Posts Tagged ‘Giménez del Río’

Capítulo Nueve: Caída en desgracia

Posted in Matalobos on marzo 4th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 15 Comments

El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.

El ocho de octubre, Angustias agradeció con su mejor sonrisa a Giovanni Rivoldi antes de descender del Ford T. Había comprado noventa y seis metros de tela de brocado color borravino, ornada con borlas doradas, para reemplazar las cortinas del salón principal, y regresaba a casa, feliz. Sin embargo, supo que algo no andaba bien al descubrir la silueta de su marido, de espaldas a ella, sentado a la enorme mesa de madera de quebracho que presidía el salón. Don Esteban estaba en una postura inconfundible de desesperación, la frente apoyada en ambas manos, los codos descansando sobre la mesa, a ambos lados de la edición matinal del periódico La Nación de ese mismo día. Angustias se acercó, ligeramente inquieta, y antes de besar a su marido, como planeaba hacer, pudo leer sobre el hombro del financiero el ingrato titular que encabezaba una nota a doble página: “El Banco Central ordena la intervención del Banco de Crédito Argentino”. En la línea siguiente, la entradilla del artículo revelaba: “Giménez del Río, acusado de malversación de fondos, fraude fiscal y ocho cargos menores”. Angustias sintió como toda su alegría se desvanecía, al tiempo que las rodillas amenazaban su estabilidad con una debilidad repentina y temblorosa. Ocupó la silla contigua a su marido y solo entonces lo buscó con la mirada. Advirtió en su rostro señales de llanto, y pudo descubrir, también, un ligero rastro de alivio.

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Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango

Posted in Matalobos on febrero 25th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.

En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.

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Capítulo Siete: Campanas de Boda

Posted in Matalobos on febrero 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 14 Comments

María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida Quintana, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.

-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.

-      Sí, madre.

-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?

-      Sí, madre.

-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.

-      ¿Qué es el inglés, madre?

-      No te preocupes por eso ahora.

-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en englés?

-      No, Rocío se quedará donde está.

Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.

*                             *                             *

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Capítulo Seis: Finanzas

Posted in Matalobos on febrero 11th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes inversores que formaban la masa de depósitos administrada por el Banco de Crédito Argentino.

-      La señora María de las Angustias Matalobos está aquí. Como no tiene cita, le pedí que esperara fuera.

-      Hágala pasar inmediatamente – dijo don Esteban, mientras se alisaba el chaleco y verificaba sus gemelos de oro con un gesto nervioso. – Y ofrézcale un té o un refresco, por el amor de Dios.

Don Esteban acababa de cumplir cuarenta y siete años y se sentía más joven que nunca. Una tuberculosis fulminante lo había dejado viudo diez años atrás, solamente tres años después de haberse casado con una vedette que por entonces triunfaba en Buenos Aires en el Teatro de Revistas. Por esa razón no había tenido hijos, pues aunque era un hombre al que no le faltaban ocasiones de frecuentar mujeres, estaba profundamente enamorado de su esposa cuando enviudó, y años más tarde se habituó a solucionar las urgencias del bajo vientre con encuentros ocasionales en los burdeles de la calle Corrientes abajo, cerca de su despacho, y las atenciones amorosas de dos amantes a las que mantenía en secreto en sendos apartamentos que poseía en Palermo Viejo. No pensaba en volver a enamorarse, y mucho menos en casarse, pero Angustias le había despertado un estado de ansiedad que ya no recordaba que pudiera sentir, y durante los escasos diez días transcurridos entre el aterrizaje del Plus Ultra y la prometida visita de la dama, había experimentado una novedosa crisis de insomnio, inapetencia e incómoda alternancia entre un estreñimiento doloroso y tenaz y una diarrea líquida e inoportuna que lo obligaba a permanecer a una distancia no superior a doce segundos a paso apresurado del retrete más cercano.

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Capítulo Cinco: Purgatorio y cenizas

Posted in Matalobos on febrero 4th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 4 Comments

Finalizaba la primavera de 1925. Pronto serían las navidades, y Angustias decidió que era momento de flexibilizar el luto riguroso que hasta entonces había mantenido por la muerte del Capitán. Ordenó a Matilda preparar el vestuario formal, en tonos oscuros que había encargado meses antes para el verano. Una vez levantado el luto, y aunque guardando las formas de viuda reciente, podría comenzar a recibir visitas masculinas sin necesidad de guardar apariencias. Era imperioso que así fuera.

Una vez enterrado al Capitán, el inventario de su herencia había sido francamente decepcionante. El chalet de Campana, dos pequeños departamentos desvencijados en el barrio de La Boca, frente al río y treinta y siete mil pesos moneda nacional en una cuenta de ahorros del Banco de la Nación Argentina. Angustias, con rapidez y discreción, había vendido las propiedades, pero la liquidez resultante tampoco sería suficiente para un largo período de tiempo.

Ya establecida su condición de viuda y finalizada la sucesión de los bienes del Capitán, Angustias comprendió que sería necesario un segundo matrimonio, esta vez lejos de las armas, que las cargaba el diablo. Decidió que debería ser un hombre mayor, sin hijos y con una buena posición económica y social. Con veintinueve años Angustias continuaba siendo una mujer extremadamente bella, y era considerada en sociedad como una persona de relativa alcurnia, finos modales y razonablemente acaudalada. Estaba segura de que no tardaría en encontrar nuevos pretendientes, y esta vez estaba decidida a elegir mejor. Al fin y al cabo, la juventud no sería eterna, y Angustias lo sabía muy bien.

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