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	<title>Matalobos &#187; Matilda</title>
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	<description>una Novela de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Capítulo Veinte: Un día Peronista</title>
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		<pubDate>Thu, 20 May 2010 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>
		<category><![CDATA[Príamo Luciano]]></category>

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		<description><![CDATA[El diecisiete de octubre de 1945, Buenos Aires amaneció con un cielo plomizo, teñido de furia. Fue un día clave en la historia contemporánea de la República Argentina. También lo fue, de manera trágica e inesperada, en la vida de María de las Angustias Matalobos. El gobierno militar del presidente Edelmiro Farrell había encerrado al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-479" title="bandera230" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/05/bandera230.jpg" alt="" width="230" height="230" />El diecisiete de octubre de 1945, Buenos Aires amaneció con un cielo plomizo, teñido de furia. Fue un día clave en la historia contemporánea de la República Argentina. También lo fue, de manera trágica e inesperada, en la vida de María de las Angustias Matalobos. El gobierno militar del presidente Edelmiro Farrell había encerrado al Coronel Perón en la isla Martín García. Hordas de trabajadores se movilizaban espontáneamente desde todas partes de Capital Federal y el gran Buenos Aires, marchando como un ejército silencioso hacia la Plaza de Mayo, para exigir la libertad inmediata de su líder. Fueron muchas horas de tensión, que propiciaron en el fin del gobierno de facto del General Farrell, y el inicio de la carrera política civil de Juan Domingo Perón. María de las Angustias despertó con sobresalto a las siete menos diez, asustada por las voces aguerridas que llegaban desde la calle, amortiguadas por una atmósfera espesa, irrespirable, cargada de humedad y malos presagios.</p>
<p>-       Príamo. ¡Príamo! – dijo, sacudiendo a su hombre para que despertara.</p>
<p><span id="more-476"></span>Príamo Abraham Luciano abandonó la cama a las siete y cuatro minutos, semidormido, con los músculos tirantes y entumecidos. Hasta las siete y treinta y ocho se sumergió en una ducha cálida y reconfortante. A las siete y cuarenta y dos removía pensativamente su café, al que había echado media cucharada de azúcar blanco, mientras una voz varonil y entusiasta radiaba los pormenores de la incipiente revuelta popular: la gente no entraba a trabajar en las fábricas, los negocios bajaban espontáneamente sus persianas, las oficinas estaban desiertas. Los que ya estaban en la calle pasaban por otras centros de trabajo y sacaban de sus puestos a los que sí habían entrado a trabajar, al grito unísono de <em>“Sin galera y sin bastón, los muchachos de Perón”</em>. Columnas interminables de personas marchaban hacia el centro de la ciudad, envuelta en un auténtico caos circulatorio, bajo un cielo de acero líquido.</p>
<p>A las ocho y diecisiete minutos, Príamo Abraham Luciano se anudó la corbata frente al espejo del baño. Alzó la vista y se vio a sí mismo, viril, marcado, anciano, pero lleno de vida. Doce minutos más tarde, salía a la calle, luego de mirar intensamente los ojos violetas de su esposa, mientras le decía: <em>“Tengo que ir, tienen preso al Coronel Perón. Vos quedate acá, chinita, y no salgas hasta que yo vuelva, que la cosa se puede poner bien jodida.”</em> La besó en los labios, suavemente, sosteniendo sus mejillas con ambas manos y reflejando su entusiasmo en las pupilas de ella, memorizándola para el resto del día. A su manera, Príamo Abraham Luciano sabía que iba a extrañarla.</p>
<p>María de las Angustias mató la jornada dando vueltas de mastín por la casa, encendiendo y apagando la radio, acomodando y volviendo a acomodar los cojines, repasando los adornos, y preparándose hasta nueve tazas de té en diversos momentos del día. Se sentía inquieta. No le gustaban las revueltas populares. Los gobiernos le parecían cosa de tipos diferentes, no de la gente común. Cuando la gente común y los tipos diferentes chocaban, solamente podían pasar cosas malas.</p>
<p>El caos dominó la ciudad durante todo el día. La gente no se movía de la Plaza de Mayo, hasta que, finalmente, a las veintitrés y doce minutos, el Coronel Perón habló a la multitud desde los balcones de la Casa Rosada. María de las Angustias escuchó el discurso por la radio, envuelta en una bata de andar por casa y calzada con zapatillas de felpa. <em>“Al fin</em> – pensó – <em>Príamo volverá en cualquier momento.”</em></p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Príamo Abraham Luciano llegaba caminando a su casa del barrio de Palermo a las cero horas y cincuenta y cuatro minutos del dieciocho de Octubre. Caminaba tranquilo, cavilando sobre los sucesos recientes. Había sido un día emocionante y deseaba acostarse y descansar. Al acercarse al portal, advirtió la presencia de un hombre, de espaldas a él, junto a un <em>Chevrolet Special de Luxe</em> modelo 1940. Vestía un abrigo largo y un sombrero de ala que, a pesar de que el hombre lo miraba por encima del hombro, le tapaba el rostro. Luciano se tensó inmediatamente, sintiéndose alerta. Su historial de negocios lo obligaba a andar con cuidado. Rápidamente sopesó sus posibilidades, y advirtió que no tenía alternativa. Si el hombre lo estaba esperando, no había manera de esquivarlo. Apretó el paso y bajó la vista, manteniendo el ángulo de visión periférica en el límite en el que podía controlar los movimientos del otro. Quedaban cinco metros hasta su portal. Cuatro. Tres.</p>
<p>-       ¡Luciano! – gritó el ensombrerado. Príamo giró sobre sus pies, dispuesto a saltarle encima.</p>
<p>El otro retrocedió un paso, dejando ver en su mano derecha una pistola semiautomática, que Luciano identificó en seguida como una <em>Máuser</em> de 1934, de fabricación alemana. El reflejo tenue de una farola tímida en el metal bruñido del arma detuvo su salto.</p>
<p>No le dio tiempo a nada. Al grito de <em>“Mo-ri-te-hi-jo-de-pu-ta!”</em>, le impactaron cuatro balas de 7,62 milímetros en el abdomen, destrozándole un pulmón, el hígado y el bazo. El hombre subió con tranquilidad al asiento del acompañante del <em>Chevrolet</em>, que partió en seguida, con un suave sonido de fricción de caucho contra el empedrado de adoquines de la calzada.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las  Angustias escuchó, una tras otra, las cuatro detonaciones, que irrumpieron en el silencio de la noche como un mensaje cifrado y terrible, de significado único y brutal. Se calzó las zapatillas de felpa y saltó de la cama, con el corazón desbocado marcando un compás frenético que le daba ritmo a su camino. Descuidando toda prudencia, salió a la calle rápida y bruscamente, para encontrar a su hombre tendido boca arriba, boqueando burbujas de sangre y saliva, con la mirada perdida en un cielo sin estrellas, y rodeado por una mancha oscura que lentamente llenaba las ranuras acanaladas de las baldosas del suelo. Se arrodilló sobre la sangre, repitiendo su nombre con el aliento ahogado por un llanto que no terminaba de romper. Príamo Abraham Luciano alcanzó a mirarla a los ojos, y aún tuvo fuerzas para inundar de lágrimas su propia mirada. Despegó los labios con intención de hablar, pero su pulmón fallado no le permitió llenar de aire su garganta para decirle cuánto la quería. Apenas un instante después, un colapso cardiovascular los separó definitivamente.</p>
<p>María de las Angustias supo que el juego había terminado. No tendría fuerzas para levantarse una vez más. Allí mismo, sobre los despojos tibios de su marido muerto, lloró todas sus lágrimas juntas, hasta que la policía, el personal de la ambulancia y Matilda la separaron del cuerpo en un estado insomne y febril, con la mirada vacía y el corazón anestesiado para siempre. No volvería siquiera a dejar caer una lágrima hasta muchos años después, cuando su hija María del Rocío cerrara por primera vez la puerta, y la dejase sola en su nueva habitación del hogar de ancianos de Ramos Mejía.</p>
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		<title>Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Mar 2010 18:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

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		<description><![CDATA[Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico Anís del Mono español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-348" title="barajar_y_dar_de_nuevo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/barajar_y_dar_de_nuevo-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" />Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico <em>Anís del Mono</em> español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.</p>
<p>Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-346"></span>No hubo más de cuarenta invitados. Ambos contrayentes carecían de ascendencia, y don Severino, además, no tenía hijos. Alberto Ramírez Matalobos, con dieciocho años cumplidos y sin alcanzar el metro sesenta y ocho de estatura, intentaba disimular una propensión al abultamiento de su vientre bajo un traje de tres piezas que, dada la presión que resistían los botones del chaleco, en rigor de verdad la realzaba. Cultivaba un ralo bigote incipiente bajo su nariz, aplicándose compresas con lociones crecepelo y diversos emplastos y potingues que compraba en cuanto negocio del ramo descubría, con auténtico amor de jardinero y en absoluto secreto. María de las Angustias se sintió orgullosa de él mientras la llevaba del brazo por el pasillo central de la parroquia, que a pesar de estar engalanada con flores y guirnaldas, se veía deslucida, oscura y sucia. En el altar, el Padre Amancio Aguilar controlaba los aspectos principales de la liturgia matrimonial con una actitud que, de no tratarse de un ministro del señor, podría haberse calificado de desidia. Mientras tanto, con el rabillo del ojo verificaba el equilibrio deficiente del novio, que esperaba de pie, esforzándose en mantener un ángulo cercano a los noventa grados con respecto al altar, sin saber si atribuirlo a la edad o a su aliento inconfundible de anís que un perfume de alcanfor no conseguía disimular. En cualquier caso –pensó mientras recordaba su reciente trago de vino de misa en la vicaría – quien estuviese libre de pecado que tirase la primera piedra.</p>
<p>María del Rocío y Juan José Cavalieri se habían ubicado en la segunda fila de bancos, dudando entre el derecho de familia y el pudor de saberse repudiados por María de las Angustias. Fue una precaución innecesaria, porque dada la ausencia de familiares de Don Severino, la primera fila quedó completamente vacía, transformando la segunda en primera, pero con el añadido evidente y vergonzoso de una elección errónea por parte de sus ocupantes. María del Rocío se ubicó junto al pasillo, con la esperanza de cruzar una mirada de redención al pasar su madre, pero Angustias, consciente de la presencia de su hija, le negó esa satisfacción, porque la altivez era el único remedio que conocía contra la culpa.</p>
<p>El oficio religioso fue una larga letanía de tópicos, frases hechas y latinajos mal pronunciados, con el ritmo entrecortado por la perjudicada lectura etílica del Sacerdote, que perdido en una nube de apatía y vino tinto, confundía los puntos y las comas, provocando que el sentido final del texto fuese completamente incomprensible. Finalmente, el padre consiguió casarlos sin más incidentes que los tres intentos fallidos de Severino por colocar el anillo en un dedo que se escapaba a su absoluto dominio de sí mismo y de su pájara de anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El convite posterior a la ceremonia se realizó en el salón principal del <em>Hotel Savoy</em>, donde los novios recibieron a sus pocos invitados en un clima festivo y jovial que sintonizaba con los primeros calores de la primavera. Habían dispuesto una mesa principal adornada con jazmines, en la que se acodaron, a su centro, María de las Angustias y Don Severino. Frente al novio, ocupó una silla Alberto Ramírez Matalobos, que por primera vez encendía un puro delante de su madre, sin sospechar que ella misma fumaba tabaco negro de liar. María del Rocío se acomodó frente a su madre, teniendo a su diestra a Juan José, nervioso e incómodo. A la diestra de Don Severino tomaron asiento Amílcar Vasconcelos y Raimundo de las Carreras, sus dos principales amigos, mientras que a la izquierda de la novia ocupó su lugar Elena Bellaterra, única amiga que conservaba Angustias de los buenos tiempos, y que había de morir de una peritonitis aguda dos años después de la boda. En dos largas mesas adicionales se acomodaron el resto de los invitados, la mayoría de ellos clientes habituales de Don Severino, muchos de los cuales esperaban tener ocasión durante el festejo de intercambiar con él unas palabras sobre el rescate de sus piezas, antes del cierre definitivo del negocio, y por parte de Angustias, amigas ocasionales con las que tomaba té y jugaba naipes, acompañadas de sus maridos, y la incombustible Matilda, que asistía a la tercera boda de su dueña sin dejarse ganar por el asombro ni la dicha.</p>
<p>Ya habían servido los postres cuando, advirtiendo que María del Rocío y su marido no parecía que fuesen a abrir la boca más que para comer, y que la conversación general decaía, Don Severino vació su tercer whisky y echó mano de fórmulas triviales para no dejar morir la velada.</p>
<p>-      Albertito, me contó tu madre que estás trabajando con un prestamista.</p>
<p>-      Si señor – respondió Alberto, orgulloso de sí mismo. – Soy hombre de confianza de Gilberto Montes, de la calle Tacuarí. ¿Lo conoce? – Severino, con los ojos enrojecidos por el humo de su <em>Cohiba</em>, estalló en una carcajada grosera y vulgar, mientras aplastaba la brasa sobre el liquidillo negro que un flan casero de huevo había derramado sobre su plato de postre.</p>
<p>-      ¡Qué si lo conozco! ¡Menudo ladrón! Hice tratos con él hasta mediados de la década de los veinte, durante más de quince años.</p>
<p>-      No diga eso, don Severino. Es un hombre honrado, y estoy aprendiendo mucho de él.</p>
<p>-      De él no vas a aprender otra cosa que a estafar al prójimo, a evadir impuestos y a evitar la cárcel. Aunque esto último puede serte de mucha ayuda si seguís con él – rió su propia gracia, mientras con la mano izquierda intentaba encontrar el camino bajo la falda de novia de Angustias, que se mantenía en silencio.</p>
<p>-      No se lo permito, Señor. Me ofende. – Severino volvió a reír.</p>
<p>-      No te ofendas, Albertito. Todavía sos muy pibe, pero algún día te vas a dar cuenta de la clase de bueyes con los que estás arando.</p>
<p>-      Quiero que retire lo dicho. Si insulta al señor Montes me insulta también a mí, y no estoy dispuesto a permitirlo, ni siquiera el día de la boda de mi madre.</p>
<p>-      Alberto… &#8211; empezó Angustias, que fue cortada en seco por un gesto con la misma mano que antes intentaba levantar su falda.</p>
<p>-      No lo pienso retirar. Ese usurero me mandó dos matones a romperme las piernas por diez mil pesos de mierda, que además no le debía. No le tengo el menor respeto, y ningún pendejo con corbatín nuevo me va a hacer retractarme en mi propia fiesta de casamiento.</p>
<p>Don Severino Garmendia había encontrado uno de los raros momentos en que perdía el control, y había elevado el tono de voz más de lo conveniente. Las conversaciones en las tres mesas se habían interrumpido repentinamente, y un silencio glacial resquebrajó el aire mientras todas las cabezas se volvían a ver el rostro encendido de rojo de Alberto, que en un intento épico por la salvaguarda de su orgullo de varón criollo, se puso lentamente de pie, y con una ligera inclinación de cabeza hacia Angustias acompañada de un “Madre” murmurado entre dientes, giró sobre sus talones y abandonó el hotel sin más palabras.</p>
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		<title>Capítulo Ocho: Burros, Champaña y Tango</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Feb 2010 18:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Giménez del Río]]></category>
		<category><![CDATA[Giovanni Rivoldi]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[María del Rocío]]></category>
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		<description><![CDATA[1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-308" title="Champagne" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/Champagne-300x288.jpg" alt="" width="300" height="288" />1927 había traído rutina y tranquilidad a la vida de María de las Angustias Matalobos. Su nuevo marido trabajaba de sol a sol. Disfrutaban de una vida conyugal apacible y con una dosis de pasión que, sin entusiasmarla, la satisfacía. Amaba a su marido, y disfrutaba de la cama común, pero no perdía la cabeza por él. María de las Angustias sabía que, tarde o temprano, su fiera interior despertaría, causándole problemas. Mientras tanto, jugaba a la princesa sin preocuparse. Reconfortada por la solvencia patrimonial de Don Esteban, rápidamente vendió su casa del barrio de San Pedro Telmo. Provista de fondos frescos sobre los que no tenía que dar explicaciones, pudo al fin dar rienda suelta a su pasión por las apuestas en las carreras de caballos, las largas tardes de compras y las recepciones sociales espectaculares que daba cada vez con más frecuencia.</p>
<p>En el palacete de la Avenida Quintana todo transcurría apaciblemente. Tres veces durante el calendario escolar, y durante las vacaciones de verano, contaban con la presencia silenciosa y asustada de María del Rocío, que crecía bajo la custodia de las monjas Carmelitas que regentaban el colegio en el que permanecía pupila, ajena por completo a la vida glamurosa que su madre organizaba y reorganizaba día tras día. No acababa de encontrarse cómoda en semejante casa, donde no hacía más que vagar por los rincones, con sus dos enormes ojos asustados abiertos de par en par, como un reloj sonámbulo e insomne al que solamente Matilda, que ya no se sorprendía de nada, sabía dar cuerda.</p>
<p><span id="more-305"></span>Con la excusa de llevar al pequeño Alberto al colegio, María de las Angustias disponía diariamente del <em>Ford T</em>, con Giovanni Rivoldi a los mandos. Paulatina y deliberadamente fue apoderándose de la agenda del chófer, extendiendo lentamente el abanico de sus servicios y la complicidad entre ambos. Comenzó a llevarlo en largas rondas de compras, a veces acompañada por amigas, en las tiendas del centro. Allí María de las Angustias desplegaba su encanto de negocio en negocio, comprando sin mirar precios ni comparar, siguiendo su instinto infalible para la moda y el buen gusto. Un nuevo par de guantes de gamuza, una capelina de color rosa pálido adornada con plumas de color lavanda, a veces un par de zapatos con un bolso de mano a juego. Era decidida y jamás regateaba. No compraba: jugaba a comprar con dinero de verdad. Mientras, el romano, silencioso y taciturno, se mantenía un paso por detrás de la gaditana, y cargaba sin protestas ni juicios de valor con cuanto paquete se le ofrecía, sin importar forma, volumen ni peso. La andaluza navegaba sutilmente entre el gentío, desquiciando a su paso a los hombres con el simple perfume de animal sensual que emanaba su piel, mientras el chófer se afanaba torpemente por seguirla, intentando sin conseguirlo esquivar a los transeúntes obnubilados en la contemplación de su ama.</p>
<p>Más tarde, segura de sí misma, sabiendo interpretar en los gestos parcos y sutiles del joven italiano una naciente camaradería, construida poco a poco, paso a paso, entre miradas fugaces y gestos silenciosos, le pidió sin preámbulos que la llevase al Hipódromo de Palermo para asistir a las carreras de caballos.</p>
<p>-      Es un pasatiempo inofensivo, personal, porque me gustan los animales. Pero me da un poco de vergüenza – le había confesado al romano, con las mejillas encendidas de rubor –, así que nadie tiene por qué saberlo. Será un secreto entre los dos. ¿Verdad Giovanni?</p>
<p>El joven permaneció en silencio durante un par de segundos, atenazado por su lealtad hacia su jefe e incómodo por la mano enguantada que, en un gesto casual, le había acariciado el antebrazo al rematar la pregunta. Luego fue dejándose invadir suavemente por las chispas violetas de los ojos de María de las Angustias, hasta que finalmente bajó la mirada, derrotado, claudicando secretamente al galope sordo de su propio corazón, e hizo con su cabeza un gesto afirmativo, casi imperceptible, sellando entre los dos una alianza silenciosa e inquebrantable.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Una tarde, a principios del otoño de 1928, Giovanni Rivoldi acudió al palacete de la Avenida Quintana a recoger a María de las Angustias. Detuvo el coche en la entrada, y sin detener el motor, hizo sonar el claxon, como era habitual. Una vez más, al ver salir a la andaluza, el italiano perdió el aliento. No se acostumbraría nunca a su belleza, ni a que su sola presencia le impidiese respirar con normalidad. Aquél día llevaba el pelo recogido en un rodete adusto, y sobre él un sombrero <em>cloché</em> color malva, con medio velo que le cubría el rostro hasta la nariz, dejando al descubierto solamente la punta, respingada y noble, aristocrática a pesar de su origen humilde, indiscutiblemente perfecta, y una sonrisa de labios tocados de rojo, amplia y generosa.</p>
<p>-      Bien, ya estás aquí. ¡Tenemos que darnos prisa, que hoy Irineo Leguisamo <sup class='footnote'><a href='#fn-305-1' id='fnref-305-1'>1</a></sup> montará a <em>Lunático</em>! Siento una corazonada infalible para la <em>trifecta</em> de la segunda carrera.</p>
<p style="text-align: center;">*                     *                             *</p>
<p>Parecía que se le iba a salir el corazón por la boca, al ritmo sordo de los cascos de los caballos agrediendo la pista de arena apelmazada. Seguía el discurrir de la carrera con unos pequeños binoculares de nácar que guardaba en un estuche de piel de becerro. Habían pasado el poste de los mil ochocientos metros. María de las Angustias, casi sin darse cuenta, se aferraba con su mano izquierda al musculado brazo de Giovanni Rivoldi, mientras con la derecha sostenía las lentes de aumento, conteniendo la respiración para no mover la mano, para no perder detalle de las patas fuertes, rematadas en herraduras, que levantaban nubes de arena seca y ocre a su paso. Entraron en la recta final causando una polvareda estruendosa y caótica, <em>Lunático </em>medio cuerpo por detrás de <em>Estrella</em>, la yegua pinta que María de las Angustias había pronosticado en segundo lugar en su <em>trifecta</em>. Según lo previsto, <em>Marciano</em> ostentaba un cómodo tercer puesto, un cuerpo y medio por detrás de <em>Lunático</em> y casi dos por delante de <em>Pirata</em>. María de las Angustias había jugado fuerte. Su pulso se desbocaba al compás rítmico del galope de los caballos, casi podía sentir las herraduras horadando su carne. El romano sufría en silencio las uñas de la gaditana arañando su bíceps bien formado, mientras fingía seguir la carrera, aprovechando la cercanía de la andaluza para no perder detalle de su aroma ligero de agua de violetas, del ritmo alterado de su respiración, el vaivén sutil de su pecho encorsetado y el hoyito dulce que en su garganta dibujaban los imperceptibles gemidos escapados de la tensión enorme de sus músculos.</p>
<p>Angustias estalló en un grito contenido, presionando aún más al chófer, cuando Irineo Leguisamo, levantando ligeramente la cadera, se afianzó sobre los estribos. Demostrando su talento, espoleó a <em>Lunático</em>, que redobló su esfuerzo y su galope, y exigiendo al máximo su musculatura abrillantada bajo el sol inclemente por su sudor de caballo, protagonizó una remontada épica, cruzando el disco de meta dos cabezas por delante de <em>Estrella</em>, cuando todo parecía ya perdido.</p>
<p>-      ¡Ganamos! – gritó María de las Angustias, girándose hacia el italiano y abrazándolo en un incómodo revoltijo de guantes, binoculares y sombrero.</p>
<p>El joven, sorprendido por el exabrupto de su ama, tensó instantáneamente los músculos de todo el cuerpo, manteniéndose inmóvil, asustado y presa de una dolorosa e incontrolable erección instantánea. María de las Angustias dejó extinguirse lentamente su entusiasmo en brazos del chófer, y luego, despacio, serena y hablando en susurros, lo enfocó directamente a los ojos con su mirada violeta y profunda, bajando ligeramente el mentón, como le gustaba hacer, y deshaciendo el abrazo un par de segundos más lentamente de lo aconsejable.</p>
<p>-      Perdóname, Giovanni. En estos casos me cuesta controlar mi entusiasmo. ¿Me llevarás a cobrar el premio?</p>
<p>-      <em>Adesso, signora</em>. – respondió el italiano, fijando la vista en el suelo, mientras pasaba por su flanco derecho, evitando el contacto, para intentar disimular su incomodidad.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/200px-Gardel-legizamo.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-309" title="Gardel-Leguisamo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/200px-Gardel-legizamo.jpg" alt="" width="200" height="354" /></a>La confitería <em>París</em>, ubicada dentro del recinto del hipódromo, era tradicionalmente un lugar de encuentro para quienes querían celebrar triunfos o llorar derrotas, en el que la distinción de sus asistentes y la exquisita atención del personal conformaban el sello de identidad del lugar. El ambiente estaba cargado de humo y saturado de conversaciones cruzadas cuando María de las Angustias, seguida un paso atrás por Giovanni Rivoldi, se detuvo nada más entrar, recorriendo el local con la mirada en busca de una mesa libre. En seguida identificó una al fondo de la sala, donde se encaminó con paso decidido.</p>
<p>-      Ordena champaña, Giovanni. ¡El triunfo de <em>Lunático</em> hay que celebrarlo por todo lo alto!</p>
<p>-      Pero <em>signora</em>&#8230;</p>
<p>-      Nada, Giovanni. Nos tomamos una copa de festejo y nos vamos a casa. De todas formas, Esteban me dijo que hoy regresará tarde. No tienes que ir al banco por él hasta las nueve.</p>
<p>Un camarero se acercó, con una bandeja con dos copas de champaña, y depositándolas frente a la gaditana y su acompañante, informó, mientras señalaba una mesa cercana:</p>
<p>-      Nuestra mejor champaña, señora. Invitación del señor Leguisamo.</p>
<p>María de las Angustias dirigió su mirada hacia donde señalaba el camarero. El <em>jockey</em> Irineo Leguisamo celebraba su triunfo, acompañado por el mismísimo Carlos Gardel, amigo y admirador suyo, que pocos años más tarde colaboraría en su inmortalización mediante una inolvidable interpretación del tango <em>Leguizamo solo</em>.<sup class='footnote'><a href='#fn-305-2' id='fnref-305-2'>2</a></sup> El <em>jockey </em>levantó su copa, mientras el cantante sonreía, divertido, hacia María de las Angustias. La gaditana imitó el gesto, dejando caer sus ojos en actitud de fingida timidez, y luego de probar su copa, le dijo al camarero.</p>
<p>-      Por favor, sírvanos una botella de esta misma, y envíe otra de mi parte a los caballeros.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El <em>Ford T</em> bufó un soplido vaporoso de agua hervida al apagar el italiano los veinte caballos de potencia de su motor. María de las Angustias había hecho el recorrido de vuelta en silencio, divertida por los celos evidentes de su chófer, y paladeando el recuerdo de su festejo y la voz gutural del <em>Zorzal Criollo,</em> piropeándola, invitándola a escucharlo: le regalaría dos entradas, para ir con quien quisiese. <em>“Soy una mujer casada, y es difícil llevar a mi marido a determinados sitios</em>”, había respondido. <em>“Entonces venga sola. Le dedicaré una canción especialmente bonita”</em>, replicó el cantante. <em>“¡Uy! Las canciones especialmente bonitas me dan miedo. Me subyugan demasiado.”</em>, fue la respuesta que zanjó la invitación.</p>
<p>Giovanni había permanecido en silencio durante la conversación con ambos hombres, que se prolongó por espacio de tres botellas de champaña, y en silencio condujo a su ama de regreso al palacete de la Avenida Quintana. En silencio le abrió la puerta, cediéndole el paso, y también en silencio asintió con la cabeza cuando María de las Angustias le ordenó que la acompañase al dormitorio para ayudarla a quitarse las botas. <em>“Es que me encuentro un poco&#8230; mareada”</em>, se justificó la gaditana.</p>
<p>El romano, abochornado y ofuscado, se arrodilló frente al sillón que flanqueaba la cama matrimonial, para tirar, una a una, de las botas de su ama.</p>
<p>-      Una cosa más – interrumpió María de las Angustias al romano, que ya se marchaba de la habitación. –. Desabróchame el vestido, por favor, que ahora mismo no sé dónde está Matilda.</p>
<p>Giovanni Rivoldi, que en ese preciso instante se encontraba de espaldas a su ama, a punto de cruzar la puerta, se detuvo en seco, adivinando un sudor frío que rápidamente le pobló la espina dorsal, y una alteración del pulso notable a simple vista. Se giró despacio, para ver a María de las Angustias de pie, dándole la espalda y sujetándose el cabello en alto con ambas manos. Se adivinaba una nuca suave, una fragancia dulce, imposible de identificar para el romano, y el nacimiento de su cuello, piel tersa, el inicio de sus hombros, más piel, y una fila interminable de botones, que llegaba hasta la cruz de su cintura.</p>
<p>-      Estoy esperando – insistió ella.</p>
<p>-      Voy, <em>signora</em>.</p>
<p>El romano, resignado, se acercó lentamente, intentando controlar el temblor de sus dedos. Desabrochó el primer botón, sin poder evitar rozar la piel suave de su ama. Ella se dejó recorrer por la electricidad del contacto, estremeciéndose y soltando un imperceptible y agudo gemido. Desabrochó el segundo, esta vez acariciando una vértebra con la yema de su dedo índice, suavemente, y sincronizando con el tacto la expulsión controlada de aire por su nariz, erizando el vello de la nuca de la andaluza. Asustado por su propia audacia, el joven italiano se sintió morir cuando descubrió las dos manos de su ama sobre sus nalgas, tirando de él, acercándolo para quedar con los cuerpos en contacto. Cruzó los brazos sobre el vientre de María de las Angustias. Ella, despacio, puso sus manos sobre las de él, guiándolas con calma, suavemente, por el paisaje accidentado de su vientre, hasta su pecho, inclinando hacia atrás la cabeza, para permitirle a él mordisquear dulcemente su oreja.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Allí, en el dormitorio matrimonial, descubrió Angustias que el carácter tímido y discreto del romano se traducía en un estilo silencioso y vigoroso para hacer el amor. El Chófer era capaz de copular en posición tradicional, sobre ella, sostenido por sus fuertes brazos para no aplastarla, como haciendo flexiones, durante larguísimos ratos y varias veces al día. Durante esos encuentros, Giovanni nunca se desvestía por completo, y no emitía ningún sonido. Se limitaba a apretar los labios y regular su respiración, mientras sudaba copiosamente por la frente, las axilas y los tobillos ridículamente unidos por los pantalones arrugados a su alrededor. Era un hombre que hacía el amor absolutamente concentrado y sin mirar a los ojos a su hembra.</p>
<p>Después del primer encuentro, Angustias pensó que había sido un error, pero luego aprendió a disfrutar de la disciplina amatoria del italiano, de sus brazos fuertes, de sus manos de mecánico y su espalda ancha y musculosa, y encontró que el silencio del hombre le permitía abandonarse por completo a sus fantasías eróticas, teniendo mientras tanto entre las piernas a un auténtico caballo de tiro.</p>
<p>El joven italiano, mientras tanto, era absolutamente incapaz de expresar la pasión que lo devoraba por dentro de una forma distinta a los empujones sistemáticos y brutales que partían de sus caderas, y fue el único y silencioso testigo de la completa y total transferencia de la lealtad inquebrantable que sentía por el banquero hacia su bella esposa.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-305-1'>Irineo Leguisamo fué uno de los más grandes <em>jockeys</em> de la hípica rioplatense. Ver <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Irineo_Leguisamo" target="_blank">Irineo Leguisamo</a>. <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-305-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-305-2'>Por alguna razón que desconozco, el <em>jockey </em>se apellidaba <em>Leguisamo</em>, con &#8220;S&#8221;, y el tango lleva el título <em>Leguizamo solo</em>, con &#8220;Z&#8221;. <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-305-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<item>
		<title>Capítulo Siete: Campanas de Boda</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 18:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
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		<description><![CDATA[María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-294" title="1924_hotel_plaza" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/1924_hotel_plaza-300x202.jpg" alt="" width="300" height="202" /></a>María de las Angustias recorrió la casa con nostalgia. Comenzaba ya a despedirse de las dos plantas y el patio en el que había comenzado su vida en Buenos Aires. Esta vez se trasladaría a la casa de su nuevo esposo en cuanto se casaran. Don Esteban Giménez del Río poseía un palacete de tres plantas en la avenida <em>Quintana</em>, en el corazón del alejado barrio de La Recoleta. Angustias se había apresurado a negociar con el banquero los pormenores de su próxima vida de casada, y a fijar fecha para la boda en noviembre de 1926. Faltaban solamente tres meses para que se celebrase el acontecimiento.</p>
<p>-      Alberto, ven aquí – llamó a su hijo, que por entonces había cumplido ya los ocho años.</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      ¿Te acuerdas del señor Giménez del Río? ¿El que te regaló el juego de ajedrez para tu cumpleaños?</p>
<p>-      Sí, madre.</p>
<p>-      Pues resulta que mamá y él se van a casar. Iremos a vivir a otra casa, y tú irás a un colegio nuevo, en el que se enseña en inglés.</p>
<p>-      ¿Qué es el <em>inglés</em>, madre?</p>
<p>-      No te preocupes por eso ahora.</p>
<p>-      ¿Y Rocío? ¿También irá al colegio que enseña en <em>englés</em>?</p>
<p>-      No, Rocío se quedará donde está.</p>
<p>Angustias estrechó al niño contra su pecho, antes de dejarlo ir para que Matilda lo llevase a la escuela, como todos los días.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-292"></span>Las franjas de luz solar que se colaban entre las rendijas de las persianas que, convenientemente bajas, proporcionaban intimidad a la trastienda de Severino Garmendia, daban a la piel desnuda de Angustias un aspecto atigrado y alegre. Angustias jugaba entre los dedos con el vello del pecho de don Severino, que hacía rato ya que había encanecido.</p>
<p>-      Tienes que tener preparadas mis cosas, Severino. Pronto las rescataré todas.</p>
<p>-      ¿En serio? – Él no intentó ocultar su sorpresa. &#8211; ¿Conseguiste liquidez?</p>
<p>-      Aún no, pero será pronto.</p>
<p>Él hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos. En la posición en la que descansaban no tenía buen ángulo para buscar su mirada. Había cumplido cincuenta y dos años recientemente, y cada vez pensaba más en su vejez. Durante los últimos meses, más de una vez se había sorprendido a sí mismo imaginando el cierre de su negocio, y una vida en la que comenzar a disfrutar sus ahorros al lado de María de las Angustias. Se preguntaba frecuentemente si ella lo consideraría como marido además de como amante. Angustias interrumpió sus reflexiones con una revelación dolorosa.</p>
<p>-      Voy a casarme en noviembre, Severino. – Él encajó el golpe con entereza, echando mano de su oficio de gladiador habituado a los reveses.</p>
<p>-      Esto sí que no me lo esperaba tan pronto… ¿Quién es el afortunado?</p>
<p>-      Esteban Florián Giménez del Río. No creo que le conozcas.</p>
<p>-      Claro que lo conozco. Sé perfectamente quién es. Apuntaste alto esta vez, <em>galleguita</em>. Tené cuidado, que una cosa son los <em>milicos</em> y otra los banqueros. – hizo una pausa, pensativo – ¿Eso significa que <em>lo nuestro</em> se termina?</p>
<p>-      No, claro que no. Nos veremos menos, quizás. No lo sé. Después de todo, una mujer casada también tiene sus secretos, ¿no crees?</p>
<p>Severino Garmendia no contestó a la pregunta. Pensaba que había perdido, que le habían ganado de mano. Pensaba también que no hay mal que por bien no venga, y que una alianza semejante sería también buena para sus negocios. A María de las Angustias le costaría un cinco por ciento adicional recuperar sus piezas, que los tiempos estaban difíciles.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-295" title="26ford_t_coupe" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/26ford_t_coupe-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Se ajustó la pajarita negra. Una, dos, tres veces. Sonrió satisfecho frente a su imagen reflejada en el espejo. Vestía un frac de corte elegante, negro, con un chaleco de seda gris con bordados heráldicos en gris oscuro, y una galera nueva iba perfectamente a juego con su bastón de madera de cerezo, oscuro, lustrado y encerado para la ocasión. Don Esteban Florián Giménez del Río ajustó la cadena de oro del reloj antes de guardarlo en el bolsillo del chaleco, y dio cuidadosamente dos pasos atrás para verse de cuerpo entero, en perspectiva, frente al espejo de su dormitorio. Ladeó la cabeza a izquierda y derecha, buscando diferentes ángulos de visión. Estaba orgulloso de sí mismo. Podía decirse que había triunfado. Pronto estaría casado con la mujer más bella que había conocido en su vida, y los negocios no podían ir mejor.</p>
<p>-      <em>Signore</em>, es la hora de <em>marchare</em>.</p>
<p>-      Sí, Giovanni. ¿Cómo estoy, si se me permite preguntar?</p>
<p>-      Espléndido, <em>signore</em>, espléndido. Ma, non queda tiempo. É <em>molto</em> tarde, <em>signore</em>. La <em>ragazza</em> me espera.</p>
<p>-      De acuerdo, de acuerdo. Me dejarás en la catedral e irás a buscar a Angustias, como estaba previsto.</p>
<p>-      <em>Perfetto</em>.</p>
<p>Salieron apresuradamente hacia el <em>Ford T</em>, que esperaba con el motor en marcha en la acera, junto a la puerta principal del palacete de Don Esteban. La boda sería espectacular. Había convenido con el Arzobispo de Buenos Aires, don José María Bottaro, que administrase personalmente el sacramento del matrimonio a la pareja en el altar mayor de la catedral de la ciudad, junto a la Plaza de Mayo. A cambio, Don Esteban se había comprometido a donar la construcción de una nueva iglesia, donde le pareciese mejor a Su Ilustrísima. La Santa Madre Iglesia aportaría el terreno. Don Esteban, los fondos.</p>
<p>La Catedral lucía imponente, adornada con flores frescas y con las antorchas del frontispicio encendidas en honor de los contrayentes. Más de cuatrocientas personas presenciaron la larga misa matrimonial, celebrada en latín y castellano, en la que no faltó ningún elemento de la liturgia correspondiente a las grandes ocasiones. El Arzobispo fue pródigo en palabras y gestos, y según algunos invitados de primera fila, en miradas furtivas a la novia.</p>
<p>Finalizada la ceremonia, los recién casados se dirigieron en el <em>Ford T</em>, comandado por un Giovanni Rivoldi engalanado como nunca, al hotel Plaza de Buenos Aires, en donde se celebró una recepción y una cena de gala para doscientas cincuenta personas. Francisco Canaro y su Orquesta Típica tocaron en vivo durante más de tres horas los tangos y milongas de moda, para deleite de la concurrencia y como demostración definitiva del poderío del financiero en la vida social de Buenos Aires.</p>
<p>María de las Angustias estaba radiante, y de buena gana bailó tangos y valses con la flor y la nata de los políticos y empresarios de la ciudad, recibiendo sin inmutarse un torrente de elogios y atenciones, y riendo de manera forzada el chiste de besar a la novia hasta en siete ocasiones a lo largo de la noche.</p>
<p>Los novios despidieron a los últimos invitados en el hall del hotel, entre abrazos beodos, palmadas en la espalda y exageradas muestras de cariño y buenos augurios. Solo al llegar a la <em>suite</em> nupcial advirtió Angustias que el estado etílico del banquero era absoluto y total. Tanto que la gaditana alcanzó a temer que fuese imposible consumar el matrimonio esa misma noche. Se sintió frustrada, porque deseaba intensamente conocer cómo se comportaría en la cama su nuevo marido.</p>
<p>-      ¿Cómo te encuentras, Esteban?</p>
<p>-      Mejor que nunca, Angustias. Enamorado de vos hasta los tuétanos, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Ahora que estamos casados se te permite todo, Esteban – invitó angustias, quitándose el velo de novia reciente con un gesto gracioso y seductor. – Y cuando digo todo, quiero decir todo.</p>
<p>La bella gaditana lo miró insinuante y profundamente a los ojos, pensando que quizás no estuviese todo perdido. El financiero, que como buen hombre de negocios sabía perfectamente reconocer una oportunidad, comenzó a tirar torpemente de la pajarita al ver que angustias, con un movimiento hábil se había quitado el vestido y lucía un conjunto de ropa interior entero y con portaligas, terriblemente sugerente.</p>
<p>-      Ven aquí, deja que te ayude con eso, cariño.</p>
<p>-      Lo que quieras, Angustias, lo que quieras.</p>
<p>Don Esteban se tumbó en la cama, luego de quitarse los zapatos. Angustias lo despojó hábilmente del frac y el chaleco, y después de depositarlos con cuidado sobre un canapé forrado en piel, desanudó la pajarita con un preciso movimiento de manos y comenzó a besar al banquero. Lentamente, primero en los labios, luego en el cuello y el pecho, al tiempo que desabotonaba con precisión su camisa blanca impecable, quitaba y dejaba en la mesa de luz los gemelos de oro, y desabrochaba a tirones los pantalones, que hacía rato habían perdido la geometría de su raya.</p>
<p>-      Angustias… &#8211; el banquero no acertaba a elegir palabras, mientras dos manos expertas lo recorrían de arriba abajo como nunca antes. – Esto es… excitante, si se me permite decirlo.</p>
<p>-      Shhhh… &#8211; la gaditana lo besó en los labios, regalona, frotándose de cuerpo entero sobre su banquero desarmado – relájate, Esteban – invitó, antes de volver a su labor.</p>
<p>Pudo adivinar la dureza del banquero al quitarle los pantalones, dejando al descubierto unos graciosos pantaloncillos blancos que el empresario utilizaba a modo de ropa interior. Su entrepierna estaba abultada y el hombre respiraba entrecortadamente, murmurando el nombre de su mujer entre vapores de alcohol y eructos contenidos con aroma de trufas de chocolate, sin terminar de advertir que las luces del techo le resultaban mareantes. Angustias continuó su recorrido preciso por el cuerpo cubierto de vello, que comenzaba a ser canoso, de su nuevo hombre, y cuando por fin su mano derecha se aferraba al animal nervioso y enrojecido del banquero, mientras ella se preparaba para intentar la primera felación matrimonial, don Esteban se sintió repentinamente invadido por un sudor frío, el vientre se le llenó de espuma, su corazón se aceleró, sus ojos se abrieron desbocados, mientras intentaba sin éxito incorporarse sin tirar a su mujer al suelo. Entonces volvió a caer, rendido, sobre la cama, y estalló en un vómito colosal, que como un géiser lanzó al aire un chorro tórrido y maloliente, en cuya composición pútrida se mezclaba una abundante cantidad de buen whisky, dos porciones de tarta de novios y trozos a medio digerir de perdiz estofada en salsa de ciruelas, esparciéndolo todo sobre el lecho nupcial.</p>
<p>Angustias retrocedió de un salto, maldiciendo la fiesta y su puta madre, y al mismísimo Dios y su jodido sentido del humor, mientras con la mirada buscaba una bata que ponerse antes de llamar al servicio del hotel.</p>
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		<title>Capítulo Cinco: Purgatorio y cenizas</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Feb 2010 18:00:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Capitán Ayala]]></category>
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		<description><![CDATA[Finalizaba la primavera de 1925. Pronto serían las navidades, y Angustias decidió que era momento de flexibilizar el luto riguroso que hasta entonces había mantenido por la muerte del Capitán. Ordenó a Matilda preparar el vestuario formal, en tonos oscuros que había encargado meses antes para el verano. Una vez levantado el luto, y aunque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-258" title="Fuego" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/picture-26.jpg" alt="" width="350" height="339" />Finalizaba la primavera de 1925. Pronto serían las navidades, y Angustias decidió que era momento de flexibilizar el luto riguroso que hasta entonces había mantenido por la muerte del Capitán. Ordenó a Matilda preparar el vestuario formal, en tonos oscuros que había encargado meses antes para el verano. Una vez levantado el luto, y aunque guardando las formas de viuda reciente, podría comenzar a recibir visitas masculinas sin necesidad de guardar apariencias. Era imperioso que así fuera.</p>
<p>Una vez enterrado al Capitán, el inventario de su herencia había sido francamente decepcionante. El chalet de Campana, dos pequeños departamentos desvencijados en el barrio de La Boca, frente al río y treinta y siete mil pesos moneda nacional en una cuenta de ahorros del Banco de la Nación Argentina. Angustias, con rapidez y discreción, había vendido las propiedades, pero la liquidez resultante tampoco sería suficiente para un largo período de tiempo.</p>
<p>Ya establecida su condición de viuda y finalizada la sucesión de los bienes del Capitán, Angustias comprendió que sería necesario un segundo matrimonio, esta vez lejos de las armas, que las cargaba el diablo. Decidió que debería ser un hombre mayor, sin hijos y con una buena posición económica y social. Con veintinueve años Angustias continuaba siendo una mujer extremadamente bella, y era considerada en sociedad como una persona de relativa alcurnia, finos modales y razonablemente acaudalada. Estaba segura de que no tardaría en encontrar nuevos pretendientes, y esta vez estaba decidida a elegir mejor. Al fin y al cabo, la juventud no sería eterna, y Angustias lo sabía muy bien.</p>
<p><span id="more-255"></span>Dio instrucciones a Matilda y al resto del servicio de quitar los crespones negros de los cuadros, desempolvar a fondo los muebles y abrir las puertas y ventanas para ventilar la casa y espantar así la presencia constante del muerto, precedida siempre por el silencio acusador que la acosaba tras los rincones, entre las cortinas y bajo los manteles. Mandó retirar del altillo los uniformes de gala del Capitán, y vaciar el estudio de libros, sables y armas de fuego. Los uniformes y las armas fueron subastados sin demasiada pompa a través de un merchante de poca monta, conocido de Angustias a causa de antiguos trapicheos y discretas operaciones de compra venta de los restos principescos de su ajuar de recién llegada. Con los libros, ropa de calle y resto de efectos personales del Capitán se hizo una donación anónima a varias organizaciones protectoras de desamparados, cuidando especialmente la fragmentación en diversos paquetes y la eliminación a conciencia de cualquier indicio que permitiera en el futuro identificar al anterior propietario. Una vez finalizada la purga, María de las Angustias se encontró con un importante montón de objetos que no podía vender ni regalar. Cuadros y fotos de familia del Capitán, cuadernos de anotaciones personales, condecoraciones del Ejército de  Tierra, pañuelos bordados con su nombre, trofeos de esgrima y demás enseres personales fueron quemados en una hoguera íntima que se realizó en el patio de la casa de Angustias, sobre el fogón en el que el Capitán gustaba de asar carnes rojas los domingos de buen tiempo.</p>
<p>Angustias se sorprendió a sí misma, una vez terminado el ritual purificador, siendo consciente de que no le producía la menor tristeza ni la menor alegría. Solamente encontró en su alma un rescoldo de alivio, y el inicio de un buen camino para un sano olvido. Matilda preguntó si también arrojaba al fuego las fotos tomadas después de la boda y el certificado de matrimonio, y al asentir con la cabeza, Angustias comprendió que el Capitán había desaparecido definitivamente de su vida. Su recuerdo se disipó junto al humo de la hoguera.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-259" title="Plus Ultra" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/02/PlusUltraenBANPBsintelax10-300x166.jpg" alt="" width="300" height="166" />El 10 de febrero de 1926 fue un día inolvidable para Angustias. No era fácil estimarlo, pero seguramente había varios miles de personas en el aeroparque de Buenos Aires cuando el Comandante Ramón Franco tomo tierra con su aeronave, el <em>Plus Ultra</em>. Era toda una proeza. Por primera vez, aunque con varias escalas desde su partida del puerto de Palos el 22 de enero, se conseguía unir España y Argentina por vía aérea. Angustias no pudo evitar recordar las penurias de su travesía marítima, casi eterna, apenas siete años antes. Hacía poco había leído en el periódico que un escocés loco conseguía transmitir imágenes en movimiento a través del aire<sup class='footnote'><a href='#fn-255-1' id='fnref-255-1'>1</a></sup>, utilizando un invento del demonio al que llamó <em>televisión</em>, y ahora se podía ir de España a la Argentina nada menos que <em>volando</em>. ¿Qué sería lo próximo? Angustias estaba segura de que ya no quedaba nada por inventar en este mundo.</p>
<p>El segundo acontecimiento que marcó definitivamente esa fecha en el calendario de su vida ocurrió después de que un destacado estudiante de escuela secundaria, llamado Arturo Frondizi, leyera un emotivo discurso en el aeroparque, sobre las promesas y virtudes de la navegación aérea. Había acudido allí invitada por Elena Bellaterra, esposa de un antiguo camarada de armas del Capitán, que parecía haberle tomado aprecio desde su viudez, y constantemente la invitaba a cuanto evento social se producía, para asegurarse – decía – que una mujer tan bella y joven como Angustias no se sepultaría bajo un luto eterno y prematuro. Desconocía, por supuesto, que no había nada más lejano de su ánimo y sus deseos de viuda que guardar luto por el marido muerto.</p>
<p>Varias horas después del aterrizaje, departían en una tertulia informal en el café <em>Tortoni</em>, a donde habían acudido luego del acto conmemorativo a tomar el té en compañía de varias personas hasta entonces desconocidas para Angustias. A su lado se sentó don Esteban Florián Giménez del Río, Subdirector General del recientemente formado <em>Banco de Crédito Argentino</em> y distinguido caballero. Llevaba ese día un sombrero negro, de ala baja, y un traje de tres piezas impecable, con el chaleco cruzado por una cadena de oro de la que pendía un reloj del mismo metal, cuya tapa se abría automáticamente al pulsar un resorte, gesto aquél que el banquero hacía con frecuencia, convencido de que reforzaba su aspecto respetable y su posición social. Llevaba un bastón oscuro de madera de cerezo con empuñadura de plata que le proporcionaba un aire intachable, y si bien las buenas costumbres le impedían cortejar abiertamente a María de las Angustias, que le había causado una fuerte impresión, no tuvo reparos en ser pródigo en simpatía y recursos de buena conversación. Estuvo alegre y encendido, e impresionado por la belleza de la Gaditana, hasta se atrevió a ensayar algunos chistes que, contados con gracia y garbo, hicieron reír de buena gana a la concurrencia.</p>
<p>Angustias supo interpretar la oportunidad, y enterada rápidamente de su oficio de banquero, aprovechó la circunstancia para hacerle algunas preguntas intencionadas acerca de cómo ordenar sus finanzas, fingiendo desconocimiento y verdadera torpeza mercantil. Ni lerdo ni perezoso, el financiero le entregó su tarjeta de visita, invitándola a verse la semana entrante, asegurándole que estaría encantado de asesorarla en sus finanzas, y que, por descontado, ponía el <em>Banco de Crédito Argentino </em>a sus pies.</p>
<p>-      No sé si me atreveré a aceptar su ofrecimiento. Por instinto temo a los hombres poderosos. – dijo María de las Angustias al despedirse del banquero. El hombre no supo responder, limitándose a dibujar un beso silencioso con los labios sobre los guantes de gamuza de la gaditana, para inmediatamente después dejarse subyugar por su mirada violeta e infinita.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-255-1'>Baird ofreció la primera demostración pública del funcionamiento de un sistema de televisión a los miembros de la Royal Institution y a un periodista el 26 de enero de 1926 en su laboratorio de Londres. Ver: <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Televisi%C3%B3n#Televisi.C3.B3n_mec.C3.A1nica.2C_el_disco_de_Nipkow_y_la_rueda_f.C3.B3nica" target="_blank">Televisión mecánica, el disco de Nipkow y la rueda fónica</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-255-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Capítulo Cuatro: Amarga venganza, pólvora y revancha</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-237" title="arma" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/arma.jpg" alt="" width="353" height="288" />El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. Don Severino regentaba un negocio de empeño de joyas en el barrio del Once, con la particularidad de que su servicio proporcionaba a los clientes una copia falsa, sin valor, de las joyas empeñadas, junto a una garantía sellada con silencio y miradas cómplices de discreción absoluta. Angustias era cliente habitual de la tienda desde antes de casarse con el Capitán, y muchas veces había empeñado y rescatado las mismas joyas en virtud de operaciones financieras que hacía con cierta regularidad, entre las que se contaban fuertes apuestas a las carreras de caballos, quinielas clandestinas y ocasionales compra y venta de bienes inmuebles. Se hicieron amantes durante el verano de 1922, en una época en la que Angustias perdió precisamente en el Hipódromo de Palermo, en una mala racha, buena parte de un dinero que el Capitán le había confiado con vistas a comprar una casa de fin de semana en los alrededores de la población de Campana. Cuando Angustias advirtió que ya no recuperaría el capital apostado, empeñó algunos de sus collares y gargantillas traídos de España y dos juegos de anillos y pendientes, regalo del Capitán, por una buena suma contante y sonante en pesos moneda nacional. Don Severino le proporcionó copias casi perfectas de todas las piezas. Dada la complejidad de la operación, se vieron con frecuencia durante algo más de un mes, y sin saber muy bien cómo, pasaron de los negocios a la amistad, y del consuelo a una mujer desesperada a revolcones frecuentes en los mediodías calurosos y polvorientos en la trastienda de don Severino.</p>
<p>Para entonces don Severino contaba cuarenta y nueve años muy bien vividos, y una elegancia mundana que encantaron a una Angustias espléndida en su juventud. Los unía la ambición sin límites, la falta de escrúpulos, el ejercicio de la doble moral cristiana y un gusto desmedido por los refinamientos sexuales. Angustias tenía en el Capitán un amante aburrido y poco imaginativo pero constante, mientras que con el Sargento Primero Lucio Campagnuolo disfrutaba de la potencia masculina de sus brazos y el ímpetu inagotable de sus caderas. Don Severino era de origen francés, y gustaba de tomar baños de sales en compañía y de vivir la desnudez como algo natural. Cuidaba su alimentación y una hora diaria de ejercicio le proporcionaba un cuerpo fibroso y entrenado. Era metódico y pausado para el amor, y si bien no solía tener más de un orgasmo durante sus encuentros, Angustias siempre alcanzaba el clímax repetidas veces. El era un hombre que <em>gestionaba</em> la excitación sexual, imponiendo ritmos que aceleraba y pausaba a su antojo para retrasar el final.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El Capitán regresó dos días antes de lo previsto. Angustias estaba en el salón repasando los informes del progreso escolar de María del Rocío, que las monjas enviaban rigurosamente cada mes, después de recibir el correspondiente emolumento, cuando lo escuchó cerrar la puerta de calle, desprender el sable del cinto para colgarlo en el perchero del recibidor y entrar el salón con paso cansado y una expresión de circunstancia en el rostro.</p>
<p>-      Llegas pronto. ¿Ha pasado algo? – preguntó Angustias, decodificando al instante el gesto amargo de su marido.</p>
<p>-      Hubo un accidente. Un accidente trágico.</p>
<p>El Capitán avanzó con parsimonia hacia el sofá, sin dejar de observar a María de las Angustias, que sintió una herida en el pecho, intuyendo la desgracia en un instante eterno, como sólo las mujeres saben hacerlo. Tuvo que apelar a lo mejor de sí misma para mantener el control, y con la voz sostenida a fuerza de voluntad, preguntó:</p>
<p>-      ¿Qué tan trágico, Justo? Tú estás bien, por lo que veo.</p>
<p>-      Sí, no es eso. Estábamos haciendo prácticas de infantería. Había dividido al regimiento en dos equipos, y el objetivo era tomar posesión del embarcadero de la laguna. Las maniobras se realizaron después del anochecer. Se suponía que las armas estaban descargadas, pero en el momento en el que los dos pelotones se dispersaban entre los árboles, hubo una situación confusa. Se oyó un disparo, y para cuando llegué allí el Sargento Campagnuolo ya estaba muerto.</p>
<p>Angustias no pudo contener un gesto breve, apenas una aspiración profunda de aire. Se llevó la mano derecha a la boca, y tuvo que apelar a toda su fortaleza.</p>
<p>-      ¡Qué horror! ¡Un hombre tan joven!</p>
<p>-      Eso no es todo. La bala le entró limpiamente en el centro de la nuca. Por las quemaduras de la herida creemos que el disparo se realizó a menos de dos metros de distancia, completamente a quemarropa.</p>
<p>-      ¿Se sabe quién ha sido?</p>
<p>-      No. Lo más raro de todo es que encontramos el subfusil que disparó a tres metros del cadáver. Era el del Sargento Campagnuolo.</p>
<p>Mientras hablaba, el Capitán Ayala no dejó de mirar fijamente a los ojos a Angustias, esperando encontrar un signo que revelase la verdad, un rastro de dolor o de arrepentimiento, una evidencia inequívoca de culpa. Cuando hubo terminado, Angustias, impasible, dijo:</p>
<p>-      Es una verdadera lástima, parecía un buen hombre, con una niña pequeña&#8230; ¡No hay derecho! ¿Qué quieres para cenar? Diré a Matilda que lo prepare.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Fue durante el invierno de 1923, inmediatamente después de la muerte del Sargento Campagnuolo, que Angustias adoptó la costumbre del encerrarse en el baño a fumar tabaco negro de enrollar. El Capitán lo sabía, pero jamás lo mencionó. Así como sabía perfectamente que no era propio de damas fumar, también entendía que no lo era de caballeros hablar del asunto. Angustias había controlado su rabia mientras el Capitán le relataba la muerte del Sargento. Sabía que él esperaba que ella se quebrase para saber si sus sospechas eran ciertas, pero ella le negó ese desquite. La primera vez que se encerró en el baño a fumar lo hizo con intención de llorar en paz. Había visto muchas veces al Capitán liando tabaco, y pensaba que sería más fácil. Al cabo de diez minutos consiguió armar un cigarro panzudo como un caramelo y que amenazaba despegarse. Mientras luchaba con el papel y las hebras de tabaco, pensaba en el Sargento, en su jovencísima esposa y su hijita. La pensión de los militares le alcanzaría para vivir.</p>
<p>Al momento de encender el cigarro, se dio cuenta de que no estaba llorando, como era la intención inicial. Buscó en su interior las lágrimas que no había podido derramar frente al Capitán y no las encontró. El humo le enrojecía los ojos y el pecho le dolía durante los espasmos de una tos seca que el fuerte tabaco del Capitán le produjo durante las primeras caladas, pero aún así fue incapaz de soltar una sola lágrima. Entonces supo que nunca había querido al Sargento, que no era más que un alimento para su vanidad. Aplastó la colilla a medio fumar y se sintió ridícula. A pesar de que el Capitán no estaba en casa fumaba sola en el baño. Se dijo a sí misma que era para que no la viese el servicio, pero íntimamente sabía que el servicio le era leal, que no haría preguntas, y que en cualquier caso le importaba muy poco lo que pensaran de ella. Sentía rabia. Una rabia profunda, más parecida a una rabieta de niño que al dolor de una mujer que ha perdido a su amante. Estaba segura de que el disparo lo había hecho el Capitán. Y sabía que para él, era la solución perfecta: <em>Muerto el perro, muerta la rabia</em>, solía decir. Los hombres tenían muy poco tacto para solucionar las cosas, especialmente los militares. El Capitán sabía poco de hablar y mucho de eliminar los problemas a tiros. En el fondo, sabía que la muerte del Sargento era culpa suya, pero junto con la capacidad de llorar, Angustias había perdido el camino de vuelta a los remordimientos. Era una mujer hecha a sí misma. A ella nadie la había ayudado. No importaba cuántas veces Dios la pusiese a prueba, ella era más fuerte. Siempre se levantaría una vez más.</p>
<p>Tras cerrar la puerta del baño, respiró profundo y con un gesto nervioso acomodó su vestido largo. Se limpió la nariz con un pañuelo que luego guardó en su manga y ordenó enviar una corona a la viuda del Sargento, a la que adjuntó una esquela escrita de su puño y letra, enviando las más sentidas condolencias de parte del Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala y esposa. Con un gesto de su mano izquierda sobre la frente, dio por cerrado el episodio del Sargento Primero Lucio Campagnuolo en su vida. No volvió a pensar en él como hombre de dormitorio, y reservó un lugar en el desván de su memoria para los buenos momentos vividos, pero no permitió que la rabia la abandonase. No tenía que ver con el Sargento, era algo entre ella y el Capitán.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Entraba el otoño de 1924. Era una época del año en la que la casa se trastornaba ligeramente. El servicio preparaba la ropa de verano en baúles con naftalina para guardarla en los altillos hasta la próxima primavera, y a su vez desempolvaba la ropa de otoño e invierno de la temporada anterior, sepultando la casa entera bajo una nube de partículas en suspenso. La ropa olía a encierro y a polvo, a pesar del celo con el que había sido guardada, y por eso Angustias era inflexible en cuanto a que todas las prendas, fueran a usarse o no, pasaran por el tinte.</p>
<p>Aprovechando que la casa se ponía patas arriba, se hacía una limpieza a fondo de la cocina, se movían los muebles del salón, se daban vuelta los pesados colchones de lana y muelles de hierro y se limpiaba a conciencia el estudio del Capitán. Angustias sabía que una vez finalizado el proceso, el Capitán tenía por costumbre limpiar y engrasar su colección de sables y carabinas. Mientras el servicio se ajetreaba entre el altillo y la alcoba principal, Angustias dirigía la operación recorriendo las habitaciones, escoltada por Matilda, desparramando instrucciones y agregando tareas a medida que se le ocurrían, ordenando y contraordenado a ritmo sincopado. Como cada año, entró al estudio del Capitán con la intención de hacer un inventario visual de los objetos pesados y muebles que habría que mover y limpiar. Mientras verificaba los trofeos de esgrima del Capitán, reparó en el armario de las armas de fuego. No le gustaban las armas, nunca lo había abierto. Esta vez lo hizo, e inmediatamente se sintió atacada por un olor de encierro metálico, grasa y madera barnizada. Lo recorrió con la mirada y contó hasta doce <em>escopetas</em>. Angustias no conocía la diferencia entre un subfusil reglamentario y una carabina de caza de corto alcance, pero por alguna razón escogió esta última. En el estante superior había varias cajas de balas apiladas en perfecto orden. Pasó algunos minutos estudiando el mecanismo para abrir y cerrar la cámara de munición y aprendiendo a montar y desmontar el percutor y el seguro. Aquél aparato no era sencillo. Quitar una vida no era sencillo, alcanzó a pensar.</p>
<p>Probó sin suerte munición de las dos primeras cajas, hasta que al abrir la tercera, la bala pareció encajar en la recámara. Deslizó la traba lateral hasta que escuchó el <em>clic</em> que indicaba que la munición estaba en su sitio, montó el percutor y destrabó el seguro. Repasó el arma con la vista, asegurándose de que estaba lista para disparar, y volvió a colgarla con las demás.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>La bala le reventó el globo ocular derecho, astillando el borde de la cuenca ósea del ojo y produciendo un orificio de forma irregular de salida en la coronilla, de tres centímetros de diámetro. Antes de que los restos de su materia gris esparcida por el aire manchasen las paredes y la moqueta, el Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala, en un chispazo de lucidez que duró un milisegundo, alcanzó a saber que estaba muerto.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-240" title="rosa_luto" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/rosa_luto.jpg" alt="" width="400" height="300" />Era sábado, y Angustias sabía que muy probablemente ese fuera el día elegido por el Capitán para limpiar sus armas. Se aseguró de que el servicio estuviera presente, y en cuanto el Capitán se dirigió a su estudio le hizo llevar una taza de té cargado con un chorrito de leche. Matilda dejó la taza sobre el escritorio del estudio mientras el Capitán comenzaba a limpiar y afilar el sable de su uniforme de gala.</p>
<p>-      El Capitán no quiere ser molestado durante algunas horas, Señora.</p>
<p>Angustias hizo un gesto con la mano, para dar a entender a la india que había tomado nota mental de la solicitud del Capitán. El corazón le latía con fuerza, ensordeciéndola, y por un instante pensó en inventar una excusa para sacar al Capitán del estudio y rescatar la bala que lo esperaba en la carabina calibre 22. Entonces recordó la delicia de sus dedos recorriendo el vello del pecho del Sargento Campagnuolo, la excitación que le producía siempre el primer contacto de sus manos alrededor del pene del soldado y su sabor amargo. Recordó las tardes en el hotel <em>Avenida</em>, desnudos ambos, disfrutándose sin culpas ni complejos. Luego pensó en Severino Garmendia y en las piezas que ya no tenía esperanzas de rescatar porque no conseguía generar recursos genuinos para pagar al prestamista, que a pesar de ser amante y buen amigo suyo, mantenía una política de negocios estricta e inquebrantable.</p>
<p>-      Cuando jodemos, jodemos, y cuando <em>laburamos, laburamos</em>, – Le decía Severino cada vez que Angustias hablaba de las joyas. – pero no te preocupés, <em>galleguita</em>, que tus piedras están seguras conmigo.</p>
<p>Pensó en el patrimonio del Capitán, que le permitiría recuperar sus tesoros. Sabía que Justo Rafael Ayala más de una vez había salido beneficiado, a finales de la presidencia de Hipólito Yrigoyen, entre 1921 y 1922, de operaciones poco claras en las que Anarquistas de la <em>Patagonia Rebelde</em><sup class='footnote'><a href='#fn-234-1' id='fnref-234-1'>1</a></sup>, inexplicablemente, <em>vendían</em> a última hora sus casas en Buenos Aires o su tierras en el sur a los oficiales a cargo de su propio pelotón de fusilamiento. Las operaciones se realizaban en los centros de detención, con el visto bueno de los escribanos del ejército, y aunque constaban en la documentación de la transacción los importes, avalados porque en ese mismo acto los escribanos <em>daban fe</em>, el dinero nunca llegaba a las viudas. Parece que los rebeldes tenían una extraña afición a dilapidar su dinero horas antes de morir.</p>
<p>Angustias se dirigió a la cocina, con intención de prepararse un té. Matilda estaba en ese momento colocando la vajilla de diario en su sitio, cuando en el silencio de la casa retumbó el sonido de un disparo.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-234-1'>La Patagonia rebelde o la Patagonia trágica es un evento protagonizado por los trabajadores anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina y que fueron reprimidos por el Ejército Argentino en el año 1921. Ver <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Patagonia_Rebelde" target="_blank">La Patagonia Rebelde</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-234-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Capítulo Tres: Celebraciones</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jan 2010 18:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La celebración de las navidades fue ese año la más fastuosa que los niños Ramírez Matalobos habían vivido hasta entonces. El Capitán Ayala, feliz por su matrimonio y satisfecho por tener por primera vez en su vida una sexualidad sino excitante, al menos regular y fluida, decidió que la ocasión bien merecía el gasto. Durante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/1925_florida.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-201" title="Calle Florida (1925)" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/1925_florida.jpg" alt="" width="393" height="259" /></a>La celebración de las navidades fue ese año la más fastuosa que los niños Ramírez Matalobos habían vivido hasta entonces. El Capitán Ayala, feliz por su matrimonio y satisfecho por tener por primera vez en su vida una sexualidad sino excitante, al menos regular y fluida, decidió que la ocasión bien merecía el gasto. Durante las dos semanas previas la casa fue presa de una actividad febril de preparación a contrarreloj. Matilda iba y venía, comprobaba la mantelería, repasaba la plata y los bronces, discutía precios y fechas con los distintos proveedores de comida y bebida, mientras María de las Angustias verificaba los encargos de flores, la disposición de las mesas en el patio, la lista de invitados y el envío de las tarjetas blancas y doradas que participaban a la fiesta. El Capitán pagaba y asistía con asombro y desconcierto a los preparativos, que excedían por completo el límite marcial de su imaginación.</p>
<p>Celebraron una fiesta que convocó a varias docenas de personas, entre ellas miembros del ejército con sus familias y algunos viejos amigos del Capitán, mientras Buenos Aires los asfixiaba con una noche de treinta y ocho grados centígrados dentro de unos uniformes de gala que la etiqueta exigía. Al mejor estilo tradicional europeo, se sirvieron entrantes compuestos de una gran variedad de frutos secos, patés de hígado de pato y oca acompañados de vino blanco y espumoso. Un plato principal de pavo relleno y ensalada de patatas protagonizó la cena. Los turrones de Alicante y Jijona y el pan dulce de frutas abrillantadas con azúcar a los postres se hacían imposibles de masticar, y no fue otra cosa que el carácter castrense de los invitados, habituados a soportar condiciones extremas de supervivencia, lo que consiguió que la noche fuese un éxito social.</p>
<p><span id="more-185"></span>Los últimos invitados en llegar fueron el Sargento Primero Lucio Campagnuolo y su joven prometida, Beatriz. Angustias, acompañada del Capitán, los recibió en la entrada. El Sargento traía un precioso bouquet compuesto de dos docenas de rosas, azaleas y una orquídea blanca y solitaria.</p>
<p>-      Es usted demasiado galante, Sargento. – le dijo Angustias mientras apuntaba su mirada violeta al centro de los ojos del joven oficial. &#8211; ¡Justo! Haz el favor de acompañar y presentar a la señorita Beatriz, mientras el Sargento me ayuda a colocar las flores en un jarrón. Acompáñeme, por favor, Sargento.</p>
<p>El Sargento hizo lo que pudo para seguir a Angustias por el pasillo, espiándola detrás del enorme montón de flores, mientras el Capitán Ayala se prodigaba en atenciones con la prometida de su mejor hombre.</p>
<p>Ya en la cocina, Angustias pidió al Sargento que sostuviese en alto el jarrón, mientras con una jarra vertía agua en su interior. El Sargento, visiblemente incómodo por la cercanía de Angustias, se sentó junto a la mesa, apoyando sobre ella el jarrón y sosteniéndolo con ambas manos, mientras intentaba esquivar definitivamente los ojos intensos de la esposa de su Capitán. Quería evitar que se le cayese, era un jarrón precioso, de cerámica color verde lima con arabescos amarillos.</p>
<p>-      ¡Pero qué torpe soy! ¡Lo siento muchísimo, Sargento! – exclamó Angustias, mientras el contenido casi completo de la jarra se derramaba sobre la camisa blanca del militar. –  ¿Puedo llamarle Lucio? Mire como se ha puesto… No puede regresar así a la fiesta. Por favor, acompáñeme a las habitaciones del Capitán. Le prestaré una camisa.</p>
<p>-      No se moleste, Angustias, no hace falta. Con este calor, en un rato se seca.</p>
<p>-      De ninguna manera. No aceptaré un no por respuesta. Además, el accidente ha sido culpa mía.</p>
<p>Angustias lo tomó de la mano y tiró de él hacia las escaleras que daban acceso a la primera planta, en la que estaban la alcoba principal y los dormitorios de los niños.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Esto no está bien, doña Angustias.- El Sargento hizo un gesto, sin demasiada convicción, de apartar las manos que desabotonaban su camisa mojada, intentando que no se le notase el sudor que perlaba su frente con profusión indecorosa.</p>
<p>-      Claro que está bien, Lucio. – replicó ella, acaramelada e insistente – No me dirás que no te gusta…</p>
<p>-      Sí, claro que me gusta, doña Angustias, pero… &#8211; Angustias cortó el intento del Sargento con un beso profundo en los labios, mientras con las manos lo buscaba donde esperaba encontrarlo. Y lo encontraba, listo para el combate, más soldado con el cuerpo que con el alma, más intrépido y valiente, más decidido y erguido en la sangre y las venas que en el carácter. Con un gesto gracioso desabrochó la bragueta del soldado, y sin más preámbulos ni palabras, lo miró profundamente a los ojos, lo besó tiernamente en el pecho y se arrodilló ante él para saborearlo con verdadera gula.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      ¡Ah! ¡Aquí está el hombre en cuestión! – Anunció el Capitán, haciendo un gesto abierto con los brazos, mientras el Sargento Campagnuolo colocaba el jarrón verde en una pequeña mesilla junto al sofá. – ¿Dónde estaba usted, Sargento?</p>
<p>-      El Sargento tuvo un pequeño inconveniente con las flores. – intercedió Angustias. – Pero ya está felizmente solucionado. ¿Verdad Sargento? Le he tenido que prestar una de tus camisas, espero que no te importe.</p>
<p>-      De ninguna manera. &#8211; dijo el Capitán &#8211; ¡Matilda! Ya puede traer el pavo. Usted Sargento, siéntese a mi lado. No hay nada como tener cerca a un hombre de confianza.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Se quitaban la ropa con rapidez, entre temblores de dedos rápidos y manos ansiosas. Se encontraban durante las tardes de permiso del Sargento, en un hotel de tercera categoría, en el que una propina convenientemente dispensada despejaba toda clase de dudas. Lucio tenía un cuerpo proporcionado, fibroso sin ser excesivamente musculoso, y una potencia física que le permitía hacer el amor y recuperarse para volver a hacerlo hasta tres veces en el par de horas que duraban los encuentros. A Angustias le gustaba quitarle los calzoncillos con los dientes, le gustaban las manos fuertes y el pene especialmente grueso del Sargento. A él le volvía loco el cuerpo elástico y la desfachatez amatoria de Angustias, cómo ella lo lamía desde el cuello a la punta de los pies sin ningún pudor, y sus pezones oscuros, de areolas grandes. Eran encuentros furiosos, explícitos, de pocas palabras, de puro contacto y piel.</p>
<p>Pero aquélla tarde de 1923 el Sargento no podía responder al hambre de Angustias. Ella lo había mordido, lo había acariciado, lo había besado entero y sin embargo, <em>el soldadito</em>, como le gustaba a ella llamarlo, no respondía. El Sargento estaba preocupado.</p>
<p>-      ¿Qué le pasa hoy al soldadito? – preguntó ella, frotándose contra el Sargento, regalona, mientras acariciaba el pene completamente laxo del militar.</p>
<p>-      Angustias, estoy seguro de que el Capitán lo sabe…</p>
<p>-      No seas tonto, no sabe nada. Además, del Capitán me ocupo yo. Tú no tienes nada que temer.</p>
<p>-      Hace unos días, cuando volví al cuartel después del permiso, me hizo algunas preguntas, que si dónde había estado, qué qué tal estaba Beatriz, que cómo iba mi vida social. Estoy casi seguro de que sospecha.</p>
<p>-      No seas cobarde. Piensa que tu mujer parirá pronto. Entonces cogerás vacaciones y no nos veremos durante algunas semanas. Cuando te reincorpores estarás más tranquilo. Ven aquí.</p>
<p>Le depositó en los labios un beso húmedo. Le recostó la cabeza contra su pecho y comenzó a acariciarle la nuca. El Sargento no podía resistir la cercanía del pecho de Angustias. Comenzó a mordisquear sus pezones. Ella soltó un gemido y tiró la cabeza hacia atrás mientras arqueaba levemente la espalda, en un gesto que sabía que hacía resaltar la redondez pesada de sus pechos. Luego, suave pero firmemente, con las dos manos presionó hacia abajo la nuca del Sargento, dirigiendo sus besos, al tiempo que separaba las piernas.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/patio_ajedrez3.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-208" title="patio_ajedrez3" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/patio_ajedrez3.jpg" alt="" width="313" height="464" /></a>El Capitán regresó a casa dando un portazo seco, que arrastró por las escaleras, junto a las ondas sonoras, el frío tibio de otoño bañado de rayos de sol. Un paseo dominical lento y largo no había conseguido disipar el nubarrón negro que amenazaba su estado de ánimo. Algo no iba bien en su matrimonio, y no conseguía identificar qué era. Estaba seguro de que el territorio de los afectos era mucho más árido para su percepción militarizada que un auténtico campo de batalla.</p>
<p>Matilda había preparado para el almuerzo la mesa del comedor. Dos jarrones pequeños con jazmines recién cortados aromatizaban la estancia, y la puerta de doble hoja que daba al patio, abierta de par en par, permitía que la brisa fresca del otoño limpiase las emanaciones de la estufa de queroseno. El Capitán se sentó a la mesa. Como había tardado en volver, María de las Angustias dispensó a Matilda por el resto del día, y se dispuso a servir la comida ella misma.</p>
<p>-      Has llegado tarde para la hora de comer – le había reprochado suavemente a su esposo.</p>
<p>El Capitán, por toda respuesta, hundió lentamente su cuchara en la sopa, se la acercó al bigote y la sorbió ruidosamente, sabiendo que a ella le molestaba ese gesto.</p>
<p>-      La sopa está fría.</p>
<p>-      Si hubieses venido en hora estaría caliente.</p>
<p>-      ¡No soporto la sopa fría!</p>
<p>Inmediatamente después de su grito, Justo Rafael Ayala soltó su cuchara sobre el mantel, salpicándolo de caldo de gallina, y con su mano derecha lanzó el plato sopero, servido como estaba, a través de la puerta de doble hoja. La porcelana, regalo de bodas del Teniente General Menéndez, hizo un estruendo de vidrio quebrado sobre el suelo ajedrezado del patio. María de las Angustias controló su sorpresa, dejando entrever apenas un ligero desconcierto en la mirada. Sin alterar la voz, con una calma en frío contraste con las llamaradas violetas que despedían sus ojos, mirando fijamente al Capitán, casi susurró:</p>
<p>-      ¡Ah! ¿Quieres comer afuera? Solo tenías que pedírmelo.</p>
<p>El Capitán abrió la boca para disculparse, pero en seguida fue vencido por el asombro cuando su mujer, a quien nunca había visto alterarse ni hacer nada fuera de lugar, lanzó al patio su propio plato de sopa. Mientras continuaba murmurando en tono pausado y tranquilo: <em>“No hay ningún problema. Si quieres comer afuera, comemos afuera”</em>. Lanzó detrás del plato la sopera de porcelana, las copas de cristal veneciano, los jarrones con jazmines, las cucharas y tenedores de plata, la fuente de barro cocido con carne y verduras estofadas, la botella de vino tinto descorchada, la jarra de agua y todo lo que encontró a su alcance. Cuando hubo terminado, alisándose los pliegues del vestido con ambas manos, volvió a dirigirse a su marido, con absoluta calma.</p>
<p>-      La mesa ya está servida afuera.</p>
<p>Y sin esperar respuesta abandonó el comedor, caminando tranquilamente, sin prisa, dejando a su marido sentado frente a una mesa vacía, con las manos apoyadas sobre el mantel y un profundo desconcierto en la mirada.</p>
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		<title>Capítulo Dos: Negocios</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jan 2010 18:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Capitán Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Lucio Campagnuolo]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>

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		<description><![CDATA[El Capitán Justo Rafael Ayala la visitaba tres tardes por semana, precedido por su fragancia efímera de agua de colonia. Para el inicio de 1920, María de las Angustias había comprado una casa de dos plantas en el barrio de San Pedro Telmo. Desde su llegada a Buenos Aires, Angustias había contado con la inestimable [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_177" class="wp-caption alignright" style="width: 220px"><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/antigua-avenida-de-mayo-en-1920.jpg"><img class="size-medium wp-image-177" title="Avenida de Mayo (1920)" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/antigua-avenida-de-mayo-en-1920-210x300.jpg" alt="" width="210" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Avenida de Mayo (1920)</p></div>
<p>El Capitán Justo Rafael Ayala la visitaba tres tardes por semana, precedido por su fragancia efímera de agua de colonia. Para el inicio de 1920, María de las Angustias había comprado una casa de dos plantas en el barrio de San Pedro Telmo. Desde su llegada a Buenos Aires, Angustias había contado con la inestimable ayuda del Capitán para instalarse y comenzar su nueva vida. Había sido él quien encaminara los trámites de la documentación de la gaditana y sus dos hijos, y se había encargado personalmente de premiar la desinteresada intervención de los funcionarios de inmigración con varios doblones de plata provenientes de las arcas del señor Ramírez. Había sido el Capitán, también, quien la introdujo en la vida pública de la alta sociedad bonaerense, y quien la asesoró y guió en la compra de la casa. María de las Angustias sabía que más tarde o más temprano sus recursos genuinos se agotarían. La aterraba la idea de no poder conservar la posición social con la que había llegado de España, sostenida únicamente por la solvencia de su mermado cofre. La única solución plausible era un matrimonio ventajoso, que consolidara su posición social y económica. Con ese objetivo permitía al Capitán, un hombre veinte años mayor que ella y extremadamente aburrido, cortejarla regularmente a golpe de flores, tés europeos de contrabando que su posición en el ejército de tierra le permitía conseguir con frecuencia y chocolates y caramelos de la confitería <em>El Molino</em>.</p>
<p>El Capitán llegaba al atardecer y ambos se sentaban en el patio interior de la casa de Angustias. El cortejo era especialmente lento y difícil, a causa del carácter marcial del Capitán, su timidez congénita, su falta de habilidad para la conversación y el bullicio permanente de los niños jugando en el patio y en las habitaciones de la planta baja. Matilda, una india de las provincias del norte que profesaba una devoción y fidelidad sin límites hacia su dueña, desde que ésta la rescatase de un penoso episodio de hurto en el mercado de frutas y verduras de San Pedro Telmo, les preparaba y servía el té, mientras el Capitán narraba pausadamente historias aburridas sobre la influencia del ejército en la vida política del país, maniobras de prácticas de guerra o anécdotas castrenses sin ninguna gracia. Angustias fingía interés con la misma precisión con la que luego fingiría pasión en el lecho conyugal, ensayando mohines con los labios fruncidos y risas tímidas acompañadas de caídas de sus ojos violetas enmarcados en pestañas infinitas. El Capitán estaba loco por ella, por su belleza fresca, su risa musical y franca, sus modales castizos, su talle esbelto, realzado con miriñaques traídos de España y vestidos de corte noble, su acento indiscutiblemente español y el carácter fuerte con el que pronunciaba las zetas y las ces. Le deslumbraba  el gesto adusto con el que empuñaba el abanico, y la alegría con la que, algunas tardes en las que una copa de vino dulce le alegraba el carácter, Angustias cantaba para él sevillanas, con el solo acompañamiento de sus castañuelas. Después de acostar a los niños, Matilda les servía una cena frugal en el salón, y antes de las nueve y media el Capitán marchaba a casa. Los meses pasaban, uno tras otro, y el Capitán no avanzaba en su torpe artificio de seducción. Continuaba tratándola de <em>usted</em>, y no aparecía en su conversación nada que invitase a intimar. Angustias pensaba que él no terminaba de convencerse de que ella fuese una mujer adecuada para el matrimonio, pero la verdad era que simplemente él no sabía cómo avanzar. Su instinto militar, agudo para la guerra y la vida entre hombres, no encontraba el camino para abrirse paso hacia el corazón de una mujer. Su experiencia anterior, casi enteramente adquirida en los burdeles del centro, no aportaba demasiada información sobre el arte de la seducción. Los temas de conversación eran tan poco personales que ni siquiera le daban a ella oportunidad de dejarse enamorar, de invitarlo, de entreabrir una puerta para que él pudiese descubrirla. Por otra parte, la presencia constante del Capitán impedía que otros hombres se atreviesen a cortejarla.</p>
<p>Finalmente, una tarde de Mayo de 1920, Angustias decidió tomar el toro por los cuernos, y por primera vez usó un tono íntimo para dirigirse al Capitán.</p>
<p>-      Dime una cosa, Justo.- Lo llamó adrede por su nombre de pila.- ¿Cómo es que no te has casado aún?</p>
<p>-      La vida militar es muy difícil, Angustias… – respondió él, tras un titubeo que le permitió reponerse de la sorpresa.- Y supongo que todavía no conocí a la dama apropiada… que no había conocido a la dama apropiada. &#8211; Ella rió del desconcierto del Capitán. Se volvió hacia él y lo miró profundamente a los ojos, bajando ligeramente el rostro, en un ángulo en el que sabía que su mirada resultaba penetrante y profunda.</p>
<p>-      ¿Y crees que cuando aparezca sabrás reconocerla? &#8211; poniendo sus manos sobre la mesa, invitando al Capitán al contacto. &#8211; ¿Acaso sabes cómo es una dama apropiada?</p>
<p>-      No quisiera ser atrevido, Angustias, &#8211; el bigote marcial temblaba sobre los labios del Capitán. – pero creo que ya apareció, creo que es usted.</p>
<p>-      ¿Lo crees o lo sabes, Justo? Porque si solamente lo crees, aún no es momento de hablar de ello. Si, por el contrario, lo sabes, te diré entonces qué es lo que dice mi corazón. – fue Angustias quien, al finalizar la frase, tomó entre las suyas la mano del Capitán, esforzándose por conseguir un sonrojo pálido y tímido que no sentía. El militar, tragando saliva, respondió sin embargo sin dudarlo, al tiempo que correspondía la caricia de la andaluza con su mano libre.</p>
<p>-      Lo sé, Angustias. Hace tiempo que lo sé.</p>
<p>-      Pues debías habérmelo dicho. El corazón de una mujer joven es impaciente y caprichoso.</p>
<p>María de las Angustias saboreó silenciosamente su victoria durante el resto de la tarde. Cuando el Capitán, también visiblemente aliviado, le tendió la mano para despedirse, como era su costumbre, ella le echó los brazos al cuello, poniéndose de puntillas para buscar sus labios. El militar reaccionó torpemente y con sorpresa, moviendo nerviosamente la cabeza, y el primer intento de beso falleció trágicamente contra su bigote.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<div id="attachment_180" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/1920_construccion_subte.jpg"><img class="size-medium wp-image-180" title="Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/1920_construccion_subte-300x203.jpg" alt="Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)" width="300" height="203" /></a><p class="wp-caption-text">Construcción del Tranvía Subterráneo (1920)</p></div>
<p>La boda se celebró a finales de septiembre de 1920, coincidiendo la llegada de la primavera, en un Buenos Aires repleto de jacarandás florecidos y agujeros en las calles, debido a la construcción de la segunda línea del tranvía subterráneo. El Capitán Ayala pasó los días previos al enlace presa de una ansiedad que ni siquiera las maniobras del ejército de tierra le producían. Era un malestar vago y desconocido, casi travieso, que se manifestaba claramente con una punzada en el hígado, o con migrañas poderosas directamente en el centro del cerebro. A veces un dolor agudo en el brazo izquierdo le hacía temer la posibilidad de un ataque al corazón. El Capitán era un hombre fuerte, adiestrado para enfrentar lo difícil, de carácter decidido y seguro de sí mismo, pero el mundo femenino le resultaba hostil, poco previsible. Era para él como atravesar un barrizal calzado con alpargatas. No funcionaban las estrategias ni los ataques francos, había que ser sutil, complicado y sofisticado.</p>
<p>Asiduo de los burdeles del centro, ni siquiera se quitaba las polainas para un polvo de compromiso que mantuviera a raya la tensión erótica de los últimos meses; y que la mayoría de las veces ejecutaba casi sentado, de forma precisa, con la señorita alquilada sobre él en una cama sin deshacer y los pantalones enrollados de cualquier manera sobre las rodillas. Angustias se había empleado a fondo para enloquecer al Capitán, y si bien no le había permitido compartir su cama antes de la boda, se entregaba con frecuencia a prolongadas sesiones de besos y manoseos en el salón, una vez que el servicio se hubiese retirado. El Capitán sudaba, atormentado por los vapores narcóticos de la calefacción de queroseno. Luchaba con torpeza durante treinta o cuarenta minutos con los pollerines de encaje y los miriñaques de alambre, mientras Angustias calculaba cómo urgirlo, cómo desquiciarlo, lentamente y sin piedad. Lo besaba en el cuello, con mordisquitos traviesos de besadora experta. Más de una vez inició una masturbación lenta, frotada sobre la tela de los pantalones del Capitán, y convenientemente interrumpida antes de que el militar alcanzase el clímax. En esas ocasiones Angustias se ponía de pie súbitamente, invocaba a Dios y los valores cristianos del matrimonio, mirando al cielo con auténtica vergüenza y pidiendo perdón por sufrir tanto las tentaciones de la carne. A continuación, rogaba al Capitán que marchase a casa, que no podía ser, que esto no era propio de una dama. Durante estos meses, consiguió que el Capitán adelantara en dos ocasiones la fecha de la boda, prevista inicialmente para agosto de 1921, porque el Capitán consideraba imprescindible un largo noviazgo, mientras que Angustias consideraba urgente una solución definitiva a sus finanzas.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Los casó el capellán del Regimiento 1º de Patricios, en la capilla del cuartel. El Capitán estaba espléndido en su uniforme de gala, luciendo todas sus condecoraciones, las botas de montar lustradas para la ocasión y un bigote ancho y entrecano. Recibió en persona al Teniente General Menéndez, a su esposa y a más de cincuenta oficiales y suboficiales de los ejércitos de mar y tierra, que acompañados también de sus esposas asistieron a la gala. No era frecuente en el ejército la boda de un oficial de tan alto rango, ya que normalmente los militares solían casarse antes de los veintisiete o veintiocho años, mientras que Justo Rafael Ayala contaba cuarenta y cuatro el día de sus primeras y únicas nupcias.</p>
<p>Por la familia de la novia únicamente acudieron María del Rocío y Alberto, encargado este último de entregar los anillos, a pesar de que el sentido común hubiese aconsejado que fuese María del Rocío, con cinco años, y no  un niño de apenas tres y que no comprendía muy bien su papel. A falta de padre de la novia, hizo la entrega en el altar el Sargento Primero de Infantería Lucio Campagnuolo, hombre de confianza del Capitán, que al instante se quedó prendado de Angustias, y fue su principal –pero no único- amante durante los tres primeros años de matrimonio, hasta que murió en circunstancias poco claras durante unas maniobras de rutina en los alrededores de la laguna de Chascomús. Nunca llegó a esclarecerse quién había sido el autor del disparo que acabó con la vida del joven Sargento.</p>
<p>El fasto imponente de la boda fue tema principal de las páginas de sociedad de la prensa bonaerense durante más de una semana, y en todo Buenos Aires nadie parecía dudar de que el Capitán Justo Rafael Ayala y su distinguida esposa, doña María de las Angustias Matalobos de Ayala, tenían por delante muchísimos años de feliz matrimonio y un presagio de familia numerosa y bien avenida.</p>
<p>La noche de bodas fue en la suite nupcial del Hotel Plaza de Buenos Aires, antes de partir de viaje de novios en tren para pasar dos semanas en Mar del Plata, donde frecuentarían el Casino y a varias parejas de Tenientes, Coroneles y Generales del destacamento del ejército.</p>
<p>El Capitán Ayala esperaba un encuentro sexual prolongado, que durase buena parte de la noche, de acuerdo a los escarceos de los meses previos, y le aliviase de las urgencias acumuladas en su bajo vientre. Sin embargo, Angustias se quitó su vestido de novia con facilidad, desvistió al Capitán sin ninguna clase de ceremonias y lo sometió a un asalto rápido y decepcionante, durante el que lo cabalgó sin quitarse del todo las enaguas de recién casada. Preocupada porque era perfectamente consciente de que estaba ovulando, lo hizo terminar sobre las sábanas con una paja rápida, precisa, profesional y eficiente. Mientras el Capitán recuperaba el aliento, pensando en volver a intentarlo con más fortuna, ella lo besó tiernamente en los labios, y antes de apagar la luz para rezar, envuelta en un camisón de satén, le dijo suavemente al oído, rozándole apenas el lóbulo de la oreja con los labios:</p>
<p>-      Buenas noches tenga usted, mi Capitán.</p>
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