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	<title>Matalobos &#187; Giovanni Rivoldi</title>
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	<description>una Novela de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Capítulo Nueve: Caída en desgracia</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Mar 2010 18:00:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Giménez del Río]]></category>
		<category><![CDATA[Giovanni Rivoldi]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

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		<description><![CDATA[El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-322" title="periodico-y-cafe" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/periodico-y-cafe.jpg" alt="" width="350" height="207" />El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.</p>
<p>El ocho de octubre, Angustias agradeció con su mejor sonrisa a Giovanni Rivoldi antes de descender del <em>Ford T</em>. Había comprado noventa y seis metros de tela de brocado color borravino, ornada con borlas doradas, para reemplazar las cortinas del salón principal, y regresaba a casa, feliz. Sin embargo, supo que algo no andaba bien al descubrir la silueta de su marido, de espaldas a ella, sentado a la enorme mesa de madera de quebracho que presidía el salón. Don Esteban estaba en una postura inconfundible de desesperación, la frente apoyada en ambas manos, los codos descansando sobre la mesa, a ambos lados de la edición matinal del periódico <em>La Nación</em> de ese mismo día. Angustias se acercó, ligeramente inquieta, y antes de besar a su marido, como planeaba hacer, pudo leer sobre el hombro del financiero el ingrato titular que encabezaba una nota a doble página: “<em>El Banco Central ordena la intervención del Banco de Crédito Argentino”</em>. En la línea siguiente, la entradilla del artículo revelaba: “<em>Giménez del Río, acusado de malversación de fondos, fraude fiscal y ocho cargos menores</em>”. Angustias sintió como toda su alegría se desvanecía, al tiempo que las rodillas amenazaban su estabilidad con una debilidad repentina y temblorosa. Ocupó la silla contigua a su marido y solo entonces lo buscó con la mirada. Advirtió en su rostro señales de llanto, y pudo descubrir, también, un ligero rastro de alivio.</p>
<p><span id="more-320"></span>-      Se acabó, Angustias. Se acabó. – dijo, sacudiendo lentamente la cabeza de izquierda a derecha y viceversa.</p>
<p>-      ¿Es verdad esto, Esteban? – un presagio silencioso navegó la estancia durante algunos minutos, hasta que el hombre, levantando la cabeza, se decidió a responder.</p>
<p>-      ¿Qué es la verdad, Angustias? Desde cierto punto de vista, sí, es verdad. Pero todos los bancos lo hacen. Nosotros teníamos la protección del anterior gobierno. Había algunas irregularidades, nada demasiado fuera de la práctica habitual del negocio bancario. – Hizo una pausa para acomodarse el chaleco. – La junta de accionistas necesitaba un fusible, y los militares querían tomar el control del banco. No tuve suficientes reflejos y…</p>
<p>Angustias abrazó a su marido, y por primera vez desde que descendiera del barco en el puerto de Buenos Aires, once años atrás, sintió verdadero miedo. Intentó tranquilizarse y tranquilizar a Don Esteban.</p>
<p>-      No te preocupes, Esteban. Seguro que todo se soluciona, ya verás.</p>
<p>-      No lo entendés, ¿verdad? – el financiero sacudió la cabeza una vez más. – Estamos en la ruina, Angustias, en la ruina total. Esta casa, el coche… todo pertenece al banco. Mi cuenta corriente está bloqueada. Mi patrimonio personal será embargado en los próximos días. No nos queda nada. Pero nada de nada.</p>
<p>Angustias dejó que sus brazos y piernas se relajaran, liberando instintivamente la tensión del momento, y por primera vez fue brutalmente consciente de la magnitud del desastre. Estaba atada por lazos matrimoniales a un hombre derrotado, completamente vencido y en la más absoluta ruina. Para colmo de males, sabía perfectamente que su amor por Esteban estaba hecho de glamur y bienestar. No resistiría la pobreza. Se levantó y se dirigió a la cocina para preparar té. No era posible que todo hubiese acabado, se dijo. Inclinó la caldera con agua caliente sobre la tetera de porcelana fina, dentro de la que, en una esfera de acero inoxidable sujeta por una cadena, un puñado de hebras de exquisito té inglés soltaba en el agua un aroma profundo y dulzón mezclado en una nube oscura. Fue precisamente en ese instante cuando Angustias pudo sentir renacer en su pecho la fuerza imponente de su casta, la determinación de su sangre andaluza y el pulso de hierro con el que había hecho y rehecho su vida cuantas veces había sido necesario. Se sirvió el té, y mientras lo endulzaba con una cucharadita y media de azúcar, comenzó a trazar planes para el futuro inmediato. Esteban se las vería con la justicia, que era un enemigo opaco e implacable que Angustias desconocía cómo enfrentar, pero a ella le tocaba lidiar con la soledad y la pobreza, y se sabía una experta en derrotarlas a ambas.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Severino, esta vez necesito tu ayuda de verdad. – el regente de la casa de empeños fumaba desnudo, en silencio, disfrutando mentalmente la tremenda felación de la que acababa de ser objeto. A pesar de la entrega de María de las Angustias, siempre se sentía un poco utilizado después del amor. Esta vez, percibiendo la desesperación de su amante, se regodeó secretamente, saboreando su firme convencimiento de que la vida siempre da revancha. Cuando habló, lo hizo de forma pausada y tranquila, luego de dejar escapar lentamente finas volutas de humo que, combinadas con los rayos de sol que se filtraban por la persiana baja, una vez más, atigraban de blanco azulado la piel caliente y de miel de María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>-      No te preocupés, <em>galleguita</em>, que entre bueyes no hay cornadas. Es mucha guita la que me pedís, y es cierto que tus pedregullos bien la valen, pero para darte toda esa <em>tela</em> en <em>efeté</em> tengo que mover algunos hilos. Voy a tardar un par de semanas. Un mes, como mucho, pero creo que podés contar con la guita. Ya hablaremos de intereses con más calma, cuando estés más tranquila.</p>
<p>Angustias calibró mentalmente sus opciones. Había reunido en tres días todas sus joyas. Las que había traído de España, las que le había regalado el Capitán Ayala, tantas veces empeñadas y vueltas a rescatar, y las últimas y más valiosas, atenciones de Don Esteban Florián Giménez del Río.</p>
<p>El tablero se ponía peligroso. Su marido estaba descontrolado, en un estado de pánico absoluto y permanente que ni sus abogados ni el optimismo inquebrantable de Angustias lograban abatir. Previendo un desenlace abrupto, María de las Angustias había contratado una caja de seguridad en un banco, donde podría guardar el dinero sin necesidad de incorporarlo a la quiebra personal de su marido. Debía moverse con precisión y habilidad. Esperaba que Don Esteban fuese declarado culpable e insolvente pronto, y que su inevitable ingreso en prisión le dejase el camino despejado para volver a comprar una casa y empezar de nuevo. Ya tenía casi treinta y cinco años, y no sería tan fácil, pero estaba segura de que volvería a levantarse.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="size-medium wp-image-323 alignleft" title="subte2" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/subte2-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Don Esteban Florían Giménez del Río paseó la mirada por los despojos de su vetusto imperio, y por fin encontró paz al reconocer frente a sí mismo que no habría tregua. Se sentía como Nerón repasando las cenizas de su antiguo poderío. Se sentó en su escritorio de nogal y acarició la madera noble con la yema de los dedos, disfrutando su tacto aristocrático y pulido, perfectamente consciente de que era la última vez. Tenía orden de desalojar el palacete de la Avenida Quintana al día siguiente, y aún no se lo había dicho a María de las Angustias. Debía también entregar el <em>Ford T</em> y comparecer ante la vista judicial previa al inicio del proceso por desfalco y fraude la semana entrante. Sabía que tenía cien probabilidades contra una de ingresar en prisión cautelar, y que luego no dispondría de fondos para una batalla legal en las que tenía todas las de perder. Sus abogados le aconsejaban declararse culpable y colaborar con el proceso, para obtener una reducción de la posible pena.</p>
<p>Tiró hacia atrás del émbolo de goma para recargar de tinta negra su pluma fuente de oro macizo, y en un distinguido papel que llevaba su membrete personal rematado en ribetes negros, escribió dos largas cartas. La primera la dirigió al juez instructor de la causa, y en ella explicaba exactamente las ilegalidades en las que había incurrido, detallaba una confesión completa y precisa, e incluía la combinación de la caja fuerte de su despacho en el banco, dentro de la que se podrían encontrar pruebas concluyentes contra la mitad de los miembros del directorio de la entidad bancaria. En la segunda, dirigida a María de las Angustias, expresaba con palabras pobres cuánto la había amado, le pedía perdón por su cobardía y le daba instrucciones sobre una gratificación que debía entregar a Giovanni Rivoldi. Además le daba las coordenadas de una consigna de equipaje en la estación de ferrocarriles de Retiro, en la que encontraría un maletín con noventa mil pesos moneda nacional en efectivo. Introdujo la llave en el sobre y lo lacró con su sello personal, al igual que el anterior, y se encaminó a la puerta del palacete, donde Giovanni esperaba a los mandos del coche. Si el chófer era consciente del descalabro inminente, no se le notaba. Tendiendo ambos sobres al italiano, trepó al asiento trasero mientras le decía:</p>
<p>-      Giovanni, llevame hasta la Avenida de Mayo. Después andá a buscar a Angustias y dale estos dos sobres. Ella te va a decir que tenés que hacer.</p>
<p>-      <em>Presto, Signore.</em></p>
<p>El romano estaba habituado a cumplir órdenes y hacer pocas preguntas con una disciplina casi militar, así que no dijo más y puso en marcha el vehículo. Atravesaron el centro de la ciudad sorteando el tránsito de vehículos con fluidez. El banquero apoyaba la frente contra el vidrio de la ventana trasera, ausente, sin prestar atención a los paseantes ni al sol de primavera que una vez más doraba Buenos Aires con generosidad.</p>
<p>Descendió del <em>Ford T </em>y paseó distraídamente por la Avenida de Mayo por espacio de un par de horas, quizá tres, deteniéndose en librerías y cafés, respirando un perfume equívoco y primaveral de jazmines imaginarios. Lentamente, el paseo dio sus frutos, y Don Esteban Florián Giménez del Río recuperó el pulso y la sangre fría característicos de un hombre de su clase. Se sentía tranquilo, sereno y decidido mientras observaba a los viandantes y repasaba los titulares de la prensa expuesta en los quioscos que remataban las esquinas de la avenida, buscando con disimulo su nombre y su oprobio, ambos de dominio público.</p>
<p>Bajó las escaleras que daban acceso al tranvía subterráneo en la estación <em>Lima</em>. Compró un billete y accedió al andén, situándose en un rincón apartado y solitario. Soltó dos lágrimas gordas y generosas, que empaparon su bigote con un sabor salado y restos de moco, antes de saltar delante del tren que al entrar en la estación acabaría con su vida.</p>
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		<title>Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Feb 2010 18:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Giménez del Río]]></category>
		<category><![CDATA[Giovanni Rivoldi]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
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		<description><![CDATA[1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-308" title="Champagne" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/Champagne-300x288.jpg" alt="" width="300" height="288" />1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.</p>
<p>En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.</p>
<p><span id="more-305"></span>Con la excusa de llevar al pequeño Alberto al colegio, María de las Angustias disponía diariamente del <em>Ford T</em>, con Giovanni Rivoldi a los mandos. Paulatina y deliberadamente fue apoderándose de la agenda del chófer, extendiendo lentamente el abanico de sus servicios y la complicidad entre ambos. Comenzó a llevarlo en largas rondas de compras, a veces acompañada por amigas, en las tiendas del centro. Allí María de las Angustias desplegaba su encanto de negocio en negocio, comprando sin mirar precios ni comparar, siguiendo su instinto infalible para la moda y el buen gusto. Un nuevo par de guantes de gamuza, una capelina de color rosa pálido adornada con plumas de color lavanda, a veces un par de zapatos con un bolso de mano a juego. Era decidida y jamás regateaba. No compraba: jugaba a comprar con dinero de verdad. Mientras, el romano, silencioso y taciturno, se mantenía un paso por detrás de la gaditana, y cargaba sin protestas ni juicios de valor con cuanto paquete se le ofrecía, sin importar forma, volumen ni peso. La andaluza navegaba sutilmente entre el gentío, desquiciando a su paso a los hombres con el simple perfume de animal sensual que emanaba su piel, mientras el chófer se afanaba torpemente por seguirla, intentando sin conseguirlo esquivar a los transeúntes obnubilados en la contemplación de su ama.</p>
<p>Más tarde, segura de sí misma, sabiendo interpretar en los gestos parcos y sutiles del joven italiano una naciente camaradería, construida poco a poco, paso a paso, entre miradas fugaces y gestos silenciosos, le pidió sin preámbulos que la llevase al Hipódromo de Palermo para asistir a las carreras de caballos.</p>
<p>-      Es un pasatiempo inofensivo, personal, porque me gustan los animales. Pero me da un poco de vergüenza – le había confesado al romano, con las mejillas encendidas de rubor –, así que nadie tiene por qué saberlo. Será un secreto entre los dos. ¿Verdad Giovanni?</p>
<p>El joven permaneció en silencio durante un par de segundos, atenazado por su lealtad hacia su jefe e incómodo por la mano enguantada que, en un gesto casual, le había acariciado el antebrazo al rematar la pregunta. Luego fue dejándose invadir suavemente por las chispas violetas de los ojos de María de las Angustias, hasta que finalmente bajó la mirada, derrotado, claudicando secretamente al galope sordo de su propio corazón, e hizo con su cabeza un gesto afirmativo, casi imperceptible, sellando entre los dos una alianza silenciosa e inquebrantable.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Una tarde, a principios del otoño de 1928, Giovanni Rivoldi acudió al palacete de la Avenida Quintana a recoger a María de las Angustias. Detuvo el coche en la entrada, y sin detener el motor, hizo sonar el claxon, como era habitual. Una vez más, al ver salir a la andaluza, el italiano perdió el aliento. No se acostumbraría nunca a su belleza, ni a que su sola presencia le impidiese respirar con normalidad. Aquél día llevaba el pelo recogido en un rodete adusto, y sobre él un sombrero <em>cloché</em> color malva, con medio velo que le cubría el rostro hasta la nariz, dejando al descubierto solamente la punta, respingada y noble, aristocrática a pesar de su origen humilde, indiscutiblemente perfecta, y una sonrisa de labios tocados de rojo, amplia y generosa.</p>
<p>-      Bien, ya estás aquí. ¡Tenemos que darnos prisa, que hoy Irineo Leguisamo <sup class='footnote'><a href='#fn-305-1' id='fnref-305-1'>1</a></sup> montará a <em>Lunático</em>! Siento una corazonada infalible para la <em>trifecta</em> de la segunda carrera.</p>
<p style="text-align: center;">*                     *                             *</p>
<p>Parecía que se le iba a salir el corazón por la boca, al ritmo sordo de los cascos de los caballos agrediendo la pista de arena apelmazada. Seguía el discurrir de la carrera con unos pequeños binoculares de nácar que guardaba en un estuche de piel de becerro. Habían pasado el poste de los mil ochocientos metros. María de las Angustias, casi sin darse cuenta, se aferraba con su mano izquierda al musculado brazo de Giovanni Rivoldi, mientras con la derecha sostenía las lentes de aumento, conteniendo la respiración para no mover la mano, para no perder detalle de las patas fuertes, rematadas en herraduras, que levantaban nubes de arena seca y ocre a su paso. Entraron en la recta final causando una polvareda estruendosa y caótica, <em>Lunático </em>medio cuerpo por detrás de <em>Estrella</em>, la yegua pinta que María de las Angustias había pronosticado en segundo lugar en su <em>trifecta</em>. Según lo previsto, <em>Marciano</em> ostentaba un cómodo tercer puesto, un cuerpo y medio por detrás de <em>Lunático</em> y casi dos por delante de <em>Pirata</em>. María de las Angustias había jugado fuerte. Su pulso se desbocaba al compás rítmico del galope de los caballos, casi podía sentir las herraduras horadando su carne. El romano sufría en silencio las uñas de la gaditana arañando su bíceps bien formado, mientras fingía seguir la carrera, aprovechando la cercanía de la andaluza para no perder detalle de su aroma ligero de agua de violetas, del ritmo alterado de su respiración, el vaivén sutil de su pecho encorsetado y el hoyito dulce que en su garganta dibujaban los imperceptibles gemidos escapados de la tensión enorme de sus músculos.</p>
<p>Angustias estalló en un grito contenido, presionando aún más al chófer, cuando Irineo Leguisamo, levantando ligeramente la cadera, se afianzó sobre los estribos. Demostrando su talento, espoleó a <em>Lunático</em>, que redobló su esfuerzo y su galope, y exigiendo al máximo su musculatura abrillantada bajo el sol inclemente por su sudor de caballo, protagonizó una remontada épica, cruzando el disco de meta dos cabezas por delante de <em>Estrella</em>, cuando todo parecía ya perdido.</p>
<p>-      ¡Ganamos! – gritó María de las Angustias, girándose hacia el italiano y abrazándolo en un incómodo revoltijo de guantes, binoculares y sombrero.</p>
<p>El joven, sorprendido por el exabrupto de su ama, tensó instantáneamente los músculos de todo el cuerpo, manteniéndose inmóvil, asustado y presa de una dolorosa e incontrolable erección instantánea. María de las Angustias dejó extinguirse lentamente su entusiasmo en brazos del chófer, y luego, despacio, serena y hablando en susurros, lo enfocó directamente a los ojos con su mirada violeta y profunda, bajando ligeramente el mentón, como le gustaba hacer, y deshaciendo el abrazo un par de segundos más lentamente de lo aconsejable.</p>
<p>-      Perdóname, Giovanni. En estos casos me cuesta controlar mi entusiasmo. ¿Me llevarás a cobrar el premio?</p>
<p>-      <em>Adesso, signora</em>. – respondió el italiano, fijando la vista en el suelo, mientras pasaba por su flanco derecho, evitando el contacto, para intentar disimular su incomodidad.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/200px-Gardel-legizamo.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-309" title="Gardel-Leguisamo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/200px-Gardel-legizamo.jpg" alt="" width="200" height="354" /></a>La confitería <em>París</em>, ubicada dentro del recinto del hipódromo, era tradicionalmente un lugar de encuentro para quienes querían celebrar triunfos o llorar derrotas, en el que la distinción de sus asistentes y la exquisita atención del personal conformaban el sello de identidad del lugar. El ambiente estaba cargado de humo y saturado de conversaciones cruzadas cuando María de las Angustias, seguida un paso atrás por Giovanni Rivoldi, se detuvo nada más entrar, recorriendo el local con la mirada en busca de una mesa libre. En seguida identificó una al fondo de la sala, donde se encaminó con paso decidido.</p>
<p>-      Ordena champaña, Giovanni. ¡El triunfo de <em>Lunático</em> hay que celebrarlo por todo lo alto!</p>
<p>-      Pero <em>signora</em>&#8230;</p>
<p>-      Nada, Giovanni. Nos tomamos una copa de festejo y nos vamos a casa. De todas formas, Esteban me dijo que hoy regresará tarde. No tienes que ir al banco por él hasta las nueve.</p>
<p>Un camarero se acercó, con una bandeja con dos copas de champaña, y depositándolas frente a la gaditana y su acompañante, informó, mientras señalaba una mesa cercana:</p>
<p>-      Nuestra mejor champaña, señora. Invitación del señor Leguisamo.</p>
<p>María de las Angustias dirigió su mirada hacia donde señalaba el camarero. El <em>jockey</em> Irineo Leguisamo celebraba su triunfo, acompañado por el mismísimo Carlos Gardel, amigo y admirador suyo, que pocos años más tarde colaboraría en su inmortalización mediante una inolvidable interpretación del tango <em>Leguizamo solo</em>.<sup class='footnote'><a href='#fn-305-2' id='fnref-305-2'>2</a></sup> El <em>jockey </em>levantó su copa, mientras el cantante sonreía, divertido, hacia María de las Angustias. La gaditana imitó el gesto, dejando caer sus ojos en actitud de fingida timidez, y luego de probar su copa, le dijo al camarero.</p>
<p>-      Por favor, sírvanos una botella de esta misma, y envíe otra de mi parte a los caballeros.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El <em>Ford T</em> bufó un soplido vaporoso de agua hervida al apagar el italiano los veinte caballos de potencia de su motor. María de las Angustias había hecho el recorrido de vuelta en silencio, divertida por los celos evidentes de su chófer, y paladeando el recuerdo de su festejo y la voz gutural del <em>Zorzal Criollo,</em> piropeándola, invitándola a escucharlo: le regalaría dos entradas, para ir con quien quisiese. <em>“Soy una mujer casada, y es difícil llevar a mi marido a determinados sitios</em>”, había respondido. <em>“Entonces venga sola. Le dedicaré una canción especialmente bonita”</em>, replicó el cantante. <em>“¡Uy! Las canciones especialmente bonitas me dan miedo. Me subyugan demasiado.”</em>, fue la respuesta que zanjó la invitación.</p>
<p>Giovanni había permanecido en silencio durante la conversación con ambos hombres, que se prolongó por espacio de tres botellas de champaña, y en silencio condujo a su ama de regreso al palacete de la Avenida Quintana. En silencio le abrió la puerta, cediéndole el paso, y también en silencio asintió con la cabeza cuando María de las Angustias le ordenó que la acompañase al dormitorio para ayudarla a quitarse las botas. <em>“Es que me encuentro un poco&#8230; mareada”</em>, se justificó la gaditana.</p>
<p>El romano, abochornado y ofuscado, se arrodilló frente al sillón que flanqueaba la cama matrimonial, para tirar, una a una, de las botas de su ama.</p>
<p>-      Una cosa más – interrumpió María de las Angustias al romano, que ya se marchaba de la habitación. –. Desabróchame el vestido, por favor, que ahora mismo no sé dónde está Matilda.</p>
<p>Giovanni Rivoldi, que en ese preciso instante se encontraba de espaldas a su ama, a punto de cruzar la puerta, se detuvo en seco, adivinando un sudor frío que rápidamente le pobló la espina dorsal, y una alteración del pulso notable a simple vista. Se giró despacio, para ver a María de las Angustias de pie, dándole la espalda y sujetándose el cabello en alto con ambas manos. Se adivinaba una nuca suave, una fragancia dulce, imposible de identificar para el romano, y el nacimiento de su cuello, piel tersa, el inicio de sus hombros, más piel, y una fila interminable de botones, que llegaba hasta la cruz de su cintura.</p>
<p>-      Estoy esperando – insistió ella.</p>
<p>-      Voy, <em>signora</em>.</p>
<p>El romano, resignado, se acercó lentamente, intentando controlar el temblor de sus dedos. Desabrochó el primer botón, sin poder evitar rozar la piel suave de su ama. Ella se dejó recorrer por la electricidad del contacto, estremeciéndose y soltando un imperceptible y agudo gemido. Desabrochó el segundo, esta vez acariciando una vértebra con la yema de su dedo índice, suavemente, y sincronizando con el tacto la expulsión controlada de aire por su nariz, erizando el vello de la nuca de la andaluza. Asustado por su propia audacia, el joven italiano se sintió morir cuando descubrió las dos manos de su ama sobre sus nalgas, tirando de él, acercándolo para quedar con los cuerpos en contacto. Cruzó los brazos sobre el vientre de María de las Angustias. Ella, despacio, puso sus manos sobre las de él, guiándolas con calma, suavemente, por el paisaje accidentado de su vientre, hasta su pecho, inclinando hacia atrás la cabeza, para permitirle a él mordisquear dulcemente su oreja.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Allí, en el dormitorio matrimonial, descubrió Angustias que el carácter tímido y discreto del romano se traducía en un estilo silencioso y vigoroso para hacer el amor. El Chófer era capaz de copular en posición tradicional, sobre ella, sostenido por sus fuertes brazos para no aplastarla, como haciendo flexiones, durante larguísimos ratos y varias veces al día. Durante esos encuentros, Giovanni nunca se desvestía por completo, y no emitía ningún sonido. Se limitaba a apretar los labios y regular su respiración, mientras sudaba copiosamente por la frente, las axilas y los tobillos ridículamente unidos por los pantalones arrugados a su alrededor. Era un hombre que hacía el amor absolutamente concentrado y sin mirar a los ojos a su hembra.</p>
<p>Después del primer encuentro, Angustias pensó que había sido un error, pero luego aprendió a disfrutar de la disciplina amatoria del italiano, de sus brazos fuertes, de sus manos de mecánico y su espalda ancha y musculosa, y encontró que el silencio del hombre le permitía abandonarse por completo a sus fantasías eróticas, teniendo mientras tanto entre las piernas a un auténtico caballo de tiro.</p>
<p>El joven italiano, mientras tanto, era absolutamente incapaz de expresar la pasión que lo devoraba por dentro de una forma distinta a los empujones sistemáticos y brutales que partían de sus caderas, y fue el único y silencioso testigo de la completa y total transferencia de la lealtad inquebrantable que sentía por el banquero hacia su bella esposa.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-305-1'>Irineo Leguisamo fué uno de los más grandes <em>jockeys</em> de la hípica rioplatense. Ver <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Irineo_Leguisamo" target="_blank">Irineo Leguisamo</a>. <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-305-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-305-2'>Por alguna razón que desconozco, el <em>jockey </em>se apellidaba <em>Leguisamo</em>, con &#8220;S&#8221;, y el tango lleva el título <em>Leguizamo solo</em>, con &#8220;Z&#8221;. <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-305-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Capítulo Siete: Campanas de Boda</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 18:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-294" title="1924_hotel_plaza" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza-300x202.jpg" alt="" width="300" height="202" /></a>María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida <em>Quintana</em>, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.</p>
<p>-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.</p>
<p>-      ¿Qué es el <em>inglés</em>, madre?</p>
<p>-      No te preocupes por eso ahora.</p>
<p>-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en <em>englés</em>?</p>
<p>-      No, Rocío se quedará donde está.</p>
<p>Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-292"></span>Las franjas de luz solar que se colaban entre las rendijas de las persianas que, convenientemente bajas, proporcionaban intimidad a la trastienda de Severino Garmendia, daban a la piel desnuda de Angustias un aspecto atigrado y alegre. Angustias jugaba entre los dedos con el vello del pecho de don Severino, que hacía rato ya que había encanecido.</p>
<p>-      Tienes que tener preparadas mis cosas, Severino. Pronto las rescataré todas.</p>
<p>-      ¿En serio? – Él no intentó ocultar su sorpresa. &#8211; ¿Conseguiste liquidez?</p>
<p>-      Aún no, pero será pronto.</p>
<p>Él hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos. En la posición en la que descansaban no tenía buen ángulo para buscar su mirada. Había cumplido cincuenta y dos años recientemente, y cada vez pensaba más en su vejez. Durante los últimos meses, más de una vez se había sorprendido a sí mismo imaginando el cierre de su negocio, y una vida en la que comenzar a disfrutar sus ahorros al lado de María de las Angustias. Se preguntaba frecuentemente si ella lo consideraría como marido además de como amante. Angustias interrumpió sus reflexiones con una revelación dolorosa.</p>
<p>-      Voy a casarme en noviembre, Severino. – Él encajó el golpe con entereza, echando mano de su oficio de gladiador habituado a los reveses.</p>
<p>-      Esto sí que no me lo esperaba tan pronto… ¿Quién es el afortunado?</p>
<p>-      Esteban Florián Giménez del Río. No creo que le conozcas.</p>
<p>-      Claro que lo conozco. Sé perfectamente quién es. Apuntaste alto esta vez, <em>galleguita</em>. Tené cuidado, que una cosa son los <em>milicos</em> y otra los banqueros. – hizo una pausa, pensativo – ¿Eso significa que <em>lo nuestro</em> se termina?</p>
<p>-      No, claro que no. Nos veremos menos, quizás. No lo sé. Después de todo, una mujer casada también tiene sus secretos, ¿no crees?</p>
<p>Severino Garmendia no contestó a la pregunta. Pensaba que había perdido, que le habían ganado de mano. Pensaba también que no hay mal que por bien no venga, y que una alianza semejante sería también buena para sus negocios. A María de las Angustias le costaría un cinco por ciento adicional recuperar sus piezas, que los tiempos estaban difíciles.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-295" title="26ford_t_coupe" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/26ford_t_coupe-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Se ajustó la pajarita negra. Una, dos, tres veces. Sonrió satisfecho frente a su imagen reflejada en el espejo. Vestía un frac de corte elegante, negro, con un chaleco de seda gris con bordados heráldicos en gris oscuro, y una galera nueva iba perfectamente a juego con su bastón de madera de cerezo, oscuro, lustrado y encerado para la ocasión. Don Esteban Florián Giménez del Río ajustó la cadena de oro del reloj antes de guardarlo en el bolsillo del chaleco, y dio cuidadosamente dos pasos atrás para verse de cuerpo entero, en perspectiva, frente al espejo de su dormitorio. Ladeó la cabeza a izquierda y derecha, buscando diferentes ángulos de visión. Estaba orgulloso de sí mismo. Podía decirse que había triunfado. Pronto estaría casado con la mujer más bella que había conocido en su vida, y los negocios no podían ir mejor.</p>
<p>-      <em>Signore</em>, es la hora de <em>marchare</em>.</p>
<p>-      Sí, Giovanni. ¿Cómo estoy, si se me permite preguntar?</p>
<p>-      Espléndido, <em>signore</em>, espléndido. Ma, non queda tiempo. É <em>molto</em> tarde, <em>signore</em>. La <em>ragazza</em> me espera.</p>
<p>-      De acuerdo, de acuerdo. Me dejarás en la catedral e irás a buscar a Angustias, como estaba previsto.</p>
<p>-      <em>Perfetto</em>.</p>
<p>Salieron apresuradamente hacia el <em>Ford T</em>, que esperaba con el motor en marcha en la acera, junto a la puerta principal del palacete de Don Esteban. La boda sería espectacular. Había convenido con el Arzobispo de Buenos Aires, don José María Bottaro, que administrase personalmente el sacramento del matrimonio a la pareja en el altar mayor de la catedral de la ciudad, junto a la Plaza de Mayo. A cambio, Don Esteban se había comprometido a donar la construcción de una nueva iglesia, donde le pareciese mejor a Su Ilustrísima. La Santa Madre Iglesia aportaría el terreno. Don Esteban, los fondos.</p>
<p>La Catedral lucía imponente, adornada con flores frescas y con las antorchas del frontispicio encendidas en honor de los contrayentes. Más de cuatrocientas personas presenciaron la larga misa matrimonial, celebrada en latín y castellano, en la que no faltó ningún elemento de la liturgia correspondiente a las grandes ocasiones. El Arzobispo fue pródigo en palabras y gestos, y según algunos invitados de primera fila, en miradas furtivas a la novia.</p>
<p>Finalizada la ceremonia, los recién casados se dirigieron en el <em>Ford T</em>, comandado por un Giovanni Rivoldi engalanado como nunca, al hotel Plaza de Buenos Aires, en donde se celebró una recepción y una cena de gala para doscientas cincuenta personas. Francisco Canaro y su Orquesta Típica tocaron en vivo durante más de tres horas los tangos y milongas de moda, para deleite de la concurrencia y como demostración definitiva del poderío del financiero en la vida social de Buenos Aires.</p>
<p>María de las Angustias estaba radiante, y de buena gana bailó tangos y valses con la flor y la nata de los políticos y empresarios de la ciudad, recibiendo sin inmutarse un torrente de elogios y atenciones, y riendo de manera forzada el chiste de besar a la novia hasta en siete ocasiones a lo largo de la noche.</p>
<p>Los novios despidieron a los últimos invitados en el hall del hotel, entre abrazos beodos, palmadas en la espalda y exageradas muestras de cariño y buenos augurios. Solo al llegar a la <em>suite</em> nupcial advirtió Angustias que el estado etílico del banquero era absoluto y total. Tanto que la gaditana alcanzó a temer que fuese imposible consumar el matrimonio esa misma noche. Se sintió frustrada, porque deseaba intensamente conocer cómo se comportaría en la cama su nuevo marido.</p>
<p>-      ¿Cómo te encuentras, Esteban?</p>
<p>-      Mejor que nunca, Angustias. Enamorado de vos hasta los tuétanos, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Ahora que estamos casados se te permite todo, Esteban – invitó angustias, quitándose el velo de novia reciente con un gesto gracioso y seductor. – Y cuando digo todo, quiero decir todo.</p>
<p>La bella gaditana lo miró insinuante y profundamente a los ojos, pensando que quizás no estuviese todo perdido. El financiero, que como buen hombre de negocios sabía perfectamente reconocer una oportunidad, comenzó a tirar torpemente de la pajarita al ver que angustias, con un movimiento hábil se había quitado el vestido y lucía un conjunto de ropa interior entero y con portaligas, terriblemente sugerente.</p>
<p>-      Ven aquí, deja que te ayude con eso, cariño.</p>
<p>-      Lo que quieras, Angustias, lo que quieras.</p>
<p>Don Esteban se tumbó en la cama, luego de quitarse los zapatos. Angustias lo despojó hábilmente del frac y el chaleco, y después de depositarlos con cuidado sobre un canapé forrado en piel, desanudó la pajarita con un preciso movimiento de manos y comenzó a besar al banquero. Lentamente, primero en los labios, luego en el cuello y el pecho, al tiempo que desabotonaba con precisión su camisa blanca impecable, quitaba y dejaba en la mesa de luz los gemelos de oro, y desabrochaba a tirones los pantalones, que hacía rato habían perdido la geometría de su raya.</p>
<p>-      Angustias… &#8211; el banquero no acertaba a elegir palabras, mientras dos manos expertas lo recorrían de arriba abajo como nunca antes. – Esto es… excitante, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Shhhh… &#8211; la gaditana lo besó en los labios, regalona, frotándose de cuerpo entero sobre su banquero desarmado – relájate, Esteban – invitó, antes de volver a su labor.</p>
<p>Pudo adivinar la dureza del banquero al quitarle los pantalones, dejando al descubierto unos graciosos pantaloncillos blancos que el empresario utilizaba a modo de ropa interior. Su entrepierna estaba abultada y el hombre respiraba entrecortadamente, murmurando el nombre de su mujer entre vapores de alcohol y eructos contenidos con aroma de trufas de chocolate, sin terminar de advertir que las luces del techo le resultaban mareantes. Angustias continuó su recorrido preciso por el cuerpo cubierto de vello, que comenzaba a ser canoso, de su nuevo hombre, y cuando por fin su mano derecha se aferraba al animal nervioso y enrojecido del banquero, mientras ella se preparaba para intentar la primera felación matrimonial, don Esteban se sintió repentinamente invadido por un sudor frío, el vientre se le llenó de espuma, su corazón se aceleró, sus ojos se abrieron desbocados, mientras intentaba sin éxito incorporarse sin tirar a su mujer al suelo. Entonces volvió a caer, rendido, sobre la cama, y estalló en un vómito colosal, que como un géiser lanzó al aire un chorro tórrido y maloliente, en cuya composición pútrida se mezclaba una abundante cantidad de buen whisky, dos porciones de tarta de novios y trozos a medio digerir de perdiz estofada en salsa de ciruelas, esparciéndolo todo sobre el lecho nupcial.</p>
<p>Angustias retrocedió de un salto, maldiciendo la fiesta y su puta madre, y al mismísimo Dios y su jodido sentido del humor, mientras con la mirada buscaba una bata que ponerse antes de llamar al servicio del hotel.</p>
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		<title>Capítulo Seis: Finanzas</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Feb 2010 18:00:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-281 alignright" title="dinero" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/dinero.jpg" alt="" width="283" height="374" />Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes inversores que formaban la masa de depósitos administrada por el <em>Banco de Crédito Argentino</em>.</p>
<p>-      La señora María de las Angustias Matalobos está aquí. Como no tiene cita, le pedí que esperara fuera.</p>
<p>-      Hágala pasar inmediatamente – dijo don Esteban, mientras se alisaba el chaleco y verificaba sus gemelos de oro con un gesto nervioso. – Y ofrézcale un té o un refresco, por el amor de Dios.</p>
<p>Don Esteban acababa de cumplir cuarenta y siete años y se sentía más joven que nunca. Una tuberculosis fulminante lo había dejado viudo diez años atrás, solamente tres años después de haberse casado con una <em>vedette</em> que por entonces triunfaba en Buenos Aires en el Teatro de Revistas. Por esa razón no había tenido hijos, pues aunque era un hombre al que no le faltaban ocasiones de frecuentar mujeres, estaba profundamente enamorado de su esposa cuando enviudó, y años más tarde se habituó a solucionar las urgencias del bajo vientre con encuentros ocasionales en los burdeles de la calle <em>Corrientes</em> abajo, cerca de su despacho, y las atenciones amorosas de dos amantes a las que mantenía en secreto en sendos apartamentos que poseía en Palermo Viejo. No pensaba en volver a enamorarse, y mucho menos en casarse, pero Angustias le había despertado un estado de ansiedad que ya no recordaba que pudiera sentir, y durante los escasos diez días transcurridos entre el aterrizaje del <em>Plus Ultra</em> y la prometida visita de la dama, había experimentado una novedosa crisis de insomnio, inapetencia e incómoda alternancia entre un estreñimiento doloroso y tenaz y una diarrea líquida e inoportuna que lo obligaba a permanecer a una distancia no superior a doce segundos a paso apresurado del retrete más cercano.</p>
<p><span id="more-278"></span>Enderezó la espalda y acomodó instintivamente la placa de bronce que aclaraba su nombre y cargo con la expresa intención de intimidar a sus visitantes.</p>
<p>-      Pase, pase, señora Matalobos. – dijo, al tiempo que se ponía de pie, volviendo a eliminar pliegues imaginarios de su chaleco con ambas manos – Está usted aún más elegante y arrebatadora que la otra vez, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Es usted un halagador sin remedio – Angustias fingió un sonrojo que en verdad no sentía. Su marcado acento de Cádiz se había suavizado durante los últimos años, aunque aún era perfectamente identificable su origen español, no solamente por su manera de hablar, sino por sus modales, sus vestidos castellanos y el infaltable abanico negro con incrustaciones de nácar, imprescindible alivio para un verano tórrido que descargaba su falta de piedad sobre la ciudad por esos días.</p>
<p>-      Faltaba más, señora Matalobos. Cualquier cumplido es pobre para una mujer como usted, si se me permite decirlo.</p>
<p>El financiero estaba encantado con la visita, y su autoestima ganaba enteros rápidamente al descubrir que la sola presencia de la viuda bastaba para que su locuacidad se incrementase a toda velocidad. Les sirvieron té con masitas finas de una prestigiosa confitería que se encontraba en <em>Chacabuco </em>y <em>Potosí</em>, llamada <em>Los dos Chinos</em>, que don Esteban hacía traer cada dos o tres días para impresionar a sus posibles visitantes. Le explicó a María de las Angustias los fundamentos del negocio de la banca y los principios básicos del respaldo en metálico de los depósitos, y le detalló la solidez de los activos de la entidad, dándole a entender que él garantizaría personalmente la seguridad de sus ahorros si hacía el honor de confiarlos a su humilde banco.</p>
<p>-      ¡Ay! No sé, no sé… Acabamos de conocernos, don Esteban. ¿No le parece que debería ser prudente, y frecuentarlo un poco más antes de confiarle algo tan importante como mi patrimonio? – Angustias jugaba al límite, pero sabiendo que tenía ganada la partida. Solamente debía desparramar sus trampas, y el hombre de negocios se dejaría atrapar con gusto y sin luchar. Debía cuidar, no obstante, las formas de viuda y el recato imprescindible en una mujer de su posición social. Un hombre poderoso debía ser siempre quien llevase la iniciativa.</p>
<p>-      Tiene usted toda la razón, señora Matalobos. – don Esteban pretendió pensar, buscar una idea que había atrapado ni bien la hermosa Gaditana había entrado en su despacho. – ¡Pero si se acerca la hora de comer! Déjeme invitarla a almorzar, y así podremos conocernos mejor, y quien sabe, quizás consiga ganarme el favor de sus ahorros. Si se me permite intentarlo, claro.</p>
<p>-      Ay, don Esteban, es usted muy amable. Llámeme simplemente Angustias. No quiero molestar, usted debe ser un hombre muy ocupado y ya le estoy robando demasiado tiempo.</p>
<p>-      No solamente tiempo, Angustias, no solamente tiempo, si se me permite decirlo. No es ninguna molestia, se lo aseguro. Marta, mi secretaria, nos hará una reserva y nos pedirá un coche. La llevaré a un lugar en el que sirven una paella de arroz que le recordará a su tierra, ya verá.</p>
<p>Don Esteban ordenó cancelar sus compromisos de la tarde y ambos partieron en un flamante <em>Ford T</em> modelo 1925, de los primeros que se vieron en la Argentina, que con sus veinte caballos de potencia representaba todo un bólido para la época. Conducía un mecánico joven, que respondía al nombre de Giovanni Rivoldi y hablaba un castellano salpicado de italiano, con la cara marcada de pecas. Era a su vez mecánico, chófer, ayuda de cámara y hombre de confianza del financiero. Fueron directamente al barrio del Mercado de Abasto de Buenos Aires, y entraron en una cantina desordenada, sucia y ruidosa en la que, acompañado de un pianista, un joven cantante entonaba un tango. Usaba un sombrero ladeado y camisa blanca rematada al cuello por una pajarita de lunares blancos, en una clara imitación de Carlos Gardel, que por esos días acrecentaba su fama dentro y fuera del Río de la Plata. Interpretó para ellos un tango nuevo, llamado <em>Viejociego</em>, que ese verano hacía furor en el ambiente tanguero de Buenos Aires, catapultando a la fama a su autor, un hasta entonces desconocido Homero Manzi.</p>
<p>El arroz era excelente, y aunque no tenía ni siquiera un remoto parecido con una paella, Angustias se cuidó mucho de decirlo, porque no pretendía herir el orgullo del financiero, que se reveló como un excelente maestro de ceremonias, generoso anfitrión y gran conversador, combinando con soltura los momentos en los que escuchaban al cantante de tangos, el tiempo para comer y un dialogo fluido, divertido y a la vez respetuoso, picante y atrevido.</p>
<p>Para cuando finalizó el almuerzo, pasadas las cuatro de la tarde, mientras el banquero disfrutaba de una medida de anís acompañada de un cigarro, Angustias estaba satisfecha de sí misma y experimentaba un enorme júbilo interior. Sabía que había ganado la partida. El corazón del banquero estaba listo para ser servido a los postres.</p>
<p>-      Yo también tomaré una copita de anís. – rió a continuación &#8211; ¡Dios mío! ¡Qué atrevida soy en estos andurriales! – don Esteban rió también.</p>
<p>-      Para nada, Angustias, para nada. Es usted un verdadero ángel, si se me permite decirlo.</p>
<p style="text-align: center;">*                     *                             *</p>
<p>El otoño llegó, y para ese entonces los almuerzos de los jueves en la cantina del Abasto eran un ritual incorporado a una liturgia tácita, pactada sobre miradas, silencios y susurros gestuales, entre el banquero y la andaluza. Don Esteban enviaba a Giovanni Rivoldi en el Ford T a recoger a María de las Angustias poco después de las doce, mientras finiquitaba sus asuntos de la mañana con impaciencia y descuido, urgido por la necesidad física de verla.</p>
<p>A la una menos diez minutos exactamente, bajaba y encontraba el coche esperándolo en la puerta del banco, con la bella gaditana acomodada cuidadosamente en el asiento trasero, en un intento de no arrugarse el vestido. En seguida comenzaban las bromas y los juegos. Se habían hecho amigos y confidentes, y el banquero, nada más verla, desplegaba entero su plumaje y su verba fluida y ocurrente. Ella reía sus gracias con candor, se ruborizaba y se atrevía, parapetada detrás de su mirada violeta, obligando a sus ojos a destellar furiosamente una pasión ceremonial fabricada especialmente para cada encuentro.</p>
<p>Un jueves cualquiera de mayo, el financiero, al subir al coche, se encontró una Angustias más callada de lo normal, que reía sin demasiado entusiasmo sus bromas y sus comentarios de camino al restaurante.</p>
<p>-      ¿Qué te pasa hoy, Angustias? – a esas alturas el trato entre ambos era familiar, desprovisto de formalidades superfluas. – Te noto más callada de lo normal.</p>
<p>-      ¡Ay Esteban, querido Esteban! – declamó ella, fingiendo congoja – Son cosas de mujer. No lo entenderías. El martes que viene cumpliré treinta años. Soy viuda, pero también mujer, y joven todavía. Estoy preocupada. A estas alturas tengo miedo de quedarme a vestir santos.</p>
<p>-      ¡No digas tonterías, Angustias!</p>
<p>El banquero digirió esas palabras a conciencia durante el resto del trayecto, realizado en silencio mientras él cavilaba, y María de las Angustias observaba de reojo cómo el eco de la conversación reflejaba en el rostro del hombre un trabajo mental forzado y complejo. No sabía cómo interpretarlas, pero desde luego eran toda una declaración de intenciones. Nunca habían hablado del tema, pero ahora sabía que Angustias deseaba volver a casarse. Hasta el momento, ella no le había permitido más familiaridad que algunos juegos de manos robados debajo del mantel, roces entre dedos, piernas que se tocan como sin querer, miradas cruzadas llenas de intención y promesas, pero nada comprometido. El almuerzo transcurrió, como siempre, en un ambiente festivo y jovial, amenizado por esa voz melódica que los acompañaba con tangos entre plato y plato. Para cuando sirvieron el postre, don Esteban Florián Giménez del Río ya había velado sus armas, y su corazón estaba rejuvenecido y con una determinación dramática.</p>
<p>-      ¿Sabes que te digo, Angustias? Vamos a celebrar tu cumpleaños de treinta por todo lo alto. La semana que viene vamos a comer el martes en lugar del jueves, si se me permite invitarte en un día tan importante.</p>
<p>-      Por supuesto, Esteban. No se me ocurre una manera mejor de pasar mi cumpleaños.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-282" title="carruaje" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/carruaje-Bukingham-300x196.jpg" alt="" width="300" height="196" />El martes siguiente, contraviniendo la costumbre y el ritual, Giovanni Rivoldi se presentó en casa de María de las Angustias a los mandos de uno de los últimos coches de caballos que podían aún verse en la ciudad, un Landó impecable de herrajes de bronce, con un habitáculo cerrado para cuatro personas, en cuyo interior acolchado y forrado de terciopelo rojo, esperaba don Esteban Florián Giménez del Río, vestido con un traje inglés de tres piezas estrenado para la ocasión. Llevaba un sombrero nuevo y su habitual bastón de cerezo, encerado y lustrado, y en el asiento frente a él esperaban a la andaluza un ramo de tres docenas de rosas rojas y una caja de los más finos bombones de <em>Los dos Chinos</em>.</p>
<p>El romano, testigo silencioso de la escena, hizo restallar el látigo en el aire, produciendo un chasquido seco y sonoro. Los dos corceles negros, de largas crines y pelaje brillante bajo el sol tibio, tiraron del Landó iniciando un trote corto y sostenido por la calle <em>Defensa</em>, hacia la <em>Plaza de Mayo</em>, para bordearla luego y continuar camino hasta la calle <em>Corrientes</em>, en donde se detendría frente al tradicional restaurante <em>Sorrento</em>, uno de los más lujosos y prestigiosos de la ciudad. Don Esteban descendió en primer lugar del carruaje, para rodearlo y tender él mismo la mano a María de las Angustias, invitándola a bajar, ofreciéndole su brazo para entrar juntos al local. Había reservado una mesa para dos en una zona oculta por dos biombos claros que proporcionaban privacidad.</p>
<p>-      Estoy sorprendida, Esteban. Esto es mucho más de lo que merezco, sin duda alguna.</p>
<p>-      Y espera a abrir tu regalo de cumpleaños. Estás espléndida y encantadora. Completamente arrebatadora, si se me permite decirlo.</p>
<p>Se sentaron a una mesa íntima, cubierta con manteles primorosamente bordados y acompañados a distancia de un par de metros por un violinista que ejecutaba con dudosa destreza melodías suaves a un volumen estudiado para permitir la conversación. Don Esteban se encargó personalmente de llenar dos copas de un vino espumante, rosado y fresco, y después de brindar por la belleza y juventud de María de las Angustias, si se le permitía decirlo, depositó delicadamente, sobre la mesa, un paquete envuelto en un exquisito papel rojo con flores estampadas en relieve, cruzado por una cinta dorada que formaba un moño cuidadosamente ensortijado, y coronado por una ostentosa etiqueta de la casa <em>Escasany</em>.</p>
<p>-      No puedo esperar a los postres para que abras tu regalo.</p>
<p>Angustias cerró los puños sobre el pecho, demostrando ilusión e impaciencia. Deshizo con cuidado el moño, y descubrió una caja de madera primorosamente labrada, con el emblema del conocido joyero. El interior de la caja, revestido de terciopelo azul, atesoraba una preciosa gargantilla finamente trabajada en plata de ley, en forma de media luna y con una enorme y verde esmeralda engastada en el centro. Angustias no consiguió reprimir un gritito de auténtica emoción.</p>
<p>-      Esteban, es demasiado. – dijo, después de unos segundos – No lo puedo aceptar.</p>
<p>-      Claro que sí. – Él tomo con cuidado la joya, y acercándose a ella, se la colocó alrededor del cuello y accionó el mecanismo de traba, rozando suavemente su nuca con los dedos. – Elegí una esmeralda para que no compita con la belleza de tus ojos. Luce casi tan bella como vos, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Te estoy muy agradecida, no merezco tanto, de verdad.</p>
<p>Angustias sabía que tenía al banquero donde había querido tenerlo desde que lo conoció, al alcance de sus artificios infinitamente violetas. Faltaba la estocada final, pensó la gaditana, pero el desarrollo de la celebración le indicó más tarde que no sería necesaria. Una vez cortada una torta de cumpleaños, cubierta de merengue y con trozos de durazno entre tres capas de bizcocho borracho de un licor adamascado y fino, Esteban Florián Giménez del Río no pudo soportar ya la presión interna de su pecho, y junto a una flamante sortija de oro y rubíes, ofreció a María de las Angustias Matalobos su corazón, su fortuna y su vida. Ella no tuvo que pensarlo dos veces, porque lo había pensado ya cientos y cientos desde que había decidido que el banquero era adecuado para ser su próximo marido, y rubricaron, allí mismo, con un tímido y fugaz primer beso en los labios la mejor alianza que ambos eran capaces de conseguir. Don Esteban pensó que debía pensar en deshacerse de sus concubinas. María de las Angustias deseó íntimamente que el financiero fuese tan bueno para el amor como para los negocios, mientras acariciaba distraídamente la esmeralda que pendía de su cuello, con una mano que lucía la sortija de oro y rubíes. El violinista arrancó un vals de las entrañas de su madera de pino y arce, agrediéndola con su arco de crines de caballo.</p>
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