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	<title>Matalobos &#187; Severino Garmendia</title>
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	<description>una Novela de Federico Firpo Bodner</description>
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		<title>Capítulo Catorce: Viejos negocios, nuevos negocios</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Apr 2010 18:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
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		<category><![CDATA[Gilberto Montes]]></category>
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		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>
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		<description><![CDATA[El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-402" title="tortuga-galapagos" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/tortuga-galapagos.jpg" alt="" width="318" height="211" />El verano de 1935 fue especialmente caluroso en Buenos Aires. Teresa Guevara parecía una auténtica tortuga Galápagos, enfundada en sus enormes vestidos marrones y con sus zapatos de tacón bajo, que le daban un andar cauteloso, lento y calculado, ensopada de sudor y atormentada por el parche sobre el ojo izquierdo, que con frecuencia tenía que levantar ligeramente, para secarse con un pañuelo de algodón la cicatriz oscura y quemada que bordeaba la cuenca del ojo. El escribano Gaitán había redactado para ellas un acuerdo previo, que ambas habían firmado, y que establecía que Teresa Guevara retiraba su demanda a cambio de recibir los setenta mil pesos moneda nacional acordados al momento en que María de las Angustias pudiese disponer de la herencia. A principios de febrero, cuando terminaron los trámites de sucesión, Teresa Guevara y María de las Angustias se encontraron en cruce de la Avenida Corrientes y Esmeralda, donde estaba la casa central del <em>Banco de Crédito Argentino</em>. La gaditana ayudó a su casi prima política, que era poco dada a los laberintos del mundo financiero, a abrir una cuenta de ahorros para hacer efectiva la transferencia de los setenta mil pesos.</p>
<p>Acabado el trámite, se dirigieron juntas al despacho de Gaitán, en Diagonal Norte, caminando tomadas del brazo, al ritmo de los tacones bajos de Teresa y su andar paquidérmico y jadeante, adornado por una ligera cojera que le producía un enorme juanete en el pie izquierdo, para formalizar la culminación del acuerdo y fumar la pipa de la paz.</p>
<p>-      Pensaba que me ibas a traicionar, gallega, pero otra vez me dejaste sorprendida.</p>
<p>-      Siempre cumplo mi palabra, Teresa. ¿Qué vas a hacer con el dinero?</p>
<p>-      No sé. Supongo que tenerlo en el banco para ir viviendo.</p>
<p>-      Mal hecho.</p>
<p>-      ¿Por qué? ¿Qué tendría que hacer?</p>
<p>-      El dinero sirve para muchas cosas, &#8211; respondió la andaluza – pero la mejor de todas ellas es hacer más dinero. Si te lo gastas, volverás a ser pobre pronto. Si lo utilizas con inteligencia, nunca más pasarás necesidades.</p>
<p>-      No sé, no sé… Ya no me caés tan mal, pero no confío en vos.</p>
<p>La gaditana rió la confidencia. Por alguna razón, aquélla mujer desagradable, que tenía incluso un bigote incipiente sobre los labios agrietados, le resultaba simpática. Pensó que tenía el mismo corazón oscuro que Severino, aunque le faltaba su refinamiento francés, sus modales de hombre de mundo y su excelente conversación.</p>
<p>-      Como quieras – respondió – piénsatelo, y si quieres, podemos hacer algún negocio juntas.</p>
<p>-      ¿Qué clase de negocio?</p>
<p>-      No lo sé, habría que pensarlo. Inmobiliario, o caballos de carrera, o poner dinero donde trabaja mi hijo… Hay muchas opciones.</p>
<p>Llegaron a la escribanía Gaitán, donde el propio escribano las hizo pasar a un despacho con una enorme mesa oval de madera de cedro. “La bella y la bestia”, pensó para sus adentros el leguleyo al ver a las dos mujeres de pie sobre la moqueta deslucida.</p>
<p>-      Bienvenidas, señoras… Si están de acuerdo, efectuaré una lectura completa del documento antes de proceder a la firma.</p>
<p>-      No hace falta. – dijo Teresa Guevara – Todo está en orden, y esos documentos soy muy aburridos.</p>
<p>-      Como quieran. Básicamente el documento expone que se ha llegado a un acuerdo y que los términos del mismo se han cumplido en su totalidad. Si no desean más información pueden firmar. Hay que firmar por triplicado.</p>
<p>-      ¿Tengo que firmar tres veces? – preguntó Teresa Guevara. Gaitán sonrió, intentando contener la risa.</p>
<p>-      No. Es decir, sí. Son tres copias. Una firma en cada copia.</p>
<p>-      Ah.</p>
<p>Gaitán les alcanzó el fajo de papeles, y durante algunos minutos solamente se escuchó el rasgueo de las plumas con que las dos mujeres firmaban al unísono diferentes copias del mismo documento. El escribano recogió los papeles y las acompañó a la puerta.</p>
<p>-      A sus pies, señora Matalobos, como siempre – se despidió.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Las dos mujeres se detuvieron en el pórtico del edificio, como respetando un acuerdo tácito.</p>
<p>-      ¿Sabés? – empezó Teresa – Pensaba que después de hoy no iba a querer verte nunca más, pero sé perfectamente que no tengo ni idea de qué hacer con la guita, y aunque sigo sin confiar en vos, sos la única persona que conozco que puede darme una mano…</p>
<p>-      Yo tampoco confío en ti. – respondió Angustias, divertida – La desconfianza mutua de los socios es la primera base para poder hacer buenos negocios. – afirmó, tendiéndole la mano. La mujer se la estrechó con ganas, volviendo a sonreír, gesto aquél que dejaba aparecer por un instante a Severino.</p>
<p>-      Lo voy a pensar seriamente y te llamo. ¿Sin rencores?</p>
<p>-      Sin rencores – certificó la gaditana.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><a href="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/Zippo_Sparking_Up.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-404" title="Zippo_Sparking_Up" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/Zippo_Sparking_Up-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a>Gilberto Montes Agüero pensaba – y pensaba que hacía bien al pensarlo – que en los negocios la piedad, la amistad y la simpatía eran cosa de mariquitas, viejas putas y tarados mentales. Era un hombre delgado, de aspecto varonil, aunque su metro sesenta y ocho a pesar de llevar zapatos con más de tres centímetros de alza lo acomplejaba enormemente. Sin embargo, el complejo no le impedía vestir impecablemente su escasa altura con trajes negros a rayas blancas, de tres piezas, camisas blancas con gemelos de oro en los puños, y una variada colección de finas corbatas. Lucía un bigote fino y bajo, pegado a la línea de su labio superior y extrañamente distante de la nariz, rechoncha como un buñuelo, que desentonaba con su mirada profunda y sus ojos negros, rodeados siempre de una sombra oscura. Consideraba la elegancia como un elemento imprescindible para los negocios – los de dinero, los del bajo vientre y los del corazón –, y se negaba a hacerlos con quien no la demostrase. Por esa razón dudó tanto cuando su ayudante Alberto Ramírez Matalobos trajo a su madre y a una amiga que querían hacer negocios. Indiscutiblemente, la madre del rapaz era cosa fina. Un vestido gris oscuro, sobrio, sombrero a juego y zapatos de gamuza gris, un prendedor con una mariposa de oro, alas verdes y dos graciosas antenitas coronadas cada una por un pequeño ópalo. Elegancia natural. La caída del vestido hacía justicia a la línea curva de sus pantorrillas, y los guantes blancos, impecables, que solamente se quitó para permitirle besar el dorso de su mano, hacían un conjunto realmente encantador. Sin embargo, se hacía difícil imaginar qué clase de relación podía unir a una criatura tan maravillosa con el esperpento que la acompañaba. Teresa Guevara llevaba ese día un vestido color verde oliva, que en su cuerpo enorme y rechoncho más parecía una bolsa de basura que una manera correcta de presentarse en un despacho, si no decente, al menos pujante. Gilberto Montes no pudo dejar de observar las uñas rotas y percudidas por años de trabajo duro. Era obvio que no estaban sucias, sino que debido al continuo maltrato habían acabado por adquirir un halo repugnante y verdoso que no se quitaba con agua y jabón. El pelo le caía a ambos lados de la cara, y en lugar de formar una cortina, como debe ser un buen pelo femenino, eran como pequeños tentáculos de un animal viscoso. Se veía engrasado y sucio, y aunque probablemente fuese por el calor, no podía dejar de imaginar que hacía al menos cuatro o cinco días que no veía ni peine ni lavado. Para completar el cuadro, el parche de pirata sobre el ojo izquierdo y las venas rojas y violetas a los costados de la nariz le producían una completa repulsión. Ni siquiera fue capaz de sonreír cuando Alberto los presentó, ni cuando él las invitó a sentarse. En cambio, María de las Angustias irradiaba confianza y elegancia. Era una <em>Señora</em>, con mayúsculas.</p>
<p>Una vez que ambas mujeres se sentaron, una al lado de la otra, a la amplia mesa que llenaba por completo la sala de reuniones de su despacho, y que Alberto, a su pesar, hubiese salido en silencio, obedeciendo un gesto casi imperceptible de su jefe, Gilberto Montes caminó despacio hasta la otra punta de la habitación, para abrir las ventanas, y se detuvo un minuto a encender un cigarrillo con un <em>Zippo</em> de oro. Le gustaba el olor de la bencina y el sabor dulce que conseguía rastrear durante las dos primeras caladas, inmediatamente después de disfrutar por enésima vez el seco chasquido metálico al cerrar el ingenio. Intentaba decidir si podía hacer negocios con aquéllas dos mujeres. Todo su instinto de usurero experimentado le decía que sacara a patadas de su despacho a la gorda ridícula cuya respiración pesada bastaba para llenar la estancia de una fragancia de flores muertas, pero al mismo tiempo la elegancia y belleza de la madre de su discípulo lo habían cautivado al primer instante. Finalmente, decidió que la sola presencia de la gaditana hacía que valiese la pena, al menos, escuchar lo que las dos mujeres venían a proponerle. Giró sobre sus pasos y rodeó la mesa, para sentarse enfrentado a las dos mujeres, acomodando un cenicero de madera de Algarrobo con algo más de cuidado del necesario, gesto aquél que permitiría a las damas apreciar los tres anillos de oro que llevaba en la mano derecha, especialmente el del dedo anular, macizo y grande, con las letras G y M enormes en relieve.</p>
<p>-      Señoras, soy todo suyo. Ustedes dirán. – hizo un gesto circular con la mano, invitando a conversar. &#8211; ¿Un café, antes de empezar?</p>
<p>-      Por mí no – dijo Teresa Guevara.</p>
<p>-      Para mí tampoco, gracias. Verá usted, don Gilberto… No sé muy bien cómo abordar el tema por el que hemos venido a verlo.</p>
<p>-      Haga un intento, señora Matalobos, que para eso estamos – respondió el hombre, ensayando una sonrisa torcida que, suponía, despertaba simpatía entre las mujeres.</p>
<p>-      Es que no quisiera… Verá usted, mi hijo y yo estamos muy unidos, y él, por supuesto, confía a su madre la naturaleza de las actividades de su despacho, pero claro está, guardando siempre la confidencialidad imprescindible sobre sus clientes…</p>
<p>-      Sin problemas. – interrumpió Montes – A buen entendedor, pocas palabras.</p>
<p>-      Queremos invertir en préstamos a interés elevado. Sabemos que supera las tasas del mercado y que es un buen negocio, y como tenemos unos ahorrillos, pues hemos pensado que no sería mala idea.</p>
<p>-      Entiendo… ¿Sabe usted que es este un negocio duro? Quiero decir… No siempre uno presta y le pagan puntualmente. A veces hay que actuar… digamos al límite de la legislación vigente, para proteger el capital que gestiona este despacho. A veces hay que tomar decisiones duras. Por otra parte, mis socios y yo no aceptamos inversores por menos de sesenta mil pesos…</p>
<p>-      No se preocupe, señor Montes. Somos mujeres, pero sabemos de qué va el asunto.</p>
<p>-      En ese caso, les explicaré como funciona. Hay dos maneras de trabajar. La primera consiste en que ustedes ponen el dinero, el despacho lleva los negocios sin necesidad de informar y ustedes obtienen una renta mensual del uno y medio por ciento, pase lo que pase. Si las personas a las que prestamos no pagan, no es su problema, ustedes cobran igual. La segunda es más arriesgada, pero se gana más. Nosotros elegimos una operación, se las presentamos a ustedes, y si les parece bien se firma un contrato entre las partes, donde mi despacho solamente actúa como intermediario, cobrando una comisión al beneficiario del préstamo. El préstamo paga un seis por ciento mensual, uno y medio para el despacho y cuatro y medio para ustedes. Si el cliente no paga es problema de ustedes, aunque nosotros podemos ayudar en términos que tendríamos que discutir en cada caso. Es más arriesgado, pero se gana mucho más. Para los dos casos se firma primero un contrato entre el despacho y ustedes, que establece las normas básicas para operar.</p>
<p>-      ¿Y hay personas dispuestas a pagar tanto por un préstamo?</p>
<p>-      En general son préstamos a corto plazo. Se trata de gente desesperada que no puede recurrir a los bancos. Y sí, lo pagan, créame… Y si no pagaran…</p>
<p>-      No quiero saberlo. Al menos de momento.</p>
<p>Teresa Guevara no confiaba en ese tipo. Habían hablado de invertir cincuenta mil pesos cada una, pero lo estaba dudando. No le gustaba su aire de matón de clase alta, ni su bigote pulcro, ni su mandíbula perfectamente rasurada, en la que se adivinaba piel áspera y crueldad controlada y dosificada de acuerdo a la necesidad.</p>
<p>-      Angustias, creo que deberíamos…</p>
<p>-      No te preocupes – interrumpió la gaditana. – Está todo bajo control. Gilberto, ¿sería usted tan amable de dejarnos a solas un momento? Cinco minutos, nada más.</p>
<p>-      Faltaba más. Estaré aquí fuera para lo que necesite.</p>
<p>-      ¿Qué te pasa ahora? – Angustias se volvió hacia Teresa Guevara, ofuscada.</p>
<p>-      Que no me gusta este tipo. Mejor nos buscamos alguien más confiable.</p>
<p>-      ¿Y qué creías que iba a ser? Los tipos que hacen estos negocios no son agradables, y mucho menos confiables. No te preocupes, confía en mí, sé lo que hago.</p>
<p>-      No estoy segura…</p>
<p>-      Verás cuando empieces a cobrar como estarás segura. – dicho esto, se levantó y abriendo la puerta llamó a Gilberto Montes. Cuando hubo entrado y recuperado su sitio en la mesa, utilizó un tono expeditivo y duro para hablarle, el mismo con el que había acordado la división de la herencia con Teresa Guevara – Señor Montes, esta es nuestra propuesta. Pondremos cien mil pesos. Sesenta mil en modalidad del cuatro y medio por ciento y cuarenta mil en la del uno y medio. Para los sesenta mil queremos el cuatro setenta y cinco en lugar del cuatro y medio, y durante los primeros seis meses queremos que los intereses se incorporen al capital, y por lo tanto que los intereses del mes siguiente se computen sobre el nuevo capital. Queremos tener una opción cada tres meses de retirar los cuarenta mil más sus intereses generados, y la opción de cancelar el acuerdo sobre los sesenta mil a medida que se vayan devolviendo. El capital e intereses que se cobren mensualmente de los sesenta mil se incorporarán a la otra modalidad automáticamente, hasta que finalice el ciclo del préstamo, momento en el que decidiremos si volvemos a prestar o retiramos el dinero. ¿Qué le parece?</p>
<p>Gilberto Montes Agüero entornó los ojos, mientras encendía otro cigarrillo. No esperaba esa precisión por parte de la gaditana, y estaba sorprendido. Pensó que no sería fácil tratar con aquéllas mujeres, pero al mismo tiempo le fascinaba el carácter de la andaluza.</p>
<p>-      Tenemos un acuerdo – dijo -. Voy a pedir que me preparen los contratos.</p>
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		<title>Capítulo Trece: Ahí te dejo la cuenta</title>
		<link>http://www.matalobos.net/2010/04/capitulo-trece-ahi-te-dejo-la-cuenta-2/</link>
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		<pubDate>Thu, 01 Apr 2010 17:19:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-376" title="coche_funebre" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/coche_funebre-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Si el viaje de ida a las cataratas había sido eterno y demencial, el de vuelta fue aún peor. Muchos años después, María de las Angustias apenas era capaz de recordar cómo el gerente del hotel, silencioso y solícito, dispuso el traslado del féretro a la capital, ni cómo realizó un trayecto interminable que se inició en un camión de transporte de cerdos, prosiguiendo durante más de treinta horas en el vagón de carga de un tren que se le antojó una burla, una negra comparsa necrófila que susurraba permanentemente, con el murmullo metálico de sus ruedas de acero, las palabras <em>Yvette</em> y <em>muerte. Yvette-muerte-Yvette. Muerte-Yvette-muerte</em>. Alberto la recogió en la estación de Retiro, acompañado por un coche fúnebre y cuatro mozos cabizbajos, que cargaron el cajón de madera barata hasta la funeraria. Se vieron obligados a suspender el velatorio porque el cadáver comenzaba a despedir un fuerte olor ácido y venenoso, y su piel a llenarse de pústulas verdes y burbujas acuosas que parecían querer reventar sobre los posibles deudos.</p>
<p>Traspasaron el cuerpo a un ataúd decente, cerrado herméticamente con dieciséis pernos de dos pulgadas para evitar que se propagase el perfume mortal que emanaba. Fue enterrado esa misma mañana, con la sola presencia de María de las Angustias y su hijo varón, que no recordaba haber visto llorar a su madre nunca antes. Lo lloró con dolor, con rabia y con una vergüenza íntima y desoladora, con el pecho invadido por un sentimiento de traición que sabía injusto y egoísta, pero que no podía evitar. Lo lloró con espasmos, como a ningún otro hombre antes. Por única vez en su vida había conocido el amor, y había sido puro, sin piel ni sexo, sin tiempo para hablar, solamente una mañana perfecta bajo el fragor de las cataratas y el chillido indecente de los micos, y luego un castigo en forma de desengaño que la acompañaría para siempre.</p>
<p><span id="more-388"></span>María del Rocío llegó en autobús desde Tandil esa misma noche, y encontró a su madre encerrada en un luto hermético, impermeable a las palabras y al consuelo, con los ojos secos y oscurecidos de tanto llorar y decidida a vivir lo que le quedara sola con Matilda, y a morirse lo más pronto posible.</p>
<p>-      Madre, no sé qué decir.</p>
<p>-      No hace falta que digas nada, hija mía. Dios tendrá sus razones.</p>
<p>-      Lo sé.</p>
<p>María del Rocío lo sabía. Sabía que Dios tenía sus razones para todo, y un sentido del humor que a veces sentaba como una patada en los dientes. Ni siquiera se atrevió a preguntarse si su madre merecía semejante castigo, ni si de verdad la frontera entre la vida y la muerte era tan delgada como para no dejar espacio ni siquiera para un adiós decente. Prefirió encomendarse a Dios y al destino, y acompañar a su madre lo mejor que pudo. Al abrazarla y adivinar que lloraba nuevamente bajo el velo negro del luto inquebrantable, tuvo la esperanza de recuperarla para sí misma. Pensó que tal vez ahora iría de visita a Tandil, que pasaría unos días con su nieta Renata y que por fin aceptaría a Juan José como yerno. Sin embargo, dos días después, mientras viajaba de regreso a Tandil, supo sin ninguna duda que la había perdido para siempre, que quizás no regresaría de la sepultura en vida que había decidido fabricar, y que el vínculo madre e hija estaba roto sin solución. Rezó en silencio durante más de la mitad del viaje, y sólo una vez en casa, sobre el hombro fuerte de Juan José, pudo llorar su propia pérdida.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María de las Angustias no estaba de humor para vainas legales. Cuando el escribano Gaitán le leyó el inventario de su herencia, calló las dudas y ocultó su enorme decepción. Una vez más, el recuento del saldo de su matrimonio era ridículamente menor a lo esperado. Ciento setenta y dos mil pesos moneda nacional y un departamento en el barrio de Almagro. La tienda de Severino era alquilada, y por más que buscaron y rebuscaron antes de devolverla a su dueño, las joyas empeñadas, tantas veces rescatadas y vueltas a empeñar, de los muchos clientes del mercader, no aparecieron por ninguna parte. Por supuesto, entre las piezas perdidas estaban las que María de las Angustias había utilizado para comprar su casa, y que perdió por completo y para siempre la esperanza de recuperar.</p>
<p>Firmó los papeles y el escribano Gaitán le dijo que la llamaría en algunas semanas para informarle sobre la sucesión. Mientras tanto, no podría disponer del efectivo en las cuentas bancarias ni del bien inmueble. Angustias aceptó las palabras del leguleyo sin objetar nada, confiándose por entero al buen hacer de sus maneras burocráticas. Pero la muerte de su marido le deparaba aún una sorpresa más, una nueva burla proveniente de ultratumba. Tres semanas después de la firma, el escribano telefoneó.</p>
<p>-      ¿Ya está todo? – preguntó Angustias.</p>
<p>-      Me temo que va a demorarse un poco. Surgió un imprevisto.</p>
<p>-      ¿Qué clase de imprevisto?</p>
<p>-      ¿Sabe usted quién es la señora Teresa Guevara?</p>
<p>-      No, no la conozco.</p>
<p>-      Dice que es prima segunda de don Severino, por parte de madre. El problema es que interpuso una demanda judicial reclamando la herencia, alegando que el matrimonio tenía solamente tres días de celebrado.</p>
<p>-      ¿Y eso se puede hacer?</p>
<p>-      Con la ley en la mano, no, pero tiene un buen abogado y van a dar pelea.</p>
<p>-      ¿Y qué hacemos?</p>
<p>-      Yo soy escribano, no puedo hacer nada, pero si no tiene abogado puedo recomendarle uno.</p>
<p>Angustias colgó el teléfono en un insomne estado de trance. Se sintió agotada y vencida, triste, decepcionada y débil. Duraría más el litigio que el matrimonio, y a solas consigo misma, sabía que necesitaba pasar página, que no tenía fuerzas para dos o tres años de juicio. Sostenía en su mano derecha un trozo de papel rasgado, en el que había apuntado apresuradamente y con guarismos temblorosos las seis cifras escuálidas del teléfono de la tal Teresa, según se lo había dictado el escribano. Soltó un suspiro largo y cansado y volvió a levantar el auricular.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-377" title="molino3" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/04/molino3-300x203.jpg" alt="" width="300" height="203" />María de las Angustias empujó la puerta giratoria de la confitería <em>El Molino</em> cuando pasaban seis minutos de las cinco de la tarde. Teresa Guevara había sido seca y casi cercana a la grosería durante la conversación telefónica, pero había aceptado, sin embargo, reunirse con ella en la tradicional confitería para discutir cara a cara los detalles del pleito que, sin conocerse, las enfrentaba. Le había dicho que podría reconocerla por un prendedor de topacio en la solapa de su chaqueta negra, y que fuese puntual.</p>
<p>Lo que no le había dicho, aunque hubiese permitido identificarla mejor, era que pesaba ciento treinta y siete kilogramos y era tuerta del ojo izquierdo, razón por la que llevaba un parche negro como el de un pirata. Fumaba sin parar cigarrillos rubios, sin importarle que no fuera propio de una dama. Contaba sesenta y tres años, la voz ronca por el tabaco y la amargura, y una soledad sin límites que se le transparentaba por todos los poros de la piel, por la sonrisa torcida y sarcástica y por un halo repugnante de amargura contenida.</p>
<p>-      ¿Teresa&#8230;? ¿Teresa Guevara? – preguntó María de las Angustias, deseando íntimamente que por una de esas casualidades de la vida, hubiese ese día y a esa hora dos mujeres con prendedores de topacio y chaqueta negra en la misma confitería.</p>
<p>-      Sí. – respondió la mujer, levantando la vista y repasando a la gaditana de arriba abajo con un gesto de marino mercante – Ahora entiendo por qué se casó Severino. – Interpretándolo como un cumplido, María de las Angustias tomó asiento a la pequeña mesa redonda, ocupada y desbordada por aquélla mujer mastodóntica e intimidante.</p>
<p>-      Me alegro de conocerla, aunque hubiese preferido que fuese en otras circunstancias.</p>
<p>-      Entiendo – convino la mujer. María de las Angustias pidió té con galletitas dulces, y esperó a que la otra tomase la iniciativa. Se estudiaron en silencio durante varios minutos, mientras el camarero, ceremoniosamente, servía el té y se retiraba, discreto. La hembra titánica que en nada se parecía a Severino, mientras tanto, acabó un cigarro y encendió otro, sin preocuparse por la vulgaridad con que aplastó una colilla, ni por el desparpajo con el que encendió el siguiente cigarro, ni por la grosería de sus gestos, ni porque el humo expulsado de sus pulmones cetáceos perturbase el té de la gaditana, ni por su incomodidad evidente.</p>
<p>-      Bueno… &#8211; empezó Angustias – Aquí estamos. ¿Eras prima segunda de Severino por parte de…?</p>
<p>-      No interesa mucho ahora, ¿no le parece? Soy de la línea del hermano de su madre.</p>
<p>-      Es que estoy sorprendida. Severino nunca me habló de usted.</p>
<p>-      Nunca le habló de mí. ¿Le habló de su pasado, de su familia?</p>
<p>-      Ahora que me lo dice, me doy cuenta de que no. Pensaba que no tenía familia, a pesar de que lo he tratado por más de quince años antes de casarnos.</p>
<p>-      No me sorprende. Su marido era un sinvergüenza y un canalla. – Se miraron, una desafiante, la otra, orgullosa, negándose a creer en sus palabras. – Hace más de treinta años, la madre de Severino y su hermano iban a abrir una empresa de importación de artículos franceses. Habían pasado por malos momentos económicos, y tuvieron que vender dos casas que habían sido de sus padres para iniciar el negocio. Juntaron todos los ahorros de las dos familias, y se los confiaron a Severino, que viajó a Francia supuestamente para comprar mercadería y negociar la representación de productos finos. Vinos y otras cosas, nunca lo supe bien. A los seis meses, él regresó con la mitad del dinero, sin haber comprado ni negociado nada, y con una puta francesa de mala vida con la que se fugó con el resto del dinero. La familia rompió con él, y la francesa lo dejó después de gastárselo todo en juergas, trapitos y vaya uno a saber qué. Por culpa de Severino lo pasamos muy mal. Ahora ya están todos muertos. Solamente quedo yo.</p>
<p>-      Comprendo…</p>
<p>-      No, no creo que lo comprenda. Nos arruinó la vida. Así como me ve, yo hace treinta años era delgada y bonita, estaba casada y tenía dos hijos y era feliz. La miseria arrastró a mi marido al juego y a la bebida, y lo mataron a puñaladas por una deuda de naipes. Mis dos hijos enfermaron de tuberculosis y murieron sin que pudiera costearles tratamiento médico, y yo me tuve que meter a mujer de la limpieza para sobrevivir. Perdí el ojo en un accidente con un chorro de queroseno encendido, limpiando las calderas de la calefacción de la casa en la que me empleaban, y me despidieron por torpe, porque casi incendio la casa. No creo que comprenda lo difícil que fue todo para mí.</p>
<p>La mujer hizo su relato con un estado de ánimo constante y calmo. No parecía especialmente afligida. Era como si ya hubiese sufrido todo lo que es posible sufrir para una sola persona, y solamente conservase la amargura y un reflejo del odio del pasado. Angustias se sintió culpable y a la vez furiosa, pero no se atrevía a enfrentarse abiertamente con aquélla mujer que no parecía tener nada que perder.</p>
<p>-      De verdad lo siento mucho, – dijo &#8211;  pero como comprenderá, yo no conocía nada de todo esto, y, de más está decirlo, no soy culpable de todo lo que le ha sucedido, por mucho que pueda lamentarlo.</p>
<p>-      No me importa. – respondió Teresa Guevara – No me importa nada. Creo que me merezco al menos una parte, y le juro que voy a pelear por eso.</p>
<p>El silencio se instaló entre las dos. Los ojos de amatista de María de las angustias fijos en el único de su oponente. Los labios contraídos en un silencio forzado, el sonido ausente de una batalla sorda.</p>
<p>-      Entiendo… Seré sincera. Usted no me gusta…</p>
<p>-      Usted a mí tampoco – interrumpió la mujer, acomodando su parche sobre el ojo izquierdo, y dejando entrever la piel quemada alrededor de la cuenca vacía.</p>
<p>-      Entonces estamos en paz. Le decía que a pesar de eso estoy dispuesta a llegar a un acuerdo. Entiendo que conoce usted el estado patrimonial de Severino al momento de su muerte.</p>
<p>-      Perfectamente.</p>
<p>-      ¿Y qué quiere?</p>
<p>-      Cien mil pesos y la mitad del departamento de Almagro. – Angustias asintió lentamente, volvió a dejar la taza que acababa de levantar sobre el plato, e incorporándose con parsimonia de su asiento, respondió:</p>
<p>-      Discúlpeme un momento. Debo ir al tocador.</p>
<p>Se dirigió a los servicios con altivez y sin mirar a su contrincante, haciendo funcionar a toda velocidad su máquina de calcular. Aquélla mujer era completamente insolvente, por lo tanto no podría recuperar las costas del juicio si iban a los tribunales, y además, necesitaba disponer de la herencia cuanto antes. Se miró al espejo del tocador de señoras, y se encontró avejentada y vencida, con un nuevo ramillete de arrugas apenas perceptibles alrededor de los labios contritos. No sentía fuerzas para luchar, pero no quería ceder a un chantaje que consideraba desproporcionado e injusto. Volvió a la mesa a paso firme, y con una grosería deliberada y calculada, tomó en sus manos el paquete de cigarrillos de la mujer, extrajo uno y lo encendió con la boca torcida y un gesto malevo que había visto hacer infinidad de veces al cantante de tangos de la taberna del Abasto donde la llevaba Esteban Florián Giménez del Río. Apoyó el codo del brazo derecho en la mesa, mientras sostenía el cigarro humeante con la misma mano, y dejando de lado sus modales refinados y recatados de toda la vida, adoptó una actitud rioplatense y arrabalera. Dirigió su mirada violeta y profunda al único ojo asombrado de la gigantesca mujer, y le habló con rudeza, tuteándola deliberadamente.</p>
<p>-      Mira, Teresa. Las dos sabemos que con la ley en la mano no tienes ninguna posibilidad. Pero también sabemos las dos que puedes tocar mucho los cojones con el abogaducho pelagatos y carroñero que te has buscado, y no tengo ni putas ganas de pasar por esto. Setenta mil pesos en efectivo y ni una moneda más. Es mi única oferta, y es indiscutible. – hizo una pausa corta y seca – Piénsatelo. Pero piénsatelo bien. Yo puedo aguantar perfectamente dos o tres años de juicio, pero cuando acabemos, tú tendrás que vender el ojo sano para pagar mi demanda por perjuicios.</p>
<p>La mujer echó hacia atrás su enorme corpulencia, con el rostro violentamente enrojecido, e iniciando un ademán de levantarse de la mesa, ofendida. Pero algo la detuvo a medio camino, y volvió a dejar caer sus ciento treinta y siete kilogramos de masa corporal sobre la silla, torció el gesto y por primera vez aquélla tarde, Angustias pudo identificar en su risa franca el gesto familiar de Severino Garmendia y Guevara. A pesar de que la risa que soltó la mujer era basta y grosera, la forma de sus labios sonrientes era inconfundiblemente igual a la de su marido muerto.</p>
<p>-      Me sorprendiste. – dijo – Yo tampoco tengo ganas de juicio. Tenemos un acuerdo.</p>
<p>Se estrecharon las manos por encima de las tazas sucias, y María de las Angustias no pudo evitar un estremecimiento, ligeramente cercano al asco, al sentir la palma rechoncha y sudorosa de la mano de su oponente. Era un empate justo. La gorda totémica se levantó en seguida, manoteando con torpeza el paquete de tabaco, el encendedor y su bolso grande, haciendo un gesto ampuloso que abarcó todo el salón de té. “Ahí te dejo la cuenta”, dijo, y se marchó sin despedirse ni mirar atrás.</p>
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		<title>Capítulo Doce: Yarará</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Mar 2010 18:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

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		<description><![CDATA[De todos los maridos que tuvo María de las Angustias Matalobos en su larga vida, Severino Garmendia y Guevara fue el que le duró menos. Fue por esa época en que sus hijos María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos comenzaron a creer en su destino incierto y cíclico de mantis religiosa, y nació en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-358" title="tren_antiguo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/tren_antiguo-300x156.jpg" alt="" width="300" height="156" />De todos los maridos que tuvo María de las Angustias Matalobos en su larga vida, Severino Garmendia y Guevara fue el que le duró menos. Fue por esa época en que sus hijos María del Rocío y Alberto Ramírez Matalobos comenzaron a creer en su destino incierto y cíclico de mantis religiosa, y nació en la familia la leyenda de viuda negra que acompañaría a María de las Angustias hasta el día de su muerte y más allá, oscureciendo su recuerdo.</p>
<p>A la mañana siguiente del desplante protagonizado en el convite de bodas por Alberto, María de las Angustias y Severino partieron en viaje de novios para visitar las Cataratas del Iguazú y la triple frontera, sin haber tenido oportunidad de consumar el matrimonio, ofuscados ambos por la primera riña familiar, y más ofuscado el uno cuanto más notaba la ofuscación del otro. La noche de bodas durmieron espalda contra espalda.</p>
<p>Angustias estaba profundamente disgustada por el enfrentamiento entre su hijo favorito y su nuevo marido, y masticando silenciosamente su disgusto inició un viaje demencial de dos días en tren y autobús, en el que tampoco encontraron intimidad ni remanso para reconciliarse como él deseaba y como ella exigía.</p>
<p>Por la mañana del tercer día de viaje, recalaron en un hotelito cercano a las cataratas. El buen tiempo y el calor disiparon el enfado de María de las Angustias con un rastro vaporoso de nubes blancas. Después de un desayuno tardío, se refrescó en el baño de la habitación y reapareció en el comedor del hotel con un fresco vestido estampado de gardenias y una capelina blanca, para protegerse del sol feroz con un velo delgado, casi transparente, que impedía el paso de los enormes y voraces mosquitos de la Mesopotamia Argentina. Abandonaron el hotel pasadas las once, mezclados en un variopinto grupo de turistas, guiados por un experto conocedor a sueldo, con intención de visitar las cataratas. Llegaron a la zona de paseo, donde un sendero protegido por una barandilla blanca permitía bordear la zona de jungla y admirar el espectáculo imponente de decenas de miles de metros cúbicos de agua precipitándose al vacío en un estruendo fragoroso de espuma fresca, que, siendo Angustias y Severino los que cerraban la comitiva, les impedía escuchar con claridad las explicaciones del guía.</p>
<p>Severino se colocó detrás de Angustias, dejando que sus cuerpos se rozasen, leve pero intencionadamente, y sintiéndose protegido por la caída ensordecedora de las aguas, y oculto por la distracción de los otros miembros de la comitiva, comenzó a tocarla, provocándola. Primero le deslizó suavemente un dedo sobre el nacimiento del cuello. Luego, más audaz, dejó deslizarse su mano sobre las nalgas de su mujer. Cuando los contactos dejaron de parecer cariñosos para ser indiscutiblemente sensuales, María de las Angustias giró sobre sí misma, riendo, y confrontó a su nuevo marido.</p>
<p>-      ¿Qué haces, Severino?</p>
<p>-      Es que no puedo más… Acordate, <em>galleguita</em>, que todavía no somos oficialmente marido y mujer. Lo somos ante Dios, pero no ante la Madre Naturaleza.</p>
<p>Riendo, María de las Angustias echó los brazos al cuello del mercader, que entre besos y caricias, lentamente, la fue separando del grupo, para internarse unos metros por un sendero escarpado en la selva colindante. “Nos vamos a perder”, protestó ella entre risas sofocadas por un intenso calor interno. “Es justo lo que quiero”, respondió él, levantándole el vestido hasta los muslos, acariciándola con paciencia dulce y delicadeza de orfebre. Llegaron a un pequeño claro entre los enormes árboles, y el extendió su chaqueta liviana sobre el pasto tierno húmedo de rocío, para recostar sobre ella a la gaditana, que reía y se entregaba al juego con espíritu festivo, feliz al darse cuenta de que no conservaba ni rastro de enfado. Se quitó la camisa y comenzó a besarla, recorriéndola con sus manos fuertes como sólo él sabía hacerlo. Después de tantos años de amores furtivos en la trastienda del barrio del once, la conocía mejor que ella misma. Angustias se supo entregada, desbordada por su propia humedad, que se mezclaba con el sudor fresco que el calor aplastante de la selva misionera les hizo aflorar rápidamente.</p>
<p>Severino, riendo de su propia ocurrencia, se puso ágilmente de pie, con intención de quitarse los pantalones blancos de hilo crudo que se había puesto para la excursión. Cuando los tenía por debajo de la rodilla, se percató de que conservaba los zapatos puestos, y haciendo un movimiento torpe para poder liberar el pie derecho, trastabilló y dio un mal paso hacia atrás, intentando conservar el equilibrio, con tan poca fortuna que pudo sentir la carne, del grosor de un brazo humano, de una hembra <em>yarará</em> de más de dos metros de longitud, antes de darse cuenta de que había tropezado. La enorme serpiente, sintiéndose asustada y agredida, giró sobre sí misma como una flecha, mientras Severino caía de rodillas, nuevamente sobre el cuerpo del reptil, que se levantó con fuerza. El mercader pudo adivinar su propia carne desgarrándose bajo los poderosos colmillos que el animal hundió en su muslo derecho tras un alzamiento inverosímil para un ser vivo que carece de piernas. Soltó un grito de dolor, y al intentar apartar a la serpiente de un manotazo, recibió una segunda mordedura en la mano, entre el pulgar y el índice. Severino rodó por el suelo con la serpiente aún aferrada a su mano, agitando el brazo con toda su fuerza, hasta que la carne cedió, rompiéndose tras el lastre de los más de catorce kilogramos de reptil, y el animal voló, despedido, un metro y medio, para huir en seguida, reptando entre los árboles, mientras el mercader, sin intentar contener las lágrimas que brotaban de sus ojos azules, se aferraba la mano, sangrando a borbotones, y Angustias gritaba y corría por el sendero en busca de auxilio.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-359" title="yarara" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/yarara-300x210.jpg" alt="" width="300" height="210" />En el hotel le pusieron paños fríos sobre la frente, y lo taparon con mantas para bajar la fiebre y sudar la calentura, que sumada al aire pesado de la selva se hacía insufrible. María de las Angustias, sin decirlo, se sintió internamente agradecida hacia el conserje del hotel, que tuvo el buen gusto de no preguntar cómo un hombre de sesenta años, sin camisa y con los pantalones por los tobillos, había sido mordido en dos oportunidades por una serpiente venenosa, y en cambio, al deducir de la descripción de la gaditana que se trataba de una <em>yarará</em>, dispuso todo lo necesario para atender al enfermo hasta la llegada del médico, que a pesar de ser llamado de urgencia no podría venir desde Resistencia hasta la mañana siguiente. Angustias se instaló junto a la cama de su marido, enjugando su frente sudorosa cada pocos minutos, mientras él se debatía entre vapores febriles y quejidos ahogados, semiinconsciente, con una respiración entrecortada que hacía temer un inminente fallo respiratorio.</p>
<p>Pasadas las seis de la tarde, el mercader estaba por completo hundido en un mundo privado y tenebroso, en el que se veía a sí mismo, joven y difuso, en un marco de tinieblas en las que solamente reconocía su propia voz, como un eco profundo en el vacío inconmensurable de su pecho. María de las Angustias sostenía entre sus manos la de él, y se esforzaba por no sucumbir al pánico animal que la acechaba desde el borde del cerco luminoso que su mirada violeta proyectaba, para intentar disipar las sombras en las que su hombre se hundía sin remedio. Le había improvisado un vendaje en la mano derecha, que constantemente se aflojaba, permitiendo que la pérdida de sangre continuase a un ritmo casi regular. La mordedura y el posterior forcejeo le habían destrozado los tendones, la carne y las arterias, y la sangría permanente, sumada al efecto del veneno lo hacía palidecer por momentos, dándole un aspecto de tísico terminal.</p>
<p>Angustias echó mano de todo su temple, y con un absoluto dominio de sí misma, se obligó a no dejar de hablarle. Por alguna razón intuía que debía impedir que se durmiese. Temía que sus esperanzas de vencer a la muerte solo tuviesen lugar durante la vigilia. Acariciándole distraídamente la mano sana, le habló en susurros de su Cádiz natal, de sol rojo y furioso de los atardeceres sobre el mar Mediterráneo, de la fragua incandescente de su padre, de los pies descalzos de sus hermanos, del pajar del establo del señor Ramírez Núñez, de su primer amor robado en una despensa oscura. Su propia voz la hizo sentir, por primera vez en muchos años, verdadera nostalgia de su tierra. Luego le contó cómo había sido expulsada, y cómo había masticado y derrotado a su propia vergüenza, para transformarla en orgullo con la fuerza imparable de su casta.</p>
<p>Cuando la tarde comenzó a caer, sabiéndose sola con el moribundo, María de las Angustias se sintió tocada por la reveladora certeza de estar viviendo un momento único, una oportunidad de redención a la que debía aferrarse. Inspirada por el amor que solamente entonces supo que sentía hacia aquél hombre de pelo cano y manos sabias, por única vez en su vida relató en voz alta cómo y por qué había asesinado al Capitán Ayala, y sabiendo que aunque sobreviviese, Severino Garmendia no recordaría nada, estando como estaba, chapoteando en sus propios sudores de fiebre y sopor, le relató con absoluto detalle los momentos de aquél sábado irreal en el que puso fin a su matrimonio y al a vida del militar, sorprendida por la precisión exacta de su propia memoria, por la riqueza de los detalles, por la presencia de los olores y los sonidos, por la mirada fantasma del Capitán, por el vapor de su último té y el vívido recuerdo del alarido de Matilda. El sol se escondía detrás de los edificios colindantes al hotel. María de las Angustias, aliviada por el bálsamo redentor de la confesión improvisada, se acercó a su marido agonizante y lo besó tierna y largamente en los labios. Luego, sin separarse de él, mientras le acariciaba suavemente el cabello, susurró: “Te cuento todo esto porque eres el único hombre al que de verdad he querido”.</p>
<p>Las lágrimas de la gaditana rozaron la piel cenicienta del rostro de Severino, que en ese instante, y durante un momento eterno y fugaz, recuperó el brillo de sus ojos, un chispazo de vida eléctrico y terminal. Alzó la cabeza, y mirándola con toda la ternura de la que era capaz, dijo con una voz tan dulce que no era de este mundo:</p>
<p>-      Yvette, <em>francesita</em>, sabía que ibas a volver.</p>
<p>Después, soltó a borbotones todo el aire que tenía en los pulmones, y vomitando una mezcla acuosa de bilis mezclada con sangre, entre estertores de tos y jadeos de asfixia, murió sin dar más explicaciones, en el mismo momento en que la noche invadía la habitación con una oscuridad sin tregua.</p>
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		<title>Capítulo Once: Barajar y dar de nuevo</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Mar 2010 18:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-348" title="barajar_y_dar_de_nuevo" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/barajar_y_dar_de_nuevo-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" />Severino Garmendia y Guevara apuró su copa de anís. Siempre guardaba en el estante más alto de su cocina una o dos botellas de auténtico <em>Anís del Mono</em> español, que compraba con frecuencia en las tiendas de ultramarinos. Al apoyar la copa de cualquier manera sobre la cómoda de su habitación, se vio de reojo en el espejo veteado de años que presidía la pared colindante al salón principal de la casa. La figura esbelta y desordenada le llamó la atención, provocando que interrumpiese el impulso con el que se dirigía al cuarto de baño para pararse en seco, y se enfrentase al espejo con más detenimiento. Tenía la camisa blanca a medio abotonar, por fuera de los pantalones, y la pajarita desanudada formaba dos tirabuzones ensortijados a ambos lados de su cuello.</p>
<p>Se acercó a su imagen, y al presionar con la yema de los dedos las bolsas debajo de sus ojos, estirando la piel, se encontró viejo, arrugado y con la mirada cansada. El pelo cano y largo tapaba ambas orejas, y a pesar de estar recién lavado y peinado hacia atrás, como era su costumbre, se veía pajizo y ajado. Sus manos sobresalían de los puños sueltos, a los que aún debía colocar los gemelos, y aparecían nudosas y marcadas de venas gruesas cubiertas de vello que comenzaba a encanecer también, al igual que el de su pecho. Se sintió desconocido, un hombre viejo a punto de casarse, haciendo chiquilladas por una mujer, como nunca en los más de sesenta años que ya había vivido, y olvidando que tenía deseos de orinar, vació de un trago su copa de anís y se encaminó a la cocina para rellenarla, antes de rematar el vestuario. Su apariencia no tenía más solución que el anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><span id="more-346"></span>No hubo más de cuarenta invitados. Ambos contrayentes carecían de ascendencia, y don Severino, además, no tenía hijos. Alberto Ramírez Matalobos, con dieciocho años cumplidos y sin alcanzar el metro sesenta y ocho de estatura, intentaba disimular una propensión al abultamiento de su vientre bajo un traje de tres piezas que, dada la presión que resistían los botones del chaleco, en rigor de verdad la realzaba. Cultivaba un ralo bigote incipiente bajo su nariz, aplicándose compresas con lociones crecepelo y diversos emplastos y potingues que compraba en cuanto negocio del ramo descubría, con auténtico amor de jardinero y en absoluto secreto. María de las Angustias se sintió orgullosa de él mientras la llevaba del brazo por el pasillo central de la parroquia, que a pesar de estar engalanada con flores y guirnaldas, se veía deslucida, oscura y sucia. En el altar, el Padre Amancio Aguilar controlaba los aspectos principales de la liturgia matrimonial con una actitud que, de no tratarse de un ministro del señor, podría haberse calificado de desidia. Mientras tanto, con el rabillo del ojo verificaba el equilibrio deficiente del novio, que esperaba de pie, esforzándose en mantener un ángulo cercano a los noventa grados con respecto al altar, sin saber si atribuirlo a la edad o a su aliento inconfundible de anís que un perfume de alcanfor no conseguía disimular. En cualquier caso –pensó mientras recordaba su reciente trago de vino de misa en la vicaría – quien estuviese libre de pecado que tirase la primera piedra.</p>
<p>María del Rocío y Juan José Cavalieri se habían ubicado en la segunda fila de bancos, dudando entre el derecho de familia y el pudor de saberse repudiados por María de las Angustias. Fue una precaución innecesaria, porque dada la ausencia de familiares de Don Severino, la primera fila quedó completamente vacía, transformando la segunda en primera, pero con el añadido evidente y vergonzoso de una elección errónea por parte de sus ocupantes. María del Rocío se ubicó junto al pasillo, con la esperanza de cruzar una mirada de redención al pasar su madre, pero Angustias, consciente de la presencia de su hija, le negó esa satisfacción, porque la altivez era el único remedio que conocía contra la culpa.</p>
<p>El oficio religioso fue una larga letanía de tópicos, frases hechas y latinajos mal pronunciados, con el ritmo entrecortado por la perjudicada lectura etílica del Sacerdote, que perdido en una nube de apatía y vino tinto, confundía los puntos y las comas, provocando que el sentido final del texto fuese completamente incomprensible. Finalmente, el padre consiguió casarlos sin más incidentes que los tres intentos fallidos de Severino por colocar el anillo en un dedo que se escapaba a su absoluto dominio de sí mismo y de su pájara de anís.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El convite posterior a la ceremonia se realizó en el salón principal del <em>Hotel Savoy</em>, donde los novios recibieron a sus pocos invitados en un clima festivo y jovial que sintonizaba con los primeros calores de la primavera. Habían dispuesto una mesa principal adornada con jazmines, en la que se acodaron, a su centro, María de las Angustias y Don Severino. Frente al novio, ocupó una silla Alberto Ramírez Matalobos, que por primera vez encendía un puro delante de su madre, sin sospechar que ella misma fumaba tabaco negro de liar. María del Rocío se acomodó frente a su madre, teniendo a su diestra a Juan José, nervioso e incómodo. A la diestra de Don Severino tomaron asiento Amílcar Vasconcelos y Raimundo de las Carreras, sus dos principales amigos, mientras que a la izquierda de la novia ocupó su lugar Elena Bellaterra, única amiga que conservaba Angustias de los buenos tiempos, y que había de morir de una peritonitis aguda dos años después de la boda. En dos largas mesas adicionales se acomodaron el resto de los invitados, la mayoría de ellos clientes habituales de Don Severino, muchos de los cuales esperaban tener ocasión durante el festejo de intercambiar con él unas palabras sobre el rescate de sus piezas, antes del cierre definitivo del negocio, y por parte de Angustias, amigas ocasionales con las que tomaba té y jugaba naipes, acompañadas de sus maridos, y la incombustible Matilda, que asistía a la tercera boda de su dueña sin dejarse ganar por el asombro ni la dicha.</p>
<p>Ya habían servido los postres cuando, advirtiendo que María del Rocío y su marido no parecía que fuesen a abrir la boca más que para comer, y que la conversación general decaía, Don Severino vació su tercer whisky y echó mano de fórmulas triviales para no dejar morir la velada.</p>
<p>-      Albertito, me contó tu madre que estás trabajando con un prestamista.</p>
<p>-      Si señor – respondió Alberto, orgulloso de sí mismo. – Soy hombre de confianza de Gilberto Montes, de la calle Tacuarí. ¿Lo conoce? – Severino, con los ojos enrojecidos por el humo de su <em>Cohiba</em>, estalló en una carcajada grosera y vulgar, mientras aplastaba la brasa sobre el liquidillo negro que un flan casero de huevo había derramado sobre su plato de postre.</p>
<p>-      ¡Qué si lo conozco! ¡Menudo ladrón! Hice tratos con él hasta mediados de la década de los veinte, durante más de quince años.</p>
<p>-      No diga eso, don Severino. Es un hombre honrado, y estoy aprendiendo mucho de él.</p>
<p>-      De él no vas a aprender otra cosa que a estafar al prójimo, a evadir impuestos y a evitar la cárcel. Aunque esto último puede serte de mucha ayuda si seguís con él – rió su propia gracia, mientras con la mano izquierda intentaba encontrar el camino bajo la falda de novia de Angustias, que se mantenía en silencio.</p>
<p>-      No se lo permito, Señor. Me ofende. – Severino volvió a reír.</p>
<p>-      No te ofendas, Albertito. Todavía sos muy pibe, pero algún día te vas a dar cuenta de la clase de bueyes con los que estás arando.</p>
<p>-      Quiero que retire lo dicho. Si insulta al señor Montes me insulta también a mí, y no estoy dispuesto a permitirlo, ni siquiera el día de la boda de mi madre.</p>
<p>-      Alberto… &#8211; empezó Angustias, que fue cortada en seco por un gesto con la misma mano que antes intentaba levantar su falda.</p>
<p>-      No lo pienso retirar. Ese usurero me mandó dos matones a romperme las piernas por diez mil pesos de mierda, que además no le debía. No le tengo el menor respeto, y ningún pendejo con corbatín nuevo me va a hacer retractarme en mi propia fiesta de casamiento.</p>
<p>Don Severino Garmendia había encontrado uno de los raros momentos en que perdía el control, y había elevado el tono de voz más de lo conveniente. Las conversaciones en las tres mesas se habían interrumpido repentinamente, y un silencio glacial resquebrajó el aire mientras todas las cabezas se volvían a ver el rostro encendido de rojo de Alberto, que en un intento épico por la salvaguarda de su orgullo de varón criollo, se puso lentamente de pie, y con una ligera inclinación de cabeza hacia Angustias acompañada de un “Madre” murmurado entre dientes, giró sobre sus talones y abandonó el hotel sin más palabras.</p>
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		<title>Capítulo Diez: Compás de espera</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 18:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
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		<description><![CDATA[María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-336" title="relojcuerda" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/relojcuerda-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />María del Rocío cumplió los quince años en noviembre de 1931. Llevaba casi diez interna en el colegio religioso, y había soportado con una vergüenza íntima y estoica el escarnio público del suicidio deshonroso de su último padrastro, del que la prensa nacional se había hecho eco con verdadera pasión, relamiéndose con gusto de la desgracia de los poderosos y regodeándose en los detalles macabros, sin olvidar una alta dosis de fantasía periodística, que propició la publicación de auténticas barbaridades, empezando por que los hijos de María de las Angustias eran de un contrabandista francés que aún vivía pasando tabaco y alcohol por las fronteras de los pirineos, hasta rematar el amarillismo de su crónica informando que su matrimonio con Esteban Giménez del Río había sido el remate final de un mal negocio inmobiliario en el que Angustias, para no perderlo todo, se había visto obligada a casarse con el poderoso financiero para evitar una quiebra monumental y deshonrosa.</p>
<p>Las monjas Carmelitas, mientras tanto, debidamente apaciguadas por el puntual pago de los altísimos emolumentos educativos que María de las Angustias no descuidó jamás, intentaron en vano protegerla frente al desprecio generalizado de las demás internas, tejiendo a su alrededor un manto de silencio, e intentando centrar la atención sobre sus excelentes notas. Cuando la rechifla del alumnado se hizo tan evidente que no se podía soportar, la Madre Superiora, Sor Beatriz, convocó a María del Rocío a su despacho, y le habló con toda la sinceridad que le permitía su posición.</p>
<p><span id="more-333"></span>-      Ya sabés cómo son, hija mía. Mientras no pase algo que las distraiga no te van a dejar en paz. No te preocupes demasiado, es solamente cuestión de tiempo. ¿Cómo estás?</p>
<p>-      No aguanto más, Madre. No sé qué hacer. Todas me miran y hablan de mí. Yo no hice nada. Yo no tengo la culpa de nada. – Sor Beatriz miró largamente a la adolescente rellenita que tenía frente a ella, recordando su propia salida, por la puerta trasera, del colegio Nuestra Señora Madre de los Pobres, en Córdoba, debido a un rumor muy difundido y nunca probado acerca de que se acostaba con el Obispo de su congregación. No pudo evitar sentir una profunda simpatía por la niña.</p>
<p>-      Vamos a hacer una cosa. A partir de mañana vas a colaborar en horario extraescolar en las tareas de la biblioteca, lo que te exime de hacer deberes, y, por lo tanto, de pasar tiempo con tus compañeras fuera de clase. Durante los recreos también vas a ir a la biblioteca, donde Sor Felicia te va a asignar tareas cortas antes de volver a clase. Falta poco más de un mes para las vacaciones. Cuando vuelvas seguro que se olvidaron de todo.</p>
<p>-      Gracias, Sor Beatriz – respondió María del Rocío, sorbiendo los mocos y reprimiendo las lágrimas.</p>
<p>Las tardes entre anaqueles de libros y polvo se le hicieron eternas a María del Rocío al principio, mientas clasificaba fichas escritas a máquina en una <em>Remington</em> de 1923, grande y pesada, que era la joya de la biblioteca. Sor Felicia le enseñó con paciencia los secretos de la dactilografía, de la que afirmaba que sería la profesión del futuro, ideal para mujeres modernas. María del Rocío descubrió entonces un talento natural que la revelaba como una gran dactilógrafa, y solamente a las tres semanas de práctica era capaz de copiar monografías sin levantar la vista del original a la asombrosa velocidad media de ciento doce palabras por minuto.</p>
<p>Por esos días realizaba en la biblioteca tareas de reparación de los anaqueles y estanterías un contable recién llegado de Pergamino, que mientras buscaba trabajo en algún estudio del centro se ganaba la vida con sus habilidades manuales. Se llamaba Juan José Cavalieri, y se enamoró de María del Rocío de forma instantánea, a más de tres metros de distancia, la primera tarde en que la vio tropezar con una mesa, mientras transportaba un cajón repleto de fichas que se desparramó por el suelo. Le deslumbraron su aire de desamparo, su torpeza adolescente y sus curvas generosas y rellenas. El improvisado carpintero se apresuró a ayudarla. María del Rocío, turbada por su presencia, recogió las fichas con rapidez, y mientras verificaba de un rápido vistazo que Sor Felicia no se encontraba cerca, agradeció al hombre con una caída de ojos acompañada de su mejor sonrisa y un inoportuno rubor que le cubría las mejillas.</p>
<p>María del Rocío no regresaría al colegio después de las vacaciones, ni nunca más en lo que le quedaba de vida.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María del Rocío intuía que su madre sería, una vez más, inflexible. Sus manos temblaban perceptiblemente cuando llamó a la puerta del pequeño departamento en el barrio del Once que Angustias había comprado con el dinero en efectivo que le había dejado don Esteban, aunque había tenido que sumar parte del capital nuevamente empeñado a costas de Severino Garmendia, y que empezaba a perder las esperanzas de recuperar. Le abrió la puerta una Matilda, ajada y envejecida, pero con la pureza de su sangre y la lealtad indomable aún claramente identificables en sus ojos negros. La india no era demasiado mayor que Angustias, pero el paso del tiempo estaba afectándola mucho más que a su señora.</p>
<p>María del Rocío pensó que era ridículo que continuase habiendo servidumbre en un departamento tan pequeño que podía limpiarse en media mañana, pero ni entonces ni nunca supo que Matilda, única integrante del servicio, ya no cobraba salario, y a pesar de ello continuaba con Angustias porque no tenía dónde ir ni hubiese sabido qué hacer con su vida si no era cuidar de la Gaditana que tanto y durante tantos años la había protegido. Al ver a María del Rocío, de pie en la entrada y calzada en un recatado vestido blanco y negro, en el que apenas entraba ya, Matilda no pudo reprimir una expresión de asombro, y tuvo que apelar a toda su discreción para tragarse entero el consejo de abandonar el edificio antes de que Angustias se percatara de su presencia.</p>
<p>-      ¿Quién es, Matilda?</p>
<p>-      Es la señorita María del Rocío. – dijo la india, hablado por encima de su hombro izquierdo, hacia la sala, pero manteniendo la mirada fija en la adolescente. &#8211; ¿Cómo está usted, mi pequeña? – la india la abrazó con ternura sincera.</p>
<p>-      Hola, Matilda.</p>
<p>-      Pues dile que no quiero verla. Es una vergüenza para mi apellido.</p>
<p>María del Rocío pudo ver cómo la piel cuarteada del rostro de la india se dibujaba de grietas trazando un mapa directo al centro de su angustia, al tiempo que ensayaba un gesto de conmiseración, apelando a su comprensión e implorando silenciosamente, con la mirada, que se fuese. Hizo el amago de comenzar a cerrar la puerta, pero la joven adelantó un pie, y sintiéndose ahogada en su propia adrenalina, apartó suavemente a Matilda y entró directa a la sala, deteniéndose ante su madre con las mejillas encendidas y los ojos inundados, conteniendo el llanto.</p>
<p>-      Tengo que hablar con usted, Madre.</p>
<p>La gaditana la miró de arriba a abajo, estudiándola como si en lugar de su hija tuviese delante a una gitana que intentaba predecir su futuro. Cuando habló, lo hizo con desdén y desprecio:</p>
<p>-      Lo siento. La hija que yo tenía era una que sacaba excelentes notas y respetaba a los mayores. Y no esta fulana desconocida que se ha fugado del colegio con el primer muerto de hambre que le hizo una caída de ojos. – Se volvió hacia la ventana, a sabiendas de que su cabello rematado en un rígido rodete, recortado a contraluz, le proporcionaba una figura autoritaria. – Solamente hablaré contigo cuando hayas vuelto al colegio y suplicado el perdón de Sor Beatriz.</p>
<p>-      No voy a volver, Madre. – la voz le temblaba al mismo ritmo que las rodillas – Y por lo que veo usted ya no podría pagarlo.</p>
<p>-      ¡Pero cómo te atreves!</p>
<p>La gaditana giró sobre sí misma, alzando la mano derecha, dispuesta a abofetear a su hija. Al encararse con ella, una fracción de segundo antes de soltar la mano, percibió con una claridad violenta y desnuda cuánto había crecido María del Rocío en los meses que llevaba sin verla. Los pechos se le habían hecho redondos y pesados, y sus caderas amplias y generosas soportaban un talle ligeramente rechoncho pero aún así, esbelto y gracioso. Tenía el rostro congelado en una mueca de asombro y miedo. Los ojos le brillaban con una determinación andaluza en la que Angustias reconoció su propia casta. La joven, aunque asustada, había alzado la barbilla, dispuesta a no esquivar el golpe a pesar del reflejo que la había obligado dar un paso atrás. El labio inferior le temblaba ligeramente, pero Angustias adivinó que aguantaría lo que fuera sin llorar. Quedaron inmóviles las dos, en un instante eterno que Matilda aprovechó para escabullirse hacia la cocina para preparar té. Angustias controló su salida con el rabillo del ojo, sosteniendo aún la mano en alto. Volvió a centrar la atención en su hija, y mientras bajaba lentamente la mano derecha, se llevó la izquierda al pecho, intentando retener un llanto que la desbordaba a traición. Volvió a girarse hacia la ventana, deseando estar sola para llorar en paz.</p>
<p>-      Vete – dijo.</p>
<p>María del Rocío se acercó a su madre y le rodeó los hombros con un brazo, mientras con la otra mano le acariciaba el cabello, asustada y sorprendida porque era la primera vez que la veía llorar. Permanecieron inmóviles por espacio de un par de minutos, hasta que la gaditana, una vez apagado su llanto, susurró:</p>
<p>-      Sé a lo que vienes. Mi respuesta es no.</p>
<p>-      Madre, solo quiero su permiso para casarme.</p>
<p>-      Primero debes terminar tus estudios, y luego ya te buscaré yo un marido apropiado.</p>
<p>-      Si no me da el permiso, me iré igualmente con Juan José. Viviré en pecado mortal, y ya nunca más me verá, Madre.</p>
<p>Las sospechas de Angustias se confirmaron en el tono de voz resuelto de su hija. Pensó en la determinación inquebrantable con que había conseguido levantarse una y otra vez, y supo, como solamente lo saben los jugadores expertos, que en ese juego había perdido.</p>
<p>-      Si no puedo evitar esa boda no te daré ni un centavo. Lo sabes, ¿verdad?</p>
<p>-      No me importa, Madre. Quiero casarme, de verdad. – Angustias hizo una larga pausa, sopesando sus opciones, hasta que finalmente dio por zanjado el asunto.</p>
<p>-      De acuerdo, firmaré la autorización, pero no esperes verme entre los invitados – dijo.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-medium wp-image-337" title="angel" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/angel-300x241.jpg" alt="" width="300" height="241" />María de las Angustias cumplió su palabra. No asistió a la boda de María del Rocío y Juan José Cavalieri, celebrada sin pompa ni fasto en una iglesia pequeña de un pueblo cercano a la sierra de Tandil, donde la joven pareja se instaló al aceptar Juan José un cargo de maestro rural de contabilidad en una escuela secundaria.</p>
<p>Durante más de tres años alimentó en silencio una rabia poderosa y necia, que no permitió ni siquiera por un momento que se anegase con un sentimiento de culpa que se negaba a admitir para sí misma. Jamás respondió a las postales de navidad que cada año la pareja le enviaba, ni concedió más que frases de cortesía cuando su hija la telefoneaba con motivo de su cumpleaños, ni aceptó ninguna de las muchas invitaciones a viajar a Tandil que recibió, y mucho menos invitó a su yerno a Buenos Aires. En agosto de 1934, Angustias continuaba viviendo en el pequeño departamento del barrio del Once sobre el que había intentado sin éxito reconstruir su pequeño imperio luego de la debacle del <em>Banco de Crédito Argentino</em>, y comenzaba a perder las esperanzas de recuperar su antigua posición social mediante un nuevo enlace. Continuó frecuentando a Severino Garmendia, más para mantener controladas las urgencias del bajo vientre que por amor al mercader, a quien a pesar de todo se sentía estrechamente unida. Ambos eran arañas predadoras merodeando sus telas, y consentían en bajar las armas para brindarse mutuamente lo más parecido al amor que saben experimentar esa clase de cazadores solitarios. Un domingo por la tarde, mientras tomaban el té en el salón de Angustias, – los encuentros amorosos solamente se daban en la trastienda de don Severino, ya que Angustias guardaba las apariencias y solamente lo recibía en su casa en raras ocasiones, más sociales que amorosas – luego de un prolongado silencio, Severino atrapó la mano descuidada de Angustias, que se retiraba tras dejar la cucharilla en el azucarero, y buscando su mirada, soltó todo el peso de su lastre.</p>
<p>-      Angustias, ¿no te sentís muy sola?</p>
<p>-      ¿Y a qué viene esa pregunta ahora? – respondió la gaditana.</p>
<p>-      Ya no soy joven, <em>galleguita</em>… &#8211; empezó el, exhalando el aire en un bufido lento y prolongado. – Llevo muchos años esperándote, y lo sabés.</p>
<p>Angustias no respondió, limitándose a sostener la mirada de su amante más antiguo y a abrir mucho los ojos, ensayando un gesto despierto y expectante.</p>
<p>-      Quiero cerrar el negocio, casarme y dedicarme a disfrutar de los cuatro pesos que tengo guardados, y no se me ocurre mejor compañera que vos. ¿Por qué no nos casamos?</p>
<p>La máquina de calcular del cerebro de Angustias se puso en marcha rápidamente, sopesando sus opciones. Se acercaba a los treinta y ocho años, y aunque conservaba intactas su belleza andaluza y el hambre de su vientre, sabía que dos maridos muertos en la Argentina y un tercero en ultramar – aunque no hubiese sido su marido, ni hubiese muerto en realidad – eran un estigma fuerte, que sumado a la situación de casi ruina de sus cuentas, la alejaban mucho de ser la jovencita casadera y apetitosa que había llegado a Buenos Aires quince años antes. Y no era menos cierto que Severino podía augurarle un porvenir más que razonable. Como muchas veces antes en su vida, Angustias tomó una decisión en una fracción de segundo, antes de hacer un esfuerzo por inundar su mirada, bajar los ojos y decirle al poso del té:</p>
<p>-      Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>María del Rocío estaba amamantando a su hija Renata, que a pesar de haber cumplido ya los seis meses, se negaba en redondo a la ingesta de papillas y menjunjes de bebés, y solamente aceptaba el generoso pecho de su madre por consuelo y alimento. Un susurro profético y misterioso atrajo su atención hacia la puerta de entrada, y pudo ver como un sobre blanco con ribetes dorados se detenía a medio metro de la hendija por la que se colaba el frío todos los inviernos, y el calor todos los veranos, y que Juan José siempre decía que le pondría algo a modo de burlete, pero nunca lo hacía. La niña recién había comenzado a mamar, y Rocío no podía levantarse a buscar el sobre. La curiosidad la corroía por dentro, porque se notaba desde lejos que ese sobre traía algo importante dentro. Pensó en su madre, como cada vez que una carta pasaba bajo la hoja de madera de la puerta, y como en cada momento del día en que su quehacer doméstico le daba tregua. Todas las noticias de su madre durante los últimos años habían llegado a través de su hermano Alberto, que trabajaba de sol a sol como oficial contable en un dudoso despacho en que se gestionaban préstamos de dinero entre particulares. Rocío nunca alcanzaba a entender cómo funcionaba, no era como un banco. Alberto siempre decía: “La gracia está en prestar la guita de los demás. A uno le sobra, a otro le falta, nosotros los juntamos y nos ganamos una cometa, así de fácil”. Finalmente Renata regurgitó un eructo líquido oloroso a leche tibia y dulce, y María del Rocío la depositó suavemente dentro del moisés de segunda mano que había comprado Juan José, dentro de un arrullo blanco rematado en puntilla de encaje. Rápidamente se dirigió a la puerta, y solamente al leer su nombre y el de su marido en el frente del elegante sobre notó el temblor de sus manos. Cuidadosamente despegó la solapa. Dentro halló una tarjeta blanca enmarcada en ornamentos dorados, y supo lo que era antes de leerla:</p>
<p style="text-align: center;">Don Severino Garmendia y Guevara</p>
<p style="text-align: center;">Y</p>
<p style="text-align: center;">Doña María de las Angustias Matalobos</p>
<p style="text-align: center;">Tienen el agrado de participarles a su enlace matrimonial</p>
<p style="text-align: center;">que D.M. se celebrará el próximo domingo 7 de octubre</p>
<p style="text-align: center;">en la Parroquia de San Isidro Labrador</p>
<p style="text-align: center;">calle Lima 11</p>
<p style="text-align: center;">Ciudad de Buenos Aires</p>
<p>María del Rocío lo leyó varias veces, queriendo creer que era un error, que no era verdad, pero sabiendo que era cierto, y que hacía más de dos años que esperaba que se produjera el acontecimiento. No sabía quién era Severino Garmendia. Intentó telefonear a su hermano hasta tres veces en el transcurso de la tarde, pero fue imposible localizarlo. Finalmente, mientras volvía a amamantar a la pequeña, que había despertado y llorado hasta que nuevamente una teta generosa y blanca desbordó la voracidad de su pequeña boca, decidió que si eso servía para que su madre olvidara y perdonara, entonces estaba bien.</p>
<p>Iría a la boda, qué demonios.</p>
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		<title>Capítulo Nueve: Caída en desgracia</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Mar 2010 18:00:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Giménez del Río]]></category>
		<category><![CDATA[Giovanni Rivoldi]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

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		<description><![CDATA[El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-322" title="periodico-y-cafe" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/periodico-y-cafe.jpg" alt="" width="350" height="207" />El seis de septiembre de 1930, un golpe de estado encabezado por el General José F. Uriburu cambió la suerte del país al derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen, y con la suerte del país cambió inesperadamente la vida apacible y glamurosa que María de las Angustias llevaba en el palacete de la Avenida Quintana.   Don Esteban Florián Giménez del Río pasó dos semanas en un estado de ansiedad permanente, víctima de un ataque de insomnio brutal y de la completa traición de sus traviesas tripas, que se manifestaban en forma de disfunciones gástricas, combinando constantes accesos de diarrea con una acidez estomacal casi imposible de mantener a raya y migrañas poderosas que lo sumían en un estado de mal humor permanente e inapetencia total en la mesa y en la cama.</p>
<p>El ocho de octubre, Angustias agradeció con su mejor sonrisa a Giovanni Rivoldi antes de descender del <em>Ford T</em>. Había comprado noventa y seis metros de tela de brocado color borravino, ornada con borlas doradas, para reemplazar las cortinas del salón principal, y regresaba a casa, feliz. Sin embargo, supo que algo no andaba bien al descubrir la silueta de su marido, de espaldas a ella, sentado a la enorme mesa de madera de quebracho que presidía el salón. Don Esteban estaba en una postura inconfundible de desesperación, la frente apoyada en ambas manos, los codos descansando sobre la mesa, a ambos lados de la edición matinal del periódico <em>La Nación</em> de ese mismo día. Angustias se acercó, ligeramente inquieta, y antes de besar a su marido, como planeaba hacer, pudo leer sobre el hombro del financiero el ingrato titular que encabezaba una nota a doble página: “<em>El Banco Central ordena la intervención del Banco de Crédito Argentino”</em>. En la línea siguiente, la entradilla del artículo revelaba: “<em>Giménez del Río, acusado de malversación de fondos, fraude fiscal y ocho cargos menores</em>”. Angustias sintió como toda su alegría se desvanecía, al tiempo que las rodillas amenazaban su estabilidad con una debilidad repentina y temblorosa. Ocupó la silla contigua a su marido y solo entonces lo buscó con la mirada. Advirtió en su rostro señales de llanto, y pudo descubrir, también, un ligero rastro de alivio.</p>
<p><span id="more-320"></span>-      Se acabó, Angustias. Se acabó. – dijo, sacudiendo lentamente la cabeza de izquierda a derecha y viceversa.</p>
<p>-      ¿Es verdad esto, Esteban? – un presagio silencioso navegó la estancia durante algunos minutos, hasta que el hombre, levantando la cabeza, se decidió a responder.</p>
<p>-      ¿Qué es la verdad, Angustias? Desde cierto punto de vista, sí, es verdad. Pero todos los bancos lo hacen. Nosotros teníamos la protección del anterior gobierno. Había algunas irregularidades, nada demasiado fuera de la práctica habitual del negocio bancario. – Hizo una pausa para acomodarse el chaleco. – La junta de accionistas necesitaba un fusible, y los militares querían tomar el control del banco. No tuve suficientes reflejos y…</p>
<p>Angustias abrazó a su marido, y por primera vez desde que descendiera del barco en el puerto de Buenos Aires, once años atrás, sintió verdadero miedo. Intentó tranquilizarse y tranquilizar a Don Esteban.</p>
<p>-      No te preocupes, Esteban. Seguro que todo se soluciona, ya verás.</p>
<p>-      No lo entendés, ¿verdad? – el financiero sacudió la cabeza una vez más. – Estamos en la ruina, Angustias, en la ruina total. Esta casa, el coche… todo pertenece al banco. Mi cuenta corriente está bloqueada. Mi patrimonio personal será embargado en los próximos días. No nos queda nada. Pero nada de nada.</p>
<p>Angustias dejó que sus brazos y piernas se relajaran, liberando instintivamente la tensión del momento, y por primera vez fue brutalmente consciente de la magnitud del desastre. Estaba atada por lazos matrimoniales a un hombre derrotado, completamente vencido y en la más absoluta ruina. Para colmo de males, sabía perfectamente que su amor por Esteban estaba hecho de glamur y bienestar. No resistiría la pobreza. Se levantó y se dirigió a la cocina para preparar té. No era posible que todo hubiese acabado, se dijo. Inclinó la caldera con agua caliente sobre la tetera de porcelana fina, dentro de la que, en una esfera de acero inoxidable sujeta por una cadena, un puñado de hebras de exquisito té inglés soltaba en el agua un aroma profundo y dulzón mezclado en una nube oscura. Fue precisamente en ese instante cuando Angustias pudo sentir renacer en su pecho la fuerza imponente de su casta, la determinación de su sangre andaluza y el pulso de hierro con el que había hecho y rehecho su vida cuantas veces había sido necesario. Se sirvió el té, y mientras lo endulzaba con una cucharadita y media de azúcar, comenzó a trazar planes para el futuro inmediato. Esteban se las vería con la justicia, que era un enemigo opaco e implacable que Angustias desconocía cómo enfrentar, pero a ella le tocaba lidiar con la soledad y la pobreza, y se sabía una experta en derrotarlas a ambas.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>-      Severino, esta vez necesito tu ayuda de verdad. – el regente de la casa de empeños fumaba desnudo, en silencio, disfrutando mentalmente la tremenda felación de la que acababa de ser objeto. A pesar de la entrega de María de las Angustias, siempre se sentía un poco utilizado después del amor. Esta vez, percibiendo la desesperación de su amante, se regodeó secretamente, saboreando su firme convencimiento de que la vida siempre da revancha. Cuando habló, lo hizo de forma pausada y tranquila, luego de dejar escapar lentamente finas volutas de humo que, combinadas con los rayos de sol que se filtraban por la persiana baja, una vez más, atigraban de blanco azulado la piel caliente y de miel de María de las Angustias Matalobos.</p>
<p>-      No te preocupés, <em>galleguita</em>, que entre bueyes no hay cornadas. Es mucha guita la que me pedís, y es cierto que tus pedregullos bien la valen, pero para darte toda esa <em>tela</em> en <em>efeté</em> tengo que mover algunos hilos. Voy a tardar un par de semanas. Un mes, como mucho, pero creo que podés contar con la guita. Ya hablaremos de intereses con más calma, cuando estés más tranquila.</p>
<p>Angustias calibró mentalmente sus opciones. Había reunido en tres días todas sus joyas. Las que había traído de España, las que le había regalado el Capitán Ayala, tantas veces empeñadas y vueltas a rescatar, y las últimas y más valiosas, atenciones de Don Esteban Florián Giménez del Río.</p>
<p>El tablero se ponía peligroso. Su marido estaba descontrolado, en un estado de pánico absoluto y permanente que ni sus abogados ni el optimismo inquebrantable de Angustias lograban abatir. Previendo un desenlace abrupto, María de las Angustias había contratado una caja de seguridad en un banco, donde podría guardar el dinero sin necesidad de incorporarlo a la quiebra personal de su marido. Debía moverse con precisión y habilidad. Esperaba que Don Esteban fuese declarado culpable e insolvente pronto, y que su inevitable ingreso en prisión le dejase el camino despejado para volver a comprar una casa y empezar de nuevo. Ya tenía casi treinta y cinco años, y no sería tan fácil, pero estaba segura de que volvería a levantarse.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="size-medium wp-image-323 alignleft" title="subte2" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/03/subte2-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" />Don Esteban Florían Giménez del Río paseó la mirada por los despojos de su vetusto imperio, y por fin encontró paz al reconocer frente a sí mismo que no habría tregua. Se sentía como Nerón repasando las cenizas de su antiguo poderío. Se sentó en su escritorio de nogal y acarició la madera noble con la yema de los dedos, disfrutando su tacto aristocrático y pulido, perfectamente consciente de que era la última vez. Tenía orden de desalojar el palacete de la Avenida Quintana al día siguiente, y aún no se lo había dicho a María de las Angustias. Debía también entregar el <em>Ford T</em> y comparecer ante la vista judicial previa al inicio del proceso por desfalco y fraude la semana entrante. Sabía que tenía cien probabilidades contra una de ingresar en prisión cautelar, y que luego no dispondría de fondos para una batalla legal en las que tenía todas las de perder. Sus abogados le aconsejaban declararse culpable y colaborar con el proceso, para obtener una reducción de la posible pena.</p>
<p>Tiró hacia atrás del émbolo de goma para recargar de tinta negra su pluma fuente de oro macizo, y en un distinguido papel que llevaba su membrete personal rematado en ribetes negros, escribió dos largas cartas. La primera la dirigió al juez instructor de la causa, y en ella explicaba exactamente las ilegalidades en las que había incurrido, detallaba una confesión completa y precisa, e incluía la combinación de la caja fuerte de su despacho en el banco, dentro de la que se podrían encontrar pruebas concluyentes contra la mitad de los miembros del directorio de la entidad bancaria. En la segunda, dirigida a María de las Angustias, expresaba con palabras pobres cuánto la había amado, le pedía perdón por su cobardía y le daba instrucciones sobre una gratificación que debía entregar a Giovanni Rivoldi. Además le daba las coordenadas de una consigna de equipaje en la estación de ferrocarriles de Retiro, en la que encontraría un maletín con noventa mil pesos moneda nacional en efectivo. Introdujo la llave en el sobre y lo lacró con su sello personal, al igual que el anterior, y se encaminó a la puerta del palacete, donde Giovanni esperaba a los mandos del coche. Si el chófer era consciente del descalabro inminente, no se le notaba. Tendiendo ambos sobres al italiano, trepó al asiento trasero mientras le decía:</p>
<p>-      Giovanni, llevame hasta la Avenida de Mayo. Después andá a buscar a Angustias y dale estos dos sobres. Ella te va a decir que tenés que hacer.</p>
<p>-      <em>Presto, Signore.</em></p>
<p>El romano estaba habituado a cumplir órdenes y hacer pocas preguntas con una disciplina casi militar, así que no dijo más y puso en marcha el vehículo. Atravesaron el centro de la ciudad sorteando el tránsito de vehículos con fluidez. El banquero apoyaba la frente contra el vidrio de la ventana trasera, ausente, sin prestar atención a los paseantes ni al sol de primavera que una vez más doraba Buenos Aires con generosidad.</p>
<p>Descendió del <em>Ford T </em>y paseó distraídamente por la Avenida de Mayo por espacio de un par de horas, quizá tres, deteniéndose en librerías y cafés, respirando un perfume equívoco y primaveral de jazmines imaginarios. Lentamente, el paseo dio sus frutos, y Don Esteban Florián Giménez del Río recuperó el pulso y la sangre fría característicos de un hombre de su clase. Se sentía tranquilo, sereno y decidido mientras observaba a los viandantes y repasaba los titulares de la prensa expuesta en los quioscos que remataban las esquinas de la avenida, buscando con disimulo su nombre y su oprobio, ambos de dominio público.</p>
<p>Bajó las escaleras que daban acceso al tranvía subterráneo en la estación <em>Lima</em>. Compró un billete y accedió al andén, situándose en un rincón apartado y solitario. Soltó dos lágrimas gordas y generosas, que empaparon su bigote con un sabor salado y restos de moco, antes de saltar delante del tren que al entrar en la estación acabaría con su vida.</p>
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		<title>Capítulo Cuatro: Amarga venganza, pólvora y revancha</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 18:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Firpo Bodner</dc:creator>
				<category><![CDATA[Matalobos]]></category>
		<category><![CDATA[Capitán Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Lucio Campagnuolo]]></category>
		<category><![CDATA[María de las Angustias]]></category>
		<category><![CDATA[Matilda]]></category>
		<category><![CDATA[Severino Garmendia]]></category>

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		<description><![CDATA[El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-237" title="arma" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/arma.jpg" alt="" width="353" height="288" />El Capitán Ayala, al mando de todo su regimiento, había partido hacía tres días a la laguna de Chascomús, para realizar maniobras de ensayo de guerra en tiempos de paz. Angustias solía aprovechar las salidas que hacía el regimiento, a las que asistía también el Sargento Primero Lucio Campagnuolo, para frecuentar a don Severino Garmendia. Don Severino regentaba un negocio de empeño de joyas en el barrio del Once, con la particularidad de que su servicio proporcionaba a los clientes una copia falsa, sin valor, de las joyas empeñadas, junto a una garantía sellada con silencio y miradas cómplices de discreción absoluta. Angustias era cliente habitual de la tienda desde antes de casarse con el Capitán, y muchas veces había empeñado y rescatado las mismas joyas en virtud de operaciones financieras que hacía con cierta regularidad, entre las que se contaban fuertes apuestas a las carreras de caballos, quinielas clandestinas y ocasionales compra y venta de bienes inmuebles. Se hicieron amantes durante el verano de 1922, en una época en la que Angustias perdió precisamente en el Hipódromo de Palermo, en una mala racha, buena parte de un dinero que el Capitán le había confiado con vistas a comprar una casa de fin de semana en los alrededores de la población de Campana. Cuando Angustias advirtió que ya no recuperaría el capital apostado, empeñó algunos de sus collares y gargantillas traídos de España y dos juegos de anillos y pendientes, regalo del Capitán, por una buena suma contante y sonante en pesos moneda nacional. Don Severino le proporcionó copias casi perfectas de todas las piezas. Dada la complejidad de la operación, se vieron con frecuencia durante algo más de un mes, y sin saber muy bien cómo, pasaron de los negocios a la amistad, y del consuelo a una mujer desesperada a revolcones frecuentes en los mediodías calurosos y polvorientos en la trastienda de don Severino.</p>
<p>Para entonces don Severino contaba cuarenta y nueve años muy bien vividos, y una elegancia mundana que encantaron a una Angustias espléndida en su juventud. Los unía la ambición sin límites, la falta de escrúpulos, el ejercicio de la doble moral cristiana y un gusto desmedido por los refinamientos sexuales. Angustias tenía en el Capitán un amante aburrido y poco imaginativo pero constante, mientras que con el Sargento Primero Lucio Campagnuolo disfrutaba de la potencia masculina de sus brazos y el ímpetu inagotable de sus caderas. Don Severino era de origen francés, y gustaba de tomar baños de sales en compañía y de vivir la desnudez como algo natural. Cuidaba su alimentación y una hora diaria de ejercicio le proporcionaba un cuerpo fibroso y entrenado. Era metódico y pausado para el amor, y si bien no solía tener más de un orgasmo durante sus encuentros, Angustias siempre alcanzaba el clímax repetidas veces. El era un hombre que <em>gestionaba</em> la excitación sexual, imponiendo ritmos que aceleraba y pausaba a su antojo para retrasar el final.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>El Capitán regresó dos días antes de lo previsto. Angustias estaba en el salón repasando los informes del progreso escolar de María del Rocío, que las monjas enviaban rigurosamente cada mes, después de recibir el correspondiente emolumento, cuando lo escuchó cerrar la puerta de calle, desprender el sable del cinto para colgarlo en el perchero del recibidor y entrar el salón con paso cansado y una expresión de circunstancia en el rostro.</p>
<p>-      Llegas pronto. ¿Ha pasado algo? – preguntó Angustias, decodificando al instante el gesto amargo de su marido.</p>
<p>-      Hubo un accidente. Un accidente trágico.</p>
<p>El Capitán avanzó con parsimonia hacia el sofá, sin dejar de observar a María de las Angustias, que sintió una herida en el pecho, intuyendo la desgracia en un instante eterno, como sólo las mujeres saben hacerlo. Tuvo que apelar a lo mejor de sí misma para mantener el control, y con la voz sostenida a fuerza de voluntad, preguntó:</p>
<p>-      ¿Qué tan trágico, Justo? Tú estás bien, por lo que veo.</p>
<p>-      Sí, no es eso. Estábamos haciendo prácticas de infantería. Había dividido al regimiento en dos equipos, y el objetivo era tomar posesión del embarcadero de la laguna. Las maniobras se realizaron después del anochecer. Se suponía que las armas estaban descargadas, pero en el momento en el que los dos pelotones se dispersaban entre los árboles, hubo una situación confusa. Se oyó un disparo, y para cuando llegué allí el Sargento Campagnuolo ya estaba muerto.</p>
<p>Angustias no pudo contener un gesto breve, apenas una aspiración profunda de aire. Se llevó la mano derecha a la boca, y tuvo que apelar a toda su fortaleza.</p>
<p>-      ¡Qué horror! ¡Un hombre tan joven!</p>
<p>-      Eso no es todo. La bala le entró limpiamente en el centro de la nuca. Por las quemaduras de la herida creemos que el disparo se realizó a menos de dos metros de distancia, completamente a quemarropa.</p>
<p>-      ¿Se sabe quién ha sido?</p>
<p>-      No. Lo más raro de todo es que encontramos el subfusil que disparó a tres metros del cadáver. Era el del Sargento Campagnuolo.</p>
<p>Mientras hablaba, el Capitán Ayala no dejó de mirar fijamente a los ojos a Angustias, esperando encontrar un signo que revelase la verdad, un rastro de dolor o de arrepentimiento, una evidencia inequívoca de culpa. Cuando hubo terminado, Angustias, impasible, dijo:</p>
<p>-      Es una verdadera lástima, parecía un buen hombre, con una niña pequeña&#8230; ¡No hay derecho! ¿Qué quieres para cenar? Diré a Matilda que lo prepare.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Fue durante el invierno de 1923, inmediatamente después de la muerte del Sargento Campagnuolo, que Angustias adoptó la costumbre del encerrarse en el baño a fumar tabaco negro de enrollar. El Capitán lo sabía, pero jamás lo mencionó. Así como sabía perfectamente que no era propio de damas fumar, también entendía que no lo era de caballeros hablar del asunto. Angustias había controlado su rabia mientras el Capitán le relataba la muerte del Sargento. Sabía que él esperaba que ella se quebrase para saber si sus sospechas eran ciertas, pero ella le negó ese desquite. La primera vez que se encerró en el baño a fumar lo hizo con intención de llorar en paz. Había visto muchas veces al Capitán liando tabaco, y pensaba que sería más fácil. Al cabo de diez minutos consiguió armar un cigarro panzudo como un caramelo y que amenazaba despegarse. Mientras luchaba con el papel y las hebras de tabaco, pensaba en el Sargento, en su jovencísima esposa y su hijita. La pensión de los militares le alcanzaría para vivir.</p>
<p>Al momento de encender el cigarro, se dio cuenta de que no estaba llorando, como era la intención inicial. Buscó en su interior las lágrimas que no había podido derramar frente al Capitán y no las encontró. El humo le enrojecía los ojos y el pecho le dolía durante los espasmos de una tos seca que el fuerte tabaco del Capitán le produjo durante las primeras caladas, pero aún así fue incapaz de soltar una sola lágrima. Entonces supo que nunca había querido al Sargento, que no era más que un alimento para su vanidad. Aplastó la colilla a medio fumar y se sintió ridícula. A pesar de que el Capitán no estaba en casa fumaba sola en el baño. Se dijo a sí misma que era para que no la viese el servicio, pero íntimamente sabía que el servicio le era leal, que no haría preguntas, y que en cualquier caso le importaba muy poco lo que pensaran de ella. Sentía rabia. Una rabia profunda, más parecida a una rabieta de niño que al dolor de una mujer que ha perdido a su amante. Estaba segura de que el disparo lo había hecho el Capitán. Y sabía que para él, era la solución perfecta: <em>Muerto el perro, muerta la rabia</em>, solía decir. Los hombres tenían muy poco tacto para solucionar las cosas, especialmente los militares. El Capitán sabía poco de hablar y mucho de eliminar los problemas a tiros. En el fondo, sabía que la muerte del Sargento era culpa suya, pero junto con la capacidad de llorar, Angustias había perdido el camino de vuelta a los remordimientos. Era una mujer hecha a sí misma. A ella nadie la había ayudado. No importaba cuántas veces Dios la pusiese a prueba, ella era más fuerte. Siempre se levantaría una vez más.</p>
<p>Tras cerrar la puerta del baño, respiró profundo y con un gesto nervioso acomodó su vestido largo. Se limpió la nariz con un pañuelo que luego guardó en su manga y ordenó enviar una corona a la viuda del Sargento, a la que adjuntó una esquela escrita de su puño y letra, enviando las más sentidas condolencias de parte del Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala y esposa. Con un gesto de su mano izquierda sobre la frente, dio por cerrado el episodio del Sargento Primero Lucio Campagnuolo en su vida. No volvió a pensar en él como hombre de dormitorio, y reservó un lugar en el desván de su memoria para los buenos momentos vividos, pero no permitió que la rabia la abandonase. No tenía que ver con el Sargento, era algo entre ella y el Capitán.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>Entraba el otoño de 1924. Era una época del año en la que la casa se trastornaba ligeramente. El servicio preparaba la ropa de verano en baúles con naftalina para guardarla en los altillos hasta la próxima primavera, y a su vez desempolvaba la ropa de otoño e invierno de la temporada anterior, sepultando la casa entera bajo una nube de partículas en suspenso. La ropa olía a encierro y a polvo, a pesar del celo con el que había sido guardada, y por eso Angustias era inflexible en cuanto a que todas las prendas, fueran a usarse o no, pasaran por el tinte.</p>
<p>Aprovechando que la casa se ponía patas arriba, se hacía una limpieza a fondo de la cocina, se movían los muebles del salón, se daban vuelta los pesados colchones de lana y muelles de hierro y se limpiaba a conciencia el estudio del Capitán. Angustias sabía que una vez finalizado el proceso, el Capitán tenía por costumbre limpiar y engrasar su colección de sables y carabinas. Mientras el servicio se ajetreaba entre el altillo y la alcoba principal, Angustias dirigía la operación recorriendo las habitaciones, escoltada por Matilda, desparramando instrucciones y agregando tareas a medida que se le ocurrían, ordenando y contraordenado a ritmo sincopado. Como cada año, entró al estudio del Capitán con la intención de hacer un inventario visual de los objetos pesados y muebles que habría que mover y limpiar. Mientras verificaba los trofeos de esgrima del Capitán, reparó en el armario de las armas de fuego. No le gustaban las armas, nunca lo había abierto. Esta vez lo hizo, e inmediatamente se sintió atacada por un olor de encierro metálico, grasa y madera barnizada. Lo recorrió con la mirada y contó hasta doce <em>escopetas</em>. Angustias no conocía la diferencia entre un subfusil reglamentario y una carabina de caza de corto alcance, pero por alguna razón escogió esta última. En el estante superior había varias cajas de balas apiladas en perfecto orden. Pasó algunos minutos estudiando el mecanismo para abrir y cerrar la cámara de munición y aprendiendo a montar y desmontar el percutor y el seguro. Aquél aparato no era sencillo. Quitar una vida no era sencillo, alcanzó a pensar.</p>
<p>Probó sin suerte munición de las dos primeras cajas, hasta que al abrir la tercera, la bala pareció encajar en la recámara. Deslizó la traba lateral hasta que escuchó el <em>clic</em> que indicaba que la munición estaba en su sitio, montó el percutor y destrabó el seguro. Repasó el arma con la vista, asegurándose de que estaba lista para disparar, y volvió a colgarla con las demás.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p>La bala le reventó el globo ocular derecho, astillando el borde de la cuenca ósea del ojo y produciendo un orificio de forma irregular de salida en la coronilla, de tres centímetros de diámetro. Antes de que los restos de su materia gris esparcida por el aire manchasen las paredes y la moqueta, el Capitán del Ejército de Tierra Justo Rafael Ayala, en un chispazo de lucidez que duró un milisegundo, alcanzó a saber que estaba muerto.</p>
<p style="text-align: center;">*                             *                             *</p>
<p><img class="alignleft size-full wp-image-240" title="rosa_luto" src="http://www.matalobos.net/wp-content/uploads/2010/01/rosa_luto.jpg" alt="" width="400" height="300" />Era sábado, y Angustias sabía que muy probablemente ese fuera el día elegido por el Capitán para limpiar sus armas. Se aseguró de que el servicio estuviera presente, y en cuanto el Capitán se dirigió a su estudio le hizo llevar una taza de té cargado con un chorrito de leche. Matilda dejó la taza sobre el escritorio del estudio mientras el Capitán comenzaba a limpiar y afilar el sable de su uniforme de gala.</p>
<p>-      El Capitán no quiere ser molestado durante algunas horas, Señora.</p>
<p>Angustias hizo un gesto con la mano, para dar a entender a la india que había tomado nota mental de la solicitud del Capitán. El corazón le latía con fuerza, ensordeciéndola, y por un instante pensó en inventar una excusa para sacar al Capitán del estudio y rescatar la bala que lo esperaba en la carabina calibre 22. Entonces recordó la delicia de sus dedos recorriendo el vello del pecho del Sargento Campagnuolo, la excitación que le producía siempre el primer contacto de sus manos alrededor del pene del soldado y su sabor amargo. Recordó las tardes en el hotel <em>Avenida</em>, desnudos ambos, disfrutándose sin culpas ni complejos. Luego pensó en Severino Garmendia y en las piezas que ya no tenía esperanzas de rescatar porque no conseguía generar recursos genuinos para pagar al prestamista, que a pesar de ser amante y buen amigo suyo, mantenía una política de negocios estricta e inquebrantable.</p>
<p>-      Cuando jodemos, jodemos, y cuando <em>laburamos, laburamos</em>, – Le decía Severino cada vez que Angustias hablaba de las joyas. – pero no te preocupés, <em>galleguita</em>, que tus piedras están seguras conmigo.</p>
<p>Pensó en el patrimonio del Capitán, que le permitiría recuperar sus tesoros. Sabía que Justo Rafael Ayala más de una vez había salido beneficiado, a finales de la presidencia de Hipólito Yrigoyen, entre 1921 y 1922, de operaciones poco claras en las que Anarquistas de la <em>Patagonia Rebelde</em><sup class='footnote'><a href='#fn-234-1' id='fnref-234-1'>1</a></sup>, inexplicablemente, <em>vendían</em> a última hora sus casas en Buenos Aires o su tierras en el sur a los oficiales a cargo de su propio pelotón de fusilamiento. Las operaciones se realizaban en los centros de detención, con el visto bueno de los escribanos del ejército, y aunque constaban en la documentación de la transacción los importes, avalados porque en ese mismo acto los escribanos <em>daban fe</em>, el dinero nunca llegaba a las viudas. Parece que los rebeldes tenían una extraña afición a dilapidar su dinero horas antes de morir.</p>
<p>Angustias se dirigió a la cocina, con intención de prepararse un té. Matilda estaba en ese momento colocando la vajilla de diario en su sitio, cuando en el silencio de la casa retumbó el sonido de un disparo.
<div class='footnotes'>
<hr class='footnotedivider'>
<ol>
<li id='fn-234-1'>La Patagonia rebelde o la Patagonia trágica es un evento protagonizado por los trabajadores anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina y que fueron reprimidos por el Ejército Argentino en el año 1921. Ver <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Patagonia_Rebelde" target="_blank">La Patagonia Rebelde</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-234-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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