Capítulo Doce: Yarará
Posted in Matalobos on marzo 25th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments
De todos los maridos que tuvo María de las Angustias Matalobos en su larga vida, Severino Garmendia y Guevara fue el que le duró menos. Fue por esa época en que sus hijos María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos comenzaron a creer en su destino incierto y cíclico de mantis religiosa, y nació en la familia la leyenda de viuda negra que acompañaría a María de las Angustias hasta el día de su muerte y más allá, oscureciendo su recuerdo.
A la mañana siguiente del desplante protagonizado en el convite de bodas por Alberto, María de las Angustias y Severino partieron en viaje de novios para visitar las Cataratas del Iguazú y la triple frontera, sin haber tenido oportunidad de consumar el matrimonio, ofuscados ambos por la primera riña familiar, y más ofuscado el uno cuanto más notaba la ofuscación del otro. La noche de bodas durmieron espalda contra espalda.
Angustias estaba profundamente disgustada por el enfrentamiento entre su hijo favorito y su nuevo marido, y masticando silenciosamente su disgusto inició un viaje demencial de dos días en tren y autobús, en el que tampoco encontraron intimidad ni remanso para reconciliarse como él deseaba y como ella exigía.
Por la mañana del tercer día de viaje, recalaron en un hotelito cercano a las cataratas. El buen tiempo y el calor disiparon el enfado de María de las Angustias con un rastro vaporoso de nubes blancas. Después de un desayuno tardío, se refrescó en el baño de la habitación y reapareció en el comedor del hotel con un fresco vestido estampado de gardenias y una capelina blanca, para protegerse del sol feroz con un velo delgado, casi transparente, que impedía el paso de los enormes y voraces mosquitos de la Mesopotamia Argentina. Abandonaron el hotel pasadas las once, mezclados en un variopinto grupo de turistas, guiados por un experto conocedor a sueldo, con intención de visitar las cataratas. Llegaron a la zona de paseo, donde un sendero protegido por una barandilla blanca permitía bordear la zona de jungla y admirar el espectáculo imponente de decenas de miles de metros cúbicos de agua precipitándose al vacío en un estruendo fragoroso de espuma fresca, que, siendo Angustias y Severino los que cerraban la comitiva, les impedía escuchar con claridad las explicaciones del guía.
Severino se colocó detrás de Angustias, dejando que sus cuerpos se rozasen, leve pero intencionadamente, y sintiéndose protegido por la caída ensordecedora de las aguas, y oculto por la distracción de los otros miembros de la comitiva, comenzó a tocarla, provocándola. Primero le deslizó suavemente un dedo sobre el nacimiento del cuello. Luego, más audaz, dejó deslizarse su mano sobre las nalgas de su mujer. Cuando los contactos dejaron de parecer cariñosos para ser indiscutiblemente sensuales, María de las Angustias giró sobre sí misma, riendo, y confrontó a su nuevo marido.
- ¿Qué haces, Severino?
- Es que no puedo más… Acordate, galleguita, que todavía no somos oficialmente marido y mujer. Lo somos ante Dios, pero no ante la Madre Naturaleza.
Riendo, María de las Angustias echó los brazos al cuello del mercader, que entre besos y caricias, lentamente, la fue separando del grupo, para internarse unos metros por un sendero escarpado en la selva colindante. “Nos vamos a perder”, protestó ella entre risas sofocadas por un intenso calor interno. “Es justo lo que quiero”, respondió él, levantándole el vestido hasta los muslos, acariciándola con paciencia dulce y delicadeza de orfebre. Llegaron a un pequeño claro entre los enormes árboles, y el extendió su chaqueta liviana sobre el pasto tierno húmedo de rocío, para recostar sobre ella a la gaditana, que reía y se entregaba al juego con espíritu festivo, feliz al darse cuenta de que no conservaba ni rastro de enfado. Se quitó la camisa y comenzó a besarla, recorriéndola con sus manos fuertes como sólo él sabía hacerlo. Después de tantos años de amores furtivos en la trastienda del barrio del once, la conocía mejor que ella misma. Angustias se supo entregada, desbordada por su propia humedad, que se mezclaba con el sudor fresco que el calor aplastante de la selva misionera les hizo aflorar rápidamente.
Severino, riendo de su propia ocurrencia, se puso ágilmente de pie, con intención de quitarse los pantalones blancos de hilo crudo que se había puesto para la excursión. Cuando los tenía por debajo de la rodilla, se percató de que conservaba los zapatos puestos, y haciendo un movimiento torpe para poder liberar el pie derecho, trastabilló y dio un mal paso hacia atrás, intentando conservar el equilibrio, con tan poca fortuna que pudo sentir la carne, del grosor de un brazo humano, de una hembra yarará de más de dos metros de longitud, antes de darse cuenta de que había tropezado. La enorme serpiente, sintiéndose asustada y agredida, giró sobre sí misma como una flecha, mientras Severino caía de rodillas, nuevamente sobre el cuerpo del reptil, que se levantó con fuerza. El mercader pudo adivinar su propia carne desgarrándose bajo los poderosos colmillos que el animal hundió en su muslo derecho tras un alzamiento inverosímil para un ser vivo que carece de piernas. Soltó un grito de dolor, y al intentar apartar a la serpiente de un manotazo, recibió una segunda mordedura en la mano, entre el pulgar y el índice. Severino rodó por el suelo con la serpiente aún aferrada a su mano, agitando el brazo con toda su fuerza, hasta que la carne cedió, rompiéndose tras el lastre de los más de catorce kilogramos de reptil, y el animal voló, despedido, un metro y medio, para huir en seguida, reptando entre los árboles, mientras el mercader, sin intentar contener las lágrimas que brotaban de sus ojos azules, se aferraba la mano, sangrando a borbotones, y Angustias gritaba y corría por el sendero en busca de auxilio.
* * *
En el hotel le pusieron paños fríos sobre la frente, y lo taparon con mantas para bajar la fiebre y sudar la calentura, que sumada al aire pesado de la selva se hacía insufrible. María de las Angustias, sin decirlo, se sintió internamente agradecida hacia el conserje del hotel, que tuvo el buen gusto de no preguntar cómo un hombre de sesenta años, sin camisa y con los pantalones por los tobillos, había sido mordido en dos oportunidades por una serpiente venenosa, y en cambio, al deducir de la descripción de la gaditana que se trataba de una yarará, dispuso todo lo necesario para atender al enfermo hasta la llegada del médico, que a pesar de ser llamado de urgencia no podría venir desde Resistencia hasta la mañana siguiente. Angustias se instaló junto a la cama de su marido, enjugando su frente sudorosa cada pocos minutos, mientras él se debatía entre vapores febriles y quejidos ahogados, semiinconsciente, con una respiración entrecortada que hacía temer un inminente fallo respiratorio.
Pasadas las seis de la tarde, el mercader estaba por completo hundido en un mundo privado y tenebroso, en el que se veía a sí mismo, joven y difuso, en un marco de tinieblas en las que solamente reconocía su propia voz, como un eco profundo en el vacío inconmensurable de su pecho. María de las Angustias sostenía entre sus manos la de él, y se esforzaba por no sucumbir al pánico animal que la acechaba desde el borde del cerco luminoso que su mirada violeta proyectaba, para intentar disipar las sombras en las que su hombre se hundía sin remedio. Le había improvisado un vendaje en la mano derecha, que constantemente se aflojaba, permitiendo que la pérdida de sangre continuase a un ritmo casi regular. La mordedura y el posterior forcejeo le habían destrozado los tendones, la carne y las arterias, y la sangría permanente, sumada al efecto del veneno lo hacía palidecer por momentos, dándole un aspecto de tísico terminal.
Angustias echó mano de todo su temple, y con un absoluto dominio de sí misma, se obligó a no dejar de hablarle. Por alguna razón intuía que debía impedir que se durmiese. Temía que sus esperanzas de vencer a la muerte solo tuviesen lugar durante la vigilia. Acariciándole distraídamente la mano sana, le habló en susurros de su Cádiz natal, de sol rojo y furioso de los atardeceres sobre el mar Mediterráneo, de la fragua incandescente de su padre, de los pies descalzos de sus hermanos, del pajar del establo del señor Ramírez Núñez, de su primer amor robado en una despensa oscura. Su propia voz la hizo sentir, por primera vez en muchos años, verdadera nostalgia de su tierra. Luego le contó cómo había sido expulsada, y cómo había masticado y derrotado a su propia vergüenza, para transformarla en orgullo con la fuerza imparable de su casta.
Cuando la tarde comenzó a caer, sabiéndose sola con el moribundo, María de las Angustias se sintió tocada por la reveladora certeza de estar viviendo un momento único, una oportunidad de redención a la que debía aferrarse. Inspirada por el amor que solamente entonces supo que sentía hacia aquél hombre de pelo cano y manos sabias, por única vez en su vida relató en voz alta cómo y por qué había asesinado al Capitán Ayala, y sabiendo que aunque sobreviviese, Severino Garmendia no recordaría nada, estando como estaba, chapoteando en sus propios sudores de fiebre y sopor, le relató con absoluto detalle los momentos de aquél sábado irreal en el que puso fin a su matrimonio y al a vida del militar, sorprendida por la precisión exacta de su propia memoria, por la riqueza de los detalles, por la presencia de los olores y los sonidos, por la mirada fantasma del Capitán, por el vapor de su último té y el vívido recuerdo del alarido de Matilda. El sol se escondía detrás de los edificios colindantes al hotel. María de las Angustias, aliviada por el bálsamo redentor de la confesión improvisada, se acercó a su marido agonizante y lo besó tierna y largamente en los labios. Luego, sin separarse de él, mientras le acariciaba suavemente el cabello, susurró: “Te cuento todo esto porque eres el único hombre al que de verdad he querido”.
Las lágrimas de la gaditana rozaron la piel cenicienta del rostro de Severino, que en ese instante, y durante un momento eterno y fugaz, recuperó el brillo de sus ojos, un chispazo de vida eléctrico y terminal. Alzó la cabeza, y mirándola con toda la ternura de la que era capaz, dijo con una voz tan dulce que no era de este mundo:
- Yvette, francesita, sabía que ibas a volver.
Después, soltó a borbotones todo el aire que tenía en los pulmones, y vomitando una mezcla acuosa de bilis mezclada con sangre, entre estertores de tos y jadeos de asfixia, murió sin dar más explicaciones, en el mismo momento en que la noche invadía la habitación con una oscuridad sin tregua.
Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.
María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.
El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana. Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.
1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.
Una secretaria, vistiendo un uniforme impecable y liso de color azul Francia, le ofreció un asiento para que esperase, mientras se dirigía al despacho presidido por un enorme escritorio de madera noble, desde el que don Esteban Florián Giménez del Río gobernaba con rudeza y moderados escrúpulos los destinos de los pequeños ahorradores y grandes inversores que formaban la masa de depósitos administrada por el Banco de Crédito Argentino.
Finalizaba la primavera de 1925. Pronto serían las navidades, y Angustias decidió que era momento de flexibilizar el luto riguroso que hasta entonces había mantenido por la muerte del Capitán. Ordenó a Matilda preparar el vestuario formal, en tonos oscuros que había encargado meses antes para el verano. Una vez levantado el luto, y aunque guardando las formas de viuda reciente, podría comenzar a recibir visitas masculinas sin necesidad de guardar apariencias. Era imperioso que así fuera.
El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. Don Severino regentaba un negocio de empeño de joyas en el barrio del Once, con la particularidad de que su servicio proporcionaba a los clientes una copia falsa, sin valor, de las joyas empeñadas, junto a una garantía sellada con silencio y miradas cómplices de discreción absoluta. Angustias era cliente habitual de la tienda desde antes de casarse con el Capitán, y muchas veces había empeñado y rescatado las mismas joyas en virtud de operaciones financieras que hacía con cierta regularidad, entre las que se contaban fuertes apuestas a las carreras de caballos, quinielas clandestinas y ocasionales compra y venta de bienes inmuebles. Se hicieron amantes durante el verano de 1922, en una época en la que Angustias perdió precisamente en el Hipódromo de Palermo, en una mala racha, buena parte de un dinero que el Capitán le había confiado con vistas a comprar una casa de fin de semana en los alrededores de la población de Campana. Cuando Angustias advirtió que ya no recuperaría el capital apostado, empeñó algunos de sus collares y gargantillas traídos de España y dos juegos de anillos y pendientes, regalo del Capitán, por una buena suma contante y sonante en pesos moneda nacional. Don Severino le proporcionó copias casi perfectas de todas las piezas. Dada la complejidad de la operación, se vieron con frecuencia durante algo más de un mes, y sin saber muy bien cómo, pasaron de los negocios a la amistad, y del consuelo a una mujer desesperada a revolcones frecuentes en los mediodías calurosos y polvorientos en la trastienda de don Severino.
Era sábado, y Angustias sabía que muy probablemente ese fuera el día elegido por el Capitán para limpiar sus armas. Se aseguró de que el servicio estuviera presente, y en cuanto el Capitán se dirigió a su estudio le hizo llevar una taza de té cargado con un chorrito de leche. Matilda dejó la taza sobre el escritorio del estudio mientras el Capitán comenzaba a limpiar y afilar el sable de su uniforme de gala.



