<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Matalobos &#187; María del Rocío</title>
	<atom:link href="http://www.matalobos.net/tag/maria-del-rocio/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.matalobos.net</link>
	<description>una Novela de Federico Firpo Bodner</description>
	<lastBuildDate>Tue, 26 Apr 2011 10:44:52 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.2</generator>
		<item>
		<title>Capitulo Veintidós: Vuelta a casa</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/06/capitulo-veintidos-vuelta-a-casa/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/06/capitulo-veintidos-vuelta-a-casa/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Jun 2010 18:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Cavalieri]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=500</guid>
		<description><![CDATA[El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-512" title="Castillo de San Sebastian" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/Castillo-de-San-Sebastian-01-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" />El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente de las olas en la base del Castillo de San Sebastián, que dominaba la salida al mundo, escoltado por un faro impasible, testigo y guía silencioso de tantas partidas y tantos regresos.</p>
<p>Ricardo se acomodó las solapas de la chaqueta, en un intento de rescatar a su cuello de las ráfagas de viento frío que patrullaban silenciosamente la bahía, con un susurro secreto y apagado, inaudible pero palpable. Se acercaban las cinco de la tarde, y el sol comenzaba a bajar. No se veía un alma. Era como si las personas se hubiesen puesto de acuerdo para dejarles intimidad. El tiempo parecía detenido, expectante, caprichoso.</p>
<p>María del Rocío se sonó ruidosamente la nariz enrojecida. Era la primera vez que pisaba Cádiz desde que partiese rumbo al Río de la Plata, a la edad de tres años, allá por 1919. Se sentía tocada por una emoción profunda, un sentimiento esquivo y dulce a la vez. Sentía nostalgia de lo que no había vivido. Sentía nostalgia de su madre muerta, de tantos años de incomunicación, de sus cuatro hijos vivos, de su propia carne, de su adolescencia de niña regordeta y el hambre inconfesable de sus tripas, de su miedo secreto, de su pasión reprimida, de su único hombre de dormitorio. Sentía dolor por lo que no había sido, y culpa por haber culpado a su madre de ese dolor. A su lado, Renata, su hija mayor, y Luna, la menor, la acompañaban en silencio. Luna la tomaba del brazo, mientras chupaba un cigarrillo a sotavento, sintiendo como la mezcla de aire helado y humo le hería lentamente los pulmones. Renata buscaba a Ricardo con la mirada, intentando recuperar de entre los sollozos de su madre el guión no escrito para un acto que tenía más de grotesco que de ceremonia.</p>
<p>María del Rocío, con la vista perdida en la rabia del mar, dijo para nadie:</p>
<p>-       Era católica. No tendríamos que haberla quemado.</p>
<p>-       Ya lo hablamos, mamá – respondió Ricardo. – No había otra forma. No podíamos traer el cuerpo, y ella quería descansar en Cádiz.</p>
<p>-       No teníamos que haberla quemado. Es más importante la voluntad de Dios que la de las personas.</p>
<p>-       Mamá, Dios, si es que existe, sabrá disculpar. Yo creo que es más importante la voluntad de la abuela.</p>
<p>-       No sé…</p>
<p>El sonido del llanto contenido de María del Rocío volvió a competir con el susurro suave del viento y con la llamada estrepitosa de las olas.</p>
<p>-       Tengo frío – dijo Renata, cortante.- Hacelo ya, Ricardo, y vámonos.</p>
<p>-       Esperá un poco – respondió Luna. – No seas irrespetuosa.</p>
<p>Renata bajó los ojos, ofuscada, mientras intentaba protegerse del viento con un abrigo a todas luces insuficiente. Luna pisó su cigarrillo, y los cuatro se quedaron inmóviles, dejando que el viento los despeinase, mientras el atardecer avanzaba sin pausa, lento, anaranjado. El castillo era un perfil gris oscuro, ciego, secreto. Ninguno sabía bien qué hacer. Tirar las cenizas de un muerto al mar debía ser algo, sino solemne, al menos recatado, y el viento amenazaba con transformarlo en un caos esperpéntico e incontrolable.</p>
<p>Ricardo quitó la tapa de la caja de madera que contenía todo lo que quedaba de su abuela. Las cenizas tampoco eran como había esperado. No eran como los restos de un fuego, ni como las del tabaco. Parecían cáscaras de huevo de avestruz quemadas. Eran escamas calcáreas y grandes, que despedían un olor acre que más que a la muerte recordaba a la lejía.</p>
<p>-       No sé cómo hacerlo. ¿Las tiro por este lado?</p>
<p>Estaban sobre el camino fortificado que une el islote de San Sebastián con la península, y por lo tanto podían arrojar las cenizas a cualquiera de ambos lados.</p>
<p>-       Mejor por el otro lado, con el viento a favor, ¿no? – sugirió Luna.</p>
<p>-       Sí, mejor.</p>
<p>Los cuatro giraron en redondo y se acercaron al otro borde. Desde allí, a su izquierda, el sol de poniente besaba la superficie del mar, asomándose lentamente a la noche, mientras alargaba las sombras proyectadas hacia la derecha, hasta el fin del mundo.</p>
<p>-       ¿Querés tirarlas vos, mamá?</p>
<p>-       No. Hacelo vos. Te lo pidió a vos. Te quería más que a mí.</p>
<p>-       No digas eso, mamá.</p>
<p>-       Es verdad.</p>
<p>-       No seas tonta. Te quería mucho.</p>
<p>-       Ya lo sé…</p>
<p>Ricardo se sentía incómodo. Dejó correr un par de minutos más, para que los ecos de las últimas palabras se perdiesen en la arena de la playa, y se asomó sobre el borde de piedra.</p>
<p>-       Va – dijo.</p>
<p>Inclinó suavemente la caja hacia afuera, dejando resbalar con cuidado las cenizas. En ese instante, el sol detuvo por un momento su caída, y el viento cesó sin aviso, de golpe, mientras el mar callaba su susurro permanente. Las cenizas quedaron suspendidas en el aire, formando una nube gris, pesada, corpórea y palpable, que descendió de manera uniforme, hasta sumergirse lentamente en el agua en medio de un silencio sobrenatural. Cuando la última escama de hueso calcinado hubo desaparecido bajo la superficie del agua, la Bahía de Cádiz se desperezó de su sueño involuntario. El atardecer reanudó su actividad, mientras el mar volvía a mecerse con fuerza y el viento recuperaba su soplido invernal y helado.</p>
<p>Renata miró hacia la Bahía.</p>
<p>Luna buscó los ojos de su madre.</p>
<p>María del Rocío volvió a sonarse la nariz.</p>
<p>Ricardo perdió su vista más alla del castillo.</p>
<p>El sol se hundió en el agua.</p>
<p>María de las Angustias Matalobos, por fin, había vuelto a casa.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/06/capitulo-veintidos-vuelta-a-casa/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>7</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capitulo Diecinueve: Último paso por la Vicaría</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/05/capitulo-diecinueve-ultimo-paso-por-la-vicaria/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/05/capitulo-diecinueve-ultimo-paso-por-la-vicaria/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 13 May 2010 18:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=465</guid>
		<description><![CDATA[María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-467" title="Corpiño_vestido_de_novia" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/Corpiño_vestido_de_novia-300x209.jpg" alt="" width="300" height="209" />María de las Angustias Matalobos fue inflexible una vez más: su cuarto enlace matrimonial sería también bendecido y apadrinado por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Príamo Abraham Luciano, plenamente cabal a cuenta de sus cincuenta y ocho años, y los cuarenta y ocho de su prometida, había sugerido que a esas alturas de la vda, el concubinato era una solución perfecta para ellos, que seguramente no molestaría ni a Dios ni al Estado, y que él ya estaba viejo para esas vainas. María de las Angustias había respirado profundamente, antes de alzar los puños al cielo, invocar a sus ancestros y a una tormenta privada, y acto seguido, lanzando chispas violetas a través de sus ojos de amatista, se había negado tajantemente, aludiendo su profunda convicción religiosa, a vivir en mancebía. “No no viviré como los salvajes”, había dicho, finalizando la conversación. Luciano había reído con ganas, con una risa profunda de ecos cavernarios, una risa que por sí sola declaraba que únicamente podía pertenecer a un hombre impío. “Pero si llevamos diez meses revolcándonos como conejos”. María de las Angustias no acompañó la risa. Por el contrario, lo apuñaló con la mirada, de forma, glacial, directa al centro geométrico de los ojos negros del explorador, y sentenció:</p>
<p>-       Los asuntos de mi cuerpo los gestiono como me parece. Los del alma, se los dejo al cura, que para eso está. Además, no te vendrá mal, que bastante falta te hace confesarte y comulgar.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Se casaron el ocho de agosto de 1944, en una pequeña parroquia del barrio de Barracas, sin más invitados que Alberto Ramírez Matalobos, María del Rocío y Juan José Cavalieri e hijos. Príamo Luciano había accedido a pasar por la vicaría con esa única condición: ni gala ni fasto innecesario, ni invitados ni convite ni baile, que ya no estaban para pendejadas. Lo hacía por ella y no por Dios. La ceremonia, al compás de los llantos ininterrumpidos del pequeño Ricardo, fue opaca y triste, oficiada por un cura anciano y cansado, aburrido de su propia letanía, y sobrevolada por un fantasma de escepticismo. Cada uno de los presentes pensaba, sin decirlo, que ninguno de ellos se tomaba en serio aquél acto sacramental. El cura miraba a los novios con desconfianza. Los novios evitaban mirarse. Los invitados invocaban un mal disimulo de la incomodidad general.</p>
<p>Únicamente María de las Angustias sostuvo su altivez, la mirada orgullosa, la frente alta, su casta impávida, su derecho bíblico a ser bendecida en la que sabía sería su última aventura de dormitorio. Fue casi una mala representación teatral de una compañía venida a menos, sin más público que los parientes cercanos. María de las Angustias soportó con estoicismo, sin embargo, la mofa silenciosa de su prometido y sus hijos, el frío azul que habitaba la parroquia y el aliento de ajos tiernos del cura adormecido. Quería estar limpia a los ojos de Dios, porque cercana al medio siglo de vida, comenzaba a pensar en la muerte como algo posible.</p>
<p>Después de la ceremonia religiosa, Príamo Abraham Luciano los recibió a todos en una amplia casa de dos plantas que poseía en el barrio de Palermo. Era una construcción funcional y tosca, de color gris y paredes exteriores sucias, fea por fuera, pero amplia y confortable por dentro. El salón recordaba al imaginario popular de la vivienda de un cazador. Las cabezas disecadas de un ciervo, un alce y un puma presidían la boca, ennegrecida por muchas horas de humo, de una enorme chimenea que dividía en dos la pared del contrafrente del comedor, y custodiadas por un olor dulzón a madera noble que emanaba del mobiliario. A su izquierda, un pesado armario de anaqueles de algarrobo con puertas de cristal atesoraba más de tres mil libros, dispuestos en un orden alfabético casi demente, que una mano diligente mantenía siempre limpios. A la derecha, una mesa de roble oscuro, para doce comensales, era custodiada por media docena de reproducciones de cuadros impresionistas.</p>
<p>Una mujer de mediana edad, que vestía un uniforme negro de camarera, tocado por una blanca cofia de puntillas, los recibió y acomodó alrededor de la mesa, procediendo en seguida a servir entrantes fríos. En ese momento el cielo agonizó, sufrió públicamente en un estruendo de truenos iracundos, y se rompió en pedazos. Una lluvia furiosa arremetió contra las ventanas cerradas, acercando a los cristales un repiqueteo insistente, que denunciaba la farsa indiscutible de aquélla reunión familiar. Comieron en silencio, con la vista fija en los platos, bajo el murmullo enemigo del repicar rítmico de las gotas de agua, intimidado por los sonidos puros de la cubertería de plata al intentar herir la porcelana de los platos. María de las Angustias se sentía incómoda por el silencio. Sin embargo, Príamo Luciano lo disfrutaba. No le gustaban los hijos de su esposa, y no tenía ningún reparo en refrendar ese disgusto con silencio y un gesto mordaz al acomodarse el espeso mostacho con dos dedos, mientras chupaba con fuerza un habano <em>Cohiba</em>, y vigilaba la distribución del café a los presentes, con el chaleco desabotonado y el nudo de la pajarita a medio deshacer.</p>
<p>Acabados los cafés, se trasladaron a los sofás, frente a la chimenea, que Príamo Luciano encendió con rapidez y efectividad, para luego sentarse a su lado, en un sillón confortable, a mirar el fuego y humedecer con los labios la punta de su habano, mientras la camarera distribuía tarta de frutillas en platos de postre a sus invitados. El temporal disminuyó su intensidad, hasta transformarse en una suave lluvia sucia que caía por puro sortilegio de la ley de gravedad, sin siquiera hacer demasiado ruido. El silencio recuperó el comando de la reunión, apostillado por el suave crepitar de las llamas en los gruesos troncos de la chimenea.</p>
<p>-       Es tarde. Nos tenemos que ir – dijo María del Rocío, incapaz de soportar durante más tiempo la tensión del ambiente. – Ricardito tiene que mamar.</p>
<p>-       ¡Camila! – gritó Príamo Luciano – Dígale por favor a Bernardo y a Fernández que preparen los dos coches, y que lleven a estos señores a donde les pidan. Luego acompáñelos a la puerta.</p>
<p>-       Sí, señor.</p>
<p>Luciano no se levantó de su sillón. Despidió a sus invitados con un gesto de cabeza, y dejó que su esposa se ocupase de traerles los abrigos y acompañarlos a la salida, sin apartar los ojos del fuego ni la atención de su cigarro. María de las Angustias regresó al salón con los ojos violetas centelleando de furia, levantando los bajos del vestido de novia que aún llevaba puesto con ambas manos, y conteniendo el deseo de desmelenarse en una sarta de insultos de verdulera contra su flamante marido. En cambio, se plantó frente a él, que continuaba cómodamente instalado en el sillón, y le arrojó su vergüenza a la cara.</p>
<p>-       ¡Eres un maleducado y un groser! ¡Son mis hijos!</p>
<p>El levantó la vista lentamente. Dio una chupada final a su <em>Cohiba</em> y lo arrojó a la chimenea con aire distraído y desenvuelto. Entonces permitió a su bigote espectacular que dibujase una sonrisa arañada de pelo, y adelantando el torso y los brazos, puso ambas manos sobre las nalgas de su mujer.</p>
<p>-       Me encanta cuando estás enojada.</p>
<p>Ella le apartó las manos. “Te estoy hablando”, protestó. “Y yo te estoy escuchando, pero no me puedo concentrar cuando te ponés tan linda”. Príamo se puso de pie, frente a ella. “No me cambies de tema. Te portaste como un perfecto grosero.” Sin decir nada, él la rodeó con sus brazos, buscando en su espalda el cierre del vestido. Al no encontrarlo, puso ambas manos detrás de la nuca de Angustias, e introdujo los dedos entre su piel y el borde del cuello del vestido, y sin esfuerzo aparente, lo rasgó longitudinalmente, desgarrando la tela con un sonido de satén violentado por sus fuertes manos. Después, tiró hacia sí de las dos mitades, quitándole el vestido en un solo movimiento, y lo arrojó sobre el sofá. María de las Angustias se sintió desconcertada, invadida por una rabia infinita, y al mismo tiempo, al sentir las manos de su hombre sobre su cintura, percibió el hambre ancestral de su entrepierna, el reclamo silencioso de su piel, la sangre iniciando su carrera loca, desbordando su sistema cardiovascular. Instantáneamente, el destello de la pasión le iluminó los ojos violetas, el vello de sus brazos se erizó como un puercoespín en pie de guerra, mientras el aliento helado de su propia fiera incontrolable le soplaba en la nuca como un viento redentor, y alcanzó a reprimir el insulto que iba a proferir en el mismo momento en el que Príamo Abraham Luciano hundía su nariz entre sus pechos.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/05/capitulo-diecinueve-ultimo-paso-por-la-vicaria/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Diecisiete: Reencuentro</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-diecisiete-reencuentro/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-diecisiete-reencuentro/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 29 Apr 2010 18:00:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Cavalieri]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=439</guid>
		<description><![CDATA[El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-442 alignright" title="tranvia" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/tranvia-300x234.jpg" alt="" width="300" height="234" />El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas de alcohol puro a marineros de aspecto hosco, modales recios y poca vocación comunicativa. Ella sabía que, al estar prohibido beber en los buques, los marineros aderezaban el alcohol con esencia de vainilla y se destrozaban el hígado a base de una bebida infame, que superaba los noventa grados de concentración alcohólica. A pesar de eso, les despachaba los <em>packs</em> moviendo calladamente la cabeza en un gesto negativo y resignado.</p>
<p>María de las Angustias, para entonces, llevaba varios años gestionando diestramente una situación que limitaba seriamente con lo que ella consideraba pobreza. Había conseguido conservar el departamento heredado de Severino Garmendia, y la renta que cobraba por él le permitía pagar el alquiler de su pequeño departamento del once, y malvivir ella y Matilda con lo que sobraba, sumándole el consumo lento de sus cada vez más exiguos ahorros. El mal habido asunto de las esmeraldas la había desmoralizado. Sin embargo, con el remanente de dinero que aún había conservado, ella y Alberto intentaron reproducir de manera rudimentaria el negocio del señor Montes en propio beneficio. Este intento no solamente fracasó estrepitosamente, sino que acabó con los huesos de Alberto en la cárcel, acusado de estafa y condenado a unas vacaciones de cuatro años en el penal de Caseros.</p>
<p><span id="more-439"></span>Entre la decena escasa de amantes crónicos que había tenido durante el último lustro, María de las Angustias no había sido capaz de encontrar material matrimonial entre ellos, y a sus cuarenta y seis años, aunque los sabía extremadamente bien llevados, empezaba a perder lentamente las esperanzas y a temer por su futuro. A pesar del generoso surtido de emplastos y cremas que María del Rocío le facilitaba con descuento, la piel se le arrugaba más cada día, y era consciente de cómo poco a poco se vaciaban sus senos guerreros, se marchitaba su vientre hambriento, y se le derretían las nalgas, mientras que todo su cuerpo aumentaba de volumen, año a año, y de forma casi imperceptible.</p>
<p>Su profundo conocimiento de la naturaleza de los hombres y de la suya propia, sumado a sus temores oscuros, la había llevado a bajar sus puentes levadizos y perdonar definitivamente a su hija. Durante los últimos tres años habían estado mucho más cerca una de la otra, y María del Rocío creía verdaderamente en el cambio espectacular de su madre. La había apoyado durante el embarazo, y ahora que el niño había nacido, pasaba buena parte del día en el hospital, acompañándola sin ayudarla.</p>
<p>Fue durante la tarde del tercer día de internamiento de Rocío cuando la ruleta caprichosa de su vida volvió a girar, y entonces, al reconocer en los sonidos y los olores una nueva epifanía, un instante mágico seguido de un silencio, María de las Angustias supo que a pesar de la piel agrietada y los años, sus facultades de mantis religiosa seguían intactas. Cruzaba la puerta del nosocomio en dirección a las escaleras, para dirigirse a la tercera planta, la de maternidad, cuando una voz profunda la lanzó hacia el pasado sin piedad, subyugándola.</p>
<p>-      Es un verdadero placer volver a verla, y comprobar que continúa siendo usted tan bella como entonces, señora Matalobos.</p>
<p>Detuvo el pie derecho en el primer escalón, y después de una pausa breve, durante la que comprobó que no recordaba a quién pertenecía aquélla voz repleta de matices viriles, giró despacio sobre sí misma para descubrir, a escasos tres metros, a un hombre alto. Vestía un impecable traje de lino blanco, y tenía el brazo derecho en un cabestrillo, lo que hacía evidente la razón de su presencia en el hospital. María de las Angustias enfocó su mirada, y le costó solamente dos segundos reconocer, tras un poblado bigote entrecano, las facciones cortadas a cuchillo de don Príamo Abraham Luciano.</p>
<p>-      Qué sorpresa. – dijo, sintiéndose verdaderamente sorprendida. – Agradable sorpresa, por cierto – agregó, no sin cierta ironía. Él se acercó rápidamente, iluminando el espacio entre ambos con una sonrisa blanca y franca, al tiempo que le ofrecía la mano izquierda.</p>
<p>-      Pues déjeme decirle que mi alegría es auténtica y sincera. Nunca olvidé su fortaleza de carácter, amiga mía, y el tiempo me demostró que es usted de confianza, lo que en mi mundo significa mucho.</p>
<p>-      Me alegra que así sea. La última vez que nos vimos no parecía usted tan convencido.</p>
<p>-      Espero que las circunstancias en las que volvemos a vernos sean más felices que aquéllas en las que nos conocimos… ¿Qué la trae por el hospital?</p>
<p>-      Acaba de nacer mi nieto. – respondió la gaditana, omitiendo expresamente decir que era su segundo nieto.</p>
<p>-      ¡Felicidades! ¡Eso hay que celebrarlo! ¿Me permitirá usted que la invite a cenar? ¿Por los viejos tiempos?</p>
<p>-      No lo sé – dijo ella, jugueteando con su mirada violeta alrededor de los ojos de su interlocutor – ¿Quién me asegura que después de la cena no me llamará usted al silencio y la discreción, con modales poco amables? – lo dijo sonriendo, aparentando timidez.</p>
<p>-      ¿No es hora de dejar eso atrás? Le aseguro que no se arrepentirá. ¿Qué me dice?</p>
<p>-      De acuerdo – sentenció, después de una pausa larga – siempre que me prometa usted que no dirá durante la cena cosas que después tenga que invitarme a olvidar&#8230;</p>
<p>-      Prometido – dijo él.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las Angustias se reacomodó el corpiño en un ademán inconsciente pero placentero, tomándolo por el borde superior a través del vestido, con ambas manos, y moviéndolas rápida y precisamente de izquierda a derecha y viceversa. Le gustaba sentir balancearse su tetamenta contenida por el armazón rígido de la prenda, que le ceñía el talle dentro de un escote <em>palabra de honor</em>, aportando la rigidez que la pérdida de la juventud le negaba. Llevaba un vestido de noche negro, sencillo pero elegante. Completaban el atuendo un par de zapatos de diez centímetros de taco, que estilizaban sus tobillos, un bolso pequeño y negro, tocado por fantasía de mostacilla que brillaba con los guiños caprichosos de la luz, y una pamela también negra, de ala asimétrica, que le brindaba a su rostro un halo misterioso. Se miró al espejó y comprobó que el efecto era el deseado: una viuda extremadamente sensual.</p>
<p>-      El señor Luciano está aquí – informó Matilda, desde la puerta de la habitación.</p>
<p>-      Dile que ya salgo. Sólo me falta empolvarme la nariz.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Príamo Luciano le cedió el paso en un gesto natural, galante y al mismo tiempo altanero, mientras un portero enfundado en un elegante frac les abría la puerta del restaurante. Los condujeron a una mesa al fondo, algo apartada de las demás. El aventurero, atento al menor movimiento de angustias, le apartó suavemente la silla, acompañando luego con ella el acto de sentarse. Angustias agradeció en voz baja, mientras se decidía a conservar puesta la pamela durante la cena. Príamo Luciano se sentó frente a ella. De cerca, y a la luz vibrante y tramposa de un candelabro con cuatro velas blanquísimas, su rostro se veía duro, severamente marcado y maltratado por la intemperie y tres nuevas cicatrices pequeñas que se agregaban a las dos que María de las Angustias recordaba. El hombre mediaba la cincuentena, pero su aspecto era fuerte y sólido, y saltaba a la vista una excelente condición física y un estado de forma que cualquier hombre de su edad sin duda alguna envidiaría.</p>
<p>-      ¿Qué fue de su vida, amiga mía?</p>
<p>María de las Angustias sonrió sin disimulo, mientras manejaba una pausa intencionada, acomodando los cubiertos a ambos lados del plato y alisando la servilleta sobre su regazo.</p>
<p>-      No ha sido fácil. Aquél lance me dejó prácticamente en la ruina, pero aquí me ve, abuela por segunda vez, aunque joven aún, y saliendo adelante como puedo.</p>
<p>-      No se imagina usted cuánto lo lamento, y cuánto lo lamenté en su momento.</p>
<p>-      No se preocupe usted, que donde las dan las toman. Soy una mujer fuerte, y por suerte la vida me ha enseñado a perder casi con tanta frecuencia como a ganar.</p>
<p>-      Es usted sorprendente – replicó el hombre, riendo con ganas.</p>
<p>La conversación fue interrumpida por un camarero que enseñaba a Luciano una botella de vino blanco. Él asintió con un leve gesto de cabeza. El camarero abrió la botella y sirvió apenas un trago en una copa de talle alto. Don Príamo degustó un sorbo, balanceando ligeramente el grueso mostacho de un lado a otro y volvió a asentir.</p>
<p>-      Me tomé el atrevimiento de elegir el menú sin su consentimiento. – dijo, cuando el camarero se hubo marchado – Espero que no le moleste.</p>
<p>-      Me encantan las sorpresas, y a menos que haya ordenado usted coliflores hervidas y berenjenas, no creo que me moleste.</p>
<p>-      No se preocupe, estoy seguro de que será de su gusto. – los ojos del aventurero brillaban con auténtica chispa sobre el temblor de las velas, al tiempo que vertía vino en la copa de Angustias, que solamente llenó hasta la mitad.</p>
<p>-      Por los viejos tiempos, ¿no? – Angustias levantó su copa, dejando que él la viese a través del líquido ambarino y el cristal.</p>
<p>-      Por los viejos tiempos – refrendó él, mientras el camarero servía entrantes de paté de hígado de oca.</p>
<p>-      Y ahora, ¿me contará usted qué ha sido de su vida?</p>
<p>-      No mucho, lo de siempre, mover cosas de aquí y allá. Expediciones por la selva, usted ya sabe.</p>
<p>-      ¿Y cómo se ha hecho eso en el brazo?</p>
<p>-      Un encuentro desafortunado en la selva misionera. Traíamos oro y plata del Perú. Los capataces de las minas, a veces, recortan la producción a sus patrones y venden la merma a un precio muy ventajoso. La mercancía alcanza a cuadruplicar el valor puesta en Buenos Aires. Desgraciadamente no soy el único que lo hace, y esta vez, el haberme adelantado a mis rivales me valió un disparo en el bíceps derecho y la consiguiente fractura del húmero. Nada grave. Por fortuna, conseguimos salvar la mercancía.</p>
<p>-      Pues ha tenido usted más suerte que yo, por lo que parece.</p>
<p>-      Si yo le contara…</p>
<p>El camarero retiró los entrantes casi intactos, para dar paso a un pastel de riñones con panaché de verduras. Durante algunos minutos que se hicieron eternos, ambos comieron en silencio, sin darse cuenta de que los dos planeaban cuidadosamente el siguiente paso. Ella, para seducirlo. Él, para proponerle un negocio.</p>
<p>-      ¿Ha estado usted…?</p>
<p>-      ¿Quiere saber una cosa…?</p>
<p>Ambos rieron. Habían comenzado a hablar al mismo tiempo.</p>
<p>-      Usted primero – dijo él.</p>
<p>-      No, por favor, era una pregunta tonta. Usted primero.</p>
<p>-      Iba a contarle que nunca me quedé contento con la manera en la que se resolvió aquél asunto… El de las esmeraldas, me refiero. – Angustias abrió mucho los ojos, asintiendo – Me siento, en parte, responsable por las penurias que haya podido usted pasar.</p>
<p>-      No se preocupe, hace ya mucho tiempo de eso.</p>
<p>-      De todas maneras, me siento culpable. ¿Sabe? Acabo de cumplir cincuenta y seis años. Va siendo hora de retirarme, porque a mi edad hay actividades que ya no son fáciles de aguantar. Pero antes, hay algunos asuntos que debo resolver. Liquidar el negocio, si usted me entiende. Pensaba que podría usted ayudarme y, de paso, recuperar el dinero que perdió entonces.</p>
<p>María de las Angustias detuvo en seco el trayecto que en ese momento hacía el tenedor hacia su boca, devolviendo al plato un trozo de pastel de riñones. Estaba desconcertada. Se limpió los labios lentamente con la servilleta, intentando fabricar tiempo para que su máquina de calcular trabajase ordenadamente, y bebió un sorbo de vino blanco antes de responder.</p>
<p>-      No lo sé. Parece usted rodeado de peligros. No estoy segura de soportar con tanta valentía un disparo de arma de fuego…</p>
<p>-      No no no no, no me entienda mal. Jamás le pediría que pase por un peligro semejante. Déjeme exponerle el asunto, y entonces podrá decidir. ¿Qué le parece?</p>
<p>-      Por el momento, no me parece mal. Adelante.</p>
<p>-      Mire, no es un secreto para usted que mis negocios no son todo lo… “legales” que deberían ser, ni tampoco que no siempre han sido del todo honestos, pero soy un hombre de palabra, y puedo asegurarle que jamás he traicionado a un socio. Para mí, un trato vale más que mi vida. En este mundo, mi palabra de caballero y mi reputación son todo lo que tengo.</p>
<p>-      ¿Ni siquiera entonces, cuando lo de las esmeraldas?</p>
<p>-      Ni siquiera entonces. Permítame recordarle que, aunque no me siento orgulloso de aquél asunto, mi socio en él era Gilberto Montes, no usted. No podía hacer nada, había dado mi palabra.</p>
<p>-      Está bien. No hace falta entrar en detalles.</p>
<p>-      De acuerdo. El asunto es que ahora mismo, para poder retirarme, necesito hacer un viaje. Un viaje largo. Montevideo, Asunción, La Paz, Caracas, Bogotá y Quito. Necesito pasar por un caballero respetable que viaja con su esposa, y necesito que esa esposa lleve oculto en la ropa un cinturón con una cantidad muy importante de dinero, que irá aumentando a lo largo del viaje. Deberemos compartir habitación matrimonial en los hoteles, aunque tiene usted mi palabra de que solamente se trata de guardar las apariencias. Dormiré en el suelo si es preciso.</p>
<p>-      ¿Cuánto duraría el viaje?</p>
<p>-      No mucho. Dos meses. Tres, a lo sumo. Las condiciones son: viajes y los mejores hoteles pagados por mí, las compras que haga en las ciudades mientras me dedico a mis negocios, pagadas por mí, nada de preguntas, y cien mil pesos al regresar a Buenos Aires.</p>
<p>-      ¿Y cómo sé que puedo fiarme de usted? Le recuerdo que nuestra primera experiencia no fue satisfactoria para mí.</p>
<p>-      No puedo ofrecerle más garantía que mi palabra. Lo toma o lo deja.</p>
<p>María de las Angustias estudió el rostro del hombre detenidamente. Parecía sincero. Todo su instinto de superviviente le pedía a gritos que rechazase la oferta, pero algo en su interior despertaba con el ánimo brutal de las tardes de hotel Avenida con el Sargento Campagnuolo, o el remanso de la trastienda de Severino Garmendia. Príamo Luciano era un hombre de los que le gustaban, como hacía mucho tiempo que no veía. Se sentía subyugada y asustada. Dejó los cubiertos a ambos lados del plato y sus ojos encontraron los de Luciano, que la miraba profundamente, y en ese instante supo que no tenía elección.</p>
<p>-      Cincuenta mil antes de salir, el resto al volver a Buenos Aires, y nada de armas de fuego. – dijo.</p>
<p>Hecho – respondió el.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-diecisiete-reencuentro/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>8</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Trece: Ahí te dejo la cuenta</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-trece-ahi-te-dejo-la-cuenta-2/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-trece-ahi-te-dejo-la-cuenta-2/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 17:19:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>
		<category><![CDATA[Teresa Guevara]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=388</guid>
		<description><![CDATA[Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-376" title="coche_funebre" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/coche_funebre-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se inició en un camión de transporte de cerdos, prosiguiendo durante más de treinta horas en el vagón de carga de un tren que se le antojó una burla, una negra comparsa necrófila que susurraba permanentemente, con el murmullo metálico de sus ruedas de acero, las palabras <em>Yvette</em> y <em>muerte. Yvette-muerte-Yvette. Muerte-Yvette-muerte</em>. Alberto la recogió en la estación de Retiro, acompañado por un coche fúnebre y cuatro mozos cabizbajos, que cargaron el cajón de madera barata hasta la funeraria. Se vieron obligados a suspender el velatorio porque el cadáver comenzaba a despedir un fuerte olor ácido y venenoso, y su piel a llenarse de pústulas verdes y burbujas acuosas que parecían querer reventar sobre los posibles deudos.</p>
<p>Traspasaron el cuerpo a un ataúd decente, cerrado herméticamente con dieciséis pernos de dos pulgadas para evitar que se propagase el perfume mortal que emanaba. Fue enterrado esa misma mañana, con la sola presencia de María de las Angustias y su hijo varón, que no recordaba haber visto llorar a su madre nunca antes. Lo lloró con dolor, con rabia y con una vergüenza íntima y desoladora, con el pecho invadido por un sentimiento de traición que sabía injusto y egoísta, pero que no podía evitar. Lo lloró con espasmos, como a ningún otro hombre antes. Por única vez en su vida había conocido el amor, y había sido puro, sin piel ni sexo, sin tiempo para hablar, solamente una mañana perfecta bajo el fragor de las cataratas y el chillido indecente de los micos, y luego un castigo en forma de desengaño que la acompañaría para siempre.</p>
<p><span id="more-388"></span>María del Rocío llegó en autobús desde Tandil esa misma noche, y encontró a su madre encerrada en un luto hermético, impermeable a las palabras y al consuelo, con los ojos secos y oscurecidos de tanto llorar y decidida a vivir lo que le quedara sola con Matilda, y a morirse lo más pronto posible.</p>
<p>-      Madre, no sé qué decir.</p>
<p>-      No hace falta que digas nada, hija mía. Dios tendrá sus razones.</p>
<p>-      Lo sé.</p>
<p>María del Rocío lo sabía. Sabía que Dios tenía sus razones para todo, y un sentido del humor que a veces sentaba como una patada en los dientes. Ni siquiera se atrevió a preguntarse si su madre merecía semejante castigo, ni si de verdad la frontera entre la vida y la muerte era tan delgada como para no dejar espacio ni siquiera para un adiós decente. Prefirió encomendarse a Dios y al destino, y acompañar a su madre lo mejor que pudo. Al abrazarla y adivinar que lloraba nuevamente bajo el velo negro del luto inquebrantable, tuvo la esperanza de recuperarla para sí misma. Pensó que tal vez ahora iría de visita a Tandil, que pasaría unos días con su nieta Renata y que por fin aceptaría a Juan José como yerno. Sin embargo, dos días después, mientras viajaba de regreso a Tandil, supo sin ninguna duda que la había perdido para siempre, que quizás no regresaría de la sepultura en vida que había decidido fabricar, y que el vínculo madre e hija estaba roto sin solución. Rezó en silencio durante más de la mitad del viaje, y sólo una vez en casa, sobre el hombro fuerte de Juan José, pudo llorar su propia pérdida.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las Angustias no estaba de humor para vainas legales. Cuando el escribano Gaitán le leyó el inventario de su herencia, calló las dudas y ocultó su enorme decepción. Una vez más, el recuento del saldo de su matrimonio era ridículamente menor a lo esperado. Ciento setenta y dos mil pesos moneda nacional y un departamento en el barrio de Almagro. La tienda de Severino era alquilada, y por más que buscaron y rebuscaron antes de devolverla a su dueño, las joyas empeñadas, tantas veces rescatadas y vueltas a empeñar, de los muchos clientes del mercader, no aparecieron por ninguna parte. Por supuesto, entre las piezas perdidas estaban las que María de las Angustias había utilizado para comprar su casa, y que perdió por completo y para siempre la esperanza de recuperar.</p>
<p>Firmó los papeles y el escribano Gaitán le dijo que la llamaría en algunas semanas para informarle sobre la sucesión. Mientras tanto, no podría disponer del efectivo en las cuentas bancarias ni del bien inmueble. Angustias aceptó las palabras del leguleyo sin objetar nada, confiándose por entero al buen hacer de sus maneras burocráticas. Pero la muerte de su marido le deparaba aún una sorpresa más, una nueva burla proveniente de ultratumba. Tres semanas después de la firma, el escribano telefoneó.</p>
<p>-      ¿Ya está todo? – preguntó Angustias.</p>
<p>-      Me temo que va a demorarse un poco. Surgió un imprevisto.</p>
<p>-      ¿Qué clase de imprevisto?</p>
<p>-      ¿Sabe usted quién es la señora Teresa Guevara?</p>
<p>-      No, no la conozco.</p>
<p>-      Dice que es prima segunda de don Severino, por parte de madre. El problema es que interpuso una demanda judicial reclamando la herencia, alegando que el matrimonio tenía solamente tres días de celebrado.</p>
<p>-      ¿Y eso se puede hacer?</p>
<p>-      Con la ley en la mano, no, pero tiene un buen abogado y van a dar pelea.</p>
<p>-      ¿Y qué hacemos?</p>
<p>-      Yo soy escribano, no puedo hacer nada, pero si no tiene abogado puedo recomendarle uno.</p>
<p>Angustias colgó el teléfono en un insomne estado de trance. Se sintió agotada y vencida, triste, decepcionada y débil. Duraría más el litigio que el matrimonio, y a solas consigo misma, sabía que necesitaba pasar página, que no tenía fuerzas para dos o tres años de juicio. Sostenía en su mano derecha un trozo de papel rasgado, en el que había apuntado apresuradamente y con guarismos temblorosos las seis cifras escuálidas del teléfono de la tal Teresa, según se lo había dictado el escribano. Soltó un suspiro largo y cansado y volvió a levantar el auricular.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-377" title="molino3" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/molino3-300x203.jpg" alt="" width="300" height="203" />María de las Angustias empujó la puerta giratoria de la confitería <em>El Molino</em> cuando pasaban seis minutos de las cinco de la tarde. Teresa Guevara había sido seca y casi cercana a la grosería durante la conversación telefónica, pero había aceptado, sin embargo, reunirse con ella en la tradicional confitería para discutir cara a cara los detalles del pleito que, sin conocerse, las enfrentaba. Le había dicho que podría reconocerla por un prendedor de topacio en la solapa de su chaqueta negra, y que fuese puntual.</p>
<p>Lo que no le había dicho, aunque hubiese permitido identificarla mejor, era que pesaba ciento treinta y siete kilogramos y era tuerta del ojo izquierdo, razón por la que llevaba un parche negro como el de un pirata. Fumaba sin parar cigarrillos rubios, sin importarle que no fuera propio de una dama. Contaba sesenta y tres años, la voz ronca por el tabaco y la amargura, y una soledad sin límites que se le transparentaba por todos los poros de la piel, por la sonrisa torcida y sarcástica y por un halo repugnante de amargura contenida.</p>
<p>-      ¿Teresa&#8230;? ¿Teresa Guevara? – preguntó María de las Angustias, deseando íntimamente que por una de esas casualidades de la vida, hubiese ese día y a esa hora dos mujeres con prendedores de topacio y chaqueta negra en la misma confitería.</p>
<p>-      Sí. – respondió la mujer, levantando la vista y repasando a la gaditana de arriba abajo con un gesto de marino mercante – Ahora entiendo por qué se casó Severino. – Interpretándolo como un cumplido, María de las Angustias tomó asiento a la pequeña mesa redonda, ocupada y desbordada por aquélla mujer mastodóntica e intimidante.</p>
<p>-      Me alegro de conocerla, aunque hubiese preferido que fuese en otras circunstancias.</p>
<p>-      Entiendo – convino la mujer. María de las Angustias pidió té con galletitas dulces, y esperó a que la otra tomase la iniciativa. Se estudiaron en silencio durante varios minutos, mientras el camarero, ceremoniosamente, servía el té y se retiraba, discreto. La hembra titánica que en nada se parecía a Severino, mientras tanto, acabó un cigarro y encendió otro, sin preocuparse por la vulgaridad con que aplastó una colilla, ni por el desparpajo con el que encendió el siguiente cigarro, ni por la grosería de sus gestos, ni porque el humo expulsado de sus pulmones cetáceos perturbase el té de la gaditana, ni por su incomodidad evidente.</p>
<p>-      Bueno… &#8211; empezó Angustias – Aquí estamos. ¿Eras prima segunda de Severino por parte de…?</p>
<p>-      No interesa mucho ahora, ¿no le parece? Soy de la línea del hermano de su madre.</p>
<p>-      Es que estoy sorprendida. Severino nunca me habló de usted.</p>
<p>-      Nunca le habló de mí. ¿Le habló de su pasado, de su familia?</p>
<p>-      Ahora que me lo dice, me doy cuenta de que no. Pensaba que no tenía familia, a pesar de que lo he tratado por más de quince años antes de casarnos.</p>
<p>-      No me sorprende. Su marido era un sinvergüenza y un canalla. – Se miraron, una desafiante, la otra, orgullosa, negándose a creer en sus palabras. – Hace más de treinta años, la madre de Severino y su hermano iban a abrir una empresa de importación de artículos franceses. Habían pasado por malos momentos económicos, y tuvieron que vender dos casas que habían sido de sus padres para iniciar el negocio. Juntaron todos los ahorros de las dos familias, y se los confiaron a Severino, que viajó a Francia supuestamente para comprar mercadería y negociar la representación de productos finos. Vinos y otras cosas, nunca lo supe bien. A los seis meses, él regresó con la mitad del dinero, sin haber comprado ni negociado nada, y con una puta francesa de mala vida con la que se fugó con el resto del dinero. La familia rompió con él, y la francesa lo dejó después de gastárselo todo en juergas, trapitos y vaya uno a saber qué. Por culpa de Severino lo pasamos muy mal. Ahora ya están todos muertos. Solamente quedo yo.</p>
<p>-      Comprendo…</p>
<p>-      No, no creo que lo comprenda. Nos arruinó la vida. Así como me ve, yo hace treinta años era delgada y bonita, estaba casada y tenía dos hijos y era feliz. La miseria arrastró a mi marido al juego y a la bebida, y lo mataron a puñaladas por una deuda de naipes. Mis dos hijos enfermaron de tuberculosis y murieron sin que pudiera costearles tratamiento médico, y yo me tuve que meter a mujer de la limpieza para sobrevivir. Perdí el ojo en un accidente con un chorro de queroseno encendido, limpiando las calderas de la calefacción de la casa en la que me empleaban, y me despidieron por torpe, porque casi incendio la casa. No creo que comprenda lo difícil que fue todo para mí.</p>
<p>La mujer hizo su relato con un estado de ánimo constante y calmo. No parecía especialmente afligida. Era como si ya hubiese sufrido todo lo que es posible sufrir para una sola persona, y solamente conservase la amargura y un reflejo del odio del pasado. Angustias se sintió culpable y a la vez furiosa, pero no se atrevía a enfrentarse abiertamente con aquélla mujer que no parecía tener nada que perder.</p>
<p>-      De verdad lo siento mucho, – dijo &#8211;  pero como comprenderá, yo no conocía nada de todo esto, y, de más está decirlo, no soy culpable de todo lo que le ha sucedido, por mucho que pueda lamentarlo.</p>
<p>-      No me importa. – respondió Teresa Guevara – No me importa nada. Creo que me merezco al menos una parte, y le juro que voy a pelear por eso.</p>
<p>El silencio se instaló entre las dos. Los ojos de amatista de María de las angustias fijos en el único de su oponente. Los labios contraídos en un silencio forzado, el sonido ausente de una batalla sorda.</p>
<p>-      Entiendo… Seré sincera. Usted no me gusta…</p>
<p>-      Usted a mí tampoco – interrumpió la mujer, acomodando su parche sobre el ojo izquierdo, y dejando entrever la piel quemada alrededor de la cuenca vacía.</p>
<p>-      Entonces estamos en paz. Le decía que a pesar de eso estoy dispuesta a llegar a un acuerdo. Entiendo que conoce usted el estado patrimonial de Severino al momento de su muerte.</p>
<p>-      Perfectamente.</p>
<p>-      ¿Y qué quiere?</p>
<p>-      Cien mil pesos y la mitad del departamento de Almagro. – Angustias asintió lentamente, volvió a dejar la taza que acababa de levantar sobre el plato, e incorporándose con parsimonia de su asiento, respondió:</p>
<p>-      Discúlpeme un momento. Debo ir al tocador.</p>
<p>Se dirigió a los servicios con altivez y sin mirar a su contrincante, haciendo funcionar a toda velocidad su máquina de calcular. Aquélla mujer era completamente insolvente, por lo tanto no podría recuperar las costas del juicio si iban a los tribunales, y además, necesitaba disponer de la herencia cuanto antes. Se miró al espejo del tocador de señoras, y se encontró avejentada y vencida, con un nuevo ramillete de arrugas apenas perceptibles alrededor de los labios contritos. No sentía fuerzas para luchar, pero no quería ceder a un chantaje que consideraba desproporcionado e injusto. Volvió a la mesa a paso firme, y con una grosería deliberada y calculada, tomó en sus manos el paquete de cigarrillos de la mujer, extrajo uno y lo encendió con la boca torcida y un gesto malevo que había visto hacer infinidad de veces al cantante de tangos de la taberna del Abasto donde la llevaba Esteban Florián Giménez del Río. Apoyó el codo del brazo derecho en la mesa, mientras sostenía el cigarro humeante con la misma mano, y dejando de lado sus modales refinados y recatados de toda la vida, adoptó una actitud rioplatense y arrabalera. Dirigió su mirada violeta y profunda al único ojo asombrado de la gigantesca mujer, y le habló con rudeza, tuteándola deliberadamente.</p>
<p>-      Mira, Teresa. Las dos sabemos que con la ley en la mano no tienes ninguna posibilidad. Pero también sabemos las dos que puedes tocar mucho los cojones con el abogaducho pelagatos y carroñero que te has buscado, y no tengo ni putas ganas de pasar por esto. Setenta mil pesos en efectivo y ni una moneda más. Es mi única oferta, y es indiscutible. – hizo una pausa corta y seca – Piénsatelo. Pero piénsatelo bien. Yo puedo aguantar perfectamente dos o tres años de juicio, pero cuando acabemos, tú tendrás que vender el ojo sano para pagar mi demanda por perjuicios.</p>
<p>La mujer echó hacia atrás su enorme corpulencia, con el rostro violentamente enrojecido, e iniciando un ademán de levantarse de la mesa, ofendida. Pero algo la detuvo a medio camino, y volvió a dejar caer sus ciento treinta y siete kilogramos de masa corporal sobre la silla, torció el gesto y por primera vez aquélla tarde, Angustias pudo identificar en su risa franca el gesto familiar de Severino Garmendia y Guevara. A pesar de que la risa que soltó la mujer era basta y grosera, la forma de sus labios sonrientes era inconfundiblemente igual a la de su marido muerto.</p>
<p>-      Me sorprendiste. – dijo – Yo tampoco tengo ganas de juicio. Tenemos un acuerdo.</p>
<p>Se estrecharon las manos por encima de las tazas sucias, y María de las Angustias no pudo evitar un estremecimiento, ligeramente cercano al asco, al sentir la palma rechoncha y sudorosa de la mano de su oponente. Era un empate justo. La gorda totémica se levantó en seguida, manoteando con torpeza el paquete de tabaco, el encendedor y su bolso grande, haciendo un gesto ampuloso que abarcó todo el salón de té. “Ahí te dejo la cuenta”, dijo, y se marchó sin despedirse ni mirar atrás.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-trece-ahi-te-dejo-la-cuenta-2/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/03/capitulo-once-barajar-y-dar-de-nuevo/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/03/capitulo-once-barajar-y-dar-de-nuevo/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 18 Mar 2010 18:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=346</guid>
		<description><![CDATA[Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-348" title="barajar_y_dar_de_nuevo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/barajar_y_dar_de_nuevo-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" />Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico <em>Anís del Mono</em> español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.</p>
<p>Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-346"></span>No hubo más de cuarenta invitados. Ambos contrayentes carecían de ascendencia, y don Severino, además, no tenía hijos. Alberto Ramírez Matalobos, con dieciocho años cumplidos y sin alcanzar el metro sesenta y ocho de estatura, intentaba disimular una propensión al abultamiento de su vientre bajo un traje de tres piezas que, dada la presión que resistían los botones del chaleco, en rigor de verdad la realzaba. Cultivaba un ralo bigote incipiente bajo su nariz, aplicándose compresas con lociones crecepelo y diversos emplastos y potingues que compraba en cuanto negocio del ramo descubría, con auténtico amor de jardinero y en absoluto secreto. María de las Angustias se sintió orgullosa de él mientras la llevaba del brazo por el pasillo central de la parroquia, que a pesar de estar engalanada con flores y guirnaldas, se veía deslucida, oscura y sucia. En el altar, el Padre Amancio Aguilar controlaba los aspectos principales de la liturgia matrimonial con una actitud que, de no tratarse de un ministro del señor, podría haberse calificado de desidia. Mientras tanto, con el rabillo del ojo verificaba el equilibrio deficiente del novio, que esperaba de pie, esforzándose en mantener un ángulo cercano a los noventa grados con respecto al altar, sin saber si atribuirlo a la edad o a su aliento inconfundible de anís que un perfume de alcanfor no conseguía disimular. En cualquier caso –pensó mientras recordaba su reciente trago de vino de misa en la vicaría – quien estuviese libre de pecado que tirase la primera piedra.</p>
<p>María del Rocío y Juan José Cavalieri se habían ubicado en la segunda fila de bancos, dudando entre el derecho de familia y el pudor de saberse repudiados por María de las Angustias. Fue una precaución innecesaria, porque dada la ausencia de familiares de Don Severino, la primera fila quedó completamente vacía, transformando la segunda en primera, pero con el añadido evidente y vergonzoso de una elección errónea por parte de sus ocupantes. María del Rocío se ubicó junto al pasillo, con la esperanza de cruzar una mirada de redención al pasar su madre, pero Angustias, consciente de la presencia de su hija, le negó esa satisfacción, porque la altivez era el único remedio que conocía contra la culpa.</p>
<p>El oficio religioso fue una larga letanía de tópicos, frases hechas y latinajos mal pronunciados, con el ritmo entrecortado por la perjudicada lectura etílica del Sacerdote, que perdido en una nube de apatía y vino tinto, confundía los puntos y las comas, provocando que el sentido final del texto fuese completamente incomprensible. Finalmente, el padre consiguió casarlos sin más incidentes que los tres intentos fallidos de Severino por colocar el anillo en un dedo que se escapaba a su absoluto dominio de sí mismo y de su pájara de anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El convite posterior a la ceremonia se realizó en el salón principal del <em>Hotel Savoy</em>, donde los novios recibieron a sus pocos invitados en un clima festivo y jovial que sintonizaba con los primeros calores de la primavera. Habían dispuesto una mesa principal adornada con jazmines, en la que se acodaron, a su centro, María de las Angustias y Don Severino. Frente al novio, ocupó una silla Alberto Ramírez Matalobos, que por primera vez encendía un puro delante de su madre, sin sospechar que ella misma fumaba tabaco negro de liar. María del Rocío se acomodó frente a su madre, teniendo a su diestra a Juan José, nervioso e incómodo. A la diestra de Don Severino tomaron asiento Amílcar Vasconcelos y Raimundo de las Carreras, sus dos principales amigos, mientras que a la izquierda de la novia ocupó su lugar Elena Bellaterra, única amiga que conservaba Angustias de los buenos tiempos, y que había de morir de una peritonitis aguda dos años después de la boda. En dos largas mesas adicionales se acomodaron el resto de los invitados, la mayoría de ellos clientes habituales de Don Severino, muchos de los cuales esperaban tener ocasión durante el festejo de intercambiar con él unas palabras sobre el rescate de sus piezas, antes del cierre definitivo del negocio, y por parte de Angustias, amigas ocasionales con las que tomaba té y jugaba naipes, acompañadas de sus maridos, y la incombustible Matilda, que asistía a la tercera boda de su dueña sin dejarse ganar por el asombro ni la dicha.</p>
<p>Ya habían servido los postres cuando, advirtiendo que María del Rocío y su marido no parecía que fuesen a abrir la boca más que para comer, y que la conversación general decaía, Don Severino vació su tercer whisky y echó mano de fórmulas triviales para no dejar morir la velada.</p>
<p>-      Albertito, me contó tu madre que estás trabajando con un prestamista.</p>
<p>-      Si señor – respondió Alberto, orgulloso de sí mismo. – Soy hombre de confianza de Gilberto Montes, de la calle Tacuarí. ¿Lo conoce? – Severino, con los ojos enrojecidos por el humo de su <em>Cohiba</em>, estalló en una carcajada grosera y vulgar, mientras aplastaba la brasa sobre el liquidillo negro que un flan casero de huevo había derramado sobre su plato de postre.</p>
<p>-      ¡Qué si lo conozco! ¡Menudo ladrón! Hice tratos con él hasta mediados de la década de los veinte, durante más de quince años.</p>
<p>-      No diga eso, don Severino. Es un hombre honrado, y estoy aprendiendo mucho de él.</p>
<p>-      De él no vas a aprender otra cosa que a estafar al prójimo, a evadir impuestos y a evitar la cárcel. Aunque esto último puede serte de mucha ayuda si seguís con él – rió su propia gracia, mientras con la mano izquierda intentaba encontrar el camino bajo la falda de novia de Angustias, que se mantenía en silencio.</p>
<p>-      No se lo permito, Señor. Me ofende. – Severino volvió a reír.</p>
<p>-      No te ofendas, Albertito. Todavía sos muy pibe, pero algún día te vas a dar cuenta de la clase de bueyes con los que estás arando.</p>
<p>-      Quiero que retire lo dicho. Si insulta al señor Montes me insulta también a mí, y no estoy dispuesto a permitirlo, ni siquiera el día de la boda de mi madre.</p>
<p>-      Alberto… &#8211; empezó Angustias, que fue cortada en seco por un gesto con la misma mano que antes intentaba levantar su falda.</p>
<p>-      No lo pienso retirar. Ese usurero me mandó dos matones a romperme las piernas por diez mil pesos de mierda, que además no le debía. No le tengo el menor respeto, y ningún pendejo con corbatín nuevo me va a hacer retractarme en mi propia fiesta de casamiento.</p>
<p>Don Severino Garmendia había encontrado uno de los raros momentos en que perdía el control, y había elevado el tono de voz más de lo conveniente. Las conversaciones en las tres mesas se habían interrumpido repentinamente, y un silencio glacial resquebrajó el aire mientras todas las cabezas se volvían a ver el rostro encendido de rojo de Alberto, que en un intento épico por la salvaguarda de su orgullo de varón criollo, se puso lentamente de pie, y con una ligera inclinación de cabeza hacia Angustias acompañada de un “Madre” murmurado entre dientes, giró sobre sus talones y abandonó el hotel sin más palabras.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/03/capitulo-once-barajar-y-dar-de-nuevo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>9</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Diez: Compás de espera</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/03/capitulo-diez-compas-de-espera/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/03/capitulo-diez-compas-de-espera/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 18:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=333</guid>
		<description><![CDATA[María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-336" title="relojcuerda" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/relojcuerda-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.</p>
<p>Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.</p>
<p><span id="more-333"></span>-      Ya sabés cómo son, hija mía. Mientras no pase algo que las distraiga no te van a dejar en paz. No te preocupes demasiado, es solamente cuestión de tiempo. ¿Cómo estás?</p>
<p>-      No aguanto más, Madre. No sé qué hacer. Todas me miran y hablan de mí. Yo no hice nada. Yo no tengo la culpa de nada. – Sor Beatriz miró largamente a la adolescente rellenita que tenía frente a ella, recordando su propia salida, por la puerta trasera, del colegio Nuestra Señora Madre de los Pobres, en Córdoba, debido a un rumor muy difundido y nunca probado acerca de que se acostaba con el Obispo de su congregación. No pudo evitar sentir una profunda simpatía por la niña.</p>
<p>-      Vamos a hacer una cosa. A partir de mañana vas a colaborar en horario extraescolar en las tareas de la biblioteca, lo que te exime de hacer deberes, y, por lo tanto, de pasar tiempo con tus compañeras fuera de clase. Durante los recreos también vas a ir a la biblioteca, donde Sor Felicia te va a asignar tareas cortas antes de volver a clase. Falta poco más de un mes para las vacaciones. Cuando vuelvas seguro que se olvidaron de todo.</p>
<p>-      Gracias, Sor Beatriz – respondió María del Rocío, sorbiendo los mocos y reprimiendo las lágrimas.</p>
<p>Las tardes entre anaqueles de libros y polvo se le hicieron eternas a María del Rocío al principio, mientas clasificaba fichas escritas a máquina en una <em>Remington</em> de 1923, grande y pesada, que era la joya de la biblioteca. Sor Felicia le enseñó con paciencia los secretos de la dactilografía, de la que afirmaba que sería la profesión del futuro, ideal para mujeres modernas. María del Rocío descubrió entonces un talento natural que la revelaba como una gran dactilógrafa, y solamente a las tres semanas de práctica era capaz de copiar monografías sin levantar la vista del original a la asombrosa velocidad media de ciento doce palabras por minuto.</p>
<p>Por esos días realizaba en la biblioteca tareas de reparación de los anaqueles y estanterías un contable recién llegado de Pergamino, que mientras buscaba trabajo en algún estudio del centro se ganaba la vida con sus habilidades manuales. Se llamaba Juan José Cavalieri, y se enamoró de María del Rocío de forma instantánea, a más de tres metros de distancia, la primera tarde en que la vio tropezar con una mesa, mientras transportaba un cajón repleto de fichas que se desparramó por el suelo. Le deslumbraron su aire de desamparo, su torpeza adolescente y sus curvas generosas y rellenas. El improvisado carpintero se apresuró a ayudarla. María del Rocío, turbada por su presencia, recogió las fichas con rapidez, y mientras verificaba de un rápido vistazo que Sor Felicia no se encontraba cerca, agradeció al hombre con una caída de ojos acompañada de su mejor sonrisa y un inoportuno rubor que le cubría las mejillas.</p>
<p>María del Rocío no regresaría al colegio después de las vacaciones, ni nunca más en lo que le quedaba de vida.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María del Rocío intuía que su madre sería, una vez más, inflexible. Sus manos temblaban perceptiblemente cuando llamó a la puerta del pequeño departamento en el barrio del Once que Angustias había comprado con el dinero en efectivo que le había dejado don Esteban, aunque había tenido que sumar parte del capital nuevamente empeñado a costas de Severino Garmendia, y que empezaba a perder las esperanzas de recuperar. Le abrió la puerta una Matilda, ajada y envejecida, pero con la pureza de su sangre y la lealtad indomable aún claramente identificables en sus ojos negros. La india no era demasiado mayor que Angustias, pero el paso del tiempo estaba afectándola mucho más que a su señora.</p>
<p>María del Rocío pensó que era ridículo que continuase habiendo servidumbre en un departamento tan pequeño que podía limpiarse en media mañana, pero ni entonces ni nunca supo que Matilda, única integrante del servicio, ya no cobraba salario, y a pesar de ello continuaba con Angustias porque no tenía dónde ir ni hubiese sabido qué hacer con su vida si no era cuidar de la Gaditana que tanto y durante tantos años la había protegido. Al ver a María del Rocío, de pie en la entrada y calzada en un recatado vestido blanco y negro, en el que apenas entraba ya, Matilda no pudo reprimir una expresión de asombro, y tuvo que apelar a toda su discreción para tragarse entero el consejo de abandonar el edificio antes de que Angustias se percatara de su presencia.</p>
<p>-      ¿Quién es, Matilda?</p>
<p>-      Es la señorita María del Rocío. – dijo la india, hablado por encima de su hombro izquierdo, hacia la sala, pero manteniendo la mirada fija en la adolescente. &#8211; ¿Cómo está usted, mi pequeña? – la india la abrazó con ternura sincera.</p>
<p>-      Hola, Matilda.</p>
<p>-      Pues dile que no quiero verla. Es una vergüenza para mi apellido.</p>
<p>María del Rocío pudo ver cómo la piel cuarteada del rostro de la india se dibujaba de grietas trazando un mapa directo al centro de su angustia, al tiempo que ensayaba un gesto de conmiseración, apelando a su comprensión e implorando silenciosamente, con la mirada, que se fuese. Hizo el amago de comenzar a cerrar la puerta, pero la joven adelantó un pie, y sintiéndose ahogada en su propia adrenalina, apartó suavemente a Matilda y entró directa a la sala, deteniéndose ante su madre con las mejillas encendidas y los ojos inundados, conteniendo el llanto.</p>
<p>-      Tengo que hablar con usted, Madre.</p>
<p>La gaditana la miró de arriba a abajo, estudiándola como si en lugar de su hija tuviese delante a una gitana que intentaba predecir su futuro. Cuando habló, lo hizo con desdén y desprecio:</p>
<p>-      Lo siento. La hija que yo tenía era una que sacaba excelentes notas y respetaba a los mayores. Y no esta fulana desconocida que se ha fugado del colegio con el primer muerto de hambre que le hizo una caída de ojos. – Se volvió hacia la ventana, a sabiendas de que su cabello rematado en un rígido rodete, recortado a contraluz, le proporcionaba una figura autoritaria. – Solamente hablaré contigo cuando hayas vuelto al colegio y suplicado el perdón de Sor Beatriz.</p>
<p>-      No voy a volver, Madre. – la voz le temblaba al mismo ritmo que las rodillas – Y por lo que veo usted ya no podría pagarlo.</p>
<p>-      ¡Pero cómo te atreves!</p>
<p>La gaditana giró sobre sí misma, alzando la mano derecha, dispuesta a abofetear a su hija. Al encararse con ella, una fracción de segundo antes de soltar la mano, percibió con una claridad violenta y desnuda cuánto había crecido María del Rocío en los meses que llevaba sin verla. Los pechos se le habían hecho redondos y pesados, y sus caderas amplias y generosas soportaban un talle ligeramente rechoncho pero aún así, esbelto y gracioso. Tenía el rostro congelado en una mueca de asombro y miedo. Los ojos le brillaban con una determinación andaluza en la que Angustias reconoció su propia casta. La joven, aunque asustada, había alzado la barbilla, dispuesta a no esquivar el golpe a pesar del reflejo que la había obligado dar un paso atrás. El labio inferior le temblaba ligeramente, pero Angustias adivinó que aguantaría lo que fuera sin llorar. Quedaron inmóviles las dos, en un instante eterno que Matilda aprovechó para escabullirse hacia la cocina para preparar té. Angustias controló su salida con el rabillo del ojo, sosteniendo aún la mano en alto. Volvió a centrar la atención en su hija, y mientras bajaba lentamente la mano derecha, se llevó la izquierda al pecho, intentando retener un llanto que la desbordaba a traición. Volvió a girarse hacia la ventana, deseando estar sola para llorar en paz.</p>
<p>-      Vete – dijo.</p>
<p>María del Rocío se acercó a su madre y le rodeó los hombros con un brazo, mientras con la otra mano le acariciaba el cabello, asustada y sorprendida porque era la primera vez que la veía llorar. Permanecieron inmóviles por espacio de un par de minutos, hasta que la gaditana, una vez apagado su llanto, susurró:</p>
<p>-      Sé a lo que vienes. Mi respuesta es no.</p>
<p>-      Madre, solo quiero su permiso para casarme.</p>
<p>-      Primero debes terminar tus estudios, y luego ya te buscaré yo un marido apropiado.</p>
<p>-      Si no me da el permiso, me iré igualmente con Juan José. Viviré en pecado mortal, y ya nunca más me verá, Madre.</p>
<p>Las sospechas de Angustias se confirmaron en el tono de voz resuelto de su hija. Pensó en la determinación inquebrantable con que había conseguido levantarse una y otra vez, y supo, como solamente lo saben los jugadores expertos, que en ese juego había perdido.</p>
<p>-      Si no puedo evitar esa boda no te daré ni un centavo. Lo sabes, ¿verdad?</p>
<p>-      No me importa, Madre. Quiero casarme, de verdad. – Angustias hizo una larga pausa, sopesando sus opciones, hasta que finalmente dio por zanjado el asunto.</p>
<p>-      De acuerdo, firmaré la autorización, pero no esperes verme entre los invitados – dijo.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-337" title="angel" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/angel-300x241.jpg" alt="" width="300" height="241" />María de las Angustias cumplió su palabra. No asistió a la boda de María del Rocío y Juan José Cavalieri, celebrada sin pompa ni fasto en una iglesia pequeña de un pueblo cercano a la sierra de Tandil, donde la joven pareja se instaló al aceptar Juan José un cargo de maestro rural de contabilidad en una escuela secundaria.</p>
<p>Durante más de tres años alimentó en silencio una rabia poderosa y necia, que no permitió ni siquiera por un momento que se anegase con un sentimiento de culpa que se negaba a admitir para sí misma. Jamás respondió a las postales de navidad que cada año la pareja le enviaba, ni concedió más que frases de cortesía cuando su hija la telefoneaba con motivo de su cumpleaños, ni aceptó ninguna de las muchas invitaciones a viajar a Tandil que recibió, y mucho menos invitó a su yerno a Buenos Aires. En agosto de 1934, Angustias continuaba viviendo en el pequeño departamento del barrio del Once sobre el que había intentado sin éxito reconstruir su pequeño imperio luego de la debacle del <em>Banco de Crédito Argentino</em>, y comenzaba a perder las esperanzas de recuperar su antigua posición social mediante un nuevo enlace. Continuó frecuentando a Severino Garmendia, más para mantener controladas las urgencias del bajo vientre que por amor al mercader, a quien a pesar de todo se sentía estrechamente unida. Ambos eran arañas predadoras merodeando sus telas, y consentían en bajar las armas para brindarse mutuamente lo más parecido al amor que saben experimentar esa clase de cazadores solitarios. Un domingo por la tarde, mientras tomaban el té en el salón de Angustias, – los encuentros amorosos solamente se daban en la trastienda de don Severino, ya que Angustias guardaba las apariencias y solamente lo recibía en su casa en raras ocasiones, más sociales que amorosas – luego de un prolongado silencio, Severino atrapó la mano descuidada de Angustias, que se retiraba tras dejar la cucharilla en el azucarero, y buscando su mirada, soltó todo el peso de su lastre.</p>
<p>-      Angustias, ¿no te sentís muy sola?</p>
<p>-      ¿Y a qué viene esa pregunta ahora? – respondió la gaditana.</p>
<p>-      Ya no soy joven, <em>galleguita</em>… &#8211; empezó el, exhalando el aire en un bufido lento y prolongado. – Llevo muchos años esperándote, y lo sabés.</p>
<p>Angustias no respondió, limitándose a sostener la mirada de su amante más antiguo y a abrir mucho los ojos, ensayando un gesto despierto y expectante.</p>
<p>-      Quiero cerrar el negocio, casarme y dedicarme a disfrutar de los cuatro pesos que tengo guardados, y no se me ocurre mejor compañera que vos. ¿Por qué no nos casamos?</p>
<p>La máquina de calcular del cerebro de Angustias se puso en marcha rápidamente, sopesando sus opciones. Se acercaba a los treinta y ocho años, y aunque conservaba intactas su belleza andaluza y el hambre de su vientre, sabía que dos maridos muertos en la Argentina y un tercero en ultramar – aunque no hubiese sido su marido, ni hubiese muerto en realidad – eran un estigma fuerte, que sumado a la situación de casi ruina de sus cuentas, la alejaban mucho de ser la jovencita casadera y apetitosa que había llegado a Buenos Aires quince años antes. Y no era menos cierto que Severino podía augurarle un porvenir más que razonable. Como muchas veces antes en su vida, Angustias tomó una decisión en una fracción de segundo, antes de hacer un esfuerzo por inundar su mirada, bajar los ojos y decirle al poso del té:</p>
<p>-      Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María del Rocío estaba amamantando a su hija Renata, que a pesar de haber cumplido ya los seis meses, se negaba en redondo a la ingesta de papillas y menjunjes de bebés, y solamente aceptaba el generoso pecho de su madre por consuelo y alimento. Un susurro profético y misterioso atrajo su atención hacia la puerta de entrada, y pudo ver como un sobre blanco con ribetes dorados se detenía a medio metro de la hendija por la que se colaba el frío todos los inviernos, y el calor todos los veranos, y que Juan José siempre decía que le pondría algo a modo de burlete, pero nunca lo hacía. La niña recién había comenzado a mamar, y Rocío no podía levantarse a buscar el sobre. La curiosidad la corroía por dentro, porque se notaba desde lejos que ese sobre traía algo importante dentro. Pensó en su madre, como cada vez que una carta pasaba bajo la hoja de madera de la puerta, y como en cada momento del día en que su quehacer doméstico le daba tregua. Todas las noticias de su madre durante los últimos años habían llegado a través de su hermano Alberto, que trabajaba de sol a sol como oficial contable en un dudoso despacho en que se gestionaban préstamos de dinero entre particulares. Rocío nunca alcanzaba a entender cómo funcionaba, no era como un banco. Alberto siempre decía: “La gracia está en prestar la guita de los demás. A uno le sobra, a otro le falta, nosotros los juntamos y nos ganamos una cometa, así de fácil”. Finalmente Renata regurgitó un eructo líquido oloroso a leche tibia y dulce, y María del Rocío la depositó suavemente dentro del moisés de segunda mano que había comprado Juan José, dentro de un arrullo blanco rematado en puntilla de encaje. Rápidamente se dirigió a la puerta, y solamente al leer su nombre y el de su marido en el frente del elegante sobre notó el temblor de sus manos. Cuidadosamente despegó la solapa. Dentro halló una tarjeta blanca enmarcada en ornamentos dorados, y supo lo que era antes de leerla:</p>
<p style="text-align: center;">Don Severino Garmendia y Guevara</p>
<p style="text-align: center;">Y</p>
<p style="text-align: center;">Doña María de las Angustias Matalobos</p>
<p style="text-align: center;">Tienen el agrado de participarles a su enlace matrimonial</p>
<p style="text-align: center;">que D.M. se celebrará el próximo domingo 7 de octubre</p>
<p style="text-align: center;">en la Parroquia de San Isidro Labrador</p>
<p style="text-align: center;">calle Lima 11</p>
<p style="text-align: center;">Ciudad de Buenos Aires</p>
<p>María del Rocío lo leyó varias veces, queriendo creer que era un error, que no era verdad, pero sabiendo que era cierto, y que hacía más de dos años que esperaba que se produjera el acontecimiento. No sabía quién era Severino Garmendia. Intentó telefonear a su hermano hasta tres veces en el transcurso de la tarde, pero fue imposible localizarlo. Finalmente, mientras volvía a amamantar a la pequeña, que había despertado y llorado hasta que nuevamente una teta generosa y blanca desbordó la voracidad de su pequeña boca, decidió que si eso servía para que su madre olvidara y perdonara, entonces estaba bien.</p>
<p>Iría a la boda, qué demonios.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/03/capitulo-diez-compas-de-espera/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>10</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/02/capitulo-ocho-burros-champana-y-tango/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/02/capitulo-ocho-burros-champana-y-tango/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 25 Feb 2010 18:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Giménez del Río]]></category>
		<category><![CDATA[Giovanni Rivoldi]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=305</guid>
		<description><![CDATA[1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-308" title="Champagne" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/Champagne-300x288.jpg" alt="" width="300" height="288" />1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.</p>
<p>En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.</p>
<p><span id="more-305"></span>Con la excusa de llevar al pequeño Alberto al colegio, María de las Angustias disponía diariamente del <em>Ford T</em>, con Giovanni Rivoldi a los mandos. Paulatina y deliberadamente fue apoderándose de la agenda del chófer, extendiendo lentamente el abanico de sus servicios y la complicidad entre ambos. Comenzó a llevarlo en largas rondas de compras, a veces acompañada por amigas, en las tiendas del centro. Allí María de las Angustias desplegaba su encanto de negocio en negocio, comprando sin mirar precios ni comparar, siguiendo su instinto infalible para la moda y el buen gusto. Un nuevo par de guantes de gamuza, una capelina de color rosa pálido adornada con plumas de color lavanda, a veces un par de zapatos con un bolso de mano a juego. Era decidida y jamás regateaba. No compraba: jugaba a comprar con dinero de verdad. Mientras, el romano, silencioso y taciturno, se mantenía un paso por detrás de la gaditana, y cargaba sin protestas ni juicios de valor con cuanto paquete se le ofrecía, sin importar forma, volumen ni peso. La andaluza navegaba sutilmente entre el gentío, desquiciando a su paso a los hombres con el simple perfume de animal sensual que emanaba su piel, mientras el chófer se afanaba torpemente por seguirla, intentando sin conseguirlo esquivar a los transeúntes obnubilados en la contemplación de su ama.</p>
<p>Más tarde, segura de sí misma, sabiendo interpretar en los gestos parcos y sutiles del joven italiano una naciente camaradería, construida poco a poco, paso a paso, entre miradas fugaces y gestos silenciosos, le pidió sin preámbulos que la llevase al Hipódromo de Palermo para asistir a las carreras de caballos.</p>
<p>-      Es un pasatiempo inofensivo, personal, porque me gustan los animales. Pero me da un poco de vergüenza – le había confesado al romano, con las mejillas encendidas de rubor –, así que nadie tiene por qué saberlo. Será un secreto entre los dos. ¿Verdad Giovanni?</p>
<p>El joven permaneció en silencio durante un par de segundos, atenazado por su lealtad hacia su jefe e incómodo por la mano enguantada que, en un gesto casual, le había acariciado el antebrazo al rematar la pregunta. Luego fue dejándose invadir suavemente por las chispas violetas de los ojos de María de las Angustias, hasta que finalmente bajó la mirada, derrotado, claudicando secretamente al galope sordo de su propio corazón, e hizo con su cabeza un gesto afirmativo, casi imperceptible, sellando entre los dos una alianza silenciosa e inquebrantable.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Una tarde, a principios del otoño de 1928, Giovanni Rivoldi acudió al palacete de la Avenida Quintana a recoger a María de las Angustias. Detuvo el coche en la entrada, y sin detener el motor, hizo sonar el claxon, como era habitual. Una vez más, al ver salir a la andaluza, el italiano perdió el aliento. No se acostumbraría nunca a su belleza, ni a que su sola presencia le impidiese respirar con normalidad. Aquél día llevaba el pelo recogido en un rodete adusto, y sobre él un sombrero <em>cloché</em> color malva, con medio velo que le cubría el rostro hasta la nariz, dejando al descubierto solamente la punta, respingada y noble, aristocrática a pesar de su origen humilde, indiscutiblemente perfecta, y una sonrisa de labios tocados de rojo, amplia y generosa.</p>
<p>-      Bien, ya estás aquí. ¡Tenemos que darnos prisa, que hoy Irineo Leguisamo <sup class='footnote'><a href='#fn-305-1' id='fnref-305-1'>1</a></sup> montará a <em>Lunático</em>! Siento una corazonada infalible para la <em>trifecta</em> de la segunda carrera.</p>
<p style="text-align: center;">*                     *                             *</p>
<p>Parecía que se le iba a salir el corazón por la boca, al ritmo sordo de los cascos de los caballos agrediendo la pista de arena apelmazada. Seguía el discurrir de la carrera con unos pequeños binoculares de nácar que guardaba en un estuche de piel de becerro. Habían pasado el poste de los mil ochocientos metros. María de las Angustias, casi sin darse cuenta, se aferraba con su mano izquierda al musculado brazo de Giovanni Rivoldi, mientras con la derecha sostenía las lentes de aumento, conteniendo la respiración para no mover la mano, para no perder detalle de las patas fuertes, rematadas en herraduras, que levantaban nubes de arena seca y ocre a su paso. Entraron en la recta final causando una polvareda estruendosa y caótica, <em>Lunático </em>medio cuerpo por detrás de <em>Estrella</em>, la yegua pinta que María de las Angustias había pronosticado en segundo lugar en su <em>trifecta</em>. Según lo previsto, <em>Marciano</em> ostentaba un cómodo tercer puesto, un cuerpo y medio por detrás de <em>Lunático</em> y casi dos por delante de <em>Pirata</em>. María de las Angustias había jugado fuerte. Su pulso se desbocaba al compás rítmico del galope de los caballos, casi podía sentir las herraduras horadando su carne. El romano sufría en silencio las uñas de la gaditana arañando su bíceps bien formado, mientras fingía seguir la carrera, aprovechando la cercanía de la andaluza para no perder detalle de su aroma ligero de agua de violetas, del ritmo alterado de su respiración, el vaivén sutil de su pecho encorsetado y el hoyito dulce que en su garganta dibujaban los imperceptibles gemidos escapados de la tensión enorme de sus músculos.</p>
<p>Angustias estalló en un grito contenido, presionando aún más al chófer, cuando Irineo Leguisamo, levantando ligeramente la cadera, se afianzó sobre los estribos. Demostrando su talento, espoleó a <em>Lunático</em>, que redobló su esfuerzo y su galope, y exigiendo al máximo su musculatura abrillantada bajo el sol inclemente por su sudor de caballo, protagonizó una remontada épica, cruzando el disco de meta dos cabezas por delante de <em>Estrella</em>, cuando todo parecía ya perdido.</p>
<p>-      ¡Ganamos! – gritó María de las Angustias, girándose hacia el italiano y abrazándolo en un incómodo revoltijo de guantes, binoculares y sombrero.</p>
<p>El joven, sorprendido por el exabrupto de su ama, tensó instantáneamente los músculos de todo el cuerpo, manteniéndose inmóvil, asustado y presa de una dolorosa e incontrolable erección instantánea. María de las Angustias dejó extinguirse lentamente su entusiasmo en brazos del chófer, y luego, despacio, serena y hablando en susurros, lo enfocó directamente a los ojos con su mirada violeta y profunda, bajando ligeramente el mentón, como le gustaba hacer, y deshaciendo el abrazo un par de segundos más lentamente de lo aconsejable.</p>
<p>-      Perdóname, Giovanni. En estos casos me cuesta controlar mi entusiasmo. ¿Me llevarás a cobrar el premio?</p>
<p>-      <em>Adesso, signora</em>. – respondió el italiano, fijando la vista en el suelo, mientras pasaba por su flanco derecho, evitando el contacto, para intentar disimular su incomodidad.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/200px-Gardel-legizamo.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-309" title="Gardel-Leguisamo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/200px-Gardel-legizamo.jpg" alt="" width="200" height="354" /></a>La confitería <em>París</em>, ubicada dentro del recinto del hipódromo, era tradicionalmente un lugar de encuentro para quienes querían celebrar triunfos o llorar derrotas, en el que la distinción de sus asistentes y la exquisita atención del personal conformaban el sello de identidad del lugar. El ambiente estaba cargado de humo y saturado de conversaciones cruzadas cuando María de las Angustias, seguida un paso atrás por Giovanni Rivoldi, se detuvo nada más entrar, recorriendo el local con la mirada en busca de una mesa libre. En seguida identificó una al fondo de la sala, donde se encaminó con paso decidido.</p>
<p>-      Ordena champaña, Giovanni. ¡El triunfo de <em>Lunático</em> hay que celebrarlo por todo lo alto!</p>
<p>-      Pero <em>signora</em>&#8230;</p>
<p>-      Nada, Giovanni. Nos tomamos una copa de festejo y nos vamos a casa. De todas formas, Esteban me dijo que hoy regresará tarde. No tienes que ir al banco por él hasta las nueve.</p>
<p>Un camarero se acercó, con una bandeja con dos copas de champaña, y depositándolas frente a la gaditana y su acompañante, informó, mientras señalaba una mesa cercana:</p>
<p>-      Nuestra mejor champaña, señora. Invitación del señor Leguisamo.</p>
<p>María de las Angustias dirigió su mirada hacia donde señalaba el camarero. El <em>jockey</em> Irineo Leguisamo celebraba su triunfo, acompañado por el mismísimo Carlos Gardel, amigo y admirador suyo, que pocos años más tarde colaboraría en su inmortalización mediante una inolvidable interpretación del tango <em>Leguizamo solo</em>.<sup class='footnote'><a href='#fn-305-2' id='fnref-305-2'>2</a></sup> El <em>jockey </em>levantó su copa, mientras el cantante sonreía, divertido, hacia María de las Angustias. La gaditana imitó el gesto, dejando caer sus ojos en actitud de fingida timidez, y luego de probar su copa, le dijo al camarero.</p>
<p>-      Por favor, sírvanos una botella de esta misma, y envíe otra de mi parte a los caballeros.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El <em>Ford T</em> bufó un soplido vaporoso de agua hervida al apagar el italiano los veinte caballos de potencia de su motor. María de las Angustias había hecho el recorrido de vuelta en silencio, divertida por los celos evidentes de su chófer, y paladeando el recuerdo de su festejo y la voz gutural del <em>Zorzal Criollo,</em> piropeándola, invitándola a escucharlo: le regalaría dos entradas, para ir con quien quisiese. <em>“Soy una mujer casada, y es difícil llevar a mi marido a determinados sitios</em>”, había respondido. <em>“Entonces venga sola. Le dedicaré una canción especialmente bonita”</em>, replicó el cantante. <em>“¡Uy! Las canciones especialmente bonitas me dan miedo. Me subyugan demasiado.”</em>, fue la respuesta que zanjó la invitación.</p>
<p>Giovanni había permanecido en silencio durante la conversación con ambos hombres, que se prolongó por espacio de tres botellas de champaña, y en silencio condujo a su ama de regreso al palacete de la Avenida Quintana. En silencio le abrió la puerta, cediéndole el paso, y también en silencio asintió con la cabeza cuando María de las Angustias le ordenó que la acompañase al dormitorio para ayudarla a quitarse las botas. <em>“Es que me encuentro un poco&#8230; mareada”</em>, se justificó la gaditana.</p>
<p>El romano, abochornado y ofuscado, se arrodilló frente al sillón que flanqueaba la cama matrimonial, para tirar, una a una, de las botas de su ama.</p>
<p>-      Una cosa más – interrumpió María de las Angustias al romano, que ya se marchaba de la habitación. –. Desabróchame el vestido, por favor, que ahora mismo no sé dónde está Matilda.</p>
<p>Giovanni Rivoldi, que en ese preciso instante se encontraba de espaldas a su ama, a punto de cruzar la puerta, se detuvo en seco, adivinando un sudor frío que rápidamente le pobló la espina dorsal, y una alteración del pulso notable a simple vista. Se giró despacio, para ver a María de las Angustias de pie, dándole la espalda y sujetándose el cabello en alto con ambas manos. Se adivinaba una nuca suave, una fragancia dulce, imposible de identificar para el romano, y el nacimiento de su cuello, piel tersa, el inicio de sus hombros, más piel, y una fila interminable de botones, que llegaba hasta la cruz de su cintura.</p>
<p>-      Estoy esperando – insistió ella.</p>
<p>-      Voy, <em>signora</em>.</p>
<p>El romano, resignado, se acercó lentamente, intentando controlar el temblor de sus dedos. Desabrochó el primer botón, sin poder evitar rozar la piel suave de su ama. Ella se dejó recorrer por la electricidad del contacto, estremeciéndose y soltando un imperceptible y agudo gemido. Desabrochó el segundo, esta vez acariciando una vértebra con la yema de su dedo índice, suavemente, y sincronizando con el tacto la expulsión controlada de aire por su nariz, erizando el vello de la nuca de la andaluza. Asustado por su propia audacia, el joven italiano se sintió morir cuando descubrió las dos manos de su ama sobre sus nalgas, tirando de él, acercándolo para quedar con los cuerpos en contacto. Cruzó los brazos sobre el vientre de María de las Angustias. Ella, despacio, puso sus manos sobre las de él, guiándolas con calma, suavemente, por el paisaje accidentado de su vientre, hasta su pecho, inclinando hacia atrás la cabeza, para permitirle a él mordisquear dulcemente su oreja.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Allí, en el dormitorio matrimonial, descubrió Angustias que el carácter tímido y discreto del romano se traducía en un estilo silencioso y vigoroso para hacer el amor. El Chófer era capaz de copular en posición tradicional, sobre ella, sostenido por sus fuertes brazos para no aplastarla, como haciendo flexiones, durante larguísimos ratos y varias veces al día. Durante esos encuentros, Giovanni nunca se desvestía por completo, y no emitía ningún sonido. Se limitaba a apretar los labios y regular su respiración, mientras sudaba copiosamente por la frente, las axilas y los tobillos ridículamente unidos por los pantalones arrugados a su alrededor. Era un hombre que hacía el amor absolutamente concentrado y sin mirar a los ojos a su hembra.</p>
<p>Después del primer encuentro, Angustias pensó que había sido un error, pero luego aprendió a disfrutar de la disciplina amatoria del italiano, de sus brazos fuertes, de sus manos de mecánico y su espalda ancha y musculosa, y encontró que el silencio del hombre le permitía abandonarse por completo a sus fantasías eróticas, teniendo mientras tanto entre las piernas a un auténtico caballo de tiro.</p>
<p>El joven italiano, mientras tanto, era absolutamente incapaz de expresar la pasión que lo devoraba por dentro de una forma distinta a los empujones sistemáticos y brutales que partían de sus caderas, y fue el único y silencioso testigo de la completa y total transferencia de la lealtad inquebrantable que sentía por el banquero hacia su bella esposa.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-305-1'>Irineo Leguisamo fué uno de los más grandes <em>jockeys</em> de la hípica rioplatense. Ver <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Irineo_Leguisamo" target="_blank">Irineo Leguisamo</a>. <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-305-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-305-2'>Por alguna razón que desconozco, el <em>jockey </em>se apellidaba <em>Leguisamo</em>, con &#8220;S&#8221;, y el tango lleva el título <em>Leguizamo solo</em>, con &#8220;Z&#8221;. <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-305-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/02/capitulo-ocho-burros-champana-y-tango/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>6</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Siete: Campanas de Boda</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/02/capitulo-siete-campanas-de-boda/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/02/capitulo-siete-campanas-de-boda/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 18:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[Giménez del Río]]></category>
		<category><![CDATA[Giovanni Rivoldi]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=292</guid>
		<description><![CDATA[María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-294" title="1924_hotel_plaza" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza-300x202.jpg" alt="" width="300" height="202" /></a>María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida <em>Quintana</em>, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.</p>
<p>-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.</p>
<p>-      ¿Qué es el <em>inglés</em>, madre?</p>
<p>-      No te preocupes por eso ahora.</p>
<p>-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en <em>englés</em>?</p>
<p>-      No, Rocío se quedará donde está.</p>
<p>Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-292"></span>Las franjas de luz solar que se colaban entre las rendijas de las persianas que, convenientemente bajas, proporcionaban intimidad a la trastienda de Severino Garmendia, daban a la piel desnuda de Angustias un aspecto atigrado y alegre. Angustias jugaba entre los dedos con el vello del pecho de don Severino, que hacía rato ya que había encanecido.</p>
<p>-      Tienes que tener preparadas mis cosas, Severino. Pronto las rescataré todas.</p>
<p>-      ¿En serio? – Él no intentó ocultar su sorpresa. &#8211; ¿Conseguiste liquidez?</p>
<p>-      Aún no, pero será pronto.</p>
<p>Él hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos. En la posición en la que descansaban no tenía buen ángulo para buscar su mirada. Había cumplido cincuenta y dos años recientemente, y cada vez pensaba más en su vejez. Durante los últimos meses, más de una vez se había sorprendido a sí mismo imaginando el cierre de su negocio, y una vida en la que comenzar a disfrutar sus ahorros al lado de María de las Angustias. Se preguntaba frecuentemente si ella lo consideraría como marido además de como amante. Angustias interrumpió sus reflexiones con una revelación dolorosa.</p>
<p>-      Voy a casarme en noviembre, Severino. – Él encajó el golpe con entereza, echando mano de su oficio de gladiador habituado a los reveses.</p>
<p>-      Esto sí que no me lo esperaba tan pronto… ¿Quién es el afortunado?</p>
<p>-      Esteban Florián Giménez del Río. No creo que le conozcas.</p>
<p>-      Claro que lo conozco. Sé perfectamente quién es. Apuntaste alto esta vez, <em>galleguita</em>. Tené cuidado, que una cosa son los <em>milicos</em> y otra los banqueros. – hizo una pausa, pensativo – ¿Eso significa que <em>lo nuestro</em> se termina?</p>
<p>-      No, claro que no. Nos veremos menos, quizás. No lo sé. Después de todo, una mujer casada también tiene sus secretos, ¿no crees?</p>
<p>Severino Garmendia no contestó a la pregunta. Pensaba que había perdido, que le habían ganado de mano. Pensaba también que no hay mal que por bien no venga, y que una alianza semejante sería también buena para sus negocios. A María de las Angustias le costaría un cinco por ciento adicional recuperar sus piezas, que los tiempos estaban difíciles.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-295" title="26ford_t_coupe" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/26ford_t_coupe-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Se ajustó la pajarita negra. Una, dos, tres veces. Sonrió satisfecho frente a su imagen reflejada en el espejo. Vestía un frac de corte elegante, negro, con un chaleco de seda gris con bordados heráldicos en gris oscuro, y una galera nueva iba perfectamente a juego con su bastón de madera de cerezo, oscuro, lustrado y encerado para la ocasión. Don Esteban Florián Giménez del Río ajustó la cadena de oro del reloj antes de guardarlo en el bolsillo del chaleco, y dio cuidadosamente dos pasos atrás para verse de cuerpo entero, en perspectiva, frente al espejo de su dormitorio. Ladeó la cabeza a izquierda y derecha, buscando diferentes ángulos de visión. Estaba orgulloso de sí mismo. Podía decirse que había triunfado. Pronto estaría casado con la mujer más bella que había conocido en su vida, y los negocios no podían ir mejor.</p>
<p>-      <em>Signore</em>, es la hora de <em>marchare</em>.</p>
<p>-      Sí, Giovanni. ¿Cómo estoy, si se me permite preguntar?</p>
<p>-      Espléndido, <em>signore</em>, espléndido. Ma, non queda tiempo. É <em>molto</em> tarde, <em>signore</em>. La <em>ragazza</em> me espera.</p>
<p>-      De acuerdo, de acuerdo. Me dejarás en la catedral e irás a buscar a Angustias, como estaba previsto.</p>
<p>-      <em>Perfetto</em>.</p>
<p>Salieron apresuradamente hacia el <em>Ford T</em>, que esperaba con el motor en marcha en la acera, junto a la puerta principal del palacete de Don Esteban. La boda sería espectacular. Había convenido con el Arzobispo de Buenos Aires, don José María Bottaro, que administrase personalmente el sacramento del matrimonio a la pareja en el altar mayor de la catedral de la ciudad, junto a la Plaza de Mayo. A cambio, Don Esteban se había comprometido a donar la construcción de una nueva iglesia, donde le pareciese mejor a Su Ilustrísima. La Santa Madre Iglesia aportaría el terreno. Don Esteban, los fondos.</p>
<p>La Catedral lucía imponente, adornada con flores frescas y con las antorchas del frontispicio encendidas en honor de los contrayentes. Más de cuatrocientas personas presenciaron la larga misa matrimonial, celebrada en latín y castellano, en la que no faltó ningún elemento de la liturgia correspondiente a las grandes ocasiones. El Arzobispo fue pródigo en palabras y gestos, y según algunos invitados de primera fila, en miradas furtivas a la novia.</p>
<p>Finalizada la ceremonia, los recién casados se dirigieron en el <em>Ford T</em>, comandado por un Giovanni Rivoldi engalanado como nunca, al hotel Plaza de Buenos Aires, en donde se celebró una recepción y una cena de gala para doscientas cincuenta personas. Francisco Canaro y su Orquesta Típica tocaron en vivo durante más de tres horas los tangos y milongas de moda, para deleite de la concurrencia y como demostración definitiva del poderío del financiero en la vida social de Buenos Aires.</p>
<p>María de las Angustias estaba radiante, y de buena gana bailó tangos y valses con la flor y la nata de los políticos y empresarios de la ciudad, recibiendo sin inmutarse un torrente de elogios y atenciones, y riendo de manera forzada el chiste de besar a la novia hasta en siete ocasiones a lo largo de la noche.</p>
<p>Los novios despidieron a los últimos invitados en el hall del hotel, entre abrazos beodos, palmadas en la espalda y exageradas muestras de cariño y buenos augurios. Solo al llegar a la <em>suite</em> nupcial advirtió Angustias que el estado etílico del banquero era absoluto y total. Tanto que la gaditana alcanzó a temer que fuese imposible consumar el matrimonio esa misma noche. Se sintió frustrada, porque deseaba intensamente conocer cómo se comportaría en la cama su nuevo marido.</p>
<p>-      ¿Cómo te encuentras, Esteban?</p>
<p>-      Mejor que nunca, Angustias. Enamorado de vos hasta los tuétanos, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Ahora que estamos casados se te permite todo, Esteban – invitó angustias, quitándose el velo de novia reciente con un gesto gracioso y seductor. – Y cuando digo todo, quiero decir todo.</p>
<p>La bella gaditana lo miró insinuante y profundamente a los ojos, pensando que quizás no estuviese todo perdido. El financiero, que como buen hombre de negocios sabía perfectamente reconocer una oportunidad, comenzó a tirar torpemente de la pajarita al ver que angustias, con un movimiento hábil se había quitado el vestido y lucía un conjunto de ropa interior entero y con portaligas, terriblemente sugerente.</p>
<p>-      Ven aquí, deja que te ayude con eso, cariño.</p>
<p>-      Lo que quieras, Angustias, lo que quieras.</p>
<p>Don Esteban se tumbó en la cama, luego de quitarse los zapatos. Angustias lo despojó hábilmente del frac y el chaleco, y después de depositarlos con cuidado sobre un canapé forrado en piel, desanudó la pajarita con un preciso movimiento de manos y comenzó a besar al banquero. Lentamente, primero en los labios, luego en el cuello y el pecho, al tiempo que desabotonaba con precisión su camisa blanca impecable, quitaba y dejaba en la mesa de luz los gemelos de oro, y desabrochaba a tirones los pantalones, que hacía rato habían perdido la geometría de su raya.</p>
<p>-      Angustias… &#8211; el banquero no acertaba a elegir palabras, mientras dos manos expertas lo recorrían de arriba abajo como nunca antes. – Esto es… excitante, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Shhhh… &#8211; la gaditana lo besó en los labios, regalona, frotándose de cuerpo entero sobre su banquero desarmado – relájate, Esteban – invitó, antes de volver a su labor.</p>
<p>Pudo adivinar la dureza del banquero al quitarle los pantalones, dejando al descubierto unos graciosos pantaloncillos blancos que el empresario utilizaba a modo de ropa interior. Su entrepierna estaba abultada y el hombre respiraba entrecortadamente, murmurando el nombre de su mujer entre vapores de alcohol y eructos contenidos con aroma de trufas de chocolate, sin terminar de advertir que las luces del techo le resultaban mareantes. Angustias continuó su recorrido preciso por el cuerpo cubierto de vello, que comenzaba a ser canoso, de su nuevo hombre, y cuando por fin su mano derecha se aferraba al animal nervioso y enrojecido del banquero, mientras ella se preparaba para intentar la primera felación matrimonial, don Esteban se sintió repentinamente invadido por un sudor frío, el vientre se le llenó de espuma, su corazón se aceleró, sus ojos se abrieron desbocados, mientras intentaba sin éxito incorporarse sin tirar a su mujer al suelo. Entonces volvió a caer, rendido, sobre la cama, y estalló en un vómito colosal, que como un géiser lanzó al aire un chorro tórrido y maloliente, en cuya composición pútrida se mezclaba una abundante cantidad de buen whisky, dos porciones de tarta de novios y trozos a medio digerir de perdiz estofada en salsa de ciruelas, esparciéndolo todo sobre el lecho nupcial.</p>
<p>Angustias retrocedió de un salto, maldiciendo la fiesta y su puta madre, y al mismísimo Dios y su jodido sentido del humor, mientras con la mirada buscaba una bata que ponerse antes de llamar al servicio del hotel.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/02/capitulo-siete-campanas-de-boda/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>14</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Capítulo Uno: Santa María del Buen Ayre</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/01/capitulo-uno-santa-maria-del-buen-ayre/</link>
		<comments>http://www.matalobos.net/2010/01/capitulo-uno-santa-maria-del-buen-ayre/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 07 Jan 2010 19:00:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[Capitán Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.matalobos.net/?p=83</guid>
		<description><![CDATA[En 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable. Dos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-87" title="Puerto de Buenos Aires" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/anbs74-300x190.jpg" alt="Puerto de Buenos Aires" width="300" height="190" />En 1919 el puerto de Santa María del Buen Ayre no era un buen lugar para una mujer. Ni siquiera para una mujer a quien dos hijos pequeños, un atuendo negro y discreto tocado por un velo que le cubría sutilmente el rostro, y algún dinero, daban un aire de viuda joven y respetable.</p>
<p>Dos horas antes de atracar, María de las Angustias Matalobos respiraba el aire mezclado de agua salada y dulce de la desembocadura del Río de la Plata. Con los brazos apoyados sobre la borda, alcanzó a adivinar en el horizonte un amanecer tímido que se disponía a romper la noche. Esbozando una sonrisa, se sorprendió evocando otro amanecer, once años atrás, en su Cádiz natal. Ramón Matalobos y Dueñas, su padre, herrador de caballos de oficio, era un hombre bruto y cariñoso, que expresaba con sus grandes manos, de uñas permanentemente sucias y nudillos quemados por el uso de la fragua, lo que le negaba su pobre dominio del lenguaje hablado. Ese amanecer María de las Angustias despertó con ansia de orinar. Se echó una manta sobre los hombros, con intención de conjurar la humedad del sereno rumbo a la letrina, fuera de la casa, y se calzó de cualquier manera las alpargatas de cáñamo, evitando pisar con los pies descalzos el suelo de bloques de barro cocido, siempre cubierto de gránulos y polvo que se desprendían del propio material. Se disponía a abandonar la habitación que compartía con sus cuatro hermanos varones, cuando advirtió sonidos en el pequeño salón de la vivienda. Se acercó a la puerta con sigilo, entreabriéndola apenas unos pocos centímetros. Por la ventana sin cortinas se adivinaba el inicio sutil del amanecer detrás de los cerros. Una lámpara de aceite ardía sobre la repisa. Su madre estaba semi tendida sobre la mesa, apoyando en su superficie todo el tronco, con los brazos extendidos, arañando la madera carcomida y con su generosa tetamenta asomando, blanca y pálida, por entre los pliegues de su blusón desabotonado. Su padre, sosteniendo como podía la falda levantada de cualquier modo, la embestía desde atrás, con los pantalones enrollados alrededor de los tobillos. La escena era casi ridícula y silenciosa. Apenas unos resoplidos de su padre, unos gemidos ahogados de su madre y el sonido rítmico de las carnes abundantes y blandas de ella al sufrir los golpes rítmicos producidos por los noventa y ocho kilogramos de hombre que tenía detrás. Sin embargo, ese erotismo mudo y grotesco la fascinó por completo. Permaneció inmóvil, llevándose instintivamente la mano a la entrepierna y observando, por espacio de unos cuantos minutos más, hasta que su padre se retiró violentamente, girándose hacia la puerta. Pudo ver el pene enrojecido y lubricado de su padre lanzando pequeños chorritos de líquido blancuzco sobre el polvo del suelo, al tiempo que liberaba el aire contenido en sus pulmones, bufando. Mientras se subía y abrochaba los pantalones, escupió sobre su simiente derramada e intentó cubrirla de polvo con movimientos cortos del pie derecho. Se echó el abrigo sobre los hombros, una boina negra de campo sobre la cabeza y, besando a su mujer en la mejilla, mientras ella se arreglaba el pelo con las manos, dijo:</p>
<p>-      Me voy a trabajar, limpia eso.</p>
<p>Aún hoy, tantos años después, el recuerdo le erizaba la piel, la hacía sentirse agradablemente sucia. Angustias sonrió para sí misma, y se encaminó a su camarote de segunda clase, dispuesta a preparar a los pequeños para el desembarco inminente, mientras el enorme buque saludaba el amanecer del puerto con un estruendo grave y gutural de su sirena.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>En una ciudad donde la mezcla cultural y étnica era furiosa y bulliciosa, un puñado de monedas bastaba para comprar pocas preguntas, documentos de identidad y presunción de inocencia. María de las Angustias se refugió en la confusión de las colonias para ocultar un amor frustrado y vergonzoso, su expulsión de España como madre soltera de dos pequeños, fruto de amoríos clandestinos con el hijo de su patrón, un terrateniente andaluz, su origen humilde y una entrepierna insaciable que a los veintitrés años la obligó a forjarse una personalidad de hierro.</p>
<p>Había sido duro y difícil. Alberto Ramírez Núñez, padre de su amante, la había presionado y amenazado, a ella y a su familia.</p>
<p>-      ¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? – había gritado el hacendado. – Es suficiente con haber hecho la vista gorda durante más de cinco años. Lo he tolerado sin despedirte. Me debes respeto y agradecimiento. ¡Si hasta he permitido que tus bastardos lleven mi apellido! Ahora las cosas son diferentes. Alberto se casará pronto&#8230; Tú y los pequeños debéis abandonar España cuanto antes.</p>
<p>-      No pienso ir a ninguna parte. Yo quiero a su hijo, y él me quiere. – La mirada color violeta intenso de María de las Angustias y sus mejillas enrojecidas por la furia realzaban su belleza en contraste con lo precario del establo donde se desarrollaba la discusión. Alberto Ramírez Núñez pensó que entendía perfectamente por qué su hijo se había encaprichado de esa criada terca y tonta.</p>
<p>-      Escúchame bien. Si te quedas, tú y tu familia lo pasaréis muy mal. Llevas trabajando en mi casa desde los doce años, sabes bien que soy hombre de recursos. Te he comprado un camarote de segunda clase en un vapor que sale para América dentro de diez días. Te daré suficiente dinero para que puedas establecerte al llegar. Te daré más de lo que ganarías trabajando para mí toda tu vida.</p>
<p>María de las Angustias bajó los ojos. Sabía que Ramírez Núñez era un hombre poderoso. Pensó en sus padres. Pobres y humildes. Era una batalla perdida.</p>
<p>-      Además del dinero quiero un ajuar completo y ropa para los niños.</p>
<p>-      ¿Qué?</p>
<p>-      El dinero no es suficiente. Necesito que piensen que soy la viuda de un hombre rico. Necesito ropa cara y trajes de viuda. De alguna manera, esa es la verdad.</p>
<p>Ramírez Núñez fijó sus ojos negros en la mirada luminosa de María de las Angustias, intentando dominar un deseo enorme de estrangularla allí mismo. Al ver que la moza le sostenía el gesto como a un igual, sonriendo y sin siquiera el menor rastro de miedo en su rostro, la reconoció como una de los suyos, se sintió aliviado y feliz, y se permitió una carcajada sonora y fuerte.</p>
<p>-      Eres una sinvergüenza y una desfachatada. ¿Prometes no volver nunca, ni intentar contactar con Alberto por ningún medio?</p>
<p>-      Lo prometo.</p>
<p>-      De acuerdo. Ahora vete a casa, ya no trabajas para mí. Mañana preséntate aquí a las diez. Mi mujer te comprará todo lo que necesites.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-88" title="Puerto_de_Buenos_Aires" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/Puerto_de_Buenos_Aires_Octubre_de_1907-300x218.jpg" alt="Puerto_de_Buenos_Aires" width="300" height="218" />Desembarcó ayudada por ocho mozos que recibieron a cambio una moneda. Llevaba en brazos al pequeño Alberto, de apenas dieciocho meses, y tomada de la mano a María del Rocío, de tres años y medio. Los mozos descargaron siete baúles con ropas y equipaje, y un cofre cerrado con tres cerrojos que contenía una exigua fortuna en oro y plata del extinguido imperio Español, precio final para comprar su partida a las Américas y un puñado de joyas, regalo de su ex amante. Habían tenido un encuentro fugaz sobre la paja del establo la tarde anterior a su partida. Él le había pedido perdón. Había llorado sobre el pecho desnudo de María de las Angustias. Ella lo llamó cobarde y lo cabalgó sin piedad ni sentimiento, por pura furia del cuerpo, con el cabello salpicado de hebras de paja. Se vistió rápidamente, lo miró a los ojos por última vez y, sin palabras, se giró para mostrarle su desprecio, marchándose sin regalarle siquiera una lágrima de despedida.</p>
<p>La ciudad le pareció sucia y caótica, pero llena de vida y fascinante, con sus calles coloniales empedradas de gris y románticos faroles negros de hierro forjado. Cerca del puerto se amontonaban los <em>conventillos</em>, casas mal construidas con tablones, sobre pilares de madera y, en el mejor de los casos, hormigón, en las que se hacinaban los inmigrantes italianos, españoles, polacos, judíos y de media Europa, venidos como ella en barcos que prometían tierra, riqueza y una vida mejor. Por las calles se escuchaba hablar el <em><a title="Dialecto hablado por los inmigrantes italianos en Buenos Aires" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Cocoliche" target="_blank">cocoliche</a><span style="font-style: normal;"><sup class='footnote'><a href='#fn-83-1' id='fnref-83-1'>1</a></sup></span></em>, que heredaba del italiano su tono de grito permanente y algunas palabras asimiladas a un castellano dulce, de zetas suavizadas y doble eles patinadas por la influencia de los Xeneizes.</p>
<p>Sin dudarlo, María de las Angustias se dirigió al Registro con intención de inscribir a sus hijos con los nombres de María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos, y a sí misma como viuda de Antonio Ramírez Nuñez, muerto en España al servicio de Su Majestad el Rey.</p>
<p>Un cabo ignorante y torpe se sumergió en el estudio de sus credenciales. Dado que en la fe de bautismo eclesiástica constaba que sus hijos eran naturales, María de las Angustias las declaró perdidas. El funcionario la miró tristemente con ojos aburridos, y dejando el montón de papeles sobre el mostrador, quiso dar por terminada la conversación.</p>
<p>-      Consiga los documentos y regrese. Así no puedo inscribir a los niños. ¡Siguiente!</p>
<p>-      ¡Espere un momento! ¿Cómo que consiga los papeles? No puedo regresar a España.</p>
<p>-      No puedo hacer nada.Diríjase al cónsul, al obispo o a quien le parezca.</p>
<p>-      ¡Tiene que solucionarlo! ¡Por favor! – tras un ligero esfuerzo, María de las Angustias logró convocar dos pesados lagrimones a sus irresistibles ojos violetas.</p>
<p>-      Lo siento, señora. Tengo órdenes. Por favor despeje el mostrador.</p>
<p>-      ¡No me iré de aquí sin los papeles!</p>
<p>-      Señora, no me obligue a arrestarla. Haga el favor de circular.</p>
<p>-      ¡Cabo! ¿Qué son esos gritos? – del despacho trasero había salido un militar de aspecto recio, alto y fuerte.</p>
<p>-      Es esta señora, mi Capitán. No tiene los papeles en regla y se niega a abandonar el mostrador.</p>
<p>-      Permitirá usted que le explique mi problema, Capitán. Un hombre como usted tiene el deber de socorrer a una dama en apuros.</p>
<p>El Capitán Justo Rafael Ayala levantó la vista por primera vez, y aunque a sus cuarenta y dos años se conservaba soltero y se creía a salvo de las trampas del corazón, por primera vez en su vida, al ser literalmente traspasado por la mirada amatista de María de las Angustias, supo sin lugar a dudas que todas sus armas no le servirían para oponer resistencia a esa mujer.</p>
<p>-      Venga conmigo. – dijo – La llevaré al despacho del Director.</p>
<p>-      Muchas gracias, Capitán.</p>
<p>Angustias recogió sus papeles, y lanzando una mirada de pícaro desprecio al cabo, se colgó del brazo de Justo Ayala.</p>
<p>-      María de las Angustias Matalobos, encantada.</p>
<p>-      Justo Ayala. A su servicio, señora. – aunque el Capitán lo ignoraba en ese momento, la frase que acababa de pronunciar se transformaría pronto en la verdad más absoluta que dijo en su vida.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-83-1'>El &#8220;Cocoliche&#8221; era un dialecto, producto de la mezcla del italiano y el castellano <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-83-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.matalobos.net/2010/01/capitulo-uno-santa-maria-del-buen-ayre/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>25</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

