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Capitulo Veintidós: Vuelta a casa

Posted in Matalobos on junio 3rd, 2010 by Federico Firpo Bodner – 7 Comments

El sol tímido de finales de invierno rebotaba caprichosamente sobre la superficie del mar embravecido. Desde donde estaban se divisaba perfectamente la Bahía de Cádiz, bajo un cielo despejado, quebrado cada tanto por alguna gaviota despistada, y pequeños barcos pesqueros faenando cerca de la costa. Hacia delante, podían escuchar la espuma fragorosa de la rompiente de las olas en la base del Castillo de San Sebastián, que dominaba la salida al mundo, escoltado por un faro impasible, testigo y guía silencioso de tantas partidas y tantos regresos.

Ricardo se acomodó las solapas de la chaqueta, en un intento de rescatar a su cuello de las ráfagas de viento frío que patrullaban silenciosamente la bahía, con un susurro secreto y apagado, inaudible pero palpable. Se acercaban las cinco de la tarde, y el sol comenzaba a bajar. No se veía un alma. Era como si las personas se hubiesen puesto de acuerdo para dejarles intimidad. El tiempo parecía detenido, expectante, caprichoso.

María del Rocío se sonó ruidosamente la nariz enrojecida. Era la primera vez que pisaba Cádiz desde que partiese rumbo al Río de la Plata, a la edad de tres años, allá por 1919. Se sentía tocada por una emoción profunda, un sentimiento esquivo y dulce a la vez. Sentía nostalgia de lo que no había vivido. Sentía nostalgia de su madre muerta, de tantos años de incomunicación, de sus cuatro hijos vivos, de su propia carne, de su adolescencia de niña regordeta y el hambre inconfesable de sus tripas, de su miedo secreto, de su pasión reprimida, de su único hombre de dormitorio. Sentía dolor por lo que no había sido, y culpa por haber culpado a su madre de ese dolor. A su lado, Renata, su hija mayor, y Luna, la menor, la acompañaban en silencio. Luna la tomaba del brazo, mientras chupaba un cigarrillo a sotavento, sintiendo como la mezcla de aire helado y humo le hería lentamente los pulmones. Renata buscaba a Ricardo con la mirada, intentando recuperar de entre los sollozos de su madre el guión no escrito para un acto que tenía más de grotesco que de ceremonia.

María del Rocío, con la vista perdida en la rabia del mar, dijo para nadie:

-       Era católica. No tendríamos que haberla quemado.

-       Ya lo hablamos, mamá – respondió Ricardo. – No había otra forma. No podíamos traer el cuerpo, y ella quería descansar en Cádiz.

-       No teníamos que haberla quemado. Es más importante la voluntad de Dios que la de las personas.

-       Mamá, Dios, si es que existe, sabrá disculpar. Yo creo que es más importante la voluntad de la abuela.

-       No sé…

El sonido del llanto contenido de María del Rocío volvió a competir con el susurro suave del viento y con la llamada estrepitosa de las olas.

-       Tengo frío – dijo Renata, cortante.- Hacelo ya, Ricardo, y vámonos.

-       Esperá un poco – respondió Luna. – No seas irrespetuosa.

Renata bajó los ojos, ofuscada, mientras intentaba protegerse del viento con un abrigo a todas luces insuficiente. Luna pisó su cigarrillo, y los cuatro se quedaron inmóviles, dejando que el viento los despeinase, mientras el atardecer avanzaba sin pausa, lento, anaranjado. El castillo era un perfil gris oscuro, ciego, secreto. Ninguno sabía bien qué hacer. Tirar las cenizas de un muerto al mar debía ser algo, sino solemne, al menos recatado, y el viento amenazaba con transformarlo en un caos esperpéntico e incontrolable.

Ricardo quitó la tapa de la caja de madera que contenía todo lo que quedaba de su abuela. Las cenizas tampoco eran como había esperado. No eran como los restos de un fuego, ni como las del tabaco. Parecían cáscaras de huevo de avestruz quemadas. Eran escamas calcáreas y grandes, que despedían un olor acre que más que a la muerte recordaba a la lejía.

-       No sé cómo hacerlo. ¿Las tiro por este lado?

Estaban sobre el camino fortificado que une el islote de San Sebastián con la península, y por lo tanto podían arrojar las cenizas a cualquiera de ambos lados.

-       Mejor por el otro lado, con el viento a favor, ¿no? – sugirió Luna.

-       Sí, mejor.

Los cuatro giraron en redondo y se acercaron al otro borde. Desde allí, a su izquierda, el sol de poniente besaba la superficie del mar, asomándose lentamente a la noche, mientras alargaba las sombras proyectadas hacia la derecha, hasta el fin del mundo.

-       ¿Querés tirarlas vos, mamá?

-       No. Hacelo vos. Te lo pidió a vos. Te quería más que a mí.

-       No digas eso, mamá.

-       Es verdad.

-       No seas tonta. Te quería mucho.

-       Ya lo sé…

Ricardo se sentía incómodo. Dejó correr un par de minutos más, para que los ecos de las últimas palabras se perdiesen en la arena de la playa, y se asomó sobre el borde de piedra.

-       Va – dijo.

Inclinó suavemente la caja hacia afuera, dejando resbalar con cuidado las cenizas. En ese instante, el sol detuvo por un momento su caída, y el viento cesó sin aviso, de golpe, mientras el mar callaba su susurro permanente. Las cenizas quedaron suspendidas en el aire, formando una nube gris, pesada, corpórea y palpable, que descendió de manera uniforme, hasta sumergirse lentamente en el agua en medio de un silencio sobrenatural. Cuando la última escama de hueso calcinado hubo desaparecido bajo la superficie del agua, la Bahía de Cádiz se desperezó de su sueño involuntario. El atardecer reanudó su actividad, mientras el mar volvía a mecerse con fuerza y el viento recuperaba su soplido invernal y helado.

Renata miró hacia la Bahía.

Luna buscó los ojos de su madre.

María del Rocío volvió a sonarse la nariz.

Ricardo perdió su vista más alla del castillo.

El sol se hundió en el agua.

María de las Angustias Matalobos, por fin, había vuelto a casa.

Capítulo Veintiuno: Atardecer

Posted in Matalobos on mayo 27th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 6 Comments

María de las Angustias Matalobos esperaba pacientemente en el vestíbulo de la residencia, sentada en un banco de madera barnizada, mientras contemplaba distraídamente el suelo ajedrezado en diagonal, entre dos las blancas estatuas de ángeles que dormían su pesado sueño de mármol blanco cada pocos metros. Rumiaba silenciosamente un trozo de pan, empapando cuidadosamente de saliva cada bocado, para no pincharse las encías en las zonas en que las tenía desdentadas. Su mirada violeta, ya oscura y acuosa, ahogada bajo espesas cataratas, recorría los contraluces de primera hora de la tarde en el vestíbulo fresco y amplio.

Esperaba a Ricardo. Como cada navidad en los últimos años, Ricardo la llevaría a pasar la fiesta a su casa, con su esposa Melissa y sus cuatro niños.

Esperaba a Dios, también. Se encontraba cansada. Se acercaba el fin del año 1992, y había cumplido ya los noventa y seis. Esperaba encontrar pronto la paz definitiva de Dios, una absolución completa, una calma eterna que la redimiese de una vida difícil, egoísta, pero también placentera y dulce, y que sin lugar a dudas, comenzaba a resultar excesivamente larga. Lo esperaba en silencio y con un rencor oscuro y una rabia secreta, alimentada pacientemente con las palabras de las monjas y su propia obstinación. Después de veinte años en la residencia, después de más de siete mil días y siete mil noches de repetir cinco veces diarias una letanía interminable de palabras vacías, rimadas, rezadas una y otra vez para un Dios sordo y distraído, comenzaba a resquebrajarse su fe. Comenzaba a sentir que estaba sola frente a su conciencia, que de nada había servido tanto amor, tanto dinero y tanta entrega a cambio de la redención de sus pecados. Los pecados continuaban vivos en su pecho, su dolor intacto, y la confesión final y total estaba sin decidir en su interior. Comenzaba a intuir que, cuando llegase la hora, se enfrentaría sola a las rayas blancas y negras de su tigre particular, que el silencio indestructible de su culpa moriría con ella, sosteniendo el pecado mortal mas allá de la tumba, arrastrándola a un purgatorio con el que, habida cuenta de los últimos veinte años de su vida sometida a la ley de Dios, consideraba haber cumplido convenientemente y por adelantado. Veinte años levantándose a la hora que decía Dios, veinte años comiendo a la hora que decidía Dios, veinte años durmiendo, cagando y duchándose cuando a Dios le venía bien, veinte años rezando sin parar, veinte años y el dolor como al principio, como antes de empezar.

La puerta se abrió, crujiendo sobre las bisagras de bronce, y aunque no fue capaz de distinguirlo claramente entre los contraluces, María de las Angustias Matalobos supo que la sombra oscura que se acercaba escondía en sus matices el rostro sonriente de Ricardo Cavalieri.

*                             *                             *

Los restos de la cena de nochebuena transpiraban sobre la mesa un sudor grasiento y pegajoso. Esparcidos por el suelo, restos de papeles de colores rasgados con urgencia delataban que los niños habían recibido regalos. La puerta corredera del balcón, abierta, implorando una brisa que, por pequeña que fuese, aliviase el sopor de los comensales, dejaba entrar, en cambio, un sonido apagado de pólvora y un tufo espeso, de azufre quemado, que se colaba sin invitación. Hacía un rato que los niños habían sido enviados a la cama, y alrededor de la mesa del comedor, Ricardo Cavalieri fumaba tranquilamente un cigarrillo rubio, mientras Melissa, perezosamente, descansaba un rato entre viaje y viaje a la cocina. Ya limpiaría al día siguiente.

María de las Angustias, entretanto, intentaba ahuyentar la pesadez de su cuello ayudándose de un abanico negro, y resoplaba constantemente, ahogada por su propia sensación de agobio. Ricardo la estudió durante unos instantes. Sabía que la anciana sufría privaciones en el hogar de monjas. Como cada vez que la iba a buscar al hogar, la Madre Superiora le había dado un sinfín de instrucciones y consejos de salud: “Nada de alcohol, y por favor que no coma demasiado. Cuidado con los lácteos, que le gustan mucho, y los dulces, prohibidos” – había dicho la monja. No se le permitía comer, ni fumar, ni trasnochar; tres cosas que, dado el espíritu de la gaditana, se le hacían muy cuesta arriba. “Tiene noventa y seis años”, pensó Ricardo. “No tiene sentido andar privándola de algunos placeres”.

-       ¿Quiere un whyskycito, abuela? – la anciana levantó la vista, y sus ojos parecieron encenderse con el resplandor de antaño.

-       ¡Uy! ¡Lo tengo prohibido, Ricardito, ni hablar! Bueno, supongo que no pasará nada si me bebo un dedito… Pero un dedito solo, ¿eh, Ricardito?

-       No se preocupe, Abuela, un dedito.

Ricardo, intentando esquivar la mirada cargada de censura de Melissa, llenó dos vasos de boca ancha, cargados de hielo, con una abundante ración de El elegido de los criadores, que, muy a su pesar, era el mejor que podía permitirse. Le tendió a la anciana el vaso transpirado.

-       ¡Ricardito! ¡Es mucho! – objetó María de las Angustias, llevándose el vaso a los labios, y bebiendo con evidente placer, sin poder esconder una sonrisa de dientes castigados, limados por el paso del tiempo.

-       ¿Un cigarrito? – le ofreció un paquete de Jockey Suaves. – Son suaves, Abuela.

-       No, no, esto sí que no puedo… Bueno, uno solo. ¡Ay si se entera la Madre Superiora!

*                             *                             *

Ricardo vació la botella al llenar su vaso y el de la anciana andaluza por cuarta vez, ante el reproche silencioso y sostenido de Melissa. Ayudó a su abuela a encender el tercer cigarrillo de la noche, entre humo y risas sinceras.

-       Abuela, hoy que está de buen humor y un poco borrachina, me podría contar de una vez qué pasó con su primer marido.

-       ¡Ay, Ricardito! Hace tantos años de eso… Casi ni lo recuerdo. ¿Qué quieres saber?

-       Quiero saber la verdad. En la familia se cuentan cosas…

-       ¿Qué cosas?

-       Cosas. Dicen que no fue un accidente.

-       ¿Eso dicen? Es raro… jamás escuché nada semejante.

-       Vamos, Abuela. – Ricardo sonreía. Sabía que no tendría muchas más oportunidades de sonsacarle la verdad. – Confíe en mí. ¿No soy su nieto preferido?

La anciana guardó silencio unos instantes, mientras chupaba su cigarrillo con placer, y se deleitaba contemplando las formas caprichosas del humo que flotaba en el aire estanco de la noche.

-       Claro que eres mi nieto preferido. Cuando tú naciste, en el mismo hospital, reencontré al hombre de mi vida.

-       ¿Fue su tercer marido?

-       Fue el quinto. El que más quise.

-       Pero abuela, cuénteme del primero. ¿Qué le pasó al militar?

-       Justo era un hombre bueno, pero muy celoso, Ricardito. Y fue el segundo. No te olvides del padre de tu madre.

-       ¿Pero es verdad que no murió por accidente?

El silencio se instaló entre ambos como una cortina pesada y opaca. María de las Angustias apuró su whisky, aplastó la colilla húmeda de saliva, lentamente, y cuando habló, lo hizo con la voz quebrada y los ojos inundados de lágrimas.

-       Ricardito… ¿De verdad piensas que tu abuela puede ser una asesina?

-       No, no, para nada – Ricardo veía como la verdad se le escurría entre los dedos. No quería perder el tono festivo de la conversación. – Es solamente curiosidad, abuela.

-       Justo murió como mueren los militares. Jugando con sus escopetas. Y a pesar de lo que digan, yo no lo maté. No lo maté pero aún así pequé de alegrarme de su muerte.

-       ¿Por qué se alegró?

-       Porque no lo quería. Yo quería a otro hombre. No vayas a pensar que tuve un amante, no, no. Jamás en la vida fui infiel, Dios me libre y me guarde… – la anciana sacudió la cabeza de izquierda a derecha, sostieniendo la mirada de su nieto con un gesto auténtico y sincero – Pero estaba enamorada en secreto de un Sargento de la compañía de Justo. Él lo adivinó, y ese hombre murió por su culpa. Por mi culpa, en realidad. Murió dejando una esposa y una niña pequeña. Me iré a la tumba con esa culpa…

Ricardo guardó silencio, respetuoso, mientras la anciana se sonaba sonoramente en un pañuelo bordado.

-       Después de eso, no supe perdonarlo, Ricardito. No supe poner la otra mejilla. La tarde en que el Capitán Ayala murió, no me preguntes cómo, supe que iba a morir. Lo supe unos minutos antes, y no hice nada para evitarlo. Lo dejé morir, y por eso soy tan culpable ante los ojos de Dios como si lo hubiese matado con mis propias manos.

-       No diga eso, abuela… No fue su culpa.

-       No lo sé, Ricardito. No lo sé.

Nuevamente, la anciana comenzó a restañarse las lágrimas con el pañuelo que, entre llanto y llanto, ocultaba en su manga. Ricardo se sentía incómodo, la situación se le había ido de las manos.

-       Dime una cosa, Ricardito…

-       ¿Qué, abuela?

-       ¿Perdonarías a una vieja que ha dejado morir a un hombre, solamente por vanidad? ¿A alguien que ha sido tan egoísta como para pensar siempre primero en sí misma? ¿La perdonarías, Ricardito?

-       Pero abuela, yo no creo que usted haya sido así. Claro que la perdonaría.

-       Gracias, Ricardito… – la anciana le acarició la mejilla con su mano izquierda, suave, lentamente. – Necesitaba oír eso para morirme en paz.

-       No exagere, abuela, que usted nos va a enterrar a todos.

-       Ya enterré a un hijo. Dios no quiera hacerme pasar de nuevo por eso, querido. Dios no quiera…

*                             *                             *

Ricardo volvió al salón y apagó las luces. María de las Angustias se había ido a la cama después de vomitar, negándose a recibir ayuda de su nieto. Finalmente, había permitido que él la asistiese al acostarse, una vez puesto el camisón y peinada para dormir, completamente recuperada la compostura. “No hagas caso de mis tonterías de vieja, Ricardito”, le había dicho. “No se preocupe, abuela. Que duerma bien.” Le había acariciado la frente, con suavidad, y la había notado perlada de sudor frío. Estaba preocupado, aunque sabía que la andaluza era fuerte y, para su edad, sana. Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Eran más de las tres de la madrugada y, cada tanto, un petardo esporádico quebraba el silencio nocturno. Contempló la dársena de entrada al puerto, y las luces amarillas difusas que se reflejaban en la superficie quieta de un río de aguas marrones, maltratado por la avaricia de los hombres, y por más de doscientos años de uso portuario. Intentó imaginar a su abuela, joven y bella, según contaba su madre, llegando a ese mismo puerto, más de setenta años atrás. Indudablemente, tenía que haber sido difícil.

Lanzó la colilla sobre la baranda del balcón, y mientras exhalaba el humo, decidió que, definitivamente, todo el conjunto de historias familiares acerca de su abuela debía ser una completa barbaridad. Era una mujer de carácter, pero no creía que fuese capaz de matar a un hombre. Ni de eso ni de la mitad de las barbaridades que narraban tantas historias que ya formaban parte del imaginario familiar. Seguramente la fantasía y el boca a boca, sin piedad, habían agigantado los hechos, pervertido las verdades y exagerado las mentiras. Sacudió la cabeza, antes de dirigirse a la cama, pensando en su abuela. Ojalá al día siguiente no recordase nada de lo que había dicho, pobre vieja.

Capítulo Diecisiete: Reencuentro

Posted in Matalobos on abril 29th, 2010 by Federico Firpo Bodner – 8 Comments

El veinticuatro de julio de 1943 nació Ricardo Cavalieri. Hacía dos años que María del Rocío y Juan José Cavalieri vivían en Buenos Aires, donde él se desempeñaba como ayudante de primera en un estudio contable, y ella era dependienta en una farmacia cercana al puerto, en la que solía despachar paquetes de doce botellas de alcohol puro a marineros de aspecto hosco, modales recios y poca vocación comunicativa. Ella sabía que, al estar prohibido beber en los buques, los marineros aderezaban el alcohol con esencia de vainilla y se destrozaban el hígado a base de una bebida infame, que superaba los noventa grados de concentración alcohólica. A pesar de eso, les despachaba los packs moviendo calladamente la cabeza en un gesto negativo y resignado.

María de las Angustias, para entonces, llevaba varios años gestionando diestramente una situación que limitaba seriamente con lo que ella consideraba pobreza. Había conseguido conservar el departamento heredado de Severino Garmendia, y la renta que cobraba por él le permitía pagar el alquiler de su pequeño departamento del once, y malvivir ella y Matilda con lo que sobraba, sumándole el consumo lento de sus cada vez más exiguos ahorros. El mal habido asunto de las esmeraldas la había desmoralizado. Sin embargo, con el remanente de dinero que aún había conservado, ella y Alberto intentaron reproducir de manera rudimentaria el negocio del señor Montes en propio beneficio. Este intento no solamente fracasó estrepitosamente, sino que acabó con los huesos de Alberto en la cárcel, acusado de estafa y condenado a unas vacaciones de cuatro años en el penal de Caseros.

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