El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. Don Severino regentaba un negocio de empeño de joyas en el barrio del Once, con la particularidad de que su servicio proporcionaba a los clientes una copia falsa, sin valor, de las joyas empeñadas, junto a una garantía sellada con silencio y miradas cómplices de discreción absoluta. Angustias era cliente habitual de la tienda desde antes de casarse con el Capitán, y muchas veces había empeñado y rescatado las mismas joyas en virtud de operaciones financieras que hacía con cierta regularidad, entre las que se contaban fuertes apuestas a las carreras de caballos, quinielas clandestinas y ocasionales compra y venta de bienes inmuebles. Se hicieron amantes durante el verano de 1922, en una época en la que Angustias perdió precisamente en el Hipódromo de Palermo, en una mala racha, buena parte de un dinero que el Capitán le había confiado con vistas a comprar una casa de fin de semana en los alrededores de la población de Campana. Cuando Angustias advirtió que ya no recuperaría el capital apostado, empeñó algunos de sus collares y gargantillas traídos de España y dos juegos de anillos y pendientes, regalo del Capitán, por una buena suma contante y sonante en pesos moneda nacional. Don Severino le proporcionó copias casi perfectas de todas las piezas. Dada la complejidad de la operación, se vieron con frecuencia durante algo más de un mes, y sin saber muy bien cómo, pasaron de los negocios a la amistad, y del consuelo a una mujer desesperada a revolcones frecuentes en los mediodías calurosos y polvorientos en la trastienda de don Severino.
Para entonces don Severino contaba cuarenta y nueve años muy bien vividos, y una elegancia mundana que encantaron a una Angustias espléndida en su juventud. Los unía la ambición sin límites, la falta de escrúpulos, el ejercicio de la doble moral cristiana y un gusto desmedido por los refinamientos sexuales. Angustias tenía en el Capitán un amante aburrido y poco imaginativo pero constante, mientras que con el Sargento Primero Lucio Campagnuolo disfrutaba de la potencia masculina de sus brazos y el ímpetu inagotable de sus caderas. Don Severino era de origen francés, y gustaba de tomar baños de sales en compañía y de vivir la desnudez como algo natural. Cuidaba su alimentación y una hora diaria de ejercicio le proporcionaba un cuerpo fibroso y entrenado. Era metódico y pausado para el amor, y si bien no solía tener más de un orgasmo durante sus encuentros, Angustias siempre alcanzaba el clímax repetidas veces. El era un hombre que gestionaba la excitación sexual, imponiendo ritmos que aceleraba y pausaba a su antojo para retrasar el final.
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El Capitán regresó dos días antes de lo previsto. Angustias estaba en el salón repasando los informes del progreso escolar de María del Rocío, que las monjas enviaban rigurosamente cada mes, después de recibir el correspondiente emolumento, cuando lo escuchó cerrar la puerta de calle, desprender el sable del cinto para colgarlo en el perchero del recibidor y entrar el salón con paso cansado y una expresión de circunstancia en el rostro.
- Llegas pronto. ¿Ha pasado algo? – preguntó Angustias, decodificando al instante el gesto amargo de su marido.
- Hubo un accidente. Un accidente trágico.
El Capitán avanzó con parsimonia hacia el sofá, sin dejar de observar a María de las Angustias, que sintió una herida en el pecho, intuyendo la desgracia en un instante eterno, como sólo las mujeres saben hacerlo. Tuvo que apelar a lo mejor de sí misma para mantener el control, y con la voz sostenida a fuerza de voluntad, preguntó:
- ¿Qué tan trágico, Justo? Tú estás bien, por lo que veo.
- Sí, no es eso. Estábamos haciendo prácticas de infantería. Había dividido al regimiento en dos equipos, y el objetivo era tomar posesión del embarcadero de la laguna. Las maniobras se realizaron después del anochecer. Se suponía que las armas estaban descargadas, pero en el momento en el que los dos pelotones se dispersaban entre los árboles, hubo una situación confusa. Se oyó un disparo, y para cuando llegué allí el Sargento Campagnuolo ya estaba muerto.
Angustias no pudo contener un gesto breve, apenas una aspiración profunda de aire. Se llevó la mano derecha a la boca, y tuvo que apelar a toda su fortaleza.
- ¡Qué horror! ¡Un hombre tan joven!
- Eso no es todo. La bala le entró limpiamente en el centro de la nuca. Por las quemaduras de la herida creemos que el disparo se realizó a menos de dos metros de distancia, completamente a quemarropa.
- ¿Se sabe quién ha sido?
- No. Lo más raro de todo es que encontramos el subfusil que disparó a tres metros del cadáver. Era el del Sargento Campagnuolo.
Mientras hablaba, el Capitán Ayala no dejó de mirar fijamente a los ojos a Angustias, esperando encontrar un signo que revelase la verdad, un rastro de dolor o de arrepentimiento, una evidencia inequívoca de culpa. Cuando hubo terminado, Angustias, impasible, dijo:
- Es una verdadera lástima, parecía un buen hombre, con una niña pequeña… ¡No hay derecho! ¿Qué quieres para cenar? Diré a Matilda que lo prepare.
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Fue durante el invierno de 1923, inmediatamente después de la muerte del Sargento Campagnuolo, que Angustias adoptó la costumbre del encerrarse en el baño a fumar tabaco negro de enrollar. El Capitán lo sabía, pero jamás lo mencionó. Así como sabía perfectamente que no era propio de damas fumar, también entendía que no lo era de caballeros hablar del asunto. Angustias había controlado su rabia mientras el Capitán le relataba la muerte del Sargento. Sabía que él esperaba que ella se quebrase para saber si sus sospechas eran ciertas, pero ella le negó ese desquite. La primera vez que se encerró en el baño a fumar lo hizo con intención de llorar en paz. Había visto muchas veces al Capitán liando tabaco, y pensaba que sería más fácil. Al cabo de diez minutos consiguió armar un cigarro panzudo como un caramelo y que amenazaba despegarse. Mientras luchaba con el papel y las hebras de tabaco, pensaba en el Sargento, en su jovencísima esposa y su hijita. La pensión de los militares le alcanzaría para vivir.
Al momento de encender el cigarro, se dio cuenta de que no estaba llorando, como era la intención inicial. Buscó en su interior las lágrimas que no había podido derramar frente al Capitán y no las encontró. El humo le enrojecía los ojos y el pecho le dolía durante los espasmos de una tos seca que el fuerte tabaco del Capitán le produjo durante las primeras caladas, pero aún así fue incapaz de soltar una sola lágrima. Entonces supo que nunca había querido al Sargento, que no era más que un alimento para su vanidad. Aplastó la colilla a medio fumar y se sintió ridícula. A pesar de que el Capitán no estaba en casa fumaba sola en el baño. Se dijo a sí misma que era para que no la viese el servicio, pero íntimamente sabía que el servicio le era leal, que no haría preguntas, y que en cualquier caso le importaba muy poco lo que pensaran de ella. Sentía rabia. Una rabia profunda, más parecida a una rabieta de niño que al dolor de una mujer que ha perdido a su amante. Estaba segura de que el disparo lo había hecho el Capitán. Y sabía que para él, era la solución perfecta: Muerto el perro, muerta la rabia, solía decir. Los hombres tenían muy poco tacto para solucionar las cosas, especialmente los militares. El Capitán sabía poco de hablar y mucho de eliminar los problemas a tiros. En el fondo, sabía que la muerte del Sargento era culpa suya, pero junto con la capacidad de llorar, Angustias había perdido el camino de vuelta a los remordimientos. Era una mujer hecha a sí misma. A ella nadie la había ayudado. No importaba cuántas veces Dios la pusiese a prueba, ella era más fuerte. Siempre se levantaría una vez más.
Tras cerrar la puerta del baño, respiró profundo y con un gesto nervioso acomodó su vestido largo. Se limpió la nariz con un pañuelo que luego guardó en su manga y ordenó enviar una corona a la viuda del Sargento, a la que adjuntó una esquela escrita de su puño y letra, enviando las más sentidas condolencias de parte del Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala y esposa. Con un gesto de su mano izquierda sobre la frente, dio por cerrado el episodio del Sargento Primero Lucio Campagnuolo en su vida. No volvió a pensar en él como hombre de dormitorio, y reservó un lugar en el desván de su memoria para los buenos momentos vividos, pero no permitió que la rabia la abandonase. No tenía que ver con el Sargento, era algo entre ella y el Capitán.
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Entraba el otoño de 1924. Era una época del año en la que la casa se trastornaba ligeramente. El servicio preparaba la ropa de verano en baúles con naftalina para guardarla en los altillos hasta la próxima primavera, y a su vez desempolvaba la ropa de otoño e invierno de la temporada anterior, sepultando la casa entera bajo una nube de partículas en suspenso. La ropa olía a encierro y a polvo, a pesar del celo con el que había sido guardada, y por eso Angustias era inflexible en cuanto a que todas las prendas, fueran a usarse o no, pasaran por el tinte.
Aprovechando que la casa se ponía patas arriba, se hacía una limpieza a fondo de la cocina, se movían los muebles del salón, se daban vuelta los pesados colchones de lana y muelles de hierro y se limpiaba a conciencia el estudio del Capitán. Angustias sabía que una vez finalizado el proceso, el Capitán tenía por costumbre limpiar y engrasar su colección de sables y carabinas. Mientras el servicio se ajetreaba entre el altillo y la alcoba principal, Angustias dirigía la operación recorriendo las habitaciones, escoltada por Matilda, desparramando instrucciones y agregando tareas a medida que se le ocurrían, ordenando y contraordenado a ritmo sincopado. Como cada año, entró al estudio del Capitán con la intención de hacer un inventario visual de los objetos pesados y muebles que habría que mover y limpiar. Mientras verificaba los trofeos de esgrima del Capitán, reparó en el armario de las armas de fuego. No le gustaban las armas, nunca lo había abierto. Esta vez lo hizo, e inmediatamente se sintió atacada por un olor de encierro metálico, grasa y madera barnizada. Lo recorrió con la mirada y contó hasta doce escopetas. Angustias no conocía la diferencia entre un subfusil reglamentario y una carabina de caza de corto alcance, pero por alguna razón escogió esta última. En el estante superior había varias cajas de balas apiladas en perfecto orden. Pasó algunos minutos estudiando el mecanismo para abrir y cerrar la cámara de munición y aprendiendo a montar y desmontar el percutor y el seguro. Aquél aparato no era sencillo. Quitar una vida no era sencillo, alcanzó a pensar.
Probó sin suerte munición de las dos primeras cajas, hasta que al abrir la tercera, la bala pareció encajar en la recámara. Deslizó la traba lateral hasta que escuchó el clic que indicaba que la munición estaba en su sitio, montó el percutor y destrabó el seguro. Repasó el arma con la vista, asegurándose de que estaba lista para disparar, y volvió a colgarla con las demás.
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La bala le reventó el globo ocular derecho, astillando el borde de la cuenca ósea del ojo y produciendo un orificio de forma irregular de salida en la coronilla, de tres centímetros de diámetro. Antes de que los restos de su materia gris esparcida por el aire manchasen las paredes y la moqueta, el Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala, en un chispazo de lucidez que duró un milisegundo, alcanzó a saber que estaba muerto.
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Era sábado, y Angustias sabía que muy probablemente ese fuera el día elegido por el Capitán para limpiar sus armas. Se aseguró de que el servicio estuviera presente, y en cuanto el Capitán se dirigió a su estudio le hizo llevar una taza de té cargado con un chorrito de leche. Matilda dejó la taza sobre el escritorio del estudio mientras el Capitán comenzaba a limpiar y afilar el sable de su uniforme de gala.
- El Capitán no quiere ser molestado durante algunas horas, Señora.
Angustias hizo un gesto con la mano, para dar a entender a la india que había tomado nota mental de la solicitud del Capitán. El corazón le latía con fuerza, ensordeciéndola, y por un instante pensó en inventar una excusa para sacar al Capitán del estudio y rescatar la bala que lo esperaba en la carabina calibre 22. Entonces recordó la delicia de sus dedos recorriendo el vello del pecho del Sargento Campagnuolo, la excitación que le producía siempre el primer contacto de sus manos alrededor del pene del soldado y su sabor amargo. Recordó las tardes en el hotel Avenida, desnudos ambos, disfrutándose sin culpas ni complejos. Luego pensó en Severino Garmendia y en las piezas que ya no tenía esperanzas de rescatar porque no conseguía generar recursos genuinos para pagar al prestamista, que a pesar de ser amante y buen amigo suyo, mantenía una política de negocios estricta e inquebrantable.
- Cuando jodemos, jodemos, y cuando laburamos, laburamos, – Le decía Severino cada vez que Angustias hablaba de las joyas. – pero no te preocupés, galleguita, que tus piedras están seguras conmigo.
Pensó en el patrimonio del Capitán, que le permitiría recuperar sus tesoros. Sabía que Justo Rafael Ayala más de una vez había salido beneficiado, a finales de la presidencia de Hipólito Yrigoyen, entre 1921 y 1922, de operaciones poco claras en las que Anarquistas de la Patagonia Rebelde, inexplicablemente, vendían a última hora sus casas en Buenos Aires o su tierras en el sur a los oficiales a cargo de su propio pelotón de fusilamiento. Las operaciones se realizaban en los centros de detención, con el visto bueno de los escribanos del ejército, y aunque constaban en la documentación de la transacción los importes, avalados porque en ese mismo acto los escribanos daban fe, el dinero nunca llegaba a las viudas. Parece que los rebeldes tenían una extraña afición a dilapidar su dinero horas antes de morir.
Angustias se dirigió a la cocina, con intención de prepararse un té. Matilda estaba en ese momento colocando la vajilla de diario en su sitio, cuando en el silencio de la casa retumbó el sonido de un disparo.