliva, que en su cuerpo enorme y rechoncho más parecía una bolsa de basura que una manera correcta de presentarse en un despacho, si no decente, al menos pujante. Gilberto Montes no pudo dejar de observar las uñas rotas y percudidas por años de trabajo duro. Era obvio que no estaban sucias, sino que debido al continuo maltrato habían acabado por adquirir un halo repugnante y verdoso que no se quitaba con agua y jabón. El pelo le caía a ambos lados de la cara, y en lugar de formar una cortina, como debe ser un buen pelo femenino, eran como pequeños tentáculos de un animal viscoso. Se veía engrasado y sucio, y aunque probablemente fuese por el calor, no podía dejar de imaginar que hacía al menos cuatro o cinco días que no veía ni peine ni lavado. Para completar el cuadro, el parche de pirata sobre el ojo izquierdo y las venas rojas y violetas a los costados de la nariz le producían una completa repulsión. Ni siquiera fue capaz de sonreír cuando Alberto los presentó, ni cuando él las invitó a sentarse. En cambio, María de las Angustias irradiaba confianza y elegancia. Era una Señora, con mayúsculas.

Una vez que ambas mujeres se sentaron, una al lado de la otra, a la amplia mesa que llenaba por completo la sala de reuniones de su despacho, y que Alberto, a su pesar, hubiese salido en silencio, obedeciendo un gesto casi imperceptible de su jefe, Gilberto Montes caminó despacio hasta la otra punta de la habitación, para abrir las ventanas, y se detuvo un minuto a encender un cigarrillo con un Zippo de oro. Le gustaba el olor de la bencina y el sabor dulce que conseguía rastrear durante las dos primeras caladas, inmediatamente después de disfrutar por enésima vez el seco chasquido metálico al cerrar el ingenio. Intentaba decidir si podía hacer negocios con aquéllas dos mujeres. Todo su instinto de usurero experimentado le decía que sacara a patadas de su despacho a la gorda ridícula cuya respiración pesada bastaba para llenar la estancia de una fragancia de flores muertas, pero al mismo tiempo la elegancia y belleza de la madre de su discípulo lo habían cautivado al primer instante. Finalmente, decidió que la sola presencia de la gaditana hacía que valiese la pena, al menos, escuchar lo que las dos mujeres venían a proponerle. Giró sobre sus pasos y rodeó la mesa, para sentarse enfrentado a las dos mujeres, acomodando un cenicero de madera de Algarrobo con algo más de cuidado del necesario, gesto aquél que permitiría a las damas apreciar los tres anillos de oro que llevaba en la mano derecha, especialmente el del dedo anular, macizo y grande, con las letras G y M enormes en relieve.

-      Señoras, soy todo suyo. Ustedes dirán. – hizo un gesto circular con la mano, invitando a conversar. – ¿Un café, antes de empezar?

-      Por mí no – dijo Teresa Guevara.

-      Para mí tampoco, gracias. Verá usted, don Gilberto… No sé muy bien cómo abordar el tema por el que hemos venido a verlo.

-      Haga un intento, señora Matalobos, que para eso estamos – respondió el hombre, ensayando una sonrisa torcida que, suponía, despertaba simpatía entre las mujeres.

-      Es que no quisiera… Verá usted, mi hijo y yo estamos muy unidos, y él, por supuesto, confía a su madre la naturaleza de las actividades de su despacho, pero claro está, guardando siempre la confidencialidad imprescindible sobre sus clientes…

-      Sin problemas. – interrumpió Montes – A buen entendedor, pocas palabras.

-      Queremos invertir en préstamos a interés elevado. Sabemos que supera las tasas del mercado y que es un buen negocio, y como tenemos unos ahorrillos, pues hemos pensado que no sería mala idea.

-      Entiendo… ¿Sabe usted que es este un negocio duro? Quiero decir… No siempre uno presta y le pagan puntualmente. A veces hay que actuar… digamos al límite de la legislación vigente, para proteger el capital que gestiona este despacho. A veces hay que tomar decisiones duras. Por otra parte, mis socios y yo no aceptamos inversores por menos de sesenta mil pesos…

-      No se preocupe, señor Montes. Somos mujeres, pero sabemos de qué va el asunto.

-      En ese caso, les explicaré como funciona. Hay dos maneras de trabajar. La primera consiste en que ustedes ponen el dinero, el despacho lleva los negocios sin necesidad de informar y ustedes obtienen una renta mensual del uno y medio por ciento, pase lo que pase. Si las personas a las que prestamos no pagan, no es su problema, ustedes cobran igual. La segunda es más arriesgada, pero se gana más. Nosotros elegimos una operación, se las presentamos a ustedes, y si les parece bien se firma un contrato entre las partes, donde mi despacho solamente actúa como intermediario, cobrando una comisión al beneficiario del préstamo. El préstamo paga un seis por ciento mensual, uno y medio para el despacho y cuatro y medio para ustedes. Si el cliente no paga es problema de ustedes, aunque nosotros podemos ayudar en términos que tendríamos que discutir en cada caso. Es más arriesgado, pero se gana mucho más. Para los dos casos se firma primero un contrato entre el despacho y ustedes, que establece las normas básicas para operar.

-      ¿Y hay personas dispuestas a pagar tanto por un préstamo?

-      En general son préstamos a corto plazo. Se trata de gente desesperada que no puede recurrir a los bancos. Y sí, lo pagan, créame… Y si no pagaran…

-      No quiero saberlo. Al menos de momento.

Teresa Guevara no confiaba en ese tipo. Habían hablado de invertir cincuenta mil pesos cada una, pero lo estaba dudando. No le gustaba su aire de matón de clase alta, ni su bigote pulcro, ni su mandíbula perfectamente rasurada, en la que se adivinaba piel áspera y crueldad controlada y dosificada de acuerdo a la necesidad.

-      Angustias, creo que deberíamos…

-      No te preocupes – interrumpió la gaditana. – Está todo bajo control. Gilberto, ¿sería usted tan amable de dejarnos a solas un momento? Cinco minutos, nada más.

-      Faltaba más. Estaré aquí fuera para lo que necesite.

-      ¿Qué te pasa ahora? – Angustias se volvió hacia Teresa Guevara, ofuscada.

-      Que no me gusta este tipo. Mejor nos buscamos alguien más confiable.

-      ¿Y qué creías que iba a ser? Los tipos que hacen estos negocios no son agradables, y mucho menos confiables. No te preocupes, confía en mí, sé lo que hago.

-      No estoy segura…

-      Verás cuando empieces a cobrar como estarás segura. – dicho esto, se levantó y abriendo la puerta llamó a Gilberto Montes. Cuando hubo entrado y recuperado su sitio en la mesa, utilizó un tono expeditivo y duro para hablarle, el mismo con el que había acordado la división de la herencia con Teresa Guevara – Señor Montes, esta es nuestra propuesta. Pondremos cien mil pesos. Sesenta mil en modalidad del cuatro y medio por ciento y cuarenta mil en la del uno y medio. Para los sesenta mil queremos el cuatro setenta y cinco en lugar del cuatro y medio, y durante los primeros seis meses queremos que los intereses se incorporen al capital, y por lo tanto que los intereses del mes siguiente se computen sobre el nuevo capital. Queremos tener una opción cada tres meses de retirar los cuarenta mil más sus intereses generados, y la opción de cancelar el acuerdo sobre los sesenta mil a medida que se vayan devolviendo. El capital e intereses que se cobren mensualmente de los sesenta mil se incorporarán a la otra modalidad automáticamente, hasta que finalice el ciclo del préstamo, momento en el que decidiremos si volvemos a prestar o retiramos el dinero. ¿Qué le parece?

Gilberto Montes Agüero entornó los ojos, mientras encendía otro cigarrillo. No esperaba esa precisión por parte de la gaditana, y estaba sorprendido. Pensó que no sería fácil tratar con aquéllas mujeres, pero al mismo tiempo le fascinaba el carácter de la andaluza.

-      Tenemos un acuerdo – dijo -. Voy a pedir que me preparen los contratos.

Capítulo Trece: Ahí te dejo la cuenta

Posted in Matalobos on Abril 1st, 2010 by Federico Firpo Bodner – 4 Comments

Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se inició en un camión de transporte de cerdos, prosiguiendo durante más de treinta horas en el vagón de carga de un tren que se le antojó una burla, una negra comparsa necrófila que susurraba permanentemente, con el murmullo metálico de sus ruedas de acero, las palabras Yvette y muerte. Yvette-muerte-Yvette. Muerte-Yvette-muerte. Alberto la recogió en la estación de Retiro, acompañado por un coche fúnebre y cuatro mozos cabizbajos, que cargaron el cajón de madera barata hasta la funeraria. Se vieron obligados a suspender el velatorio porque el cadáver comenzaba a despedir un fuerte olor ácido y venenoso, y su piel a llenarse de pústulas verdes y burbujas acuosas que parecían querer reventar sobre los posibles deudos.

Traspasaron el cuerpo a un ataúd decente, cerrado herméticamente con dieciséis pernos de dos pulgadas para evitar que se propagase el perfume mortal que emanaba. Fue enterrado esa misma mañana, con la sola presencia de María de las Angustias y su hijo varón, que no recordaba haber visto llorar a su madre nunca antes. Lo lloró con dolor, con rabia y con una vergüenza íntima y desoladora, con el pecho invadido por un sentimiento de traición que sabía injusto y egoísta, pero que no podía evitar. Lo lloró con espasmos, como a ningún otro hombre antes. Por única vez en su vida había conocido el amor, y había sido puro, sin piel ni sexo, sin tiempo para hablar, solamente una mañana perfecta bajo el fragor de las cataratas y el chillido indecente de los micos, y luego un castigo en forma de desengaño que la acompañaría para siempre.

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Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo

Posted in Matalobos on Marzo 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 9 Comments

Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.

Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.

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Capítulo Diez: Compás de espera

Posted in Matalobos on Marzo 11th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 10 Comments

María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.

Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.

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Capítulo Siete: Campanas de Boda

Posted in Matalobos on Febrero 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 14 Comments

María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida Quintana, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.

-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.

-      Sí, madre.

-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?

-      Sí, madre.

-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.

-      ¿Qué es el inglés, madre?

-      No te preocupes por eso ahora.

-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en englés?

-      No, Rocío se quedará donde está.

Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.

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Capítulo Uno: Santa María del Buen Ayre

Posted in Matalobos on Enero 7th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 25 Comments

Puerto de Buenos AiresEn 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable.

Dos horas antes de atracar, María de las Angustias Matalobos respiraba el aire mezclado de agua salada y dulce de la desembocadura del Río de la Plata. Con los brazos apoyados sobre la borda, alcanzó a adivinar en el horizonte un amanecer tímido que se disponía a romper la noche. Esbozando una sonrisa, se sorprendió evocando otro amanecer, once años atrás, en su Cádiz natal. Ramón Matalobos y Dueñas, su padre, herrador de caballos de oficio, era un hombre bruto y cariñoso, que expresaba con sus grandes manos, de uñas permanentemente sucias y nudillos quemados por el uso de la fragua, lo que le negaba su pobre dominio del lenguaje hablado. Ese amanecer María de las Angustias despertó con ansia de orinar. Se echó una manta sobre los hombros, con intención de conjurar la humedad del sereno rumbo a la letrina, fuera de la casa, y se calzó de cualquier manera las alpargatas de cáñamo, evitando pisar con los pies descalzos el suelo de bloques de barro cocido, siempre cubierto de gránulos y polvo que se desprendían del propio material. Se disponía a abandonar la habitación que compartía con sus cuatro hermanos varones, cuando advirtió sonidos en el pequeño salón de la vivienda. Se acercó a la puerta con sigilo, entreabriéndola apenas unos pocos centímetros. Por la ventana sin cortinas se adivinaba el inicio sutil del amanecer detrás de los cerros. Una lámpara de aceite ardía sobre la repisa. Su madre estaba semi tendida sobre la mesa, apoyando en su superficie todo el tronco, con los brazos extendidos, arañando la madera carcomida y con su generosa tetamenta asomando, blanca y pálida, por entre los pliegues de su blusón desabotonado. Su padre, sosteniendo como podía la falda levantada de cualquier modo, la embestía desde atrás, con los pantalones enrollados alrededor de los tobillos. La escena era casi ridícula y silenciosa. Apenas unos resoplidos de su padre, unos gemidos ahogados de su madre y el sonido rítmico de las carnes abundantes y blandas de ella al sufrir los golpes rítmicos producidos por los noventa y ocho kilogramos de hombre que tenía detrás. Sin embargo, ese erotismo mudo y grotesco la fascinó por completo. Permaneció inmóvil, llevándose instintivamente la mano a la entrepierna y observando, por espacio de unos cuantos minutos más, hasta que su padre se retiró violentamente, girándose hacia la puerta. Pudo ver el pene enrojecido y lubricado de su padre lanzando pequeños chorritos de líquido blancuzco sobre el polvo del suelo, al tiempo que liberaba el aire contenido en sus pulmones, bufando. Mientras se subía y abrochaba los pantalones, escupió sobre su simiente derramada e intentó cubrirla de polvo con movimientos cortos del pie derecho. Se echó el abrigo sobre los hombros, una boina negra de campo sobre la cabeza y, besando a su mujer en la mejilla, mientras ella se arreglaba el pelo con las manos, dijo:

-      Me voy a trabajar, limpia eso.

Aún hoy, tantos años después, el recuerdo le erizaba la piel, la hacía sentirse agradablemente sucia. Angustias sonrió para sí misma, y se encaminó a su camarote de segunda clase, dispuesta a preparar a los pequeños para el desembarco inminente, mientras el enorme buque saludaba el amanecer del puerto con un estruendo grave y gutural de su sirena.

*                             *                             *

En una ciudad donde la mezcla cultural y étnica era furiosa y bulliciosa, un puñado de monedas bastaba para comprar pocas preguntas, documentos de identidad y presunción de inocencia. María de las Angustias se refugió en la confusión de las colonias para ocultar un amor frustrado y vergonzoso, su expulsión de España como madre soltera de dos pequeños, fruto de amoríos clandestinos con el hijo de su patrón, un terrateniente andaluz, su origen humilde y una entrepierna insaciable que a los veintitrés años la obligó a forjarse una personalidad de hierro.

Había sido duro y difícil. Alberto Ramírez Núñez, padre de su amante, la había presionado y amenazado, a ella y a su familia.

-      ¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? – había gritado el hacendado. – Es suficiente con haber hecho la vista gorda durante más de cinco años. Lo he tolerado sin despedirte. Me debes respeto y agradecimiento. ¡Si hasta he permitido que tus bastardos lleven mi apellido! Ahora las cosas son diferentes. Alberto se casará pronto… Tú y los pequeños debéis abandonar España cuanto antes.

-      No pienso ir a ninguna parte. Yo quiero a su hijo, y él me quiere. – La mirada color violeta intenso de María de las Angustias y sus mejillas enrojecidas por la furia realzaban su belleza en contraste con lo precario del establo donde se desarrollaba la discusión. Alberto Ramírez Núñez pensó que entendía perfectamente por qué su hijo se había encaprichado de esa criada terca y tonta.

-      Escúchame bien. Si te quedas, tú y tu familia lo pasaréis muy mal. Llevas trabajando en mi casa desde los doce años, sabes bien que soy hombre de recursos. Te he comprado un camarote de segunda clase en un vapor que sale para América dentro de diez días. Te daré suficiente dinero para que puedas establecerte al llegar. Te daré más de lo que ganarías trabajando para mí toda tu vida.

María de las Angustias bajó los ojos. Sabía que Ramírez Núñez era un hombre poderoso. Pensó en sus padres. Pobres y humildes. Era una batalla perdida.

-      Además del dinero quiero un ajuar completo y ropa para los niños.

-      ¿Qué?

-      El dinero no es suficiente. Necesito que piensen que soy la viuda de un hombre rico. Necesito ropa cara y trajes de viuda. De alguna manera, esa es la verdad.

Ramírez Núñez fijó sus ojos negros en la mirada luminosa de María de las Angustias, intentando dominar un deseo enorme de estrangularla allí mismo. Al ver que la moza le sostenía el gesto como a un igual, sonriendo y sin siquiera el menor rastro de miedo en su rostro, la reconoció como una de los suyos, se sintió aliviado y feliz, y se permitió una carcajada sonora y fuerte.

-      Eres una sinvergüenza y una desfachatada. ¿Prometes no volver nunca, ni intentar contactar con Alberto por ningún medio?

-      Lo prometo.

-      De acuerdo. Ahora vete a casa, ya no trabajas para mí. Mañana preséntate aquí a las diez. Mi mujer te comprará todo lo que necesites.

*                             *                             *

Puerto_de_Buenos_AiresDesembarcó ayudada por ocho mozos que recibieron a cambio una moneda. Llevaba en brazos al pequeño Alberto, de apenas dieciocho meses, y tomada de la mano a María del Rocío, de tres años y medio. Los mozos descargaron siete baúles con ropas y equipaje, y un cofre cerrado con tres cerrojos que contenía una exigua fortuna en oro y plata del extinguido imperio Español, precio final para comprar su partida a las Américas y un puñado de joyas, regalo de su ex amante. Habían tenido un encuentro fugaz sobre la paja del establo la tarde anterior a su partida. Él le había pedido perdón. Había llorado sobre el pecho desnudo de María de las Angustias. Ella lo llamó cobarde y lo cabalgó sin piedad ni sentimiento, por pura furia del cuerpo, con el cabello salpicado de hebras de paja. Se vistió rápidamente, lo miró a los ojos por última vez y, sin palabras, se giró para mostrarle su desprecio, marchándose sin regalarle siquiera una lágrima de despedida.

La ciudad le pareció sucia y caótica, pero llena de vida y fascinante, con sus calles coloniales empedradas de gris y románticos faroles negros de hierro forjado. Cerca del puerto se amontonaban los conventillos, casas mal construidas con tablones, sobre pilares de madera y, en el mejor de los casos, hormigón, en las que se hacinaban los inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos y de media Europa, venidos como ella en barcos que prometían tierra, riqueza y una vida mejor. Por las calles se escuchaba hablar el cocoliche1, que heredaba del italiano su tono de grito permanente y algunas palabras asimiladas a un castellano dulce, de zetas suavizadas y doble eles patinadas por la influencia de los Xeneizes.

Sin dudarlo, María de las Angustias se dirigió al Registro con intención de inscribir a sus hijos con los nombres de María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos, y a sí misma como viuda de Antonio Ramírez Nuñez, muerto en España al servicio de Su Majestad el Rey.

Un cabo ignorante y torpe se sumergió en el estudio de sus credenciales. Dado que en la fe de bautismo eclesiástica constaba que sus hijos eran naturales, María de las Angustias las declaró perdidas. El funcionario la miró tristemente con ojos aburridos, y dejando el montón de papeles sobre el mostrador, quiso dar por terminada la conversación.

-      Consiga los documentos y regrese. Así no puedo inscribir a los niños. ¡Siguiente!

-      ¡Espere un momento! ¿Cómo que consiga los papeles? No puedo regresar a España.

-      No puedo hacer nada.Diríjase al cónsul, al obispo o a quien le parezca.

-      ¡Tiene que solucionarlo! ¡Por favor! – tras un ligero esfuerzo, María de las Angustias logró convocar dos pesados lagrimones a sus irresistibles ojos violetas.

-      Lo siento, señora. Tengo órdenes. Por favor despeje el mostrador.

-      ¡No me iré de aquí sin los papeles!

-      Señora, no me obligue a arrestarla. Haga el favor de circular.

-      ¡Cabo! ¿Qué son esos gritos? – del despacho trasero había salido un militar de aspecto recio, alto y fuerte.

-      Es esta señora, mi Capitán. No tiene los papeles en regla y se niega a abandonar el mostrador.

-      Permitirá usted que le explique mi problema, Capitán. Un hombre como usted tiene el deber de socorrer a una dama en apuros.

El Capitán Justo Rafael Ayala levantó la vista por primera vez, y aunque a sus cuarenta y dos años se conservaba soltero y se creía a salvo de las trampas del corazón, por primera vez en su vida, al ser literalmente traspasado por la mirada amatista de María de las Angustias, supo sin lugar a dudas que todas sus armas no le servirían para oponer resistencia a esa mujer.

-      Venga conmigo. – dijo – La llevaré al despacho del Director.

-      Muchas gracias, Capitán.

Angustias recogió sus papeles, y lanzando una mirada de pícaro desprecio al cabo, se colgó del brazo de Justo Ayala.

-      María de las Angustias Matalobos, encantada.

-      Justo Ayala. A su servicio, señora. – aunque el Capitán lo ignoraba en ese momento, la frase que acababa de pronunciar se transformaría pronto en la verdad más absoluta que dijo en su vida.


  1. El “Cocoliche” era un dialecto, producto de la mezcla del italiano y el castellano