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Capítulo Doce: Yarará

Posted in Matalobos on marzo 25th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

De todos los maridos que tuvo María de las Angustias Matalobos en su larga vida, Severino Garmendia y Guevara fue el que le duró menos. Fue por esa época en que sus hijos María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos comenzaron a creer en su destino incierto y cíclico de mantis religiosa, y nació en la familia la leyenda de viuda negra que acompañaría a María de las Angustias hasta el día de su muerte y más allá, oscureciendo su recuerdo.

A la mañana siguiente del desplante protagonizado en el convite de bodas por Alberto, María de las Angustias y Severino partieron en viaje de novios para visitar las Cataratas del Iguazú y la triple frontera, sin haber tenido oportunidad de consumar el matrimonio, ofuscados ambos por la primera riña familiar, y más ofuscado el uno cuanto más notaba la ofuscación del otro. La noche de bodas durmieron espalda contra espalda.

Angustias estaba profundamente disgustada por el enfrentamiento entre su hijo favorito y su nuevo marido, y masticando silenciosamente su disgusto inició un viaje demencial de dos días en tren y autobús, en el que tampoco encontraron intimidad ni remanso para reconciliarse como él deseaba y como ella exigía.

Por la mañana del tercer día de viaje, recalaron en un hotelito cercano a las cataratas. El buen tiempo y el calor disiparon el enfado de María de las Angustias con un rastro vaporoso de nubes blancas. Después de un desayuno tardío, se refrescó en el baño de la habitación y reapareció en el comedor del hotel con un fresco vestido estampado de gardenias y una capelina blanca, para protegerse del sol feroz con un velo delgado, casi transparente, que impedía el paso de los enormes y voraces mosquitos de la Mesopotamia Argentina. Abandonaron el hotel pasadas las once, mezclados en un variopinto grupo de turistas, guiados por un experto conocedor a sueldo, con intención de visitar las cataratas. Llegaron a la zona de paseo, donde un sendero protegido por una barandilla blanca permitía bordear la zona de jungla y admirar el espectáculo imponente de decenas de miles de metros cúbicos de agua precipitándose al vacío en un estruendo fragoroso de espuma fresca, que, siendo Angustias y Severino los que cerraban la comitiva, les impedía escuchar con claridad las explicaciones del guía.

Severino se colocó detrás de Angustias, dejando que sus cuerpos se rozasen, leve pero intencionadamente, y sintiéndose protegido por la caída ensordecedora de las aguas, y oculto por la distracción de los otros miembros de la comitiva, comenzó a tocarla, provocándola. Primero le deslizó suavemente un dedo sobre el nacimiento del cuello. Luego, más audaz, dejó deslizarse su mano sobre las nalgas de su mujer. Cuando los contactos dejaron de parecer cariñosos para ser indiscutiblemente sensuales, María de las Angustias giró sobre sí misma, riendo, y confrontó a su nuevo marido.

-      ¿Qué haces, Severino?

-      Es que no puedo más… Acordate, galleguita, que todavía no somos oficialmente marido y mujer. Lo somos ante Dios, pero no ante la Madre Naturaleza.

Riendo, María de las Angustias echó los brazos al cuello del mercader, que entre besos y caricias, lentamente, la fue separando del grupo, para internarse unos metros por un sendero escarpado en la selva colindante. “Nos vamos a perder”, protestó ella entre risas sofocadas por un intenso calor interno. “Es justo lo que quiero”, respondió él, levantándole el vestido hasta los muslos, acariciándola con paciencia dulce y delicadeza de orfebre. Llegaron a un pequeño claro entre los enormes árboles, y el extendió su chaqueta liviana sobre el pasto tierno húmedo de rocío, para recostar sobre ella a la gaditana, que reía y se entregaba al juego con espíritu festivo, feliz al darse cuenta de que no conservaba ni rastro de enfado. Se quitó la camisa y comenzó a besarla, recorriéndola con sus manos fuertes como sólo él sabía hacerlo. Después de tantos años de amores furtivos en la trastienda del barrio del once, la conocía mejor que ella misma. Angustias se supo entregada, desbordada por su propia humedad, que se mezclaba con el sudor fresco que el calor aplastante de la selva misionera les hizo aflorar rápidamente.

Severino, riendo de su propia ocurrencia, se puso ágilmente de pie, con intención de quitarse los pantalones blancos de hilo crudo que se había puesto para la excursión. Cuando los tenía por debajo de la rodilla, se percató de que conservaba los zapatos puestos, y haciendo un movimiento torpe para poder liberar el pie derecho, trastabilló y dio un mal paso hacia atrás, intentando conservar el equilibrio, con tan poca fortuna que pudo sentir la carne, del grosor de un brazo humano, de una hembra yarará de más de dos metros de longitud, antes de darse cuenta de que había tropezado. La enorme serpiente, sintiéndose asustada y agredida, giró sobre sí misma como una flecha, mientras Severino caía de rodillas, nuevamente sobre el cuerpo del reptil, que se levantó con fuerza. El mercader pudo adivinar su propia carne desgarrándose bajo los poderosos colmillos que el animal hundió en su muslo derecho tras un alzamiento inverosímil para un ser vivo que carece de piernas. Soltó un grito de dolor, y al intentar apartar a la serpiente de un manotazo, recibió una segunda mordedura en la mano, entre el pulgar y el índice. Severino rodó por el suelo con la serpiente aún aferrada a su mano, agitando el brazo con toda su fuerza, hasta que la carne cedió, rompiéndose tras el lastre de los más de catorce kilogramos de reptil, y el animal voló, despedido, un metro y medio, para huir en seguida, reptando entre los árboles, mientras el mercader, sin intentar contener las lágrimas que brotaban de sus ojos azules, se aferraba la mano, sangrando a borbotones, y Angustias gritaba y corría por el sendero en busca de auxilio.

*                             *                             *

En el hotel le pusieron paños fríos sobre la frente, y lo taparon con mantas para bajar la fiebre y sudar la calentura, que sumada al aire pesado de la selva se hacía insufrible. María de las Angustias, sin decirlo, se sintió internamente agradecida hacia el conserje del hotel, que tuvo el buen gusto de no preguntar cómo un hombre de sesenta años, sin camisa y con los pantalones por los tobillos, había sido mordido en dos oportunidades por una serpiente venenosa, y en cambio, al deducir de la descripción de la gaditana que se trataba de una yarará, dispuso todo lo necesario para atender al enfermo hasta la llegada del médico, que a pesar de ser llamado de urgencia no podría venir desde Resistencia hasta la mañana siguiente. Angustias se instaló junto a la cama de su marido, enjugando su frente sudorosa cada pocos minutos, mientras él se debatía entre vapores febriles y quejidos ahogados, semiinconsciente, con una respiración entrecortada que hacía temer un inminente fallo respiratorio.

Pasadas las seis de la tarde, el mercader estaba por completo hundido en un mundo privado y tenebroso, en el que se veía a sí mismo, joven y difuso, en un marco de tinieblas en las que solamente reconocía su propia voz, como un eco profundo en el vacío inconmensurable de su pecho. María de las Angustias sostenía entre sus manos la de él, y se esforzaba por no sucumbir al pánico animal que la acechaba desde el borde del cerco luminoso que su mirada violeta proyectaba, para intentar disipar las sombras en las que su hombre se hundía sin remedio. Le había improvisado un vendaje en la mano derecha, que constantemente se aflojaba, permitiendo que la pérdida de sangre continuase a un ritmo casi regular. La mordedura y el posterior forcejeo le habían destrozado los tendones, la carne y las arterias, y la sangría permanente, sumada al efecto del veneno lo hacía palidecer por momentos, dándole un aspecto de tísico terminal.

Angustias echó mano de todo su temple, y con un absoluto dominio de sí misma, se obligó a no dejar de hablarle. Por alguna razón intuía que debía impedir que se durmiese. Temía que sus esperanzas de vencer a la muerte solo tuviesen lugar durante la vigilia. Acariciándole distraídamente la mano sana, le habló en susurros de su Cádiz natal, de sol rojo y furioso de los atardeceres sobre el mar Mediterráneo, de la fragua incandescente de su padre, de los pies descalzos de sus hermanos, del pajar del establo del señor Ramírez Núñez, de su primer amor robado en una despensa oscura. Su propia voz la hizo sentir, por primera vez en muchos años, verdadera nostalgia de su tierra. Luego le contó cómo había sido expulsada, y cómo había masticado y derrotado a su propia vergüenza, para transformarla en orgullo con la fuerza imparable de su casta.

Cuando la tarde comenzó a caer, sabiéndose sola con el moribundo, María de las Angustias se sintió tocada por la reveladora certeza de estar viviendo un momento único, una oportunidad de redención a la que debía aferrarse. Inspirada por el amor que solamente entonces supo que sentía hacia aquél hombre de pelo cano y manos sabias, por única vez en su vida relató en voz alta cómo y por qué había asesinado al Capitán Ayala, y sabiendo que aunque sobreviviese, Severino Garmendia no recordaría nada, estando como estaba, chapoteando en sus propios sudores de fiebre y sopor, le relató con absoluto detalle los momentos de aquél sábado irreal en el que puso fin a su matrimonio y al a vida del militar, sorprendida por la precisión exacta de su propia memoria, por la riqueza de los detalles, por la presencia de los olores y los sonidos, por la mirada fantasma del Capitán, por el vapor de su último té y el vívido recuerdo del alarido de Matilda. El sol se escondía detrás de los edificios colindantes al hotel. María de las Angustias, aliviada por el bálsamo redentor de la confesión improvisada, se acercó a su marido agonizante y lo besó tierna y largamente en los labios. Luego, sin separarse de él, mientras le acariciaba suavemente el cabello, susurró: “Te cuento todo esto porque eres el único hombre al que de verdad he querido”.

Las lágrimas de la gaditana rozaron la piel cenicienta del rostro de Severino, que en ese instante, y durante un momento eterno y fugaz, recuperó el brillo de sus ojos, un chispazo de vida eléctrico y terminal. Alzó la cabeza, y mirándola con toda la ternura de la que era capaz, dijo con una voz tan dulce que no era de este mundo:

-      Yvette, francesita, sabía que ibas a volver.

Después, soltó a borbotones todo el aire que tenía en los pulmones, y vomitando una mezcla acuosa de bilis mezclada con sangre, entre estertores de tos y jadeos de asfixia, murió sin dar más explicaciones, en el mismo momento en que la noche invadía la habitación con una oscuridad sin tregua.

Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo

Posted in Matalobos on marzo 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 9 Comments

Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.

Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.

*                             *                             *

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Capítulo Diez: Compás de espera

Posted in Matalobos on marzo 11th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 10 Comments

María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.

Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.

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Capítulo Nueve: Caída en desgracia

Posted in Matalobos on marzo 4th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 15 Comments

El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.

El ocho de octubre, Angustias agradeció con su mejor sonrisa a Giovanni Rivoldi antes de descender del Ford T. Había comprado noventa y seis metros de tela de brocado color borravino, ornada con borlas doradas, para reemplazar las cortinas del salón principal, y regresaba a casa, feliz. Sin embargo, supo que algo no andaba bien al descubrir la silueta de su marido, de espaldas a ella, sentado a la enorme mesa de madera de quebracho que presidía el salón. Don Esteban estaba en una postura inconfundible de desesperación, la frente apoyada en ambas manos, los codos descansando sobre la mesa, a ambos lados de la edición matinal del periódico La Nación de ese mismo día. Angustias se acercó, ligeramente inquieta, y antes de besar a su marido, como planeaba hacer, pudo leer sobre el hombro del financiero el ingrato titular que encabezaba una nota a doble página: “El Banco Central ordena la intervención del Banco de Crédito Argentino”. En la línea siguiente, la entradilla del artículo revelaba: “Giménez del Río, acusado de malversación de fondos, fraude fiscal y ocho cargos menores”. Angustias sintió como toda su alegría se desvanecía, al tiempo que las rodillas amenazaban su estabilidad con una debilidad repentina y temblorosa. Ocupó la silla contigua a su marido y solo entonces lo buscó con la mirada. Advirtió en su rostro señales de llanto, y pudo descubrir, también, un ligero rastro de alivio.

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Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango

Posted in Matalobos on febrero 25th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.

En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.

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Capítulo Siete: Campanas de Boda

Posted in Matalobos on febrero 18th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 14 Comments

María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida Quintana, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.

-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.

-      Sí, madre.

-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?

-      Sí, madre.

-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.

-      ¿Qué es el inglés, madre?

-      No te preocupes por eso ahora.

-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en englés?

-      No, Rocío se quedará donde está.

Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.

*                             *                             *

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Capítulo Seis: Finanzas

Posted in Matalobos on febrero 11th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes inversores que formaban la masa de depósitos administrada por el Banco de Crédito Argentino.

-      La señora María de las Angustias Matalobos está aquí. Como no tiene cita, le pedí que esperara fuera.

-      Hágala pasar inmediatamente – dijo don Esteban, mientras se alisaba el chaleco y verificaba sus gemelos de oro con un gesto nervioso. – Y ofrézcale un té o un refresco, por el amor de Dios.

Don Esteban acababa de cumplir cuarenta y siete años y se sentía más joven que nunca. Una tuberculosis fulminante lo había dejado viudo diez años atrás, solamente tres años después de haberse casado con una vedette que por entonces triunfaba en Buenos Aires en el Teatro de Revistas. Por esa razón no había tenido hijos, pues aunque era un hombre al que no le faltaban ocasiones de frecuentar mujeres, estaba profundamente enamorado de su esposa cuando enviudó, y años más tarde se habituó a solucionar las urgencias del bajo vientre con encuentros ocasionales en los burdeles de la calle Corrientes abajo, cerca de su despacho, y las atenciones amorosas de dos amantes a las que mantenía en secreto en sendos apartamentos que poseía en Palermo Viejo. No pensaba en volver a enamorarse, y mucho menos en casarse, pero Angustias le había despertado un estado de ansiedad que ya no recordaba que pudiera sentir, y durante los escasos diez días transcurridos entre el aterrizaje del Plus Ultra y la prometida visita de la dama, había experimentado una novedosa crisis de insomnio, inapetencia e incómoda alternancia entre un estreñimiento doloroso y tenaz y una diarrea líquida e inoportuna que lo obligaba a permanecer a una distancia no superior a doce segundos a paso apresurado del retrete más cercano.

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Capítulo Cinco: Purgatorio y cenizas

Posted in Matalobos on febrero 4th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 4 Comments

Finalizaba la primavera de 1925. Pronto serían las navidades, y Angustias decidió que era momento de flexibilizar el luto riguroso que hasta entonces había mantenido por la muerte del Capitán. Ordenó a Matilda preparar el vestuario formal, en tonos oscuros que había encargado meses antes para el verano. Una vez levantado el luto, y aunque guardando las formas de viuda reciente, podría comenzar a recibir visitas masculinas sin necesidad de guardar apariencias. Era imperioso que así fuera.

Una vez enterrado al Capitán, el inventario de su herencia había sido francamente decepcionante. El chalet de Campana, dos pequeños departamentos desvencijados en el barrio de La Boca, frente al río y treinta y siete mil pesos moneda nacional en una cuenta de ahorros del Banco de la Nación Argentina. Angustias, con rapidez y discreción, había vendido las propiedades, pero la liquidez resultante tampoco sería suficiente para un largo período de tiempo.

Ya establecida su condición de viuda y finalizada la sucesión de los bienes del Capitán, Angustias comprendió que sería necesario un segundo matrimonio, esta vez lejos de las armas, que las cargaba el diablo. Decidió que debería ser un hombre mayor, sin hijos y con una buena posición económica y social. Con veintinueve años Angustias continuaba siendo una mujer extremadamente bella, y era considerada en sociedad como una persona de relativa alcurnia, finos modales y razonablemente acaudalada. Estaba segura de que no tardaría en encontrar nuevos pretendientes, y esta vez estaba decidida a elegir mejor. Al fin y al cabo, la juventud no sería eterna, y Angustias lo sabía muy bien.

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Capítulo Cuatro: Amarga venganza, pólvora y revancha

Posted in Matalobos on enero 28th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 10 Comments

El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. Don Severino regentaba un negocio de empeño de joyas en el barrio del Once, con la particularidad de que su servicio proporcionaba a los clientes una copia falsa, sin valor, de las joyas empeñadas, junto a una garantía sellada con silencio y miradas cómplices de discreción absoluta. Angustias era cliente habitual de la tienda desde antes de casarse con el Capitán, y muchas veces había empeñado y rescatado las mismas joyas en virtud de operaciones financieras que hacía con cierta regularidad, entre las que se contaban fuertes apuestas a las carreras de caballos, quinielas clandestinas y ocasionales compra y venta de bienes inmuebles. Se hicieron amantes durante el verano de 1922, en una época en la que Angustias perdió precisamente en el Hipódromo de Palermo, en una mala racha, buena parte de un dinero que el Capitán le había confiado con vistas a comprar una casa de fin de semana en los alrededores de la población de Campana. Cuando Angustias advirtió que ya no recuperaría el capital apostado, empeñó algunos de sus collares y gargantillas traídos de España y dos juegos de anillos y pendientes, regalo del Capitán, por una buena suma contante y sonante en pesos moneda nacional. Don Severino le proporcionó copias casi perfectas de todas las piezas. Dada la complejidad de la operación, se vieron con frecuencia durante algo más de un mes, y sin saber muy bien cómo, pasaron de los negocios a la amistad, y del consuelo a una mujer desesperada a revolcones frecuentes en los mediodías calurosos y polvorientos en la trastienda de don Severino.

Para entonces don Severino contaba cuarenta y nueve años muy bien vividos, y una elegancia mundana que encantaron a una Angustias espléndida en su juventud. Los unía la ambición sin límites, la falta de escrúpulos, el ejercicio de la doble moral cristiana y un gusto desmedido por los refinamientos sexuales. Angustias tenía en el Capitán un amante aburrido y poco imaginativo pero constante, mientras que con el Sargento Primero Lucio Campagnuolo disfrutaba de la potencia masculina de sus brazos y el ímpetu inagotable de sus caderas. Don Severino era de origen francés, y gustaba de tomar baños de sales en compañía y de vivir la desnudez como algo natural. Cuidaba su alimentación y una hora diaria de ejercicio le proporcionaba un cuerpo fibroso y entrenado. Era metódico y pausado para el amor, y si bien no solía tener más de un orgasmo durante sus encuentros, Angustias siempre alcanzaba el clímax repetidas veces. El era un hombre que gestionaba la excitación sexual, imponiendo ritmos que aceleraba y pausaba a su antojo para retrasar el final.

*                             *                             *

El Capitán regresó dos días antes de lo previsto. Angustias estaba en el salón repasando los informes del progreso escolar de María del Rocío, que las monjas enviaban rigurosamente cada mes, después de recibir el correspondiente emolumento, cuando lo escuchó cerrar la puerta de calle, desprender el sable del cinto para colgarlo en el perchero del recibidor y entrar el salón con paso cansado y una expresión de circunstancia en el rostro.

-      Llegas pronto. ¿Ha pasado algo? – preguntó Angustias, decodificando al instante el gesto amargo de su marido.

-      Hubo un accidente. Un accidente trágico.

El Capitán avanzó con parsimonia hacia el sofá, sin dejar de observar a María de las Angustias, que sintió una herida en el pecho, intuyendo la desgracia en un instante eterno, como sólo las mujeres saben hacerlo. Tuvo que apelar a lo mejor de sí misma para mantener el control, y con la voz sostenida a fuerza de voluntad, preguntó:

-      ¿Qué tan trágico, Justo? Tú estás bien, por lo que veo.

-      Sí, no es eso. Estábamos haciendo prácticas de infantería. Había dividido al regimiento en dos equipos, y el objetivo era tomar posesión del embarcadero de la laguna. Las maniobras se realizaron después del anochecer. Se suponía que las armas estaban descargadas, pero en el momento en el que los dos pelotones se dispersaban entre los árboles, hubo una situación confusa. Se oyó un disparo, y para cuando llegué allí el Sargento Campagnuolo ya estaba muerto.

Angustias no pudo contener un gesto breve, apenas una aspiración profunda de aire. Se llevó la mano derecha a la boca, y tuvo que apelar a toda su fortaleza.

-      ¡Qué horror! ¡Un hombre tan joven!

-      Eso no es todo. La bala le entró limpiamente en el centro de la nuca. Por las quemaduras de la herida creemos que el disparo se realizó a menos de dos metros de distancia, completamente a quemarropa.

-      ¿Se sabe quién ha sido?

-      No. Lo más raro de todo es que encontramos el subfusil que disparó a tres metros del cadáver. Era el del Sargento Campagnuolo.

Mientras hablaba, el Capitán Ayala no dejó de mirar fijamente a los ojos a Angustias, esperando encontrar un signo que revelase la verdad, un rastro de dolor o de arrepentimiento, una evidencia inequívoca de culpa. Cuando hubo terminado, Angustias, impasible, dijo:

-      Es una verdadera lástima, parecía un buen hombre, con una niña pequeña… ¡No hay derecho! ¿Qué quieres para cenar? Diré a Matilda que lo prepare.

*                             *                             *

Fue durante el invierno de 1923, inmediatamente después de la muerte del Sargento Campagnuolo, que Angustias adoptó la costumbre del encerrarse en el baño a fumar tabaco negro de enrollar. El Capitán lo sabía, pero jamás lo mencionó. Así como sabía perfectamente que no era propio de damas fumar, también entendía que no lo era de caballeros hablar del asunto. Angustias había controlado su rabia mientras el Capitán le relataba la muerte del Sargento. Sabía que él esperaba que ella se quebrase para saber si sus sospechas eran ciertas, pero ella le negó ese desquite. La primera vez que se encerró en el baño a fumar lo hizo con intención de llorar en paz. Había visto muchas veces al Capitán liando tabaco, y pensaba que sería más fácil. Al cabo de diez minutos consiguió armar un cigarro panzudo como un caramelo y que amenazaba despegarse. Mientras luchaba con el papel y las hebras de tabaco, pensaba en el Sargento, en su jovencísima esposa y su hijita. La pensión de los militares le alcanzaría para vivir.

Al momento de encender el cigarro, se dio cuenta de que no estaba llorando, como era la intención inicial. Buscó en su interior las lágrimas que no había podido derramar frente al Capitán y no las encontró. El humo le enrojecía los ojos y el pecho le dolía durante los espasmos de una tos seca que el fuerte tabaco del Capitán le produjo durante las primeras caladas, pero aún así fue incapaz de soltar una sola lágrima. Entonces supo que nunca había querido al Sargento, que no era más que un alimento para su vanidad. Aplastó la colilla a medio fumar y se sintió ridícula. A pesar de que el Capitán no estaba en casa fumaba sola en el baño. Se dijo a sí misma que era para que no la viese el servicio, pero íntimamente sabía que el servicio le era leal, que no haría preguntas, y que en cualquier caso le importaba muy poco lo que pensaran de ella. Sentía rabia. Una rabia profunda, más parecida a una rabieta de niño que al dolor de una mujer que ha perdido a su amante. Estaba segura de que el disparo lo había hecho el Capitán. Y sabía que para él, era la solución perfecta: Muerto el perro, muerta la rabia, solía decir. Los hombres tenían muy poco tacto para solucionar las cosas, especialmente los militares. El Capitán sabía poco de hablar y mucho de eliminar los problemas a tiros. En el fondo, sabía que la muerte del Sargento era culpa suya, pero junto con la capacidad de llorar, Angustias había perdido el camino de vuelta a los remordimientos. Era una mujer hecha a sí misma. A ella nadie la había ayudado. No importaba cuántas veces Dios la pusiese a prueba, ella era más fuerte. Siempre se levantaría una vez más.

Tras cerrar la puerta del baño, respiró profundo y con un gesto nervioso acomodó su vestido largo. Se limpió la nariz con un pañuelo que luego guardó en su manga y ordenó enviar una corona a la viuda del Sargento, a la que adjuntó una esquela escrita de su puño y letra, enviando las más sentidas condolencias de parte del Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala y esposa. Con un gesto de su mano izquierda sobre la frente, dio por cerrado el episodio del Sargento Primero Lucio Campagnuolo en su vida. No volvió a pensar en él como hombre de dormitorio, y reservó un lugar en el desván de su memoria para los buenos momentos vividos, pero no permitió que la rabia la abandonase. No tenía que ver con el Sargento, era algo entre ella y el Capitán.

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Entraba el otoño de 1924. Era una época del año en la que la casa se trastornaba ligeramente. El servicio preparaba la ropa de verano en baúles con naftalina para guardarla en los altillos hasta la próxima primavera, y a su vez desempolvaba la ropa de otoño e invierno de la temporada anterior, sepultando la casa entera bajo una nube de partículas en suspenso. La ropa olía a encierro y a polvo, a pesar del celo con el que había sido guardada, y por eso Angustias era inflexible en cuanto a que todas las prendas, fueran a usarse o no, pasaran por el tinte.

Aprovechando que la casa se ponía patas arriba, se hacía una limpieza a fondo de la cocina, se movían los muebles del salón, se daban vuelta los pesados colchones de lana y muelles de hierro y se limpiaba a conciencia el estudio del Capitán. Angustias sabía que una vez finalizado el proceso, el Capitán tenía por costumbre limpiar y engrasar su colección de sables y carabinas. Mientras el servicio se ajetreaba entre el altillo y la alcoba principal, Angustias dirigía la operación recorriendo las habitaciones, escoltada por Matilda, desparramando instrucciones y agregando tareas a medida que se le ocurrían, ordenando y contraordenado a ritmo sincopado. Como cada año, entró al estudio del Capitán con la intención de hacer un inventario visual de los objetos pesados y muebles que habría que mover y limpiar. Mientras verificaba los trofeos de esgrima del Capitán, reparó en el armario de las armas de fuego. No le gustaban las armas, nunca lo había abierto. Esta vez lo hizo, e inmediatamente se sintió atacada por un olor de encierro metálico, grasa y madera barnizada. Lo recorrió con la mirada y contó hasta doce escopetas. Angustias no conocía la diferencia entre un subfusil reglamentario y una carabina de caza de corto alcance, pero por alguna razón escogió esta última. En el estante superior había varias cajas de balas apiladas en perfecto orden. Pasó algunos minutos estudiando el mecanismo para abrir y cerrar la cámara de munición y aprendiendo a montar y desmontar el percutor y el seguro. Aquél aparato no era sencillo. Quitar una vida no era sencillo, alcanzó a pensar.

Probó sin suerte munición de las dos primeras cajas, hasta que al abrir la tercera, la bala pareció encajar en la recámara. Deslizó la traba lateral hasta que escuchó el clic que indicaba que la munición estaba en su sitio, montó el percutor y destrabó el seguro. Repasó el arma con la vista, asegurándose de que estaba lista para disparar, y volvió a colgarla con las demás.

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La bala le reventó el globo ocular derecho, astillando el borde de la cuenca ósea del ojo y produciendo un orificio de forma irregular de salida en la coronilla, de tres centímetros de diámetro. Antes de que los restos de su materia gris esparcida por el aire manchasen las paredes y la moqueta, el Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala, en un chispazo de lucidez que duró un milisegundo, alcanzó a saber que estaba muerto.

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Era sábado, y Angustias sabía que muy probablemente ese fuera el día elegido por el Capitán para limpiar sus armas. Se aseguró de que el servicio estuviera presente, y en cuanto el Capitán se dirigió a su estudio le hizo llevar una taza de té cargado con un chorrito de leche. Matilda dejó la taza sobre el escritorio del estudio mientras el Capitán comenzaba a limpiar y afilar el sable de su uniforme de gala.

-      El Capitán no quiere ser molestado durante algunas horas, Señora.

Angustias hizo un gesto con la mano, para dar a entender a la india que había tomado nota mental de la solicitud del Capitán. El corazón le latía con fuerza, ensordeciéndola, y por un instante pensó en inventar una excusa para sacar al Capitán del estudio y rescatar la bala que lo esperaba en la carabina calibre 22. Entonces recordó la delicia de sus dedos recorriendo el vello del pecho del Sargento Campagnuolo, la excitación que le producía siempre el primer contacto de sus manos alrededor del pene del soldado y su sabor amargo. Recordó las tardes en el hotel Avenida, desnudos ambos, disfrutándose sin culpas ni complejos. Luego pensó en Severino Garmendia y en las piezas que ya no tenía esperanzas de rescatar porque no conseguía generar recursos genuinos para pagar al prestamista, que a pesar de ser amante y buen amigo suyo, mantenía una política de negocios estricta e inquebrantable.

-      Cuando jodemos, jodemos, y cuando laburamos, laburamos, – Le decía Severino cada vez que Angustias hablaba de las joyas. – pero no te preocupés, galleguita, que tus piedras están seguras conmigo.

Pensó en el patrimonio del Capitán, que le permitiría recuperar sus tesoros. Sabía que Justo Rafael Ayala más de una vez había salido beneficiado, a finales de la presidencia de Hipólito Yrigoyen, entre 1921 y 1922, de operaciones poco claras en las que Anarquistas de la Patagonia Rebelde1, inexplicablemente, vendían a última hora sus casas en Buenos Aires o su tierras en el sur a los oficiales a cargo de su propio pelotón de fusilamiento. Las operaciones se realizaban en los centros de detención, con el visto bueno de los escribanos del ejército, y aunque constaban en la documentación de la transacción los importes, avalados porque en ese mismo acto los escribanos daban fe, el dinero nunca llegaba a las viudas. Parece que los rebeldes tenían una extraña afición a dilapidar su dinero horas antes de morir.

Angustias se dirigió a la cocina, con intención de prepararse un té. Matilda estaba en ese momento colocando la vajilla de diario en su sitio, cuando en el silencio de la casa retumbó el sonido de un disparo.


  1. La Patagonia rebelde o la Patagonia trágica es un evento protagonizado por los trabajadores anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina y que fueron reprimidos por el Ejército Argentino en el año 1921. Ver La Patagonia Rebelde

Capítulo Tres: Celebraciones

Posted in Matalobos on enero 21st, 2010 by Federico Firpo Bodner – 14 Comments

La celebración de las navidades fue ese año la más fastuosa que los niños Ramírez Matalobos habían vivido hasta entonces. El Capitán Ayala, feliz por su matrimonio y satisfecho por tener por primera vez en su vida una sexualidad sino excitante, al menos regular y fluida, decidió que la ocasión bien merecía el gasto. Durante las dos semanas previas la casa fue presa de una actividad febril de preparación a contrarreloj. Matilda iba y venía, comprobaba la mantelería, repasaba la plata y los bronces, discutía precios y fechas con los distintos proveedores de comida y bebida, mientras María de las Angustias verificaba los encargos de flores, la disposición de las mesas en el patio, la lista de invitados y el envío de las tarjetas blancas y doradas que participaban a la fiesta. El Capitán pagaba y asistía con asombro y desconcierto a los preparativos, que excedían por completo el límite marcial de su imaginación.

Celebraron una fiesta que convocó a varias docenas de personas, entre ellas miembros del ejército con sus familias y algunos viejos amigos del Capitán, mientras Buenos Aires los asfixiaba con una noche de treinta y ocho grados centígrados dentro de unos uniformes de gala que la etiqueta exigía. Al mejor estilo tradicional europeo, se sirvieron entrantes compuestos de una gran variedad de frutos secos, patés de hígado de pato y oca acompañados de vino blanco y espumoso. Un plato principal de pavo relleno y ensalada de patatas protagonizó la cena. Los turrones de Alicante y Jijona y el pan dulce de frutas abrillantadas con azúcar a los postres se hacían imposibles de masticar, y no fue otra cosa que el carácter castrense de los invitados, habituados a soportar condiciones extremas de supervivencia, lo que consiguió que la noche fuese un éxito social.

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