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Capítulo Dos: Negocios

Posted in Matalobos on enero 14th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 12 Comments

Avenida de Mayo (1920)

El Capitán Justo Rafael Ayala la visitaba tres tardes por semana, precedido por su fragancia efímera de agua de colonia. Para el inicio de 1920, María de las Angustias había comprado una casa de dos plantas en el barrio de San Pedro Telmo. Desde su llegada a Buenos Aires, Angustias había contado con la inestimable ayuda del Capitán para instalarse y comenzar su nueva vida. Había sido él quien encaminara los trámites de la documentación de la gaditana y sus dos hijos, y se había encargado personalmente de premiar la desinteresada intervención de los funcionarios de inmigración con varios doblones de plata provenientes de las arcas del señor Ramírez. Había sido el Capitán, también, quien la introdujo en la vida pública de la alta sociedad bonaerense, y quien la asesoró y guió en la compra de la casa. María de las Angustias sabía que más tarde o más temprano sus recursos genuinos se agotarían. La aterraba la idea de no poder conservar la posición social con la que había llegado de España, sostenida únicamente por la solvencia de su mermado cofre. La única solución plausible era un matrimonio ventajoso, que consolidara su posición social y económica. Con ese objetivo permitía al Capitán, un hombre veinte años mayor que ella y extremadamente aburrido, cortejarla regularmente a golpe de flores, tés europeos de contrabando que su posición en el ejército de tierra le permitía conseguir con frecuencia y chocolates y caramelos de la confitería El Molino.

El Capitán llegaba al atardecer y ambos se sentaban en el patio interior de la casa de Angustias. El cortejo era especialmente lento y difícil, a causa del carácter marcial del Capitán, su timidez congénita, su falta de habilidad para la conversación y el bullicio permanente de los niños jugando en el patio y en las habitaciones de la planta baja. Matilda, una india de las provincias del norte que profesaba una devoción y fidelidad sin límites hacia su dueña, desde que ésta la rescatase de un penoso episodio de hurto en el mercado de frutas y verduras de San Pedro Telmo, les preparaba y servía el té, mientras el Capitán narraba pausadamente historias aburridas sobre la influencia del ejército en la vida política del país, maniobras de prácticas de guerra o anécdotas castrenses sin ninguna gracia. Angustias fingía interés con la misma precisión con la que luego fingiría pasión en el lecho conyugal, ensayando mohines con los labios fruncidos y risas tímidas acompañadas de caídas de sus ojos violetas enmarcados en pestañas infinitas. El Capitán estaba loco por ella, por su belleza fresca, su risa musical y franca, sus modales castizos, su talle esbelto, realzado con miriñaques traídos de España y vestidos de corte noble, su acento indiscutiblemente español y el carácter fuerte con el que pronunciaba las zetas y las ces. Le deslumbraba  el gesto adusto con el que empuñaba el abanico, y la alegría con la que, algunas tardes en las que una copa de vino dulce le alegraba el carácter, Angustias cantaba para él sevillanas, con el solo acompañamiento de sus castañuelas. Después de acostar a los niños, Matilda les servía una cena frugal en el salón, y antes de las nueve y media el Capitán marchaba a casa. Los meses pasaban, uno tras otro, y el Capitán no avanzaba en su torpe artificio de seducción. Continuaba tratándola de usted, y no aparecía en su conversación nada que invitase a intimar. Angustias pensaba que él no terminaba de convencerse de que ella fuese una mujer adecuada para el matrimonio, pero la verdad era que simplemente él no sabía cómo avanzar. Su instinto militar, agudo para la guerra y la vida entre hombres, no encontraba el camino para abrirse paso hacia el corazón de una mujer. Su experiencia anterior, casi enteramente adquirida en los burdeles del centro, no aportaba demasiada información sobre el arte de la seducción. Los temas de conversación eran tan poco personales que ni siquiera le daban a ella oportunidad de dejarse enamorar, de invitarlo, de entreabrir una puerta para que él pudiese descubrirla. Por otra parte, la presencia constante del Capitán impedía que otros hombres se atreviesen a cortejarla.

Finalmente, una tarde de Mayo de 1920, Angustias decidió tomar el toro por los cuernos, y por primera vez usó un tono íntimo para dirigirse al Capitán.

-      Dime una cosa, Justo.- Lo llamó adrede por su nombre de pila.- ¿Cómo es que no te has casado aún?

-      La vida militar es muy difícil, Angustias… – respondió él, tras un titubeo que le permitió reponerse de la sorpresa.- Y supongo que todavía no conocí a la dama apropiada… que no había conocido a la dama apropiada. – Ella rió del desconcierto del Capitán. Se volvió hacia él y lo miró profundamente a los ojos, bajando ligeramente el rostro, en un ángulo en el que sabía que su mirada resultaba penetrante y profunda.

-      ¿Y crees que cuando aparezca sabrás reconocerla? – poniendo sus manos sobre la mesa, invitando al Capitán al contacto. – ¿Acaso sabes cómo es una dama apropiada?

-      No quisiera ser atrevido, Angustias, – el bigote marcial temblaba sobre los labios del Capitán. – pero creo que ya apareció, creo que es usted.

-      ¿Lo crees o lo sabes, Justo? Porque si solamente lo crees, aún no es momento de hablar de ello. Si, por el contrario, lo sabes, te diré entonces qué es lo que dice mi corazón. – fue Angustias quien, al finalizar la frase, tomó entre las suyas la mano del Capitán, esforzándose por conseguir un sonrojo pálido y tímido que no sentía. El militar, tragando saliva, respondió sin embargo sin dudarlo, al tiempo que correspondía la caricia de la andaluza con su mano libre.

-      Lo sé, Angustias. Hace tiempo que lo sé.

-      Pues debías habérmelo dicho. El corazón de una mujer joven es impaciente y caprichoso.

María de las Angustias saboreó silenciosamente su victoria durante el resto de la tarde. Cuando el Capitán, también visiblemente aliviado, le tendió la mano para despedirse, como era su costumbre, ella le echó los brazos al cuello, poniéndose de puntillas para buscar sus labios. El militar reaccionó torpemente y con sorpresa, moviendo nerviosamente la cabeza, y el primer intento de beso falleció trágicamente contra su bigote.

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Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)

Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)

La boda se celebró a finales de septiembre de 1920, coincidiendo la llegada de la primavera, en un Buenos Aires repleto de jacarandás florecidos y agujeros en las calles, debido a la construcción de la segunda línea del tranvía subterráneo. El Capitán Ayala pasó los días previos al enlace presa de una ansiedad que ni siquiera las maniobras del ejército de tierra le producían. Era un malestar vago y desconocido, casi travieso, que se manifestaba claramente con una punzada en el hígado, o con migrañas poderosas directamente en el centro del cerebro. A veces un dolor agudo en el brazo izquierdo le hacía temer la posibilidad de un ataque al corazón. El Capitán era un hombre fuerte, adiestrado para enfrentar lo difícil, de carácter decidido y seguro de sí mismo, pero el mundo femenino le resultaba hostil, poco previsible. Era para él como atravesar un barrizal calzado con alpargatas. No funcionaban las estrategias ni los ataques francos, había que ser sutil, complicado y sofisticado.

Asiduo de los burdeles del centro, ni siquiera se quitaba las polainas para un polvo de compromiso que mantuviera a raya la tensión erótica de los últimos meses; y que la mayoría de las veces ejecutaba casi sentado, de forma precisa, con la señorita alquilada sobre él en una cama sin deshacer y los pantalones enrollados de cualquier manera sobre las rodillas. Angustias se había empleado a fondo para enloquecer al Capitán, y si bien no le había permitido compartir su cama antes de la boda, se entregaba con frecuencia a prolongadas sesiones de besos y manoseos en el salón, una vez que el servicio se hubiese retirado. El Capitán sudaba, atormentado por los vapores narcóticos de la calefacción de queroseno. Luchaba con torpeza durante treinta o cuarenta minutos con los pollerines de encaje y los miriñaques de alambre, mientras Angustias calculaba cómo urgirlo, cómo desquiciarlo, lentamente y sin piedad. Lo besaba en el cuello, con mordisquitos traviesos de besadora experta. Más de una vez inició una masturbación lenta, frotada sobre la tela de los pantalones del Capitán, y convenientemente interrumpida antes de que el militar alcanzase el clímax. En esas ocasiones Angustias se ponía de pie súbitamente, invocaba a Dios y los valores cristianos del matrimonio, mirando al cielo con auténtica vergüenza y pidiendo perdón por sufrir tanto las tentaciones de la carne. A continuación, rogaba al Capitán que marchase a casa, que no podía ser, que esto no era propio de una dama. Durante estos meses, consiguió que el Capitán adelantara en dos ocasiones la fecha de la boda, prevista inicialmente para agosto de 1921, porque el Capitán consideraba imprescindible un largo noviazgo, mientras que Angustias consideraba urgente una solución definitiva a sus finanzas.

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Los casó el capellán del Regimiento 1º de Patricios, en la capilla del cuartel. El Capitán estaba espléndido en su uniforme de gala, luciendo todas sus condecoraciones, las botas de montar lustradas para la ocasión y un bigote ancho y entrecano. Recibió en persona al Teniente General Menéndez, a su esposa y a más de cincuenta oficiales y suboficiales de los ejércitos de mar y tierra, que acompañados también de sus esposas asistieron a la gala. No era frecuente en el ejército la boda de un oficial de tan alto rango, ya que normalmente los militares solían casarse antes de los veintisiete o veintiocho años, mientras que Justo Rafael Ayala contaba cuarenta y cuatro el día de sus primeras y únicas nupcias.

Por la familia de la novia únicamente acudieron María del Rocío y Alberto, encargado este último de entregar los anillos, a pesar de que el sentido común hubiese aconsejado que fuese María del Rocío, con cinco años, y no  un niño de apenas tres y que no comprendía muy bien su papel. A falta de padre de la novia, hizo la entrega en el altar el Sargento Primero de Infantería Lucio Campagnuolo, hombre de confianza del Capitán, que al instante se quedó prendado de Angustias, y fue su principal –pero no único- amante durante los tres primeros años de matrimonio, hasta que murió en circunstancias poco claras durante unas maniobras de rutina en los alrededores de la laguna de Chascomús. Nunca llegó a esclarecerse quién había sido el autor del disparo que acabó con la vida del joven Sargento.

El fasto imponente de la boda fue tema principal de las páginas de sociedad de la prensa bonaerense durante más de una semana, y en todo Buenos Aires nadie parecía dudar de que el Capitán Justo Rafael Ayala y su distinguida esposa, doña María de las Angustias Matalobos de Ayala, tenían por delante muchísimos años de feliz matrimonio y un presagio de familia numerosa y bien avenida.

La noche de bodas fue en la suite nupcial del Hotel Plaza de Buenos Aires, antes de partir de viaje de novios en tren para pasar dos semanas en Mar del Plata, donde frecuentarían el Casino y a varias parejas de Tenientes, Coroneles y Generales del destacamento del ejército.

El Capitán Ayala esperaba un encuentro sexual prolongado, que durase buena parte de la noche, de acuerdo a los escarceos de los meses previos, y le aliviase de las urgencias acumuladas en su bajo vientre. Sin embargo, Angustias se quitó su vestido de novia con facilidad, desvistió al Capitán sin ninguna clase de ceremonias y lo sometió a un asalto rápido y decepcionante, durante el que lo cabalgó sin quitarse del todo las enaguas de recién casada. Preocupada porque era perfectamente consciente de que estaba ovulando, lo hizo terminar sobre las sábanas con una paja rápida, precisa, profesional y eficiente. Mientras el Capitán recuperaba el aliento, pensando en volver a intentarlo con más fortuna, ella lo besó tiernamente en los labios, y antes de apagar la luz para rezar, envuelta en un camisón de satén, le dijo suavemente al oído, rozándole apenas el lóbulo de la oreja con los labios:

-      Buenas noches tenga usted, mi Capitán.

Capítulo Uno: Santa María del Buen Ayre

Posted in Matalobos on enero 7th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 25 Comments

Puerto de Buenos AiresEn 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable.

Dos horas antes de atracar, María de las Angustias Matalobos respiraba el aire mezclado de agua salada y dulce de la desembocadura del Río de la Plata. Con los brazos apoyados sobre la borda, alcanzó a adivinar en el horizonte un amanecer tímido que se disponía a romper la noche. Esbozando una sonrisa, se sorprendió evocando otro amanecer, once años atrás, en su Cádiz natal. Ramón Matalobos y Dueñas, su padre, herrador de caballos de oficio, era un hombre bruto y cariñoso, que expresaba con sus grandes manos, de uñas permanentemente sucias y nudillos quemados por el uso de la fragua, lo que le negaba su pobre dominio del lenguaje hablado. Ese amanecer María de las Angustias despertó con ansia de orinar. Se echó una manta sobre los hombros, con intención de conjurar la humedad del sereno rumbo a la letrina, fuera de la casa, y se calzó de cualquier manera las alpargatas de cáñamo, evitando pisar con los pies descalzos el suelo de bloques de barro cocido, siempre cubierto de gránulos y polvo que se desprendían del propio material. Se disponía a abandonar la habitación que compartía con sus cuatro hermanos varones, cuando advirtió sonidos en el pequeño salón de la vivienda. Se acercó a la puerta con sigilo, entreabriéndola apenas unos pocos centímetros. Por la ventana sin cortinas se adivinaba el inicio sutil del amanecer detrás de los cerros. Una lámpara de aceite ardía sobre la repisa. Su madre estaba semi tendida sobre la mesa, apoyando en su superficie todo el tronco, con los brazos extendidos, arañando la madera carcomida y con su generosa tetamenta asomando, blanca y pálida, por entre los pliegues de su blusón desabotonado. Su padre, sosteniendo como podía la falda levantada de cualquier modo, la embestía desde atrás, con los pantalones enrollados alrededor de los tobillos. La escena era casi ridícula y silenciosa. Apenas unos resoplidos de su padre, unos gemidos ahogados de su madre y el sonido rítmico de las carnes abundantes y blandas de ella al sufrir los golpes rítmicos producidos por los noventa y ocho kilogramos de hombre que tenía detrás. Sin embargo, ese erotismo mudo y grotesco la fascinó por completo. Permaneció inmóvil, llevándose instintivamente la mano a la entrepierna y observando, por espacio de unos cuantos minutos más, hasta que su padre se retiró violentamente, girándose hacia la puerta. Pudo ver el pene enrojecido y lubricado de su padre lanzando pequeños chorritos de líquido blancuzco sobre el polvo del suelo, al tiempo que liberaba el aire contenido en sus pulmones, bufando. Mientras se subía y abrochaba los pantalones, escupió sobre su simiente derramada e intentó cubrirla de polvo con movimientos cortos del pie derecho. Se echó el abrigo sobre los hombros, una boina negra de campo sobre la cabeza y, besando a su mujer en la mejilla, mientras ella se arreglaba el pelo con las manos, dijo:

-      Me voy a trabajar, limpia eso.

Aún hoy, tantos años después, el recuerdo le erizaba la piel, la hacía sentirse agradablemente sucia. Angustias sonrió para sí misma, y se encaminó a su camarote de segunda clase, dispuesta a preparar a los pequeños para el desembarco inminente, mientras el enorme buque saludaba el amanecer del puerto con un estruendo grave y gutural de su sirena.

*                             *                             *

En una ciudad donde la mezcla cultural y étnica era furiosa y bulliciosa, un puñado de monedas bastaba para comprar pocas preguntas, documentos de identidad y presunción de inocencia. María de las Angustias se refugió en la confusión de las colonias para ocultar un amor frustrado y vergonzoso, su expulsión de España como madre soltera de dos pequeños, fruto de amoríos clandestinos con el hijo de su patrón, un terrateniente andaluz, su origen humilde y una entrepierna insaciable que a los veintitrés años la obligó a forjarse una personalidad de hierro.

Había sido duro y difícil. Alberto Ramírez Núñez, padre de su amante, la había presionado y amenazado, a ella y a su familia.

-      ¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? – había gritado el hacendado. – Es suficiente con haber hecho la vista gorda durante más de cinco años. Lo he tolerado sin despedirte. Me debes respeto y agradecimiento. ¡Si hasta he permitido que tus bastardos lleven mi apellido! Ahora las cosas son diferentes. Alberto se casará pronto… Tú y los pequeños debéis abandonar España cuanto antes.

-      No pienso ir a ninguna parte. Yo quiero a su hijo, y él me quiere. – La mirada color violeta intenso de María de las Angustias y sus mejillas enrojecidas por la furia realzaban su belleza en contraste con lo precario del establo donde se desarrollaba la discusión. Alberto Ramírez Núñez pensó que entendía perfectamente por qué su hijo se había encaprichado de esa criada terca y tonta.

-      Escúchame bien. Si te quedas, tú y tu familia lo pasaréis muy mal. Llevas trabajando en mi casa desde los doce años, sabes bien que soy hombre de recursos. Te he comprado un camarote de segunda clase en un vapor que sale para América dentro de diez días. Te daré suficiente dinero para que puedas establecerte al llegar. Te daré más de lo que ganarías trabajando para mí toda tu vida.

María de las Angustias bajó los ojos. Sabía que Ramírez Núñez era un hombre poderoso. Pensó en sus padres. Pobres y humildes. Era una batalla perdida.

-      Además del dinero quiero un ajuar completo y ropa para los niños.

-      ¿Qué?

-      El dinero no es suficiente. Necesito que piensen que soy la viuda de un hombre rico. Necesito ropa cara y trajes de viuda. De alguna manera, esa es la verdad.

Ramírez Núñez fijó sus ojos negros en la mirada luminosa de María de las Angustias, intentando dominar un deseo enorme de estrangularla allí mismo. Al ver que la moza le sostenía el gesto como a un igual, sonriendo y sin siquiera el menor rastro de miedo en su rostro, la reconoció como una de los suyos, se sintió aliviado y feliz, y se permitió una carcajada sonora y fuerte.

-      Eres una sinvergüenza y una desfachatada. ¿Prometes no volver nunca, ni intentar contactar con Alberto por ningún medio?

-      Lo prometo.

-      De acuerdo. Ahora vete a casa, ya no trabajas para mí. Mañana preséntate aquí a las diez. Mi mujer te comprará todo lo que necesites.

*                             *                             *

Puerto_de_Buenos_AiresDesembarcó ayudada por ocho mozos que recibieron a cambio una moneda. Llevaba en brazos al pequeño Alberto, de apenas dieciocho meses, y tomada de la mano a María del Rocío, de tres años y medio. Los mozos descargaron siete baúles con ropas y equipaje, y un cofre cerrado con tres cerrojos que contenía una exigua fortuna en oro y plata del extinguido imperio Español, precio final para comprar su partida a las Américas y un puñado de joyas, regalo de su ex amante. Habían tenido un encuentro fugaz sobre la paja del establo la tarde anterior a su partida. Él le había pedido perdón. Había llorado sobre el pecho desnudo de María de las Angustias. Ella lo llamó cobarde y lo cabalgó sin piedad ni sentimiento, por pura furia del cuerpo, con el cabello salpicado de hebras de paja. Se vistió rápidamente, lo miró a los ojos por última vez y, sin palabras, se giró para mostrarle su desprecio, marchándose sin regalarle siquiera una lágrima de despedida.

La ciudad le pareció sucia y caótica, pero llena de vida y fascinante, con sus calles coloniales empedradas de gris y románticos faroles negros de hierro forjado. Cerca del puerto se amontonaban los conventillos, casas mal construidas con tablones, sobre pilares de madera y, en el mejor de los casos, hormigón, en las que se hacinaban los inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos y de media Europa, venidos como ella en barcos que prometían tierra, riqueza y una vida mejor. Por las calles se escuchaba hablar el cocoliche1, que heredaba del italiano su tono de grito permanente y algunas palabras asimiladas a un castellano dulce, de zetas suavizadas y doble eles patinadas por la influencia de los Xeneizes.

Sin dudarlo, María de las Angustias se dirigió al Registro con intención de inscribir a sus hijos con los nombres de María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos, y a sí misma como viuda de Antonio Ramírez Nuñez, muerto en España al servicio de Su Majestad el Rey.

Un cabo ignorante y torpe se sumergió en el estudio de sus credenciales. Dado que en la fe de bautismo eclesiástica constaba que sus hijos eran naturales, María de las Angustias las declaró perdidas. El funcionario la miró tristemente con ojos aburridos, y dejando el montón de papeles sobre el mostrador, quiso dar por terminada la conversación.

-      Consiga los documentos y regrese. Así no puedo inscribir a los niños. ¡Siguiente!

-      ¡Espere un momento! ¿Cómo que consiga los papeles? No puedo regresar a España.

-      No puedo hacer nada.Diríjase al cónsul, al obispo o a quien le parezca.

-      ¡Tiene que solucionarlo! ¡Por favor! – tras un ligero esfuerzo, María de las Angustias logró convocar dos pesados lagrimones a sus irresistibles ojos violetas.

-      Lo siento, señora. Tengo órdenes. Por favor despeje el mostrador.

-      ¡No me iré de aquí sin los papeles!

-      Señora, no me obligue a arrestarla. Haga el favor de circular.

-      ¡Cabo! ¿Qué son esos gritos? – del despacho trasero había salido un militar de aspecto recio, alto y fuerte.

-      Es esta señora, mi Capitán. No tiene los papeles en regla y se niega a abandonar el mostrador.

-      Permitirá usted que le explique mi problema, Capitán. Un hombre como usted tiene el deber de socorrer a una dama en apuros.

El Capitán Justo Rafael Ayala levantó la vista por primera vez, y aunque a sus cuarenta y dos años se conservaba soltero y se creía a salvo de las trampas del corazón, por primera vez en su vida, al ser literalmente traspasado por la mirada amatista de María de las Angustias, supo sin lugar a dudas que todas sus armas no le servirían para oponer resistencia a esa mujer.

-      Venga conmigo. – dijo – La llevaré al despacho del Director.

-      Muchas gracias, Capitán.

Angustias recogió sus papeles, y lanzando una mirada de pícaro desprecio al cabo, se colgó del brazo de Justo Ayala.

-      María de las Angustias Matalobos, encantada.

-      Justo Ayala. A su servicio, señora. – aunque el Capitán lo ignoraba en ese momento, la frase que acababa de pronunciar se transformaría pronto en la verdad más absoluta que dijo en su vida.


  1. El “Cocoliche” era un dialecto, producto de la mezcla del italiano y el castellano