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	<title>Matalobos &#187; Alberto</title>
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	<description>una Novela de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Capitulo Diecinueve: Último paso por la Vicaría</title>
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		<pubDate>Thu, 13 May 2010 18:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
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		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
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		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>

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		<description><![CDATA[María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-467" title="Corpiño_vestido_de_novia" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/Corpiño_vestido_de_novia-300x209.jpg" alt="" width="300" height="209" />María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas de la vda, el concubinato era una solución perfecta para ellos, que seguramente no molestaría ni a Dios ni al Estado, y que él ya estaba viejo para esas vainas. María de las Angustias había respirado profundamente, antes de alzar los puños al cielo, invocar a sus ancestros y a una tormenta privada, y acto seguido, lanzando chispas violetas a través de sus ojos de amatista, se había negado tajantemente, aludiendo su profunda convicción religiosa, a vivir en mancebía. “No no viviré como los salvajes”, había dicho, finalizando la conversación. Luciano había reído con ganas, con una risa profunda de ecos cavernarios, una risa que por sí sola declaraba que únicamente podía pertenecer a un hombre impío. “Pero si llevamos diez meses revolcándonos como conejos”. María de las Angustias no acompañó la risa. Por el contrario, lo apuñaló con la mirada, de forma, glacial, directa al centro geométrico de los ojos negros del explorador, y sentenció:</p>
<p>-       Los asuntos de mi cuerpo los gestiono como me parece. Los del alma, se los dejo al cura, que para eso está. Además, no te vendrá mal, que bastante falta te hace confesarte y comulgar.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Se casaron el ocho de agosto de 1944, en una pequeña parroquia del barrio de Barracas, sin más invitados que Alberto Ramírez Matalobos, María del Rocío y Juan José Cavalieri e hijos. Príamo Luciano había accedido a pasar por la vicaría con esa única condición: ni gala ni fasto innecesario, ni invitados ni convite ni baile, que ya no estaban para pendejadas. Lo hacía por ella y no por Dios. La ceremonia, al compás de los llantos ininterrumpidos del pequeño Ricardo, fue opaca y triste, oficiada por un cura anciano y cansado, aburrido de su propia letanía, y sobrevolada por un fantasma de escepticismo. Cada uno de los presentes pensaba, sin decirlo, que ninguno de ellos se tomaba en serio aquél acto sacramental. El cura miraba a los novios con desconfianza. Los novios evitaban mirarse. Los invitados invocaban un mal disimulo de la incomodidad general.</p>
<p>Únicamente María de las Angustias sostuvo su altivez, la mirada orgullosa, la frente alta, su casta impávida, su derecho bíblico a ser bendecida en la que sabía sería su última aventura de dormitorio. Fue casi una mala representación teatral de una compañía venida a menos, sin más público que los parientes cercanos. María de las Angustias soportó con estoicismo, sin embargo, la mofa silenciosa de su prometido y sus hijos, el frío azul que habitaba la parroquia y el aliento de ajos tiernos del cura adormecido. Quería estar limpia a los ojos de Dios, porque cercana al medio siglo de vida, comenzaba a pensar en la muerte como algo posible.</p>
<p>Después de la ceremonia religiosa, Príamo Abraham Luciano los recibió a todos en una amplia casa de dos plantas que poseía en el barrio de Palermo. Era una construcción funcional y tosca, de color gris y paredes exteriores sucias, fea por fuera, pero amplia y confortable por dentro. El salón recordaba al imaginario popular de la vivienda de un cazador. Las cabezas disecadas de un ciervo, un alce y un puma presidían la boca, ennegrecida por muchas horas de humo, de una enorme chimenea que dividía en dos la pared del contrafrente del comedor, y custodiadas por un olor dulzón a madera noble que emanaba del mobiliario. A su izquierda, un pesado armario de anaqueles de algarrobo con puertas de cristal atesoraba más de tres mil libros, dispuestos en un orden alfabético casi demente, que una mano diligente mantenía siempre limpios. A la derecha, una mesa de roble oscuro, para doce comensales, era custodiada por media docena de reproducciones de cuadros impresionistas.</p>
<p>Una mujer de mediana edad, que vestía un uniforme negro de camarera, tocado por una blanca cofia de puntillas, los recibió y acomodó alrededor de la mesa, procediendo en seguida a servir entrantes fríos. En ese momento el cielo agonizó, sufrió públicamente en un estruendo de truenos iracundos, y se rompió en pedazos. Una lluvia furiosa arremetió contra las ventanas cerradas, acercando a los cristales un repiqueteo insistente, que denunciaba la farsa indiscutible de aquélla reunión familiar. Comieron en silencio, con la vista fija en los platos, bajo el murmullo enemigo del repicar rítmico de las gotas de agua, intimidado por los sonidos puros de la cubertería de plata al intentar herir la porcelana de los platos. María de las Angustias se sentía incómoda por el silencio. Sin embargo, Príamo Luciano lo disfrutaba. No le gustaban los hijos de su esposa, y no tenía ningún reparo en refrendar ese disgusto con silencio y un gesto mordaz al acomodarse el espeso mostacho con dos dedos, mientras chupaba con fuerza un habano <em>Cohiba</em>, y vigilaba la distribución del café a los presentes, con el chaleco desabotonado y el nudo de la pajarita a medio deshacer.</p>
<p>Acabados los cafés, se trasladaron a los sofás, frente a la chimenea, que Príamo Luciano encendió con rapidez y efectividad, para luego sentarse a su lado, en un sillón confortable, a mirar el fuego y humedecer con los labios la punta de su habano, mientras la camarera distribuía tarta de frutillas en platos de postre a sus invitados. El temporal disminuyó su intensidad, hasta transformarse en una suave lluvia sucia que caía por puro sortilegio de la ley de gravedad, sin siquiera hacer demasiado ruido. El silencio recuperó el comando de la reunión, apostillado por el suave crepitar de las llamas en los gruesos troncos de la chimenea.</p>
<p>-       Es tarde. Nos tenemos que ir – dijo María del Rocío, incapaz de soportar durante más tiempo la tensión del ambiente. – Ricardito tiene que mamar.</p>
<p>-       ¡Camila! – gritó Príamo Luciano – Dígale por favor a Bernardo y a Fernández que preparen los dos coches, y que lleven a estos señores a donde les pidan. Luego acompáñelos a la puerta.</p>
<p>-       Sí, señor.</p>
<p>Luciano no se levantó de su sillón. Despidió a sus invitados con un gesto de cabeza, y dejó que su esposa se ocupase de traerles los abrigos y acompañarlos a la salida, sin apartar los ojos del fuego ni la atención de su cigarro. María de las Angustias regresó al salón con los ojos violetas centelleando de furia, levantando los bajos del vestido de novia que aún llevaba puesto con ambas manos, y conteniendo el deseo de desmelenarse en una sarta de insultos de verdulera contra su flamante marido. En cambio, se plantó frente a él, que continuaba cómodamente instalado en el sillón, y le arrojó su vergüenza a la cara.</p>
<p>-       ¡Eres un maleducado y un groser! ¡Son mis hijos!</p>
<p>El levantó la vista lentamente. Dio una chupada final a su <em>Cohiba</em> y lo arrojó a la chimenea con aire distraído y desenvuelto. Entonces permitió a su bigote espectacular que dibujase una sonrisa arañada de pelo, y adelantando el torso y los brazos, puso ambas manos sobre las nalgas de su mujer.</p>
<p>-       Me encanta cuando estás enojada.</p>
<p>Ella le apartó las manos. “Te estoy hablando”, protestó. “Y yo te estoy escuchando, pero no me puedo concentrar cuando te ponés tan linda”. Príamo se puso de pie, frente a ella. “No me cambies de tema. Te portaste como un perfecto grosero.” Sin decir nada, él la rodeó con sus brazos, buscando en su espalda el cierre del vestido. Al no encontrarlo, puso ambas manos detrás de la nuca de Angustias, e introdujo los dedos entre su piel y el borde del cuello del vestido, y sin esfuerzo aparente, lo rasgó longitudinalmente, desgarrando la tela con un sonido de satén violentado por sus fuertes manos. Después, tiró hacia sí de las dos mitades, quitándole el vestido en un solo movimiento, y lo arrojó sobre el sofá. María de las Angustias se sintió desconcertada, invadida por una rabia infinita, y al mismo tiempo, al sentir las manos de su hombre sobre su cintura, percibió el hambre ancestral de su entrepierna, el reclamo silencioso de su piel, la sangre iniciando su carrera loca, desbordando su sistema cardiovascular. Instantáneamente, el destello de la pasión le iluminó los ojos violetas, el vello de sus brazos se erizó como un puercoespín en pie de guerra, mientras el aliento helado de su propia fiera incontrolable le soplaba en la nuca como un viento redentor, y alcanzó a reprimir el insulto que iba a proferir en el mismo momento en el que Príamo Abraham Luciano hundía su nariz entre sus pechos.</p>
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		<title>Capítulo Dieciséis: Metralla y amenazas</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Apr 2010 18:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[Gilberto Montes]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>
		<category><![CDATA[Teresa Guevara]]></category>

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		<description><![CDATA[La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-428" title="20070823233954-cerilla1" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/20070823233954-cerilla1.jpg" alt="" width="280" height="190" />La cerradura crujió débilmente. Teresa Guevara entró en su casa de Lanús resoplando, sudorosa y casi agotada. Cargaba con la bolsa de la compra, y con una garrafa de gas butano para reemplazar la que sabía que estaba a punto de agotarse. Aún no había gas natural en la zona en la que estaba ubicada su pobre vivienda. Habían pasado cuatro días desde la reunión con el hijo de puta de Montes, y Teresa estaba mucho más que preocupada. No le gustaba ese hombre, ni el negocio de las esmeraldas, y no le gustaba que María de las Angustias confiase tanto en él. No habían firmado nada, con la excusa de que el negocio era ilegal, y que se trataba de un “pacto entre caballeros”. Colocó en la cesta de las verduras el medio kilo de papas envueltas en papel de periódico, tal cual se las había dado el verdulero, intentando que la tierra que se desprendía de los tubérculos ennegrecidos no se derramase sobre el suelo de la cocina, aunque sin conseguirlo ni molestarse en limpiarlo. Ya barrería más tarde. Luego levantó la garrafa. Tres kilogramos de gas butano licuado, más el peso del envase. Seis kilos tranquilamente. Un dolor en la cintura provocado por el esfuerzo le hizo pensar que ya no era joven. Por un instante se arrepintió de haberse dejado convencer. Incluso pensó en telefonear a Angustias para decirle que quería salirse del negocio, pero luego cambió de parecer. Si salía bien, tampoco quería quedarse fuera de los futuros acuerdos.</p>
<p>Abrió la puerta metálica del hornillo de gas, para cambiar la garrafa. Estaba desvencijada, y siempre temía cortarse un dedo con las esquinas, donde un óxido ocre amenazaba desde el borde filoso y carcomido. Comenzó a tirar del tubo que unía la garrafa con el hornillo, sin percibir que la goma reseca se agrietaba en dos sitios diferentes bajo la presión de sus dedos rechonchos, ni el suave silbido que hacía el gas al continuar saliendo suavemente de la garrafa que quitó, que aún tenía medio litro en su interior. Dejó la garrafa en el suelo, mientras rompía el precinto de seguridad de la nueva y la colocaba en su lugar, ajustando el tapón de goma. Pensó que de todas formas debía hablar con Angustias, porque algo en toda aquélla operación continuaba haciéndole ruido. Llenó una olla pequeña de agua y la colocó sobre el hornillo, mientras hacía girar la llave de paso y abría la caja de fósforos.</p>
<p>Le gustaba el sonido áspero que hacía la cabeza roja del fósforo al encenderse, y absorta en sus pensamientos, no advirtió como el aire a su alrededor se encendía hasta que el estallido sordo de la nube de fuego al absorber el oxígeno la asustó, ni tampoco advirtió entonces que su pelo se incendiaba rápidamente, desde las puntas a la raíz. Se adelantó para cerrar la llave de paso, al mismo tiempo que las dos garrafas hacían explosión con un estruendo seco de metralla metálica. Tampoco advirtió los ciento catorce impactos de metal y trozos del hornillo que perforaron su vestido de flores y su carne rechoncha, justo antes de perder el conocimiento.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Supe lo de Teresa&#8230; – dijo Gilberto Montes después de encender un cigarrillo, haciendo una larga y teatral pausa, exhalando suavemente un delgado hilo de humo azul – Una muerte&#8230; oportuna, ¿cierto?</p>
<p>-      Por favor, señor Montes. Jamás me alegro por la muerte de nadie. Eso no está bien – replicó María de las Angustias.</p>
<p>-      No, claro. No está bien.</p>
<p>Gilberto Montes pensaba a toda velocidad, mientras su invitada echaba dos terrones de azúcar en su taza de té. No se imaginaba a María de las Angustias asesinando a la gorda. Tenía que haber sido un accidente. La mismísima viuda del hijo de puta de Severino Garmendia, y, por lo que sabía, era igual de hija de puta que él. Rodeó la mesa de reuniones para sentarse frente a ella.</p>
<p>-      Y bien, usted dirá, doña Angustias.</p>
<p>-      En primer lugar quiero recordarle que no deseaba la muerte de Teresa. Y menos una muerte tan fea como esa. Es algo que no merece nadie.</p>
<p>-      No es asunto mío – dijo él. – Ustedes eran socias. En lo que respecta a mí, no cambia nada.</p>
<p>-      Sí que cambia – se sorprendió Angustias. – Ya no es necesario continuar con la farsa de las esmeraldas. Creo que deberíamos renegociar todo y empezar, de una vez por todas, a colocar el dinero.</p>
<p>Gilberto Montes dibujó una sonrisa torcida y pálida, de labios finos, antes de bajar la vista para regodearse íntimamente en un chispazo áureo de su anillo de oro, mientras lentamente, con parsimonia, aplastaba el cigarrillo.</p>
<p>-      Me parece que no la entiendo, Angustias.</p>
<p>-      ¿No me entiende? Teresa ha muerto, ya no es necesario estafarla, así que entiendo que deberíamos renegociar su parte. Veinte mil para usted, en estas condiciones, me parece demasiado. Y debemos decidir qué hacemos con el resto del dinero. No hace falta continuar la farsa.</p>
<p>-      ¿Qué farsa? – dijo Gilberto Montes. – Mi cliente ya está en camino para comprar las esmeraldas, y la totalidad del dinero está con él.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Los días pasaban con la lentitud tensa que solamente la ansiedad extrema provoca. María de las Angustias no dejaba de pensar en la última entrevista con Gilberto Montes Agüero. El usurero sostenía que el negocio de las esmeraldas no era ninguna farsa, y que solamente al final, a la hora de repartir los beneficios, pensaba mentir a Teresa Guevara, diciéndole que la operación había fracasado. “Pensaba que estaba claro desde un principio”, había terminado diciendo. “Y ahora, si me disculpa…”. Angustias no sabía qué pensar al respecto.</p>
<p>Matilda entró en el salón, interrumpiendo sus cavilaciones. “El señorito Alberto está aquí, señora”. “Hazlo pasar”, respondió Angustias, sin levantarse del sillón, y sin siquiera girar la cabeza para mirar a la india. Su hijo entró en la habitación. Llevaba, como siempre, un traje de tres piezas oscuro, y la cadena de reloj uniendo los bolsillos del chaleco, envuelto en el humo espeso de un cigarro apestoso que generaba una ceniza densa y apelmazada.</p>
<p>-      Hola, mamá – dijo Alberto, al tiempo que besaba a su madre en ambas mejillas.</p>
<p>-      ¿Té? Está recién hecho, te esperaba.</p>
<p>-      No, gracias. Acabo de tomar café. No tengo mucho tiempo, mamá. ¿Qué pasa?</p>
<p>-      Está bien, iré directa al grano. ¿Sabes algo de mis negocios con el señor Montes?</p>
<p>-      No. Él siempre dice que mejor no mezclar la familia y los negocios, y creo que tiene razón. Por eso no me cuenta nada sobre este asunto.</p>
<p>-      ¿Sabes si en el pasado ha hecho operaciones de contrabando?</p>
<p>-      No que yo sepa. Normalmente sus negocios se limitan a colocar en préstamos el dinero que le dan sus clientes.</p>
<p>-      ¿Has hecho alguna entrega importante de efectivo últimamente? ¿Hará cosa de un mes?</p>
<p>-      Mamá, muevo sobres que no sé lo que contienen todos los días. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Qué te preocupa?</p>
<p>-      Temo que tu jefe esté pensando en estafarme, Albertito.</p>
<p>-      Me niego a creerlo. – había hecho una pausa, reflexionando – El Señor Montes gana dinero a costa de los demás, pero nunca lo vi estafar a nadie. No creo que sea capaz de algo así.</p>
<p>-      Yo sí, y créeme que tengo mis razones para pensarlo. Quiero que me hagas dos favores.</p>
<p>-      Si está en mi mano, veré que puedo hacer…</p>
<p>-      En primer lugar quiero que estés atento a sus movimientos. Supuestamente invirtió nuestro dinero para traer un cargamento de esmeraldas de contrabando. Presta atención por si escuchas algo. En segundo lugar, si hablas con él, intenta averiguar si sabe que estuve casada con Severino. Temo que lo sepa y quiera vengarse.</p>
<p>-      Mamá, ya te lo dije, el señor Montes es honrado. Duro, pero honrado.</p>
<p>-      Por favor haz lo que te pido.</p>
<p>-      Lo voy a intentar, pero no te prometo nada.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-429" title="finger-pointing-283x300" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/finger-pointing-283x300.jpg" alt="" width="283" height="300" />Príamo Abraham Luciano sudaba copiosamente. María de las Angustias pensó que, a pesar de todo, era un hombre extremadamente atractivo. Llevaba un sombrero de fieltro raído, de un color marrón de tonalidad indefinida, que aparentaba haber sufrido muchos soles y muchas lluvias como para continuar siendo considerado una prenda de vestir. Una cicatriz clara comenzaba a un centímetro y medio de su ceja izquierda, enmarcando su rostro hasta pasar a cuatro centímetros de la comisura de sus labios, mientras que otra, más oscura y fina cruzaba la mejilla derecha en forma transversal. La primera, de ancho variado y formas caprichosas, hacía pensar en una herida con desgarro. La segunda, uniforme y fina, parecía de navaja. Tenía manos nudosas y recias, de uñas grandes, cuadradas y planas: manos de hombre bruto y fuerte. Manos de las que le gustaban a María de las Angustias. Manos ásperas. Todo su atuendo, salvo el sombrero, era de diferentes tonos de negro, incluyendo unos gastados borceguíes de monte, descoloridos en las puntas y en los que se podía adivinar el cuero ajado y gastado. Su respiración serena y potente invadía el aire de la habitación de una fragancia viril y equívoca. Angustias tuvo la extraña sensación de que el hombre podría haber estado cubierto de raíces, barro y mariposas muertas sin desentonar un pelo. A pesar de su apariencia fuerte y segura, se lo veía preocupado, intranquilo. Eran más de las seis de la tarde, y las persianas bajas del despacho de la calle Tacuarí no conseguían impedir que el sol del atardecer filtrase sus últimos rayos tibios dentro de la habitación, impregnada del blanco humo de los puros, que hacía el aire denso, palpable, un invitado más.</p>
<p>Gilberto Montes acabó de servir tres vasos de whisky sin hielo, y rompió el silencio con maneras malhumoradas y un tono amargo y cascado.</p>
<p>-      ¿Y bien, don Príamo? Ya estamos todos los socios. – Rodeando la mesa estaban María de las Angustias, el propio Príamo a su derecha, Gilberto Montes Agüero y Alcíbar Espinosa, socio minoritario de Montes. – Tenga a bien relatarnos los hechos, por favor.</p>
<p>-      Está bien, pero les advierto que no va a gustarles lo que van a oír. – Príamo Luciano sorbió lentamente su whisky y comenzó a hablar, sin ceremonias, con la voz firme, grave y cavernosa. – Como todos ustedes saben, hace tres meses y medio partí en un hidroavión, al mando de un grupo de trece hombres y con medio millón de pesos en efectivo. En la ciudad de Medellín negociamos la compra e intercambio de una buena cantidad de esmeraldas de altísima calidad, que a mi buen entender valdrían más de un millón cien mil pesos una vez puestas aquí. El cargamento era demasiado grande e incómodo, y evidentemente no podíamos tomar el riesgo de volver en barco, ni por ninguna de las grandes rutas comerciales, como por otra parte es costumbre en este tipo de expediciones, así que las mismas personas a las que compramos las esmeraldas nos pertrecharon de armas, munición, caballos y provisiones y decidimos tomar una ruta típica del contrabando, que atraviesa parte de Perú, Brasil, Bolivia y Paraguay, para finalmente entrar a la argentina por la selva misionera, donde podríamos tomar otro tipo de transporte terrestre hasta Buenos Aires. Después de cincuenta y seis días de penurias por diferentes selvas y paisajes de lo más escarpados, llegamos a la frontera de Bolivia y Paraguay. Allí nos interceptó una banda de contrabandistas, más numerosos y mejor armados que nosotros. Once de mis hombres y ocho de los suyos murieron durante la primera refriega. Los tres restantes fuimos hechos prisioneros y conducidos ante el jefe del otro grupo, que resultó ser un ex marinero con quien compartí algunos viajes de contrabando por mar hace más de veinte años. Solamente este último hecho logró que salvara mi vida, no así las de mis otros dos hombres, que fueron ejecutados sin piedad en plena selva. Me devolvieron mi caballo, un fusil y una caja de munición, y me permitieron seguir viaje. El hecho es que sabían que llevábamos las esmeraldas, y nos esperaban desde hacía al menos veinte días.</p>
<p>El silencio descendió sobre los presentes, mientras las volutas de humo danzaban tibiamente, dibujando formas caprichosas, y los últimos rayos de sol se filtraban por las persianas. Fue Gilberto Montes quien rompió el silencio.</p>
<p>-      ¿Y qué vamos a hacer ahora, Príamo?</p>
<p>-      ¿A qué te referís?</p>
<p>-      Me refiero a que arriesgué ciento cincuenta mil pesos personalmente, y por intermedio mío, la dama aquí presente otros cien mil. De alguna manera hemos de recuperarlos, o al menos obtener una satisfacción de alguna clase.</p>
<p>-      El negocio no era así, Gilberto. Yo perdí doscientos cincuenta mil en efectivo, más los gastos del viaje, y otros quince mil en adelantos a mis hombres. No había garantías. No puedo hacer nada.</p>
<p>-      Comprenderás que no me guste la idea.</p>
<p>-      Lo único que puedo hacer para compensarlos, es ofrecerles entrada en otros negocios, con condiciones más ventajosas de lo normal. Digamos cinco puntos más, pero van a tener que volver a arriesgar dinero.</p>
<p>-      ¿Señora Matalobos? – preguntó Montes, después de medio minuto de silencio.</p>
<p>-      Ni hablar. – dijo la gaditana – No vuelvo a arriesgar el dinero que me queda en una locura de éstas ni borracha. De hecho, si hubiese sabido lo que estaba haciendo – lanzó una mirada de reproche a Gilberto Montes – ni siquiera lo hubiese arriesgado la primera vez.</p>
<p>Un silencio denso congeló la habitación, sumida ahora en penumbra, mientras miradas de inteligencia y secreto se cruzaban entre los hombres. Finalmente, después de más de dos minutos, fue el explorador el que habló.</p>
<p>-      La señora comprenderá, me imagino, – dijo Príamo Luciano, mirando profundamente a Montes y hablando con voz susurrante y amenazadora – que ha visto y oído muchas cosas, que sabe nuestros nombres, que conoce nuestras caras, y que no se puede apartar así nomás de esto, ¿verdad Gilberto?</p>
<p>Otro silencio dominó la situación repentinamente. Fuera ya estaba oscuro, y no se escuchaban más sonidos que los de algún que otro vehículo rodado transitando el anochecer. María de las Angustias, por primera vez desde el comienzo de toda aquélla locura, sintió verdadero miedo. Los ojos de Luciano eran puro fuego. No sentía dudas de estar frente a un hombre capaz de todo. Al mismo tiempo, se sintió subyugada y fuertemente atraída por el contrabandista. Como siempre que se había visto en situaciones difíciles, un torbellino interior y feroz respondió al llamado cuando apeló a su sangre y su temple. Serena, levantó su mirada violeta y profunda. Miró al aventurero directamente a los ojos, y sin que le temblase la voz ni el gesto, con tono calmo y pausado, pero firme, dijo:</p>
<p>-      En primer lugar, señor Luciano, a pesar de ser mujer, y por mucho que a usted no le guste, estoy aquí por mérito propio, y aunque no le parezca de hombres, cuando se dirija a mí tenga a bien hacerlo de manera directa, sobre todo si es para amenazarme. En segundo lugar, no creerá usted que yo pensaba que estaba haciendo negocios limpios. Puedo estar enfadada, incluso indignada, pero conozco las reglas del juego, señor, y le aseguro que no será de mis labios de donde salga una palabra sobre esto. Puede usted vivir tranquilo, con su conciencia, sus negocios y sus contrabandos, que está hablando con una mujer de palabra.</p>
<p>-      Está bien. – intervino Montes, después de unos instantes – Yo respondo por ella. No va a hablar con nadie. Creo que es de caballeros permitirle abandonar el negocio ahora. Aunque, por supuesto, &#8211; clavó sus ojos en los de la andaluza – queda usted debidamente advertida, señora Matalobos.</p>
<p>-      Será de caballeros permitirlo, pero no así su tono, señor Montes. Pero pierda usted cuidado. Me doy por advertida.</p>
<p>Sin más palabras, María de las Angustias se levantó con parsimonia, recogió su abrigo y su bolso del perchero, junto a la puerta, y murmurando “Buenas tardes” cruzó la puerta rumbo a la salida, sin mirar atrás.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Pasá, Albertito, pasá.</p>
<p>Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba nervioso. Habían pasado dos semanas desde la última visita de su madre al despacho de Montes, y desde entonces su jefe no le hablaba ni le hacía encargos. Se aburría, durante todo el día sentado en su escritorio, sin hacer nada, esperando. Luego de todos esos días tenía los nervios destrozados, la autoestima baja y ninguna seguridad en sí mismo.</p>
<p>-      Dígame, señor Montes.</p>
<p>-      Habrás visto que hay poco trabajo… ¿no es así?</p>
<p>-      Así es, señor Montes.</p>
<p>-      Lamentablemente pasamos por una mala racha. La empresa no se puede permitir ciertos lujos, Albertito. ¿Me seguís?</p>
<p>-      Sí, señor Montes.</p>
<p>-      Entonces comprenderás lo que quiero decirte, ¿verdad?</p>
<p>-      No, señor Montes.</p>
<p>-      Me veo obligado a despedirte, Albertito. El mes que viene ya no te podría pagar.</p>
<p>-      No haga eso, señor Montes. Puedo esperar. Puedo trabajar sin cobrar algunos meses, hasta que la cosa mejore.</p>
<p>-      No puedo hacer eso, Albertito. Si las cosas mejoran te llamo y te vuelvo a contratar. Mientras tanto, dale recuerdos de mi parte a tu madre.</p>
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		<title>Capítulo Quince: Doble traición</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Apr 2010 18:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[Gilberto Montes]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
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		<description><![CDATA[Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-417" title="traicion" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/traicion-300x211.jpg" alt="" width="300" height="211" />Don Gilberto Montes Agüero había pedido no ser molestado. Con relativa frecuencia, se encerraba en su despacho para distribuir los ingresos del negocio en pequeños montoncitos de efectivo. Le gustaba manosear el dinero, jugar con él, su tacto de papel moneda y el olor inconfundible de la tinta envejecida por sudores ajenos. Lo contaba, apuntaba las cifras en un papel, lo volvía a contar, hacía un montón para pagar a un <em>asociado</em>, deshacía el montón, lo volvía a hacer, lo hacía con billetes más pequeños o más grandes. Era una ceremonia íntima y casi erótica. Ni siquiera el tacto de terciopelo ajado y rosa de sus tristes putas habituales lograba hacerle sentir tanta sensualidad en los dedos como el dinero.</p>
<p><span id="more-414"></span>Habían pasado tres días desde que hiciera el acuerdo con las dos mujeres, y no conseguía quitar de su cabeza a María de las Angustias. Abrió su caja fuerte y extrajo los cien mil pesos moneda nacional en efectivo, y comenzó a jugar con ellos, dividiéndolos en montones, mientras pensaba el destino del dinero. Tenía en mente varias operaciones diferentes, de acuerdo a las exigencias de la gaditana, y no acababa de decidirse. Quería impresionarla, quería hacerle ganar dinero, beneficiarla en el sentido más amplio de la palabra. Como perro viejo que era, dotado de un olfato agudo y especial para distinguir su propia excrecencia de la ajena, había algo en aquélla sociedad que le hacía ruido. Esas dos mujeres se parecían tanto como la mierda de perro y la miel. No era una sociedad natural. <em>Divide y vencerás</em>, alcanzó a pensar, antes de que Alberto Ramírez Matalobos llamase a su puerta.</p>
<p>-      Estoy ocupado ahora. – Dijo en voz alta, sin levantarse de su asiento. &#8211; ¿Qué pasa?</p>
<p>-      Es mi madre… Doña María de las Angustias Matalobos, quiere verlo, señor. – Respondió Alberto.</p>
<p>El hombre de negocios paseó la vista rápidamente por su escritorio. Más de trescientos mil pesos estaban apilados en diferentes montones de colores vivos, con variados grados de desorden y erotismo.</p>
<p>-      Dígale por favor que me espere unos minutos, en seguida la atiendo.</p>
<p>Apuntó unos últimos guarismos en sus papeles, y luego trasladó los montones, en el mismo orden que tenían sobre su mesa, al interior de la caja fuerte, con gestos cuidadosos, como si estuviese operando nitroglicerina. Cerró la puerta metálica de la caja, cerrando imperceptiblemente los ojos para escuchar con todos sus afinados sentidos el chasquido final que protegía el dinero, y no pudo evitar deslizar suavemente los dedos de la mano derecha sobre la fría superficie de hierro macizo. Volvió a colgar el cuadro que la tapaba – una reproducción de mala calidad de un <em>Molina Campos</em>, que Gilberto Montes atesoraba como si fuese auténtico, sin saber muy bien por qué. Cuando terminó, verificó rápidamente con la vista que no quedasen rastros de su trabajo sobre la mesa, se acomodó el chaleco, las mangas de la camisa y los gemelos de oro, y mientras repasaba el nudo de su corbata con un gesto instintivo del que no era del todo consciente, abrió la puerta de su despacho, para ver a la bella mujer de pie, a solo tres metros de la puerta.</p>
<p>-      Que agradable sorpresa – dijo, zalamero. – Pase, por favor, señora Matalobos.</p>
<p>-      Gracias, señor Montes.</p>
<p>-      Alberto, por favor tráenos café. ¿O tal vez la señora prefiera té?</p>
<p>-      Mejor, té para mi, por favor.</p>
<p>-      Ya lo has oído.</p>
<p>Cerró la puerta tras el paso de María de las Angustias, al tiempo que la invitaba a sentarse. Recorrió el perímetro de su mesa para tomar asiento frente a su invitada. Se sentía curioso, y al mismo tiempo divertido. Sabía que la inesperada visita de aquélla mujer traería algo jugoso.</p>
<p>-      Aún no tenemos réditos del dinero – bromeó -. Pasaron solamente tres días. – agregó, ensayando un absurdo gesto de disculpa con los hombros.</p>
<p>-      No esperaba que los hubiese, don Gilberto – parecía nerviosa.</p>
<p>-      Entonces usted dirá. ¿A qué debo el honor? Pensaba que nuestro “pequeño negocio” estaba claro.</p>
<p>-      Clarísimo, sin lugar a dudas. Por eso vengo. Espero que podamos… oscurecerlo un poco.</p>
<p>Gilberto Montes hizo un silencio, durante el que, parsimoniosamente, vació su cenicero de algarrobo en la papelera, se levantó para buscar el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta, que estaba colgada del perchero, volvió a su asiento, extrajo un cigarrillo, y mientras le daba ligeros golpecitos sobre la uña del pulgar, volvió a levantar la vista.</p>
<p>-      Los negocios, señora Matalobos – y usted lo sabe mejor que nadie – son la guerra. Todo vale. Todo se puede, siempre y cuando lleguemos a un acuerdo, pero me parece que no la estoy siguiendo. ¿Por qué no hablamos con franqueza? Al fin y al cabo somos socios.</p>
<p>-      De acuerdo. Verá… es que no es fácil para mí.</p>
<p>Los golpes en la puerta interrumpieron el diálogo. El señor Montes dijo “adelante” en voz alta, y Alberto entró con una bandeja en la que había una tetera, dos tazas y un azucarero de peltre. Dejó todo sobre la mesa en medio de un silencio artificial y casi palpable, que gobernaba la habitación con fragilidad de hielo. Intentó buscar los ojos de su madre, para saber lo que ocurría, pero no los encontró.</p>
<p>-      Si necesitan algo, llamen – dijo al salir, sin esperar respuesta.</p>
<p>-      Volvamos por favor a lo que me decía, Angustias…</p>
<p>-      Sí, claro. Nadie nos escucha, ¿verdad?</p>
<p>-      Tranquila, este despacho es un santo sepulcro.</p>
<p>-      Bien. Como le decía, no es fácil para mí. Soy una mujer que ha sufrido mucho, señor Montes. He sido extremadamente pobre, y he sido enormemente rica. La vida me ha dado muchos golpes.</p>
<p>-      Comprendo… &#8211; replicó Montes, sin comprender.</p>
<p>-      ¿Recuerda usted la quiebra del <em>Banco de Crédito Argentino</em>?</p>
<p>-      Perfectamente.</p>
<p>-      Esteban Giménez del Río era mi marido. – Gilberto Montes arqueó las cejas, sorprendido, pero no dijo nada. – Me quedé prácticamente en la calle, sin nada aparte de un techo donde vivir. Me volví a casar con un comerciante – Angustias, recordando el episodio entre Severino Garmendia y Gilberto Montes, se cuidó de no decir el nombre de su último marido – que era a su vez primo de la mujer con la que vine el otro día. ¿La recuerda?</p>
<p>-      Imposible olvidarla, amiga mía.</p>
<p>-      Pues mi marido me dejó unos pocos pesos, y esa mujer, mediante chantaje, se quedó con una parte importante de mi herencia…</p>
<p>-      Creo que empiezo a entender…</p>
<p>-      Quiero recuperar lo que es mío, Gilberto. Eso no puede ser malo, ¿verdad? – Angustias dejó caer todo el poder de su mirada Violeta, plena de matices y sobreentendidos, sobre los ojos atónitos del usurero.</p>
<p>Gilberto Montes hizo una nueva pausa. Encendió por fin el cigarrillo que tenía en la mano desde hacía diez minutos, con su <em>Zippo</em> de oro, ganando tiempo para pensar. Echó un terrón de azúcar en su taza de té, y mientras movía distraídamente la cuchara, levantó la vista nuevamente, buscando los ojos de su interlocutora.</p>
<p>-      Nosotros somos una empresa seria, doña Angustias. Tenemos por norma no intervenir en los negocios de nuestros asociados. Sin embargo, por alguna razón, usted me cae bien. ¿Por qué no me dice claramente lo que tiene en mente?</p>
<p>-      El dinero que le dimos para el negocio… La mitad es mío, y la otra mitad es el que esa mujer me quitó con chantaje. Pensaba que si las inversiones que vamos a hacer saliesen mal, y la totalidad del dinero se perdiese… No sé, podríamos repartir los otros cincuenta mil, digamos… Quince para usted y treinta y cinco para mí. ¿Qué le parece?</p>
<p>El hombre se puso de pie, acercándose a la ventana, como hacía siempre que quería pensar sin que un gesto lo delatase a traición. Parecía fácil. Seguramente la gorda inverosímil socia de la gaditana no sabría qué hacer ni a quién recurrir, y no parecía de las que iban a la policía, sino más bien de las que prefieren tenerla lejos. Lanzó la colilla del cigarro por la ventana, impulsándola con fuerza con el dedo mayor y el pulgar, y volvió lentamente a sentarse en su silla.</p>
<p>-      No sé… &#8211; dijo – Me juego nuestra impecable reputación haciendo algo así. Comprenderá usted que una vida de conducta intachable puede irse por el desagüe en unos minutos si esto se supiese&#8230;</p>
<p>-      Piénselo, don Gilberto. Es mucho dinero, y muy fácil.</p>
<p>-      No es tan fácil. Hay que falsificar documentación, esto debe hacerse bien para que no se note. Los documentos que prueben el desastre tienen que ser sólidos, y probablemente sea necesario involucrar un tercero para que haga el papel de moroso, lo que significa un pequeño desembolso a título de soborno&#8230;</p>
<p>-      Me parece que ahora le toca hablar claro a usted.</p>
<p>-      No lo haré por menos de veinticinco.</p>
<p>-      Veinte – dijo la gaditana – y los gastos los paga usted.</p>
<p>-      De acuerdo – dijo Montes.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Las he convocado de urgencia porque tengo un asunto algo… particular entre manos, y me pareció que podría interesarles.</p>
<p>Gilberto Montes Agüero dio dos pasos, acercándose a la ventana de su despacho de la calle Tacuarí, como hacía con frecuencia cuando hablaba ante sus clientes, intentando convencerlos. Alrededor de la mesa, como la primera vez, estaban María de las Angustias, con un elegante vestido de color rosa pálido y tocada por un sombrero pequeño del mismo color, y Teresa Guevara, con el pelo recogido y uno de sus vestidos floreados, que la hacía parecer una pelota playera envuelta para regalo. Sobre la mesa, una bandeja de masitas y una tetera humeante invitaban a la merienda.</p>
<p>-      Como saben, solamente ha pasado una semana y media desde que me trajeron el dinero, y aún no he tenido tiempo de colocarlo. Comenzaba a tener claro cómo y dónde hacerlo, pero ocurrió algo que me hizo pensar en cambiar de planes. Hace dos días, una persona de la que solamente les revelaré que es alguien con quien habitualmente hago negocios, y por lo tanto una persona en la que confío razonablemente, vino a proponerme algo. Es un negocio de riesgo bastante más alto que las operaciones de las que habíamos hablado, pero también considerablemente más rentable.</p>
<p>-      ¿Qué clase de negocio? – preguntó Angustias.</p>
<p>-      Antes de decirles nada acerca del negocio, necesito saber si están interesadas, porque si no lo están, mejor que no sepan nada. Digamos que la legalidad es, como mínimo, dudosa en este tipo de operaciones. Son cosas en las que se fuerza el límite de la ley.</p>
<p>-      Entiendo… &#8211; dijo Angustias.</p>
<p>-      No estoy interesada – replicó Teresa.</p>
<p>-      ¿Cómo lo sabes? Aún no has escuchado de qué se trata.</p>
<p>-      No quiero correr riesgos innecesarios.</p>
<p>-      Pues resulta que somos socias, y yo sí estoy interesada.</p>
<p>Un silencio tenso sobrevoló la habitación como un fantasma. La antigua hostilidad de Teresa Guevara había hecho acto de presencia, cosa con la que María de las Angustias no contaba. Gilberto Montes las miró, divertido, e inmediatamente después de encender un cigarrillo, dijo, conciliador:</p>
<p>-      Señoras, por favor. No hace falta que discutan. Vamos a ver… Todos los negocios posibles para su dinero tienen riesgo. El asunto, desde mi punto de vista, es evaluar correctamente si el posible beneficio vale la pena el riesgo. Me parece que antes de conocer ese dato no se puede tomar ninguna decisión.</p>
<p>-      ¿Y cuál es el beneficio? – preguntó Teresa Guevara.</p>
<p>-      Un treinta por ciento en sesenta días.</p>
<p>-      De acuerdo, estoy interesada. Siga contando. – respondió la gorda luego de quince segundos de silencio. Angustias soltó la respiración contenida con disimulo: había mordido el anzuelo.</p>
<p>-      Bien. Comprenderán que todo lo que diga a partir de ahora es estrictamente confidencial, y que ni a mí ni a mi socio nos haría ninguna gracia saber que se comentó fuera de estas paredes. A partir de aquí entramos en un terreno que en lugar de papeles se basa en la confianza personal, por lo que es imprescindible su compromiso de silencio.</p>
<p>-      Por mi parte, ningún problema – dijo Angustias.</p>
<p>-      Por la mía tampoco.</p>
<p>-      De acuerdo. Mi cliente es… importador-exportador. Suele traer cosas de valor: oro del Perú, esmeraldas de Colombia o de África y cosas así. El tiempo medio de la operación completa, desde que se le entregan los fondos hasta que transforma el cargamento en dinero líquido, es de dos meses en este caso – cuando va a África son cinco -, y suele duplicar el dinero invertido. La operación actual es un cargamento de esmeraldas colombianas por valor de quinientos mil pesos, que reportarán más de un millón en el mercado local. Mi cliente cuenta con doscientos cincuenta mil, y acudió a mí para pedirme el resto. Normalmente este tipo de operaciones las financio con dinero personal. Para qué compartir un negocio tan bueno, ¿verdad?</p>
<p>Gilberto Montes hizo un silencio prolongado, dejando que su última afirmación tomase cuerpo entre las dos mujeres, mientras apagaba su cigarrillo y, con absoluta parsimonia, sin dejar de observar a sus invitadas, llenaba tres tazas de té.</p>
<p>-      Debido a particularidades de mis negocios, ahora mismo cuento solamente con ciento cincuenta mil pesos en efectivo, por lo que necesito que alguien participe del negocio con cien mil. Mi cliente paga un treinta por ciento al terminar la operación.</p>
<p>-      ¿Y qué probabilidades de éxito hay? – preguntó Teresa Guevara.</p>
<p>-      Como saben, es un tipo de negocio arriesgado. Sin embargo, esta persona suele llevarlos a buen puerto. No puedo revelar mucho, pero les diré que es alguien bien contactado en el gobierno, y un hombre de temperamento y carácter. Será la sexta vez que participo en un negocio con él, y hasta ahora, nunca hubo ningún problema.</p>
<p>-      ¿Qué contactos? – volvió a preguntar.</p>
<p>-      No más preguntas sobre eso. Como decía antes, es una cuestión de confianza. Están dentro o fuera, ustedes deciden.</p>
<p>-      Estamos dentro – dijo Angustias.</p>
<p>-      Yo estoy fuera – dijo Teresa.</p>
<p>El ambiente se tensó nuevamente. Gilberto Montes miró alternativamente a las dos mujeres, antes de encender un nuevo cigarrillo. Con la mano izquierda se acomodó la sisa del chaleco, y echando su torso hacia atrás al tiempo que sonreía, se dirigió, por primera vez desde que la conociera, directamente a Teresa Guevara.</p>
<p>-      Teresa, usted es libre de hacer con su dinero lo que quiera, por supuesto. Yo necesito cien mil pesos, y por lo tanto no puedo aceptar solamente la parte de María de las Angustias. Pero piénselo bien, porque oportunidades así no se dan todos los días. Le estoy ofreciendo en dos meses lo que a tasas bancarias tardaría dieciocho en ganar. Las dejo unos minutos a solas.</p>
<p>Dicho esto, abandonó la sala de reuniones, cerrando la puerta al salir, para dejar a las dos mujeres ponerse de acuerdo.</p>
<p>-      No me gusta. – dijo Teresa.</p>
<p>-      No seas tonta. Es una oportunidad de oro.</p>
<p>-      ¿Y si sale mal?</p>
<p>-      ¿Y si sale bien? Teresa, este mundo es así. O te lo juegas o no te lo juegas. Estoy empezando a pensar que no ha sido buena idea asociarme contigo. Te diré lo que haremos: le pediré a Gilberto que te devuelva tus cincuenta mil, y yo misma pondré los otros cincuenta. Forzando algunas cosas puedo tenerlos en dos días, pero a partir de ahora te las arreglarás sin mí para gestionar tu dinero.</p>
<p>-      Dame dos minutos para pensar.</p>
<p>-      Dos minutos.</p>
<p>Teresa Guevara se levantó para reflexionar mejor. Dio algunos pasos erráticos alrededor de la mesa de reuniones. Sabía que no era muy lista. Sabía que era fea y vieja, y que eso no favorecía a que los hombres la guiaran y la ayudaran en un mundo de negocios que ella no comprendía. Definitivamente, necesitaba a María de las Angustias.</p>
<p>-      De acuerdo,  – dijo – pero si sale mal…</p>
<p>-      Si sale mal estamos jodidas las dos y punto, Teresa.</p>
<p>-      Está bien.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Gilberto Montes volvió a entrar a la sala de reunión llevando los tres juegos del contrato que tenía preparado desde antes de la reunión.</p>
<p>-      Necesito que firmen estos contratos.</p>
<p>-      ¿Qué es? – preguntó María de las Angustias.</p>
<p>-      Es un documento que anula nuestro acuerdo anterior. Este negocio se hace sin papeles, y el contrato que firmamos me obliga a pagar unas utilidades sobre parte del dinero que, por supuesto, no voy a pagarles, porque el destino del dinero no es el que acordamos en un principio.</p>
<p>-      De acuerdo – dijo Angustias, y se dispuso a firmar.</p>
<p>-      Esperá un momento. – dijo Teresa – Ya sabés que la herencia de Severino es todo el dinero que tengo.</p>
<p>Gilberto Montes, como buen jugador, pudo controlar su reacción corporal ante la aparición del nombre de su antiguo <em>cliente</em>, a excepción de un ligero arqueo de la ceja izquierda. Consiguió fingir que no había advertido nada. Así que el pirata de Garmendia se había casado con la gallega… Hijo de puta, pensó. Se ocuparía de eso más tarde. María de las Angustias no pudo evitar un ligero rubor en sus mejillas, que no pasó desapercibido al usurero.</p>
<p>-      No te preocupes, Teresa. Tú firma, y no hagas más preguntas.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-418" title="whisky" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/whisky-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" />Gilberto Montes Agüero hizo girar la rueda de combinación de la caja fuerte, donde había guardado su copia del contrato firmada por las dos mujeres y por él mismo. Su cabeza no paraba de trabajar. Nada más y nada menos que la viuda de Severino Garmendia. ¿Era posible? Abrió la puerta de su despacho y asomó la cabeza por el quicio de la puerta.</p>
<p>-      ¡Alberto! Vení a mi oficina, por favor.</p>
<p>-      Sí, señor Montes.</p>
<p>Cuando Alberto Ramírez entró al despacho, Gilberto Montes ya estaba sentado en su silla.</p>
<p>-      Cerrá la puerta, por favor. Gracias.</p>
<p>-      Dígame, Señor Montes.</p>
<p>-      Sentate, Albertito, sentate – hizo un gesto con la palma de la mano derecha, señalando una de las dos sillas frente a él.</p>
<p>-      Gracias, señor Montes.</p>
<p>-      Tenemos entre manos una operación delicada. – le dijo – Vas a tener que mover doscientas cincuenta lucas en <em>efeté</em>. ¿Te animás?</p>
<p>-      Claro, señor, no hay problema.</p>
<p>-      Perfecto. Supongo que será los primeros días de la semana que viene.</p>
<p>-      Entiendo. No se preocupe. Lo voy a hacer bien.</p>
<p>-      Estoy seguro de eso, Albertito. – encendió un cigarrillo y, mientras servía dos vasos de whisky, le ofreció uno al muchacho, que lo aceptó, aún sabiendo que el tabaco negro le resultaba demasiado fuerte y le irritaba la garganta. – Decime una cosa, Alberto, ¿hace mucho que tu madre se quedó viuda? Es una mujer especial.</p>
<p>-      Sí que lo es. No, no hace mucho. Hace unos cuantos meses.</p>
<p>Alberto sabía que el whisky le sentaba mal, sin embargo, no podía resistirse a una invitación de un hombre al que admiraba tanto, así que vació el vaso de un solo trago, con los ojos enrojecidos por el humo del cigarro, la garganta irritada y la voz rasposa. Montes volvió a llenarle el vaso.</p>
<p>-      Lo habrá pasado mal, me imagino, pobre mujer.</p>
<p>-      Es una mujer fuerte, pero sí, sí que lo pasó mal.</p>
<p>-      ¿Y vos? Me imagino que también habrá sido un golpe fuerte para vos – dijo, mientras llenaba el vaso del joven por tercera vez en cinco minutos.</p>
<p>-      No, no se crea, don Gilberto. El marido de mi madre no era buena persona, y aunque no esté bien decirlo, me alegré un poco. No de que se muriera, porque no está bien alegrarse de que la gente se muera, Dios me libre y me guarde. Me alegré porque ya no está con mi madre.</p>
<p>-      No sería tan malo, supongo.</p>
<p>-      A mí nunca me gustó el señor Garmendia. No sé decirle porqué, pero la verdad es que no me gustaba nada.</p>
<p>-      Entiendo, Albertito – dijo, palmeándole cariñosamente la mano sobre la mesa. – No chupés más que te me vas a emborrachar en la oficina.</p>
<p>-      Me parece que ya estoy borracho, señor Montes. – dijo Alberto.</p>
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		<title>Capítulo Catorce: Viejos negocios, nuevos negocios</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Apr 2010 18:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[Gilberto Montes]]></category>
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		<description><![CDATA[El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-402" title="tortuga-galapagos" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/tortuga-galapagos.jpg" alt="" width="318" height="211" />El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía que levantar ligeramente, para secarse con un pañuelo de algodón la cicatriz oscura y quemada que bordeaba la cuenca del ojo. El escribano Gaitán había redactado para ellas un acuerdo previo, que ambas habían firmado, y que establecía que Teresa Guevara retiraba su demanda a cambio de recibir los setenta mil pesos moneda nacional acordados al momento en que María de las Angustias pudiese disponer de la herencia. A principios de febrero, cuando terminaron los trámites de sucesión, Teresa Guevara y María de las Angustias se encontraron en cruce de la Avenida Corrientes y Esmeralda, donde estaba la casa central del <em>Banco de Crédito Argentino</em>. La gaditana ayudó a su casi prima política, que era poco dada a los laberintos del mundo financiero, a abrir una cuenta de ahorros para hacer efectiva la transferencia de los setenta mil pesos.</p>
<p>Acabado el trámite, se dirigieron juntas al despacho de Gaitán, en Diagonal Norte, caminando tomadas del brazo, al ritmo de los tacones bajos de Teresa y su andar paquidérmico y jadeante, adornado por una ligera cojera que le producía un enorme juanete en el pie izquierdo, para formalizar la culminación del acuerdo y fumar la pipa de la paz.</p>
<p>-      Pensaba que me ibas a traicionar, gallega, pero otra vez me dejaste sorprendida.</p>
<p>-      Siempre cumplo mi palabra, Teresa. ¿Qué vas a hacer con el dinero?</p>
<p>-      No sé. Supongo que tenerlo en el banco para ir viviendo.</p>
<p>-      Mal hecho.</p>
<p>-      ¿Por qué? ¿Qué tendría que hacer?</p>
<p>-      El dinero sirve para muchas cosas, &#8211; respondió la andaluza – pero la mejor de todas ellas es hacer más dinero. Si te lo gastas, volverás a ser pobre pronto. Si lo utilizas con inteligencia, nunca más pasarás necesidades.</p>
<p>-      No sé, no sé… Ya no me caés tan mal, pero no confío en vos.</p>
<p>La gaditana rió la confidencia. Por alguna razón, aquélla mujer desagradable, que tenía incluso un bigote incipiente sobre los labios agrietados, le resultaba simpática. Pensó que tenía el mismo corazón oscuro que Severino, aunque le faltaba su refinamiento francés, sus modales de hombre de mundo y su excelente conversación.</p>
<p>-      Como quieras – respondió – piénsatelo, y si quieres, podemos hacer algún negocio juntas.</p>
<p>-      ¿Qué clase de negocio?</p>
<p>-      No lo sé, habría que pensarlo. Inmobiliario, o caballos de carrera, o poner dinero donde trabaja mi hijo… Hay muchas opciones.</p>
<p>Llegaron a la escribanía Gaitán, donde el propio escribano las hizo pasar a un despacho con una enorme mesa oval de madera de cedro. “La bella y la bestia”, pensó para sus adentros el leguleyo al ver a las dos mujeres de pie sobre la moqueta deslucida.</p>
<p>-      Bienvenidas, señoras… Si están de acuerdo, efectuaré una lectura completa del documento antes de proceder a la firma.</p>
<p>-      No hace falta. – dijo Teresa Guevara – Todo está en orden, y esos documentos soy muy aburridos.</p>
<p>-      Como quieran. Básicamente el documento expone que se ha llegado a un acuerdo y que los términos del mismo se han cumplido en su totalidad. Si no desean más información pueden firmar. Hay que firmar por triplicado.</p>
<p>-      ¿Tengo que firmar tres veces? – preguntó Teresa Guevara. Gaitán sonrió, intentando contener la risa.</p>
<p>-      No. Es decir, sí. Son tres copias. Una firma en cada copia.</p>
<p>-      Ah.</p>
<p>Gaitán les alcanzó el fajo de papeles, y durante algunos minutos solamente se escuchó el rasgueo de las plumas con que las dos mujeres firmaban al unísono diferentes copias del mismo documento. El escribano recogió los papeles y las acompañó a la puerta.</p>
<p>-      A sus pies, señora Matalobos, como siempre – se despidió.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Las dos mujeres se detuvieron en el pórtico del edificio, como respetando un acuerdo tácito.</p>
<p>-      ¿Sabés? – empezó Teresa – Pensaba que después de hoy no iba a querer verte nunca más, pero sé perfectamente que no tengo ni idea de qué hacer con la guita, y aunque sigo sin confiar en vos, sos la única persona que conozco que puede darme una mano…</p>
<p>-      Yo tampoco confío en ti. – respondió Angustias, divertida – La desconfianza mutua de los socios es la primera base para poder hacer buenos negocios. – afirmó, tendiéndole la mano. La mujer se la estrechó con ganas, volviendo a sonreír, gesto aquél que dejaba aparecer por un instante a Severino.</p>
<p>-      Lo voy a pensar seriamente y te llamo. ¿Sin rencores?</p>
<p>-      Sin rencores – certificó la gaditana.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/Zippo_Sparking_Up.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-404" title="Zippo_Sparking_Up" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/Zippo_Sparking_Up-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a>Gilberto Montes Agüero pensaba – y pensaba que hacía bien al pensarlo – que en los negocios la piedad, la amistad y la simpatía eran cosa de mariquitas, viejas putas y tarados mentales. Era un hombre delgado, de aspecto varonil, aunque su metro sesenta y ocho a pesar de llevar zapatos con más de tres centímetros de alza lo acomplejaba enormemente. Sin embargo, el complejo no le impedía vestir impecablemente su escasa altura con trajes negros a rayas blancas, de tres piezas, camisas blancas con gemelos de oro en los puños, y una variada colección de finas corbatas. Lucía un bigote fino y bajo, pegado a la línea de su labio superior y extrañamente distante de la nariz, rechoncha como un buñuelo, que desentonaba con su mirada profunda y sus ojos negros, rodeados siempre de una sombra oscura. Consideraba la elegancia como un elemento imprescindible para los negocios – los de dinero, los del bajo vientre y los del corazón –, y se negaba a hacerlos con quien no la demostrase. Por esa razón dudó tanto cuando su ayudante Alberto Ramírez Matalobos trajo a su madre y a una amiga que querían hacer negocios. Indiscutiblemente, la madre del rapaz era cosa fina. Un vestido gris oscuro, sobrio, sombrero a juego y zapatos de gamuza gris, un prendedor con una mariposa de oro, alas verdes y dos graciosas antenitas coronadas cada una por un pequeño ópalo. Elegancia natural. La caída del vestido hacía justicia a la línea curva de sus pantorrillas, y los guantes blancos, impecables, que solamente se quitó para permitirle besar el dorso de su mano, hacían un conjunto realmente encantador. Sin embargo, se hacía difícil imaginar qué clase de relación podía unir a una criatura tan maravillosa con el esperpento que la acompañaba. Teresa Guevara llevaba ese día un vestido color verde oliva, que en su cuerpo enorme y rechoncho más parecía una bolsa de basura que una manera correcta de presentarse en un despacho, si no decente, al menos pujante. Gilberto Montes no pudo dejar de observar las uñas rotas y percudidas por años de trabajo duro. Era obvio que no estaban sucias, sino que debido al continuo maltrato habían acabado por adquirir un halo repugnante y verdoso que no se quitaba con agua y jabón. El pelo le caía a ambos lados de la cara, y en lugar de formar una cortina, como debe ser un buen pelo femenino, eran como pequeños tentáculos de un animal viscoso. Se veía engrasado y sucio, y aunque probablemente fuese por el calor, no podía dejar de imaginar que hacía al menos cuatro o cinco días que no veía ni peine ni lavado. Para completar el cuadro, el parche de pirata sobre el ojo izquierdo y las venas rojas y violetas a los costados de la nariz le producían una completa repulsión. Ni siquiera fue capaz de sonreír cuando Alberto los presentó, ni cuando él las invitó a sentarse. En cambio, María de las Angustias irradiaba confianza y elegancia. Era una <em>Señora</em>, con mayúsculas.</p>
<p>Una vez que ambas mujeres se sentaron, una al lado de la otra, a la amplia mesa que llenaba por completo la sala de reuniones de su despacho, y que Alberto, a su pesar, hubiese salido en silencio, obedeciendo un gesto casi imperceptible de su jefe, Gilberto Montes caminó despacio hasta la otra punta de la habitación, para abrir las ventanas, y se detuvo un minuto a encender un cigarrillo con un <em>Zippo</em> de oro. Le gustaba el olor de la bencina y el sabor dulce que conseguía rastrear durante las dos primeras caladas, inmediatamente después de disfrutar por enésima vez el seco chasquido metálico al cerrar el ingenio. Intentaba decidir si podía hacer negocios con aquéllas dos mujeres. Todo su instinto de usurero experimentado le decía que sacara a patadas de su despacho a la gorda ridícula cuya respiración pesada bastaba para llenar la estancia de una fragancia de flores muertas, pero al mismo tiempo la elegancia y belleza de la madre de su discípulo lo habían cautivado al primer instante. Finalmente, decidió que la sola presencia de la gaditana hacía que valiese la pena, al menos, escuchar lo que las dos mujeres venían a proponerle. Giró sobre sus pasos y rodeó la mesa, para sentarse enfrentado a las dos mujeres, acomodando un cenicero de madera de Algarrobo con algo más de cuidado del necesario, gesto aquél que permitiría a las damas apreciar los tres anillos de oro que llevaba en la mano derecha, especialmente el del dedo anular, macizo y grande, con las letras G y M enormes en relieve.</p>
<p>-      Señoras, soy todo suyo. Ustedes dirán. – hizo un gesto circular con la mano, invitando a conversar. &#8211; ¿Un café, antes de empezar?</p>
<p>-      Por mí no – dijo Teresa Guevara.</p>
<p>-      Para mí tampoco, gracias. Verá usted, don Gilberto… No sé muy bien cómo abordar el tema por el que hemos venido a verlo.</p>
<p>-      Haga un intento, señora Matalobos, que para eso estamos – respondió el hombre, ensayando una sonrisa torcida que, suponía, despertaba simpatía entre las mujeres.</p>
<p>-      Es que no quisiera… Verá usted, mi hijo y yo estamos muy unidos, y él, por supuesto, confía a su madre la naturaleza de las actividades de su despacho, pero claro está, guardando siempre la confidencialidad imprescindible sobre sus clientes…</p>
<p>-      Sin problemas. – interrumpió Montes – A buen entendedor, pocas palabras.</p>
<p>-      Queremos invertir en préstamos a interés elevado. Sabemos que supera las tasas del mercado y que es un buen negocio, y como tenemos unos ahorrillos, pues hemos pensado que no sería mala idea.</p>
<p>-      Entiendo… ¿Sabe usted que es este un negocio duro? Quiero decir… No siempre uno presta y le pagan puntualmente. A veces hay que actuar… digamos al límite de la legislación vigente, para proteger el capital que gestiona este despacho. A veces hay que tomar decisiones duras. Por otra parte, mis socios y yo no aceptamos inversores por menos de sesenta mil pesos…</p>
<p>-      No se preocupe, señor Montes. Somos mujeres, pero sabemos de qué va el asunto.</p>
<p>-      En ese caso, les explicaré como funciona. Hay dos maneras de trabajar. La primera consiste en que ustedes ponen el dinero, el despacho lleva los negocios sin necesidad de informar y ustedes obtienen una renta mensual del uno y medio por ciento, pase lo que pase. Si las personas a las que prestamos no pagan, no es su problema, ustedes cobran igual. La segunda es más arriesgada, pero se gana más. Nosotros elegimos una operación, se las presentamos a ustedes, y si les parece bien se firma un contrato entre las partes, donde mi despacho solamente actúa como intermediario, cobrando una comisión al beneficiario del préstamo. El préstamo paga un seis por ciento mensual, uno y medio para el despacho y cuatro y medio para ustedes. Si el cliente no paga es problema de ustedes, aunque nosotros podemos ayudar en términos que tendríamos que discutir en cada caso. Es más arriesgado, pero se gana mucho más. Para los dos casos se firma primero un contrato entre el despacho y ustedes, que establece las normas básicas para operar.</p>
<p>-      ¿Y hay personas dispuestas a pagar tanto por un préstamo?</p>
<p>-      En general son préstamos a corto plazo. Se trata de gente desesperada que no puede recurrir a los bancos. Y sí, lo pagan, créame… Y si no pagaran…</p>
<p>-      No quiero saberlo. Al menos de momento.</p>
<p>Teresa Guevara no confiaba en ese tipo. Habían hablado de invertir cincuenta mil pesos cada una, pero lo estaba dudando. No le gustaba su aire de matón de clase alta, ni su bigote pulcro, ni su mandíbula perfectamente rasurada, en la que se adivinaba piel áspera y crueldad controlada y dosificada de acuerdo a la necesidad.</p>
<p>-      Angustias, creo que deberíamos…</p>
<p>-      No te preocupes – interrumpió la gaditana. – Está todo bajo control. Gilberto, ¿sería usted tan amable de dejarnos a solas un momento? Cinco minutos, nada más.</p>
<p>-      Faltaba más. Estaré aquí fuera para lo que necesite.</p>
<p>-      ¿Qué te pasa ahora? – Angustias se volvió hacia Teresa Guevara, ofuscada.</p>
<p>-      Que no me gusta este tipo. Mejor nos buscamos alguien más confiable.</p>
<p>-      ¿Y qué creías que iba a ser? Los tipos que hacen estos negocios no son agradables, y mucho menos confiables. No te preocupes, confía en mí, sé lo que hago.</p>
<p>-      No estoy segura…</p>
<p>-      Verás cuando empieces a cobrar como estarás segura. – dicho esto, se levantó y abriendo la puerta llamó a Gilberto Montes. Cuando hubo entrado y recuperado su sitio en la mesa, utilizó un tono expeditivo y duro para hablarle, el mismo con el que había acordado la división de la herencia con Teresa Guevara – Señor Montes, esta es nuestra propuesta. Pondremos cien mil pesos. Sesenta mil en modalidad del cuatro y medio por ciento y cuarenta mil en la del uno y medio. Para los sesenta mil queremos el cuatro setenta y cinco en lugar del cuatro y medio, y durante los primeros seis meses queremos que los intereses se incorporen al capital, y por lo tanto que los intereses del mes siguiente se computen sobre el nuevo capital. Queremos tener una opción cada tres meses de retirar los cuarenta mil más sus intereses generados, y la opción de cancelar el acuerdo sobre los sesenta mil a medida que se vayan devolviendo. El capital e intereses que se cobren mensualmente de los sesenta mil se incorporarán a la otra modalidad automáticamente, hasta que finalice el ciclo del préstamo, momento en el que decidiremos si volvemos a prestar o retiramos el dinero. ¿Qué le parece?</p>
<p>Gilberto Montes Agüero entornó los ojos, mientras encendía otro cigarrillo. No esperaba esa precisión por parte de la gaditana, y estaba sorprendido. Pensó que no sería fácil tratar con aquéllas mujeres, pero al mismo tiempo le fascinaba el carácter de la andaluza.</p>
<p>-      Tenemos un acuerdo – dijo -. Voy a pedir que me preparen los contratos.</p>
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		<title>Capítulo Trece: Ahí te dejo la cuenta</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 17:19:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>
		<category><![CDATA[Teresa Guevara]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-376" title="coche_funebre" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/coche_funebre-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se inició en un camión de transporte de cerdos, prosiguiendo durante más de treinta horas en el vagón de carga de un tren que se le antojó una burla, una negra comparsa necrófila que susurraba permanentemente, con el murmullo metálico de sus ruedas de acero, las palabras <em>Yvette</em> y <em>muerte. Yvette-muerte-Yvette. Muerte-Yvette-muerte</em>. Alberto la recogió en la estación de Retiro, acompañado por un coche fúnebre y cuatro mozos cabizbajos, que cargaron el cajón de madera barata hasta la funeraria. Se vieron obligados a suspender el velatorio porque el cadáver comenzaba a despedir un fuerte olor ácido y venenoso, y su piel a llenarse de pústulas verdes y burbujas acuosas que parecían querer reventar sobre los posibles deudos.</p>
<p>Traspasaron el cuerpo a un ataúd decente, cerrado herméticamente con dieciséis pernos de dos pulgadas para evitar que se propagase el perfume mortal que emanaba. Fue enterrado esa misma mañana, con la sola presencia de María de las Angustias y su hijo varón, que no recordaba haber visto llorar a su madre nunca antes. Lo lloró con dolor, con rabia y con una vergüenza íntima y desoladora, con el pecho invadido por un sentimiento de traición que sabía injusto y egoísta, pero que no podía evitar. Lo lloró con espasmos, como a ningún otro hombre antes. Por única vez en su vida había conocido el amor, y había sido puro, sin piel ni sexo, sin tiempo para hablar, solamente una mañana perfecta bajo el fragor de las cataratas y el chillido indecente de los micos, y luego un castigo en forma de desengaño que la acompañaría para siempre.</p>
<p><span id="more-388"></span>María del Rocío llegó en autobús desde Tandil esa misma noche, y encontró a su madre encerrada en un luto hermético, impermeable a las palabras y al consuelo, con los ojos secos y oscurecidos de tanto llorar y decidida a vivir lo que le quedara sola con Matilda, y a morirse lo más pronto posible.</p>
<p>-      Madre, no sé qué decir.</p>
<p>-      No hace falta que digas nada, hija mía. Dios tendrá sus razones.</p>
<p>-      Lo sé.</p>
<p>María del Rocío lo sabía. Sabía que Dios tenía sus razones para todo, y un sentido del humor que a veces sentaba como una patada en los dientes. Ni siquiera se atrevió a preguntarse si su madre merecía semejante castigo, ni si de verdad la frontera entre la vida y la muerte era tan delgada como para no dejar espacio ni siquiera para un adiós decente. Prefirió encomendarse a Dios y al destino, y acompañar a su madre lo mejor que pudo. Al abrazarla y adivinar que lloraba nuevamente bajo el velo negro del luto inquebrantable, tuvo la esperanza de recuperarla para sí misma. Pensó que tal vez ahora iría de visita a Tandil, que pasaría unos días con su nieta Renata y que por fin aceptaría a Juan José como yerno. Sin embargo, dos días después, mientras viajaba de regreso a Tandil, supo sin ninguna duda que la había perdido para siempre, que quizás no regresaría de la sepultura en vida que había decidido fabricar, y que el vínculo madre e hija estaba roto sin solución. Rezó en silencio durante más de la mitad del viaje, y sólo una vez en casa, sobre el hombro fuerte de Juan José, pudo llorar su propia pérdida.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las Angustias no estaba de humor para vainas legales. Cuando el escribano Gaitán le leyó el inventario de su herencia, calló las dudas y ocultó su enorme decepción. Una vez más, el recuento del saldo de su matrimonio era ridículamente menor a lo esperado. Ciento setenta y dos mil pesos moneda nacional y un departamento en el barrio de Almagro. La tienda de Severino era alquilada, y por más que buscaron y rebuscaron antes de devolverla a su dueño, las joyas empeñadas, tantas veces rescatadas y vueltas a empeñar, de los muchos clientes del mercader, no aparecieron por ninguna parte. Por supuesto, entre las piezas perdidas estaban las que María de las Angustias había utilizado para comprar su casa, y que perdió por completo y para siempre la esperanza de recuperar.</p>
<p>Firmó los papeles y el escribano Gaitán le dijo que la llamaría en algunas semanas para informarle sobre la sucesión. Mientras tanto, no podría disponer del efectivo en las cuentas bancarias ni del bien inmueble. Angustias aceptó las palabras del leguleyo sin objetar nada, confiándose por entero al buen hacer de sus maneras burocráticas. Pero la muerte de su marido le deparaba aún una sorpresa más, una nueva burla proveniente de ultratumba. Tres semanas después de la firma, el escribano telefoneó.</p>
<p>-      ¿Ya está todo? – preguntó Angustias.</p>
<p>-      Me temo que va a demorarse un poco. Surgió un imprevisto.</p>
<p>-      ¿Qué clase de imprevisto?</p>
<p>-      ¿Sabe usted quién es la señora Teresa Guevara?</p>
<p>-      No, no la conozco.</p>
<p>-      Dice que es prima segunda de don Severino, por parte de madre. El problema es que interpuso una demanda judicial reclamando la herencia, alegando que el matrimonio tenía solamente tres días de celebrado.</p>
<p>-      ¿Y eso se puede hacer?</p>
<p>-      Con la ley en la mano, no, pero tiene un buen abogado y van a dar pelea.</p>
<p>-      ¿Y qué hacemos?</p>
<p>-      Yo soy escribano, no puedo hacer nada, pero si no tiene abogado puedo recomendarle uno.</p>
<p>Angustias colgó el teléfono en un insomne estado de trance. Se sintió agotada y vencida, triste, decepcionada y débil. Duraría más el litigio que el matrimonio, y a solas consigo misma, sabía que necesitaba pasar página, que no tenía fuerzas para dos o tres años de juicio. Sostenía en su mano derecha un trozo de papel rasgado, en el que había apuntado apresuradamente y con guarismos temblorosos las seis cifras escuálidas del teléfono de la tal Teresa, según se lo había dictado el escribano. Soltó un suspiro largo y cansado y volvió a levantar el auricular.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-377" title="molino3" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/molino3-300x203.jpg" alt="" width="300" height="203" />María de las Angustias empujó la puerta giratoria de la confitería <em>El Molino</em> cuando pasaban seis minutos de las cinco de la tarde. Teresa Guevara había sido seca y casi cercana a la grosería durante la conversación telefónica, pero había aceptado, sin embargo, reunirse con ella en la tradicional confitería para discutir cara a cara los detalles del pleito que, sin conocerse, las enfrentaba. Le había dicho que podría reconocerla por un prendedor de topacio en la solapa de su chaqueta negra, y que fuese puntual.</p>
<p>Lo que no le había dicho, aunque hubiese permitido identificarla mejor, era que pesaba ciento treinta y siete kilogramos y era tuerta del ojo izquierdo, razón por la que llevaba un parche negro como el de un pirata. Fumaba sin parar cigarrillos rubios, sin importarle que no fuera propio de una dama. Contaba sesenta y tres años, la voz ronca por el tabaco y la amargura, y una soledad sin límites que se le transparentaba por todos los poros de la piel, por la sonrisa torcida y sarcástica y por un halo repugnante de amargura contenida.</p>
<p>-      ¿Teresa&#8230;? ¿Teresa Guevara? – preguntó María de las Angustias, deseando íntimamente que por una de esas casualidades de la vida, hubiese ese día y a esa hora dos mujeres con prendedores de topacio y chaqueta negra en la misma confitería.</p>
<p>-      Sí. – respondió la mujer, levantando la vista y repasando a la gaditana de arriba abajo con un gesto de marino mercante – Ahora entiendo por qué se casó Severino. – Interpretándolo como un cumplido, María de las Angustias tomó asiento a la pequeña mesa redonda, ocupada y desbordada por aquélla mujer mastodóntica e intimidante.</p>
<p>-      Me alegro de conocerla, aunque hubiese preferido que fuese en otras circunstancias.</p>
<p>-      Entiendo – convino la mujer. María de las Angustias pidió té con galletitas dulces, y esperó a que la otra tomase la iniciativa. Se estudiaron en silencio durante varios minutos, mientras el camarero, ceremoniosamente, servía el té y se retiraba, discreto. La hembra titánica que en nada se parecía a Severino, mientras tanto, acabó un cigarro y encendió otro, sin preocuparse por la vulgaridad con que aplastó una colilla, ni por el desparpajo con el que encendió el siguiente cigarro, ni por la grosería de sus gestos, ni porque el humo expulsado de sus pulmones cetáceos perturbase el té de la gaditana, ni por su incomodidad evidente.</p>
<p>-      Bueno… &#8211; empezó Angustias – Aquí estamos. ¿Eras prima segunda de Severino por parte de…?</p>
<p>-      No interesa mucho ahora, ¿no le parece? Soy de la línea del hermano de su madre.</p>
<p>-      Es que estoy sorprendida. Severino nunca me habló de usted.</p>
<p>-      Nunca le habló de mí. ¿Le habló de su pasado, de su familia?</p>
<p>-      Ahora que me lo dice, me doy cuenta de que no. Pensaba que no tenía familia, a pesar de que lo he tratado por más de quince años antes de casarnos.</p>
<p>-      No me sorprende. Su marido era un sinvergüenza y un canalla. – Se miraron, una desafiante, la otra, orgullosa, negándose a creer en sus palabras. – Hace más de treinta años, la madre de Severino y su hermano iban a abrir una empresa de importación de artículos franceses. Habían pasado por malos momentos económicos, y tuvieron que vender dos casas que habían sido de sus padres para iniciar el negocio. Juntaron todos los ahorros de las dos familias, y se los confiaron a Severino, que viajó a Francia supuestamente para comprar mercadería y negociar la representación de productos finos. Vinos y otras cosas, nunca lo supe bien. A los seis meses, él regresó con la mitad del dinero, sin haber comprado ni negociado nada, y con una puta francesa de mala vida con la que se fugó con el resto del dinero. La familia rompió con él, y la francesa lo dejó después de gastárselo todo en juergas, trapitos y vaya uno a saber qué. Por culpa de Severino lo pasamos muy mal. Ahora ya están todos muertos. Solamente quedo yo.</p>
<p>-      Comprendo…</p>
<p>-      No, no creo que lo comprenda. Nos arruinó la vida. Así como me ve, yo hace treinta años era delgada y bonita, estaba casada y tenía dos hijos y era feliz. La miseria arrastró a mi marido al juego y a la bebida, y lo mataron a puñaladas por una deuda de naipes. Mis dos hijos enfermaron de tuberculosis y murieron sin que pudiera costearles tratamiento médico, y yo me tuve que meter a mujer de la limpieza para sobrevivir. Perdí el ojo en un accidente con un chorro de queroseno encendido, limpiando las calderas de la calefacción de la casa en la que me empleaban, y me despidieron por torpe, porque casi incendio la casa. No creo que comprenda lo difícil que fue todo para mí.</p>
<p>La mujer hizo su relato con un estado de ánimo constante y calmo. No parecía especialmente afligida. Era como si ya hubiese sufrido todo lo que es posible sufrir para una sola persona, y solamente conservase la amargura y un reflejo del odio del pasado. Angustias se sintió culpable y a la vez furiosa, pero no se atrevía a enfrentarse abiertamente con aquélla mujer que no parecía tener nada que perder.</p>
<p>-      De verdad lo siento mucho, – dijo &#8211;  pero como comprenderá, yo no conocía nada de todo esto, y, de más está decirlo, no soy culpable de todo lo que le ha sucedido, por mucho que pueda lamentarlo.</p>
<p>-      No me importa. – respondió Teresa Guevara – No me importa nada. Creo que me merezco al menos una parte, y le juro que voy a pelear por eso.</p>
<p>El silencio se instaló entre las dos. Los ojos de amatista de María de las angustias fijos en el único de su oponente. Los labios contraídos en un silencio forzado, el sonido ausente de una batalla sorda.</p>
<p>-      Entiendo… Seré sincera. Usted no me gusta…</p>
<p>-      Usted a mí tampoco – interrumpió la mujer, acomodando su parche sobre el ojo izquierdo, y dejando entrever la piel quemada alrededor de la cuenca vacía.</p>
<p>-      Entonces estamos en paz. Le decía que a pesar de eso estoy dispuesta a llegar a un acuerdo. Entiendo que conoce usted el estado patrimonial de Severino al momento de su muerte.</p>
<p>-      Perfectamente.</p>
<p>-      ¿Y qué quiere?</p>
<p>-      Cien mil pesos y la mitad del departamento de Almagro. – Angustias asintió lentamente, volvió a dejar la taza que acababa de levantar sobre el plato, e incorporándose con parsimonia de su asiento, respondió:</p>
<p>-      Discúlpeme un momento. Debo ir al tocador.</p>
<p>Se dirigió a los servicios con altivez y sin mirar a su contrincante, haciendo funcionar a toda velocidad su máquina de calcular. Aquélla mujer era completamente insolvente, por lo tanto no podría recuperar las costas del juicio si iban a los tribunales, y además, necesitaba disponer de la herencia cuanto antes. Se miró al espejo del tocador de señoras, y se encontró avejentada y vencida, con un nuevo ramillete de arrugas apenas perceptibles alrededor de los labios contritos. No sentía fuerzas para luchar, pero no quería ceder a un chantaje que consideraba desproporcionado e injusto. Volvió a la mesa a paso firme, y con una grosería deliberada y calculada, tomó en sus manos el paquete de cigarrillos de la mujer, extrajo uno y lo encendió con la boca torcida y un gesto malevo que había visto hacer infinidad de veces al cantante de tangos de la taberna del Abasto donde la llevaba Esteban Florián Giménez del Río. Apoyó el codo del brazo derecho en la mesa, mientras sostenía el cigarro humeante con la misma mano, y dejando de lado sus modales refinados y recatados de toda la vida, adoptó una actitud rioplatense y arrabalera. Dirigió su mirada violeta y profunda al único ojo asombrado de la gigantesca mujer, y le habló con rudeza, tuteándola deliberadamente.</p>
<p>-      Mira, Teresa. Las dos sabemos que con la ley en la mano no tienes ninguna posibilidad. Pero también sabemos las dos que puedes tocar mucho los cojones con el abogaducho pelagatos y carroñero que te has buscado, y no tengo ni putas ganas de pasar por esto. Setenta mil pesos en efectivo y ni una moneda más. Es mi única oferta, y es indiscutible. – hizo una pausa corta y seca – Piénsatelo. Pero piénsatelo bien. Yo puedo aguantar perfectamente dos o tres años de juicio, pero cuando acabemos, tú tendrás que vender el ojo sano para pagar mi demanda por perjuicios.</p>
<p>La mujer echó hacia atrás su enorme corpulencia, con el rostro violentamente enrojecido, e iniciando un ademán de levantarse de la mesa, ofendida. Pero algo la detuvo a medio camino, y volvió a dejar caer sus ciento treinta y siete kilogramos de masa corporal sobre la silla, torció el gesto y por primera vez aquélla tarde, Angustias pudo identificar en su risa franca el gesto familiar de Severino Garmendia y Guevara. A pesar de que la risa que soltó la mujer era basta y grosera, la forma de sus labios sonrientes era inconfundiblemente igual a la de su marido muerto.</p>
<p>-      Me sorprendiste. – dijo – Yo tampoco tengo ganas de juicio. Tenemos un acuerdo.</p>
<p>Se estrecharon las manos por encima de las tazas sucias, y María de las Angustias no pudo evitar un estremecimiento, ligeramente cercano al asco, al sentir la palma rechoncha y sudorosa de la mano de su oponente. Era un empate justo. La gorda totémica se levantó en seguida, manoteando con torpeza el paquete de tabaco, el encendedor y su bolso grande, haciendo un gesto ampuloso que abarcó todo el salón de té. “Ahí te dejo la cuenta”, dijo, y se marchó sin despedirse ni mirar atrás.</p>
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		<title>Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Mar 2010 18:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-348" title="barajar_y_dar_de_nuevo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/barajar_y_dar_de_nuevo-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" />Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico <em>Anís del Mono</em> español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.</p>
<p>Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-346"></span>No hubo más de cuarenta invitados. Ambos contrayentes carecían de ascendencia, y don Severino, además, no tenía hijos. Alberto Ramírez Matalobos, con dieciocho años cumplidos y sin alcanzar el metro sesenta y ocho de estatura, intentaba disimular una propensión al abultamiento de su vientre bajo un traje de tres piezas que, dada la presión que resistían los botones del chaleco, en rigor de verdad la realzaba. Cultivaba un ralo bigote incipiente bajo su nariz, aplicándose compresas con lociones crecepelo y diversos emplastos y potingues que compraba en cuanto negocio del ramo descubría, con auténtico amor de jardinero y en absoluto secreto. María de las Angustias se sintió orgullosa de él mientras la llevaba del brazo por el pasillo central de la parroquia, que a pesar de estar engalanada con flores y guirnaldas, se veía deslucida, oscura y sucia. En el altar, el Padre Amancio Aguilar controlaba los aspectos principales de la liturgia matrimonial con una actitud que, de no tratarse de un ministro del señor, podría haberse calificado de desidia. Mientras tanto, con el rabillo del ojo verificaba el equilibrio deficiente del novio, que esperaba de pie, esforzándose en mantener un ángulo cercano a los noventa grados con respecto al altar, sin saber si atribuirlo a la edad o a su aliento inconfundible de anís que un perfume de alcanfor no conseguía disimular. En cualquier caso –pensó mientras recordaba su reciente trago de vino de misa en la vicaría – quien estuviese libre de pecado que tirase la primera piedra.</p>
<p>María del Rocío y Juan José Cavalieri se habían ubicado en la segunda fila de bancos, dudando entre el derecho de familia y el pudor de saberse repudiados por María de las Angustias. Fue una precaución innecesaria, porque dada la ausencia de familiares de Don Severino, la primera fila quedó completamente vacía, transformando la segunda en primera, pero con el añadido evidente y vergonzoso de una elección errónea por parte de sus ocupantes. María del Rocío se ubicó junto al pasillo, con la esperanza de cruzar una mirada de redención al pasar su madre, pero Angustias, consciente de la presencia de su hija, le negó esa satisfacción, porque la altivez era el único remedio que conocía contra la culpa.</p>
<p>El oficio religioso fue una larga letanía de tópicos, frases hechas y latinajos mal pronunciados, con el ritmo entrecortado por la perjudicada lectura etílica del Sacerdote, que perdido en una nube de apatía y vino tinto, confundía los puntos y las comas, provocando que el sentido final del texto fuese completamente incomprensible. Finalmente, el padre consiguió casarlos sin más incidentes que los tres intentos fallidos de Severino por colocar el anillo en un dedo que se escapaba a su absoluto dominio de sí mismo y de su pájara de anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El convite posterior a la ceremonia se realizó en el salón principal del <em>Hotel Savoy</em>, donde los novios recibieron a sus pocos invitados en un clima festivo y jovial que sintonizaba con los primeros calores de la primavera. Habían dispuesto una mesa principal adornada con jazmines, en la que se acodaron, a su centro, María de las Angustias y Don Severino. Frente al novio, ocupó una silla Alberto Ramírez Matalobos, que por primera vez encendía un puro delante de su madre, sin sospechar que ella misma fumaba tabaco negro de liar. María del Rocío se acomodó frente a su madre, teniendo a su diestra a Juan José, nervioso e incómodo. A la diestra de Don Severino tomaron asiento Amílcar Vasconcelos y Raimundo de las Carreras, sus dos principales amigos, mientras que a la izquierda de la novia ocupó su lugar Elena Bellaterra, única amiga que conservaba Angustias de los buenos tiempos, y que había de morir de una peritonitis aguda dos años después de la boda. En dos largas mesas adicionales se acomodaron el resto de los invitados, la mayoría de ellos clientes habituales de Don Severino, muchos de los cuales esperaban tener ocasión durante el festejo de intercambiar con él unas palabras sobre el rescate de sus piezas, antes del cierre definitivo del negocio, y por parte de Angustias, amigas ocasionales con las que tomaba té y jugaba naipes, acompañadas de sus maridos, y la incombustible Matilda, que asistía a la tercera boda de su dueña sin dejarse ganar por el asombro ni la dicha.</p>
<p>Ya habían servido los postres cuando, advirtiendo que María del Rocío y su marido no parecía que fuesen a abrir la boca más que para comer, y que la conversación general decaía, Don Severino vació su tercer whisky y echó mano de fórmulas triviales para no dejar morir la velada.</p>
<p>-      Albertito, me contó tu madre que estás trabajando con un prestamista.</p>
<p>-      Si señor – respondió Alberto, orgulloso de sí mismo. – Soy hombre de confianza de Gilberto Montes, de la calle Tacuarí. ¿Lo conoce? – Severino, con los ojos enrojecidos por el humo de su <em>Cohiba</em>, estalló en una carcajada grosera y vulgar, mientras aplastaba la brasa sobre el liquidillo negro que un flan casero de huevo había derramado sobre su plato de postre.</p>
<p>-      ¡Qué si lo conozco! ¡Menudo ladrón! Hice tratos con él hasta mediados de la década de los veinte, durante más de quince años.</p>
<p>-      No diga eso, don Severino. Es un hombre honrado, y estoy aprendiendo mucho de él.</p>
<p>-      De él no vas a aprender otra cosa que a estafar al prójimo, a evadir impuestos y a evitar la cárcel. Aunque esto último puede serte de mucha ayuda si seguís con él – rió su propia gracia, mientras con la mano izquierda intentaba encontrar el camino bajo la falda de novia de Angustias, que se mantenía en silencio.</p>
<p>-      No se lo permito, Señor. Me ofende. – Severino volvió a reír.</p>
<p>-      No te ofendas, Albertito. Todavía sos muy pibe, pero algún día te vas a dar cuenta de la clase de bueyes con los que estás arando.</p>
<p>-      Quiero que retire lo dicho. Si insulta al señor Montes me insulta también a mí, y no estoy dispuesto a permitirlo, ni siquiera el día de la boda de mi madre.</p>
<p>-      Alberto… &#8211; empezó Angustias, que fue cortada en seco por un gesto con la misma mano que antes intentaba levantar su falda.</p>
<p>-      No lo pienso retirar. Ese usurero me mandó dos matones a romperme las piernas por diez mil pesos de mierda, que además no le debía. No le tengo el menor respeto, y ningún pendejo con corbatín nuevo me va a hacer retractarme en mi propia fiesta de casamiento.</p>
<p>Don Severino Garmendia había encontrado uno de los raros momentos en que perdía el control, y había elevado el tono de voz más de lo conveniente. Las conversaciones en las tres mesas se habían interrumpido repentinamente, y un silencio glacial resquebrajó el aire mientras todas las cabezas se volvían a ver el rostro encendido de rojo de Alberto, que en un intento épico por la salvaguarda de su orgullo de varón criollo, se puso lentamente de pie, y con una ligera inclinación de cabeza hacia Angustias acompañada de un “Madre” murmurado entre dientes, giró sobre sus talones y abandonó el hotel sin más palabras.</p>
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		<title>Capítulo Diez: Compás de espera</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 18:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-336" title="relojcuerda" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/relojcuerda-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.</p>
<p>Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.</p>
<p><span id="more-333"></span>-      Ya sabés cómo son, hija mía. Mientras no pase algo que las distraiga no te van a dejar en paz. No te preocupes demasiado, es solamente cuestión de tiempo. ¿Cómo estás?</p>
<p>-      No aguanto más, Madre. No sé qué hacer. Todas me miran y hablan de mí. Yo no hice nada. Yo no tengo la culpa de nada. – Sor Beatriz miró largamente a la adolescente rellenita que tenía frente a ella, recordando su propia salida, por la puerta trasera, del colegio Nuestra Señora Madre de los Pobres, en Córdoba, debido a un rumor muy difundido y nunca probado acerca de que se acostaba con el Obispo de su congregación. No pudo evitar sentir una profunda simpatía por la niña.</p>
<p>-      Vamos a hacer una cosa. A partir de mañana vas a colaborar en horario extraescolar en las tareas de la biblioteca, lo que te exime de hacer deberes, y, por lo tanto, de pasar tiempo con tus compañeras fuera de clase. Durante los recreos también vas a ir a la biblioteca, donde Sor Felicia te va a asignar tareas cortas antes de volver a clase. Falta poco más de un mes para las vacaciones. Cuando vuelvas seguro que se olvidaron de todo.</p>
<p>-      Gracias, Sor Beatriz – respondió María del Rocío, sorbiendo los mocos y reprimiendo las lágrimas.</p>
<p>Las tardes entre anaqueles de libros y polvo se le hicieron eternas a María del Rocío al principio, mientas clasificaba fichas escritas a máquina en una <em>Remington</em> de 1923, grande y pesada, que era la joya de la biblioteca. Sor Felicia le enseñó con paciencia los secretos de la dactilografía, de la que afirmaba que sería la profesión del futuro, ideal para mujeres modernas. María del Rocío descubrió entonces un talento natural que la revelaba como una gran dactilógrafa, y solamente a las tres semanas de práctica era capaz de copiar monografías sin levantar la vista del original a la asombrosa velocidad media de ciento doce palabras por minuto.</p>
<p>Por esos días realizaba en la biblioteca tareas de reparación de los anaqueles y estanterías un contable recién llegado de Pergamino, que mientras buscaba trabajo en algún estudio del centro se ganaba la vida con sus habilidades manuales. Se llamaba Juan José Cavalieri, y se enamoró de María del Rocío de forma instantánea, a más de tres metros de distancia, la primera tarde en que la vio tropezar con una mesa, mientras transportaba un cajón repleto de fichas que se desparramó por el suelo. Le deslumbraron su aire de desamparo, su torpeza adolescente y sus curvas generosas y rellenas. El improvisado carpintero se apresuró a ayudarla. María del Rocío, turbada por su presencia, recogió las fichas con rapidez, y mientras verificaba de un rápido vistazo que Sor Felicia no se encontraba cerca, agradeció al hombre con una caída de ojos acompañada de su mejor sonrisa y un inoportuno rubor que le cubría las mejillas.</p>
<p>María del Rocío no regresaría al colegio después de las vacaciones, ni nunca más en lo que le quedaba de vida.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María del Rocío intuía que su madre sería, una vez más, inflexible. Sus manos temblaban perceptiblemente cuando llamó a la puerta del pequeño departamento en el barrio del Once que Angustias había comprado con el dinero en efectivo que le había dejado don Esteban, aunque había tenido que sumar parte del capital nuevamente empeñado a costas de Severino Garmendia, y que empezaba a perder las esperanzas de recuperar. Le abrió la puerta una Matilda, ajada y envejecida, pero con la pureza de su sangre y la lealtad indomable aún claramente identificables en sus ojos negros. La india no era demasiado mayor que Angustias, pero el paso del tiempo estaba afectándola mucho más que a su señora.</p>
<p>María del Rocío pensó que era ridículo que continuase habiendo servidumbre en un departamento tan pequeño que podía limpiarse en media mañana, pero ni entonces ni nunca supo que Matilda, única integrante del servicio, ya no cobraba salario, y a pesar de ello continuaba con Angustias porque no tenía dónde ir ni hubiese sabido qué hacer con su vida si no era cuidar de la Gaditana que tanto y durante tantos años la había protegido. Al ver a María del Rocío, de pie en la entrada y calzada en un recatado vestido blanco y negro, en el que apenas entraba ya, Matilda no pudo reprimir una expresión de asombro, y tuvo que apelar a toda su discreción para tragarse entero el consejo de abandonar el edificio antes de que Angustias se percatara de su presencia.</p>
<p>-      ¿Quién es, Matilda?</p>
<p>-      Es la señorita María del Rocío. – dijo la india, hablado por encima de su hombro izquierdo, hacia la sala, pero manteniendo la mirada fija en la adolescente. &#8211; ¿Cómo está usted, mi pequeña? – la india la abrazó con ternura sincera.</p>
<p>-      Hola, Matilda.</p>
<p>-      Pues dile que no quiero verla. Es una vergüenza para mi apellido.</p>
<p>María del Rocío pudo ver cómo la piel cuarteada del rostro de la india se dibujaba de grietas trazando un mapa directo al centro de su angustia, al tiempo que ensayaba un gesto de conmiseración, apelando a su comprensión e implorando silenciosamente, con la mirada, que se fuese. Hizo el amago de comenzar a cerrar la puerta, pero la joven adelantó un pie, y sintiéndose ahogada en su propia adrenalina, apartó suavemente a Matilda y entró directa a la sala, deteniéndose ante su madre con las mejillas encendidas y los ojos inundados, conteniendo el llanto.</p>
<p>-      Tengo que hablar con usted, Madre.</p>
<p>La gaditana la miró de arriba a abajo, estudiándola como si en lugar de su hija tuviese delante a una gitana que intentaba predecir su futuro. Cuando habló, lo hizo con desdén y desprecio:</p>
<p>-      Lo siento. La hija que yo tenía era una que sacaba excelentes notas y respetaba a los mayores. Y no esta fulana desconocida que se ha fugado del colegio con el primer muerto de hambre que le hizo una caída de ojos. – Se volvió hacia la ventana, a sabiendas de que su cabello rematado en un rígido rodete, recortado a contraluz, le proporcionaba una figura autoritaria. – Solamente hablaré contigo cuando hayas vuelto al colegio y suplicado el perdón de Sor Beatriz.</p>
<p>-      No voy a volver, Madre. – la voz le temblaba al mismo ritmo que las rodillas – Y por lo que veo usted ya no podría pagarlo.</p>
<p>-      ¡Pero cómo te atreves!</p>
<p>La gaditana giró sobre sí misma, alzando la mano derecha, dispuesta a abofetear a su hija. Al encararse con ella, una fracción de segundo antes de soltar la mano, percibió con una claridad violenta y desnuda cuánto había crecido María del Rocío en los meses que llevaba sin verla. Los pechos se le habían hecho redondos y pesados, y sus caderas amplias y generosas soportaban un talle ligeramente rechoncho pero aún así, esbelto y gracioso. Tenía el rostro congelado en una mueca de asombro y miedo. Los ojos le brillaban con una determinación andaluza en la que Angustias reconoció su propia casta. La joven, aunque asustada, había alzado la barbilla, dispuesta a no esquivar el golpe a pesar del reflejo que la había obligado dar un paso atrás. El labio inferior le temblaba ligeramente, pero Angustias adivinó que aguantaría lo que fuera sin llorar. Quedaron inmóviles las dos, en un instante eterno que Matilda aprovechó para escabullirse hacia la cocina para preparar té. Angustias controló su salida con el rabillo del ojo, sosteniendo aún la mano en alto. Volvió a centrar la atención en su hija, y mientras bajaba lentamente la mano derecha, se llevó la izquierda al pecho, intentando retener un llanto que la desbordaba a traición. Volvió a girarse hacia la ventana, deseando estar sola para llorar en paz.</p>
<p>-      Vete – dijo.</p>
<p>María del Rocío se acercó a su madre y le rodeó los hombros con un brazo, mientras con la otra mano le acariciaba el cabello, asustada y sorprendida porque era la primera vez que la veía llorar. Permanecieron inmóviles por espacio de un par de minutos, hasta que la gaditana, una vez apagado su llanto, susurró:</p>
<p>-      Sé a lo que vienes. Mi respuesta es no.</p>
<p>-      Madre, solo quiero su permiso para casarme.</p>
<p>-      Primero debes terminar tus estudios, y luego ya te buscaré yo un marido apropiado.</p>
<p>-      Si no me da el permiso, me iré igualmente con Juan José. Viviré en pecado mortal, y ya nunca más me verá, Madre.</p>
<p>Las sospechas de Angustias se confirmaron en el tono de voz resuelto de su hija. Pensó en la determinación inquebrantable con que había conseguido levantarse una y otra vez, y supo, como solamente lo saben los jugadores expertos, que en ese juego había perdido.</p>
<p>-      Si no puedo evitar esa boda no te daré ni un centavo. Lo sabes, ¿verdad?</p>
<p>-      No me importa, Madre. Quiero casarme, de verdad. – Angustias hizo una larga pausa, sopesando sus opciones, hasta que finalmente dio por zanjado el asunto.</p>
<p>-      De acuerdo, firmaré la autorización, pero no esperes verme entre los invitados – dijo.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-337" title="angel" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/angel-300x241.jpg" alt="" width="300" height="241" />María de las Angustias cumplió su palabra. No asistió a la boda de María del Rocío y Juan José Cavalieri, celebrada sin pompa ni fasto en una iglesia pequeña de un pueblo cercano a la sierra de Tandil, donde la joven pareja se instaló al aceptar Juan José un cargo de maestro rural de contabilidad en una escuela secundaria.</p>
<p>Durante más de tres años alimentó en silencio una rabia poderosa y necia, que no permitió ni siquiera por un momento que se anegase con un sentimiento de culpa que se negaba a admitir para sí misma. Jamás respondió a las postales de navidad que cada año la pareja le enviaba, ni concedió más que frases de cortesía cuando su hija la telefoneaba con motivo de su cumpleaños, ni aceptó ninguna de las muchas invitaciones a viajar a Tandil que recibió, y mucho menos invitó a su yerno a Buenos Aires. En agosto de 1934, Angustias continuaba viviendo en el pequeño departamento del barrio del Once sobre el que había intentado sin éxito reconstruir su pequeño imperio luego de la debacle del <em>Banco de Crédito Argentino</em>, y comenzaba a perder las esperanzas de recuperar su antigua posición social mediante un nuevo enlace. Continuó frecuentando a Severino Garmendia, más para mantener controladas las urgencias del bajo vientre que por amor al mercader, a quien a pesar de todo se sentía estrechamente unida. Ambos eran arañas predadoras merodeando sus telas, y consentían en bajar las armas para brindarse mutuamente lo más parecido al amor que saben experimentar esa clase de cazadores solitarios. Un domingo por la tarde, mientras tomaban el té en el salón de Angustias, – los encuentros amorosos solamente se daban en la trastienda de don Severino, ya que Angustias guardaba las apariencias y solamente lo recibía en su casa en raras ocasiones, más sociales que amorosas – luego de un prolongado silencio, Severino atrapó la mano descuidada de Angustias, que se retiraba tras dejar la cucharilla en el azucarero, y buscando su mirada, soltó todo el peso de su lastre.</p>
<p>-      Angustias, ¿no te sentís muy sola?</p>
<p>-      ¿Y a qué viene esa pregunta ahora? – respondió la gaditana.</p>
<p>-      Ya no soy joven, <em>galleguita</em>… &#8211; empezó el, exhalando el aire en un bufido lento y prolongado. – Llevo muchos años esperándote, y lo sabés.</p>
<p>Angustias no respondió, limitándose a sostener la mirada de su amante más antiguo y a abrir mucho los ojos, ensayando un gesto despierto y expectante.</p>
<p>-      Quiero cerrar el negocio, casarme y dedicarme a disfrutar de los cuatro pesos que tengo guardados, y no se me ocurre mejor compañera que vos. ¿Por qué no nos casamos?</p>
<p>La máquina de calcular del cerebro de Angustias se puso en marcha rápidamente, sopesando sus opciones. Se acercaba a los treinta y ocho años, y aunque conservaba intactas su belleza andaluza y el hambre de su vientre, sabía que dos maridos muertos en la Argentina y un tercero en ultramar – aunque no hubiese sido su marido, ni hubiese muerto en realidad – eran un estigma fuerte, que sumado a la situación de casi ruina de sus cuentas, la alejaban mucho de ser la jovencita casadera y apetitosa que había llegado a Buenos Aires quince años antes. Y no era menos cierto que Severino podía augurarle un porvenir más que razonable. Como muchas veces antes en su vida, Angustias tomó una decisión en una fracción de segundo, antes de hacer un esfuerzo por inundar su mirada, bajar los ojos y decirle al poso del té:</p>
<p>-      Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María del Rocío estaba amamantando a su hija Renata, que a pesar de haber cumplido ya los seis meses, se negaba en redondo a la ingesta de papillas y menjunjes de bebés, y solamente aceptaba el generoso pecho de su madre por consuelo y alimento. Un susurro profético y misterioso atrajo su atención hacia la puerta de entrada, y pudo ver como un sobre blanco con ribetes dorados se detenía a medio metro de la hendija por la que se colaba el frío todos los inviernos, y el calor todos los veranos, y que Juan José siempre decía que le pondría algo a modo de burlete, pero nunca lo hacía. La niña recién había comenzado a mamar, y Rocío no podía levantarse a buscar el sobre. La curiosidad la corroía por dentro, porque se notaba desde lejos que ese sobre traía algo importante dentro. Pensó en su madre, como cada vez que una carta pasaba bajo la hoja de madera de la puerta, y como en cada momento del día en que su quehacer doméstico le daba tregua. Todas las noticias de su madre durante los últimos años habían llegado a través de su hermano Alberto, que trabajaba de sol a sol como oficial contable en un dudoso despacho en que se gestionaban préstamos de dinero entre particulares. Rocío nunca alcanzaba a entender cómo funcionaba, no era como un banco. Alberto siempre decía: “La gracia está en prestar la guita de los demás. A uno le sobra, a otro le falta, nosotros los juntamos y nos ganamos una cometa, así de fácil”. Finalmente Renata regurgitó un eructo líquido oloroso a leche tibia y dulce, y María del Rocío la depositó suavemente dentro del moisés de segunda mano que había comprado Juan José, dentro de un arrullo blanco rematado en puntilla de encaje. Rápidamente se dirigió a la puerta, y solamente al leer su nombre y el de su marido en el frente del elegante sobre notó el temblor de sus manos. Cuidadosamente despegó la solapa. Dentro halló una tarjeta blanca enmarcada en ornamentos dorados, y supo lo que era antes de leerla:</p>
<p style="text-align: center;">Don Severino Garmendia y Guevara</p>
<p style="text-align: center;">Y</p>
<p style="text-align: center;">Doña María de las Angustias Matalobos</p>
<p style="text-align: center;">Tienen el agrado de participarles a su enlace matrimonial</p>
<p style="text-align: center;">que D.M. se celebrará el próximo domingo 7 de octubre</p>
<p style="text-align: center;">en la Parroquia de San Isidro Labrador</p>
<p style="text-align: center;">calle Lima 11</p>
<p style="text-align: center;">Ciudad de Buenos Aires</p>
<p>María del Rocío lo leyó varias veces, queriendo creer que era un error, que no era verdad, pero sabiendo que era cierto, y que hacía más de dos años que esperaba que se produjera el acontecimiento. No sabía quién era Severino Garmendia. Intentó telefonear a su hermano hasta tres veces en el transcurso de la tarde, pero fue imposible localizarlo. Finalmente, mientras volvía a amamantar a la pequeña, que había despertado y llorado hasta que nuevamente una teta generosa y blanca desbordó la voracidad de su pequeña boca, decidió que si eso servía para que su madre olvidara y perdonara, entonces estaba bien.</p>
<p>Iría a la boda, qué demonios.</p>
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		<title>Capítulo Siete: Campanas de Boda</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 18:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-294" title="1924_hotel_plaza" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza-300x202.jpg" alt="" width="300" height="202" /></a>María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida <em>Quintana</em>, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.</p>
<p>-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.</p>
<p>-      ¿Qué es el <em>inglés</em>, madre?</p>
<p>-      No te preocupes por eso ahora.</p>
<p>-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en <em>englés</em>?</p>
<p>-      No, Rocío se quedará donde está.</p>
<p>Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-292"></span>Las franjas de luz solar que se colaban entre las rendijas de las persianas que, convenientemente bajas, proporcionaban intimidad a la trastienda de Severino Garmendia, daban a la piel desnuda de Angustias un aspecto atigrado y alegre. Angustias jugaba entre los dedos con el vello del pecho de don Severino, que hacía rato ya que había encanecido.</p>
<p>-      Tienes que tener preparadas mis cosas, Severino. Pronto las rescataré todas.</p>
<p>-      ¿En serio? – Él no intentó ocultar su sorpresa. &#8211; ¿Conseguiste liquidez?</p>
<p>-      Aún no, pero será pronto.</p>
<p>Él hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos. En la posición en la que descansaban no tenía buen ángulo para buscar su mirada. Había cumplido cincuenta y dos años recientemente, y cada vez pensaba más en su vejez. Durante los últimos meses, más de una vez se había sorprendido a sí mismo imaginando el cierre de su negocio, y una vida en la que comenzar a disfrutar sus ahorros al lado de María de las Angustias. Se preguntaba frecuentemente si ella lo consideraría como marido además de como amante. Angustias interrumpió sus reflexiones con una revelación dolorosa.</p>
<p>-      Voy a casarme en noviembre, Severino. – Él encajó el golpe con entereza, echando mano de su oficio de gladiador habituado a los reveses.</p>
<p>-      Esto sí que no me lo esperaba tan pronto… ¿Quién es el afortunado?</p>
<p>-      Esteban Florián Giménez del Río. No creo que le conozcas.</p>
<p>-      Claro que lo conozco. Sé perfectamente quién es. Apuntaste alto esta vez, <em>galleguita</em>. Tené cuidado, que una cosa son los <em>milicos</em> y otra los banqueros. – hizo una pausa, pensativo – ¿Eso significa que <em>lo nuestro</em> se termina?</p>
<p>-      No, claro que no. Nos veremos menos, quizás. No lo sé. Después de todo, una mujer casada también tiene sus secretos, ¿no crees?</p>
<p>Severino Garmendia no contestó a la pregunta. Pensaba que había perdido, que le habían ganado de mano. Pensaba también que no hay mal que por bien no venga, y que una alianza semejante sería también buena para sus negocios. A María de las Angustias le costaría un cinco por ciento adicional recuperar sus piezas, que los tiempos estaban difíciles.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-295" title="26ford_t_coupe" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/26ford_t_coupe-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Se ajustó la pajarita negra. Una, dos, tres veces. Sonrió satisfecho frente a su imagen reflejada en el espejo. Vestía un frac de corte elegante, negro, con un chaleco de seda gris con bordados heráldicos en gris oscuro, y una galera nueva iba perfectamente a juego con su bastón de madera de cerezo, oscuro, lustrado y encerado para la ocasión. Don Esteban Florián Giménez del Río ajustó la cadena de oro del reloj antes de guardarlo en el bolsillo del chaleco, y dio cuidadosamente dos pasos atrás para verse de cuerpo entero, en perspectiva, frente al espejo de su dormitorio. Ladeó la cabeza a izquierda y derecha, buscando diferentes ángulos de visión. Estaba orgulloso de sí mismo. Podía decirse que había triunfado. Pronto estaría casado con la mujer más bella que había conocido en su vida, y los negocios no podían ir mejor.</p>
<p>-      <em>Signore</em>, es la hora de <em>marchare</em>.</p>
<p>-      Sí, Giovanni. ¿Cómo estoy, si se me permite preguntar?</p>
<p>-      Espléndido, <em>signore</em>, espléndido. Ma, non queda tiempo. É <em>molto</em> tarde, <em>signore</em>. La <em>ragazza</em> me espera.</p>
<p>-      De acuerdo, de acuerdo. Me dejarás en la catedral e irás a buscar a Angustias, como estaba previsto.</p>
<p>-      <em>Perfetto</em>.</p>
<p>Salieron apresuradamente hacia el <em>Ford T</em>, que esperaba con el motor en marcha en la acera, junto a la puerta principal del palacete de Don Esteban. La boda sería espectacular. Había convenido con el Arzobispo de Buenos Aires, don José María Bottaro, que administrase personalmente el sacramento del matrimonio a la pareja en el altar mayor de la catedral de la ciudad, junto a la Plaza de Mayo. A cambio, Don Esteban se había comprometido a donar la construcción de una nueva iglesia, donde le pareciese mejor a Su Ilustrísima. La Santa Madre Iglesia aportaría el terreno. Don Esteban, los fondos.</p>
<p>La Catedral lucía imponente, adornada con flores frescas y con las antorchas del frontispicio encendidas en honor de los contrayentes. Más de cuatrocientas personas presenciaron la larga misa matrimonial, celebrada en latín y castellano, en la que no faltó ningún elemento de la liturgia correspondiente a las grandes ocasiones. El Arzobispo fue pródigo en palabras y gestos, y según algunos invitados de primera fila, en miradas furtivas a la novia.</p>
<p>Finalizada la ceremonia, los recién casados se dirigieron en el <em>Ford T</em>, comandado por un Giovanni Rivoldi engalanado como nunca, al hotel Plaza de Buenos Aires, en donde se celebró una recepción y una cena de gala para doscientas cincuenta personas. Francisco Canaro y su Orquesta Típica tocaron en vivo durante más de tres horas los tangos y milongas de moda, para deleite de la concurrencia y como demostración definitiva del poderío del financiero en la vida social de Buenos Aires.</p>
<p>María de las Angustias estaba radiante, y de buena gana bailó tangos y valses con la flor y la nata de los políticos y empresarios de la ciudad, recibiendo sin inmutarse un torrente de elogios y atenciones, y riendo de manera forzada el chiste de besar a la novia hasta en siete ocasiones a lo largo de la noche.</p>
<p>Los novios despidieron a los últimos invitados en el hall del hotel, entre abrazos beodos, palmadas en la espalda y exageradas muestras de cariño y buenos augurios. Solo al llegar a la <em>suite</em> nupcial advirtió Angustias que el estado etílico del banquero era absoluto y total. Tanto que la gaditana alcanzó a temer que fuese imposible consumar el matrimonio esa misma noche. Se sintió frustrada, porque deseaba intensamente conocer cómo se comportaría en la cama su nuevo marido.</p>
<p>-      ¿Cómo te encuentras, Esteban?</p>
<p>-      Mejor que nunca, Angustias. Enamorado de vos hasta los tuétanos, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Ahora que estamos casados se te permite todo, Esteban – invitó angustias, quitándose el velo de novia reciente con un gesto gracioso y seductor. – Y cuando digo todo, quiero decir todo.</p>
<p>La bella gaditana lo miró insinuante y profundamente a los ojos, pensando que quizás no estuviese todo perdido. El financiero, que como buen hombre de negocios sabía perfectamente reconocer una oportunidad, comenzó a tirar torpemente de la pajarita al ver que angustias, con un movimiento hábil se había quitado el vestido y lucía un conjunto de ropa interior entero y con portaligas, terriblemente sugerente.</p>
<p>-      Ven aquí, deja que te ayude con eso, cariño.</p>
<p>-      Lo que quieras, Angustias, lo que quieras.</p>
<p>Don Esteban se tumbó en la cama, luego de quitarse los zapatos. Angustias lo despojó hábilmente del frac y el chaleco, y después de depositarlos con cuidado sobre un canapé forrado en piel, desanudó la pajarita con un preciso movimiento de manos y comenzó a besar al banquero. Lentamente, primero en los labios, luego en el cuello y el pecho, al tiempo que desabotonaba con precisión su camisa blanca impecable, quitaba y dejaba en la mesa de luz los gemelos de oro, y desabrochaba a tirones los pantalones, que hacía rato habían perdido la geometría de su raya.</p>
<p>-      Angustias… &#8211; el banquero no acertaba a elegir palabras, mientras dos manos expertas lo recorrían de arriba abajo como nunca antes. – Esto es… excitante, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Shhhh… &#8211; la gaditana lo besó en los labios, regalona, frotándose de cuerpo entero sobre su banquero desarmado – relájate, Esteban – invitó, antes de volver a su labor.</p>
<p>Pudo adivinar la dureza del banquero al quitarle los pantalones, dejando al descubierto unos graciosos pantaloncillos blancos que el empresario utilizaba a modo de ropa interior. Su entrepierna estaba abultada y el hombre respiraba entrecortadamente, murmurando el nombre de su mujer entre vapores de alcohol y eructos contenidos con aroma de trufas de chocolate, sin terminar de advertir que las luces del techo le resultaban mareantes. Angustias continuó su recorrido preciso por el cuerpo cubierto de vello, que comenzaba a ser canoso, de su nuevo hombre, y cuando por fin su mano derecha se aferraba al animal nervioso y enrojecido del banquero, mientras ella se preparaba para intentar la primera felación matrimonial, don Esteban se sintió repentinamente invadido por un sudor frío, el vientre se le llenó de espuma, su corazón se aceleró, sus ojos se abrieron desbocados, mientras intentaba sin éxito incorporarse sin tirar a su mujer al suelo. Entonces volvió a caer, rendido, sobre la cama, y estalló en un vómito colosal, que como un géiser lanzó al aire un chorro tórrido y maloliente, en cuya composición pútrida se mezclaba una abundante cantidad de buen whisky, dos porciones de tarta de novios y trozos a medio digerir de perdiz estofada en salsa de ciruelas, esparciéndolo todo sobre el lecho nupcial.</p>
<p>Angustias retrocedió de un salto, maldiciendo la fiesta y su puta madre, y al mismísimo Dios y su jodido sentido del humor, mientras con la mirada buscaba una bata que ponerse antes de llamar al servicio del hotel.</p>
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		<title>Capítulo Uno: Santa María del Buen Ayre</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jan 2010 19:00:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[Capitán Ayala]]></category>
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		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>

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		<description><![CDATA[En 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable. Dos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-87" title="Puerto de Buenos Aires" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/anbs74-300x190.jpg" alt="Puerto de Buenos Aires" width="300" height="190" />En 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable.</p>
<p>Dos horas antes de atracar, María de las Angustias Matalobos respiraba el aire mezclado de agua salada y dulce de la desembocadura del Río de la Plata. Con los brazos apoyados sobre la borda, alcanzó a adivinar en el horizonte un amanecer tímido que se disponía a romper la noche. Esbozando una sonrisa, se sorprendió evocando otro amanecer, once años atrás, en su Cádiz natal. Ramón Matalobos y Dueñas, su padre, herrador de caballos de oficio, era un hombre bruto y cariñoso, que expresaba con sus grandes manos, de uñas permanentemente sucias y nudillos quemados por el uso de la fragua, lo que le negaba su pobre dominio del lenguaje hablado. Ese amanecer María de las Angustias despertó con ansia de orinar. Se echó una manta sobre los hombros, con intención de conjurar la humedad del sereno rumbo a la letrina, fuera de la casa, y se calzó de cualquier manera las alpargatas de cáñamo, evitando pisar con los pies descalzos el suelo de bloques de barro cocido, siempre cubierto de gránulos y polvo que se desprendían del propio material. Se disponía a abandonar la habitación que compartía con sus cuatro hermanos varones, cuando advirtió sonidos en el pequeño salón de la vivienda. Se acercó a la puerta con sigilo, entreabriéndola apenas unos pocos centímetros. Por la ventana sin cortinas se adivinaba el inicio sutil del amanecer detrás de los cerros. Una lámpara de aceite ardía sobre la repisa. Su madre estaba semi tendida sobre la mesa, apoyando en su superficie todo el tronco, con los brazos extendidos, arañando la madera carcomida y con su generosa tetamenta asomando, blanca y pálida, por entre los pliegues de su blusón desabotonado. Su padre, sosteniendo como podía la falda levantada de cualquier modo, la embestía desde atrás, con los pantalones enrollados alrededor de los tobillos. La escena era casi ridícula y silenciosa. Apenas unos resoplidos de su padre, unos gemidos ahogados de su madre y el sonido rítmico de las carnes abundantes y blandas de ella al sufrir los golpes rítmicos producidos por los noventa y ocho kilogramos de hombre que tenía detrás. Sin embargo, ese erotismo mudo y grotesco la fascinó por completo. Permaneció inmóvil, llevándose instintivamente la mano a la entrepierna y observando, por espacio de unos cuantos minutos más, hasta que su padre se retiró violentamente, girándose hacia la puerta. Pudo ver el pene enrojecido y lubricado de su padre lanzando pequeños chorritos de líquido blancuzco sobre el polvo del suelo, al tiempo que liberaba el aire contenido en sus pulmones, bufando. Mientras se subía y abrochaba los pantalones, escupió sobre su simiente derramada e intentó cubrirla de polvo con movimientos cortos del pie derecho. Se echó el abrigo sobre los hombros, una boina negra de campo sobre la cabeza y, besando a su mujer en la mejilla, mientras ella se arreglaba el pelo con las manos, dijo:</p>
<p>-      Me voy a trabajar, limpia eso.</p>
<p>Aún hoy, tantos años después, el recuerdo le erizaba la piel, la hacía sentirse agradablemente sucia. Angustias sonrió para sí misma, y se encaminó a su camarote de segunda clase, dispuesta a preparar a los pequeños para el desembarco inminente, mientras el enorme buque saludaba el amanecer del puerto con un estruendo grave y gutural de su sirena.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>En una ciudad donde la mezcla cultural y étnica era furiosa y bulliciosa, un puñado de monedas bastaba para comprar pocas preguntas, documentos de identidad y presunción de inocencia. María de las Angustias se refugió en la confusión de las colonias para ocultar un amor frustrado y vergonzoso, su expulsión de España como madre soltera de dos pequeños, fruto de amoríos clandestinos con el hijo de su patrón, un terrateniente andaluz, su origen humilde y una entrepierna insaciable que a los veintitrés años la obligó a forjarse una personalidad de hierro.</p>
<p>Había sido duro y difícil. Alberto Ramírez Núñez, padre de su amante, la había presionado y amenazado, a ella y a su familia.</p>
<p>-      ¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? – había gritado el hacendado. – Es suficiente con haber hecho la vista gorda durante más de cinco años. Lo he tolerado sin despedirte. Me debes respeto y agradecimiento. ¡Si hasta he permitido que tus bastardos lleven mi apellido! Ahora las cosas son diferentes. Alberto se casará pronto&#8230; Tú y los pequeños debéis abandonar España cuanto antes.</p>
<p>-      No pienso ir a ninguna parte. Yo quiero a su hijo, y él me quiere. – La mirada color violeta intenso de María de las Angustias y sus mejillas enrojecidas por la furia realzaban su belleza en contraste con lo precario del establo donde se desarrollaba la discusión. Alberto Ramírez Núñez pensó que entendía perfectamente por qué su hijo se había encaprichado de esa criada terca y tonta.</p>
<p>-      Escúchame bien. Si te quedas, tú y tu familia lo pasaréis muy mal. Llevas trabajando en mi casa desde los doce años, sabes bien que soy hombre de recursos. Te he comprado un camarote de segunda clase en un vapor que sale para América dentro de diez días. Te daré suficiente dinero para que puedas establecerte al llegar. Te daré más de lo que ganarías trabajando para mí toda tu vida.</p>
<p>María de las Angustias bajó los ojos. Sabía que Ramírez Núñez era un hombre poderoso. Pensó en sus padres. Pobres y humildes. Era una batalla perdida.</p>
<p>-      Además del dinero quiero un ajuar completo y ropa para los niños.</p>
<p>-      ¿Qué?</p>
<p>-      El dinero no es suficiente. Necesito que piensen que soy la viuda de un hombre rico. Necesito ropa cara y trajes de viuda. De alguna manera, esa es la verdad.</p>
<p>Ramírez Núñez fijó sus ojos negros en la mirada luminosa de María de las Angustias, intentando dominar un deseo enorme de estrangularla allí mismo. Al ver que la moza le sostenía el gesto como a un igual, sonriendo y sin siquiera el menor rastro de miedo en su rostro, la reconoció como una de los suyos, se sintió aliviado y feliz, y se permitió una carcajada sonora y fuerte.</p>
<p>-      Eres una sinvergüenza y una desfachatada. ¿Prometes no volver nunca, ni intentar contactar con Alberto por ningún medio?</p>
<p>-      Lo prometo.</p>
<p>-      De acuerdo. Ahora vete a casa, ya no trabajas para mí. Mañana preséntate aquí a las diez. Mi mujer te comprará todo lo que necesites.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-88" title="Puerto_de_Buenos_Aires" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/Puerto_de_Buenos_Aires_Octubre_de_1907-300x218.jpg" alt="Puerto_de_Buenos_Aires" width="300" height="218" />Desembarcó ayudada por ocho mozos que recibieron a cambio una moneda. Llevaba en brazos al pequeño Alberto, de apenas dieciocho meses, y tomada de la mano a María del Rocío, de tres años y medio. Los mozos descargaron siete baúles con ropas y equipaje, y un cofre cerrado con tres cerrojos que contenía una exigua fortuna en oro y plata del extinguido imperio Español, precio final para comprar su partida a las Américas y un puñado de joyas, regalo de su ex amante. Habían tenido un encuentro fugaz sobre la paja del establo la tarde anterior a su partida. Él le había pedido perdón. Había llorado sobre el pecho desnudo de María de las Angustias. Ella lo llamó cobarde y lo cabalgó sin piedad ni sentimiento, por pura furia del cuerpo, con el cabello salpicado de hebras de paja. Se vistió rápidamente, lo miró a los ojos por última vez y, sin palabras, se giró para mostrarle su desprecio, marchándose sin regalarle siquiera una lágrima de despedida.</p>
<p>La ciudad le pareció sucia y caótica, pero llena de vida y fascinante, con sus calles coloniales empedradas de gris y románticos faroles negros de hierro forjado. Cerca del puerto se amontonaban los <em>conventillos</em>, casas mal construidas con tablones, sobre pilares de madera y, en el mejor de los casos, hormigón, en las que se hacinaban los inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos y de media Europa, venidos como ella en barcos que prometían tierra, riqueza y una vida mejor. Por las calles se escuchaba hablar el <em><a title="Dialecto hablado por los inmigrantes italianos en Buenos Aires" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Cocoliche" target="_blank">cocoliche</a><span style="font-style: normal;"><sup class='footnote'><a href='#fn-83-1' id='fnref-83-1'>1</a></sup></span></em>, que heredaba del italiano su tono de grito permanente y algunas palabras asimiladas a un castellano dulce, de zetas suavizadas y doble eles patinadas por la influencia de los Xeneizes.</p>
<p>Sin dudarlo, María de las Angustias se dirigió al Registro con intención de inscribir a sus hijos con los nombres de María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos, y a sí misma como viuda de Antonio Ramírez Nuñez, muerto en España al servicio de Su Majestad el Rey.</p>
<p>Un cabo ignorante y torpe se sumergió en el estudio de sus credenciales. Dado que en la fe de bautismo eclesiástica constaba que sus hijos eran naturales, María de las Angustias las declaró perdidas. El funcionario la miró tristemente con ojos aburridos, y dejando el montón de papeles sobre el mostrador, quiso dar por terminada la conversación.</p>
<p>-      Consiga los documentos y regrese. Así no puedo inscribir a los niños. ¡Siguiente!</p>
<p>-      ¡Espere un momento! ¿Cómo que consiga los papeles? No puedo regresar a España.</p>
<p>-      No puedo hacer nada.Diríjase al cónsul, al obispo o a quien le parezca.</p>
<p>-      ¡Tiene que solucionarlo! ¡Por favor! – tras un ligero esfuerzo, María de las Angustias logró convocar dos pesados lagrimones a sus irresistibles ojos violetas.</p>
<p>-      Lo siento, señora. Tengo órdenes. Por favor despeje el mostrador.</p>
<p>-      ¡No me iré de aquí sin los papeles!</p>
<p>-      Señora, no me obligue a arrestarla. Haga el favor de circular.</p>
<p>-      ¡Cabo! ¿Qué son esos gritos? – del despacho trasero había salido un militar de aspecto recio, alto y fuerte.</p>
<p>-      Es esta señora, mi Capitán. No tiene los papeles en regla y se niega a abandonar el mostrador.</p>
<p>-      Permitirá usted que le explique mi problema, Capitán. Un hombre como usted tiene el deber de socorrer a una dama en apuros.</p>
<p>El Capitán Justo Rafael Ayala levantó la vista por primera vez, y aunque a sus cuarenta y dos años se conservaba soltero y se creía a salvo de las trampas del corazón, por primera vez en su vida, al ser literalmente traspasado por la mirada amatista de María de las Angustias, supo sin lugar a dudas que todas sus armas no le servirían para oponer resistencia a esa mujer.</p>
<p>-      Venga conmigo. – dijo – La llevaré al despacho del Director.</p>
<p>-      Muchas gracias, Capitán.</p>
<p>Angustias recogió sus papeles, y lanzando una mirada de pícaro desprecio al cabo, se colgó del brazo de Justo Ayala.</p>
<p>-      María de las Angustias Matalobos, encantada.</p>
<p>-      Justo Ayala. A su servicio, señora. – aunque el Capitán lo ignoraba en ese momento, la frase que acababa de pronunciar se transformaría pronto en la verdad más absoluta que dijo en su vida.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-83-1'>El &#8220;Cocoliche&#8221; era un dialecto, producto de la mezcla del italiano y el castellano <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-83-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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